viernes, 20 de diciembre de 2013

CHRISTMAS GORE





















El camino es la paz (muere).


Este Christmas está escrito a medias con mi hijo, y lo hemos pasado francamente bien pensándolo.


jueves, 12 de diciembre de 2013

REÍR Y LLORAR























Me gusta leer con la persiana entornada, dejando pasar los rayos de luz suficientes para no forzar la vista. Caigo en la cuenta de este detalle mientras me pierdo en las páginas de Claroscuros (Universo, 2013), el primer libro de relatos de Liliana Galvanny.

Se me corta la respiración ante «Silencio se escribe con h». Con lenguaje urgente ofrece el testimonio en primera persona de una mujer maltratada. Atrapa hasta la última línea. Alternando el pasado con el presente, recuerdo el olvido de un enfermo de Alzheimer, donde me sorprende la veracidad. Estoy en el apartado A flor de piel, donde la autora afronta temas delicados con grandes dosis de sensibilidad y un broche de optimismo.

La noche va cayendo y subo la persiana para aprovechar al máximo la luz. Inicio el apartado Transición. Varias mujeres se meten en malos rollos aún a sabiendas de que les harán daño. Un escritor se enfrenta a tal bloqueo que asegura que su sobrina escribe mejores cuentos que él.

Me rodean las tinieblas. No me queda otro remedio que levantarme y conectar el flexo. Abro los ojos como platos ante «El latido del alma». Tiene tres finales diferentes, como los cuentos de Gianni Rodari. Siento claustrofobia en «El abrumador sonido del silencio». El hombre es un lobo para el hombre. Me da rabia que la protagonista de «Un laberinto hacia el miedo», una metáfora del maltrato, tome una decisión «tan irracional como lógica». No se le puede pedir más al apartado experimental del libro: Caos, confusión, enredos.

Si tengo que poner una pega diría que he llorado más que he reído, y nos hace falta ficción entre tanta realidad. Pero tampoco podemos mirar hacia otro lado como los cobardes. Con Liliana Galvanny aprenderemos que la tristeza y la alegría se intercalan, y que el dolor significa estar vivos.


jueves, 5 de diciembre de 2013

MUESTRA 2013



Siempre he dicho que el teatro te hace sentir especial como espectador, y el cine, un espectador más. Por eso, cada año, la Muestra de Teatro Español de Autores Contemporáneos me arrastra a primera fila, o mejor a segunda, que la primera es la de los críticos.
            
La XXI Muestra ha sido azotada por los rigores del frío, como debe ser en noviembre, pero eso no ha impedido al público disfrutarla. En esta ocasión, las obras elegidas se representaron en el teatro Arniches de Alicante.
            
La primera fue «Yo de mayor quiero ser Fermín Jiménez», y asistí en compañía de mi suegro, un crítico implacable. Si no le gusta lo que ve, se duerme. La firma la compañía El Pont Flotant. Es una pieza sin historia, que gira en torno a la recuperación del niño que llevamos dentro. Para ello, los actores Àlex Cantó y Jesús Muñoz buscan formas de eludir el trabajo entendido como actividad seria que sólo proporciona dinero. Reivindican la creatividad en la vida diaria. La obra se me hizo eterna, quizá porque no estoy acostumbrado a ver a dos tipos dialogando mientras juegan al ping pong.


 
Una línea más clásica siguió «Distancia siete minutos», el último montaje de Titzina Teatro. Cuenta la historia de Félix, un joven juez, que se ve obligado a abandonar su casa por una plaga de termitas. Se instalará unos días en el domicilio familiar, donde intentará acercarse a su padre. La obra está escrita, dirigida e interpretada por Diego Lorca y Pako Merino. Soy un viejo seguidor de su teatro, quizá porque aborda asuntos de los que nadie habla, pero que están ahí. Ya en su primer trabajo, Folie a deux (2002), profundizaron en la locura con humor. Esta vez tratan un tema tabú como es el suicidio, y lo hacen desde la sensibilidad, sin juicios morales ni castigos. No vi a ningún cura en la sala.
            
