miércoles, 13 de marzo de 2019

EL CASTAÑERO















Desde que surge la duda, viven sumidos en la incertidumbre de si el castañero lleva peluca o no. El puesto ocupa la esquina de una iglesia evangelista. Mientras sus hijos compran castañas, Eduardo observa al hombre que ya no cumplirá los cincuenta liberándolas de debajo de una manta andrajosa y envolviéndolas en cucuruchos de periódico. Callados corazones del invierno con quemaduras de primer grado.
     Día a día, compra a compra, van obsesionándose con ese endiablado cabello que le da un aspecto irreal, fantástico. Parece tan falso como las cerdas de una escoba, pero ahí no acababa el asunto: encima color panocha. Y, sin embargo, está perfectamente ensamblado al cráneo. La mujer de Eduardo sugiere: «Miradle la raíz». No llegan a ninguna conclusión. De noche todos los gatos son pelirrojos.
     En casa, conciben toda clase de planes para sacarle la verdad: el secuestro, la extorsión, distraerle con cualquier artimaña para darle un tirón a lo bestia… Pasan buenos ratos a costa del pobre castañero.
     Después de Navidades, el tenderete desaparece como si se lo hubiera tragado la tierra. Eduardo peina el barrio, la ciudad en busca del misterioso señor. Una tarde, los niños señalan con el índice la cristalera de un cajero automático. Bajo unas mantas asoma el pelo anaranjado de alguien que duerme junto a un cartón de vino. Pegan la cara al cristal, pero no hay forma de asegurar si es él o una castaña gigante.

jueves, 28 de febrero de 2019

TÓCALA OTRA VEZ, SAM























Puede que no les suene el nombre de Manuel Cado. Sin embargo, quizá a él si le suena alguno de ustedes. La observación es una herramienta fundamental de su trabajo que ahora, afortunadamente, también aprovecha en su labor literaria. La capacidad de escuchar también. Acaba de publicar una ópera prima que aúna esas dos cualidades. Se llama El ocaso de Valeria (Letra Minúscula, 2018).

Circunscrita al género negro o policíaco, la novela da vida a un inspector de homicidios prejubilado que mata las horas empinando el codo y paseando por la alicantina playa del Postiguet. Todo cambia cuando le buscan para investigar el asesinato de Luis Belmonte, un pez gordo al que muchos querían muerto.

Paradójicamente, el inspector Samuel Mir es Manuel Cado y no es Manuel Cado. Escritor y personaje coinciden en que ambos son hábiles observadores y atentos oyentes. Ahí acaban las semejanzas. Samuel, apodado Sam, responde al cliché de tipo duro que Rick (Humphrey Bogart) popularizó en Casablanca (Michael Curtiz, 1942). Nos encontramos ante un sabueso, una máquina de atrapar criminales. Calavera, visceral, siempre de un humor de perros. Odia a los ciclistas por una buena razón y eso le hace incurrir en alguna situación hilarante.

Los personajes femeninos caminan por la delgada línea que separa el amor y el odio, la traición y la lealtad. Su compañera, Blanca Garrido, recibe el puteo indiscriminado del solitario inspector. Valeria Rodes, su amante, utiliza la sensualidad como arma para lograr sus propósitos. Una auténtica femme fatale que no tiene nada que envidiar a la Conchita que inmortalizó Pierre Louÿs en La mujer y el pelele (Reino de Cordelia, 2013): «… el resto somos como esos bañistas que se desenvuelven con torpeza en el mar, mientras ella lo hace como un delfín, con un comportamiento extraño y encantador a la vez, y no me puedo imaginar que un ser así sufra.»

Dos rasgos aparentemente contrarios conviven en el libro: la frialdad y la cercanía. Por un lado, Manuel Cado adopta un estilo seco, cortante, pulido que encaja a la perfección con una novela policíaca. Los diálogos parecen lascas en la piedra. Por otro, sitúa la acción en lugares concretos de la ciudad de Alicante como San Francisco —más conocida por «la calle de las setas»—, el centro de ocio Panoramis o el hospital Perpetuo Socorro. Esto hace que el lector levantino se sienta como en casa.

