Mostrando entradas con la etiqueta Música. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Música. Mostrar todas las entradas

miércoles, 18 de marzo de 2026

ROBE Y JORGE


Desde la muerte de Robe y Jorge, han proliferado los homenajes almibarados a unos artistas que no siempre lograron el apoyo popular. En el caso de Robe Iniesta, la hipocresía ha derivado en lo absurdo porque parece que ahora todo el mundo ama a Extremoduro. Solo falta que les dediquen un especial en Operación Triunfo.

Para mí, que he seguido sus carreras de modo intermitente, representan polos opuestos. Robe nunca pretendió la fama y, cuando le llegó, hizo todo lo posible por huir del poeta barriobajero que mezclaba pinceladas de ternura con referencias escatológicas. Al contrario, Jorge Martínez era un macarra, un pendenciero, un vividor, un follador cuyo verbo alambicado asocio con un Asperger de libro. Y le encantaba su papel de niño repelente sin pelos en la lengua.

La disolución de Extremoduro y posterior carrera en solitario de Robe prueban que aborrecía al personaje, pues encorsetaba sus aspiraciones artísticas. Algo similar le pasó al antiguo líder de Héroes del Silencio. Con la serenidad de quien ya no necesita demostrar nada a nadie, el músico de Plasencia se había despojado de la coraza en pro del corazón: «Volvería a hacerlo por amor / Si acaso fuera / Si fuera necesario» (Nada que perder). Jorge, en cambio, no logró mutar con estilo y el personaje fue engullendo a la persona. Aun así, dejó gotas de sensibilidad como hijos bastardos de un bosque fragante y sombrío: «Se tarda poco en enterrar a un hijo… / pero lleva una vida el olvidarlo» (Enamorado de la sangre ajena).

Ambos simbolizan al roquero auténtico, rebelde y visceral. Sus letras lo demuestran. Oficialmente, nunca cantaron juntos. Supongo que un concierto a medias hubiera sido tan intenso que habría provocado la muerte instantánea del público.


miércoles, 18 de septiembre de 2024

LA HISTORIA DE PEQUEÑO


En el año 1997, Enrique Bunbury publicó «Radical Sonora». El disco fue mal acogido por un sector del público fanático de Héroes del Silencio y el resto no entendió esa deriva hacia la música electrónica. A mí me pareció un giro muy refrescante. Me lo compré después de pasar más frío que un esquimal cogiendo oliva en el campo de mis suegros.

Para recuperarse de su fallido debut en solitario, Bunbury decidió publicar un disco más y, en caso de que no funcionara, abandonaría la música para siempre. El álbum se llamó «Pequeño», salió a la venta el 6 de septiembre de 1999 y su primer sencillo era El extranjero: «Una barca en el puerto me espera / No sé dónde me ha de llevar / No ando buscando grandeza / Solo esta tristeza deseo curar». En nuestro viaje de bodas por Rumanía, el conductor del microbús nos dejó poner la canción. Realmente, impresionaba escuchar esos violines mientras atravesábamos los Cárpatos. El artista se sentía un extraño en su propio país, pero, aun así, no dejó de intentarlo.

A día de hoy, «Pequeño» me sigue pareciendo una obra maestra. Todas las canciones están guiadas por un afán de claridad, supongo que para alejarse lo máximo de los mensajes crípticos de Héroes del Silencio. El leitmotiv del disco podría palpitar en la nostálgica ¿Dudar?, quizás: «Pero sé que si me das / Un poco de tu cariño / Lo demás no va a importar». Cuando Enrique empequeñece, se agranda como ser humano. Nunca ha vuelto a escribir unas letras tan cercanas, humildes y profundas. Enrique nunca ha vuelto a ser tan Enrique.


viernes, 26 de agosto de 2022

Y AL FINAL




Cuando en febrero de este año Enrique Bunbury anunciaba una gira en la que celebraría 35 años de carrera musical, tuve un mal presentimiento. No tardaron en cumplirse los peores pronósticos. Pocos días después, el cantante daba a conocer unos problemas crónicos de garganta que le obligaban a retirarse de los escenarios. No obstante, cumpliría con los compromisos adquiridos en lo que ya se había bautizado como «El Último Tour».

