jueves, 24 de enero de 2013

HISTORIAS DE LA PUTA CRISIS























El fin del mundo no fue en diciembre de 2012. Seguimos aquí, leyendo historias para superar la cuesta de enero, que se presenta especialmente resbaladiza.

Esther Requena es una maestra en el arte de levantar el ánimo, lo cual tiene mérito cuando se trata un tema del que todos andamos un poco hasta los urdangarines (el chiste es del humorista alicantino Rubén Padilla).

Lo primero que llama la atención en Historias de la puta crisis (Atlantis & Netwriters, 2012) es que se trata de relatos engarzados, al estilo de Las mil y una noches, por la misma temática y los mismos personajes. Entre ellos, destaca Charo (cuarentona en paro indefinido), Bea (argentina que domina el arte de la labia), Laura (que se enamora siempre de hombres casados), Simón el Muermo (coladito por Charo desde la adolescencia) y Carmen (pintora enferma de cáncer). El último cuento del libro unifica y da sentido al resto.

El segundo detalle que me parece interesante destacar es el lenguaje empleado por la autora, deliberadamente conversacional y con un punto de emoción, el más idóneo para hablar de una crisis que afecta a amigos, familiares, vecinos. Incluso a nosotros mismos. Porque Charo, «alter ego» de Esther Requena, narra en primera persona sus bretes para sobrevivir, que nos divierten como una película de Charlot. Esa es la magia de la literatura.

La crisis, además, nos vuelve un poco pícaros: aprovechamos la complicidad que surge con un cobrador de la luz, compartimos piso con una amiga para ahorrar dinero, ligamos pidiendo «las tres últimas nóminas, la declaración de la renta y un recibo de luz».

Espero que cuando acaben las ofertas y las sonrisas hipócritas, algunos hayamos aprendido la lección. Entonces saldremos a la calle a charlar con gente como Esther Requena o Enrique Gracia (no olvidemos sus geniales ilustraciones), cultivando en lo posible ese lema de La Bola de Cristal: «Solo no puedes, con amigos sí».

martes, 15 de enero de 2013

A RAS DE SUELO


















2012 ha sido el año de la publicación de Vareando nubes, mi segundo libro de relatos, cuyo prólogo firmaba la escritora Maribel Romero.

La diferencia principal con respecto al anterior trabajo es que no me pilló de nuevas el hecho de tener que hablar en público. Aún así, mis previsiones se desbordaron. Presenté el libro en el Café Garbí de Alicante. Regresé a la ONCE para leer un cuento pajillero que desató la polémica. Firmé algunos ejemplares en el Mercado Central de Alicante y en la LXXI Feria del Libro de Madrid, donde Mari Carmen Azkona me contuvo para no estrangular al librero. Y por si esto fuera poco, di charlas en una librería de San Vicente y una biblioteca de Murcia, acompañado en ambas ocasiones por escritores y amigos de los que nunca más volví a saber.

Bueno, miento, con David Revert me he tomado alguna cerveza desde aquella tarde en Libros 28. Aún me sonrío cuando recuerdo la admirable teatralidad con que leyó el cuento «Jugar al escondite». Hasta a mí, que lo había releído tantas veces, me hizo gracia.

Mi hijo canta aquello de primero cagón, segundo campeón… En 2012, al quedar finalista de algún premio o sencillamente donar un relato, me colé en las siguientes antologías: Cachitos de amor (Acen), Conseguir los sueños (Hipálage), A este lado del espejo (QVE) y Microcrímenes (Falsaria).

En 2013 espero dedicar mis noches a cocinar, a fuego lento, el libro que cierre la trilogía que comenzó allá por 2009 El Mirador. También continuaré recopilando los microrrelatos que conformarán una obra al alimón con la escritora alicantina Esther Planelles.

Ahora me viene a la memoria que en Vareando nubes no ha habido sólo sonrisas. No dejo de preguntarme si la maldita ficción de un cuento puede convertirse en realidad, alcanzando a amigas bibliotecarias. Tampoco dejo de pensar en que se me escapó algo de mala leche. También mucho cariño. Cuando las nubes están a ras de suelo, la ficción se parece peligrosamente a la realidad.



jueves, 3 de enero de 2013

ILUSIONES


















Al final del espectáculo, la titiritera nos lanzó pulgas. Los padres nos reíamos cómplices en el engaño. ¿Qué te ocurre, Clara? A la pobre no le había caído ninguna. Desde que ha empezado a picarle la cabeza, no cesa de repetir: «Papá, me cayeron todas».




¡Feliz 2013!

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