lunes, 23 de julio de 2012

OJOS DE LOCO


















El verano suele estar repleto de iniciativas culturales de lo más variopintas, la mayoría de las cuales te importa un carajo el resto del año. Sin embargo, en esta época las acoges con alborozo.

La versión de Drácula de 1931, que encarna un sobreactuado Bela Lugosi, me empuja dando un paseo a la Sede Universitaria de Alicante. El público asistente está compuesto, en su mayoría, por jubilados o por estudiantes que acaban de leer la edición crítica de la novela de Bram Stoker. Una madre con peinado a lo Amy Winehouse lleva a su hija a conocer el mito.

Con permiso del conde, siempre me pareció más fascinante el personaje de Rendfield, interpretado por el actor americano Dwight Frye. No sólo a mí me enloquece esa mirada, esa risita demente. Alice Cooper compuso Ballad of Dwight Fry en honor a este actor, que se encasilló en papeles de maníacos.

A diez minutos del clímax, Drácula queda congelado intentando hipnotizar a Van Helsing. La imagen avanza unas cuantas décimas de segundo y se detiene. Así, a cámara lenta, Bela Lugosi está tan cómico que nos da la risa.

En vista de lo que sucede, avisan a un responsable. Manipula el aparato sin suerte. Extrae el deuvedé, lo inserta, busca opciones en el menú. Nadie da crédito a lo que ocurre cuando reinicia el film, ignorando el índice de capítulos. Por suerte, conoce el botón de avance rápido pero lo acciona a una velocidad ridícula. Nos comemos Drácula de nuevo escena por escena. 

Es curioso que ninguno de los presentes acuda en auxilio de esa mujer peleada con la tecnología. Me recuerda que los españoles nos lanzamos a la calle a protestar tarde y a destiempo. La mayoría de las ocasiones, cuando ya no hace falta. El deuvedé se vuelve a parar, esta vez un poco más adelante. La apurada auxiliar dice lo que todos esperamos: «Esto no tiene arreglo». Y añade: «Al final el vampiro muere».


lunes, 16 de julio de 2012

DEVÓRAME OTRA VEZ
























El tiempo se había detenido, estancado en sus pezones, atrapado en su lengua que se enredaba con la mía.

Siento decepcionarle, querido lector, no le presento la última novela de La Sonrisa Vertical, pero no me niegue que esta frase destila erotismo, atrapa como insecto en el ámbar. Le hablaré del libro al que pertenece este fragmento enseguida. Antes póngase cómodo en su sillón favorito y disfrute, aunque hágalo con moderación. Puede que haya una «Amantis» al acecho.

Por cierto, ¿tiene mascota? Mejor. Yo me deshice de mi perro hará un par de horas. Sé que suena paranoico, pero me observaba de un modo casi enfermizo, hasta el punto de que llegué a convencerme de que en cualquier momento me devoraría.

Hablando de devorar, usted también habrá oído casos de mujeres jóvenes que se casan con viejos a punto de criar malvas. Aún no están fríos en «El ataúd» mientras ellas compran abrigos de visón. Afortunadamente, algunos deseos se revuelven contra su dueño. Igual que en el famoso relato «La pata de mono» del escritor inglés W. W. Jacobs.

Acabo de regresar, querido lector, de tomar un trago y le encuentro en la misma postura que le dejé, hechizado por ese libro misterioso que no ha soltado en toda la tarde. No quiera saber lo que me ha ocurrido. Aún tengo ese olor a chamuscado metido en la nariz. Se me pasará, espero. Quién sabe lo que cruza por la cabeza de esa gente que nos invade de otros países. Se creen que esto es Jauja, que la vida no es un «Sacrificio» constante.

Perdone, el libro es de una escritora llamada Felisa Moreno. Si no es mucho pedir, estimado lector, le agradecería que sacara la mitad de su cuerpo de las páginas abiertas como fauces. Por supuesto que lo entiendo, no está en condiciones de complacerme. Y se deja engullir hasta desaparecer en estos Cuentos caníbales (Amazon, 2012).

jueves, 5 de julio de 2012

DON Y MALDICIÓN


















—Porque ya sabes, hijo, que el tiempo es relativo —dije mientras pensaba cómo iba a explicar aquella parrafada a un niño de siete años. 
—Claro, papá, es un hechizo y una maldición.
—¿Qué quieres decir? —pregunté extrañado. 
—Pues eso, que cuando te diviertes el tiempo pasa rápido y cuando te aburres el tiempo pasa despacio.


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