miércoles, 7 de noviembre de 2018

PRIMERAS RESEÑAS DE TRECE ROSAS

















He estado unos días de vacaciones en Valencia, pero Trece rosas negras no me ha dado tregua. Me han llegado, en forma de reseña, las opiniones de dos escritoras.

La primera de ellas es Maribel Romero Soler. Novelista con varios premios en su haber, casi una hermana para mí, ha llegado a darme un tirón de orejas cuando me dejo arrastrar por mi temperamento visceral. Escribe: «Lo que he notado en este nuevo libro del escritor alicantino, a diferencia de los anteriores, es que se recrea en un mundo más onírico, entre el sueño y la pesadilla, en la irrealidad; aunque de los textos que podrían considerarse más abstractos, también se extrae, como del resto, una lectura aleccionadora».

La segunda y no menos importante es Esther Planelles. Escritora imposible de encasillar y lectora exigente como pocas, la he visto mandar al cuerno a escritores de renombre. Nuestra complicidad dio como fruto el libro de microrrelatos Pelusillas en el ombligo. Escribe sobre mis rosas: «… no se ha conformado con coquetear con lo insólito; mediante una trama de giros inesperados y una prosa de vértigo, José Antonio López Rastoll se ha propuesto llevar al lector al límite de la locura... o del orgasmo mental».

Podéis leer las reseñas completas en el blog de las autoras. Solo me queda agradecerles el haber treceroseado el libro.

miércoles, 31 de octubre de 2018

TRECE ROSAS EN MIL HISTORIAS

















La tarde olía al primer frío del invierno. Bajaba sin prisa por la Avenida de Alcoy hacia Mil historias y un café, el local donde presentábamos Trece rosas negras. Después de una mañana inestable, la calma misteriosa que precede a la tormenta flotaba en el aire como una pregunta.

Antes de quitarme la chaqueta, ya había dado la bienvenida a varios amigos y familiares. Luego pedí a Stephen, centinela de la barra, algo para la sequedad del gaznate. Alguien me sugirió un whisky, pero preferí agua de momento.

No se me ocurrió llevarle otro botellín de agua a Conchi Agüero, la presentadora del acto. Cosas de los nervios. La editorial dijo unas brevísimas palabras. Una rosa negra presidía la mesa.

Dicen quienes acudieron que fue una velada entrañable, que a la presentadora y a mí se nos veía a gusto. Es cierto. Incluso me permití soltar alguna pequeña broma. Conchi utilizó un registro coloquial para diseccionar un buen número de relatos con paciencia de entomóloga. Luego vino el turno de preguntas y la lectura de un cuento.

















Durante los autógrafos, aproveché para conversar con algunos de los asistentes. Fuera llovía a cántaros. Se acercaron a la mesa amigos de la Facultad, primos, padres de alumnos, colegas de profesión, escritoras… Una presentación es un hervidero de historias, pero eso formará parte del siguiente libro.

Nadie me dará nunca un abrazo tan conmovedor como el que me dio Manuel Cado. Y eso que aún no nos habíamos ido de farra. Entonces me sentí un hombre afortunado.

domingo, 21 de octubre de 2018

PRESENTACIÓN EN MIL HISTORIAS















Manuel Cado y yo descubrimos cierto viernes un local bastante céntrico en Alicante llamado Mil historias y un café. Desde entonces, lo hemos convertido en nuestro cuartel general para echar un rato de conversación. Quién me iba a decir que acabaría presentando mi nuevo libro allí. Nos vemos en la puesta de largo de TRECE ROSAS NEGRAS. Me amadrina Conchi Agüero, mujer entregada a la cultura y amante de los cuentos. También acudirá la editorial lorquina Tres Columnas.

domingo, 14 de octubre de 2018

TRECE ROSAS NEGRAS





















Tantos años de ver películas de terror tenían que dar como resultado un libro como Trece rosas negras. Pero no se preocupen: el humor brilla entre las negras alas de sus páginas para que no nos tomemos demasiado en serio a nosotros mismos. Adelanto la fecha de presentación en Alicante por si en la sala hay algún loco de las agendas: 27 de octubre a las 7 de la tarde. Hasta entonces, les dejo con el booktráiler, realizado con la inestimable colaboración de la escritora Esther Planelles.

domingo, 7 de octubre de 2018

ROSAS DE OCTUBRE























Octubre empieza de infarto en mis dos profesiones. Academia Nova, mi negocio para estudiantes de primaria a bachillerato, ha sufrido una auténtica avalancha de clientes. Lo más increíble es que no hemos repartido ni una sola hoja de publicidad. Agradecemos de corazón el boca a boca.