Sin ánimo de moralizar, El ocaso de Valeria me parece un homenaje a la amistad, al compañerismo entre profesionales. Gustará a cualquiera que busque una buena historia llena de personajes memorables. Desde aquí le digo a Manuel Cado: «Tócala otra vez, Sam.»

jueves, 21 de febrero de 2019

TRECE ROSAS EN CASA DEL LIBRO






















El último sábado de enero firmé Trece rosas negras en Casa del Libro de Alicante. Dicho así suena lo más normal del mundo y, en realidad, para quienes nos dedicamos a esto, lo es, pero siempre hay alguna anécdota interesante que contar.

Aunque había firmado otras veces en esas incómodas casetas prefabricadas, esta era mi primera librería. Los trabajadores de Casa del Libro me trataron fenomenal y me explicaron que llamaban a aquello «Encuentro con el autor». Recibí un atril con mis libros y una botellita de agua. Me esperaban dos largas horas por delante.

Decidí aparcar mi timidez natural y ofrecer el libro a quienes paseaban por la tienda. Al principio, me sentí un vendedor de ajos. Poco a poco, fui ganando confianza. Al final, la reacción de la gente superó con creces mis expectativas. Firmaba ejemplares y, al mismo tiempo, conectaba con personas. El resultado no pudo ser más enriquecedor. A una pareja de amigos ciclistas le siguieron Rosa y Anabel, dos auténticas desconocidas, y hasta un escritor novel con el que intercambié el teléfono, entre otros.

No creáis que fue un camino de rosas: hubo muchos que pasaron de mí olímpicamente. Me quedo con quienes consideramos la relación con el público uno de los mayores placeres de la literatura y de la vida.

miércoles, 13 de febrero de 2019

AZUL


Es una mañana de junio, ya aprieta el calor. Alfredo Múgica ha llegado caminando, como todos los días, hasta la plaza Mayor del Raval. Ahora descansa en un banco a la sombra. El paseo no es azaroso. Le recuerda un amor de juventud que, con el paso del tiempo, se ha ido agrandando hasta convertirse en mito. La chica mantiene su belleza intacta en la memoria del viejo. Los ojos azules que le sedujeron, los labios generosos que dibujaron delicias en los suyos, las manos infantiles que le acariciaron. Nunca quiso a nadie tanto en su vida, ni siquiera a su esposa.
     Pasa un vecino, saluda a Alfredo. Cruzan unas frases. En cuanto se queda solo, vuelve a sumergirse en el pasado. Solía citar a la novia en la plaza a eso de las cinco de la tarde. Los sábados. Entre semana, preparaba unas oposiciones a maestro que ganó.
     Una mujer empuja un carro de niño, lo cual carecería en absoluto de importancia si no fuera porque Alfredo reconoce algo familiar en ella que no sabe muy bien de dónde surge. Le resta importancia, sigue a lo suyo. Azul se llamaba su novia, pero era mentira. El apodo le venía de un paseo que dieron por una playa de Guardamar. La chica dijo que le gustaría reencarnarse en una sirena y él la rebautizó.
     Una tarde, poco antes de que Alfredo iniciara el servicio militar, se disgustaron. En vano esperó una carta o una postal durante los trescientos sesenta y cinco días de servicio a la patria. A su regreso, bajó a la plaza de siempre. No estaba. Preguntó por ella a los ancianos y los niños. Nadie sabía darle razón. Hasta que una vendedora de rosas, al contemplar su foto, sonrió con malicia. Al padre, que era guardia civil, lo habían trasladado a una ciudad del norte.
     La mujer ocupa el banco de enfrente. Desata al niño, que corretea por la plaza sin orden ni concierto. Cuelga las gafas del escote. Levanta la vista hacia Alfredo. Este se lleva la mano a la boca. Ojos azules, labios generosos, manos infantiles. El vivo retrato de su madre.
     «¿Le ocurre algo, oiga?», pregunta la mujer con voz trémula. Al no recibir contestación, recorre los escasos metros que los separan. Cuando se inclina, muestra sin querer sus delicados senos. Él sencillamente no puede articular palabra.
     La mujer lo acompaña al bar, pide un café cargado. No, mejor un coñac doble. Una cerveza para ella. El niño lame un corte.
     Después de un rato, Alfredo habla por los codos. Parece un hombre tintero, antiguo por fuera, rejuvenecido por la oportunidad de contarle la historia a otra persona. A la propia hija, nada más y nada menos. La mujer no puede reprimir unas lágrimas.
     Él interpreta lo peor.
     Ella añade inmediatamente: «Tranquilo, aún vive en Bilbao». Y trata de sonreír.
     El cielo ha comenzado a cubrirse de objeciones, uno de esos chaparrones veraniegos. Se despiden con la promesa de que no perderán el contacto. Antes de salir del bar, ella gira la cabeza. Observa al viejo, que apura el coñac. No tiene ni idea de por qué lo ha hecho: poco menos de un mes que la enterraron.

