
«Quién no desearía poder ser otro», cantaba Enrique Bunbury en No fue bueno, pero fue lo mejor. En El peligro de estar cuerda, Rosa Montero reflexiona: «¿Quién no ha deseado alguna vez escapar del encierro de la propia vida? Y no porque esa vida no nos guste, sino porque una sola existencia, por muy grande y muy buena que sea, siempre será una especie de cárcel, una mutilación de las otras posibles realidades, de los otros individuos que pudimos ser. ¿Quién no ha deseado alguna vez ser otro? Contenerse dentro de una sola identidad resulta empobrecedor». Ignoro si José Payá Beltrán se ha inspirado en estos fragmentos para elegir el título de su nuevo libro, Vidas posibles (Aguaclara, 2025). Lo único claro es que emplea las herramientas de la literatura para adoptar otras identidades como un agente secreto en misión de espionaje.
Ha pasado la friolera de catorce años desde La segunda vida de Christopher Marlowe (Instituto de Cultura Juan Gil Albert, 2011), el libro de cuentos que sirvió para conocernos en la Feria del Libro de Alicante —cuando se celebraba en La Explanada—. Por fin, nos regala un nuevo volumen. Él mismo explica que en aquel exploraba la relación entre realidad y fantasía, y en este pretende mostrar su faceta más lírica e íntima.
Ya en aquel encuentro, el escritor me propuso a bocajarro un intercambio de papeles: yo sería el crítico literario y él, el genio que se dedica a escribir en la sombra. Anticipaba —igual que Millás— su preocupación por la identidad, de la cual hay tantos ejemplos en sus novelas.
¿Pero quién es José Payá Beltrán? Seguramente, todos los personajes de Vidas posibles y, al mismo tiempo, ninguno. Un asesino escondido tras los buenos modales; Emiliano Horma, el banquero más importante de España, que visita a su amigo Andrés Guirado; un librero que cuenta historias de clientes raros; el curtido inspector que no puede evitar romper a llorar frente al cadáver de una joven.
El libro no se limita a ser la enésima colección de uno de esos cuentistas que se ríen de la novela como género, sino que recopila la narrativa breve de un autor que abraza cualquier expresión literaria. De este modo, en él se dan la mano microrrelatos, cuentos y novelas cortas. No oculta que algunas historias fueron el germen o capítulos suprimidos de novelas, ni tampoco los numerosos premios que ha recibido a lo largo de su trayectoria.
Cabe destacar una pareja de microrrelatos que son caras de la misma moneda. Si bien «Año sabático» muestra el lado más bromista de José Payá Beltrán, «Glosa a un beso posible» me parece especialmente conmovedor. Ahí el autor se permite la licencia de incluir unos versos propios y otros de la poetisa María Paz Moreno. Los poemas recrean la historia de un no beso entre ellos cuando tenían veinte años.
Antes hablábamos del lirismo de la obra, que conjuga placer estético con hondura humana en pasajes como este: «Después de comer se echó una siesta con la ventana abierta, escuchando la corriente del río. Aunque quiso soñar, no pudo». Paradójicamente, Luis Berbegal, el protagonista de la novela corta «Perdido en el olvido», sueña con viajar hasta un pueblo abandonado a causa de una epidemia de cólera. Podría decirse que Vidas Posibles oscila entre la curiosidad juvenil y el pesimismo adulto porque**
**Nota del periódico
La reseña se interrumpe en este punto. Fue enviada por la familia a nuestro diario con el deseo de que la publicáramos al cumplirse el primer mes de la desaparición de José Antonio López Rastoll. Según su testimonio, el autor alicantino estaba escribiéndola cuando le llamaron por teléfono de la librería 80 Mundos para exigirle el pago o la devolución inmediata de catorce libros sustraídos del atril de sobremesa de varias presentaciones. Hay gente que dice haberlo visto en Sebastopol, pero la policía sospecha que esto es solo la punta del iceberg.


