Os he ofrecido una pequeña muestra de lo que fue mi Muestra, una edición sin actrices. Eso me recuerda que el teatro no nos libra de las tareas domésticas, aunque ayuda a sobrellevarlas.




jueves, 28 de noviembre de 2013

EL SEÑOR (2)

















Debo de haber dormido una eternidad, pues el lado de la cama en el que se acuesta mi pareja está helado. Miro el reloj. Las cuatro de la tarde. Me siento un poco delincuente. No es que no necesitara el sueño. Después de lo que ha ocurrido lo necesitaba con toda mi alma. Pero ahora que no tengo trabajo me parece que no hago nada útil.
            
Una ducha es lo que preciso, y luego un café y un periódico. Me esfuerzo por concentrarme en esas rutinas, aunque, desde el primer instante, soy consciente de que me voy a tener que enfrentar a esto sola.
            
Cómo definirlo.
           
Una revelación que ha generado en mí una nueva conciencia. De pronto me he sentido joven y vieja al mismo tiempo. Como el señor. Él no quería desaparecer de este mundo sin contarme su secreto.
            
El agua se desliza por mi cuerpo y, pese a estar fría, noto calidez. Ni aún así me abandonan sus palabras, susurradas una noche tras otra al oído. En especial una frase, que era como el resumen de su legado: «El hombre es una plaga peor que cualquier monstruo».
            
Me pregunto qué terribles experiencias habría sufrido para abominar de sus semejantes de tal modo. Las mujeres, sin embargo, no le merecíamos una opinión tan pésima. Una parte de mí me advierte que son los desvaríos de un loco. Otra se pregunta si no tendrá razón.
            
Intento concentrarme en el periódico, pero la disociación entre mente y cuerpo llega a límites insospechados. Para el señor las mujeres somos, ni más ni menos, la salvación. El café acaba de derramarse sobre mi blusa. En vez de intentar limpiar la mancha, vierto el resto en el sofá.

martes, 19 de noviembre de 2013

VENCE CAROLINAS


















Era una desapacible noche de noviembre, de frío navajero, la primera en la que teníamos que desempolvar los abrigos.

En el Club Información me preguntaron si era participante, y me dieron un vale por un ejemplar de Relatos Urbanos. Aventuras en el asfalto (ECU, 2013). El acto estaba a punto de empezar. Mi mujer y yo llegamos puntuales cuando nuestra intención era llegar tarde.

Mientras saludaba a unas amigas, los presentadores iniciaron la gala a traición. Quién les iba a decir a ellas que ganarían dos de los principales premios.

Para amenizar la velada, se representó un pequeño sainete. En él Homero se encaraba con un adaptador moderno de la Ilíada. Eché de menos micrófonos, y no creo que fuera el único. Dos tercios de los asistentes se acordaron de Imanol Arias y el anuncio de GAES.

Luego, sin más dilación, se procedía a la entrega de premios. Tres accésit y tres ganadores. Aunque supiera de antemano que mis posibilidades eran muy limitadas, se me pusieron de corbata segundos antes de oír a los elegidos. Pobrecillos. Los premios consistían en una especie de dibujo al carboncillo enmarcado en forma de lápida con su nombre debajo.

Llamaron al resto de cuentistas al escenario. Allí nos hicieron la típica foto de grupo en la que algunos empujaron para colocarse en los primeros lugares. Al bajar, me tropecé con José Luis Ferris, de quien, lo confieso, aún no he leído nada.

Durante el vino de honor, pude charlar distendidamente con Carmen Juan Romero y Chelo Gisbert Santamaría, ambas vecinas del barrio de Carolinas. Nuestro barrio. Y ambas premiadas por sus estupendos relatos. Chelo es reincidente, pues gana el primer premio tras quedar subcampeona en otra edición. Estaban contentas. Sostenían la lápida como fieras agarradas a un trozo de carne.

Poco me queda que añadir. Sólo expresar mi satisfacción por haber colado en la antología un relato tan gamberro como La metamorfosis.


miércoles, 13 de noviembre de 2013

CAFÉ CON LETRAS






















El pasado verano leí una novela juvenil que me gustó, y contacté con el autor por correo. Como vive en Alicante, le invité a un café con letras. En septiembre me dijo que estaba muy ocupado y quedamos para el mes siguiente. Nos vimos por fin una mañana de octubre. 