Una vez asimilada la noticia, empezaron a multiplicarse los conciertos de un modo alarmante. Pensé, inevitablemente, que el ocaso de cualquier estrella es una máquina de hacer billetes. No había que ser muy listo para saber que la garganta del cantante maño no aguantaría.

Tras unos prometedores directos en Estados Unidos, Bunbury canceló definitivamente la gira en mayo con la promesa de que seguiría componiendo música. Un auténtico jarro de agua fría para sus seguidores. Alicante era una de las ciudades españolas donde iba a tocar.

A nadie le gusta admitir la decadencia de su artista favorito, pero existen algunas pistas que anticipan este abrupto final. La primera es que sus discos recientes parecen hechos por un autómata, especialmente a raíz de la publicación de Palosanto (2013). La vertiente social de los últimos años ni siquiera roza la emoción de sus grandes baladas. La segunda pista se intuye en unas letras más melancólicas que de costumbre. En «Cualquiera en su sano juicio (se habría vuelto loco por ti)» dice: «No me voy a quedar / Por aquí demasiado tiempo / Me he ido y he vuelto / Solo por ti».

Bunbury ha salido por la puerta de atrás y, del mismo modo que le sucedió con Héroes del Silencio, tendrá que afrontar en un futuro cercano algún modo de reconciliarse con su público.


miércoles, 21 de octubre de 2020

EL HEROICO VIAJE



Este octubre, se cumplen trece años del mítico concierto que dieron Héroes del Silencio en el Circuito Ricardo Tormo de Cheste (Valencia). Fui uno de los afortunados espectadores.

El 14 de febrero de 2007, la banda anunciaba oficialmente su regreso a los escenarios para celebrar una gira de despedida con diez únicos conciertos multitudinarios. Nunca los había visto tocar en directo desde que se separaran en 1996. No tardé en conseguir entradas en el Estadio de la Romareda de Zaragoza que, más adelante, cuando salió el concierto de Valencia, hube de revender. Una completa locura.

El 27 de octubre del mismo año, despertaba en la cama de un céntrico hostal de Valencia con la sensación de estar viviendo un sueño. Mi mujer, más práctica, me advirtió de que el sueño podía convertirse en pesadilla si no nos desplazábamos pronto a Cheste. Después de desayunar, cogimos un autobús que enlazaba con el pueblo. Era alrededor de mediodía cuando llegamos al recinto, donde iniciamos una tediosa espera que duró hasta las nueve de la noche. Bocadillos de cualquier cosa, calor pegajoso, aseos sin intimidad, frío al caer la tarde, soledad en medio del gentío. No recuerdo de qué hablamos ni cómo soportamos aquel tiempo muerto. Supongo que la ilusión hacía milagros en dos jóvenes treintañeros. No solo por el concierto: íbamos a ser padres de Clara en abril del año siguiente.

Cuando la desesperación hacía mella en los rostros, las hipnóticas guitarras acústicas de «El estanque» abrieron el concierto. Lo vimos trepados a una grada más tambaleante que una tabla de surf. Enrique Bunbury era una bola de billar en la lejanía, pero su engolada voz caldeaba la fría noche valenciana. Mi futura hija se chupaba el pulgar en el vientre materno. El grupo desgranó, una a una, sus viejas canciones como si fueran éxitos recientes. Sus crípticas letras seguían indescifrables como algunas decisiones ilógicas de juventud. Con el himno «En los brazos de la fiebre» despidieron una etapa de nuestras vidas, quizá no la mejor pero sí la más intensa.

