Escribiendo su crucigrama semanal, Romero se había atascado en la descripción de «ramera». Si la etiquetaba como «mujer pública», el colectivo feminista caería sobre él alegando que todas las mujeres públicas no son putas. ¿Y qué tal «mujer ligera de cascos»? No, algún grupo animalista podría mosquearse. Ni pensar en escribir «mujer fácil», pues la RAE ya había acabado en la hoguera solo por el adjetivo. Se le ocurrió entonces, iluminado por una súbita mala leche, dejar caer la original «mujer púbica». La editora del periódico le preguntó qué «coño» era aquello.
miércoles, 6 de junio de 2018
LENGUAJE INCLUSIVO
Escribiendo su crucigrama semanal, Romero se había atascado en la descripción de «ramera». Si la etiquetaba como «mujer pública», el colectivo feminista caería sobre él alegando que todas las mujeres públicas no son putas. ¿Y qué tal «mujer ligera de cascos»? No, algún grupo animalista podría mosquearse. Ni pensar en escribir «mujer fácil», pues la RAE ya había acabado en la hoguera solo por el adjetivo. Se le ocurrió entonces, iluminado por una súbita mala leche, dejar caer la original «mujer púbica». La editora del periódico le preguntó qué «coño» era aquello.
miércoles, 30 de mayo de 2018
MEMORIAS DEL LOBO BLANCO
Aquella
mañana me levanté con la sensación de que terminaba una época y empezaba otra. En
realidad, aún faltaba mucho para que mi hija fuera una mujer, pero, a partir de
entonces, empezaría a dejar de ser una niña. Ya asomaban sin prisa sus nuevas
formas.
Después de desayunar, entré en la
ropa como el buzo que se introduce en la escafandra. Obligado por la etiqueta. Al
menos, mi etiqueta me permitía vestir de negro, llevar la camisa por fuera o
prescindir de corbata. Consulté mi reloj: era el momento de mirarme por enésima
vez en el espejo antes de acudir a la iglesia.
Solo comulgaban siete niños aquel
trece de mayo, una fecha que quizá espantase a más de un supersticioso. El
templo estaba adornado de forma sencilla. Los murmullos bajaron de tono cuando
el cura subió al púlpito con una camiseta de corazones. De esa guisa, animó a
largarse a quienes no tuvieran ánimo para aguantar la ceremonia. Muchos resistimos por comprobar si celebraba misa en manga corta.
Observé a algunos familiares en los
primeros bancos. Imagino que deseaban mostrar su cariño y, por supuesto, no
perderse ningún detalle de la ceremonia. Clara parecía un ángel del disimulo.
Una seriedad impostada maquillaba sus ganas infinitas de reír sin ningún motivo
concreto. El principio de la edad adulta. Al comulgar, probablemente pensó que
habría estado mejor un trozo de queso.
Una vez acabada la parte religiosa,
debíamos hacer tiempo hasta el banquete. Hubo invitados que pasaron por casa y
otros que desaparecieron misteriosamente hasta la comida. Cada cual según le apeteciera,
que para eso vivimos en democracia.
El restaurante disponía de un jardín
interior para juegos y de varios salones reformados. En uno de ellos, nuestro
convite tenía lugar con la calma de un día de verano. Un biombo nos separaba de
otra Comunión que, por el escándalo, parecía sacada de una canción de Raphael.
La mesa de los amigos estaba curiosamente en
las antípodas de la de los padres. Allí nos juntamos algunos profesores, entre
ellos dos maestros de mi hija. Tuvieron el detalle de regalarnos su
presencia y su buen rollo. Pedimos las habituales bebidas en estos casos. El
camarero trajo una cubitera para el vino. La necesitaríamos.
El servicio se atascó en el tercer
plato del aperitivo, pero apenas nos dimos cuenta. Tan entretenidos estábamos
comentando el enésimo fracaso de España en Eurovisión. Algunos invitados se
confundieron al tomar la dirección del baño. Era perversamente divertido verlos
meterse en el aseo de trabajadores, situado tras unas cortinas. El nuestro se
hallaba en un estrecho pasillo a la sombra de una celosía. Un cartel sobre la
taza del váter aconsejaba: «Reogamos
que tiren de la cadena».