Estuvimos un par de horas charlando de los más variados temas, y le noté orgulloso de sus premios y novelas. Yo le conté mis proyectos, y probablemente aún se debe de estar partiendo el culo. Me dijo que no hay editoriales de cuentos en España, aparte de Páginas de Espuma. Cierto que es la única que sólo publica cuento, pero en muchas editoriales existen colecciones dedicadas a los libros de relatos. Coincidimos en que la parte que menos nos gusta de escribir es hablar en público. También me sugirió que preguntara primero por correo electrónico antes de enviar manuscritos a editores que no aceptan originales.

Hay un detalle que me parece curioso. Veréis, yo le regalé un ejemplar de 
Vareando Nubes. Me dijo que le diera tiempo, que andaba bastante liado. Se lo leyó en menos de una semana. 

Algo me decía que la crítica iba a ser agridulce, aunque yo escribiera como los ángeles. De hecho, el colega ha valorado positivamente mi escritura (dice que engancho al lector con dos o tres frases) pero no le han gustado mis historias. Por cortas, por subdesarrolladas, por pequeñajas. Eso es como si le digo a un novelista: oiga, narra usted demasiado. Quizá sea impresión mía, pero no hay libros grandes o pequeños, sólo buenos o malos lectores.

A propósito del cuento «Ojos de pez», más de un lector me ha preguntado qué demonios hace un ciego con revistas porno. Hay infinitas posibilidades, pero creo que ninguna invalida el relato. Podrían ser revistas en braille (confirmado por los invidentes). Podría no ser ciego de nacimiento. Podría haberlas comprado al saber que los amigos venían de visita. ¿Qué os parece?



jueves, 7 de noviembre de 2013

NOVIO


















—Mira, papi, ese es mi novio —señala desde el parapeto de mis brazos.
—Pero… lleva un pendiente en la oreja —objeto yo—. Los niños no llevan pendientes.
—Algunos sí —zanja ella—. Me lo dijiste tú.

jueves, 31 de octubre de 2013

EL SEÑOR




















Comenzaba a trabajar al día siguiente y tuve un mal presagio.
            
Me abrió la puerta un mayordomo, me dio instrucciones precisas y se marchó dejándome a solas con el señor.
            
Mis deberes consistían en entregar puntualmente las bandejas del desayuno, la comida y la cena. En ese acto tan simple yo jamás vería al señor. Dejaría los alimentos en la puerta de su dormitorio y me marcharía. Las instrucciones habían sido muy claras en ese punto. El señor vivía enclaustrado y no deseaba que lo molestasen bajo ningún concepto. Se lo podía permitir. Era rico.
            
Durante la noche, soñaba que él se acercaba a mi lecho. Solía mirarme fijamente largas horas y me susurraba al oído en un idioma extranjero. Por la mañana cesaba la confidencia.
            
Ayer la puerta del señor, cerrada siempre como tapa de ataúd, estaba entreabierta. La cama, vacía. Ante la súbita desaparición de quien me susurraba en sueños, el mayordomo me despidió sin contemplaciones. De observarme se habría percatado de que sonreía.

Me siento menos ligera, más pesada. Como si los funerales del amo hubieran sido míos y, en lugar de envejecer, estuviera rejuveneciendo.

lunes, 28 de octubre de 2013

LOS MÓVILES PERDIDOS


Lo peor no era el amasijo de hierros ni la gente pidiendo socorro desesperada. Lo peor eran los móviles sonando en el techo del vagón siniestrado. El policía se agachó y cogió uno. Apretó el botón verde y una voz le hizo tres mil preguntas en un segundo. Trató de contener las lágrimas pero no pudo. Pensó en su familia. Estuvo a punto de colgar, pero en el último instante tragó saliva y dijo:
—Lo siento, señora, no soy Álex ni sé dónde está… Le prometo que haremos todo lo posible. Ahora tengo que dejarla.
—Lo comprendo —escuchó al otro lado de la línea—. Sólo le pido un favor.
—Señora... hay mucha gente aquí que…
—Por lo que más quiera, siga contestando móviles.


Incluido en el ebook colectivo La nevera.

miércoles, 16 de octubre de 2013

AMIGOS



«Siempre he sospechado que la amistad está sobrevalorada. Como los estudios universitarios, la muerte o las pollas largas.»

Este es el potente arranque de la novela Cuatro amigos (Anagrama, 1999) de David Trueba.

