martes, 28 de agosto de 2018

LOBO EN PARÍS: Rue Condorcet



Aún con el olor a pólvora de la noche anterior pegado a la piel, un tren regional (RER) nos condujo al centro de París. Salimos por una boca de metro a la altura del Arco del Triunfo. Me sentí una gota de agua en medio del Océano.

Bajamos por la Avenida de los Campos Elíseos y torcimos a la izquierda por Franklin Roosevelt. En la oficina del número 10 recogeríamos la llave de nuestro apartamento. Por desgracia, eso no sería posible hasta las cuatro de la tarde. La costumbre de dejar la habitación a mediodía no debe de conocerse en París. Resolvimos que lo más sensato era buscar la calle del piso. Según la agencia, no andaba lejos. Un par de horas más tarde, seguíamos pululando por aquella ciudad laberíntica con pinta de aparecidos. Preguntamos por la Rue Condorcet en una cafetería y luego en un Kebap. Nunca me he alegrado tanto de llegar a un sitio.

Tras echar algo al estómago, optamos por esperar en una plaza a que mi mujer volviera con la llave. Clara jugaba a plantar semillas en un trozo de tierra y Alfonso se entretenía con unas chapas. Su silencio hablaba a gritos de lo solos e indefensos que nos sentíamos.

El apartamento era un agujero sin luz natural donde el comedor servía de cocina y dormitorio. Allí durmieron los chavales. Nosotros nos instalamos en la habitación de dentro. Agotados pero felices. Echamos una breve siesta antes de salir a recorrer las calles de nuevo. Vagabundeando, descubrimos una callejuela invadida de tiendas a ambos lados. Desembocaba en una escalinata interminable rodeada de jardines. Comenzamos la ascensión. Medio París dejaba pasar la tarde tumbado en el césped. En lo alto del cerro aguardaba la Basílica del Sagrado Corazón de Montmartre. Aquel día habíamos pasado de estar perdidos a contemplar las mejores vistas de la ciudad.


El domingo, con la excusa de comprar el pan, di una vuelta por los alrededores. Una brisa fresca movía los flecos de mi pañuelo. Subí una calle adoquinada mientras el alegre chorro de las alcantarillas se perdía cuesta abajo. Rodeé un parque absorto en la humedad de las fachadas. Cuando regresé, mi hija giraba la manivela de su caja de música. Sonaba «La vie en rose» de Edith Piaf.


Unos minutos después, el metro de París nos había catapultado al museo del Louvre. Estuvimos de acuerdo en visitar las salas dedicadas a Egipto, aunque no vimos más que una momia sin contar a los vigilantes con cara de aburrimiento. La escultura clásica ofrecía bellezones como «La Venus de Milo» o «El beso». La Gioconda me pareció una birria al lado de otras pinturas. Recuerdo a una chica haciéndose selfies en un ataque mal disimulado de amor propio.

Por la tarde, fuimos al cementerio de Père-Lachaise. El verdor de los árboles se mezclaba con el moho de las lápidas y las telarañas de los mausoleos. La vida y la muerte. El graznido de los cuervos era una señal de advertencia. Admiré la grandiosidad de panteones y estatuas. Sin darnos cuenta, llegamos a la tumba de Oscar Wilde. Alfonso trataba de aterrorizar a su hermana con historias de zombis.

Cerramos aquella maratoniana jornada en la catedral de Notre-Dame. La misa era retrasmitida por televisión en el propio templo. Nadábamos en gente de todas las nacionalidades. Cruzamos sus pasillos laterales embriagados por el incienso, empequeñecidos por los rosetones y abrumados por el precio de los rosarios.

Aquella noche, por ser la última, tomé una cerveza con mi mujer en una terraza. Una pareja francesa trató de entablar conversación de la forma más surrealista. Él se esforzaba por hablar castellano; ella sonreía enigmáticamente como la Mona Lisa. Rara vez corregía los errores de su novio. Luego resultó que la chica era de Barcelona. Estábamos tan cansados que nos despedimos enseguida.

Desperté con una mezcla de alegría y tristeza. Volvíamos a casa en el vuelo de las diez de la noche, pero aún quedaba tiempo para llenar las alforjas de recuerdos. Las corrientes del metro aliviaron un poco el calor sofocante que remitía a nuestro primer día en París. La imagen de la Torre Eiffel en el extremo del Campo de Marte nos golpeó la retina. Muchas fotos después, nos situamos en su base. La opción más barata era usar las escaleras hasta el segundo piso y luego bajar en ascensor. Alfonso invitó a helados una vez arriba. Yo compré tazas de café para unos amigos.

Las pizzerías de comida rápida eran cuchitriles donde no podías sentarte, de modo que comimos en un italiano. Al atardecer, subimos a bordo de los típicos bateaux mouches. Navegando por el Sena, sentí envidia de la gente que tomaba el sol o paseaba a la orilla del río. También recordé el libro que estaba releyendo: «Siete puentes sobre el Sena» de María José Aguilar.

