jueves, 7 de noviembre de 2019

EL REINO DE LOS SUELOS


Primero fue: «Niño, no cojas cosas del suelo». Guardaba en los bolsillos restos de naufragios como un Cousteau de ciudad, pipas para comérselas luego y alguna materia pringosa en descomposición. Luego empezó a profesionalizarse: tatuajes, pegatinas, juguetes, un billete premiado con cinco euros. Eran las típicas bagatelas que no hacen daño a nadie y cambié de estrategia: «Niño, pide permiso». Cuando encontró a su padre, desaparecido desde que fue a comprar tabaco una Nochebuena, no me quedó más remedio que aceptarlo. El chico poseía un don. Ahora que él ha vuelto a largarse, le digo: «Hijo, coge lo que valga la pena».

Finalista en el V Concurso Autonómico de Microrrelatos Té con Tagore.

jueves, 24 de octubre de 2019

ANIVERSARIO DE LETRAS



El otro día cierto político español era tildado de «zascandil» por un locutor de radio. Me recordó, inevitablemente, a mi profesora de historia en el colegio. Durante una reunión en su casa alrededor de un café, dijo que yo, de niño, era un auténtico «gaznápiro». Imaginen qué vergüenza para un escritor ignorar el significado de aquella palabra frente a su maestra. Encima con mi familia delante. Luego supe que me estaba llamando despistado. Y sonreí por la sutilidad y elegancia del insulto. Con esta anécdota inconveniente, celebro diez años en el mundo de la literatura. Todo mi cariño para Amelia Abad.

jueves, 17 de octubre de 2019

TRECE ROSAS EN MURCIA



La Feria del Libro de Murcia era un tren a vapor que por su chimenea expulsaba el humo de los sueños. Eso pensé mientras me dirigía a la caseta de editorial Tres Columnas. Estaba nervioso pero tranquilo. Los nervios naturales de cualquier encuentro con el público; la tranquilidad de que no hace falta demostrar nada a nadie.
            
Cuando llegué al puesto, agradecí la protección de una sombra benefactora. No en vano aquel día se alcanzaron temperaturas superiores a treinta grados. Saludé al editor y a algunos compañeros de letras. Una televisión local entrevistaba a una joven poeta de la casa.

Como siempre, cogí un ejemplar de Trece rosas negras para mostrárselo a la gente. Entonces me abordó una mujer de la organización para decirme que, según las normas de la Feria, estaba prohibido ofrecer libros a los transeúntes. Desde la educación y el respeto, no entiendo cómo podría ofender a alguien por hablarle de mi libro. Quienes carecemos de la publicidad millonaria de una estrella de fútbol, debemos recurrir al ingenio y a la labia para darnos a conocer. Como profesional que soy, reaccioné con una sonrisa. La charla de Sarah Jamet Martínez, mi compañera de firma, ayudó a relativizar las cosas. Descubrí a una persona especial que tiene una historia de superación a sus espaldas.

Monté en el autobús de Alicante pensando en todo lo que había sucedido aquel sábado. Gracias al mapa digital, encontré la Feria solo en una ciudad desconocida. También recibí el cariño espontáneo de quienes quisieron un libro de cuentos firmado por su autor. Hubo quien me preguntó por qué el título de Trece rosas negras si no alude a las jóvenes fusiladas por la dictadura franquista tras la Guerra Civil ni tiene trece cuentos. Tendrás que leerlo para averiguarlo.

miércoles, 2 de octubre de 2019

FIRMA EN LA FERIA DE MURCIA


















Hace un año que Trece rosas negras está en la calle. Lo más curioso que me ha ocurrido en este tiempo es que, un buen día, cierta persona me anunció que estaba componiendo una canción inspirada en uno de los relatos: «Hotel Sur». Mi amigo no canta profesionalmente ni tengo noticias de que la haya acabado, pero el hecho de haber inspirado un sentimiento en alguien me parece un logro valioso. Solo espero de todo corazón que no sea un rap. Nos vemos en la Feria de Murcia si quieres.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

LOBO EN LA ASTE NAGUSIA

La lluvia nos ha acompañado desde que volvimos de Bilbao como un hada protectora contra el calor lobotomizador del verano. Por eso, regreso sin parar al refresco de esos cuatro días que viajamos al Norte. La primera ropa de abrigo en la maleta, el primer cielo oscuro, la primera vez que recibía un premio literario. El autobús del aeropuerto superó una zona de paneles acústicos que mostró de repente la Ría y el Guggenheim. Habría detenido aquel instante para siempre.
            
Atardecía cuando ocupamos nuestra habitación en el hotel Abando, que se comunicaba mediante puerta corrediza con la de mis hijos. Lujosa pero práctica. Espaciosa a la par que cómoda. Había un sillón junto a la ventana que se convirtió en mi rincón de lectura favorito. Un hervidor de agua eléctrico completó mi felicidad.
            
