domingo, 25 de agosto de 2013

ADÚLTERAS























El cuento es un género ya de por sí degenerado. Y lo digo porque se salta todas las normas; la única que suele seguir a rajatabla es la de contar una historia allí donde llevarla a la práctica sería arriesgado, por no decir peligroso para la salud.

Y es que el adulterio puede llegar a ser muy estresante y hasta cansino si lo analizamos a la luz de la razón. Pero el invento de la escritura permite no sólo poner los cuernos con seguridad, sino también infinitas veces. Como nunca te pillan, seguro que Raquel López pensó que Amantes amados (Círculo Rojo, 2013) era el medio idóneo para reivindicar a las mujeres adúlteras.

A esta cuentista profesional lo único que le asusta es morir de aburrimiento. Y de él nos libra, con su particular sentido del amor, en los casi treinta cuentos que componen su primer libro. La influencia de la oralidad se refleja en el gusto por los paralelismos y las repeticiones, que dotan a la narración de un ritmo y una musicalidad envidiables.

Puede que se idealice a los amantes en cuentos como “El almacén” o “Certezas”, pero mejor eso que acabar asesinada a manos de tu pareja. La autora ironiza sobre la pérdida de la pasión en “Con el diccionario en la mano”, y aconseja a futuras adúlteras: si abandona a su mujer, búscate un marido.

Raquel López se permite la herejía de decir que Dios ilumina el camino del adulterio. En “Reflexiones de una creyente” una mujer despierta a una nueva fe que le impele a cepillarse sólo a señores cuyo nombre aparezca en el santoral.

Los hombres de Amantes amados hacemos cualquier cosa por echar un polvo. Las mujeres no son muy distintas, a tenor de lo que sucede en “Vegetarianos”. Las tareas domésticas también se nos resisten, pero qué no haría una amante para que la esposa acogiera de nuevo al marido en el hogar.

En “El huésped de la maestra”, mi preferido, la diferencia de edad no es obstáculo para que una relación funcione. El adulterio sólo existe en la mente retorcida de los demás: “El camión arrancó con estruendo e hizo sonar la bocina para que no quedara vecino sin enterarse. Se iban. Se marchaban. Juntos. A pesar de todos. Sin atender a nadie.”

Cualquier día, en la calle, Raquel López te lanzará la pregunta de si prefieres ser amado o amante. No le des más vueltas. Hay una adúltera en cada uno de nosotros.



miércoles, 14 de agosto de 2013

ÁMBAR


















—Una entrada, por favor.
Observé enseguida que una gota perlaba su frente, y eso que el aire acondicionado estaba a tope. Advertí la suspensión de sus dedos frente al teclado del ordenador, lo inaplazable de su duda.
—Disculpa, ¿me puedes enseñar el carnet? Es que pareces muy niño para la guerrera que llevas… y esta es una película no recomendada a menores de dieciséis años.
Me sentí furioso primero; después tentado a huir. Un océano de sangre bombeaba en el interior de su yugular.
—Puede que no me crea, pero le aseguro que supero con creces el mínimo de edad permitida. Tengo ciento veinticinco —dije sacando pecho.
—Anda, tunante, te dejo pasar. Pero la próxima vez inventa un cuento de Halloween mejor.




lunes, 5 de agosto de 2013

DE LA LITERATURA NO SE VIVE





















Enciendo la televisión este verano y me encuentro a la escritora Lucía Etxeberría en un reality show. Campamento de verano se llama. Qué mal está la literatura, pienso. Y no voy desencaminado.

Es de dominio público que la escritora fue al concurso por unas deudas con hacienda, y en pocos días debió de ganar más dinero que redactando una novela. No me extraña: quien pretenda hacerse rico hoy en día escribiendo está para que lo encierren. Y quien pretenda ganarse un lugar en la historia de la literatura que publique un libro en morse.

Los escritores también somos seres humanos y la noche nos confunde. Así pues, en mitad de la madrugada, Lucía salió como alma que lleva el diablo de la tienda que compartía con varios maromos. Por culpa de unos movimientos y gemidos equívocos, pensó que uno de ellos se estaba haciendo una pajilla. Y lo cascó antes de verificarlo.

A estas alturas, todos deberíamos saber a qué se exponen quienes aceptan participar en estos concursos, ellos los primeros, pero yo sentí vergüenza ajena por la forma en que destrozaron la imagen del chico en el plató de televisión, llamándolo incluso «el pajillero de España». Los leones del circo romano eran gatitos al lado de tanto buitre en busca de carroña.

En nuestro país, desafortunadamente, se da crédito a quien acusa y apenas existe la presunción de inocencia. Famosos de todos los ámbitos se ven diariamente en esta tesitura, desde cantantes hasta deportistas o políticos. Cuando son juzgados y, en algunos casos, se demuestra su inocencia, ¿a quién coño le importa ya? Y lo que es peor, ¿quién les devuelve su prestigio? La difamación es gratuita y da morbo.



 

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