Como su título indica, cuatro amigos a las puertas de la treintena deciden terminar el verano a bordo de una furgoneta con un destino incierto. Su intención es quemar los últimos cartuchos de la adolescencia antes de ingresar en la madurez.

Uno de ellos, Raúl, ha entrado en la edad adulta antes de tiempo. Tiene una mujer posesiva y dos gemelos recién nacidos. Su viaje estará vigilado por un teléfono móvil.

Le acompañan Blas, un gordo que supera los cien kilos y que domina el arte de los preliminares con las chicas. Más suerte tiene Claudio, cuyo sueño en la vida es follarse a una novia con vestido y todo. Y no olvidemos a Solo, traumatizado por unos padres que son críticos de profesión (cualquiera no lo estaría).

Solo acaba de recibir una tarjeta de boda de su exnovia Bárbara y, sin ellos saberlo, su viaje de amigos sin mujeres culminará en un banquete orgiástico con declaración de amor incluida.

David Trueba ha sido un descubrimiento como escritor. No lo conocía más allá del cine. Su estilo es ingenioso y ácido, como si escribiera en estado de alucinada lucidez, aunque en ocasiones esto pesa en el ánimo del lector, que lo encuentra algo pedante.

Domina, eso sí, el género de la tragedia envuelta en el papel de caramelo de la comicidad. Si tuvieron amigos como los de esta novela, quizá sientan una punzada de nostalgia, y si no los tuvieron no lloren. La cruel realidad es que tiran más dos tetas que dos carretas.


domingo, 6 de octubre de 2013

VAPEANDO ESPERO























¿Se imaginan a Humphrey Bogart fumando en cigarro electrónico? ¿O a Sara Montiel cambiando la letra de su canción más famosa?

Fumar cigarrillos, eso que hasta hace pocos años era señal de distinción, de clase, se está convirtiendo en poco menos que un anacronismo. Ahora lo que se lleva es vapear. El cigarro electrónico permite echar humo por la boca sin molestar al vecino, sin helarse en invierno, sin tragarse toda la porquería que lleva el tabaco y, sobre todo, sin dejar atrás ese glamour de las estrellas.

No soy fumador, pero siempre me ha gustado echar humo por la boca. Ahora puedo hacer mi sueño realidad gracias al cigarro electrónico, es decir, puedo regular mi dosis de nicotina o fumar sin nicotina. Y encima con diversos sabores. No soy un caso único ni un bicho raro. Un 3% de la población se ha enganchado a vapear sin nicotina.

Como soy poco más que un fumador imaginario, no noto el ahorro en el bolsillo, pero mi mujer sí. Ella ha sido la primera en caer gustosamente en las redes del invento. Y está encantada. Las próximas en caer serán las tabacaleras.

Igual mi padre, que se dejó el tabaco por el bien de su familia hace veinte años, vuelve a fumar. Recuerdo que las paredes de la salita estaban negras y que mi madre se lo echaba siempre en cara.

Mis hijos también nos han pedido una calada de cigarro electrónico. Se la daremos, conscientes que, de mayores, buscarán experiencias más alucinógenas.

martes, 24 de septiembre de 2013

LA TORMENTA























La lluvia comenzó a calar y los jugadores corrieron a refugiarse. Nunca supieron que los rayos y los árboles se aman en secreto.


Desde hace bastante tiempo, la escritora Esther Planelles y un servidor nos presentamos semanalmente al concurso de microrrelatos Cuenta 140, organizado por El Cultural y conducido por Juan Aparicio Belmonte. Siempre bajo el seudónimo de RIP, esta semana hemos resultado ganadores.

domingo, 1 de septiembre de 2013

LA HUIDA


















Pronto correré monte arriba y no me veréis la hirsuta pelambrera en un mes. Me cojo vacaciones de humano. Antes de transformarme, una noticia de última hora: mi artículo Lobo en Roma aparece en el monográfico La huida de la revista alicantina Salitre Cultural. Muchas gracias a sus responsables por tal irresponsabilidad.


domingo, 25 de agosto de 2013

ADÚLTERAS























El cuento es un género ya de por sí degenerado. Y lo digo porque se salta todas las normas; la única que suele seguir a rajatabla es la de contar una historia allí donde llevarla a la práctica sería arriesgado, por no decir peligroso para la salud.

