martes, 23 de diciembre de 2014

SUDOR
















—Siempre te sudaron las manos —dijo mientras su vida pendía de un hilo en aquel barranco.
—No te voy a soltar, José Carlos María de Todos los Santos. Eres el padre de mis hijos.
—Siempre fuiste fría en la cama, chismosa, peluda, bizca y paticorta.
—Aguanta, la ayuda está en camino.
—Te he puesto los cuernos con tu mejor amiga, con el cura, con el pobre de la iglesia y con el perro.
—No te esfuerces, José Carlos María, esta Navidad te comes las uvas como todos los años.



FELIZ NAVIDAD, CRÁPULAS DEL MUNDO. 
HASTA LA VISTA.




domingo, 14 de diciembre de 2014

DE MUERTE
























Llevaba bastante tiempo detrás de la novela Puzle de sangre, que se publicó en formato digital primero y este año ha visto una versión en papel gracias a editorial Aguaclara. No había podido leerla por falta de libro electrónico. Ahora que por fin he pasado sus páginas con los dedos, me regalan un ebook por Navidad. Ya escribía Hermann Hessee en El lobo estepario: «Usted ha de acostumbrarse a la vida y ha de aprender a reír».

Mi curiosidad era lógica. No todos los días asiste uno al fenómeno de una novela escrita a dos bandas, quizá porque estamos acostumbrados a imaginar al escritor solo frente al papel en blanco. José Payá Beltrán y Mario Martínez Gomis se han atrevido a desafiar las convenciones del oficio, e incluso a desafiarse, con las únicas armas del ingenio y la complicidad.

Todo nace a partir de un relato de José Payá llamado «La cita», incluido en su libro La segunda vida de Christopher Marlowe (Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 2011). Narra el encuentro de dos asesinos atrapados en un callejón sin salida: han matado a dos hombres y no tienen ni una maldita pala a mano para enterrarlos. Los asesinos usan los nombres falsos de sus víctimas, pero a partir de ahora los conoceremos por los apodos de el Socio y el Sabio.

Este relato se convierte en faro de una novela que va escribiéndose sobre la marcha. Según afirman sus creadores, uno mandaba un capítulo al otro y le mataba los personajes. El compadre hacía lo mismo. Así se gestó este divertimento, a caballo entre la falta de pretensiones y la pura chiripa, que algunos consideran una mezcla de Torrente y Tarantino.

Como dos caras de la misma moneda, el Sabio representa al matón chapucero a quien llegas a coger cariño. El Socio encarna al asesino profesional, frío y calculador incluso frente a una hembra como Estrella Esperanza: «Advertí el asombro en el rostro de la cubana: los ojos alzados y el ceño fruncido, las aletas de la nariz dilatadas, los ojos verdes fijos en el abultamiento alargado que había aparecido en mi bolsillo (…) —No creas que me alegro de verte —dije—, es que llevo pistola».

Una serie de personajes fallecen alrededor de el Socio y el Sabio. En estricto orden de defunción, las primeras víctimas son Jaime Barceló y Alfonso Abellán. Como dato significativo, se trata de los trasuntos literarios de José Payá y Mario Martínez, que en un gesto de humildad asesinan literalmente cualquier rastro de soberbia por su parte. A continuación, el Socio expira a manos de Susana Francés, quien ha contratado sus servicios como asesino a sueldo para liquidar a su marido. He aquí el toque Tarantino, porque uno se ríe con cosas que no tienen ninguna gracia. Al terminar la lectura, contabilizo la nada despreciable cifra de once asesinatos y un suicidio.

Nadie podrá negar que esta novela es más negra que las uñas de un presidiario, pero enseguida advertimos que en ella no hay asesinato que resolver por parte de un avezado detective. Más bien ahonda en la psicología de los personajes, en sus motivaciones humanas. Por ejemplo, el Sabio quiere a Alfonso Abellán muerto porque en el examen de acceso a la universidad para mayores de veinticinco años le preguntó la fecha exacta de elaboración de la Carta Magna. Suena muy bestia, pero ¿qué alumno no ha querido cargarse alguna vez a un profesor y viceversa?

Uno muy leído diría que es una obra esperpéntica. Yo prefiero calificarla de bestial como una historieta de Mortadelo y Filemón. Al igual que en los tebeos, el lenguaje es un personaje más. El uso de argot —«jaco» para referirse a heroína— o tacos —joputas— aporta verosimilitud al Sabio y a sus colegas del trullo.

Resulta sorprendente el tono uniforme logrado por los dos autores, de modo que no distingues cuándo escribe cada uno. Quizá no me he identificado con algunos referentes culturales, como cuando dicen de cierto personaje que es «más sospechoso que Islero, en lo referente a haberse cargado a Manolete». Cuestión de edad y de gustos. Si me preguntan qué me ha parecido Puzle de sangre, diré: de muerte. Si quieren saber qué he aprendido de estos dos pájaros: antes la muerte que fallecer de aburrimiento.