Por otro lado, ya he recibido las galeradas de Trece rosas negras. Para quien no esté familiarizado con el término, diré que es la última prueba antes de que el libro vaya a imprenta. He pasado la semana revisándolas y ahora puedo decir que he acabado de verdad. Como dice la escritora Elena Casero, uno siente un extraño vacío. La nostalgia del amigo que se marcha. Han sido años dándole vueltas a personajes y tramas para que ustedes disfruten de los mejores cuentos posibles.

Durante el proceso, la editorial lorquina Tres Columnas está siendo un pilar fundamental. Sobre todo, cuando el trabajo se acumula inevitablemente. Gracias a su consejo, escribí primero la biografía y la sinopsis para centrarme luego en las galeradas. Eso nos ha ahorrado mucho tiempo. A partir de ahora, empiezo a pensar en mi siguiente libro.


miércoles, 26 de septiembre de 2018

FERIA DE MURCIA


















El pasado 23 de septiembre hice una breve visita a la Feria del Libro de Murcia. Aquel domingo habría preferido dejar pasar la tarde leyendo, pero la ocasión lo merecía. La editorial Tres Columnas disponía de caseta propia en el evento. Me pareció la excusa perfecta para conocer a Manuel Morales y a su equipo.

Recordemos que editorial Tres Columnas publicará próximamente Trece rosas negras, mi nuevo libro de relatos. Me han chivado que se encuentra en proceso de maquetación y pronto estarán listas las galeradas. Previamente, el manuscrito ha sido revisado por una correctora. Este repaso se está perdiendo en la actualidad y no entiendo por qué. Opino que un libro debe tener una portada atrayente al igual que una escritura bien cuidada.

La tarde era calurosa como abrazo de serpiente. Mientras charlaba con Manuel y los suyos, hojeaba los libros de Tres Columnas. Realizan un trabajo de edición notable. No me puse de acuerdo con mi mujer, de modo que compramos cada uno una novela.

Me queda agradecer a mis suegros su complicidad. Hemos descubierto que hay vida más allá del Ikea y que una literatura de autor se está moviendo en Murcia.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

DIANA CONTRA EL MUNDO























Las personas nos negamos a aceptar el paso del tiempo. En consecuencia, agasajamos a un amigo que no vemos hace siglos con el clásico: «Por ti no pasan los años». Mentiras piadosas como esta ayudan a sobrevivir al hecho incuestionable de que «un solo día es capaz de transformar una vida». La frase pertenece a la novela más conmovedora e inquietante de Maribel Romero Soler hasta la fecha: Gracias, Diana (edebé, 2018).

Todo empieza cuando Fer deja a su novia en el portal. De regreso a casa, repara en un objeto reluciente abandonado en la calle: una preciosa estrella de seis puntas. La coge pero enseguida la suelta porque siente una quemadura instantánea. Al día siguiente, los padres del chico avisan a Diana de que está hospitalizado en estado de coma. Lo peor es que la analítica da positivo en drogas.

Los padres de Fer se derrumban ante la evidencia de que su hijo ha consumido algún tipo de estupefaciente. En cambio, Diana se niega a aceptar los hechos. Conoce bien a su novio y sabe que algo no encaja. Sin el apoyo de nadie, inicia una investigación por su cuenta. El resultado es una novela juvenil que bebe de muchos géneros: drama familiar, detectives, fantástico. Maribel Romero despliega las emociones e incluso llama a las lágrimas, pero siempre logra amarrar su prosa a tiempo para no caer en el melodrama. El capítulo veintisiete me parece el ejemplo perfecto de un trozo trágico de vida que se cuela en la página de un libro. Tan vívido que te coloca al borde del ataque al corazón. Pura dinamita literaria.

Diana es la heroína —el personaje adictivo y la novia coraje— que nunca pierde la fe en su novio y, por extensión, en el ser humano. Constituye el pilar donde se asienta la novela. Los adultos solo son capaces de creer en lo que ven sus ojos. Ella, a sus diecisiete años, mira con el corazón. Por eso, no descarta ninguna pista para resolver el caso.

