miércoles, 13 de mayo de 2026

UN ESCRITOR CON SENSIBILIDAD






















En la Feria del Libro de Elche, se acercó una desconocida y me dijo: «Te compro un libro si eres de izquierdas». Como siempre he odiado las obligaciones, decidí no responder. ¿Qué demonios le importa a quién voto? Si soy del Barça o el Madrid, heterosexual o gay, creyente o ateo solo me incumbe a mí. No ignoro que hay escritores como Rafael Alberti que están indisolublemente unidos a sus ideas políticas, en este caso al Comunismo. Sin embargo, yo soy autónomo en el amplio sentido de la palabra. El único gobierno que me representa es el de las letras.

Esta anécdota refleja la herida de las dos Españas, una fractura que llegó a su máximo enfrentamiento en la Guerra Civil (1936-1939). La novela Pan, fútbol y silencio de Roberto Hurtado (Cuadranta, 2025) retrata la posguerra desde el bando de los perdedores (o, mejor dicho, olvidados). Nadie está a salvo de sospecha en plena represión franquista. Casi se siente el miedo físicamente, casi se oye la voz pudriéndose en las gargantas. Hermanos contra hermanos. Por no hablar de cartillas de racionamiento, pan de mijo y otras miserias que mi madre relataba cuando tenía memoria.

En este marco, el fútbol sirve como válvula de escape. También de excusa para hablar de lo que realmente importa: la dignidad, la culpa o la memoria. Además, el autor establece paralelismos con la vida a través del argot futbolístico. Hacia 1935, un quinceañero llamado Julio Alcolea empieza a jugar en el Elche. Mariano Efesé, una especie de señor Miyagi valenciano, le echa el ojo y decide convertirlo en estrella. Sin embargo, la guerra deja todo en suspenso. Quince años después, Julio vuelve del exilio en busca de su entrenador.

La lectura del libro me ha proporcionado un intenso placer estético y, al mismo tiempo, emociones contenidas. Roberto Hurtado ha alcanzado una madurez literaria que se atisbaba en anteriores trabajos y, en mi humilde opinión, ha cuajado su obra más redonda. La concatenación, una figura retórica muy usada en poesía, logra que te enganches y no puedas dejar de leer. En cuanto a sentimientos, escasean las muestras de cariño en un ejercicio de verosimilitud con la España de los años 50. El autor se revela entonces un maestro en el lenguaje de los silencios, las miradas y los gestos, que comunican a veces más que las propias palabras.

Hay un personaje en Pan, fútbol y silencio que resume el mensaje principal que late en la novela. Se trata de don Álvaro, un médico que atiende sin hacer preguntas. Basado en dos figuras históricas, representa la rectitud moral y la compasión. Recordar duele y sana porque la herida sigue y seguirá abierta, pero «lo que hace un hombre con otro hombre, cuando nadie mira, vale más que cualquier bandera».

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