miércoles, 31 de enero de 2018

31 DE DICIEMBRE




Iba a ser una Nochevieja más. Aquella mañana, mientras mis hijos patinaban como patos mareados en la pista de hielo, yo tenía la impresión de haber vivido aquello. Alfonso y Clara repetían con la sensación frustrante de que nunca dominarían aquel deporte si lo practicaban de año en año.
     Un malestar creciente se fue apoderando de mí. El dolor empezó a subir desde el testículo izquierdo hasta el abdomen como un latigazo de hielo. Aún pude llegar a casa sin que en mi cerebro saltase la alarma, convencido de que se pasaría. No tardé nada en visitar Urgencias.
     Por fortuna, allí no había un alma. Escoltado de cerca por mi mujer y mi suegro, me movía como si buceara en líquido amniótico. Afuera, la carrera de San Silvestre se burlaba del frío manchego. Ahogado por la desazón, le conté al médico de guardia lo que me ocurría.
     La tarde pasó en un duermevela cuyo despertar suponía el regreso de un dolor indescriptible, seco, inagotable. Mi mesilla de noche estaba cubierta de medicamentos de colores chillones. No comí nada en todo el día. Apenas bebí un par de tragos de agua. De vez en cuando, mi familia me visitaba con sigilo de jaguar. Yo, que sentía alivio en completa oscuridad, apenas divisaba bultos. Sin embargo, sus voces me llegaban alto y claro. Recuerdo perfectamente que escuché a Alfonso decir: «Papá, faltan diez minutos para las campanadas». Me había prometido acompañarles —yo que siempre había odiado la costumbre de comer las uvas—, pero no tuve ánimo.
     A las tantas de la madrugada, el dolor me dio un breve respiro. Iba de pastillas hasta las cejas. Comí unas tostadas con aceite y sal que me supieron a gloria. Estuve hablando con mi mujer —que se caía de sueño— no sé cuántas horas, víctima de la incontinencia verbal de quien acaba de despertar de una pesadilla.
     En Año Nuevo, seguía partido en dos por el dolor pero vivo. No salí a la calle, apenas probé bocado y estuve en cama como si me hubiera corrido una juerga espantosa. Hasta mi imagen en el espejo huía.
     El regreso a Alicante en coche me hizo ver estrellas, galaxias y algunas constelaciones, pero estaba exultante de volver a casa. Al día siguiente, la médica de cabecera ofreció un diagnóstico más certero. Sentí que me daba una sonora palmada en el culito. Entonces arranqué a llorar. Los dolores de este parto sin epidural llamado cólico nefrítico han cesado paulatinamente; no así la extraña sensación de que me he parido a mí mismo. Por algo soy autónomo.

miércoles, 24 de enero de 2018

EL SEÑOR (14)






















Nuria y yo, las dos en albornoz, observamos al hombre que ocupa un sillón junto a la chimenea de la suite presidencial.
            
—Pido disculpas por el truco del cava, pero nunca creí que lo echaría tanto de menos —dice invitándonos a tomar asiento en nuestro propio sofá.
            
Lo hacemos lentamente, sin apartar la mirada del tipo más buscado de España. Hace un instante, ante nuestra estupefacción, se ha quitado una barba postiza con la que emulaba a un hípster. Con mucha educación, Nuria le ha preguntado si el cabello también era sintético.
            
—Sé los rumores que circulan por ahí. Es pelo auténtico. Estira, estira si no te lo crees —ha invitado mientras agachaba la cabeza.
            
Tanta simpatía me ha escamado, pero no he querido romper el momento mágico en que Nuria comprobaba la solidez capilar de Puigdemont. Tras acabar la inspección, el expresidente de la Generalitat me ha hecho señas por si yo también quería tocar.
            
Ahora, para rebajar la tensión de no saber qué demonios quiere de nosotras este político huido a Bélgica desde la declaración de la república catalana, bebemos whisky con hielo. Chivas para más señas. No he encontrado nada de comer.
            
Se rasca la coronilla, carraspea y dice: «Tu cara está en todos los periódicos, pero la de ella no». Me encojo de hombros.
            
Nuria le anima a continuar llenando su vaso hasta el borde. Reconoce su delicada situación, le echa la culpa a un gobierno represivo y totalitario. En un acceso de euforia se levanta y empieza a cantar Els Segadors.
            
Después del numerito, dice: «Alguien de mi absoluta confianza me ha informado de que podéis desaparecer… Yo solo necesito ser investido presidente. Con un rato de invisibilidad, me basta. Ofrezco la vicepresidencia de mi república».
            
Nuria me guiña un ojo. Entonces, sonrientes, le arrancamos un mechón cada una. Y desaparecemos en sus narices.

miércoles, 17 de enero de 2018

EL SEÑOR (13)




Después del golpe al banco, recibo una llamada de Pedro en la que pregunta si me he vuelto loca. Como no comprendo nada, dice que conecte la televisión.
            
La chica del telediario relata con voz monocorde el robo. Ha sido perpetrado por una mujer de unos treinta años que, luego, ha desaparecido como por arte de magia. Se cree, por el testimonio de uno de los cajeros de la sucursal, que tenía una cómplice. Misteriosamente, la cámara de seguridad solo ha registrado a una persona.
            
—Tu cara es portada en todos los periódicos —reprocha Pedro con tono lúgubre de sepulturero—. No me extrañaría que la policía se os echara encima de un momento a otro.
            
—Lo sé y lo siento. Necesitábamos pasta.
            
Durante unos instantes, mi marido calla mientras tomo un baño relajante en el jacuzzi de una suite presidencial. Nuria está frente a mí cubierta de espuma, la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.
            
—Hay formas cojonudas de hacer las cosas sin llamar tanto la atención —se lamenta.
            
—Puede, cariño, pero olvidas un detalle —digo con la ironía de quien empieza a no temer a nada ni a nadie—. Aquí donde nos ves, ya no somos dos mujeres indefensas. Ahora somos invisibles. Tranquilo, no nos pasará nada.
            
Tocan a la puerta.
            
Decido no despertar a Nuria de su plácido sueño de espuma. Salgo del jacuzzi, me pongo el albornoz, cuelgo el móvil. Entonces caigo en la cuenta de que hemos pedido que no se nos moleste bajo ningún concepto.
            
«¿Quién es?», pregunto con un leve temblor de voz. «Una botella de cava obsequio del hotel», recita el supuesto botones. Entreabro la puerta y me asomo conteniendo la respiración.

sábado, 6 de enero de 2018

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