Salimos a cenar algo por ahí mientras la noche refrescaba a pasos agigantados. La chaqueta de manga larga. El pañuelo al cuello. Alfonso nos condujo a una pizzería siguiendo las indicaciones de su móvil. De vuelta al hotel, Clara titilaba como una estrella en el cielo. Mi mujer, menos friolera, le prestó su rebeca.
            
A la mañana siguiente, salimos en estampida por Bilbao. Ya habíamos catado la ciudad cuatro años antes en un viaje organizado. Mis padres nos acompañaban entonces. Ahora saboreaba la libertad de recorrer sin prisa los alrededores del Guggenheim, de vagar por el dédalo de callejuelas del Casco Antiguo, de beber de las fuentes que tanto escasean en Alicante. Un amigo me mandó un mensaje para quedar, pero le dije que andaba por el Norte para recoger un premio. Repasé mentalmente lo que diría por enésima vez. No me convenció en absoluto.         

Por la tarde, fuimos en metro a Portugalete. Nos esperaba Mari Carmen Azkona vestida con un traje popular vasco. Despistado como soy, ni se me ocurrió preguntarle por su indumentaria. Un mercado medieval había invadido las callejas empedradas de la villa, devolviéndola a un tiempo pretérito. El viento olía intensamente a mar. No tardó en unirse al paseo Alicia Uriarte con su marido, gran fotógrafo por cierto. No tardé en anudarme el pañuelo al cuello para proteger la garganta. No tardaron en comentar «El día infinito», el cuento gracias al cual estaba allí con ellas. Afortunadamente, las críticas fueron constructivas e incluso Alicia se tomó bien que la hubiera convertido en personaje. El tiempo se fue volando como un jugador de cucaña.

Derrotados por el cansancio, aún tuvimos energía aquella noche para estrenar la Semana Grande de Bilbao. Los niños se quedaron en el hotel mientras nos mezclábamos con un hormiguero de gente. Algunos jóvenes llevaban el vaso vacío de plástico al estilo John Wayne. Otros conjuraban el peligro de caer a la Ría trepados a la barandilla. Sin ganas de alcohol, me tomé una infusión de menta en el Abando.
            
El domingo amaneció ligeramente plomizo y la temperatura abrazó un otoño anticipado. Sin hacer caso de un cielo cada vez más turbio, comimos en el ombligo de Bilbao: la Plaza Nueva. Era tal el gentío que el camarero olvidó cobrar los pintxos. Cuando mi mujer se percató, la lluvia y un viento gélido nos encogían bajo los paraguas. Apretamos el paso hasta el hotel.
            
El lunes seguía nublado. Con las maletas en recepción, estiramos un rato las piernas hasta la hora de la entrega de premios. Mi mujer fue engullida por Lush, una tienda de cosmética natural. Clara permaneció conmigo infundiéndome el valor que necesitaba. Tras el paseo, nos recibieron los txistus de Mikel y Patrik Bilbao a la entrada del Abando. La ceremonia contó, entre otras personalidades, con el Alkate Juan Mari Aburto y la Concejala Itziar Urtasun. Esta última me entregó el trofeo en forma de losa bilbaína concedido por la Asociación Plaza Nueva Idazleak. Como no pude leer los tres folios que tenía preparados —es broma—, aprovecho para dedicárselo a mi familia. Mi auténtico premio.
            
En un buen cuento nunca hay que satisfacer del todo la curiosidad del lector. Compramos unas cajas de chocolate para regalo. Una de ellas salió vacía en un acto de justicia poética o, quién sabe, quizá Alfonso se la comiera.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

EL BALONCESTO ESPAÑOL HACE HISTORIA














Cuando España ganó el Mundial de Baloncesto de Japón en 2006, mi hijo apenas contaba dos años. Pasaba unas vacaciones en Peñíscola con mi familia y disfruté el encuentro en una pantalla gigante que habían habilitado en el vestíbulo del hotel. Han transcurrido trece años de aquella gesta que hoy se repite en China para convertirnos en Bicampeones del Mundo.
            
Los actores han cambiado. El entrenador ya no es Pepu Hernández sino Sergio Scariolo. Solo quedan en plantilla Marc Gasol y Rudy Fernández. Sin embargo, la diferencia fundamental es otra. Aquel grupo de 2006 jugaba un baloncesto de dioses. Sus cómodas victorias de treinta puntos no eran de este planeta. El grupo de 2019, en cambio, ha logrado triunfos más ajustados y, en ese vía crucis deportivo, se han convertido en humanos. De ese sufrimiento, ha surgido una lección de vida: jamás rendirse, nunca tirar la toalla.
            