Niños y ancianos comenzaron a
impacientarse. Los primeros pidieron salir al patio con urgencia de
presidiarios; los segundos ordenaron con cajas destempladas que pusiéramos un
petardo en el culo a los camareros. Por fortuna, la comida aparecía de vez en
cuando para rebajar los ánimos. Me pareció sabrosa pero poco abundante. Imaginé
a los de Albacete asaltando alguna máquina de bocadillos.
Fue pedirme una copa y llegaron las inevitables despedidas. Un goteo constante que me llenó de nostalgia por aquellos familiares que no volvería a ver en años y de alivio por haber cumplido. Algunos dijeron: «La próxima, la boda». Yo me froté las manos pensando que, para entonces, casi nadie se casaría. En ese instante, mi hija pasó por mi lado riéndose con esa claridad tan cristalina suya.
miércoles, 23 de mayo de 2018
ANDANADAS DE HOSTIAS
Dos bandas rivales se reúnen bajo una carpa situada en el centro de un estadio de fútbol desierto. Sus jefes, Pazos (Manuel Manquiña) y Fátima do Espíritu Santo (María de Medeiros), se enzarzan en una pelea dialéctica que no conduce a ninguna parte. Por culpa de una simple mosca, estalla una sangrienta masacre. Supongo que les sonará. Es una de las secuencias míticas de la película Airbag (Juanma Bajo Ulloa, 1997). Hay una tarantiniana escena de la novela Un elenco de perros (Playa de Ákaba, 2018) donde los personajes también se lían a tiros en el Madrid de los años cincuenta. Así reparte —y no precisamente papeles— el último libro de José Payá Beltrán, un homenaje no disimulado al teatro. Pero empecemos por el principio.
El
dramaturgo Antonio Gil Valdés lleva veinte años en la cárcel de Carabanchel. La
muerte de Franco le empuja a coger de nuevo lápiz y papel para narrar los
hechos que desencadenaron su entrada en prisión. Uno de sus primeros —y
dolorosos— recuerdos es para la hermosa Claudia Salcedo, una actriz sin
escrúpulos que maneja a los hombres a su antojo. Dos matones al servicio de don
Antonio Hidalgo, el amante de Claudia, irrumpen en la pensión del comediógrafo
y le convencen a guantazo limpio para que la actriz actúe en su próxima obra.
Sus males no acaban ahí: Gil apenas tiene dinero y, para colmo, ha perdido la
inspiración. Su suerte parece cambiar cuando recibe la tentadora propuesta de
unirse a una conjura de autores teatrales contra el dictador.
Podría
contarles más de este Lazarillo de Tormes llamado Gil, pero seguramente ya se
habrán enamorado de él. Rezaba el título de una canción de Morcheeba:
«Everybody loves a loser». Solo añadiré que perdedor no implica tarugo. Al
contrario. En un ejercicio de metaliteratura, él mismo explica que va a
alternar el uso de la primera y la tercera persona en su novela, esta última
para narrar aquello que no vivió personalmente. De esa forma, el lector posee
toda la información para encajar las piezas y los personajes solo una visión parcial
de la realidad.
Apelo
a mi amistad con el escritor para que no se tome a mal lo que voy a decir: Un
elenco de perros me parece una gamberrada muy bien escrita. Uno siente el
regocijo secreto de la buena literatura en pasajes como «Secó la taza de café
de un trago» o «La puerta se abrió antes de que llegásemos, y una herida
luminosa procedente del interior dibujó el sendero que nos permitió llegar
hasta la casa, como un camino de baldosas doradas». Además de placer estético,
la novela destila un humor fino y, a la vez, disparatado que llega a su punto
más álgido cuando Gil tunea el discurso que pronuncia el Caudillo en la
inauguración del Valle de los Caídos. Una maravillosa barbaridad.
