domingo, 22 de febrero de 2015

EL LARGO ADIÓS
























No sé ustedes, pero a mí hay escritores que no me llegan. No es un problema de vocabulario, porque algunos parece que te restriegan por la cara su dominio de la lengua; ni tampoco de que ignoren la técnica narrativa, porque son capaces de manejar varios narradores al mismo tiempo. Incluso me cautivan sus historias. Pero, indefectiblemente, llego a la última línea con un regusto amargo en la boca. No me han transmitido nada. Sus relatos son tan banales que se los podrían haber ahorrado.

Seamos claros. Los buenos libros no solo brindan placer estético, sino que sacuden hasta la más íntima fibra de nuestro ser. Hallamos en sus páginas los temas universales que preocupan al ser humano. La muerte, quizá el más misterioso de todos, ha inspirado a muchos novelistas de ayer y hoy. Sin embargo, que yo recuerde, nunca había sido abordada como talismán generador de vida, ni mucho menos se le había otorgado el peso que le corresponde en nuestra existencia. No hasta que Maribel Romero Soler escribió El peso de las horas (Autores Premiados, 2014).

Elisa Lalira ha salido de la consulta del doctor Font con el peor diagnóstico posible: le quedan tres meses de vida. Con el arrebato propio de una mujer joven, decide romper los informes del médico y no contárselo a nadie, ni siquiera a su marido. A partir de ese momento, intentará realizar todas aquellas cosas que nunca se habría permitido de estar sana. No le resultará nada fácil dar esquinazo a la «niña obediente, niña honesta, niña buena» que siempre ha sido.

Lo digo de antemano. Los admiradores del realismo sucio —tan presente en los cuentos de Charles Bukowski— se sentirán defraudados. Que nadie espere que Elisa se abandone a los placeres más procaces o intente asesinar a Belén Esteban. Maribel Romero propone, más bien, una serie de rebeldías al alcance de cualquiera. Acompañaremos a la protagonista en sus victorias y fracasos, sintiendo el acero frío de la guadaña cada vez más próximo.

Las salidas de tono de Elisa van desde comprarse un perro hasta la infidelidad, pero simpatizo especialmente con la decisión de dejar su empleo en una asesoría laboral —ojo, empleo fijo— para vivir intensamente las pocas semanas que le quedan. El personaje que le sirve de cómplice no podría ser más jugoso desde el punto de vista literario, ya que no existe a ojos de los demás. Se trata de una alucinación. La joven ve a su doble, y lo bautiza con el nombre de Asile porque hace lo que le viene en gana. No es la primera vez que la escritora introduce elementos fantásticos en sus novelas. Recordemos el cementerio de hierba o el río circular de El perfil de los sueños.

El estilo de Maribel Romero, con predominio de las comas sobre los puntos, tiene a veces un aire a Saramago. Sin embargo, posee rasgos que la hacen inconfundible. Estás deseando acabar un capítulo para leer otro, los párrafos poseen la extensión justa, hay signos de diálogo —no sé qué perra les ha entrado a algunos escritores con eliminarlos—, y por encima de todo usa un lenguaje tan asequible como una alpargata.

Para rematar la faena, el libro se desliza por la senda de la ironía con una finura muy alicantina. Este chiste, por ejemplo, no oculta cierta admiración por la simplicidad masculina: «Si después de mi adiós definitivo me aguardaba una reencarnación, quizá no fuera descabellado nacer hombre, tener la oportunidad de experimentar, dentro de un cuerpo dominado por un pene, cada una de las sensaciones que nos ofrece la vida.»

