miércoles, 24 de febrero de 2021

TRIPLE SALTO MORTAL




La gran pasión de mi padre era la pesca. Madrugones, calles todavía oscuras, dos copas de cantueso, la sensación de moverse entre el sueño y la vigilia, la brisa del mar en la cara, permanecer en silencio. Ahora ha perdido la afición y yo, que iba por acompañarle, también. La ilusión, sin embargo, se ha reproducido como un eco en su nieto. Y, claro, nos ha vuelto a entrar el gusanillo a todos.

Algo así le ocurre a José Payá Beltrán con las historias de S. S. Van Dine. Su amor por ellas contagia, inspira y sugiere que quien no se obsesiona no es humano. Seguidor acérrimo —no solo del escritor estadounidense, sino también de la novela de misterio en general—, el autor ha publicado Un crimen otoñal (Grupo Terra Trivium, 2020), otra obra inclasificable. Un triple salto mortal literario. ¿Nos encontramos, entonces, ante una edición crítica o frente a una novela?

Fijándonos en su brumosa portada, el libro es una insolente edición crítica a cargo de José Payá Beltrán que introduce Un crimen otoñal, la decimotercera novela policiaca escrita por S. S. Van Dine (alias de Willard Huntington Wright) y protagonizada por el detective Philo Vance.

Cualquiera que haya leído una edición crítica —no hace falta haber estudiado Filología Hispánica— sabe que es un estudio necesario para entender el sentido de la obra al tiempo que una lectura aburridísima. Un auténtico peñazo. Un verdadero tostón. ¿Por qué? Quizá porque la erudición por la erudición agota. Consciente de ello, el autor ha salpicado la suya de curiosidades. Para empezar, incluye cotilleos. Uno de los más jugosos rememora la desesperada carta que escribe a la editorial española que ha publicado la última novela de Van Dine que le queda por leer. No tiene desperdicio. Más adelante, con su habitual sentido del humor, se burla de las notas a pie de página o las reglas para escribir novelas policiacas. Incluso se ríe de sí mismo en un fragmento glorioso: «Hay quien elige el fútbol o los sellos: yo elegí los enigmas de Van Dine y el lenguaje pomposo y redundante de Philo Vance. Admitámoslo: existen vicios peores y, desde luego, más secretos y más vergonzantes.» Finalmente, repasa las mejores novelas de misterio de la primera mitad del siglo XX y sus correspondientes adaptaciones cinematográficas. Los libros de Van Dine son ejemplos paradigmáticos de la llamada novela-problema, un subgénero policiaco despojado de todo lo literario para conformar una especie de crucigrama o jeroglífico.

A poco que uno investigue, averiguará que Van Dine escribió solo doce novelas con el detective Philo Vance como protagonista. ¿Por qué se silenció la decimotercera entrega? ¿Cómo consiguió José Payá Beltrán un ejemplar de la obra? ¿Qué sentido tiene publicar un libro del que apenas se conservan treinta páginas?

Quizá la clave para resolver el enigma sea la identidad literaria, un tema que el escritor biarense ha abordado en una trilogía de novelas: Puzzle de sangre (Aguaclara, 2014), Identidad (Grupo Tierra Trivium, 2019) y la que nos ocupa. En la primera, la identidad se diluye por ser una novela escrita a medias con Mario Martínez Gomis. En la segunda, la identidad se esconde en el anonimato. De hecho, la portada carece de autor, así como de datos biográficos o sinopsis. Por no tener, no tiene ni fotografía. En la tercera, la identidad desaparece.

Solo existe, querido lector, una certeza a estas alturas. Nada es lo que parece en Un crimen otoñal. Como los buenos magos, José Payá Beltrán desvelará sus trucos al acabar la función. El espectador envidioso mascullará que a cualquiera se le habría ocurrido, pero quienes no hayan perdido del todo la curiosidad infantil quedarán sencillamente boquiabiertos. Absolutamente estupefactos. Se lo garantizo.

miércoles, 17 de febrero de 2021

ROMANCINISMO

















Flores con burbujas para mi mujer
 en San Valentín.
Una máquina de coser
soledades para mí.
El gorro de chef
para un cocinero de postín.
La niña buena ve
otra historia para no dormir.
La naturalidad 
es tan romántica.


miércoles, 10 de febrero de 2021

EL VERDE












Su abuela le explicó con dulzura, para que dejara de temblar, que aquel espectáculo de color se llamaba árbol.