A la mañana siguiente, agujetas en el alma y una noticia que nos puso los pelos de punta: más de dos mil personas se quedaron sin ver el concierto por culpa del monumental atasco —de hasta diecisiete kilómetros— que colapsó los accesos.

martes, 29 de agosto de 2017

CINCUENTA SOMBRAS DE ENRIQUE



















Seré absolutamente sincero. Me da igual que Bunbury cumpla cincuenta años este agosto. Lo que realmente pone los pelos de punta es que el tiempo pasa para todos. Sea por susto o por devoción, muchos han aprovechado para rendir un homenaje al músico.

Respirad tranquilos. No haré una lista de las cincuenta canciones que me han llegado al alma. Ni siquiera trataré de buscar una explicación a las intrincadas letras del artista, algo más asequibles desde que abandonó Héroes del Silencio. Creo que la razón por la que sigo a Bunbury desde los trece años continúa siendo un misterio que no pretendo resolver.

Quizá me hechizara —no solo a mí, sino a toda una generación— su peculiar forma de interpretar las canciones, algo que despertó la burla de cierto compañero de colegio que tenía un grupo. Puedes amar u odiar esa manera engolada de cantar propia de Enrique, pero no deja indiferente a nadie.

Mucho antes de que Héroes del Silencio se convirtiera en una leyenda con problemas de ego, tocaron en Guardamar del Segura. Era el 19 de julio de 1991. No tenía dinero para comprar una entrada, de modo que escuché todo el concierto desde la terraza de mi casa. Mi novia de aquella época aguantó el triste espectáculo de oírme cantar.

La primera vez que asistí en persona a un concierto de Bunbury acababa de embarcarme en el negocio de montar una academia. Era el 10 de marzo del 2000. Presentaba su disco «Pequeño» en el Paraninfo de la Universidad de San Vicente. Canciones como «El extranjero», «Sólo si me perdonas» o «Infinito» fueron una reválida para el maño, que empezó a quitarse de encima la alargada sombra de Héroes del Silencio.

Un par de años después, tuve la oportunidad de verlo de nuevo en el desaparecido recinto Campoamor (actualmente ocupado por el ADDA). Era el cumpleaños de mi mujer y el inicio de las Hogueras de Alicante. Presentaba el álbum «Flamingos», donde expiaba su fracaso matrimonial con la periodista Nona Rubio con canciones tan hermosas como «… Y al final».

Reconozco que ha habido otros conciertos, pero no quiero cansar a mis lectores. Además, las primeras veces siempre se recuerdan con un cariño especial. Bunbury se ha convertido, disco a disco, en un miembro más de mi familia. Me refiero a la familia elegida por nosotros, la que agrupa a referentes culturales que hacen más soportable la vida con frases como esta: «De pequeño me enseñaron a querer ser mayor, de mayor quiero aprender a ser pequeño».

Soy un fan algo pasota. Nunca haría cola para conseguir un autógrafo ni para conocerlo en persona. Me da miedo perder al único amigo que me ha durado treinta años.



martes, 4 de julio de 2017

CANCIONES MALDITAS





















Hay canciones malditas en la vida de cualquier persona. Me refiero a las que uno no puede escuchar sin ponerse perdidamente nostálgico. No digo que la nostalgia sea mala, al contrario. Sin embargo, estas canciones atraviesan una línea imaginaria de sensiblería y ñoñez que consigue dejarnos hechos un guiñapo. La mía se llama «Llanto de pasión» (El Último de la Fila). Auténtica droga dura para amantes de la lágrima fácil. Todo esto para comunicaros que El Mirador se toma vacaciones veraniegas. Ya podéis mesaros los cabellos con desesperación. Hasta la vista, mirones.


miércoles, 24 de agosto de 2016

SOLO PARA LOCOS
























Uno de los hallazgos de este verano de tiempo inusualmente fresco ha sido la cantante Virjinia Glück. Hacía años que alguien no me sorprendía tanto desde el punto de vista musical y estético. Embruja su peculiar forma de cantar y ese elegante directo que, en su puesta en escena, no deja un solo detalle a la improvisación.