jueves, 4 de diciembre de 2014

LA CARRETERA

















     El niño se había quedado impresionado.
     No sólo porque era veinticuatro de diciembre y los obreros seguían trabajando a las diez de la mañana para terminar la carretera, sino principalmente por ese material de luto que utilizaban.
     Él creía en los Reyes Magos, desde luego, pero jamás había visto una cantidad tan grande en manos de tan poca gente. Así que dejó a un lado su timidez y se puso a observar descaradamente a uno de los obreros, un sudamericano.
     El hombre estaba muy moreno y tenía cara de pocos amigos. Sin dejar de extender el alquitrán con una escoba, le preguntó con ironía:
     —¿Qué pasa, muchacho? ¿Te has perdido? ¿Buscas a tu papá?
     —No, señor —respondió.
     —Entonces, ¿qué quieres? Tengo mucho trabajo. El patrón dice que o acabamos esta carretera o nos quedamos sin día de Navidad.
     —Toma —dijo el niño tendiéndole su osito de peluche.
     —Te lo agradezco mucho, pero...
     —Es mi juguete preferido.
     —¿Qué pasa, niño? ¿Me ves cara de necesitar limosna o qué? —dijo enfadándose el obrero.
     —Acépteselo —intervino un hombre de mediana edad que pasaba por allí—. No todo el mundo hace un regalo así, y menos en Navidad.
     —Es que no lo comprendo —se defendió el obrero.
     —No hace falta comprenderlo.
     Y el obrero se quedó con el peluche.
     A la mañana siguiente, la madre vio al niño un tanto aburrido y le preguntó por el osito de peluche.
     Éste respondió que se lo había regalado a un señor que estaba haciendo una carretera. Una gigantesca carretera de carbón.
     —¿De carbón? —se extrañó la madre.
     —Deben de haber sido muy malos para recibir tantísimo carbón —añadió el crío pensativo.

Publicado en la revista Alicante Opinión.

Vareando Nubes

Atlantis, 2012

miércoles, 26 de noviembre de 2014

BALLENAS
























A veces un artista, de tanto golpear como una polilla en un tarro de cristal, firma una obra maestra. Cervantes escribió El Quijote, John Carpenter filmó Están vivos, y El Columpio Asesino compuso Diamantes (Mushroom Pillow, 2011).

Hay una coplilla de Diamantes que repito como una especie de mantra cada vez que escribo: «Sé que no lo hice bien, ahora sé que mal es lo mejor que lo puedo hacer». El Columpio Asesino parece haber seguido esta máxima a pies juntillas en su nuevo álbum. Ballenas muertas en San Sebastián (Mushroom Pillow, 2014) no sólo se aleja de lo que podría ser la segunda parte de Diamantes, sino que rompe el molde. En este sentido, la banda mantiene un estilo molesto y rudo que cabalga entre el rock y el punk, sin olvidar la música electrónica.

Confiesan que la inspiración para este trabajo viene de la crisis de valores de la época actual. Hartos quizá de desayunar todos los días con los casos de políticos corruptos o sacerdotes pederastas, grabaron en una casa antigua, sin cobertura ni internet, de un pueblo de la montaña navarra donde convivieron durante tres meses.

El mayor problema del álbum es precisamente que su aguijón se vuelve contra sí mismo. Demasiada oscuridad y escasa luz. La denuncia de un sistema corrupto en canciones como «Babel» o «Ballenas muertas en San Sebastián» se queda solo en la denuncia. No va más allá. No aporta un rayo de esperanza. También saben a poco ocho cortes y una introducción. La primera mitad concentra el mejor repertorio, como la tétrica «Escalofrío» o la inesperadamente optimista «A la espalda del mar». La segunda contiene los temas más flojos, como «Entre cactus y azulejos», la canción hablada que cierra el disco.
            
Me sigue pareciendo un acierto repartir las canciones entre Cristina Martínez y Álvaro Arizaleta. Me encandila aún el retraso de los estribillos, que explotan como un orgasmo al final de la canción. Pero Ballenas resulta un disco inestable con algún destello de brillantez.

lunes, 17 de noviembre de 2014

EL SEÑOR (6)

















Mientras Nuria decide ir a robar al Corte Inglés —vaya ocurrencia—, yo opto por darle a la invisibilidad un fin más provechoso. Nos ha desvelado el ruido de la ducha a las ocho de la mañana. La amiga que alojó anoche a este par de pájaras es conserje en un edificio oficial.
            
Al tomar conciencia de mis, llamémoslos así, poderes, creo que una responsabilidad nueva me llama a ejercer de cicerone. Usted, lector, será el visitante privilegiado de este museo del hombre.
            
Camino sin prisa, disfrutando del paseo por la ciudad. No hace ni frío ni calor, sino un clima benigno que no presagia nada bueno. Al principio, esquivo a los transeúntes como una persona normal. Cuando caigo en la estupidez de mi acto, me echo a reír. Más de uno se gira con temor hacia el vacío, y acelera la marcha.
            
Entro en el edificio donde, en unos minutos, comenzará la rueda de prensa. No cabe un alfiler en el salón. El hombre de la barba rala comparece ante los medios para hablar de las medidas que su gobierno va a tomar, a partir de ahora, para atajar los casos de corrupción.
            
Cuando anuncia la tercera norma, tan tibia como las dos anteriores, se queda congelado en la frase «habrá tolerancia…». Con un gesto de dolor infinito en la cara, acierta a decir aún «… cero». Los fotógrafos inmortalizan lo que podría resultar, con suerte, un infarto en directo.
            
Aflojo un poco la presión en los testículos, no sea que se desmaye sin terminar su discurso. Mira a todas partes asustado. Suda copiosamente. La vicepresidenta le ofrece un vaso de agua.
            
Después de beber, dice lo que le he susurrado al oído que diga. Lo repite varias veces para que no exista ningún género de duda.
            