Maribel Romero escribió una vez: «… si has sido capaz de extraer un mensaje de un libro jamás lo olvidas.» Quizá el mensaje de El peso de las horas es que ningún vaticinio de muerte puede superar a las ganas de seguir viviendo. Que se lo digan a Elisa Lalira.

sábado, 14 de febrero de 2015

DONDE HABITE EL ALZHEIMER























        
     En la cola para pagar del sex-shop me encuentro a Olvido.
     Al principio no la reconozco; han pasado ya seis meses desde que me diera clases de poesía española, un curso gratuito organizado por el Ayuntamiento.
     Ella sí me reconoce, aunque noto en su sonrisa algo artificial, como una parálisis del gesto. El mío debe de ser idéntico.
     Y es que no es para menos. Nos hemos pillado. Nos azoramos. Ella lleva en la mano dos o tres consoladores de diferente tamaño. Yo, una caja de preservativos comestibles.
     Nos damos los habituales ósculos y a ella se le cae uno de los consoladores al suelo. Lo recoge inmediatamente como si fuera una rata y sonríe nerviosamente mientras reprende a su torpe mano con mirada asesina.
     —¿De compras? —digo lo primero que se me ocurre metiendo la pata.
     —Ya ves, la poesía no lo es todo —responde ella agarrándose a la tabla salvavidas de la literatura.
     Se produce un silencio incómodo.
     —Tú también, ¿no? —contraataca la profesora.
     —A mi pareja le gustan —vuelvo a meter la pata.
     Olvido está viuda. Lo comentó enredada entre versos encendidos en más de una ocasión y en más de dos. Señal de que lo había superado. O tal vez no.
     —No te voy a decir aquello de «Juventud, divino tesoro…», pero, jo, qué envidia… dos cuerpos sudorosos, entrelazados… uf, lo pienso y me pongo mala.
     —No te creas, a veces se echa de menos…
     —¡Venga ya!, no me vengas ahora con remilgos.
     —Es cierto, por eso me apunté al curso de poesía. A veces uno siente la necesidad de algo espiritual, trascendente, puro. Y como no soy creyente ni religioso…
     —Yo te cambiaba mi papel en la función ahora mismo.
     —Mi novia es una lolita caprichosa e insaciable. Me roba los minutos de una forma obscena. No tengo tiempo más que para servirla. Es una tortura. La juventud es una tortura.
     —No digas eso. Mi novio es una noche sin dormir y otra y otra, presa de horribles calenturas que apago con fuego. Y encima estoy perdiendo la memoria.
     —¿A qué te refieres?
     —¿Recuerdas el poema de Cernuda? Solía llamarlo chistosamente Donde habite el Alzheimer, en referencia a la paz que persigue el poeta. A mí me ocurre justo lo contrario. Quiero guerra. Necesito guerra. Ya no tengo recuerdos de piel real, sólo una extraña película pornográfica que cada vez me satisface menos.
     —Entonces, ¿por qué esa clase de artilugios que llevas en la mano? —dije ya completamente envalentonado.
     —A veces a falta de pan…
     —… buenas son tortas —completé y soltamos una carcajada.
     Ahora los sex-shop ya no se esconden en las cloacas del deseo ni en el ataúd del vampiro de la Hammer. Ahora son oasis celestiales donde beber el agua de la fantasía en medio del infierno comercial.
     La caja registradora con su única dependienta ya no queda lejos. Nuestras últimas rivales son dos jovencitas cargadas de juguetes. Hablan de ellos como si fueran zanahorias y pepinos. ¡Qué envidia! Quizá se proponen organizar una reunión de amas de casa, quizá una verdulería del amor.
     Tras la erótica compra, nos separamos, no sin antes prometernos un montón de cafés que jamás tomaremos juntos. Probablemente, sea la última vez que nos veamos. Pero recordaremos este encuentro con una sonrisa. Sobre todo después de comprobar que, por hablar distraídamente o por confiar en una dependienta con gafas de culo de vaso, ella disfruta ahora de mis condones comestibles y yo de sus consoladores fosforescentes.


Atlantis, 2012

viernes, 6 de febrero de 2015

CASTELLANO ANTIGUO




—¿Sabes castellano antiguo? —me pregunta un día una alumna toda atribulada. Ha leído un poema de Jorge Manrique y no entiende la palabra «fenescer».
—Fenecer —traduzco—, que significa morir.
—¿Y por qué no dice morir y ya está?
Agarro su móvil entonces, movido por una fuerza desconocida, y le muestro un whatsapp.
—¿Qué pone aquí?
Necesita unos segundos para entenderlo, pero finalmente logra descifrar parte del mensaje.
—¿Y por qué no lo escribes bien y acabamos antes?



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