Una de esas pistas llega inesperadamente cuando Diana sueña con algo que jamás ha visto. También le ocurre a Daniel Villena, el joven detective de la trilogía de novelas Deja en paz a los muertos, La sepultura 142 y Llueve sobre mi lápida (editadas por Bruño) de J. R. Barat. Los muertos o los que están a punto de morir se comunican con él a través de los sueños.

Corren tiempos en que jóvenes y adultos buscamos la aprobación inmediata en las redes sociales. Un «me gusta» en facebook tiene hoy más valor que el oro. Maribel Romero sugiere en Gracias, Diana que defender la verdad, aunque sea incómoda, probablemente no te convertirá en alguien famoso. Ni siquiera crecerá tu número de amigos. Solo contribuirás a un mundo más justo. Lo dice una escritora que se gana la vida contando mentiras.


lunes, 10 de septiembre de 2018

SECCIÓN DE SUCESOS


Adela, voluntaria de la Tómbola de Cáritas, no los vio aquella Feria. Era uno de esos matrimonios que caminan cogidos de la mano a pesar de los achaques de la edad. Inasequibles al desaliento, ella se había teñido el pelo de azul tras superar dos cánceres de mama. Se llamaba Olvido aunque era él quien empezaba a olvidar las cosas.
     Adela imaginó la cara que pondrían cuando les contara que estaban a punto de convertirla en abuela, los confundió con una pareja sesentona que venía del baile, incluso preguntó por ellos a otros voluntarios.
     Se los había tragado la tierra.
     En ocasiones, consultaba la sección de Sucesos del periódico con el corazón en un puño. Se oyen tantos casos. No pudo reprimir un «ole» la tarde que alguien le comentó que vivían ahí mismo, en la calle Alegría. Decidió que les llevaría unas papeletas a casa y las pagaría de su bolsillo.
     Nunca lo hizo porque aquella misma noche su yerno la llamó del hospital. No pasó siquiera por casa para cambiarse. Pagó el taxi sin esperar las vueltas y, al abrirse el enorme ascensor, allí estaba Olvido. Risueña como siempre.
     —Por tu cara veo que tienes prisa —dijo la anciana.
     Adela se lo contó mientras subían a la séptima planta. Era su primer nieto, su única hija.
     —Yo me bajo aquí —dijo Olvido—. Él me está esperando. Gracias por las papeletas.
     La pregunta de Adela se congeló ante el pasillo vacío.

martes, 28 de agosto de 2018

LOBO EN PARÍS: Rue Condorcet



Aún con el olor a pólvora de la noche anterior pegado a la piel, un tren regional (RER) nos condujo al centro de París. Salimos por una boca de metro a la altura del Arco del Triunfo. Me sentí una gota de agua en medio del Océano.

Bajamos por la Avenida de los Campos Elíseos y torcimos a la izquierda por Franklin Roosevelt. En la oficina del número 10 recogeríamos la llave de nuestro apartamento. Por desgracia, eso no sería posible hasta las cuatro de la tarde. La costumbre de dejar la habitación a mediodía no debe de conocerse en París. Resolvimos que lo más sensato era buscar la calle del piso. Según la agencia, no andaba lejos. Un par de horas más tarde, seguíamos pululando por aquella ciudad laberíntica con pinta de aparecidos. Preguntamos por la Rue Condorcet en una cafetería y luego en un Kebap. Nunca me he alegrado tanto de llegar a un sitio.

Tras echar algo al estómago, optamos por esperar en una plaza a que mi mujer volviera con la llave. Clara jugaba a plantar semillas en un trozo de tierra y Alfonso se entretenía con unas chapas. Su silencio hablaba a gritos de lo solos e indefensos que nos sentíamos.

El apartamento era un agujero sin luz natural donde el comedor servía de cocina y dormitorio. Allí durmieron los chavales. Nosotros nos instalamos en la habitación de dentro. Agotados pero felices. Echamos una breve siesta antes de salir a recorrer las calles de nuevo. Vagabundeando, descubrimos una callejuela invadida de tiendas a ambos lados. Desembocaba en una escalinata interminable rodeada de jardines. Comenzamos la ascensión. Medio París dejaba pasar la tarde tumbado en el césped. En lo alto del cerro aguardaba la Basílica del Sagrado Corazón de Montmartre. Aquel día habíamos pasado de estar perdidos a contemplar las mejores vistas de la ciudad.