GANADOR en el Concurso Cuenta 140 de El Cultural.

miércoles, 27 de enero de 2021

DUARTE EN LA MEMORIA



Siempre he sido un enamorado del cine. Una tarde de mi infancia, echaron en televisión Tras la pista de la pantera rosa (Blake Edwards, 1982). Me disgustó el hecho de que apenas apareciera el inspector Clouseau. Ignoraba entonces que el actor que lo encarnaba había fallecido dos años antes y que la cinta tenía un mero afán recaudatorio disfrazado de homenaje póstumo. Lo interesante era su forma narrativa: una famosa reportera entrevista a todos los que guardan relación con Clouseau, desde el inspector jefe Charles Dreyfus hasta el mayordomo Cato. Cuando empecé a leer La primera semana del inspector Duarte (Click ediciones, 2020) supe, en pocas líneas, que me encontraba ante la misma manera de contar.

En la tercera parte de una saga que José Payá Beltrán inició con La última semana del inspector Duarte en 2015, el protagonista lleva muerto una década. Un periodista —que guasonamente se llama Pepe— está haciendo un reportaje sobre el primer caso en el que Daniel Duarte se vio envuelto. A partir de entrevistas a personajes variopintos, el lector viaja hasta el convulso 23 de febrero de 1981, cuando el hallazgo de un cadáver en Apis, mientras España contenía el aliento, obliga a desplazarse hasta la localidad a un detective aún novato.

Estamos ante una novela corta de ambiente rural que se desarrolla en el imaginario Apis (guarda cierto parecido linguístico con Apiés, un barrio de 83 habitantes situado a 10 kilómetros de Huesca). Evoca Biar, el pueblo natal del autor. Ambas comparten un majestuoso castillo y la foto de cubierta es una vista de dicha localidad.

Un doble contexto histórico rodea a este thriller policiaco: por un lado, el intento fallido de golpe de Estado del 23F, cuando el teniente coronel de la guardia civil Antonio Tejero Molina irrumpió pegando tiros en el Congreso de los Diputados. Por otro lado, las heridas sin cicatrizar de la Guerra Civil en la década de los 80. Se personifican en el odio y el rencor que siente Carlos el Comadrón (facha) por Ángel el Raposo (rojo). Este resentimiento lleva a Carlos a cometer un acto de venganza. Curiosamente, Ángel estuvo un año preso en la cárcel de Alicante. Un paralelismo significativo con la figura del poeta Miguel Hernández.

La memoria es la gran protagonista del libro. El escritor no solo reconstruye un caso del desaparecido inspector a través de los recuerdos de su gente. También denuncia que quienes olvidan la historia están condenados a repetirla. No nos pase como a Jacinto el Jueves, que no recuerda el discurso del Rey ni las noticias. Solo las películas de risa que echaron en televisión para amenizar la espera: La princesa y el pirata (1944) con Bob Hope y El asombro de Brooklyn (1946) con Danny Kaye.

El humor de la novela se basa, principalmente, en los divertidos contrastes entre el campo y la ciudad. Varios entrevistados, por ejemplo, se extrañan de que el periodista pida Bitter Kas, una bebida casi desconocida en el campo. Los apodos también son fuente de hilaridad: Sebastián el Pinchamierdas, Paco el Rata, Pepe el Botifarra, Manolo el Polvos, Pepito Casca, Vicente el Rojo… Otros elementos rurales que provocan una sonrisa son el vicio de los ancianos de andarse por las ramas, la machacona hospitalidad o el lenguaje popular.