Y es que el adulterio puede llegar a ser muy estresante y hasta cansino si lo analizamos a la luz de la razón. Pero el invento de la escritura permite no sólo poner los cuernos con seguridad, sino también infinitas veces. Como nunca te pillan, seguro que Raquel López pensó que Amantes amados (Círculo Rojo, 2013) era el medio idóneo para reivindicar a las mujeres adúlteras.

A esta cuentista profesional lo único que le asusta es morir de aburrimiento. Y de él nos libra, con su particular sentido del amor, en los casi treinta cuentos que componen su primer libro. La influencia de la oralidad se refleja en el gusto por los paralelismos y las repeticiones, que dotan a la narración de un ritmo y una musicalidad envidiables.

Puede que se idealice a los amantes en cuentos como “El almacén” o “Certezas”, pero mejor eso que acabar asesinada a manos de tu pareja. La autora ironiza sobre la pérdida de la pasión en “Con el diccionario en la mano”, y aconseja a futuras adúlteras: si abandona a su mujer, búscate un marido.

Raquel López se permite la herejía de decir que Dios ilumina el camino del adulterio. En “Reflexiones de una creyente” una mujer despierta a una nueva fe que le impele a cepillarse sólo a señores cuyo nombre aparezca en el santoral.

Los hombres de Amantes amados hacemos cualquier cosa por echar un polvo. Las mujeres no son muy distintas, a tenor de lo que sucede en “Vegetarianos”. Las tareas domésticas también se nos resisten, pero qué no haría una amante para que la esposa acogiera de nuevo al marido en el hogar.

En “El huésped de la maestra”, mi preferido, la diferencia de edad no es obstáculo para que una relación funcione. El adulterio sólo existe en la mente retorcida de los demás: “El camión arrancó con estruendo e hizo sonar la bocina para que no quedara vecino sin enterarse. Se iban. Se marchaban. Juntos. A pesar de todos. Sin atender a nadie.”

Cualquier día, en la calle, Raquel López te lanzará la pregunta de si prefieres ser amado o amante. No le des más vueltas. Hay una adúltera en cada uno de nosotros.



miércoles, 14 de agosto de 2013

ÁMBAR


















—Una entrada, por favor.
Observé enseguida que una gota perlaba su frente, y eso que el aire acondicionado estaba a tope. Advertí la suspensión de sus dedos frente al teclado del ordenador, lo inaplazable de su duda.
—Disculpa, ¿me puedes enseñar el carnet? Es que pareces muy niño para la guerrera que llevas… y esta es una película no recomendada a menores de dieciséis años.
Me sentí furioso primero; después tentado a huir. Un océano de sangre bombeaba en el interior de su yugular.
—Puede que no me crea, pero le aseguro que supero con creces el mínimo de edad permitida. Tengo ciento veinticinco —dije sacando pecho.
—Anda, tunante, te dejo pasar. Pero la próxima vez inventa un cuento de Halloween mejor.




lunes, 5 de agosto de 2013

DE LA LITERATURA NO SE VIVE





















Enciendo la televisión este verano y me encuentro a la escritora Lucía Etxeberría en un reality show. Campamento de verano se llama. Qué mal está la literatura, pienso. Y no voy desencaminado.

Es de dominio público que la escritora fue al concurso por unas deudas con hacienda, y en pocos días debió de ganar más dinero que redactando una novela. No me extraña: quien pretenda hacerse rico hoy en día escribiendo está para que lo encierren. Y quien pretenda ganarse un lugar en la historia de la literatura que publique un libro en morse.

Los escritores también somos seres humanos y la noche nos confunde. Así pues, en mitad de la madrugada, Lucía salió como alma que lleva el diablo de la tienda que compartía con varios maromos. Por culpa de unos movimientos y gemidos equívocos, pensó que uno de ellos se estaba haciendo una pajilla. Y lo cascó antes de verificarlo.

A estas alturas, todos deberíamos saber a qué se exponen quienes aceptan participar en estos concursos, ellos los primeros, pero yo sentí vergüenza ajena por la forma en que destrozaron la imagen del chico en el plató de televisión, llamándolo incluso «el pajillero de España». Los leones del circo romano eran gatitos al lado de tanto buitre en busca de carroña.

