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sábado, 14 de febrero de 2015

DONDE HABITE EL ALZHEIMER























        
     En la cola para pagar del sex-shop me encuentro a Olvido.
     Al principio no la reconozco; han pasado ya seis meses desde que me diera clases de poesía española, un curso gratuito organizado por el Ayuntamiento.
     Ella sí me reconoce, aunque noto en su sonrisa algo artificial, como una parálisis del gesto. El mío debe de ser idéntico.
     Y es que no es para menos. Nos hemos pillado. Nos azoramos. Ella lleva en la mano dos o tres consoladores de diferente tamaño. Yo, una caja de preservativos comestibles.
     Nos damos los habituales ósculos y a ella se le cae uno de los consoladores al suelo. Lo recoge inmediatamente como si fuera una rata y sonríe nerviosamente mientras reprende a su torpe mano con mirada asesina.
     —¿De compras? —digo lo primero que se me ocurre metiendo la pata.
     —Ya ves, la poesía no lo es todo —responde ella agarrándose a la tabla salvavidas de la literatura.
     Se produce un silencio incómodo.
     —Tú también, ¿no? —contraataca la profesora.
     —A mi pareja le gustan —vuelvo a meter la pata.
     Olvido está viuda. Lo comentó enredada entre versos encendidos en más de una ocasión y en más de dos. Señal de que lo había superado. O tal vez no.
     —No te voy a decir aquello de «Juventud, divino tesoro…», pero, jo, qué envidia… dos cuerpos sudorosos, entrelazados… uf, lo pienso y me pongo mala.
     —No te creas, a veces se echa de menos…
     —¡Venga ya!, no me vengas ahora con remilgos.
     —Es cierto, por eso me apunté al curso de poesía. A veces uno siente la necesidad de algo espiritual, trascendente, puro. Y como no soy creyente ni religioso…
     —Yo te cambiaba mi papel en la función ahora mismo.
     —Mi novia es una lolita caprichosa e insaciable. Me roba los minutos de una forma obscena. No tengo tiempo más que para servirla. Es una tortura. La juventud es una tortura.
     —No digas eso. Mi novio es una noche sin dormir y otra y otra, presa de horribles calenturas que apago con fuego. Y encima estoy perdiendo la memoria.
     —¿A qué te refieres?
     —¿Recuerdas el poema de Cernuda? Solía llamarlo chistosamente Donde habite el Alzheimer, en referencia a la paz que persigue el poeta. A mí me ocurre justo lo contrario. Quiero guerra. Necesito guerra. Ya no tengo recuerdos de piel real, sólo una extraña película pornográfica que cada vez me satisface menos.
     —Entonces, ¿por qué esa clase de artilugios que llevas en la mano? —dije ya completamente envalentonado.
     —A veces a falta de pan…
     —… buenas son tortas —completé y soltamos una carcajada.
     Ahora los sex-shop ya no se esconden en las cloacas del deseo ni en el ataúd del vampiro de la Hammer. Ahora son oasis celestiales donde beber el agua de la fantasía en medio del infierno comercial.
     La caja registradora con su única dependienta ya no queda lejos. Nuestras últimas rivales son dos jovencitas cargadas de juguetes. Hablan de ellos como si fueran zanahorias y pepinos. ¡Qué envidia! Quizá se proponen organizar una reunión de amas de casa, quizá una verdulería del amor.
     Tras la erótica compra, nos separamos, no sin antes prometernos un montón de cafés que jamás tomaremos juntos. Probablemente, sea la última vez que nos veamos. Pero recordaremos este encuentro con una sonrisa. Sobre todo después de comprobar que, por hablar distraídamente o por confiar en una dependienta con gafas de culo de vaso, ella disfruta ahora de mis condones comestibles y yo de sus consoladores fosforescentes.