Pocos apostaban por España. De hecho, ni siquiera partía como favorita en las quinielas. Durante la primera fase de grupos, la selección dio muestras de una fragilidad alarmante. Parecía aún en gira de preparación. Algún periodista llegó a escribir que acabaría siendo la gran decepción del Mundial. El partido ante Italia fue el gran revulsivo que Ricky, Marc, Llull, Claver y Rudy necesitaban para carburar al máximo. Luego vinieron los Serbios, una auténtica apisonadora que acabó probando un poco de su propia medicina. Vencimos a Polonia y llegamos a la semifinal con Australia. Esta fue la verdadera final del torneo. Necesitamos dos prórrogas titánicas para doblegar a un equipo que siempre fue por delante en el marcador.
            
Argentina cayó con honor ante una España superlativa en la final del 15 de septiembre de 2019. La clave, el esfuerzo colectivo. Ahora que nadie duda de nuestra hazaña, Marc Gasol se permite un tirón de orejas: «Si algún día perdemos, a ver si también apoyáis».

jueves, 12 de septiembre de 2019

DEL REVÉS

                                                                            A Mari Carmen Azkona 


Al otro lado del espejo, la Feria se veía de un modo muy distinto. La gente no quedaba en el Pincho, frente a la Puerta de Hierros. Se encaramaba al mástil blanco como uno de los hermanos Pinzones oteando el horizonte en busca de su cita. La noria giraba a una velocidad tan vertiginosa que los estómagos echaban hasta la última papilla, menos el de la adolescente. Las berenjenas de Almagro olían a Galán de noche. Don Quijote y Sancho habían abandonado la Diputación; paseaban mecidos por una peculiar plática: el Caballero de la Triste Figura le reprochaba amablemente a su escudero que no eran gigantes, sino atracciones. Alicia llevaba un rato sin decidirse a traspasar la bruñida superficie cuando recibió un mensaje en un espejo mucho más brillante, rectangular y solitario. La niña y la mujer mantuvieron un tira y afloja interminable. Pasó de estar enganchada al móvil. Salió a la calle y se dijo que la vida también puede ser maravillosa.

miércoles, 28 de agosto de 2019

EL DÍA INFINITO


En el hotel Abando de Bilbao —donde un mes antes Mari Carmen Azkona recibía el Gargantúa—, recogí el pasado 19 de agosto el premio Plaza Nueva Idazleak por el relato «El día infinito». Debido a que tiene cierta extensión, podéis leerlo con más comodidad en la antología Inventa Bilbao (Rubric, 2019).
            
En su lugar, hablaré brevemente de su génesis. El único requisito del concurso era que el cuento se desarrollara en Bilbao. Decidí que la acción transcurriera en el desaparecido Parque de Atracciones de Artxanda, para lo cual me empapé de toda la información disponible en internet. Nunca me había documentado para escribir una historia y me ha parecido una experiencia fascinante.

El cine y la música dejan su huella indeleble en «El día infinito». Hay un homenaje no explícito a una antigua película de terror llamada El Carnaval de las almas (Herk Harvey, 1962). Explícito es el homenaje a la música de la Movida, a esa libertad creativa que se echa de menos en estos tiempos tan políticamente correctos.

Como siempre, mi mujer fue mi lectora cero y la única persona con quien compartí el relato. Poco inclinada a las alabanzas innecesarias o a hacer leña del árbol caído, creo recordar que lo despachó en dos palabras: «Está correcto».

martes, 13 de agosto de 2019

ASPIRANTE AL SETENIL



Conocido como el «Óscar del cuento», el Premio Setenil —convocado por el ayuntamiento de Molina del Segura (Murcia)— se concede al mejor libro de relatos publicado en España. La editorial Tres Columnas ha presentado Trece rosas negras al codiciado galardón. El año pasado ganó Mundo extraño de José Ovejero (Páginas de Espuma).

martes, 2 de julio de 2019

CERRADO POR VACACIONES




Ha llegado julio y nadie podrá decir que en Academia Nova no hemos trabajado hasta el último día. Que luego la gente escupe que los profesores tenemos muchas vacaciones. Para muestra un botón: el 20 de junio, en plenas Hogueras de Alicante, nos llamó una madre desesperada por que su hija recuperara matemáticas. Al día siguiente, hablé con la adolescente porque la madre no dominaba el castellano. Admitió que tenía siete libros. «¿Siete libros de matemáticas?», pregunté estupefacto. Aclaró: «No, siete suspensos». Y aún añadió que cuándo empezaba. La animé a empezar el curso que viene desde el principio. Con esta anécdota, no aspiro a convencer a nadie de que nos merecemos hasta el último segundo de vacaciones. Eso es asunto evidente que cae por su propio peso. Solo espero alguna muestra de cariño, como esta planta de Cele que nos llega al corazón. Feliz verano.