El domingo, con la excusa de comprar el pan, di una vuelta por los alrededores. Una brisa fresca movía los flecos de mi pañuelo. Subí una calle adoquinada mientras el alegre chorro de las alcantarillas se perdía cuesta abajo. Rodeé un parque absorto en la humedad de las fachadas. Cuando regresé, mi hija giraba la manivela de su caja de música. Sonaba «La vie en rose» de Edith Piaf.


Unos minutos después, el metro de París nos había catapultado al museo del Louvre. Estuvimos de acuerdo en visitar las salas dedicadas a Egipto, aunque no vimos más que una momia sin contar a los vigilantes con cara de aburrimiento. La escultura clásica ofrecía bellezones como «La Venus de Milo» o «El beso». La Gioconda me pareció una birria al lado de otras pinturas. Recuerdo a una chica haciéndose selfies en un ataque mal disimulado de amor propio.

Por la tarde, fuimos al cementerio de Père-Lachaise. El verdor de los árboles se mezclaba con el moho de las lápidas y las telarañas de los mausoleos. La vida y la muerte. El graznido de los cuervos era una señal de advertencia. Admiré la grandiosidad de panteones y estatuas. Sin darnos cuenta, llegamos a la tumba de Oscar Wilde. Alfonso trataba de aterrorizar a su hermana con historias de zombis.

Cerramos aquella maratoniana jornada en la catedral de Notre-Dame. La misa era retrasmitida por televisión en el propio templo. Nadábamos en gente de todas las nacionalidades. Cruzamos sus pasillos laterales embriagados por el incienso, empequeñecidos por los rosetones y abrumados por el precio de los rosarios.

Aquella noche, por ser la última, tomé una cerveza con mi mujer en una terraza. Una pareja francesa trató de entablar conversación de la forma más surrealista. Él se esforzaba por hablar castellano; ella sonreía enigmáticamente como la Mona Lisa. Rara vez corregía los errores de su novio. Luego resultó que la chica era de Barcelona. Estábamos tan cansados que nos despedimos enseguida.

Desperté con una mezcla de alegría y tristeza. Volvíamos a casa en el vuelo de las diez de la noche, pero aún quedaba tiempo para llenar las alforjas de recuerdos. Las corrientes del metro aliviaron un poco el calor sofocante que remitía a nuestro primer día en París. La imagen de la Torre Eiffel en el extremo del Campo de Marte nos golpeó la retina. Muchas fotos después, nos situamos en su base. La opción más barata era usar las escaleras hasta el segundo piso y luego bajar en ascensor. Alfonso invitó a helados una vez arriba. Yo compré tazas de café para unos amigos.

Las pizzerías de comida rápida eran cuchitriles donde no podías sentarte, de modo que comimos en un italiano. Al atardecer, subimos a bordo de los típicos bateaux mouches. Navegando por el Sena, sentí envidia de la gente que tomaba el sol o paseaba a la orilla del río. También recordé el libro que estaba releyendo: «Siete puentes sobre el Sena» de María José Aguilar.

Hay anécdotas que me dejo en el tintero. No quiero avergonzar a mis hijos si alguna vez leen estas líneas. Aún veo a Alfonso enviando mensajes a su mejor amiga por las calles de París, a Clara ronroneando como un gato ante un trozo de queso, a mi mujer consultando mapas. No me canso de contemplar la ciudad en películas, de oír canciones, de soñar con ella. Cierto no sé qué me ha calado hondo. Y eso que dicen que los franceses son antipáticos.

martes, 21 de agosto de 2018

LOBO EN PARÍS: Disneyland






















Era nuestro primer viaje en familia y había nervios. Siempre los hay cuando sales de casa. Esta vez, sin embargo, la ilusión se palpaba en el ambiente como el aroma a caramelo. En consecuencia, aquella noche nadie se acostó. El sueño de cualquier chaval. No merecía la pena dormir porque el vuelo salía a las seis de la mañana.