Atlantis, 2012

jueves, 4 de diciembre de 2014

LA CARRETERA

















     El niño se había quedado impresionado.
     No sólo porque era veinticuatro de diciembre y los obreros seguían trabajando a las diez de la mañana para terminar la carretera, sino principalmente por ese material de luto que utilizaban.
     Él creía en los Reyes Magos, desde luego, pero jamás había visto una cantidad tan grande en manos de tan poca gente. Así que dejó a un lado su timidez y se puso a observar descaradamente a uno de los obreros, un sudamericano.
     El hombre estaba muy moreno y tenía cara de pocos amigos. Sin dejar de extender el alquitrán con una escoba, le preguntó con ironía:
     —¿Qué pasa, muchacho? ¿Te has perdido? ¿Buscas a tu papá?
     —No, señor —respondió.
     —Entonces, ¿qué quieres? Tengo mucho trabajo. El patrón dice que o acabamos esta carretera o nos quedamos sin día de Navidad.
     —Toma —dijo el niño tendiéndole su osito de peluche.
     —Te lo agradezco mucho, pero...
     —Es mi juguete preferido.
     —¿Qué pasa, niño? ¿Me ves cara de necesitar limosna o qué? —dijo enfadándose el obrero.
     —Acépteselo —intervino un hombre de mediana edad que pasaba por allí—. No todo el mundo hace un regalo así, y menos en Navidad.
     —Es que no lo comprendo —se defendió el obrero.
     —No hace falta comprenderlo.
     Y el obrero se quedó con el peluche.
     A la mañana siguiente, la madre vio al niño un tanto aburrido y le preguntó por el osito de peluche.
     Éste respondió que se lo había regalado a un señor que estaba haciendo una carretera. Una gigantesca carretera de carbón.
     —¿De carbón? —se extrañó la madre.
     —Deben de haber sido muy malos para recibir tantísimo carbón —añadió el crío pensativo.

Publicado en la revista Alicante Opinión.