—La única medida efectiva contra la corrupción es que, de aquí en adelante, una mujer asuma el gobierno.

domingo, 9 de noviembre de 2014

LA URNA



















     Acababa de visitar el cuerpo incorrupto de la monja. Un pobre me dio los buenos días en el vestíbulo de la iglesia, y busqué unas monedillas que tintinearan en su vaso. Entonces noté la falta en el bolsillo.
     Regresé al interior y pregunté al párroco. Se encogió de hombros. Fui a interrogar a una beata que se santiguaba frente a la urna de cristal, y me dijo que guardara silencio. Observé que miraba fijamente un punto. Las manos de la monja cruzadas sobre el pecho. Mi cartera debajo.
     Al susto siguió la perplejidad, y luego la cólera.
     En este país, pensé, no se libra ni Dios.



jueves, 30 de octubre de 2014

HALLOBLOGWEEN 2014























ESTRELLA

Fue en la película «Quesitos El Mono que se Masturba» donde la estrella de cine logró su máxima notoriedad. Ahora, mientras contempla en el espejo el vendaje que cubre su tórax, retrocede hasta su primera operación de pecho. En ella se sentía como el monstruo interpretado por Boris Karloff. Hoy está acostumbrada a pasar por el taller. Gajes del oficio. Últimamente, ha cumplido los treinta y no le llueven contratos como antes. Además, desde que la dejó su novio, se ha encaprichado de unos senos puntiagudos como sombreros de bruja. Le ha costado convencer al cirujano, que insiste en los peligros para su salud. Al cabo de un mes, sus conos de señalización son portada de revista.


Incluido en la antología El placer manda bajo el pseudónimo de Lobo López.

viernes, 24 de octubre de 2014

CUARENTA ABRILES
























Cuando cumplí los treinta, decidí bañarme en el agua heladora de Santa Pola a primeros de noviembre. Me acompañó en esa locura mi suegro, pues no conozco a nadie de mi edad con tantos cojones.

Una década después, había que cometer otro disparate del mismo calibre, y no se me ocurría nada. En septiembre, a falta de algo más de un mes para mi cumpleaños, leí un cuentecillo de un tal Lobo López. Tengo un pánico atroz a la noria, de modo que me identifiqué con el personaje. Resolví que aquel sería un buen reto.

En la vorágine de la feria, subí a la atracción después de mi mujer y tres niñas de entre ocho y doce años. La cortesía ante todo. Un tío cachas con fuerte acento italiano selló la jaula. En el interior de la misma, hubo las presentaciones de rigor.

La noria comenzó a rodar, al principio despacio, luego cada vez más deprisa. Empecé a sentir un vértigo espantoso en los descensos, y la única forma de soportarlo era gritar. Grité como una mujer dando a luz, como un poseído al ser rociado con agua bendita. Eso provocó el descojone de las chicas. No me importaba.

Pasada la primera impresión, me limité a cerrar los ojos. El juego de una de las niñas, en plan cabroncete, era soltar mis dedos de la barra que apretaban con todas sus fuerzas. Otra callaba como un muerto. La tercera me preguntó la edad. Ahora la noria giraba lentamente en sentido inverso, y se la dijeeeeeeee. Más risitas.

Antes de bajar, quedamos suspendidos durante unos segundos en las alturas. Allí, rozando con la punta de la nariz la luna llena, contemplando las hormigas que somos en realidad, tuve una revelación: cumplir cuarenta años no es mucho peor que tener veinte.

Al llegar al suelo, lo besé. Luego fui a celebrarlo con mi mujer, con la que he pasado los últimos veinte años.


Publicado en la revista Alicante Opinión.



martes, 14 de octubre de 2014

LIBÉLULAS
























A priori no parece que libélulas y lobos tengan mucho en común, salvo que comienzan por la letra ele. Quizá ese aislamiento que mi amiga Alicia dice que los escritores necesitan para concebir sus obras, y que nos convierte en criaturas escindidas. Estamos en el mundo y no estamos.

Puede que la realidad sea otra distinta a la que nos quieren vender. En ese caso, habrá que atravesar el espejo para comprenderla. Eso lo clava Laura Frost en Microhistorias para libélulas (Lastura, 2013). Y no es exagerado el término, porque cada cuentito es un tajo de vida.

Humor, ternura, insumisión, erotismo, melancolía, rabia. Cada una de estas libélulas, y muchas más, flotan un instante ante nuestros ojos. Luego desaparecen dejando una estela mágica a su alrededor.

Laura Frost divide su número en cinco actos, como si tendiera la mano hacia un público invisible. Emulan capítulos de Alicia en el país de las maravillas (Lewis Carroll, 1865).

El microrrelato que abre el libro —mal asunto para una escritora— se queda sin palabras: «Dicen que perder a un hijo es una experiencia inenarrable…». Pero Laura es una mujer de recursos. Conviven en su obra el preciosismo en el lenguaje y la obsesión por la palabra justa. En el lado opuesto, la poesía al servicio de la narración y abundancia de tacos. No contenta con ello, tiñe su paleta de fantasías eróticas, cuestionando incluso la divina concepción de Jesús. Mostrando más caras que un cubo, cuenta chistes sin despeinarse. No podrás dejar de aferrarte a esa gracia sevillana.

Estar en las nubes no significa ser ajeno a los problemas de nuestra sociedad, sólo digerir de forma más lenta. Critica el sueño americano del español: «Contemplamos el transcurrir de nuestra vida esperando que algo mágico nos ocurra». Aborda realidades incómodas como solo la buena literatura sabe hacerlo: desde la sensibilidad.

