miércoles, 20 de septiembre de 2017

EL FESTIVAL






















Cuando Facundo Soplagaitas escuchó la propuesta de labios de su interlocutor no pudo menos que santiguarse varias veces.
     Horas antes, Miguel Contreras lo había visto actuar sobre un escenario en las fiestas del pueblo. Cantaba con el poderío de la Jurado y, todo hay que decirlo, bastante pluma. La coreografía rozaba el desastre, habría que trabajar mucho al respecto. Sin embargo, poseía un magnetismo que hizo que la gente se levantara de sus asientos y aplaudiera a rabiar. Además, la canción que había interpretado era suya. Justo lo que andaba buscando la delegación española para el festival más famoso del mundo: Eurovisión.
     Desde el comienzo, dicha delegación le había dejado claro a Miguel que no deseaba ganar el concurso. España no estaba para tales dispendios. Lo importante era no caer en un nuevo ridículo como el del año anterior, donde no nos habían dado ningún punto y, por consiguiente, habíamos quedado los primeros por la cola.
     Para lograr ese objetivo, Miguel, con el buen criterio que le había granjeado la confianza de Televisión Española, se recorrió gran parte de la geografía en su seiscientos. Buscaba un rostro nuevo, un friki como el Chikilicuatre que nos librara de la solemnidad y uniera al país de nuevo frente al televisor.
     Estaban apoyados en la barra de un bar, hablando casi a gritos por culpa del ruido de cohetes y charangas. Miguel pidió otra ronda de vinos. Se sentía desfallecer ante la perspectiva, más que probable, de que Facundo renunciara al dudoso honor de representar a nuestro país en el festival más rancio, casposo y retrógrado de la canción internacional.
     El rostro de Facundo era impenetrable mientras oía hablar de contrato discográfico si la canción quedaba en buen lugar. «¿En serio crees que soy la persona adecuada para ir a Eurovisión?», dudó una vez más el receloso pueblerino. «Mira el Chikilicuatre», replicó Miguel. 

     Facundo lo acompañó al hostal cuando Miguel andaba haciendo eses por culpa de ese vino peleón de la tierra. En la calle no había un alma. Una franja amarilla pintaba el horizonte. Presa de la euforia, se acercó al oído del paleto y le susurró que este año habían amañado varios doces para España a cambio de turismo por la vieja Europa.


Cuento escrito en el taller literario de la biblioteca Carolinas de Alicante. Ejercicio 4: Narrador equisciente

6 comentarios:

  1. Madre mía, que buen recuerdo con el Chiki.
    Qué bueno.

    Manuel Cado

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    1. Lo mismo digo. Aquel año participé en un taller de Risoterapia, y algunos de los compañeros aún nos seguimos saludando por la calle.

      Un abrazo.

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  2. Salvo por su carácter competitivo, la verdad es que a mí me gusta Eurovisión. Se han oído canciones muy buenas a lo largo de los años, y esa imagen de unidad y fraternidad de pega me sueltan las lágrimas.

    Un abrazo.

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    1. Para mí el valor del Chikilicuatre está en que nos libró de la solemnidad, algo que no aguanto en ninguna de sus formas, y unió a España frente al televisor. No es poco.

      Un abrazo.

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  3. Jajaja! La verdad es que no sigo el festival de Eurovisión, pero cuando fue el "chikilicuatre"me daba vergënza ajena y, sin embargo, creo que hemos quedado mucho peor con otras canciones que en principio eran más serias y mejores...¿quién entiende esto?...seguro que como bien indicas en tu relato, es cuestión de otro tipo de intereses los que priman en lugar de los musicales.
    Buena suerte para Soplagaitas si al final se decide a participar, je,je!

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    1. Ignoro si Soplagaitas participará en un tinglado que se intuye no demasiado transparente. No parece muy convencido.

      Un abrazo.

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