sábado, 29 de septiembre de 2012

LICENCIADO CANTINAS


Aunque resulte increible, no tenía previsto asistir al concierto que Enrique Bunbury dio el pasado 19 de agosto en la Plaza de Toros de Alicante. Entre otras razones, el último disco de versiones latinoamericanas es un verdadero latazo. Y el precio de la entrada dolía más que nunca. 

Un amigo, que no daba crédito a mi falta de motivación, estuvo a punto de regalarme una. Mi mujer, más licenciada que yo, incluso buscó infructuosamente en la red. Los diez minutos que separan mi casa de la Plaza de Toros sirvieron para decantar la balanza. A un par de horas del concierto, decidimos ver si quedaban entradas. Por extraño que parezca, así era.

No me arrepentí.

A las diez en punto de la noche, los Santos Inocentes (el nombre de guerra del grupo) abrieron con ese tema instrumental que es «El mar, el cielo y tú». Con la última nota aún en el aire, Bunbury salió al escenario con un traje rojo cereza que recordaba a la gira Pequeño Cabaret Ambulante. Tras la optimista «Llévame», dijo que traía un puñado de canciones melancólicas y cantineras para los corazones solitarios. Deseando que el repertorio fuera del agrado del público cantó «El solitario», la historia de un perdedor que podría ser cualquiera de nosotros.

La primera sorpresa de la velada fue la revolucionaria «Big-bang», incluida en Radical Sonora, su primer disco al margen de Héroes del Silencio. Luego interpretó ese himno generacional llamado «El extranjero», una oda al espíritu itinerante que critica la estrechez de miras.

Sin pelos en la lengua y llamando a las cosas por su nombre, volvió a salirse del camino trillado con el tema «Puta desagradecida», que se rumorea dedica a una cantante muy famosa de nuestro país.

Quizá uno de los momentos álgidos de la noche fue la esperada «Los habitantes», perteneciente a Las consecuencias. Esta canción suena a la mítica Hotel California de Eagles, pero no es un plagio ni una versión. Es completamente nueva. El solo de guitarra de Jordi Mena me parece sencillamente magistral.

Mi mujer quería escuchar «El cielo está dentro de mí», pero Bunbury hizo oídos sordos a la petición de una fan. A la mañana siguiente, me tocó tragármela doce veces en la radio del coche. 


Queda demostrado, por tanto, que Bunbury hay para todos los gustos. Yo prefiero su lado más roquero y experimental. Otros se inclinan por las baladas. Es un hecho que el maño domina al máximo su voz y sus gestos, que se come con patatas el escenario. Se le quiere o se le odia, pero con fervor casi religioso.


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