Hay anécdotas que me dejo en el tintero. No quiero avergonzar a mis hijos si alguna vez leen estas líneas. Aún veo a Alfonso enviando mensajes a su mejor amiga por las calles de París, a Clara ronroneando como un gato ante un trozo de queso, a mi mujer consultando mapas. No me canso de contemplar la ciudad en películas, de oír canciones, de soñar con ella. Cierto no sé qué me ha calado hondo. Y eso que dicen que los franceses son antipáticos.

martes, 21 de agosto de 2018

LOBO EN PARÍS: Disneyland






















Era nuestro primer viaje en familia y había nervios. Siempre los hay cuando sales de casa. Esta vez, sin embargo, la ilusión se palpaba en el ambiente como el aroma a caramelo. En consecuencia, aquella noche nadie se acostó. El sueño de cualquier chaval. No merecía la pena dormir porque el vuelo salía a las seis de la mañana.

Atravesamos la ciudad dormida con el secreto placer del traqueteo de nuestras maletas rodantes. «Que se jodan los de las Hogueras», pensé sin remordimientos. Un petardo brutal dejó muy claro que Alicante había sido tomada como aquel cuento de Cortázar.

Un autobús nos llevó a los cuatro solos al aeropuerto del Altet. Siempre es mejor llegar con antelación a estos sitios, pero la terminal era literalmente un cementerio. Apenas una cafetería abierta. Poco antes, habíamos pasado las maletas por el detector. Clara soportó un breve control antidrogas que disipó cualquier resto de sueño.























Clareaba el día cuando el morro del avión puso rumbo a París. Nada más apropiado que llegar a la Ciudad de la Luz para el desayuno. En el aeropuerto de Orly, tres militares armados con metralletas pasaron por nuestro lado con cara de pocos amigos. Un coche particular nos trasladó al hotel Sequoia de Disneyland.

La noticia de que la habitación no quedaría libre hasta las cuatro de la tarde cayó como un jarro de agua fría. Menos mal que disponíamos de una espaciosa consigna. No todo estaba perdido. Entretanto, daríamos una vuelta por el parque para familiarizarnos con él. El calor y el sueño me hicieron sentir los efectos de una borrachera épica. Mi mujer, en cambio, sonreía como una niña con juguetes nuevos. Ante nosotros se alzaba el castillo de la Bella Durmiente. Tenía coña el asunto.

La moqueta del pasillo me recordó al hotel Overlook, famoso por la película El Resplandor. La habitación, con fantasma o sin él, daba a un bosque partido por un riachuelo.



A la mañana siguiente, el cielo estaba encapotado y un viento gélido encogía el corazón. Lloviznaba. Mi pañuelo al cuello ya no me abandonaría el resto del viaje. Alfonso se marcó para desayunar un plato hasta arriba de salchichas con bacon. 

El frío no nos impidió inaugurar la jornada con un espectacular tiovivo que se hizo corto para una espera tan larga. Luego accedimos al Laberinto de setos del País de las Maravillas. Allí los personajes de Lewis Carrol jugaron con nuestro sentido de la orientación. Poco a poco, el día iba caldeándose. La atracción donde, sin duda, pasé el mejor rato fue Star Wars: la Aventura Continúa. Consiste en una nave de realidad virtual que cumple una misión casi suicida por el espacio. Grité más que una parturienta.

Por la tarde, compré una chaqueta de Pesadilla antes de Navidad en la tienda Disney. Tardaron media hora en darme la llave del único probador en todo el establecimiento. Me entretuve observando el peloteo de la dependienta a una francesa arrugada como una pasa.
























El viernes amaneció fresco pero soleado. Tocaba visitar los Estudios de Walt Disney. Aunque menores en tamaño que el Parque Disneyland, poseen las atracciones más adrenalínicas. Mi mujer subió completamente sola a la Torre del Terror, un ascensor en caída libre que pone los pelos de punta. Nos reunimos de nuevo en el Armagedón. Mientras hacíamos cola, observé a un chico vestido de mujer y maquillado. No estaba solo. Lo acompañaban sus padres y un hermano menor. En aquel instante, sentí orgullo de pertenecer a la raza humana.


A las doce de la noche, echaban fuegos artificiales en el castillo de la Bella Durmiente. Había que reponer fuerzas. Cenamos comida mexicana en un buffet libre donde las costillas se deshacían en la boca. Luego nos dio tiempo a coger el Vuelo de Peter Pan. Volar gracias al simulador es una experiencia onírica.