El
asiduo lector de José Payá —un servidor lo es— no se sentirá defraudado con Un
elenco de perros. Encontrará en el gusto por los mensajes subliminales guiños
a otras novelas del autor como, por ejemplo, Destilando Fantasmas. También hallará referencias veladas a
dramaturgos de la talla de Alfonso Paso o Antonio Buero Vallejo, citas de Saramago
e, incluso, un amor por el mamporro propio de Mortadelo y Filemón. Porque
seamos serios: la risa es el arma más poderosa que existe, ha existido y
existirá.
domingo, 6 de mayo de 2018
INTERCAMBIO
Incluido en esta antología de PAE (Plataforma de Adictos a la Escritura) que homenajea al gran Chiquito de la Calzada.
miércoles, 25 de abril de 2018
LITROS DE ALCOHOL

Conozco a una madre que, hace unos años, prohibió a su hija que fuera con sus amigas a la Romería de la Santa Faz de Alicante. Imagino el cabreo de la chavala, los portazos, los gritos y, sin embargo, entiendo las razones de la madre. No es precisamente la llama de la fe lo que arrastra a cientos de adolescentes en procesión cada mes de abril, sino el macrobotellón que se celebra en la playa de San Juan.
Ahora, vecinos y padres de San Juan, han elaborado un manifiesto para concienciar a la sociedad alicantina del problema y tratar de solucionarlo. Su título es bastante elocuente: «Por una Santa Faz sin alcohol en menores». El escrito propone una campaña de concienciación local, ofrece actividades deportivas y lúdicas alternativas en la playa de San Juan y, lógicamente, exige medidas contra el consumo de alcohol en la calle.
Como alicantino y profesor de academia, siento que no se debe hacer la vista gorda ni mirar para otro lado. Es una grave irresponsabilidad permanecer impasibles. Empecemos atajando el consumo indiscriminado de alcohol durante las Hogueras de San Juan. No solo en la calle, sino especialmente en muchas barracas donde las botellas se arraciman sobre las mesas esperando a sus dueños que, totalmente pedo, echan el bailecito de turno. Un espectáculo lamentable. Recordemos también que nuestros hijos no se educan en los colegios sino, principalmente, en casa. Ellos harán lo que nos vean hacer a nosotros. Una obviedad que casi siempre se pasa por alto. Y, por último, una pequeña broma: si realmente queremos una Santa Faz libre de alcohol, ¿por qué este año se regalaron cinco mil «cañas» más a los romeros en la plaza del Ayuntamiento y en San Nicolás? Demasiadas veces acaban olvidadas en cualquier parte después de la romería.
Una canción de Ramoncín describía una merluza de esta forma: «Litros de alcohol corren por mis venas…». A día de hoy, el bebedor no tiene ni la mitad de problemas que el fumador. Las bodas, las despedidas de soltero, los conciertos, las cenas con los amigos y, en definitiva, cualquier acto social aparece regado con el preciado líquido. Tampoco creo que haya que esconderse para tomar una cerveza o un cubata. Más bien al contrario. Opino que la bebida debe normalizarse y, por supuesto, convertirla en un placer que se pierde cuando se abusa.
miércoles, 28 de marzo de 2018
LA MANCHA TIENE ALGO
miércoles, 21 de marzo de 2018
EL SEÑOR (15)
No sé por qué he hecho caso a Nuria. Para que este regreso sea una sorpresa en toda regla, yo le he robado el chupachús a un niño y ella la cartera a un cura. Los cuatro esperábamos el ascensor del piso. Al entrar en la cabina aparentemente ellos solos, han pensado que el ladrón ha sido el otro. Se han enzarzado en una pelea mientras nosotras aguantábamos la risa.
En la puerta está la
chapa con nuestros nombres: Pedro Vargas y Tina Rubio. La nostalgia me cubre
con una sábana de la cabeza a los pies como a un fantasma primitivo. Sigo queriéndole
y ahora necesito más que nunca su apoyo. Un poder como la invisibilidad
requiere de otro no menos importante llamado cotidianidad. Deseo con todas mis
fuerzas un poco de rutina después de estas vacaciones de locura.
Nuria me aprieta el
hombro en señal de que sabe lo que pienso.
—Tal vez deberíamos
llamar al timbre y olvidar el puñetero asunto —sugiere con psicología inversa. Logra el
efecto contrario.
—Venga, una última
locura.