Laura Frost lamenta haber perdido la niñez en Microhistorias para libélulas, pero, a cambio, nos ha legado un montón de «pequeños regalos envueltos en celofán transparente». Tal vez la inocencia resida en la mirada.

lunes, 6 de octubre de 2014

PIEDRA















Eres tan romántico como una piedra, dijo. Desde entonces, estoy tratando de cambiar. Le compro flores, la llevo al cine, la cojo de la mano en la calle. Ella no acaba de creerlo, y me enfrenta a la prueba definitiva: una tarde en el campo. Se viste para la ocasión. La noto radiante en la espera. Aunque su equipo pierde por goleada, reconoce que la he ganado.


Seleccionado en el IV Concurso de microrrelatos ACEN. Incluido en el libro Bocados sabrosos 4.

domingo, 28 de septiembre de 2014

EL SEÑOR (capítulos 1-5)


















1

     Comenzaba a trabajar al día siguiente y tuve un mal presagio.
     Me abrió la puerta un mayordomo, me dio instrucciones precisas y se marchó dejándome a solas con el señor.
     Mis deberes consistían en entregar puntualmente las bandejas del desayuno, la comida y la cena. En ese acto tan simple yo jamás vería al señor. Dejaría los alimentos en la puerta de su dormitorio y me marcharía. Las instrucciones habían sido muy claras en ese punto. El señor vivía enclaustrado y no deseaba que lo molestasen bajo ningún concepto. Se lo podía permitir. Era rico.
     Durante la noche, soñaba que él se acercaba a mi lecho. Solía mirarme fijamente largas horas y me susurraba al oído en un idioma extranjero. Por la mañana cesaba la confidencia.
     Ayer la puerta del señor, cerrada siempre como tapa de ataúd, estaba entreabierta. La cama, vacía. Ante la súbita desaparición de quien me susurraba en sueños, el mayordomo me despidió sin contemplaciones. De observarme se habría percatado de que sonreía.
     Me siento menos ligera, más pesada. Como si los funerales del amo hubieran sido míos y, en lugar de envejecer, estuviera rejuveneciendo.

2

     Debo de haber dormido una eternidad, pues el lado de la cama en el que se acuesta mi pareja está helado. Miro el reloj. Las cuatro de la tarde. Me siento un poco delincuente. No es que no necesitara el sueño. Después de lo que ha ocurrido lo necesitaba con toda mi alma. Pero ahora que no tengo trabajo me parece que no hago nada útil.
     Una ducha es lo que preciso, y luego un café y un periódico. Me esfuerzo por concentrarme en esas rutinas, aunque, desde el primer instante, soy consciente de que me voy a tener que enfrentar a esto sola.
     Cómo definirlo.
     Una revelación que ha generado en mí una nueva conciencia. De pronto me he sentido joven y vieja al mismo tiempo. Como el señor. Él no quería desaparecer de este mundo sin contarme su secreto.
     El agua se desliza por mi cuerpo y, pese a estar fría, noto calidez. Ni aún así me abandonan sus palabras, susurradas una noche tras otra al oído. En especial una frase, que era como el resumen de su legado: «El hombre es una plaga peor que cualquier monstruo».
     Me pregunto qué terribles experiencias habría sufrido para abominar de sus semejantes de tal modo. Las mujeres, sin embargo, no le merecíamos una opinión tan pésima. Una parte de mí me advierte que son los desvaríos de un loco. Otra se pregunta si no tendrá razón.
     Intento concentrarme en el periódico, pero la disociación entre mente y cuerpo llega a límites insospechados. Para el señor las mujeres somos, ni más ni menos, la salvación. El café acaba de derramarse sobre mi blusa. En vez de intentar limpiar la mancha, vierto el resto en el sofá.

3

     Nuria es mi mejor amiga y vive en el piso de enfrente. Aunque se resiste a dejar la sartén en el fuego, la convenzo diciéndole que será sólo un segundo, que es importante y no puede esperar.
     Esto que me ocurre ya no es sólo un cambio de mentalidad inducido por un tipo misterioso. Se trata de algo también físico que se manifiesta de la forma más insospechada. No sé si estoy enferma, loca o fumada. No puedo esperar a que Pedro regrese de la oficina. Debo contárselo a alguien.
     Llaman a la puerta.
     —Gracias a Dios, pasa.
     —Vaya ojeras, Tina, ¿una noche agitada?
     La llevo al salón. Enciendo un cigarrillo de ese paquete que todo antiguo fumador guarda en alguna parte. Nuria me pide. Con la tensión he olvidado las normas de urbanidad.
     —En realidad, no es lo que crees.
     —Tú has follado, no mientas.
     La historia del último trabajo ya la conoce, incluso lo raro que era el señor. Pero no sabe nada de las ideas que me rondan la cabeza últimamente. Todas hacen referencia a la maldad del hombre y a la urgencia de que las mujeres tomemos una decisión drástica.
     —Suéltalo ya, me tienes en ascuas.
     —Acércate, quiero decírtelo al oído. Las paredes oyen.
     A continuación le enseño la mancha del sofá. Como no lo pilla, cojo un plato sucio del fregadero y lo dejo caer. Se hace añicos.
     —Tina, no gastes bromas. ¿Dónde coño estás?