El talento de la madrileña para crear paisajes sonoros ricos en matices ha tenido una recepción algo fría por parte del público. Puede que ese genio injustamente infravalorado sea lo que más me atrae de la artista. Sólo ha publicado dos álbumes hasta la fecha: Entre ánimas (1996) y Una habitación propia (2000). Del disco de debut sorprende esa voz tan aguda que hace estallar las copas de cristal. En mi opinión, se pasa de histrionismo. Destacan canciones como «El aeróstata» y «El cielo queda atrás». El siguiente trabajo huye de la extravagancia, pero los ritmos electrónicos tampoco terminan de encajar en una de las voces más personales de nuestro país. Mi canción preferida es «El fantasma enamorado».

En más de una década de silencio, Virjinia Glück se ha dedicado a otra de sus grandes pasiones: la pintura. Por fortuna, ha grabado recientemente dos conciertos que resucitan a una cantante madura en lo vocal y con un dominio absoluto del escenario. El primero de ellos para un programa de Antena 3 llamado «Únicos». Nunca mejor dicho. El segundo, hará un par de años en el espacio de la Sexta «En clave de noche». Este último me dejó tan hechizado que decidí escribir estas líneas.

Estos directos ofrecen la oportunidad de deleitarse con una cantante singular, imaginativa, lunática. Además, aportan canciones nuevas y versiones mejoradas de los viejos éxitos. Su repertorio hace las delicias de los espíritus lúgubres al tratar sobre almas en pena, pactos con el diablo, amores truncados por una muerte violenta o viajes maravillosos. Como ocurría con Héroes del Silencio, la odias o la amas. No tiene término medio.

En 2004, Virjinia Glück colaboró haciendo coros en el disco de Bunbury El viaje a ninguna parte. Quizá se le pegó algo del espíritu cabaretero del maño. El aragonés errante suele reinterpretar cada cierto tiempo sus canciones más antiguas.

Esperemos que pronto vea la luz un nuevo trabajo de esta Alicia en el país de las radiofórmulas. Si no llega jamás, al menos que nunca nos abandone la locura.



miércoles, 26 de noviembre de 2014

BALLENAS
























A veces un artista, de tanto golpear como una polilla en un tarro de cristal, firma una obra maestra. Cervantes escribió El Quijote, John Carpenter filmó Están vivos, y El Columpio Asesino compuso Diamantes (Mushroom Pillow, 2011).

Hay una coplilla de Diamantes que repito como una especie de mantra cada vez que escribo: «Sé que no lo hice bien, ahora sé que mal es lo mejor que lo puedo hacer». El Columpio Asesino parece haber seguido esta máxima a pies juntillas en su nuevo álbum. Ballenas muertas en San Sebastián (Mushroom Pillow, 2014) no sólo se aleja de lo que podría ser la segunda parte de Diamantes, sino que rompe el molde. En este sentido, la banda mantiene un estilo molesto y rudo que cabalga entre el rock y el punk, sin olvidar la música electrónica.

Confiesan que la inspiración para este trabajo viene de la crisis de valores de la época actual. Hartos quizá de desayunar todos los días con los casos de políticos corruptos o sacerdotes pederastas, grabaron en una casa antigua, sin cobertura ni internet, de un pueblo de la montaña navarra donde convivieron durante tres meses.

El mayor problema del álbum es precisamente que su aguijón se vuelve contra sí mismo. Demasiada oscuridad y escasa luz. La denuncia de un sistema corrupto en canciones como «Babel» o «Ballenas muertas en San Sebastián» se queda solo en la denuncia. No va más allá. No aporta un rayo de esperanza. También saben a poco ocho cortes y una introducción. La primera mitad concentra el mejor repertorio, como la tétrica «Escalofrío» o la inesperadamente optimista «A la espalda del mar». La segunda contiene los temas más flojos, como «Entre cactus y azulejos», la canción hablada que cierra el disco.
            