Ella atraviesa
primero; yo la sigo con un presentimiento extraño. El piso está tranquilo.
Quizá demasiado tranquilo para ser las diez de la noche de un sábado. Desde que
esto empezó, Pedro teme que Paco se hunda. Por eso se lo ha traído a nuestra
casa.
Observo con asombro
el orden y la limpieza del salón. Una barrita de incienso perfuma el aire. En
la cocina todos los cacharros de la cena están fregados. Nuria tiene la boca
abierta.
Oímos susurros
provenientes de la habitación de matrimonio. Como si dos personas hablaran bajo
para no despertar a un supuesto bebé. Nuria me agarra de la camiseta.
—No vayas —musita.
—Seguro que duermen
—trato de infundirme ánimos.
La habitación está poblada de sombras, pero se distingue a dos figuras con el torso desnudo en el suelo. Cuando se me escapa «qué coño», ellos encienden la luz y miran asustados a su alrededor.
miércoles, 14 de marzo de 2018
FIN
El fin del mundo no fue inventado por los Testigos de Jehová, aunque hay que reconocer que le echan cuento. La literatura y el cine siempre han aportado su granito de arena a este subgénero. Desde la mítica novela Soy Leyenda de Richard Matheson a la película Hijos de los hombres dirigida por Alfonso Cuarón, cada cierto tiempo la humanidad practica una especie de simulacro de aniquilación para sacar algo en claro. El problema es que, por lo que parece, los políticos no leen ni van al cine.
Afortunadamente, la escritora Maribel Romero Soler no se dedica a la política. De hecho, su última novela juvenil critica desde el inquietante título el talón de Aquiles de todos los gobiernos, incluido el español. ¿Qué pasa con el medio ambiente? ¿Cómo duermen tan tranquilos los altos cargos sabiendo que la Tierra se muere poco a poco? ¿No es para alarmarse el rearme nuclear de Rusia y Estados Unidos?
Árboles de ceniza (Tandaia, 2017) presenta un mundo devastado por un gran cataclismo. El antiguo planeta azul ha sufrido cambios de carácter morfológico, ambiental y antropomorfo. En el terreno ambiental, por ejemplo, el sol se ha convertido en un ascua que apenas da calor. Los seres humanos también han experimentado mutaciones curiosas en el color de los ojos o el pelo. Estas transformaciones serían soportables si la supervivencia de la humanidad no estuviera amenazada con la extinción.
La autora bosqueja unos personajes desesperanzados, vencidos y sin horizonte alguno que viven en una comunidad. Lucho, conocido como «El hombre sabio», es su líder. Pese al negro futuro que acecha a la vuelta de la esquina, la doctora de la comunidad está enamorada en secreto. Los niños también ensayan sus primeros amores, pues se acordó que su edad empezara a contar a partir de la catástrofe. Además, perviven lujos del viejo mundo como la electricidad, el agua potable aunque gris o la telefonía básica. La vida continúa.
No puedo ocultar, llegados aquí, que adoro el subgénero apocalíptico como buen adicto al cine de terror que soy. En este sentido, la novela ha hecho mis delicias. Quizá no describa al detalle, pero quién necesita a Tolkien teniendo a Maribel. Su genialidad reside, sin lugar a dudas, en la aparente sencillez de la historia. Con apenas siete personajes, logra tocar de nuevo las teclas de la sensibilidad como Chopin interpretando uno de sus famosos Nocturnos para piano. No se detiene en el por qué ni se regodea en escabrosos espectáculos de seres deformes postapocalípticos. Ahonda más bien en el para qué.
Noto a Maribel Romero más seria de lo habitual en esta novela. Sus clásicos golpes de humor son más discretos. La historia, supongo, exigía un tono ronco que no anticipara su desenlace. Me gustaría que Árboles de Ceniza nunca se hiciese realidad. Si tenemos que destruir algo, que sea el defecto de no perdonar.
miércoles, 28 de febrero de 2018
LOS AMANTES PASAJEROS
Los cuernos han inspirado a escritores desde Flauvert a Millás. Faltaba una perspectiva —aunque no original, siempre novedosa— de la mujer frente al fenómeno. Supongo que Raquel López pensó que Amantes amados (Círculo Rojo, 2013) era el medio idóneo para llenar ese vacío.