En nuestro país, desafortunadamente, se da crédito a quien acusa y apenas existe la presunción de inocencia. Famosos de todos los ámbitos se ven diariamente en esta tesitura, desde cantantes hasta deportistas o políticos. Cuando son juzgados y, en algunos casos, se demuestra su inocencia, ¿a quién coño le importa ya? Y lo que es peor, ¿quién les devuelve su prestigio? La difamación es gratuita y da morbo.



 

lunes, 22 de julio de 2013

DESPISTE
















—Cuerpo de chicle.
—Será Cuerpo de Cristo —dijo indignada la feligresa.
—Lo siento, no volveré a perder las formas —se disculpó el cura visiblemente consternado.

Incluido en el ebook colectivo La nevera.

lunes, 8 de julio de 2013

LOBO EN ROMA


















En mi opinión, un turista viaja a Roma por tres razones: es un enamorado de la historia del arte, posee un fuerte sentimiento religioso, o ambas. Eso lo saben las compañías de viajes, que preparan tours dirigidos a esta clase de público. Al resto que nos folle un pez.
            
Existe una cuarta razón, pero me la voy a guardar para mí. Igual alguno de vosotros la deduce, pues en cualquier historia que se precie cuentan más los silencios que las palabras.
            
Nos recibe el aeropuerto de Fiumicino con nublada sonrisa. Subimos sin dilación a un autobús, que vuela a la ciudad de Roma, donde aguarda el primer plato de pasta. A estas alturas habréis notado que no voy solo. Me acompañan veinticinco viajeros: una madre que pronto se pierde entre su grupo de amigas catequistas, con gran alborozo por mi parte; un cura y sus dos sobrinas adolescentes, y finalizando la ecuación, mi mujer.
            
Masticando aún un macarrón y sin poder tirarnos un buen pedo, iniciamos la visita a la Ciudad Eterna. El conductor se presenta como Gigi; vende agua. Pronto averiguaré que todos los conductores la venden. La guía se llama Diana y, además de atractiva, es un libro de historia del arte. Para que luego digan que las guapas son tontas.
            
No tardo en descubrir que, aquí en Roma, mejor un día pocho que uno despejado. El sol derrite las ideas que va desgranando la guía. En la puerta del Coliseo me fijo que el adoquinado de la calzada oculta tesoros entre sus ranuras. Mi hijo se llenaría los bolsillos de pedazos de vaya usted a saber.
            
Diana reparte móviles para que no perdamos detalle de la narración sin el inconveniente de asfixiarla. Será una práctica común el resto del viaje. El Coliseo parece una gran calavera donde falta la carne. Observando sus cuencas vacías, aún me parece que suena el entrechocar de las espadas o el rugido de un león.
            
Me faltan ojos. Allá donde mires ves un monumento, y no exclusivamente de piedra. En la escalinata que sube a la plaza del ayuntamiento se desarrolla la primera escena de la película To Rome with love, del genial Woody Allen. Y resbala que te cagas.          
            
La guía se despide hasta mañana y Gigi nos deja tirados. Mientras unos desprevenidos turistas visitaban el Coliseo, ha realizado un servicio sin contar con la agencia y, por supuesto, sin contar con nosotros. Nos recoge con hora y media de retraso.

Gigi es el retrato del italiano vividor, despreocupado y algo mafioso. Hasta las señoras más cristianas del grupo reclaman vendetta. Al cura se lo llevan todos los diablos, sobre todo cuando el muy truhán explica que ha tenido un accidente con cuatro camiones. Estoy seguro de que, en otra circunstancia, el padre le hubiera dado cuatro hostias.



















El nuevo chófer se llama Fabrizio. No faltan rezos y cánticos cristianos para saludar la jornada. Enchufo mi mp3.

En las catacumbas de santa Priscilla hace un frío que pela. Mi mujer me deja una camiseta de manga larga. Atravesamos una desolación de tumbas vacías y pasillos mal iluminados. Miro los corredores prohibidos con deseo.

Diana nos recoge con una sonrisa. No sé si lo he dicho, pero tiene gran parecido físico con la actriz Audrey Hepburn. Como el día anterior, reparte micrófonos con un auricular. Todo un invento. En la basílica de San Juan de Letrán, mi madre exclama ante la estatua de Constantino: «Si tuviera un mochico le limpiaba el polvo». No tiene remedio.