Vareando Nubes

Atlantis, 2012

miércoles, 7 de mayo de 2014

LA FIESTA














   
     —Venga, cariño, arriba —dijo la madre subiendo la persiana del dormitorio.
     —¿Qué hora es, mamá? —contestó frotándose los ojos.
     El reloj marcaba las siete de la mañana. A las once era la ceremonia. El tiempo justo para arreglar a la niña.
     —Es tu gran día. ¿Qué más da la hora que sea?
     Adela quería que su hija tomara la Primera Comunión hiciera sol o cayeran chuzos de punta, por imposiciones familiares más que por convencimiento. A Paco le daba lo mismo, así que no se opuso.
     Blanca se dejaba peinar con la mirada perdida en el vacío. Pronto ese vacío se llenó de muñecas a las que estaría abrazando, de casitas que estaría pintando, de consolas a las que estaría jugando si no fuera por esa dichosa fiesta. Su primera cita con Jesús.
     Era guapo ese melenas, pero no entendía el sentido de embutirse horas y horas en un vestido blanco para hacer algo tan simple como comer un trozo de pan. Añoraba sus pantalones vaqueros.
     El ordenador de sus padres estaba encendido. La oportunidad ideal para revolver en sus cosas cuando la pesada de turno se cansara de arrancarle la cabellera como un Sioux.
     Sonó el móvil.
     —Ahora vengo, cariño, no te muevas, ¿vale?
     Blanca tuvo que admitir, tras un breve examen, que su padre no guardaba oscuros secretos entre sus archivos. Ni siquiera pequeños deslices, como alguna foto comprometida de la adolescencia. Sólo informes incomprensibles para la oficina. En cuanto a su madre, todo eran recetas de cocina.
     Hasta que se dio de bruces con algo que la marcaría para siempre.
     Adela regresó con los nervios a flor de piel tras recibir una llamada del restaurante en la que le comunicaban una ligera subida en el precio acordado. Retomó el peinado de su hija con tal violencia que le arrancó un grito estremecedor y varios mechones de pelo.
     —La vas a dejar calva —saludó Paco mientras se repantigaba en el sofá con un periódico.
     —No me hables, no me hables —replicó Adela—. Estoy que echo humo. Mientras tú vives como un rajá, yo tengo que lidiar sola con este infierno.
     Entonces fue cuando Blanca se levantó de la silla, miró a su madre como si fuera a quitarle el peine y dijo:
     —Quiero que me maquilles.
     Pidieron que lo repitiese, aunque la habían oído con claridad cristalina. Era para asegurarse de que estaba loca.
     —Que quiero que me maquilles. Como la niña de la foto.
     —¿Qué foto? ¿Qué dices?
     —La de tu cartera, papá.
     Las mejillas del hombre ardieron. Por la mente de Adela cruzó el fantasma de que su marido fuese un depravado, uno de esos cerdos que se excitan con fotos de chiquillas desnudas.
     Entretanto, Blanca sacó tranquilamente la foto del bolsillo y se la pasó a su madre.
     —¿Ves? Me encanta cómo va maquillada esta niña. Quiero lo mismo.
     —¿Qué clase de broma macabra es ésta? —dijo Adela recuperando la confianza en su marido y perdiéndola definitivamente en los hombres.
     —A mí me gustaría saber quién te ha dado permiso para registrar carteras —la riñó Paco.
     —Te la dejaste abierta…
     —Abierta, ¿eh? ¿El cajón también estaba abierto?
     El silencio fue elocuente.
     Con signos de estar a punto de sufrir un ataque de nervios, Adela suplicó al rajá que hablara con ella. Blanca se negaba a tomar la Primera Comunión si no le consentían su capricho. Era tozuda como una mula. Y, encima, se creía mayor.
     Paco se sentó en el lecho. Acarició su cabeza, que descansaba como una mina sobre la almohada, despeinándosela adrede.
     —No entiendo por qué ella sí y yo no —refunfuñó.
     —Es muy sencillo. Esa niña no va a tomar la Primera Comunión.
     —¿Cómo que no? —le miró incrédula.
     —Es de veras.
     —Pero lleva un vestido idéntico al mío.
     Aún hoy, cuando recuerda aquel día, Paco se pregunta por qué no inventó cualquier cuento. Era el camino más fácil.
     —Blanca, mira la foto con atención, ¿no ves nada raro?
     —Sí, ahora que lo dices, no veo a ninguna mamá. A todas esas niñas las llevan sus papás de la mano. Incluso a la maquillada.
     —¿No las notas un poco… asustadas?
     Todavía se estremece al recordar cómo la pieza que faltaba en el puzle no acababa de encajar en la cabeza de su hija. Y él sudando sangre para no traumatizarla el resto de sus días.
     —No son sus papás.
     —Cállate —intervino Adela—. Prefiero que no tome la Comunión a que se entere de la mierda de mundo en que vive.
     —Quizás debería saberlo para actuar —se defendió el hombre.
     —¿Actuar? —dijo sarcástica.
     Blanca, aburrida de los rodeos de sus padres, mostró el reloj. Eran las once menos cuarto. Ahora los niños asustados eran los mayores.
     —Decía, hija, que no son sus padres.
     —¿Sus primos? —preguntó con ingenuidad.
     —Sus novios. Van a casarse con ellas.
     Paco sintió alivio al soltarlo. Era un perro que le estaba mordiendo desde el día en que contempló la foto. Blanca imitaba la que debía ser su expresión: la de un payaso descorazonado.
     —Pero… ellas son… sólo son…
     —Unas niñas.
     Afortunadamente, Blanca tomó la Comunión, con flor en el pelo y ligeramente maquillada. Parecía feliz, riendo con sus amigos, comiendo pastel, manchando el vestido inmaculado de barro.
     Pensaron que lo había olvidado todo.
     Una tarde salían de unos grandes almacenes. Sus padres le regalaban su primer sujetador.
     Había tres chicas en la parada de autobús. Pretendían demostrar que eran mayores con zapatos de tacón, trajes ceñidos y una gruesa capa de polvos de talco.
     —¿Recuerdas el día que quisiste pintarte? —bromeó Adela, pero enseguida se arrepintió.
     Paco presintió que la niña maquillada de la foto cobraba vida. Gritaba que no quería ser mayor, que hubiera matado por un ratito más con sus muñecas. Y entonces se alegró de haberle contado la verdad.
     Blanca se plantó delante de ellas y dijo:
     —¿Adónde creéis que vais? ¿A una boda?
     Las chicas se miraron extrañadas y, dándole la espalda, siguieron hablando de sus cosas.