A esta cuentista profesional lo único que le asusta es morir de aburrimiento. Y de él nos libra, con su particular sentido del amor, en los casi treinta cuentos que componen su primer libro. La influencia de la oralidad se refleja en el gusto por los paralelismos y las repeticiones, que dotan a la narración de un ritmo y una musicalidad envidiables.
En estas páginas escritas para ser contadas, el lector encontrará el romanticismo del primer amor y la madurez de saber lo que uno quiere en los cuentos «El almacén» y «Certezas». La escritora también ironiza sobre la pérdida de la pasión en «Con el diccionario en la mano» y sugiere mucha rehabilitación para algo más que un simple tobillo. No deben perderse el renacer a una religiosidad new age bastante ligera de cascos. Así, en la divertida «Reflexiones de una creyente», una mujer despierta a una nueva fe que le impulsa a cepillarse solo a señores cuyo nombre aparezca en el santoral. Por cierto, los hombres de Amantes amados carecen de conciencia doméstica y se mueren por echar un polvo. Las mujeres andan sobradas de conocimiento, pero les encantaría perderlo en «Vegetarianos». Sobre lo de enamorarse, Raquel López aclara: una buena amante debe hacer todo lo posible para que el marido vuelva con su esposa.
Algunas veces los amantes pasajeros se quedan. En «El huésped de la maestra», el más sentido de la colección, la diferencia de edad no es obstáculo para que una relación funcione. El adulterio —entendido como traición a las buenas costumbres— solo existe en la mente retorcida de los demás: «El camión arrancó con estruendo e hizo sonar la bocina para que no quedara vecino sin enterarse. Se iban. Se marchaban. Juntos. A pesar de todos. Sin atender a nadie».
Cualquier día, en una biblioteca o un café, Raquel López te lanzará la pregunta de si prefieres ser amado o amante. No le des más vueltas. Nada mejor que querer y que te quieran.
jueves, 22 de febrero de 2018
LA TIMIDEZ
«Vamos, no seas tímido. Sácame a bailar», dijo la pelirroja delante del espejo.
FINALISTA en el concurso Cuenta 140 de El Cultural.
miércoles, 14 de febrero de 2018
CARPE DIEM
El
alto dijo:
—¿Nos hacemos unas pajillas?
Aquello pilló desprevenido y bajo de
moral al chico. Nadie le había propuesto algo así en la vida, y menos su mejor
amigo.
—¿De qué hablas?
El alto señaló un bote de lubricante
que alguien, con las prisas, se había dejado abierto la semana anterior.
—Estábamos contando nuestros líos de
faldas y he pensado: a la mierda, ¿para qué esperar horas, días, semanas?
—Porque las queremos, ¿te parece
poco?
—Hemos nacido para adorarlas, para
juguetear con ellas, para ensartarlas a lo Vlad Tepes… pero yo ya estoy harto
de esperar. Tanto que se habla de la emancipación de la mujer con respecto al
hombre, ¿para cuándo lo contrario? Te contestaré sinceramente: nunca. Y te diré
por qué: no hay unidad entre nosotros.
—¿Y qué me dices de ellas? ¿No se
darán cuenta de que nos traemos algo entre manos?
—No lo notarán. Mientras cumplamos
como un reloj suizo, seremos libres de hacer lo que nos plazca en nuestros
ratos libres. Por fin nos habremos emancipado de su oscuro poder de seducción.
—No te engañes; a mí me gustan las
tías.
—En eso estamos de acuerdo, pero
ahora dejémonos de filosofía y venguemos a nuestros antepasados. Imagínate a todos los hombres que nos jalearán desde el más allá: carpe diem.
—Maricones, vocearán más bien.
—Este es un país de envidiosos.
Una hora después, el alto lo
zarandeó brutalmente. El bajo despertó de un sueño en el que era usado por una
mujer con bigote. Su congénere tenía el horror pintado en el rostro.
—No somos amigos ni maricas. ¿Puedes
explicarme qué somos? —dijo a punto de echarse a llorar.
—¿Qué te ocurre? ¿Te entró el
remordimiento?