Me sigue pareciendo un acierto repartir las canciones entre Cristina Martínez y Álvaro Arizaleta. Me encandila aún el retraso de los estribillos, que explotan como un orgasmo al final de la canción. Pero Ballenas resulta un disco inestable con algún destello de brillantez.

domingo, 24 de agosto de 2014

PABLO CARBONELL Y SU MADRE























Cuando Pablo Carbonell escribió «Mamá» era el líder de un provocador grupo de los 80 llamado Toreros Muertos. Siempre me he preguntado qué haría aquella madre al escuchar esa letra edípica, si desheredaría a Pablo, si lo llamaría por teléfono para echarle la bronca, si se encerraría en casa con el sombrío presentimiento de que había parido a un anormal.

Lo curioso de esta canción, cuyo análisis no requiere de una tesis doctoral, es que le deja a uno pensativo. Sospecho que ningún grupo moderno tendría los cojones de escribir algo tan bestia.

A comienzos del nuevo siglo, ya en solitario, Carbonell trataría de redimirse con un tema más conveniente para una madre. Le puso por título «La madre», qué original, y lo incluyó en el disco en vivo Rock and Roll Alimaña (18 chulos records, 2004).

Sin embargo, para mi gusto, la canción que mejor refleja los malos rollos entre padres e hijos es la divertida y atormentada «Dejadme llorar» (incluida en 30 años de éxitos, el paradójico debut de Toreros Muertos). Eso sí, con «La madre» consiguió que la mujer le dirigiera la palabra por primera vez en años para expresarle toda emocionada: «Cabrón».



sábado, 29 de septiembre de 2012

LICENCIADO CANTINAS


Aunque resulte increible, no tenía previsto asistir al concierto que Enrique Bunbury dio el pasado 19 de agosto en la Plaza de Toros de Alicante. Entre otras razones, el último disco de versiones latinoamericanas es un verdadero latazo. Y el precio de la entrada dolía más que nunca. 

Un amigo, que no daba crédito a mi falta de motivación, estuvo a punto de regalarme una. Mi mujer, más licenciada que yo, incluso buscó infructuosamente en la red. Los diez minutos que separan mi casa de la Plaza de Toros sirvieron para decantar la balanza. A un par de horas del concierto, decidimos ver si quedaban entradas. Por extraño que parezca, así era.

No me arrepentí.

A las diez en punto de la noche, los Santos Inocentes (el nombre de guerra del grupo) abrieron con ese tema instrumental que es «El mar, el cielo y tú». Con la última nota aún en el aire, Bunbury salió al escenario con un traje rojo cereza que recordaba a la gira Pequeño Cabaret Ambulante. Tras la optimista «Llévame», dijo que traía un puñado de canciones melancólicas y cantineras para los corazones solitarios. Deseando que el repertorio fuera del agrado del público cantó «El solitario», la historia de un perdedor que podría ser cualquiera de nosotros.

La primera sorpresa de la velada fue la revolucionaria «Big-bang», incluida en Radical Sonora, su primer disco al margen de Héroes del Silencio. Luego interpretó ese himno generacional llamado «El extranjero», una oda al espíritu itinerante que critica la estrechez de miras.

Sin pelos en la lengua y llamando a las cosas por su nombre, volvió a salirse del camino trillado con el tema «Puta desagradecida», que se rumorea dedica a una cantante muy famosa de nuestro país.

Quizá uno de los momentos álgidos de la noche fue la esperada «Los habitantes», perteneciente a Las consecuencias. Esta canción suena a la mítica Hotel California de Eagles, pero no es un plagio ni una versión. Es completamente nueva. El solo de guitarra de Jordi Mena me parece sencillamente magistral.

