domingo, 18 de septiembre de 2016

MADRID LÚGUBRE




Viajar es un acto de libertad que rompe la monotonía y conecta con el niño que llevamos dentro. Sin embargo, este año lo tenía complicado para huir del mundanal ruido. Una renovación de mi negocio me absorbe el tiempo y el espacio. Quedar finalista en el Premio de Cuento Corto «Madrid Sky» nos dio la excusa perfecta para coger —mi mujer no quiso perdérselo— un par de días de vacaciones.

Sobre mi mesa de escribir se amontonan billetes de tren, cuentas de restaurante y una amplia variedad de tiques. Pensar que nuestro paso por el mundo deja un rastro de papeles tan inútil es como para solidarizarse con el triste destino de los árboles.

El autobús de línea era una auténtica nevera aquel 30 de junio a las nueve de la mañana. Menos mal que había guardado una camisa de manga larga en la mochila. En el tren la temperatura cayó como si se fuese a manifestar un fantasma, de modo que a los pocos minutos iba tan abrigado que parecía un esquimal. Pronto el traqueteo me sumió en un dulce letargo. Al cabo de una hora, decidí tomar un café en el coche-bar. Allí espabilé bastante, sobre todo con el precio de la consumición. Me sentía algo inquieto por el acto literario al que asistiría por la tarde, pero me inquietaba más el tremendo catarro de mi mujer.


La última vez que estuve en Madrid fue para firmar ejemplares de Vareando nubes en la Feria del Libro. Es una ciudad cosmopolita, pero a poco que culebrees por alguna de sus callejuelas respiras el ambiente castizo de cualquier pueblo de España. Eso te hace sentir uno más aunque provengas de Marte.

El hotel, a tiro de piedra de la Puerta del Sol, insinuaba por fuera una casa de citas. Sin embargo, el interior estaba reformado. Las habitaciones tenían nombre de provincias de Galicia. Nos tocó La Coruña. No sé qué me gustó más: las cuatro camas, la nevera con bebidas gratuitas o la ducha con hidromasaje. Quizá el silencio. No se oía ni el vuelo de una mosca.

Desperté de la siesta con la sensación de que iba a asistir a un juicio por escribir chorradas en un papel. Me vestí con pantalón largo, pero deseché la corbata por mucho que sea un excelente motivo literario para la escritora Maribel Romero. Mi mujer me acompañó al acto con la secreta esperanza de escabullirse para ir de compras.




Subí la escalinata del viejo edificio tan deprisa que llegué casi sin respiración. En la puerta esperaba uno de los organizadores. Dijo mi nombre como si nos conociéramos de toda la vida y me estrechó la mano. En el salón se había congregado una cantidad respetable de personas. Una de ellas me indicó mi asiento.

No tardó en dar comienzo la ceremonia. Los presentadores, sudorosos por la falta de aire acondicionado, llamaron a los cinco primeros sospechosos a declarar a la tarima. Nos sentaron en cinco sillas iguales y nos interrogaron uno a uno para conocer nuestra versión de los hechos. Mi pregunta, si no recuerdo mal, fue qué esperaba llevarme de aquel viaje. Muy listos. El secreto de la tortilla de patatas, por supuesto. He de admitir que la lectura de mi cuento me pareció fenomenal. Dudé de haberlo escrito yo.

Hubo un breve descanso que aproveché para charlar en el pasillo con una chica de Logroño y un profesor de Valencia, tan ansiosos como yo de que los jueces dictaran sentencia. Ella ganó el premio poco después con un relato sencillo y directo. Era uno de mis favoritos. No comprendo a los cuentistas que se regodean en el lenguaje poético y descuidan la historia. Tan importante me parece lo que se cuenta como la forma de contarlo. El jurado destacó de 
«Besos lúgubres» el conseguido ambiente gótico y ese tiempo presente que en realidad es pasado.
 

 


Salí a la calle con la sensación de haberme quitado un enorme peso de encima. Tenía toda la noche para respirar a pleno pulmón el aire viciado de la capital, comer cualquier guarrada y perderme entre la muchedumbre. Con una especie de hemorragia verbal, comenté con mi mujer los mejores momentos de la ceremonia. Ella aún buscaba tiendas abiertas. Coincidimos en que el instante más divertido fue cuando la ganadora, sin saberlo aún, admitió que había presentado a concurso un cuento reciclado al que le había cambiado el principio para adaptarlo a las normas. Cosas del directo.