miércoles, 19 de junio de 2019

EN CASA DE ORDIZ

















El escritor José Ángel Ordiz me dedica una entrada en su blog «Entre dos mundos». Rememora un viejo episodio con una editorial de cuyo nombre no quiero acordarme. También rescata Una idea original, cuento perteneciente a mi primer libro, El Mirador, que cumple diez años. Ya no se me ocurren ideas tan bandarras ni escribo con tanto desparpajo, pero sigo intentando llegar al corazón del lector.

miércoles, 12 de junio de 2019

CITA A CIEGAS


En las pasadas Elecciones Municipales del 26 de mayo, fui elegido primer vocal de Mesa. Ya había sido presidente en las Elecciones del 25 de mayo de 2003, es decir, dieciséis años atrás. Por tanto, llevaba la ventaja de saber a lo que iba. Decidí intentar pasar el trago con la actitud más positiva posible y, para ello, comencé a empollarme el manual.
            
El despertador fue la noticia más triste del domingo. Cuando llegué, un corro de gente dormitaba a la puerta del Colegio Electoral. Mi breve saludo no obtuvo réplica.
            
No tardé en conocer a mis compañeros de cautiverio. Para preservar su identidad, los llamaré Pablo y Josefa. El presidente es un veterano de carácter bromista y trabajador. La segunda vocal apenas tiene veinte años y hay que sacarle las palabras con sacacorchos. Pronto quedan asignados los papeles de la comedia que vamos a representar.
            
A las ocho y siete minutos de la mañana comienza la votación. Como un engranaje perfectamente engrasado, tres completos desconocidos trabajan en equipo. La jornada se desarrolla sin incidentes, salvo un apoderado cuyo afán controlador le lleva a meter las narices donde no le llaman. La policía avisa al caballero sin lograr que deponga su actitud. Pablo lo bautiza con el merecido apodo de MacGyver. El resto de apoderados se limita a presentarse a las Mesas y ofrecer su ayuda.
            
Los electores dejan alguna anécdota digna del surrealismo. Hay uno que, tras depositar su voto en la urna, nos pide cincuenta euros. Valiente cantamañanas. No falta un nieto que pregunta si el nombre de su abuela recientemente fallecida se encuentra en el censo. Una hermosa forma de decir te quiero. Por último, una señora me presenta un carnet de autobuses para votar. La miro de arriba abajo y sonrío.
            
Tantas horas de convivencia dejan estampas humanas mejores que una serie de televisión: la policía contando chascarrillos, un apoderado repartiendo SMINT entre los miembros de las Mesas, el cariño de mi familia…
            
Una vez cerrado el Colegio, vivimos una carrera contrarreloj para terminar el papeleo lo antes posible. Viendo a todos esos desconocidos colaborar estrechamente —sin siglas, sin partidos, sin ideologías—, siento que la mejor soledad se disfruta en compañía. Nos echaremos de menos, pero que pasen dieciséis años más.

miércoles, 5 de junio de 2019

CANDIDATO AL LIBRO MURCIANO DEL AÑO



El libro de relatos Trece rosas negras sigue dando que hablar. La editorial me comunicaba hace poco que un jurado externo lo había seleccionado, entre otras obras, como candidato al premio Libro Murciano del año 2018 que organiza la fundación Amigos de la Lectura. El fallo tendrá lugar en el mes de septiembre. Hasta entonces, felicidades a Tres Columnas por el reconocimiento a su labor y suerte al resto de compañeros.

miércoles, 22 de mayo de 2019

DEBATE A CUATRO



















Encendió el aparato sin saber por qué, quizá buscando alguna verdad entre tanta mentira. La moderadora del debate presentó al candidato marrón sin escatimar elogios; al rosa, amarillo y negro con la educación que requieren las formas. Sería criticada por ello en redes sociales, pero nadie la despediría de la cadena. Héctor cambió de canal para, minutos después, volver como un buitre carroñero. El líder negro se había quedado callado durante su turno de palabra. Un largo minuto mirando a cámara sin desplegar los labios. Una ligera sonrisa en los mismos, nada más. Los otros líderes sí hablaron, vaya si hablaron. El rosa despellejó al amarillo como un perro rabioso. El marrón hizo leña del árbol caído: «Me parece una broma de mal gusto, una burla hacia todos los españoles y españolas». Al día siguiente, la noticia bomba era el extraño y elocuente silencio del candidato negro. Héctor, con un café en la mano, leyó algunos titulares de la prensa digital: «Estrategia para denunciar la hipocresía en campaña», «El cansancio hace mella», «De aquí a la clínica de desintoxicación». El lacónico comunicado del partido negro llegaría a media mañana: «Abel Martín estaba agotado y pide disculpas públicamente». Tras la jornada de reflexión, Héctor votó por aquel candidato que había tenido el valor de no hacer absolutamente nada.

miércoles, 15 de mayo de 2019

TRECE ROSAS EN ALICANTE





















El último domingo de marzo era un día de esos que apetece remolonear en la cama. De madrugada, nos habían robado un jirón de sueño debido al cambio de hora. Por la mañana, una lluvia terca y obstinada me pobló de negros presagios. Los aparté a manotazos. Cogí mi paraguas multicolor y salí de casa. Me había comprometido a firmar en la caseta de la librería 80 Mundos con motivo de la Feria del Libro de Alicante. 