Mi mujer quería escuchar «El cielo está dentro de mí», pero Bunbury hizo oídos sordos a la petición de una fan. A la mañana siguiente, me tocó tragármela doce veces en la radio del coche. 


Queda demostrado, por tanto, que Bunbury hay para todos los gustos. Yo prefiero su lado más roquero y experimental. Otros se inclinan por las baladas. Es un hecho que el maño domina al máximo su voz y sus gestos, que se come con patatas el escenario. Se le quiere o se le odia, pero con fervor casi religioso.


lunes, 23 de julio de 2012

OJOS DE LOCO


















El verano suele estar repleto de iniciativas culturales de lo más variopintas, la mayoría de las cuales te importa un carajo el resto del año. Sin embargo, en esta época las acoges con alborozo.

La versión de Drácula de 1931, que encarna un sobreactuado Bela Lugosi, me empuja dando un paseo a la Sede Universitaria de Alicante. El público asistente está compuesto, en su mayoría, por jubilados o por estudiantes que acaban de leer la edición crítica de la novela de Bram Stoker. Una madre con peinado a lo Amy Winehouse lleva a su hija a conocer el mito.

Con permiso del conde, siempre me pareció más fascinante el personaje de Rendfield, interpretado por el actor americano Dwight Frye. No sólo a mí me enloquece esa mirada, esa risita demente. Alice Cooper compuso Ballad of Dwight Fry en honor a este actor, que se encasilló en papeles de maníacos.

A diez minutos del clímax, Drácula queda congelado intentando hipnotizar a Van Helsing. La imagen avanza unas cuantas décimas de segundo y se detiene. Así, a cámara lenta, Bela Lugosi está tan cómico que nos da la risa.

En vista de lo que sucede, avisan a un responsable. Manipula el aparato sin suerte. Extrae el deuvedé, lo inserta, busca opciones en el menú. Nadie da crédito a lo que ocurre cuando reinicia el film, ignorando el índice de capítulos. Por suerte, conoce el botón de avance rápido pero lo acciona a una velocidad ridícula. Nos comemos Drácula de nuevo escena por escena. 

Es curioso que ninguno de los presentes acuda en auxilio de esa mujer peleada con la tecnología. Me recuerda que los españoles nos lanzamos a la calle a protestar tarde y a destiempo. La mayoría de las ocasiones, cuando ya no hace falta. El deuvedé se vuelve a parar, esta vez un poco más adelante. La apurada auxiliar dice lo que todos esperamos: «Esto no tiene arreglo». Y añade: «Al final el vampiro muere».


martes, 20 de diciembre de 2011

ÓDIAME
















Como no podía ser de otro modo, me despido de todos y de todas ustedes con el último pelotazo de Enrique Bunbury. Espero que no me odien mucho por ello.
Feliz Navidad.



martes, 11 de octubre de 2011

COLUMPIO ASESINO

















Recuerdo que Alfonso y yo navegábamos por la red cuando tropezamos con un concierto en Alicante de un grupo llamado El Columpio Asesino. «¡Vaya con el nombrecito!», pensamos en voz alta. Luego pinchamos en «Toro», el videoclip que ilustraba la noticia. De éste nos llamaron la atención dos cosas: el desenfado de las letras y lo pegadizo de la música. De hecho, nos dimos un atracón a reír con el fragmento «yo te pintaré un bigote / necesito un buen azote».
            
«Toro» es uno de los nueve cortes de Diamantes (Mushroom Pillow, 2011), el cuarto disco de los pamploneses El Columpio Asesino. Componen una música inclasificable que va desde el rock al punk, con un estilo muy personal donde mezclan la electrónica y los sintetizadores. No es de extrañar que la estética de «Toro» sea muy oscura y ochentera, inspirada en grupos como Depeche Mode, los padres del rock electrónico. Sus letras hablan de incomunicación y de alejarse de estereotipos.