Al día siguiente, la perspectiva de deambular por el centro de Madrid me sacó de la cama. Una vez en la calle, mi mujer se dirigió a una tienda de maquillaje natural. Yo di una vuelta por la sección peliculera de una conocida franquicia. Compré «Night of the demons 2». La escena inicial en la que una pareja de testigos de Jehová lleva la palabra de Dios a un demonio no tiene desperdicio. Después, si no recuerdo mal, visité una disquería. Buscaba algo de Cecilia para mi padre, con el inconveniente de que el buen hombre sólo escucha casetes. No lo encontré.

No visité ningún monumento aquella mañana ni cogí mapa alguno de la ciudad. En cambio, dejé vagar la mirada por los limpiabotas, las prostitutas y el bullicio en general. Tan despistado andaba que no me comí un semáforo de milagro. Luego, en el restaurante hindú, una cara familiar llamó la atención de mi pareja. Era Roberto Enríquez, más conocido como Bob Pop por su participación en el programa de Andreu Buenafuente «En el aire». Harto de que los camareros no le hicieran caso o sufriendo por si me torcía el cuello de tanto mirarlo, el tipo se largó.

Por la tarde, abandonamos el hotel cargados de maletas y un poco de nostalgia. Madrid, como una hembra posesiva, nos retuvo algunas horas más en su estación de tren. Para hacer la vuelta más entretenida, escuché «El poeta Halley», lo último de Love of Lesbian. No podía faltar en el marco de las celebraciones del día del Orgullo Gay. Espero que en un futuro carezcan de sentido. Será síntoma de que hemos avanzado como sociedad hacia la plena aceptación de sus lobos esteparios.
 

14 comentarios:

  1. Tengo la suerte de vivir a 40 minutos en cercanías del centro de Madrid, así que suelo ir de vez en cuando a pasar el día.Siempre,aun con temperaturas de 40 grados en el exterior, tengo que llevar una chaqueta en el bolso para ponerme en el tren...
    Me gustan estas crónicas aparentemente tan sencillas que escribes, le das un toque tan personal y de humor tan fino que me fascinan.Creo, además que también influye ese puntito cotilla que todos tenemos je, je.
    Un beso

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    1. Claro, existe un punto fisgón en cada uno de nosotros que es el que trato de explotar en "El Mirador". No soy cotilla, sino mirón.

      Un abrazo.

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  2. No hay duda de que descubriste el secreto de la tortilla de patata. Felicidades "cuentero".

    Un abrazo.

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    1. Me habría gustado averiguar ese secreto así como el de la escritura de ficción, pero el uno pertenece a los cocineros y el otro a los fogones.

      Un abrazo.

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  3. Gracias por tu relato tan vivo y fino. Me ha gustado mucho! un abrazo.

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    1. Gracias a ti por leerme con tan buenos ojos. La idea era disfrutar.

      Un abrazo.

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  4. Pues, si señor. Me ha encantado la esperada crónica de vuestra visita a Madrid. Gracias por este recuerdo que nos has traído en forma de amenas, ingeniosas y sustanciosas palabras contando lo vivido. Asimismo, gracias por las imágenes que hacen que hayamos podido sentir de forma más próxima ese encuentro. Enhorabuena de nuevo por el galardón y la experiencia.

    Un abrazo.

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    1. Supongo que a veces debería callar algunas anécdotas por discreción, pero es tan aburrido ser políticamente correcto que prefiero contar las cosas como las siento.

      Un abrazo.

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  5. Gracias por esta crónica tan intensa y tan personal. Yo era uno de los organizadores y os agradecemos que hagáis realidad nuestro proyecto literario con vuestros relatos y vuestra presencia. Vosotros, los finalistas sois lo más importante y así lo quisimos hacer ver en el acto.

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    1. Gracias a ti por leerme. En el próximo libro, si llega a publicarse, habrá una nota que recuerde que "Besos lúgubres" fue finalista del Madrid Sky.

      Un abrazo.

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  6. Gran crónica, plas plas plas.
    Llegar a estar ahí, en esa silla, es muy grande (con corbata o sin ella). Después interviene la suerte, que sonríe a quien quiere. Pero ocupar la silla no lo consigue todo el mundo.
    El relato, ya sabes, me encantó. Felicidades.

    Un abrazo.

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    1. Tú lo has dicho, el destino es caprichoso. No hay que darle muchas vueltas. Nada comparado a sentirse bien escribiendo y hacer que otros lo disfruten.

      Un abrazo.

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  7. Gracias por la excelente crónica. En cierto modo, he sentido como si caminara a tu lado por esas calles que tanto amo.
    Un abrazo.
    PD: Tienes que darme el nombre del hotel ^^

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    1. Siempre me ha gustado la soledad en buena compañía. Gracias por hacer senderismo literario conmigo.

      Un abrazo.

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