Dos bandas rivales se reúnen bajo una carpa situada en el centro de un estadio de fútbol desierto. Sus jefes, Pazos (Manuel Manquiña) y Fátima do Espíritu Santo (María de Medeiros), se enzarzan en una pelea dialéctica que no conduce a ninguna parte. Por culpa de una simple mosca, estalla una sangrienta masacre. Supongo que les sonará. Es una de las secuencias míticas de la película Airbag (Juanma Bajo Ulloa, 1997). Hay una tarantiniana escena de la novela Un elenco de perros (Playa de Ákaba, 2018) donde los personajes también se lían a tiros en el Madrid de los años cincuenta. Así reparte —y no precisamente papeles— el último libro de José Payá Beltrán, un homenaje no disimulado al teatro. Pero empecemos por el principio.
El
dramaturgo Antonio Gil Valdés lleva veinte años en la cárcel de Carabanchel. La
muerte de Franco le empuja a coger de nuevo lápiz y papel para narrar los
hechos que desencadenaron su entrada en prisión. Uno de sus primeros —y
dolorosos— recuerdos es para la hermosa Claudia Salcedo, una actriz sin
escrúpulos que maneja a los hombres a su antojo. Dos matones al servicio de don
Antonio Hidalgo, el amante de Claudia, irrumpen en la pensión del comediógrafo
y le convencen a guantazo limpio para que la actriz actúe en su próxima obra.
Sus males no acaban ahí: Gil apenas tiene dinero y, para colmo, ha perdido la
inspiración. Su suerte parece cambiar cuando recibe la tentadora propuesta de
unirse a una conjura de autores teatrales contra el dictador.
Podría
contarles más de este Lazarillo de Tormes llamado Gil, pero seguramente ya se
habrán enamorado de él. Rezaba el título de una canción de Morcheeba:
«Everybody loves a loser». Solo añadiré que perdedor no implica tarugo. Al
contrario. En un ejercicio de metaliteratura, él mismo explica que va a
alternar el uso de la primera y la tercera persona en su novela, esta última
para narrar aquello que no vivió personalmente. De esa forma, el lector posee
toda la información para encajar las piezas y los personajes solo una visión parcial
de la realidad.
Apelo
a mi amistad con el escritor para que no se tome a mal lo que voy a decir: Un
elenco de perros me parece una gamberrada muy bien escrita. Uno siente el
regocijo secreto de la buena literatura en pasajes como «Secó la taza de café
de un trago» o «La puerta se abrió antes de que llegásemos, y una herida
luminosa procedente del interior dibujó el sendero que nos permitió llegar
hasta la casa, como un camino de baldosas doradas». Además de placer estético,
la novela destila un humor fino y, a la vez, disparatado que llega a su punto
más álgido cuando Gil tunea el discurso que pronuncia el Caudillo en la
inauguración del Valle de los Caídos. Una maravillosa barbaridad.
El
asiduo lector de José Payá —un servidor lo es— no se sentirá defraudado con Un
elenco de perros. Encontrará en el gusto por los mensajes subliminales guiños
a otras novelas del autor como, por ejemplo, Destilando Fantasmas. También hallará referencias veladas a
dramaturgos de la talla de Alfonso Paso o Antonio Buero Vallejo, citas de Saramago
e, incluso, un amor por el mamporro propio de Mortadelo y Filemón. Porque
seamos serios: la risa es el arma más poderosa que existe, ha existido y
existirá.
Intrigante..., aunque eso no es nada nuevo tratándose de José Payá. Y esto me recuerda una conversación que mantuve ayer con el joven alicantino que me despachó una pomada antihemorroidal: el chico se sorprendió mucho al comentarle que en la provincia hay muchos escritores talentosos, solo que hay que buscarlos fuera de los grandes tabloides.
ResponderEliminarUn abrazo.
Pepe siempre ofrece buena literatura, algún muerto que otro, intriga y diversión. En cuanto a tu amigo el de las hemorroides, igual podríamos montar una tertulia literaria en la farmacia.
EliminarUn abrazo.