Atlantis, 2012

sábado, 16 de marzo de 2013

TE QUIERO, TÍO

 
     La última vez que a Carlos se le ocurrió estrechar lazos con su padre, no fueron a pescar como siempre.
     Fueron al cine.
     Carlos estaba harto de que sus aficiones no se tuvieran en cuenta a la hora de escoger la actividad a compartir. A él lo que le apasionaba era el cine. En los últimos años podían contarse con los dedos cortados de una mano las veces que padre e hijo habían quedado a pasar la tarde, y siempre le tocaba ver un partido de fútbol o salir a pescar. Pero ya estaba bien. Aquel abuso se iba a terminar. Se lo expuso de manera sucinta:
     —Papá, es gratis.
     —De acuerdo, hijo.
     La semana anterior, la mujer de Carlos había ganado un par de entradas por la compra de productos de cosmética. En realidad, por ese precio le podían haber regalado perfectamente un viaje a la luna.
     El primer escollo estaba salvado. El segundo acababa de empezar. Había que elegir película. El vestíbulo del cine estaba atiborrado de palomitas humanas, una de esas raras especies que se forman por mutación. Mastican ruidosamente, y jamás se enteran de la película. Un sudor frío recorrió la espina dorsal de Carlos cuando su padre hizo el siguiente comentario:
     —¿Es que esta gente no cena en su casa?
     —Deja en paz a la gente y dime qué quieres ver.
     El veterano en miles de batallas, surcada la frente por arrugas más profundas que el infierno, no tuvo más remedio que reconocer que un miserable folleto con la programación de quince salas le estaba venciendo.
     —¿Es que en este cine no echan películas de Pajares y Esteso?
     Carlos supo entonces que se había equivocado al arrastrarle al cine, que había sido un capricho infantil, pero ya era tarde para echarse atrás. Tendría que decidir él por los dos.
     —Aquí hay una película interesante. Una comedia.
     —Ni hablar.
     —Pongámonos a la cola, y mientras tanto decidimos.
     La cola, en otros tiempos eterna, se disolvió rápidamente y la cajera les taladró con la mirada. Carlos y su padre no se ponían de acuerdo.
     —¿Es de maricas?
     —Trata sobre la amistad entre hombres.
     —No sé, no sé…
     —Otro día vemos una de Pajares y Esteso, que hay prisa.
     Carlos, sin saberlo, estaba vengándose por todos los partidos de fútbol y las tardes de pesca. Necesitaba salirse con la suya. Su padre cedió a regañadientes.
     —Porque tenemos entradas gratis, que si no… Dos butacas, señorita.
     —¿Para qué película? —dijo la cajera aún más fastidiada ante la visión de aquellos vales.
     —«Te quiero, tío» —anunció satisfecho Carlos.
     —¿No será de maricas? —repitió angustiado el hombre, ya dentro de la sala de proyección.
     Aquella era la película ideal para ver con un padre de cincuenta, pero no con uno de setenta. Lamentablemente, los padres no se eligen. Carlos suspiró. Su mente voló, con treinta años largos, a otra sala de cine con un hombre más joven que le abrazaba a la luz de la oscuridad. Tenía seis años. Era el estreno de «Superman».