El autobús tardaba la friolera de trece minutos y no tuve paciencia de esperar bajo la lluvia. Llegué puntual a mi cita, pero con los bajos del pantalón calados. Carmen Juan y Sara Trigueros, las libreras, no parecieron darse cuenta. El edificio Séneca, con sus techos altos y murales, secaría un poco mi ropa. Miré alrededor: ni un alma salvo los libros, los libreros y quien escribe estas líneas.

Con el paso de la mañana, algunas familias con niños se refugiaron de la inclemencia del tiempo. Carmen, inasequible al desaliento, sacó un montón de ejemplares de Trece rosas negras para colocarlos en primera fila. Alcancé uno y empecé a dar vueltas como Chiquito de la Calzada.
            
De pronto, una mujer buscaba a un tal José Antonio López Rastoll. Dijo que me seguía desde Pelusillas en el ombligo (Lastura, 2015) y que quería un ejemplar firmado del nuevo libro. Estuvimos charlando un rato. Después se dejaron caer amigos como Manuel Cado y Chelo Gisbert. Ambos han sido alumnos en los talleres de Conchi Agüero y escriben de película.
            


También pasó Marina Beckett y nos saludamos. Me pareció una mujer natural y cercana. Luego seguí cazando lectores por la antigua estación de autobuses hasta que llegó la hora de despedirse. Una vez en casa, descubrí con asombro que había llevado todo el día el calzoncillo al revés.

miércoles, 8 de mayo de 2019

GANADOR DEL PLAZA NUEVA IDAZLEAK













Es más fácil recuperarse de una derrota que acostumbrarse a una victoria, pero a nadie le amarga un dulce ni una inyección de moral. He ganado el VII Certamen Internacional de Narrativa Bilbao Aste Nagusia 2019 en la categoría Premio Plaza Nueva Idazleak con el relato «El día infinito». Además de aparecer publicado en la antología correspondiente, recogeré mi premio el próximo 19 de agosto durante un acto público que se celebrará en el hotel Abando de Bilbao. Será la excusa perfecta para visitar a mis amigos del Norte en la Semana Grande.

martes, 23 de abril de 2019

DÍA DEL LIBRO





















Me gustaría felicitaros el Día del Libro con Angelita de Pablo Lau. Esta magnífica pintura y otras se pueden disfrutar en el estudio de arquitectura alicantino 
Volta (frente al antiguo cine Ideal).

miércoles, 10 de abril de 2019

NADIE CONOCE A NADIE























En un acto promocional de mi último libro, me hicieron la siguiente pregunta: ¿Quién es en realidad José Antonio López Rastoll? Habría sido más fácil decir de corrido la tetralogía de George A. Romero dedicada a los muertos vivientes. No recuerdo qué contesté ni viene al caso. Ignoro si José Payá Beltrán ha tramado Identidad (Grupo Tierra Trivium, 2019) en venganza a los entrevistadores que seguro le han formulado la dichosa pregunta, para burlarse de los críticos literarios o, sencillamente, preso de la fiebre creadora que llevó a Freddy Mercury a escribir Bohemian Rhapsody o a Marta Sanz a romper moldes con Clavícula. No me cabe duda de que ha hecho lo que le ha venido en gana y, solo por eso, merece un aplauso.

¿Pero qué es Identidad ? ¿Una novela? ¿Un libro de relatos? ¿Una obra filosófica? ¿Un manual de crítica literaria? Ninguna de esas cosas y todas a la vez. Un editor —a través de un falso prólogo— recibe el manuscrito más extraño de su vida. Se titula «Identidad», no viene firmado y adjunta una dirección. Después de consultar a su equipo de lectores profesionales, decide publicar el libro. Pero antes tendrá que encontrar al misterioso autor.

Lo que comienza como una novela, oculta en su interior —a la manera de las muñecas rusas o las capas de una cebolla— un libro de relatos que gira alrededor del tema de la identidad. Las cinco partes del libro se dividen, a su vez, en tres secciones bien diferenciadas: crítica literaria que espolea la creatividad, cuento a modo de ejemplo como en El conde Lucanor (Don Juan Manuel, 1335) y, finalmente, comentario del relato. Un mecanismo de relojería no tan perfecto como parece, pues Payá rompe las expectativas del lector con continuas sorpresas: notas a pie de página en las que —al estilo de El Follonero (personaje que popularizó Jordi Évole en el programa de televisión Buenafuente)— critica su propio libro, referencias al cine, cuentos dentro de cuentos… Si están pensando que solo falta un chiste, abran la página dedicada habitualmente a las citas.