El cielo de París brilló con los fuegos y las imágenes proyectadas en los muros del castillo. Una mujer me pidió en inglés un hueco para que viera su hija. Había cientos de personas reunidas en aquel lugar, pero intenté dejarle espacio. Mickey Mouse nos despidió camino del hotel. Alfonso y yo bromeamos a costa de su sospechoso nerviosismo.

martes, 14 de agosto de 2018

BILBAO


















Ramón Mondéjar recuerda sensaciones de aquel viaje a Bilbao, pero pocas certidumbres más allá de que se estaban muriendo. Conoció a Nácar en su blog sobre enfermedades raras. Ella también tenía el suyo sobre música gótica. Era quince años más joven que él, pero a la chica se la traía al pairo. De hecho, solía bromear con la cara que pondrían sus padres si supieran que gastaba sus últimos meses de vida chateando con un cuarentón.
     Durante el viaje en tren, Ramón miraba fotos que ella le había enviado en negros sobres lacrados. Especialmente aquella donde yacía en una tumba con las manos cruzadas sobre el pecho. Y bajo ellas, una rosa negra. Los ojos cerrados.
     La ciudad parecía vivir el principio de la primavera. En pleno julio el termómetro se distraía en la fresca humedad de los tejados oscuros de las casas. Cogió un taxi en la estación. Alguien había olvidado un libro de una tal Mari Carmen Azkona en el asiento trasero. Había quedado en llamar a Nácar en cuanto llegara al hotel y el taxista no le daba conversación, de modo que escogió una página al azar.
     Su habitación daba a la ría. Abrió la ventana, se hizo un ovillo en el alféizar como un gato y contempló emocionado a varios piragüistas patinando sobre el agua. Pensó con ironía que si no le hubiera tocado aquel premio de Haikus, jamás habría tenido el valor de alojarse en un hotel tan caro. El sonido del móvil le sacó del ensimismamiento. Era la voz grave de Nácar. Por un instante, maldijo no poder quedarse toda la tarde con la mano apoyada en la barbilla mientras observaba en silencio.
     Seis meses de relación por internet sumieron a Ramón, de camino a la cita en el Puppy del Guggenheim, en un abismo de incertidumbre. En honor a la verdad, no había sido del todo sincero. No era un enfermo terminal, sino más bien un hipocondríaco solitario que pensaba que había llegado su hora si una mañana no iba al baño. Se preguntó, angustiado, qué ocurriría cuando Nácar lo supiera.
     El paseo al lado de la ría le estaba dando ganas de nadar, nadar lo más rápido posible y alejarse de allí. Cinco minutos para encontrarse con la mujer de sus sueños. Delgada, pálida, sensible, noctívaga. Desechó el pensamiento de que ella le hubiera mentido descaradamente, aunque, siendo gótica, quizá habría exagerado la gravedad de su dolencia.
     El sol se ocultó tras unas nubes como una geisha tras su abanico. En la explanada del Guggenheim, solo había dos turistas japoneses y un chico de unos treinta años apoyado sobre la barandilla del Puppy. Ramón se sentó en la bancada de enfrente. Comprobó en su reloj que aún faltaban dos minutos y se dispuso a esperar resignado.
     Al cabo de un instante, el chico de la barandilla se fue cabizbajo. Ramón lo observó perderse con curiosidad. Uno de los turistas japoneses se acercó a pedirle una fotografía. Luego, en un español muy rudimentario, le dio un pañuelo negro. Tardó un poco en comprender que se le había olvidado a aquel joven. Trató de devolvérselo al japonés para que lo llevara a la policía, pero ya no estaba.
     Nácar no apareció. Su móvil estuvo desconectado el resto del fin de semana. Mientras hacía la maleta para regresar a Alicante, Ramón no supo si guardar el pañuelo o tirarlo a la basura. Entonces se fijó en un detalle que le había pasado inadvertido.
     En la cara interior de la etiqueta, alguien había escrito con bolígrafo una especie de mensaje. En recepción no disponían de una lupa, así que la compró en un supermercado chino. Regresó al cuarto con el corazón interpretando una tamborrada en su pecho.
     Sonrió primero y luego rio a carcajadas por haber sospechado siquiera que aquel chico vestido todo de negro podría ser Nácar. El mensaje decía con claridad «Mi hermana lo siente». Guardó el pañuelo en la maleta por si refrescaba.

     Mientras el tren salía, creyó ver fugazmente a un muchacho de riguroso negro oculto entre la multitud.

Incluido en la antología del VI Certamen literario Bilbao Aste Nagusia.

lunes, 6 de agosto de 2018

LA PRUEBA IRREFUTABLE






















El día siguiente a su fallecimiento se apareció para decirme que no había nada al otro lado.
     —Pero mamá… es imposible. Más de dos mil años de cristianismo no pueden estar equivocados —objeté incrédulo.
     Antes de que yo añadiera una palabra más, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. Luego se fue alejando mientras sonreía. Su voz quedó en el aire como la última nota de un piano.
     —Siento esta pantomima. ¿Has visto? No eres tan ateo como tú pensabas.


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