4

     —No lo puedo creer —dice Nuria.
     —Al menos no has salido corriendo.
     Supe que algo extraño ocurría cuando vertí el café en el sofá. No sólo disfruté de la desobediencia, sino que también me hice invisible. Al principio, ignoré el extraordinario suceso porque seguía viéndome, pero al entrar al baño quedé petrificada por la ausencia de mi propia imagen.
     Decidí no perder la calma. Al fin y al cabo, no todos los días puede una decir con toda la razón que no está para nadie.
     Recuperé la consistencia también por casualidad, al prepararme una nueva taza de café. Me dirigía al sofá manchado cuando el cristal del televisor me ofreció, por una vez, algo interesante. Qué alivio.
     Luego até cabos. Me acordé del señor susurrando en sueños, de su extraña desaparición. Quizá nos esperara en algún lugar. Un mosquito se posó en mi pierna con desparpajo. No lo maté.
     Picar a Nuria resultó sencillo. Siempre fue más lanzada que yo. Susurré en su oído, y le mostré que podíamos desaparecer en un segundo realizando cualquier maldad cotidiana. Ya había efectuado otras pruebas, como cortar una corbata de Pedro. Para recuperar la masa corporal, compré una nueva por internet.
     Cuando nos acordamos de la puñetera sartén en el fuego, ya es demasiado tarde. Cruzamos la avenida. Un olor y un humo escandalosos llenan el apartamento de Nuria. Se preocupa bastante porque su marido odia las sorpresas.
     Me pide que me marche. En el espejo de la entrada ya no se refleja la mujer que acaba de quemar la cena.
     —Tina, esto es la caña —suelta Nuria a mi lado.

5

     Un silencio como de iglesia me recibe tras un duro día de trabajo. Qué placer no tener hijos, aunque Tina no tardará en querer tenerlos. Ni rastro de ella, así que me derrumbo en el sofá a esperarla con una cerveza en la mano.
     Madre mía, las once de la noche. Puede que Tina no haya querido despertarme. Me dirijo al dormitorio, con cierta inquietud, pero nadie ocupa la cama deshecha.
     Empiezo a buscar una nota en la cocina. Cuando Tina sale así, de repente, no suele descuidar esos detalles. Sin embargo, tampoco hallo ese alivio. Me abro otra cerveza, más por controlar los nervios que por deseo de beber, aunque la garganta se me ha quedado seca. Y entonces me fijo en algo que antes no he visto. Hay pedazos de loza en el suelo.
     No me parece propio de una mujer dejar basura tirada en el piso de su apartamento, a no ser que la haya requerido alguna emergencia. A su amiga Nuria la considera casi una hermana.
     Reviso el móvil por si tengo algún mensaje o llamada perdida. Me acojona encontrar uno de Paco, el marido de Nuria, precisamente porque él considera eso mariconadas. Dice que le llame en cuanto pueda.
     Con la excitación, el móvil se me resbala de las manos y, al agacharme a recogerlo, descubro una mancha enorme en el sofá. La toco y la huelo como un detective. Parece café.
     —Lo siento, Paco, Nuria no está aquí. Pensé que habría ocurrido alguna desgracia y que Tina…
     —Deben de andar juntas, jugando al billar en algún garito, riéndose en nuestra cara —se desahoga Paco—. ¿Sabes que la muy zorra ha quemado la cena?
     —Hazte un huevo frito.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

ROBIN WILLIAMS















Este verano ha fallecido Robin Williams, un actor de esos que le caen bien a todo el mundo, que a algunos pelmazos, incluso, les recuerda su infancia.
            
Inmediatamente, se repone alguna de sus películas más emblemáticas en televisión, se le rinde un emotivo, aunque breve, homenaje en algún blog aprovechando el fotograma de los alumnos subidos a las mesas para despedir al profesor Keating. Y luego la pesada losa del olvido. Parece poco para alguien que nos ha hecho tanto reír. El decano Walcott, sin ir más lejos, le recriminaba a un Patch Adams algo sobreactuado su «excesiva felicidad». Gracias a esa maldita manía de ser feliz, hoy nos sentimos un poco menos solos. Quizá algo conmocionados aún por la noticia de su muerte. Reconozco que le rendí mi particular homenaje revisando una vieja cinta lacrimógena. En ella baja a los infiernos para recuperar a su mujer, que se ha suicidado tras la muerte de su marido y de sus hijos. Es irónico. Williams convencería a un mudo de que cantara la marsellesa —logró que Christopher Reeve sonriera después de su grave accidente—, pero no pudo salvarse a sí mismo.
            
Últimamente se oían rumores de segunda parte de uno de sus títulos más famosos, ese en el que se disfraza de institutriz para no separse de sus hijos. Por fortuna, vino la parca a alterar los planes de Hollywood. Tuve la suerte de disfrutar hace unos meses, en videoclub, de un personaje menos histriónico, más reposado, que pone, en mi opinión, un broche de oro a su carrera. Interpretaba a un padre divorciado cuyo hijo adolescente es tan idiota que se suicida sin pretenderlo. A riesgo de parecer morboso, estremece comprobar cómo se repite en su filmografía el tema del suicidio.

Dicho padre, enamorado de La noche de los muertos vivientes, daba toda una lección sobre la cara oculta del payaso: «Antes creía que lo peor que podía pasarte en la vida era acabar completamente solo. No es así. Es peor acabar con gente que hace que te sientas completamente solo.»

Aún sigo buscando a alguien que le guste La noche de los muertos vivientes, como Robin Williams, pero no me mato.