Tres Columnas, 2018

jueves, 31 de enero de 2019

TRECE ROSAS EN EL INFORMACIÓN















Hoy he comprado el periódico y se lo he llevado a mi padre. «Búscame», le he dicho antes de volver a mis quehaceres cotidianos. Esta noche he pasado por su casa como cada día después de trabajar. Mi madre andaba de mal humor por no sé qué. El noticiario lanzaba malas noticias y, para empeorar las cosas, daba mal tiempo. Le he pedido al hombre que me devolviera el periódico. Entonces me ha dicho: «A veces no entiendo tus cuentos, pero debes seguir escribiendo». Gracias, papá. Un abrazo, Pepe.

domingo, 20 de enero de 2019

FIRMA EN CASA DEL LIBRO














Hoy hacía una desapacible mañana de domingo en Alicante. El cielo era de una grisura y lobreguez deprimentes, descorazonadoras. Ni corto ni perezoso, he bajado a la playa del Postiguet. Había mucha gente caminando por el paseo marítimo. Solo yo me mojaba los pies en el agua. Si no te gusta seguir el camino trillado, tu libro es Trece rosas negras. Estaré firmando ejemplares de 7 a 9 de la tarde este sábado en Casa del Libro de Alicante. Será un placer contar contigo.

miércoles, 16 de enero de 2019

NUEVA RESEÑA DE TRECE ROSAS




Después de un merecido descanso navideño, Trece rosas negras vuelve a ser noticia por partida doble. En primer lugar, la escritora Charo Cortés le dedica una reseña inteligente y certera. También hace un somero repaso de mis libros anteriores. Hay un fragmento que retrata mi personalidad como si me conociera de toda la vida: «Leer a José Antonio no es fácil. Puede parecer que sí porque la lectura se hace ligera y amena, lo cual te provoca encadenar un relato con otro y leerte el libro de una sentada. Sin embargo, si no lees con atención te perderás bastantes detalles y muchas interpretaciones, porque no es amigo José Antonio de explicar las cosas, sino de dejar que el lector piense y saque sus propias conclusiones.» Podéis leer la reseña completa en el blog de la autora.

La segunda noticia es que próximamente firmaré ejemplares en una conocida librería alicantina. El acto ha sido concertado por Taller de Prensa, la distribuidora con la que trabaja mi editorial. Una nueva ocasión para dejarse embrujar por la literatura breve.


miércoles, 9 de enero de 2019

ELOGIO A LA VIDA






















Conocí a Elena Casero en un viaje a Valencia durante el puente de Todos los Santos. En mi última cita a ciegas con alguien del gremio, el colega ni siquiera tuvo el gesto de invitar a café aunque le regalé uno de mis libros. La escritora valenciana, en cambio, me pareció de una llaneza y una humildad tan abrumadoras que no pude menos que admirarla. La sencillez me cautiva más que a un gitano el oro. Y encima, cuando nos despedíamos, me regaló una de sus novelas: Donde nunca pasa nada (Talentura, 2014).

Mi primer acercamiento a la autora se produjo con el libro de microrrelatos Luna de Perigeo (Enkuadres, 2016). Ya entonces me sorprendió su facilidad para urdir historias cotidianas preñadas de humor negro y con bastantes muertos. Estas señas de identidad se mantienen en Donde nunca pasa nada, engañoso título para una novela rural y de intriga que se desarrolla en el imaginario pueblo de Losantes. Allí, Anselmo y doña Celia disfrutan de unos días de vacaciones tras los acontecimientos de Tribulaciones de un sicario (reeditado por Talentura en 2018). Se alojan en casa de doña Presen, la anciana tía de doña Celia. La apertura del puticlub «La dama verde» es la comidilla de todo el pueblo y el desencadenante de un asesinato.

Los cincuentones como Anselmo de la Rua no suelen protagonizar la narrativa moderna, más dada a contar las peripecias de jóvenes enfermos de cáncer. Ajeno a la corrección política, nuestro protagonista vive amancebado con doña Celia. No he contado los polvos que echan, pero seguramente más que algunos matrimonios. Me atrevería a decir que el libro es un canto a la vida. Me recuerda a «Canción de la Tierra» de Gustav Mahler.