Atravesamos la ciudad dormida con el secreto placer del traqueteo de nuestras maletas rodantes. «Que se jodan los de las Hogueras», pensé sin remordimientos. Un petardo brutal dejó muy claro que Alicante había sido tomada como aquel cuento de Cortázar.

Un autobús nos llevó a los cuatro solos al aeropuerto del Altet. Siempre es mejor llegar con antelación a estos sitios, pero la terminal era literalmente un cementerio. Apenas una cafetería abierta. Poco antes, habíamos pasado las maletas por el detector. Clara soportó un breve control antidrogas que disipó cualquier resto de sueño.























Clareaba el día cuando el morro del avión puso rumbo a París. Nada más apropiado que llegar a la Ciudad de la Luz para el desayuno. En el aeropuerto de Orly, tres militares armados con metralletas pasaron por nuestro lado con cara de pocos amigos. Un coche particular nos trasladó al hotel Sequoia de Disneyland.

La noticia de que la habitación no quedaría libre hasta las cuatro de la tarde cayó como un jarro de agua fría. Menos mal que disponíamos de una espaciosa consigna. No todo estaba perdido. Entretanto, daríamos una vuelta por el parque para familiarizarnos con él. El calor y el sueño me hicieron sentir los efectos de una borrachera épica. Mi mujer, en cambio, sonreía como una niña con juguetes nuevos. Ante nosotros se alzaba el castillo de la Bella Durmiente. Tenía coña el asunto.

La moqueta del pasillo me recordó al hotel Overlook, famoso por la película El Resplandor. La habitación, con fantasma o sin él, daba a un bosque partido por un riachuelo.



A la mañana siguiente, el cielo estaba encapotado y un viento gélido encogía el corazón. Lloviznaba. Mi pañuelo al cuello ya no me abandonaría el resto del viaje. Alfonso se marcó para desayunar un plato hasta arriba de salchichas con bacon. 

El frío no nos impidió inaugurar la jornada con un espectacular tiovivo que se hizo corto para una espera tan larga. Luego accedimos al Laberinto de setos del País de las Maravillas. Allí los personajes de Lewis Carrol jugaron con nuestro sentido de la orientación. Poco a poco, el día iba caldeándose. La atracción donde, sin duda, pasé el mejor rato fue Star Wars: la Aventura Continúa. Consiste en una nave de realidad virtual que cumple una misión casi suicida por el espacio. Grité más que una parturienta.

Por la tarde, compré una chaqueta de Pesadilla antes de Navidad en la tienda Disney. Tardaron media hora en darme la llave del único probador en todo el establecimiento. Me entretuve observando el peloteo de la dependienta a una francesa arrugada como una pasa.
























El viernes amaneció fresco pero soleado. Tocaba visitar los Estudios de Walt Disney. Aunque menores en tamaño que el Parque Disneyland, poseen las atracciones más adrenalínicas. Mi mujer subió completamente sola a la Torre del Terror, un ascensor en caída libre que pone los pelos de punta. Nos reunimos de nuevo en el Armagedón. Mientras hacíamos cola, observé a un chico vestido de mujer y maquillado. No estaba solo. Lo acompañaban sus padres y un hermano menor. En aquel instante, sentí orgullo de pertenecer a la raza humana.


A las doce de la noche, echaban fuegos artificiales en el castillo de la Bella Durmiente. Había que reponer fuerzas. Cenamos comida mexicana en un buffet libre donde las costillas se deshacían en la boca. Luego nos dio tiempo a coger el Vuelo de Peter Pan. Volar gracias al simulador es una experiencia onírica.

El cielo de París brilló con los fuegos y las imágenes proyectadas en los muros del castillo. Una mujer me pidió en inglés un hueco para que viera su hija. Había cientos de personas reunidas en aquel lugar, pero intenté dejarle espacio. Mickey Mouse nos despidió camino del hotel. Alfonso y yo bromeamos a costa de su sospechoso nerviosismo.