Siempre que abandonamos el bus, la guía advierte que no olvidemos nada. Sin embargo, las señoras son un peligro. Una mochila, una muleta, un rosario comprado apresuradamente. Después de comer, se aparece el fantasma de Gigi, pero otro chófer recoge puntual al grupo en nombre de Fabrizio.

Por la tarde dejan que estiremos un poco las piernas. Callejeando callejeando Roma nos conduce a la Fontana de Trevi. Está abarrotada de gente bajo el sol implacable de junio. Tiro la jodida moneda y le doy a un japonés en el ojo. A menudo suena el silbato de la policía; algún listillo mete la mano en el agua.

Es hora de gastar unos euros, pero a la hora convenida un par de señoras no aparecen. Mi mujer va a buscarlas. Continuamos nuestro paseo y encontramos más gente sentada alrededor de otras fuentes. Lo que les gustarán las aglomeraciones a estos italianos.

Durante la cena, el cura invita a una botella de vino blanco. La siguiente noche lo haré yo, y así sucesivamente. Me he traído un síndrome de abstinencia terrible pero nada de fe.



















Fabrizio atraviesa la ciudad encapotada, que se despereza lentamente. Voy a tasar el oro del Vaticano, un encargo de José Luis. De momento, una larga cola de serpiente rodea la muralla. Es lo que toca si no reservas con antelación.

El Vaticano es un país: tiene su banco, su helipuerto, su propia moneda y hasta una guardia especial, la suiza. En los museos, siglos de historia nos contemplan desde los ojos del Laoconte o los frescos de la Capilla Sixtina. A estas alturas, no me sorprenden ni los empujones ni los codazos, pero sí las constantes llamadas al silencio por parte de los vigilantes. Parecen viejas en un velatorio.

A la hora de la siesta recalamos en la plaza Navona, una especie de corazón para pintores estrafalarios, rastafaris y estatuas humanas. Me pierdo en la librería Spagnola, donde acabo comprando una taza para mis tardes de té y letras. Diana se despide del grupo, que acuerda reunir una propina.

Hoy es 24 de junio, noche de la Cremà, y siento cierta nostalgia repugnante de las Hogueras. Noticias tristes llegan de España. Un niño de ocho años ha muerto víctima de un petardo.
























Ayer el tiempo refrescó y llegué al hotel como un témpano de hielo. Es una suerte que me haya traído pantalones largos. No sé si os he contado que en el grupo viaja una ciega, cuya acompañante a veces acelera como un sidecar. También viene un cantor. Es un jubilado muy servicial que, cuando está contento, recita versos de Miguel Hernández.

Pasamos la mañana en Asís. Como no me convence el aseo zarrapastroso que sugiere la guía, escapo mientras mis compañeros visitan una iglesia, pido un café italiano y disfruto de quince minutos en un inodoro en condiciones.

El restaurante donde comemos es cojonudo, aunque esté perdido entre las callejuelas medievales de Asís. Es la primera vez que no sirven pasta y a punto estoy de emocionarme.

La última noche en Roma me acuesto pronto. Mañana nos despiertan a las cinco y media para asistir a la audiencia papal en la plaza de San Pedro. En la habitación de al lado montan una juerga. Horror. Son jóvenes de quince o dieciséis años. Uno de ellos bebe un vaso de vodka. Le sienta mal. Pasa la noche entre arcadas sin que nadie de recepción se apiade de nosotros. Mi mujer ronca tan a gusto que la despierto.



















Estoy bastante despejado para no haber pegado ojo. Metemos las maletas en el autobús. En un abrir y cerrar de ojos nos depositan en una cola como las que se forman para un concierto de Bruce Springsteen. En una mano llevamos una bolsa con el desayuno. Afortunadamente, quedan asientos libres en la plaza. Falta hora y media para el acto. Bajo un sol de justicia nos disponemos a esperar de la mejor manera posible, algunos echando un sueñecito.

El Papa Francisco llega alrededor de las diez. Desde mi posición, no distingo el vehículo que lo transporta, y se asemeja a un fantasma flotante. Habla sobre la igualdad desde su palco en sombra. Lo traducen a seis o siete idiomas. Antes lo hacían a más de veinte. Las doscientas mil personas allí congregadas agitan banderines. Me imagino al joven de quince años empuñando la botella de vodka, preparado para lanzarla.

