En la Feria
del Libro de Elche, se acercó una desconocida y me dijo: «Te compro un libro si
eres de izquierdas». Como siempre he odiado las obligaciones, decidí no
responder. ¿Qué demonios le importa a quién voto? Si soy del Barça o el Madrid,
heterosexual o gay, creyente o ateo solo me incumbe a mí. No ignoro que hay
escritores como Rafael Alberti que están indisolublemente unidos a sus ideas
políticas, en este caso al Comunismo. Sin embargo, yo soy autónomo en el amplio
sentido de la palabra. El único gobierno que me representa es el de las letras.
Esta
anécdota refleja la herida de las dos Españas, una fractura que llegó a su
máximo enfrentamiento en la Guerra Civil (1936-1939). La novela Pan, fútbol y silencio de Roberto Hurtado
(Cuadranta, 2025) retrata la posguerra desde el bando de los perdedores (o,
mejor dicho, olvidados). Nadie está a salvo de sospecha en plena represión
franquista. Casi se siente el miedo físicamente, casi se oye la voz pudriéndose
en las gargantas. Hermanos contra hermanos. Por no hablar de cartillas de
racionamiento, pan de mijo y otras miserias que mi madre relataba cuando tenía
memoria.
En este
marco, el fútbol sirve como válvula de escape. También de excusa para hablar de
lo que realmente importa: la dignidad, la culpa o la memoria. Además, el autor
establece paralelismos con la vida a través del argot futbolístico. Hacia 1935,
un quinceañero llamado Julio Alcolea empieza a jugar en el Elche. Mariano Efesé,
una especie de señor Miyagi valenciano, le echa el ojo y decide convertirlo en
estrella. Sin embargo, la guerra deja todo en suspenso. Quince años después,
Julio vuelve del exilio en busca de su entrenador.
La lectura
del libro me ha proporcionado un intenso placer estético y, al mismo tiempo, emociones
contenidas. Roberto Hurtado ha alcanzado una madurez literaria que se atisbaba
en anteriores trabajos y, en mi humilde opinión, ha cuajado su obra más
redonda. La concatenación, una figura retórica muy usada en poesía, logra que
te enganches y no puedas dejar de leer. En cuanto a sentimientos, escasean las
muestras de cariño en un ejercicio de verosimilitud con la España de los años
50. El autor se revela entonces un maestro en el lenguaje de los silencios, las
miradas y los gestos, que comunican a veces más que las propias palabras.


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