     Se espabiló gracias a un antropófago de las palomitas. Sin querer, Carlos había echado una cabezada. Demasiadas emociones. En la gran pantalla, dos tipos en plena cogorza renegaban de las mujeres. Al reparar en la butaca vacía, no se angustió, pues su padre toma cierto medicamento que dispara las aguas menores. Empezó a inquietarse al cabo de un cuarto de hora.
     Salió al vestíbulo desierto con aire de niño perdido. Carlos interrogó a una azafata extranjera. No recordaba haberle visto acompañado, y menos por un viejo testarudo. Registró los aseos. Incordió en todas las salas de proyección. Se lo había tragado la tierra.
     Estaba a punto de abandonar el edificio, amasando rabia por la posible huida de su padre al sofá de casa, prometiéndose que no le perdonaría jamás, cuando su mirada descendió por unas escaleras que antes no estaban allí. Sería, con toda probabilidad, un almacén subterráneo.
     Oyó gemidos y temió la existencia de una secta satánica que operaba en los sótanos de los cines. ¿Quién se iba a enterar de sus misas negras, de sus sacrificios sangrientos, de sus orgías sin fin? Sintió más curiosidad que prudencia. A medio tramo de escalera, escuchó con atención. Lo que allá abajo se estaba cociendo era una barbaridad. Y a juzgar por las risas, de las gordas.
     Carlos empujó la pesada puerta, que más bien parecía el portón de una mazmorra. La gente allí reunida no se refocilaba por los suelos enmoquetados ni usaba prendas sadomasoquistas. Reconoció al instante la película y a su padre sentado en primera fila. Era «Yo hice a Roque tercero». Un acomodador le condujo, linterna en mano, hasta su asiento.
     —¿Ya te has despertado? —dijo a modo de disculpa—. Pensé que un terremoto no te afectaría. Estabas roncando, te lo aseguro.
     —Podrías haber avisado —reprochó Carlos.
     —Volvía del baño, cuando reparé en las escaleras que tú has recorrido hasta encontrarme. Creí que no te despertarías. Y ahora calla, déjame ver la película.
     —Promete que no volverás a abandonarme.
     —¿Cómo?
     —Lo que has oído.
     —Yo no te he abandonado.
     —Peor que eso. Lo has hecho sin que me diera cuenta.
     —¿Es que no vas a dejarme en paz nunca? Quiero ver la maldita película. Haces una montaña de un grano de arena.
     —Soy tu hijo, ¿recuerdas?
     —Muy bien. Tú lo has querido. No te dejaré ni a sol ni a sombra. ¿Estás contento?
     —Promételo.
     —Lo prometo.
     Carlos abrazó a su padre, y no pudo evitar primero una sonrisa, luego una carcajada. No era por la película. Era que por fin, después de tanto esfuerzo, estaban haciendo algo juntos. Aunque fuera lo de siempre.
     —¿A que la mía era mejor que la tuya? —preguntó a la salida del cine, orgulloso de su elección.
     —No lo sabremos nunca —respondió Carlos.
     —Otro día volvemos, no te preocupes.
     Ahora Carlos no puede quitarse de encima a su padre. Desde que descubrió la filmoteca, y sobre todo los descuentos para jubilados, se ha aficionado tanto al cine español que no quiere saber nada de pescar. La semana que viene proyectan un ciclo sobre Joselito. Ya ha adquirido un bono por diez películas.
     A las puertas del cine, presume ante su hijo:
     —Ahora no dirás que no hacemos nada juntos, y encima lo que a ti te gusta.