Esta original propuesta —cuya portada le habría gustado a Payá que fuera aún más radical y rompedora— no debe asustar al sufrido lector que busca libros fáciles de digerir. Tiene la virtud de poder leerse como un libro de relatos estándar. Sin embargo, recomiendo una lectura completa para saborear al máximo un divertimento inteligente, singular y atrevido.

Sin ánimo de convertir estas líneas en una guía de lectura, ofrezco modestamente la lista de cuentos oficiales que componen el volumen y el tema que tratan. LA CARRETERA aborda la identidad cambiante (somos el fruto de nuestra experiencia). LA SEGUNDA VIDA DE CHRISTOPHER MARLOWE, la identidad social (somos el trabajo que desempeñamos). MR. SMITH, la identidad como meta (somos aquello que deseamos alcanzar). LA HUMEDAD DEL FUEGO, la identidad narrativa (somos lo que narramos a los demás). LAS APARIENCIAS, la identidad personal (nadie es totalmente normal ni tampoco anómalo).

No acaban las sorpresas. Payá se plagia a sí mismo. Los dos primeros cuentos ya fueron publicados en su libro La segunda vida de Christopher Marlowe y otros relatos (Juan Gil-Albert, 2011). El tercero recupera a Luis Galvañ, entre otros personajes que ya aparecieron en su novela Destilando fantasmas (Aguaclara, 2007). Sin desmerecer ninguna, quizá «Mr. Smith» sea mi pieza favorita. Su mensaje equivale a estos versos del cantante Manolo García: «Como el lindo gatito fracasamos invariablemente / para diversión del personal / que nos mira de reojo. / Y como el Coyote, nunca llegamos a la hora, / ni al lugar, ni en el momento preciso.» 


La identidad no es simple, sino que posee tantas capas como una cebolla. Todas ellas conforman nuestra personalidad. Tampoco permanece inalterable a lo largo del tiempo. Posiblemente, yo no sea la misma persona que empezó a leer Identidad hace unas semanas. Me importan menos las identidades, quién escribió esto u lo otro, quién tiene fama y quién no. José Payá Beltrán ha escrito una obra que, a partir de ahora, pertenece a los lectores.

miércoles, 3 de abril de 2019

LA LINTERNA















El guarda enfocó con su linterna al visitante rezagado. «El museo cierra en diez minutos», dijo temeroso de haber visto un humano.

miércoles, 27 de marzo de 2019

FIRMA EN LA FERIA DE ALICANTE























La antigua estación de autobuses acoge la Feria del Libro de Alicante 2019 con el lema «Mujeres de palabra». Un espacio que me trae recuerdos de idas y venidas, de despedidas y reencuentros. Las mismas emociones que uno puede encontrar en las páginas de un libro. Allí firmaré Trece rosas negras, cuyos relatos están protagonizados por algunas mujeres valientes y ambientados en lugares emblemáticos de Alicante: el Mercado Central, el monte Benacantil, el barrio del Raval Roig, la playa del Postiguet, las Torres de la Huerta… Solo me queda agradecer a Tres Columnas, a Marina Beckett y a la Librería 80 Mundos el haberme tenido en «cuento».

miércoles, 20 de marzo de 2019

TRECE ROSAS EN CARTAGENA










El sábado previo a San Valentín, tuve Firma de Trece rosas negras en la II Feria Modernista del Libro de Cartagena. Viajé solo, sin prisa, con una novela de Susanna Tamaro en la mochila. Cogí un autobús a las nueve de la mañana y regresé a Alicante a las nueve de la noche.

La Feria se ubicaba en la Plaza de San Sebastián. Pregunté a varias personas, pero no me supieron orientar. En una Oficina de Turismo, logré la información. Seguí el mapa por un barrio antiguo plagado de edificios modernistas hasta dar con mi destino.

La Feria eran dos carpas de gran tamaño: las librerías cartageneras Santos Ochoa y Centro. Mi libro estaba en ambas, de modo que decidí dedicar una hora a cada una. Empecé por Santos Ochoa. A menudo, el viento racheado helaba hasta las ideas. Había gente disfrazada de época. Rubén Darío habría estado la mar de contento. Allí firmaba también la compañera de editorial Alfonsa García Armenteros, entre otros. Tres Columnas no dejó en ningún momento de apoyar a sus autores con su presencia. Varias fotos grupales dan fe de ello. Pasada la hora reglamentaria, cambié a Centro. La hora de comer pasaba factura: no había ni un alma. Me entretuve conversando con Rosa García Oliver y me llevé dedicado uno de sus numerosos libros. Cuando vio el que había elegido, exclamó asustada: «¡Ese es de poesía erótica!». La tranquilicé diciendo: «Claro».