Ahora no me puedo despegar de escucharlos. Eso por reírme. Alimentarán el gótico que lleváis dentro, con un toque de simpatía. Lo mejor de la escena musical independiente.


lunes, 20 de junio de 2011

ME TIRO A LA HOGUERA

Mari Carmen Azcona me ha revelado el verdadero sentido de tirarse a la Hoguera, y se lo agradezco. Pero dejo que os lo explique ese maravilloso gamberro llamado Berto Romero.
Feliz solsticio de verano.




miércoles, 6 de abril de 2011

ÉL

Si lo piensas fríamente, el zombi más famoso del mundo era un alienígena.
Su forma de cantar y bailar no eran de este mundo. Paulatinamente, su rostro fue mudando del café al tofe, y de éste a la nieve solitaria. La vida de una estrella del rock puede serlo, y mucho. Se escribieron tantas historias sobre él que casi nadie le conoció de verdad, lo que le emocionaba, lo que le entristecía, lo que le mató. Muchos especularon sobre su posible adicción a la infancia. Otros pensamos que aquello que perdió fue lo que nunca le robaron.
Hace poco, entre partituras, encontraron una prueba de ADN. Según los científicos, le faltaba un cromosoma para ser humano: la normalidad.

miércoles, 16 de marzo de 2011

¿QUIÉN COÑO ES LADY GAGA?

Mi lugar preferido de lectura es el cuarto de baño. Allí me parto con los artículos de Quim Monzó o me siento más próximo a la gente con los de Lucía Etxeberría o Ángeles Caso. Colecciono suplementos.

El de esta semana casi me corta algo más que la respiración. Lady Gaga, esa mezcla entre Madonna y Marilyn Manson, era portada de la revista. Su apellido me recuerda una canción de Queen, un poema dadá y una de esas bagatelas que con el paso de los años se revaloriza a falta de algo mejor.

Uno se pregunta inevitablemente si esta cantante es tan famosa como para dedicarle un reportaje de cuatro páginas. A la pobre Ana Torroja, esa chica del Hoy no me puedo levantar, le concedieron una página el otro día. Claro, está ya cascadita. Si es que la vida en pareja y la maternidad son un asco. Lo que vende es la carne fresca, no la piel arrugada.

Dicen al final del artículo que Lady Gaga ha venido para quedarse. Pues habrá que irse.

miércoles, 9 de febrero de 2011

KIKO VENENO EN ALICANTE

Hoy en día no es raro encontrarse híbridos como el flamenco chill out de Chambao o el flamenco tecno-pop de Camela. Sin embargo, el mutante jefe es Kiko Veneno, un músico nacido en Girona pero sevillano de adopción, que sirve un cóctel de flamenco, rumba catalana y rock.

El ambiente en el aula de cultura de la CAM era también una amalgama entre universitarios y cincuentones. A mi lado, un padre y su hija.

La banda se lanzó al ruedo, y al principio no supe si me encontraba ante Benedicto XVI o mi suegra, que es albina. Luciendo envidiable figura sin un gramo de grasa, entre el pelo, la camisa y el pantalón blanco no admitía duda: era Kiko, el Papa de la música blanca.

La primera canción no podía ser más acorde con la climatología: “Coge la guitarra cariño mío, coge la guitarra que hace mucho frío”. Luego siguieron los ritmos africanos de su último disco: “Dice la gente”. Esta coplilla, por cierto, la dedicó a los fumadores. Uno de los detalles más curiosos del concierto fue la tardanza de Kiko en arrancarse, al más puro estilo flamenco. De hecho, la banda solía tocar un buen rato hasta que él se decidía.

La noche se estaba caldeando, y Kiko preguntó al público cómo se encontraba de la voz. Aquello fue la chispa que acabó de prender en un Alicante algo tímido al principio. Llegaron, como no podía ser de otro modo, canciones como “Respeto” (del disco “Está muy bien eso del cariño”) o “Lobo López”, que parece compuesta para un servidor.