Vareando nubes
Atlantis, 2012

martes, 19 de febrero de 2013

LOS PUNTOS SOBRE LAS ÍES

 #Dedicado a Liuva

     Rosa encendió la luz del cuarto de baño. Eran las siete de la mañana. Una voz familiar le advirtió del peligro.
     «Escapa ahora que puedes. Vete lejos. A un lugar concurrido. Él está a punto de despertarse. Y entonces ya sabes lo que va a ocurrir.»
     «¿Adónde? No hay escapatoria. Él me encontraría aunque me escondiera en los confines de la tierra.»
     «Pues vuelve a la cama. Sigue durmiendo. Tómate un frasco entero de pastillas.»
     «Lo siento, tengo que trabajar.»
     Lentamente, Rosa se fue desnudando para darse una ducha. El agua estaba un poco fría y eso la reconfortaba.
     Cuando se quitó el albornoz para vestirse, no pudo evitar que su barbilla descendiera y su vista se posara en la cicatriz.
     El pecho fantasma la saludó entonces con su habitual tono de burla:
     «Hace un día espléndido para ir a la playa, ¿no crees?»
     «Quizás el domingo.»
     «¡Venga ya! No me hagas reír. El verano pasado no te pusiste el bañador ni una sola vez.»
     «Los médicos dijeron…»
     «No dijeron un carajo. Estás curada y tú lo sabes.»
     «Era demasiado pronto.»
     «Me temo que siempre va a ser demasiado pronto para ti, querida.»
     «Bueno, bueno, no me atosigues. Necesito pensarlo.»
     «No hay nada que pensar. No te estoy pidiendo que hagas topless. Sólo un par de capuzones.»
     «Seguiremos esta conversación en otro momento. Ahora tengo que vestirme urgentemente. Se me hace tarde.»
     El pecho fantasma no la dejó vestirse en paz, sino que le regaló el oído con la segunda cinta rayada del día:
     «No soporto ese sujetador de relleno. Me tiene frito.»
     «Yo tampoco, pero es estético.»
     «¿A quién coño le importa la estética? ¿Es que nunca has visto un pase de modelos? Desfila una joven esquelética con una hoja de parra cubriéndole sus partes pudendas, y a eso lo llaman creatividad.»
     «¿No querrás que alguien note…?»
     «Dilo. Anda. No te cortes.»
     «No pienso decirlo.»
     «Yo lo diré por ti. Que alguien note que estás horriblemente mutilada.»
     «¿Y qué? ¿Algún problema?»
     «Me preocupo por ti. Eso es todo.»
     «Mira, te conozco de sobra. Yo te importo un comino. Lo que pasa es que el sujetador te impide decir lo que te da la gana. Y a los bocazas como tú eso les revienta.»
     Dicho esto, Rosa se abrochó el cierre del sujetador y el pecho fantasma se puso a rezongar como un marido despechado.
     «Así está mejor. Calladito estás más guapo.»
     A la mañana siguiente, ella no esperó a que él iniciara su infantil retahíla de quejas y reproches. En cuanto abrió la boca, le puso los puntos sobre las íes.
     «No pienso ir a la playa ni quemar el sujetador de relleno. Al menos, hasta que no llegue tu sustituto de silicona. Va siendo hora de que busques otra tonta a la que fastidiar.»
     Durante unos instantes, la callada por respuesta. Una mosca zumbona se posó encima de un grifo que goteaba sin descanso. Rosa no pudo evitar que, antes de enmudecer dos o tres días, el pecho fantasma le escupiera:
     «Puta.»