Comí a las cuatro de la tarde. Luego di un agradable paseo sin rumbo por Cartagena. Las sensaciones, las palabras, los gestos de aquel día calentaban mi corazón como un vino dulce. Tenía ganas de llegar a casa y abrazar a mi hijo, que volvía de pasar una semana en Londres.

miércoles, 13 de marzo de 2019

EL CASTAÑERO















Desde que surge la duda, viven sumidos en la incertidumbre de si el castañero lleva peluca o no. El puesto ocupa la esquina de una iglesia evangelista. Mientras sus hijos compran castañas, Eduardo observa al hombre que ya no cumplirá los cincuenta liberándolas de debajo de una manta andrajosa y envolviéndolas en cucuruchos de periódico. Callados corazones del invierno con quemaduras de primer grado.
     Día a día, compra a compra, van obsesionándose con ese endiablado cabello que le da un aspecto irreal, fantástico. Parece tan falso como las cerdas de una escoba, pero ahí no acababa el asunto: encima color panocha. Y, sin embargo, está perfectamente ensamblado al cráneo. La mujer de Eduardo sugiere: «Miradle la raíz». No llegan a ninguna conclusión. De noche todos los gatos son pelirrojos.
     En casa, conciben toda clase de planes para sacarle la verdad: el secuestro, la extorsión, distraerle con cualquier artimaña para darle un tirón a lo bestia… Pasan buenos ratos a costa del pobre castañero.
     Después de Navidades, el tenderete desaparece como si se lo hubiera tragado la tierra. Eduardo peina el barrio, la ciudad en busca del misterioso señor. Una tarde, los niños señalan con el índice la cristalera de un cajero automático. Bajo unas mantas asoma el pelo anaranjado de alguien que duerme junto a un cartón de vino. Pegan la cara al cristal, pero no hay forma de asegurar si es él o una castaña gigante.

jueves, 28 de febrero de 2019

TÓCALA OTRA VEZ, SAM






















Puede que no les suene el nombre de Manuel Cado. Sin embargo, quizá a él sí le suena alguno de ustedes. La observación es una herramienta fundamental de su trabajo que ahora, afortunadamente, también aprovecha en su labor literaria. La capacidad de escuchar también. Acaba de publicar una ópera prima que aúna esas dos cualidades. Se llama El ocaso de Valeria (Letra Minúscula, 2018).

Circunscrita al género negro o policíaco, la novela da vida a un inspector de homicidios prejubilado que mata las horas empinando el codo y paseando por la alicantina playa del Postiguet. Todo cambia cuando le buscan para investigar el asesinato de Luis Belmonte, un pez gordo al que muchos querían muerto.

Paradójicamente, el inspector Samuel Mir es Manuel Cado y no es Manuel Cado. Escritor y personaje coinciden en que ambos son hábiles observadores y atentos oyentes. Ahí acaban las semejanzas. Samuel, apodado Sam, responde al cliché de tipo duro que Rick (Humphrey Bogart) popularizó en Casablanca (Michael Curtiz, 1942). Nos encontramos ante un sabueso, una máquina de atrapar criminales. Calavera, visceral, siempre de un humor de perros. Odia a los ciclistas por una buena razón y eso le hace incurrir en alguna situación hilarante.

Los personajes femeninos caminan por la delgada línea que separa el amor y el odio, la traición y la lealtad. Su compañera, Blanca Garrido, recibe el puteo indiscriminado del solitario inspector. Valeria Rodes, su amante, utiliza la sensualidad como arma para lograr sus propósitos. Una auténtica femme fatale que no tiene nada que envidiar a la Conchita que inmortalizó Pierre Louÿs en La mujer y el pelele (Reino de Cordelia, 2013): «… el resto somos como esos bañistas que se desenvuelven con torpeza en el mar, mientras ella lo hace como un delfín, con un comportamiento extraño y encantador a la vez, y no me puedo imaginar que un ser así sufra.»

Dos rasgos aparentemente contrarios conviven en el libro: la frialdad y la cercanía. Por un lado, Manuel Cado adopta un estilo seco, cortante, pulido que encaja a la perfección con una novela policíaca. Los diálogos parecen lascas en la piedra. Por otro, sitúa la acción en lugares concretos de la ciudad de Alicante como San Francisco —más conocida por «la calle de las setas»—, el centro de ocio Panoramis o el hospital Perpetuo Socorro. Esto hace que el lector levantino se sienta como en casa.