Con “Veneno” hacía rato que el público estaba levantado y los más osados bailaban en el pasillo central. El padre me lanzaba codazos en las costillas mientras se divertía con su hija.

No hay mejor forma de comenzar el año que compartiendo las ráfagas de alegría de este músico inigualable: “Tú me estás queriendo a mí un quince por ciento menos, no me lo niegues”.

lunes, 23 de agosto de 2010

BENEDETTI Y BUNBURY

Cuando acabé de leer La tregua, la novela más universal de Benedetti, me quedé planchado. ¡Coño, es que es un dramón!

Su protagonista es un viudo cincuentón cuyo único interés en la vida es que le queda poco para jubilarse. Cuando menos lo espera, se enamora de una empleada de su oficina. Ella le corresponde y comienza un periodo de dicha que creyó no volver a experimentar jamás.

Ahora, tras reposar la historia, entresaco un mensaje positivo: la vida es una maravillosa tregua. Carpe diem. Aprovecha el momento. Enrique Bunbury lo resume perfectamente en tres versos de su conocido tema Infinito:

Me calaste hondo y ahora me dueles,
si todo lo que nace perece del mismo modo
un momento se va y no vuelve a pasar.


domingo, 2 de mayo de 2010

PABLO CARBONELL Y SU MADRE























Cuando Pablo Carbonell escribió “Mamá” era el líder de un provocador grupo llamado Toreros Muertos. Siempre me he preguntado qué haría aquella madre al escuchar esa letra edípica, si desheredaría a Pablo, si lo llamaría por teléfono para echarle la bronca, si se encerraría en casa con el sombrío presentimiento de que había parido a un anormal.

Lo único que tengo claro es que el chico se quedó a gusto. Lo que se dice la mar de relajado.

Años después, se dejaría de pajas mentales y trataría de redimirse con una canción, esta vez sí, propia de una madre. Se llamó “La madre”, cómo no, y la incluyó en el disco en vivo Rock and Roll alimaña (18 chulos records, 2004).

Sin embargo, para mi gusto, no logró captar en esta última canción como en “Dejadme llorar” el difícil mundo de las relaciones entre madres e hijos. Ahora, eso sí, consiguió que su madre le dirigiera la palabra por primera vez en años para expresarle toda emocionada: "Cabrón".



jueves, 4 de marzo de 2010

ADAGIO EN EL PRINCIPAL

25 de febrero de 2010. Asisto a un concierto de Mónica Naranjo en el Teatro Principal de Alicante. Presenta su gira Adagio, una revisión de sus temas más famosos en versión clásica.

Qué bonito es estar en el teatro y poder tocar con los ojos a un artista. Ojalá todos los conciertos fueran así. En recintos pequeños.

Se alza el telón, toma asiento la orquesta de cámara y se prueban los instrumentos. Parece unos de esos conciertos de Navidad. De pronto, hace su aparición el director de orquesta, un melenas con el cabello por la cintura. Música, maestro.

Suenan los primeros acordes de Europa y aparece la Naranjo ataviada con un vestido ceñido de color rojo. El público alicantino aplaude a rabiar, completamente entregado. Parece el final del concierto y sólo es la primera canción.

Van sucediéndose las canciones, pero Mónica no abre la boca ni para saludar, muy en su papel de diva. Eso sí, al finalizar cada tema, da las gracias con una gran sonrisa enmarcada en un rostro hierático.

Tras la canción Siempre fuiste mío, toma el micrófono y dirige al público unas palabras que saben a poco. Explica que cuando le propuso a la compañía hacer un disco clásico, pensaron que se había vuelto loca. Un niño, de la mano de su padre, le lleva un ramo de flores.

Suena Amor y lujo, la última canción. Larga ovación del público alicantino. Mónica le suelta al melenas: "¡Qué grande eres, cabrón!". Fin de la película muda.

Entradas populares

Vistas de página en total