Uno de los personajes más divertidos de la novela es doña Presen, la octogenaria que nos gustaría ser de mayores. Su agudeza, picardía y vitalidad son comparables a las del torero diestro con el estoque. La primera frase que le regala a Anselmo me parece bastante elocuente: «A las mujeres se nos conquista con unas sonrisas, se nos gana con un buen hacer en la cama y se nos mantiene con ambas cosas».

La denuncia social se hace especialmente patente cuando Anselmo acude a su primera manifestación. En España se nos da muy bien quejarnos por internet, pero salir a la calle ya es harina de otro costal. En eso los franceses ganan por goleada. Harta de tanta injusticia, doña Celia le espeta a su tía: «Él no es diferente al resto simplemente por llevar una sotana. Solo faltaría que también tuviera aforamiento como los políticos».

Elena Casero llevaba su libro escondido en el bolso. Podría haberse ido sin dármelo, pero decidió jugársela. Donde nunca pasa nada es una novela desenfadada con mensaje social: para que pase algo, hay que tomar parte.


miércoles, 19 de diciembre de 2018

FELIZ NAVIDAD ROSINEGRA



















Un familiar cercano me dijo en cierta ocasión que lo que yo escribo no son cuentos porque no empiezan «Érase una vez…». Aunque se rían, no es la primera vez que debo aclarar que también existen cuentos para adultos. Me resisto a llamarlos relatos aunque sean palabras sinónimas. Esta Navidad se leerán muchos cuentos a los niños para que duerman. Algunos adultos quizá añoréis un texto corto, intenso, oscuro como una taza de café y con un cierto poso de esperanza. Eso y mucho más encontraréis en Trece rosas negras (Tres Columnas, 2018). Ya a la venta en Librería 80 Mundos y Casa del Libro. Mi mayor agradecimiento a Neogéminis por la tarjeta navideña y a Primaduroverales por cuentear conmigo. Hasta el año que viene, mirones.

domingo, 9 de diciembre de 2018

BESOS LÚGUBRES
















Se oye el sonido de la verja de entrada que se abre. Ahí está Matías con los ojos brillantes de pura excitación, mochila al hombro, dispuesto a pasar una noche entre cruces y lápidas. El crepúsculo imprime a la atmósfera de una luz que invita a la melancolía. Rosa le espera sentada en un banco.
     Corren a ocultarse en un mausoleo cuyo portón ha sido forzado hace poco por algún desaprensivo. Huele a moho y a aire viciado. Escuchan el aviso de que el cementerio cerrará en breves minutos con secreto regocijo. Varias veces. Luego nada.
     Salen del panteón a una noche poblada de pequeños ruidos, como el sonido de sus pisadas o el movimiento de algún roedor. El viento agita las ramas de los árboles. La soledad se mete en los huesos.
     Rosa extrae una linterna de la mochila y la enciende. Alumbra un bloc de notas donde aparece dibujado un torpe mapa. Torpe pero suficiente. Se ponen en camino. Durante el mismo, procuran evitar las avenidas principales. No quieren un encuentro desagradable con el guarda de seguridad.
     Los nichos vacíos provocan un escalofrío en Rosa. Se acuerda del funeral de la amiga de clase como si fuera ayer. Piensa que nadie debería perder la vida tan joven. Matías le aprieta la mano para infundirle ánimos. Ya falta poco.
     El canto de una lechuza les sobresalta al divisar la cruz. Suben los tres escalones y descansan unos segundos bajo los soportales. La capilla es el lugar donde Matías saca la foto. Aparecen los tres en el acantilado: la amiga con la cabeza apoyada en el hombro del chico y Rosa tan pálida que parece que ha visto un fantasma.
     Siguen el camino con la extraña sensación de que los observan, pero se cuidan mucho de comentarlo. Aceleran el paso sin dejar de mirar en todas direcciones. Matías saca la otra linterna a pesar de la amenaza que supone el guarda de seguridad.
     La tumba de la amiga está situada tan al borde del callejón que parece que va a salir andando. En la lápida se yerguen una sencilla cruz, un macetero con flores frescas y una foto. Los chicos mantienen un silencio respetuoso durante varios minutos. Él abandona la foto de los tres sobre el mármol.
     De repente, una mano se posa en el hombro de Matías. El chico se sobresalta pero enseguida comprende que Rosa le indica con un gesto que tienen que marcharse. Nada ha cambiado en realidad. Ninguna de las pesadillas en las que la amiga cae al vacío de una forma aparentemente fortuita. Lo peor no es soñar con ella, sino gustarse sin remedio. Ya se gustaban antes del accidente.
     Justo cuando Rosa decide contarle lo que viene callando desde aquel viaje de fin de curso, Matías sella sus labios con un beso lúgubre. Y luego otro. Y otro más.