Sin ánimo de moralizar, El ocaso de Valeria me parece un homenaje a la amistad, al compañerismo entre profesionales. Gustará a cualquiera que busque una buena historia llena de personajes memorables. Desde aquí le digo a Manuel Cado: «Tócala otra vez, Sam.»

jueves, 21 de febrero de 2019

TRECE ROSAS EN CASA DEL LIBRO






















El último sábado de enero firmé Trece rosas negras en Casa del Libro de Alicante. Dicho así suena lo más normal del mundo y, en realidad, para quienes nos dedicamos a esto, lo es, pero siempre hay alguna anécdota interesante que contar.

Aunque había firmado otras veces en esas incómodas casetas prefabricadas, esta era mi primera librería. Los trabajadores de Casa del Libro me trataron fenomenal y me explicaron que llamaban a aquello «Encuentro con el autor». Recibí un atril con mis libros y una botellita de agua. Me esperaban dos largas horas por delante.

Decidí aparcar mi timidez natural y ofrecer el libro a quienes paseaban por la tienda. Al principio, me sentí un vendedor de ajos. Poco a poco, fui ganando confianza. Al final, la reacción de la gente superó con creces mis expectativas. Firmaba ejemplares y, al mismo tiempo, conectaba con personas. El resultado no pudo ser más enriquecedor. A una pareja de amigos ciclistas le siguieron Rosa y Anabel, dos auténticas desconocidas, y hasta un escritor novel con el que intercambié el teléfono, entre otros.

No creáis que fue un camino de rosas: hubo muchos que pasaron de mí olímpicamente. Me quedo con quienes consideramos la relación con el público uno de los mayores placeres de la literatura y de la vida.

miércoles, 13 de febrero de 2019

AZUL


Es una mañana de junio, ya aprieta el calor. Alfredo Múgica ha llegado caminando, como todos los días, hasta la plaza Mayor del Raval. Ahora descansa en un banco a la sombra. El paseo no es azaroso. Le recuerda un amor de juventud que, con el paso del tiempo, se ha ido agrandando hasta convertirse en mito. La chica mantiene su belleza intacta en la memoria del viejo. Los ojos azules que le sedujeron, los labios generosos que dibujaron delicias en los suyos, las manos infantiles que le acariciaron. Nunca quiso a nadie tanto en su vida, ni siquiera a su esposa.
     Pasa un vecino, saluda a Alfredo. Cruzan unas frases. En cuanto se queda solo, vuelve a sumergirse en el pasado. Solía citar a la novia en la plaza a eso de las cinco de la tarde. Los sábados. Entre semana, preparaba unas oposiciones a maestro que ganó.
     Una mujer empuja un carro de niño, lo cual carecería en absoluto de importancia si no fuera porque Alfredo reconoce algo familiar en ella que no sabe muy bien de dónde surge. Le resta importancia, sigue a lo suyo. Azul se llamaba su novia, pero era mentira. El apodo le venía de un paseo que dieron por una playa de Guardamar. La chica dijo que le gustaría reencarnarse en una sirena y él la rebautizó.
     Una tarde, poco antes de que Alfredo iniciara el servicio militar, se disgustaron. En vano esperó una carta o una postal durante los trescientos sesenta y cinco días de servicio a la patria. A su regreso, bajó a la plaza de siempre. No estaba. Preguntó por ella a los ancianos y los niños. Nadie sabía darle razón. Hasta que una vendedora de rosas, al contemplar su foto, sonrió con malicia. Al padre, que era guardia civil, lo habían trasladado a una ciudad del norte.
     La mujer ocupa el banco de enfrente. Desata al niño, que corretea por la plaza sin orden ni concierto. Cuelga las gafas del escote. Levanta la vista hacia Alfredo. Este se lleva la mano a la boca. Ojos azules, labios generosos, manos infantiles. El vivo retrato de su madre.
     «¿Le ocurre algo, oiga?», pregunta la mujer con voz trémula. Al no recibir contestación, recorre los escasos metros que los separan. Cuando se inclina, muestra sin querer sus delicados senos. Él sencillamente no puede articular palabra.
     La mujer lo acompaña al bar, pide un café cargado. No, mejor un coñac doble. Una cerveza para ella. El niño lame un corte.
     Después de un rato, Alfredo habla por los codos. Parece un hombre tintero, antiguo por fuera, rejuvenecido por la oportunidad de contarle la historia a otra persona. A la propia hija, nada más y nada menos. La mujer no puede reprimir unas lágrimas.
     Él interpreta lo peor.
     Ella añade inmediatamente: «Tranquilo, aún vive en Bilbao». Y trata de sonreír.
     El cielo ha comenzado a cubrirse de objeciones, uno de esos chaparrones veraniegos. Se despiden con la promesa de que no perderán el contacto. Antes de salir del bar, ella gira la cabeza. Observa al viejo, que apura el coñac. No tiene ni idea de por qué lo ha hecho: poco menos de un mes que la enterraron.

Tres Columnas, 2018

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