NOTA: las películas mencionadas en el artículo son, en este orden: El club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989), Patch Adams (Tom Shadyac, 1998), Más allá de los sueños (Vincent Ward, 1998), Señora Doubtfire (Chris Columbus, 1993) y El mejor padre del mundo (Bobcat Goldthwait, 2009).

viernes, 5 de septiembre de 2014

EL SÍNDROME DE LA CABINA




     Lo que me deja sin aliento cada año es la noria recortada contra el cielo bruno, con la luna llena mirándola embelesada. Sin embargo, nunca me he decidido a subir. Un sudor frío recorre mi cuerpo entero, y no es solo que ya haga falta una rebeca en septiembre. Sencillamente me falta valor.
     Ella tira de mí con esa facilidad con la que los países árabes entran en conflicto. No es mi mujer ni mi madre. Con ambas tendría argumentos de sobra para quedarme en tierra y besar el suelo como el Papa.
     —Venga, papá, no seas cagueta.
     La mano de una niña pequeña puede resultar muy persuasiva, sobre todo si escribe cuentos que tratan de animales, reyes y princesas. Luego los ilustra y me los lee. En el último, ha dibujado una noria muy rudimentaria, como de feria antigua, en donde un niño queda atrapado arriba del todo y no puede bajar. Nadie sabe cómo se ha roto el mecanismo. Al niño le empieza a salir barba, se casa, tiene hijos, y sigue en las alturas. Para él lo más difícil consiste en relacionarse con los demás. Siempre debe gritar para hacerse entender desde la cabina. Por ese motivo, la mayoría de las veces prefiere estar solo. Ha conseguido en los últimos años reunir una pequeña biblioteca.
     Sacamos los tiques.
     —No me sueltes ahora, hija —aúllo mientras este armatoste comienza a girar y a girar.




Finalista en el II Certamen de Microrrelatos Sucedió en la Feria. Incluido en el libro que edita el Club de Escritura La Biblioteca.

domingo, 24 de agosto de 2014

PABLO CARBONELL Y SU MADRE























Cuando Pablo Carbonell escribió «Mamá» era el líder de un provocador grupo de los 80 llamado Toreros Muertos. Siempre me he preguntado qué haría aquella madre al escuchar esa letra edípica, si desheredaría a Pablo, si lo llamaría por teléfono para echarle la bronca, si se encerraría en casa con el sombrío presentimiento de que había parido a un anormal.

Lo curioso de esta canción, cuyo análisis no requiere de una tesis doctoral, es que le deja a uno pensativo. Sospecho que ningún grupo moderno tendría los cojones de escribir algo tan bestia.

A comienzos del nuevo siglo, ya en solitario, Carbonell trataría de redimirse con un tema más conveniente para una madre. Le puso por título «La madre», qué original, y lo incluyó en el disco en vivo Rock and Roll Alimaña (18 chulos records, 2004).

Sin embargo, para mi gusto, la canción que mejor refleja los malos rollos entre padres e hijos es la divertida y atormentada «Dejadme llorar» (incluida en 30 años de éxitos, el paradójico debut de Toreros Muertos). Eso sí, con «La madre» consiguió que la mujer le dirigiera la palabra por primera vez en años para expresarle toda emocionada: «Cabrón».



jueves, 14 de agosto de 2014

VOLVER




Lo más difícil fue subir a la roca. Ya no tenían edad para esos trotes. Contemplaron un instante el alba, aspirando ese olor a libertad bañada en salitre. Lo habían hablado mucho y ahora se apretaban la mano. Quien los viera de lejos creería que eran dos jóvenes a punto de cometer una heroicidad. Un pescador aseguró que saltaron al mismo tiempo, y espantaron a todos sus peces. Unos inmigrantes subsaharianos alcanzaban en ese momento la costa. En la patera se hacinaban hombres, mujeres, niños y dos viejos de raza blanca con pinta de aparecidos. «Con todo lo que han pasado, están vivos de chiripa», recalcó la voluntaria de Cruz Roja.


Sin dramas by Juan Rivas on Grooveshark

miércoles, 9 de julio de 2014

CINE DE TERROR EN CLAVE DE COMEDIA























Cualquiera que me conozca un poco, sabe que entre mis vicios confesables se encuentra el cine de terror. Es difícil transmitirle a un profano el maravilloso gusanillo de sentir miedo desde la relativa tranquilidad de la butaca de cine o el sofá. Este gusto por los vampiros, las casas encantadas, los zombis, los hombres lobo o las brujas no se puede inculcar; más bien consiste en una inclinación de carácter.
            
Si además de helarte la sangre, una película consigue que eches unas risas habrá logrado, en mi opinión, un extraño equilibrio que profundiza en la naturaleza humana, la cual se debate entre la tragedia y la comedia sin acabar de encontrar su sitio. Ni falta que hace.
            
La comedia o el terror puros nos provocan una agobiante sensación de felicidad o pánico irreales que el género híbrido contrarresta. Sus armas son la imaginación, el humor negro y la sangre a borbotones.
            
Os propongo, antes de ausentarme durante un mes, un pequeño ciclo de cuatro películas para disfrutar a solas, con el perro, con la amante, o incluso con la suegra. La quinta por si no tenéis bastante.
            
Para los curiosos diré que, dentro de poco, me embarco en la más terrorífica de las aventuras: la soledad de un lobo en la ciudad desierta (este año no hay viaje). Qué espeluznante placer. 
            