He visto Roma untada encima de una tostada. Espero volver algún día, ahora que sé que no se diferencia de cualquier ciudad mediterránea y que su idioma es fácil de entender. El Vaticano, desde luego, no lo piso más. Me voy sin probar la pizza: porca miseria.




lunes, 1 de julio de 2013

FE


















—Acuérdate, hija, de no juntar…
—Tranquilo, mamá me ha echado —dice muy segura.
—Ya, cariño, pero sabes que los piojos son muy listos y a la que te descuides saltan de una cabecita a otra.
—Ya, pero mamá me ha echado.
—De todas formas, intenta…
—¿Estás sordo o qué? Te digo que mamá me ha echado.

lunes, 17 de junio de 2013

UN VIAJE INESPERADO























El año pasado Woody Allen estrenaba A Roma con amor, una comedia en la que se cuentan cuatro historias independientes con un escenario común: la ciudad de Roma. No podía imaginar entonces y ahora aún no acabo de creer que viajaría a la Ciudad Eterna. Serán pocos días pero intensos.

La satisfacción es doble porque, por primera vez en mi vida, me pierdo las Hogueras de San Juan. Ya sabéis que no les tengo demasiado afecto. Cualquier alicantino me entenderá.

Os dejo con una mujer que me tiene enamorado, la cantante de Limboteque. Hasta pronto.




lunes, 10 de junio de 2013

TUYO























Ya advierte Álvaro de la Riva en el prólogo de Mío y otros relatos que te cagas (Amazon, 2012) que prefiere escribir a mirar las noticias. Y nosotros se lo agradecemos. Si hay algo de lo que estamos hartos es de realidad. Necesitamos fantasía, extravagancia, locura. Todo eso y mucho más encontraremos en su nuevo libro.

Se trata de doce historias breves al estilo de revistas de terror y ciencia ficción como «Creepy», aunque con una variedad temática que hará las delicias de cualquier lector. Una novela corta, «Mío», sirve de remate chupóptero.

Apreciamos el gusto del autor por los finales sorpresa, donde resaltan la contundencia y la sencillez. En ocasiones, todo en el cuento nos lleva a ese final; la historia no podría acabar de otro modo. Así, en «Buen viaje» no nos extraña nada que el protagonista termine con un ataque de nervios, por decirlo de un modo fino. Más de uno se sentirá realizado como persona. Otra veces se produce un giro inesperado, una vuelta de tuerca. Es el caso de la asfixiante «Buenos vecinos».

Habla Cristina Fernández Cubas de la «verosimilitud de lo insensato» para referirse a la norma que debe regir todo buen cuento fantástico. En la mayoría de los relatos de Álvaro de la Riva asistimos a la conjunción admirable entre lo paranoico y lo sabio. Y no sabemos si reír o llorar. O ambas cosas. Es el caso de «Primer aniversario», donde un novio regala a su prometida algo inquietante. O de «Juicio justo», una sátira social de las leyes podridas que defienden a los urdangarines mientras condenan a los inocentes.

También hay sitio para el sentimentalismo gamberro que tan buenos resultados le dio en la novela Parásitos. A dos historias de amor que trascienden la muerte, le sucede «Miserere Mei», la explicación definitiva de por qué fracasamos invariablemente en los concursos literarios: «Yo tenía un cierto nombre y algunas de mis obras, muy bien recibidas por la crítica, bastaban ya por sí solas para justificar un triunfo, aunque fuera a través de la mayor mierda jamás cagada.»

El estilo aparentemente deshilachado de los cuentos no está reñido con cargas de profundidad literaria: «A día de hoy, a menudo me incorporo en mi cama y bajo al suelo, y me agacho hasta poner mi barbilla a la altura adecuada, y entonces dejo que el Hilo de Plata nos conecte de nuevo con aquel momento que quedó impregnado en el papel fotográfico del Universo.»

Lo he pasado cochinamente bien leyendo a Álvaro de la Riva. Lo digo no porque sea un amigo, que lo es. Tampoco para que él diga lo mismo de mí. Lo digo porque sólo una mente enferma es capaz de escribir algo que merezca la pena.




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