domingo, 14 de febrero de 2010

LA CARRETERA

He visto llorar con esta película a tíos más grandes que un armario ropero y bostezar a otros como marmotas.

Yo no lloré porque me había leído el libro de Cormac McCarthy, que si no me cargo una caja de clínex. Aquí viene la primera pega: traslación literal de la palabra impresa a las imágenes que vemos en pantalla.
Y claro, me emociono. ¿Cómo no me voy a emocionar si tengo hijos? Pero no me dejo arrastrar. Y eso es como irse de putas cuando estás enamorado.

Me enamoré de aquella novela de apenas ciento cincuenta páginas. Su parquedad en descripciones, sus silencios más elocuentes que cualquier palabra. Su intensidad, su terror me cautivaron. ¡Su terror! Precisamente lo que le falta a la cinta de John Hillcoat. Quizás demasiados flashbacks para recordar un pasado que no volverá, una madre que da la espalda a su familia. La interpretación de Viggo Mortensen soberbia, la atmósfera gris ceniza escalofriante; pero no te cagas por las bragas (perdón por ser tan explícito). Sólo hay un momento: cuando descubren la despensa de hamburguesas humanas de los caníbales.

Me queda el consuelo de eso tan manido de que donde se ponga una madre... Pues bien, un padre también haría cualquier cosa por su hijo. Como ver los dibujos animados de ahora. Eso sí es apocalíptico.

2 comentarios:

  1. José Antonio, quería ver la película pero creo que después de leerte no iré, y no iré porque no me apetece llorar y reconozco que últimamente estoy muy sensible (lloré el sábado viendo Avatar). La oscuridad del cine se convierte en mi mejor aliado para dejar aflorar los sentimientos y la cuestión es que sufro y lo paso mal.
    Yo también leí la novela de Cormac y creo que todavía tengo la tragedia demasiado metida en la piel.
    Por cierto, excelente esa ironía final. ¿Ves los dibujados animados? Jajaja, lo que tú dices, por un hijo somos capaces de todo.
    Me gusta tu post.
    Un abrazo.

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  2. Hey Maribel,

    ¿Qué sería mi blog sin tus comentarios? Me estás acostumbrando muy mal...
    En fin, ya te digo, yo me hubiera echado a llorar si no llego a estar flanqueado por dos tipos bastante curiosos: a mi derecha, la típica magdalena humana; a mi izquierda, el mismísimo Harry el Sucio (seguro que no tenía hijos).

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