sábado, 14 de febrero de 2015

DONDE HABITE EL ALZHEIMER























        
     En la cola para pagar del sex-shop me encuentro a Olvido.
     Al principio no la reconozco; han pasado ya seis meses desde que me diera clases de poesía española, un curso gratuito organizado por el Ayuntamiento.
     Ella sí me reconoce, aunque noto en su sonrisa algo artificial, como una parálisis del gesto. El mío debe de ser idéntico.
     Y es que no es para menos. Nos hemos pillado. Nos azoramos. Ella lleva en la mano dos o tres consoladores de diferente tamaño. Yo, una caja de preservativos comestibles.
     Nos damos los habituales ósculos y a ella se le cae uno de los consoladores al suelo. Lo recoge inmediatamente como si fuera una rata y sonríe nerviosamente mientras reprende a su torpe mano con mirada asesina.
     —¿De compras? —digo lo primero que se me ocurre metiendo la pata.
     —Ya ves, la poesía no lo es todo —responde ella agarrándose a la tabla salvavidas de la literatura.
     Se produce un silencio incómodo.
     —Tú también, ¿no? —contraataca la profesora.
     —A mi pareja le gustan —vuelvo a meter la pata.
     Olvido está viuda. Lo comentó enredada entre versos encendidos en más de una ocasión y en más de dos. Señal de que lo había superado. O tal vez no.
     —No te voy a decir aquello de «Juventud, divino tesoro…», pero, jo, qué envidia… dos cuerpos sudorosos, entrelazados… uf, lo pienso y me pongo mala.
     —No te creas, a veces se echa de menos…
     —¡Venga ya!, no me vengas ahora con remilgos.
     —Es cierto, por eso me apunté al curso de poesía. A veces uno siente la necesidad de algo espiritual, trascendente, puro. Y como no soy creyente ni religioso…
     —Yo te cambiaba mi papel en la función ahora mismo.
     —Mi novia es una lolita caprichosa e insaciable. Me roba los minutos de una forma obscena. No tengo tiempo más que para servirla. Es una tortura. La juventud es una tortura.
     —No digas eso. Mi novio es una noche sin dormir y otra y otra, presa de horribles calenturas que apago con fuego. Y encima estoy perdiendo la memoria.
     —¿A qué te refieres?
     —¿Recuerdas el poema de Cernuda? Solía llamarlo chistosamente Donde habite el Alzheimer, en referencia a la paz que persigue el poeta. A mí me ocurre justo lo contrario. Quiero guerra. Necesito guerra. Ya no tengo recuerdos de piel real, sólo una extraña película pornográfica que cada vez me satisface menos.
     —Entonces, ¿por qué esa clase de artilugios que llevas en la mano? —dije ya completamente envalentonado.
     —A veces a falta de pan…
     —… buenas son tortas —completé y soltamos una carcajada.
     Ahora los sex-shop ya no se esconden en las cloacas del deseo ni en el ataúd del vampiro de la Hammer. Ahora son oasis celestiales donde beber el agua de la fantasía en medio del infierno comercial.
     La caja registradora con su única dependienta ya no queda lejos. Nuestras últimas rivales son dos jovencitas cargadas de juguetes. Hablan de ellos como si fueran zanahorias y pepinos. ¡Qué envidia! Quizá se proponen organizar una reunión de amas de casa, quizá una verdulería del amor.
     Tras la erótica compra, nos separamos, no sin antes prometernos un montón de cafés que jamás tomaremos juntos. Probablemente, sea la última vez que nos veamos. Pero recordaremos este encuentro con una sonrisa. Sobre todo después de comprobar que, por hablar distraídamente o por confiar en una dependienta con gafas de culo de vaso, ella disfruta ahora de mis condones comestibles y yo de sus consoladores fosforescentes.


Atlantis, 2012

8 comentarios:

  1. Un encuentro embarazoso....ja ja imagino la situación que has descrito perfectamente...Uno no suele estar conforme con lo que tiene y añora lo que tiene el otro...la eterna insatisfacción.
    Un placer leerte! Bs

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    1. Efectivamente, de la insatisfacción nacen muchas historias, como si necesitáramos de ella para ponernos en marcha.
      El placer ahora también es mío.

      Un abrazo.

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  2. El cuerpo suele envejecer más deprisa que la mente, lo que es motivo de disgusto personal; cuando es la mente la que cae en barrena, el disgusto es patrimonio de quien cuida del enfermo. El toque final cincela a la perfección el resto del relato.

    Un abrazo.

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    1. Cada vez entiendo más la amistad o el amor entre personas jóvenes y maduras. Unos complementan lo que les falta a los otros. Es un tema que me gusta tanto que lo he desarrollado en otros cuentos.

      Un abrazo.

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  3. El sex-shop como escenario de una conversación muy profunda, y lo digo en serio, estas cosas no se hubieran hablado en la panadería. ¿Le gustó a Conchi?

    Un abrazo.

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    1. Así como hubo cierto revuelo con otros relatos, este le encantó a su destinataria. Intento no basarme demasiado en gente que conozco, pero la tentación siempre está al acecho.

      Un abrazo.

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  4. Jose, hay encuentros en los que acaso uno desease que la tierra le tragara. Con todo, creo que cada vez se está normalizando más el consumo de productos y utensilios de sex-shop. Es un indicador de salud.
    Me gustó mucho este relato.

    Un abrazo.

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    1. Es un signo del avance de los tiempos, aunque los juguetitos valen un cojón de pato. Y digo yo que los pobres también follamos.
      Este cuento salió casi de un tirón, tuvo un parto sencillo. Ojalá todos fueran así.

      Un abrazo.

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