martes, 14 de agosto de 2018

BILBAO


















Ramón Mondéjar recuerda sensaciones de aquel viaje a Bilbao, pero pocas certidumbres más allá de que se estaban muriendo. Conoció a Nácar en su blog sobre enfermedades raras. Ella también tenía el suyo sobre música gótica. Era quince años más joven que él, pero a la chica se la traía al pairo. De hecho, solía bromear con la cara que pondrían sus padres si supieran que gastaba sus últimos meses de vida chateando con un cuarentón.
     Durante el viaje en tren, Ramón miraba fotos que ella le había enviado en negros sobres lacrados. Especialmente aquella donde yacía en una tumba con las manos cruzadas sobre el pecho. Y bajo ellas, una rosa negra. Los ojos cerrados.
     La ciudad parecía vivir el principio de la primavera. En pleno julio el termómetro se distraía en la fresca humedad de los tejados oscuros de las casas. Cogió un taxi en la estación. Alguien había olvidado un libro de una tal Mari Carmen Azkona en el asiento trasero. Había quedado en llamar a Nácar en cuanto llegara al hotel y el taxista no le daba conversación, de modo que escogió una página al azar.
     Su habitación daba a la ría. Abrió la ventana, se hizo un ovillo en el alféizar como un gato y contempló emocionado a varios piragüistas patinando sobre el agua. Pensó con ironía que si no le hubiera tocado aquel premio de Haikus, jamás habría tenido el valor de alojarse en un hotel tan caro. El sonido del móvil le sacó del ensimismamiento. Era la voz grave de Nácar. Por un instante, maldijo no poder quedarse toda la tarde con la mano apoyada en la barbilla mientras observaba en silencio.
     Seis meses de relación por internet sumieron a Ramón, de camino a la cita en el Puppy del Guggenheim, en un abismo de incertidumbre. En honor a la verdad, no había sido del todo sincero. No era un enfermo terminal, sino más bien un hipocondríaco solitario que pensaba que había llegado su hora si una mañana no iba al baño. Se preguntó, angustiado, qué ocurriría cuando Nácar lo supiera.
     El paseo al lado de la ría le estaba dando ganas de nadar, nadar lo más rápido posible y alejarse de allí. Cinco minutos para encontrarse con la mujer de sus sueños. Delgada, pálida, sensible, noctívaga. Desechó el pensamiento de que ella le hubiera mentido descaradamente, aunque, siendo gótica, quizá habría exagerado la gravedad de su dolencia.
     El sol se ocultó tras unas nubes como una geisha tras su abanico. En la explanada del Guggenheim, solo había dos turistas japoneses y un chico de unos treinta años apoyado sobre la barandilla del Puppy. Ramón se sentó en la bancada de enfrente. Comprobó en su reloj que aún faltaban dos minutos y se dispuso a esperar resignado.
     Al cabo de un instante, el chico de la barandilla se fue cabizbajo. Ramón lo observó perderse con curiosidad. Uno de los turistas japoneses se acercó a pedirle una fotografía. Luego, en un español muy rudimentario, le dio un pañuelo negro. Tardó un poco en comprender que se le había olvidado a aquel joven. Trató de devolvérselo al japonés para que lo llevara a la policía, pero ya no estaba.
     Nácar no apareció. Su móvil estuvo desconectado el resto del fin de semana. Mientras hacía la maleta para regresar a Alicante, Ramón no supo si guardar el pañuelo o tirarlo a la basura. Entonces se fijó en un detalle que le había pasado inadvertido.
     En la cara interior de la etiqueta, alguien había escrito con bolígrafo una especie de mensaje. En recepción no disponían de una lupa, así que la compró en un supermercado chino. Regresó al cuarto con el corazón interpretando una tamborrada en su pecho.
     Sonrió primero y luego rio a carcajadas por haber sospechado siquiera que aquel chico vestido todo de negro podría ser Nácar. El mensaje decía con claridad «Mi hermana lo siente». Guardó el pañuelo en la maleta por si refrescaba.

     Mientras el tren salía, creyó ver fugazmente a un muchacho de riguroso negro oculto entre la multitud.

Incluido en la antología del VI Certamen literario Bilbao Aste Nagusia.

lunes, 6 de agosto de 2018

LA PRUEBA IRREFUTABLE






















El día siguiente a su fallecimiento se apareció para decirme que no había nada al otro lado.
     —Pero mamá… es imposible. Más de dos mil años de cristianismo no pueden estar equivocados —objeté incrédulo.
     Antes de que yo añadiera una palabra más, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. Luego se fue alejando mientras sonreía. Su voz quedó en el aire como la última nota de un piano.
     —Siento esta pantomima. ¿Has visto? No eres tan ateo como tú pensabas.


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