—Me entró la duda.
Ella llegó agotada y aquella noche
se acostó enseguida, olvidando sin el mínimo pudor a aquellos amantes guardados
en el armario. Nadie los echaría de menos a la hora de dormir. Nadie soñaría
con ellos.
—¿Qué somos? —repitió como un
lamento.
—Consoladores, querido —le tranquilizó el bajo—. No te hagas pajas mentales.
Inédito de Vareando Nubes
Atlantis, 2012
miércoles, 31 de enero de 2018
31 DE DICIEMBRE

Iba a ser una Nochevieja más. Aquella mañana, mientras mis hijos patinaban como patos mareados en la pista de hielo, yo tenía la impresión de haber vivido aquello. Alfonso y Clara repetían con la sensación frustrante de que nunca dominarían aquel deporte si lo practicaban de año en año.
Un malestar creciente se fue apoderando de mí. El dolor empezó a subir desde el testículo izquierdo hasta el abdomen como un latigazo de hielo. Aún pude llegar a casa sin que en mi cerebro saltase la alarma, convencido de que se pasaría. No tardé nada en visitar Urgencias.
Por fortuna, allí no había un alma. Escoltado de cerca por mi mujer y mi suegro, me movía como si buceara en líquido amniótico. Afuera, la carrera de San Silvestre se burlaba del frío manchego. Ahogado por la desazón, le conté al médico de guardia lo que me ocurría.
La tarde pasó en un duermevela cuyo despertar suponía el regreso de un dolor indescriptible, seco, inagotable. Mi mesilla de noche estaba cubierta de medicamentos de colores chillones. No comí nada en todo el día. Apenas bebí un par de tragos de agua. De vez en cuando, mi familia me visitaba con sigilo de jaguar. Yo, que sentía alivio en completa oscuridad, apenas divisaba bultos. Sin embargo, sus voces me llegaban alto y claro. Recuerdo perfectamente que escuché a Alfonso decir: «Papá, faltan diez minutos para las campanadas». Me había prometido acompañarles —yo que siempre había odiado la costumbre de comer las uvas—, pero no tuve ánimo.
A las tantas de la madrugada, el dolor me dio un breve respiro. Iba de pastillas hasta las cejas. Comí unas tostadas con aceite y sal que me supieron a gloria. Estuve hablando con mi mujer —que se caía de sueño— no sé cuántas horas, víctima de la incontinencia verbal de quien acaba de despertar de una pesadilla.
En Año Nuevo, seguía partido en dos por el dolor pero vivo. No salí a la calle, apenas probé bocado y estuve en cama como si me hubiera corrido una juerga espantosa. Hasta mi imagen en el espejo huía.
El regreso a Alicante en coche me hizo ver estrellas, galaxias y algunas constelaciones, pero estaba exultante de volver a casa. Al día siguiente, la médica de cabecera ofreció un diagnóstico más certero. Sentí que me daba una sonora palmada en el culito. Entonces arranqué a llorar. Los dolores de este parto sin epidural llamado cólico nefrítico han cesado paulatinamente; no así la extraña sensación de que me he parido a mí mismo. Por algo soy autónomo.
miércoles, 24 de enero de 2018
EL SEÑOR (14)
Nuria y yo, las dos en albornoz, observamos al hombre que ocupa un
sillón junto a la chimenea de la suite presidencial.
—Pido disculpas por
el truco del cava, pero nunca creí que lo echaría tanto de menos —dice
invitándonos a tomar asiento en nuestro propio sofá.
Lo hacemos
lentamente, sin apartar la mirada del tipo más buscado de España. Hace un
instante, ante nuestra estupefacción, se ha quitado una barba postiza con la
que emulaba a un hípster. Con mucha educación, Nuria le ha preguntado si el
cabello también era sintético.
—Sé los rumores que
circulan por ahí. Es pelo auténtico. Estira, estira si no te lo crees —ha
invitado mientras agachaba la cabeza.
Tanta simpatía me ha
escamado, pero no he querido romper el momento mágico en que Nuria comprobaba
la solidez capilar de Puigdemont. Tras acabar la inspección, el expresidente de
la Generalitat me ha hecho señas por si yo también quería tocar.