Tres Columnas, 2018

miércoles, 28 de noviembre de 2018

TRECE ROSAS EN LA ONCE














El sueño de todo escritor no es que lo traduzcan al ruso, ni llenar la Casa del Libro, ni codearse con Mario Vargas Llosa. El sueño de todo escritor es que le escuchen. Cuando Paco Umbral dijo su célebre frase «yo he venido aquí a hablar de mi libro», en realidad buscaba oyentes. Ni fama ni carajos.

Ayer, en la ONCE, me sentí escuchado. Un lujo que se agradece, que anima a seguir escribiendo. Solo hubo un par de hilarantes interrupciones de una señora que contestó al móvil en directo. También estuve estrechamente vigilado por un perrazo negro que descansaba al lado de su dueño. Muy apropiado para mis Trece rosas negras.

El conductor de la charla, Antonio Díaz Palao, tenía preparado un cuestionario de preguntas pertinentes. Y, por qué no, alguna impertinente. Lo políticamente correcto aburre. Recuerdo una a bocajarro sobre el libro que más me había sacudido. No lo pensé mucho: Ensayo sobre la ceguera de José Saramago.

No faltaron preguntas del público como la clásica «¿y la novela pa’ cuando?». Falta tradición cuentista en España, aunque yo sigo empeñado en vivir del cuento. Al menos, hasta que el reloj me recuerda que tengo que ir a trabajar en otra de mis pasiones: la enseñanza.















Para terminar la reunión, me pidieron que leyera dos relatos. Escogí en primer lugar «Carantoñas», dedicado a Charo Cortés y que trata sobre el paso del tiempo. Le siguió «Falta de riego», inspirado en las interminables conversaciones que mantengo con José Luis Ruiz Dangla.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

CHARLA EN LA ONCE















El otro día soñé que presentaba Trece rosas negras en alguna parte y, al poco de comenzar, advertía con horror que llevaba un pantalón de chándal. Nadie, ni siquiera la gente de la editorial, parecía haberse dado cuenta. Como siempre, desperté sin averiguar el desenlace de la historia. Espero que no me ocurra nada parecido en la charla que tendrá lugar en la ONCE de Alicante. Menos mal que somos viejos amigos. Ya estuve leyendo cuentos de El Mirador (Atlantis, 2009) y de Vareando nubes (Atlantis, 2012). Ojalá los relatos del nuevo libro también gusten. Presenta Antonio Díaz Palao, vecino del barrio de Carolinas y lector voraz. Entrada libre.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

PRIMERAS RESEÑAS DE TRECE ROSAS


















He estado unos días de vacaciones en Valencia, pero Trece rosas negras no me ha dado tregua. Me han llegado, en forma de reseña, las opiniones de dos escritoras.

La primera de ellas es Maribel Romero Soler. Novelista con varios premios en su haber, casi una hermana para mí, ha llegado a darme un tirón de orejas cuando me dejo arrastrar por mi temperamento visceral. Escribe: «Lo que he notado en este nuevo libro del escritor alicantino, a diferencia de los anteriores, es que se recrea en un mundo más onírico, entre el sueño y la pesadilla, en la irrealidad; aunque de los textos que podrían considerarse más abstractos, también se extrae, como del resto, una lectura aleccionadora».

La segunda y no menos importante es Esther Planelles. Escritora imposible de encasillar y lectora exigente como pocas, la he visto mandar al cuerno a escritores de renombre. Nuestra complicidad dio como fruto el libro de microrrelatos Pelusillas en el ombligo. Escribe sobre mis rosas: «… no se ha conformado con coquetear con lo insólito; mediante una trama de giros inesperados y una prosa de vértigo, José Antonio López Rastoll se ha propuesto llevar al lector al límite de la locura... o del orgasmo mental».

Podéis leer las reseñas completas en el blog de las autoras. Solo me queda agradecerles el haber treceroseado el libro.


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