sábado, 25 de junio de 2011

LA PETICIÓN

















     Cuando aquella adolescente sentada en una portería le pidió un cigarrillo con la desgana propia de una edad en la que debería comerse el mundo, el tipo canoso no se lo pensó dos veces.
     Le dijo que no fumaba, pero que esperara un momento. Fue corriendo al estanco que había justo enfrente y compró un paquete de cigarrillos. Luego volvió, sudoroso y jadeante, al portal donde ayer se besaban unos novios y le ofreció uno.
     Ella le dijo que no, gracias, que ya había fumado.
     Él le dijo que no tenía nada que temer, que lo hacía porque también había sido adolescente y sabía lo que era aquello: lo de querer y no poder.
     Ella le dijo, dura y cortante, que no pensaba hacerle una mamadita, pero que le aceptaba el cigarrillo.
     Él le dijo que no quería mamaditas ni nada por el estilo, pero que no le vendría mal un poco de gratitud: que le saludara al verle pasar, que intercambiaran una sonrisa de vez en cuando; que, al coger confianza, se interesara por su salud últimamente algo deteriorada, por su familia aunque ya no la tuviera...
     Él, a cambio, le compraría cigarrillos.
     Ella le dijo, algo sorprendida por lo que le estaba pidiendo, que el cariño no se compra con cigarrillos, pero que intentaría acordarse de él cuando lo viera de nuevo.
     Él le dijo que con eso le bastaba y se fue.
     Ella corrió tras él para devolverle el paquete de cigarrillos. El tipo canoso, que una vez fue un crápula, no se volvió para que no le viera llorar y le dijo que se lo quedara.
     Ella regresó lentamente al portal de siempre, se sentó, sacó otro cigarrillo y se lo fumó pensando en aquel tipo canoso que podría ser su padre, ausente desde hacía años, pero no lo era. Estaba segura de ello.
     A pesar de recordarle borrosamente, estaba segura de una cosa: su padre jamás le habría dejado que fumara.


Netwriters publica uno de mis primeros relatos.
         
El mirador
Atlantis, 2009

lunes, 20 de junio de 2011

ME TIRO A LA HOGUERA

Mari Carmen Azcona me ha revelado el verdadero sentido de tirarse a la Hoguera, y se lo agradezco. Pero dejo que os lo explique ese maravilloso gamberro llamado Berto Romero.
Feliz solsticio de verano.




miércoles, 15 de junio de 2011

SABER VIVIR

Odio especialmente el conocido programa de televisión Saber Vivir, porque nos da las pautas para llevar un vida sana, pero no se ocupa en absoluto de lo que nos hace felices.

Nos satisface comernos una hamburguesa, porque es dañino para nuestra salud. Nos colma preocuparnos por los demás, porque lo normal es que todo el mundo vaya a su rollo. Nos sacia, en definitiva, saltarnos las normas y dejarnos llevar por la imaginación.

Sea en la vida real o a través de la escritura, Daniel de Vicente nos emplaza en Escribir para Vivir (Atlantis, 2011) a suplir las carencias de la realidad con grandes dosis de imaginación. En este sentido, sus relatos están más vivos que la propia vida, que parece un pálido reflejo a su lado.

Cuando me enfrento a un autor consagrado, suele ocurrir que me gusta lo que cuenta, pero no cómo lo cuenta. Parece que se ha tragado un diccionario. Sin marear la perdiz con juegos de palabras rocambolescos, Daniel de Vicente nos atrapa con sus relatos cargados de vida, donde se alían sencillez y naturalidad para llegar directamente al corazón.

He devorado literalmente cada una de las quince historias, deseando acabar una para empezar a leer la siguiente. Escritas por el autor en torno a los dieciséis o diecisiete años, no son las pajas mentales de un adolescente purulento, sino más bien los cimientos que conforman su personalidad. En ellas está presente el alma de un incorregible fisgón, de un periodista nato, pero también el humor y la ternura. Ejemplo de ello es el relato «Morir para nacer», una hoja de ruta para navegar sin fatalismos por la existencia: «… los genios son aquellos que saben adaptarse a la vida que les ha tocado vivir y son felices con lo que son y lo que tienen».

No todos los jóvenes se debaten entre el botellón y los porros. Algunos escriben, y lo hacen desde la convicción de que la vida, cuando se escribe, se vive dos veces.

miércoles, 8 de junio de 2011

DESIERTO

Ayer una importante librería alicantina fallaba un premio de relato corto en el que un servidor había invertido tiempo e ilusiones. El premio fue declarado desierto por falta de calidad literaria.

Lo primero que uno piensa es que se quieren embolsar el premio para el siguiente certamen, porque no me creo que las inminentes hogueras hayan anulado el talento que existe entre los escritores noveles. Si esta librería quiere calidad, por favor que especifique en sus bases que sólo pueden concurrir al premio cuentistas profesionales. Otra cosa es que no sepan leer.

Lo segundo que uno deduce es que escribir, corregir y encerrar un cuento en su sobre correspondiente (porque este premio aún no usa el correo electrónico) es una tarea estúpida, estéril, sin sentido. Y se supone que concursos como éste se crean para incentivar la creatividad literaria.

En nombre de todos los colegas que mandamos cuentos a concursos, mejor o peor escritos, más o menos originales, está muy feo dejarnos en la estacada. Queda mejor, de cara a la galería, decir que las ventas de libros han caído y que el premio de este año es un sugus.

miércoles, 1 de junio de 2011

PASTA DE DIENTES


















Si no accedo al ritual de los dientes, mi hija se tapa los oídos porque dice que oye a las bacterias picar las muelas.

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