Ahora, para rebajar
la tensión de no saber qué demonios quiere de nosotras este político huido a Bélgica
desde la declaración de la república catalana, bebemos whisky con hielo. Chivas
para más señas. No he encontrado nada de comer.
Se rasca la
coronilla, carraspea y dice: «Tu cara está en todos los periódicos, pero la de
ella no». Me encojo de hombros.
Nuria le anima a
continuar llenando su vaso hasta el borde. Reconoce su delicada situación, le
echa la culpa a un gobierno represivo y totalitario. En un acceso de euforia se
levanta y empieza a cantar Els Segadors.
Después del numerito,
dice: «Alguien de mi absoluta confianza me ha informado de que podéis
desaparecer… Yo solo necesito ser investido presidente. Con un rato de
invisibilidad, me basta. Ofrezco la vicepresidencia de mi república».
Nuria me guiña un ojo. Entonces, sonrientes, le arrancamos un mechón cada una. Y desaparecemos en sus narices.
miércoles, 17 de enero de 2018
EL SEÑOR (13)

Después del golpe al banco, recibo una llamada de Pedro en la que
pregunta si me he vuelto loca. Como no comprendo nada, dice que conecte la
televisión.
La chica del
telediario relata con voz monocorde el robo. Ha sido perpetrado por una mujer
de unos treinta años que, luego, ha desaparecido como por arte de magia. Se
cree, por el testimonio de uno de los cajeros de la sucursal, que tenía una
cómplice. Misteriosamente, la cámara de seguridad solo ha registrado a una
persona.
—Tu cara es portada
en todos los periódicos —reprocha Pedro con tono lúgubre de sepulturero—. No me
extrañaría que la policía se os echara encima de un momento a otro.
—Lo sé y lo siento.
Necesitábamos pasta.
Durante unos
instantes, mi marido calla mientras tomo un baño relajante en el jacuzzi de una
suite presidencial. Nuria está frente a mí cubierta de espuma, la cabeza echada
hacia atrás y los ojos cerrados.
—Hay formas cojonudas de hacer las cosas sin llamar tanto la atención —se lamenta.
—Puede, cariño, pero
olvidas un detalle —digo con la ironía de quien empieza a no temer a nada ni a nadie—. Aquí donde nos ves, ya no somos dos mujeres
indefensas. Ahora somos invisibles. Tranquilo, no nos pasará nada.
Tocan a la puerta.
Decido no despertar a
Nuria de su plácido sueño de espuma. Salgo del jacuzzi, me pongo el albornoz,
cuelgo el móvil. Entonces caigo en la cuenta de que hemos pedido que no se nos
moleste bajo ningún concepto.
«¿Quién es?», pregunto con un leve temblor de voz. «Una botella de cava obsequio del hotel», recita el supuesto botones. Entreabro la puerta y me asomo conteniendo la respiración.
sábado, 6 de enero de 2018
jueves, 21 de diciembre de 2017
NAVIDAD ENTRE AMIGOS
Hará unas pocas semanas, Neogéminis me propuso participar en un christmas conjunto. El único requisito consistía en aparecer con una foto de cuando éramos niños. La iniciativa me pareció tan simpática que decidí colaborar. Fue divertido pedirle a mi madre —porque ellas siempre guardan esas cosas— una instantánea raída por el tiempo. Me preguntó, al cabo de un rato, para qué la quería. Me hice el despistado. Pensé luego, en la soledad de mi despacho, que la Navidad es como ese niño que ya no reconocemos en las imágenes del álbum familiar. Encontrarlo es el reto. También el vuestro. Os propongo que me encontréis en la tarjeta. Quien acierte, recibirá por correo un relato inédito con dedicatoria de mi puño y letra.
Hasta la vista, mirones.
sábado, 16 de diciembre de 2017
PAREDES DE PAPEL
domingo, 10 de diciembre de 2017
REVELACIÓN
Dos viejos amigos se encuentran por la calle, y uno le dice a otro:
—He bajado a Alicante a comprar té.
—Pues aquí me tienes, ladrón.
—Pues aquí me tienes, ladrón.
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