jueves, 31 de octubre de 2013

EL SEÑOR




















Comenzaba a trabajar al día siguiente y tuve un mal presagio.
            
Me abrió la puerta un mayordomo, me dio instrucciones precisas y se marchó dejándome a solas con el señor.
            
Mis deberes consistían en entregar puntualmente las bandejas del desayuno, la comida y la cena. En ese acto tan simple yo jamás vería al señor. Dejaría los alimentos en la puerta de su dormitorio y me marcharía. Las instrucciones habían sido muy claras en ese punto. El señor vivía enclaustrado y no deseaba que lo molestasen bajo ningún concepto. Se lo podía permitir. Era rico.
            
Durante la noche, soñaba que él se acercaba a mi lecho. Solía mirarme fijamente largas horas y me susurraba al oído en un idioma extranjero. Por la mañana cesaba la confidencia.
            
Ayer la puerta del señor, cerrada siempre como tapa de ataúd, estaba entreabierta. La cama, vacía. Ante la súbita desaparición de quien me susurraba en sueños, el mayordomo me despidió sin contemplaciones. De observarme se habría percatado de que sonreía.

Me siento menos ligera, más pesada. Como si los funerales del amo hubieran sido míos y, en lugar de envejecer, estuviera rejuveneciendo.

lunes, 28 de octubre de 2013

LOS MÓVILES PERDIDOS


Lo peor no era el amasijo de hierros ni la gente pidiendo socorro desesperada. Lo peor eran los móviles sonando en el techo del vagón siniestrado. El policía se agachó y cogió uno. Apretó el botón verde y una voz le hizo tres mil preguntas en un segundo. Trató de contener las lágrimas pero no pudo. Pensó en su familia. Estuvo a punto de colgar, pero en el último instante tragó saliva y dijo:
—Lo siento, señora, no soy Álex ni sé dónde está… Le prometo que haremos todo lo posible. Ahora tengo que dejarla.
—Lo comprendo —escuchó al otro lado de la línea—. Sólo le pido un favor.
—Señora... hay mucha gente aquí que…
—Por lo que más quiera, siga contestando móviles.


Incluido en el ebook colectivo La nevera.

miércoles, 16 de octubre de 2013

AMIGOS



«Siempre he sospechado que la amistad está sobrevalorada. Como los estudios universitarios, la muerte o las pollas largas.»

Este es el potente arranque de la novela Cuatro amigos (Anagrama, 1999) de David Trueba.

Como su título indica, cuatro amigos a las puertas de la treintena deciden terminar el verano a bordo de una furgoneta con un destino incierto. Su intención es quemar los últimos cartuchos de la adolescencia antes de ingresar en la madurez.

Uno de ellos, Raúl, ha entrado en la edad adulta antes de tiempo. Tiene una mujer posesiva y dos gemelos recién nacidos. Su viaje estará vigilado por un teléfono móvil.

Le acompañan Blas, un gordo que supera los cien kilos y que domina el arte de los preliminares con las chicas. Más suerte tiene Claudio, cuyo sueño en la vida es follarse a una novia con vestido y todo. Y no olvidemos a Solo, traumatizado por unos padres que son críticos de profesión (cualquiera no lo estaría).

Solo acaba de recibir una tarjeta de boda de su exnovia Bárbara y, sin ellos saberlo, su viaje de amigos sin mujeres culminará en un banquete orgiástico con declaración de amor incluida.

David Trueba ha sido un descubrimiento como escritor. No lo conocía más allá del cine. Su estilo es ingenioso y ácido, como si escribiera en estado de alucinada lucidez, aunque en ocasiones esto pesa en el ánimo del lector, que lo encuentra algo pedante.

Domina, eso sí, el género de la tragedia envuelta en el papel de caramelo de la comicidad. Si tuvieron amigos como los de esta novela, quizá sientan una punzada de nostalgia, y si no los tuvieron no lloren. La cruel realidad es que tiran más dos tetas que dos carretas.


domingo, 6 de octubre de 2013

VAPEANDO ESPERO























¿Se imaginan a Humphrey Bogart fumando en cigarro electrónico? ¿O a Sara Montiel cambiando la letra de su canción más famosa?

Fumar cigarrillos, eso que hasta hace pocos años era señal de distinción, de clase, se está convirtiendo en poco menos que un anacronismo. Ahora lo que se lleva es vapear. El cigarro electrónico permite echar humo por la boca sin molestar al vecino, sin helarse en invierno, sin tragarse toda la porquería que lleva el tabaco y, sobre todo, sin dejar atrás ese glamour de las estrellas.

No soy fumador, pero siempre me ha gustado echar humo por la boca. Ahora puedo hacer mi sueño realidad gracias al cigarro electrónico, es decir, puedo regular mi dosis de nicotina o fumar sin nicotina. Y encima con diversos sabores. No soy un caso único ni un bicho raro. Un 3% de la población se ha enganchado a vapear sin nicotina.

Como soy poco más que un fumador imaginario, no noto el ahorro en el bolsillo, pero mi mujer sí. Ella ha sido la primera en caer gustosamente en las redes del invento. Y está encantada. Las próximas en caer serán las tabacaleras.

Igual mi padre, que se dejó el tabaco por el bien de su familia hace veinte años, vuelve a fumar. Recuerdo que las paredes de la salita estaban negras y que mi madre se lo echaba siempre en cara.

Mis hijos también nos han pedido una calada de cigarro electrónico. Se la daremos, conscientes que, de mayores, buscarán experiencias más alucinógenas.

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