-El ejército de las tinieblas (Sam Raimi, 1992)
-Zombis nazis (Tommy Wirkola, 2009)
-Noche de miedo (Tom Holland, 1985)
-El espíritu burlón (David Lean, 1945)
-Un hombre lobo americano en Londres (John Landis, 1981)



miércoles, 2 de julio de 2014

CINCO AÑOS DE MIRÓN

                                     
El Mirador, que nació porque sí y acabará cuando no me divierta, cumple cinco años.
            
Me pregunto cómo celebrar este pequeño hito, a quién invito, a quién ignoro. Supongo que me quedo, por una parte, con la gente que me ha aportado algo, que es mucha. Y poco a poco dejo atrás al personaje que me inventé, a ese crápula, que no es más que una máscara donde ocultarse, y voy entrenándome para ser yo mismo, con mis penas y alegrías.
            
En marzo de 2009 colgué la primera entrada de este diario para descarados mirones, para voyeurs, y fue ni más ni menos que el relato Una de zombis. En estos cinco años, he publicado en ediciones Atlantis los libros de cuentos El Mirador y Vareando Nubes, y he participado en más de una docena de antologías de cuento y microrrelato.
            
Publicar es un chute de adrenalina y un orgullo que nadie te puede quitar, pero en los últimos tiempos me gusta ensimismarme en el laboratorio, y ya no lo veo tan importante ni decisivo. Es una etapa más que llega si uno trabaja con seriedad e ilusión en un proyecto. A veces tengo la sensación de que estoy corriendo una carrera contra mí mismo, y me digo que no hace falta demostrarse nada. Supongo que, por eso, es tan apasionante escribir y tan agotador.
            
De las secciones que he creado para el blog, una de las más queridas ha sido las «Crónicas de Lobo López». En ellas he sacado a la luz esa faceta de periodista que todos llevamos dentro. El artículo Lobo en Madrid es uno de mis favoritos.

En los «Cuentos de Lobo López» he intentado dar cabida a los relatos que entraron y no entraron en mis libros. Uno de los más leídos ha sido El videoclub.
            
Sería imposible nombrar a todos los escritores a los que he dedicado una «Reseña literaria», siempre con afán de disfrutar dos veces de la lectura, de criticar constructivamente. Aquí hubo de todo, desde autores agradecidos hasta indiferentes. Unos se mosquearon y otros sencillamente no dieron señales de vida. La ventana indiscreta tiene aroma a clásico.
            
No podía dar carpetazo a este quinto aniversario sin hablar de los «Microrrelatos», una de las secciones más grandes. Tan fácil de leer, tan amena y divertida. El mosquito se lleva la palma.
            
Muchos saludos a quienes me leen en la sombra o me asombran con un comentario. Me enorgullecen los seguidores de cualquier parte del mundo, ya sean americanos, españoles, alemanes o chinos. Para ellos y para mi público femenino va este beso con lengua.


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miércoles, 25 de junio de 2014

EL AMULETO























Para quienes creemos que el lenguaje oral es un medio limitado de comunicación, para quienes no podemos evitar inventar historias de una experiencia aparentemente insulsa, para nosotros la literatura es un amuleto al que agarrarse cuando las cosas van mal, que es casi siempre.

Emilio Porta sabe que quienes escribimos como respiramos tenemos tendencia a perder el aliento, a soñar con fantasmas reales y a vivir con el agua al cuello. Por eso, quizá, se planteó un día reunir unas recomendaciones para suicidas en forma de ensayo. Pero sabiendo que a nadie le gusta que le digan lo que tiene que hacer, las disfrazó de novela.

El amuleto (Atlantis, 2013) narra la historia de Cimbalé, desde su llegada en patera a España hasta convertirse en un reconocido poeta y un prestigioso profesor de literatura. En el terreno sentimental, la huida del compromiso marca su existencia. Vive una relación abierta con Luna, jugadora de póker profesional. Una carta de Atocha Santos, su primer amor, revolucionará su mundo.

No puedo omitir en esta reseña los correos electrónicos que he intercambiado con Emilio, siempre cercano, siempre dispuesto a dialogar. Lo que me fascina de los suyos es que, de alguna manera, anticipan la fusión de géneros presente en El amuleto, una novela que se lee como un libro de poesía, de narrativa y de ensayo, todo a la vez.

En esa línea de mestizaje, hasta la narración misma avanza por medio de los diálogos de los personajes, los cuales, demasiadas veces, acaban convertidos en simples marionetas para reflejar ideas del autor en lugar de las suyas propias.

Tal vez abusa un poco del recurso, pero, sin duda, la novela se enriquece con la opinión del escritor sobre los más variados temas. La literatura le parece «un camino de conocimiento personal». Al profesor no lo ve «como instructor de credos, sino como impulsor de descubrimientos». Sobre Dios afirma: «Yo, a ese ente no lo conozco. Sólo me puedo encomendar y preguntar al misterio.»

Si además de leer El amuleto, uno se anima a ver alguna de las películas que propone Emilio Porta, este se puede convertir en un viaje inolvidable. Contribuiremos a eliminar barreras. No olvidemos que, en versos de Aute, «toda la vida es cine».



Otros libros de Netwriters reseñados en El Mirador han sido Historias de la puta crisis y Patchwork.

jueves, 19 de junio de 2014

RECOMENDACIONES VERANIEGAS

                                                                                        Estimadas familias,

Algunos alumnos han trabajado mucho y ahora toca… vacaciones. Consideramos importante que el niño se desprenda de la organización robótica que ha sufrido durante el año. El tiempo libre es realmente maravilloso.