Atlantis, 2012

miércoles, 9 de mayo de 2012

CUENTA ATRÁS




     Apenas mis pies aterrizaron en la moqueta como exiliados de la soledad del asfalto exterior, una señorita dijo por megafonía:
     —Estimados clientes, les informamos de que FNAC Alicante cerrará sus puertas a las 21 horas. Disponen de treinta minutos para realizar sus compras. Gracias.
     «Treinta minutos son una eternidad», me dije. Y seguí paseando mi tarde ociosa por la vastedad de la tienda. Nadie compraba. Todos miraban. Era una diversión absurda. Me pregunté: «¿Por qué abrirán los domingos? ¿No es una tortura para sus trabajadores? ¿No es un gasto de luz innecesario?». Imaginé a lo que dedicarían esos empleados el precioso tiempo que malgastaban. Calculé que el índice de natalidad no aumentaría gran cosa si tenemos en cuenta los métodos barrera, pero el índice de felicidad se duplicaría. Los lunes nos despertaríamos en estado de gracia: ellos por haber descansado, nosotros por no haber perdido el tiempo. Menos insultos al volante, menos atropellos a la dignidad humana. Acabaríamos con las caras agrias, con los derrames de bilis retenida. Sólo con un día libre. Sospeché la razón de que los dependientes nunca estén en sus puestos. Se rebelan contra el domingo laboral encerrándose en el baño. Llaman a sus parejas, a sus amigos, a quien sea, y les dan cuenta de tamaña injusticia.
     —Estimados clientes, les recordamos que FNAC Alicante cerrará sus puertas a las 21 horas. Quedan quince minutos para realizar sus compras. Gracias.
     Aquel aviso me devolvió a la cuenta atrás. No es que me importara ser taladrado como un queso gruyer, sólo era un tanto molesto. Recordé entonces el disco de un artista independiente. Un loco. Un cantante catalán que afirma que su única ambición en la vida es el humor. Lo más terrible para una tarde de domingo. Todo el mundo sabe que las tardes de domingo no tienen humor.
     Recorrí las avenidas de discos envalentonado por esta hazaña: comprar un disco de humor en una tarde sin gracia. Pronto supe que mi tarea se vería lastrada por dos factores: la soledad y el tiempo.
     A pesar de que mi corazón está al lado del obrero explotado, mi alma maldijo a aquellos haraganes de uniforme que cobran un plus dominical por no atender peticiones raras que, sin duda, dilatarían su salida inminente del tajo, de la agotadora jornada laboral.
     Me tragué el orgullo y comencé a escarbar como una maruja histérica en rebajas. Busqué en la sección Cantautores, en la sección Variedad Francesa… Aquel hombre iba cobrando simpatía a mis ojos, no porque cantara en catalán, ni siquiera porque fuera humorista. Simplemente, no existía. No existía un apartado para los autores minoritarios. Era un inmigrante que huía en patera de la falta de imaginación de los discos más vendidos. Tratar de salvarlo era un acto de justicia.
     Otra cosa me preocupaba. El sonsonete machacón de mi cabeza. Era como si me hubiera tragado a la señorita del megáfono. Traté de vomitarla, pero me había poseído como si yo fuera una pieza más de su engranaje, del gran reloj del mundo. La cuenta atrás se fue acelerando.
     —Estimados clientes, les recordamos que FNAC Alicante cerrará sus puertas a las 21 horas. Quedan diez minutos para realizar sus compras. Gracias.
     La velada amenaza al paseante dominguero de que le conviene largarse, tras llenarle la cabeza de pájaros publicitarios, tuvo en mí el efecto contrario. Experimenté un desamparo como no sentía desde crío. Quería comprar a toda costa. No mañana ni pasado mañana. Ahora. Susurraban en mi oído las sirenas que si muriese sin escuchar ese disco, grabado con instrumentos inventados, iría derechito al purgatorio del Festival de Eurovisión, o peor aún, al infierno de La Canción del Verano, donde los acordes de «Paquito el chocolatero» o «El chiringuito» se disputarían mi trompa de Eustaquio.
     —Estimados clientes, les recordamos que FNAC Alicante cerrará sus puertas a las 21 horas. Quedan cinco minutos para realizar sus compras. Gracias.
     Sólo un veterano como yo, curtido en mil rebajas, soportaba la presión de los segundos como sanguijuelas clavadas en la espalda. Todos o casi todos los clientes habían desistido. Algunos sin comprar ni una miserable agenda, secretamente frustrados, acumulando una rabia que se desataría en orgías navideñas.
     Una señora encontró el disco por mí. Se lo pedí sibilinamente. El envoltorio de plástico estaba destripado; la funda del compacto, rajada. Sin darle tiempo siquiera a decir un «oiga», volé con mi ejemplar en la mano, tropecé y caí.
     —Esta caja está cerrada, caballero, mañana le atenderemos con gusto.
     —Pero… si aún faltan treinta segundos —reclamé mostrando mi reloj con la esfera rota. El golpe había sido brutal.
     —Lo siento.
     Un guardia jurado me acompañó a la salida, tras asegurarse de que dejaba el disco en el lugar correspondiente. Eran las nueve y tres minutos de la noche.
     Enfilé hacia el bar más próximo, donde maldije mi suerte con varios litros de cerveza. Si no fuera miembro de la SGAE, os aseguro que me lo descargaba.

Vareando nubes
Atlantis, 2012


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