Los tutores recomendamos para el verano las siguientes tareas para olvidar los contenidos machacados durante el curso:

Lengua:
-Leer un montón de cómics para partirse de risa.
-Escribirse los pies con historias sin pies ni cabeza.
-Inventar trucos para cascar a los hermanos sin que se quejen.
-Aprender canciones de Heavy Metal.

Matemáticas:
-Pedir dinero para chuches y regatear con la dueña del establecimiento.
-Resolver problemas como este: si pongo 19 petardos en una maceta y sólo encienden 5, ¿echará flores el resto?

Que griten, que corran, que se vuelvan locos… y que os den por saco a vosotros.

FELICES HOGUERAS 2014


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miércoles, 11 de junio de 2014

EL SEÑOR (5)

                                                                                                  Un silencio como de iglesia me recibe tras un duro día de trabajo. Qué placer no tener hijos, aunque Tina no tardará en querer tenerlos. Ni rastro de ella, así que me derrumbo en el sofá a esperarla con una cerveza en la mano.
            
Madre mía, las once de la noche. Puede que Tina no haya querido despertarme. Me dirijo al dormitorio, con cierta inquietud, pero nadie ocupa la cama deshecha.  
            
Empiezo a buscar una nota en la cocina. Cuando Tina sale así, de repente, no suele descuidar esos detalles. Sin embargo, tampoco hallo ese alivio. Me abro otra cerveza, más por controlar los nervios que por deseo de beber, aunque la garganta se me ha quedado seca. Y entonces me fijo en algo que antes no he visto. Hay pedazos de loza en el suelo.
           
No me parece propio de una mujer dejar basura tirada en el piso de su apartamento, a no ser que la haya requerido alguna emergencia. A su amiga Nuria la considera casi una hermana.
            
Reviso el móvil por si tengo algún mensaje o llamada perdida. Me acojona encontrar uno de Paco, el marido de Nuria, precisamente porque él considera eso mariconadas. Dice que le llame en cuanto pueda.
            
Con la excitación, el móvil se me resbala de las manos y, al agacharme a recogerlo, descubro una mancha enorme en el sofá. La toco y la huelo como un detective. Parece café.
            
—Lo siento, Paco, Nuria no está aquí. Pensé que habría ocurrido alguna desgracia y que Tina…
            
—Deben de andar juntas, jugando al billar en algún garito, riéndose en nuestra cara —se desahoga Paco—. ¿Sabes que la muy zorra ha quemado la cena?
            
—Hazte un huevo frito.

miércoles, 4 de junio de 2014

MEMORIAS DEL LOBO GRIS (y II)




En el restaurante nos recibieron con un cóctel de bienvenida. Lo llaman así porque su sibilino propósito es que la gente no beba demasiado al acabar el ágape y se largue pronto. Hay que dejar claro desde el principio que esto no es una boda. Por fastidiar, tomé un zumo.
           
Pronto nos condujeron al salón donde, sin más demora, comenzamos a devorar los entremeses. Se nos antojaron años, pues un familiar que estaba a punto de llegar nunca llegaba. Al final, cuando el camarero descorchaba la segunda botella de vino, se dio orden de continuar el convite.
            
Entretanto, habían ido llegando los comensales de varias comuniones que se celebraban en el mismo salón que la nuestra, sin un biombo miserable que diera un poco de intimidad a nuestro acto. Pronto el griterío se volvió ensordecedor. Un despistado en alguna parte chilló el típico «que se besen los novios», y una víbora nos propuso una fotografía sin compromiso, como las que, hace años, te vendían en Tabarca. Muchos picamos.



            
Llegó el instante más esperado. Fiel a la costumbre, el restaurante hizo el paripé de cortar el pastel con una espada que luego nos obsequió. Anda tirada por la cocina. Como si fuera una estrella de cine, la mayoría inmortalizamos a Alfonso con nuestros móviles. Sin embargo, un chiquillo de otra comunión se coló en primera fila. No era un fantasma. Tenía cara de estar más aburrido que una ostra. Al percatarse, mi hijo lo echó con cajas destempladas. Después se largó con su amigo Samuel a jugar por ahí.
            
Creyendo que era el postre, hubo quien se llevó a la boca el jabón artesanal que le había regalado mi mujer. Fue el momento elegido por mi suegro, un amigo y yo para coronar la barra. Allí nos preguntaron si pertenecíamos al grupo de precio fijo o de copas sueltas. Qué mezquino me pareció. Contesté que a los segundos. Entonces, a regañadientes, un camarero preparó los cubatas. Creía que íbamos tan doblados que podría meternos una copa de ron Negrita. Pedí otra marca.


            
Los invitados empezaron a despedirse justo después de que estallaran las piñatas. Me había quedado con ganas de tomar otra copa, y un par de colegas me secundaron. Sin embargo, los camareros se afanaban en recoger nuestras mesas y los patriarcas ya habían pagado. Alguien dijo que no había problema, que nos servirían la última, pero debíamos guardar cola entre los invitados de otra comunión. Tuvimos la santa paciencia de esperar nuestro turno. Salimos a la calle a paladear los sorbos de vida que se escapaban a cada paso. Brindé por la alegría, vacié el vaso y seguí a la comitiva que se alejaba hacia los coches con la conciencia tranquila. Dejé a deber aquella ronda.

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