Confiesa José Payá Beltrán sin tirarle demasiado de la lengua que esta novela la escribió como un divertimento, un descanso del guerrero después de afrontar otro proyecto más exigente. No resta valor ni mérito a una historia que denota el amor —que no idealización— por el pueblo, pues no esconde defectos como los celos y las envidias. No decepciona en absoluto la ausencia del protagonista principal. Al contrario, está vivo en la memoria de quienes le conocieron. Esto conecta con el tema de la identidad, uno de los más recurrentes en la obra del autor. En definitiva, La primera semana del inspector Duarte ha mantenido a este lector en suspense hasta la última línea, incluso le ha hecho soltar alguna carcajada. Eso es impagable en los tiempos inciertos que vivimos.

miércoles, 20 de enero de 2021

LA HERBORISTERÍA



















La dueña de la herboristería se llamaba Amparo. Tristán le habría pedido su sonrisa como bálsamo para sus dolencias, en especial la soledad de un cuarentón recién divorciado. Pidió, en cambio, las hierbas de siempre para las migrañas. Mientras la joven lo atendía, hablaron un poco. Al acabar, ella preguntó si quería algo más.
     Tristán dijo que llevaba tiempo dándole vueltas a un asunto. En su opinión, había dos formas de inmunizarse: el contagio o la vacuna. Él siempre había sido una persona impaciente, de modo que esperaba que no se ofendiese por lo que iba a rogarle.
     Amparo lo miró de hito en hito. «¿Estarás de broma?», preguntó. Su seriedad no dejaba lugar a dudas. Como el aforo de la tienda era de un solo cliente, en cuestión de minutos se había formado una asombrosa cola. Él le tendió un documento en el que la eximía de cualquier culpa y donde figuraba su número de móvil. Luego salió.
     Unos meses después, Amparo se notó unas décimas de fiebre y pérdida del gusto. Supuso que era un simple resfriado, pero la prueba confirmó que tenía el coronavirus. Mientras pasaba la enfermedad en su casa, se acordó de la absurda petición de Tristán.
     «No creas que estoy enamorado de ti ni nada de eso», decía el hombre en su cabeza. «Solo estoy harto de esperar una vacuna que no sé cuándo me tocará ni si será efectiva.»
     Tristán subió en el ascensor hasta el cuarto piso. Ella abrió la puerta en batín, despeinada y sin mascarilla.


miércoles, 30 de diciembre de 2020

LA VIDA VEGETAL

















El tipo de la camisa fucsia dijo en un perfecto castellano lo que quería: una ensalada y una botellita de agua.
     La cajera, una muchacha tiernita pero bien aleccionada, le preguntó si quería patatas fritas haciéndose la sorda.
     El tipo de la camisa fucsia, que llevaba tres meses haciendo dieta vegetal para librarse de 120 kilos, la tomó con la chica de tal forma que ésta empezó a disminuir de tamaño y cuando tocó fondo en el suelo de la bocatería, prorrumpió en sonoros sollozos.
     El jefe de los empleados salió del cuarto de baño de fumarse un porro y se encontró con un tipo al borde de la histeria y una cajera llorando. La otra cajera lo estaría buscando por la cocina o simplemente se habría puesto a cubierto. Algunos clientes se habían largado y otros se habían quedado de piedra.
     El tipo de la camisa fucsia decía a grito pelado: «¿Tú crees que yo puedo comer patatas fritas, hija de la gran puta? Para que te enteres, ¡¡¡¡¡estoy gooooooooooooooooordo!!!!!».
     La cajera, sin dejar de llorar, intentaba disculparse por el malentendido, pero lo único que conseguía era exasperar más al gordo. Parecía uno de esos toros descontrolados de San Fermín. No sabía dónde corneaba.
     Por eso el jefe de los empleados no se lo pensó dos veces y se dirigió hacia él decidido. Tenía una ventaja, la de pillarle por la espalda, pero era preciso actuar deprisa. Le tocó el hombro.
     El gordo giró primero la cabeza y luego el resto del cuerpo. Ante él temblaba el jefe de los empleados con su mejor y más falsa sonrisa. Le hacía señales para que agachara la cabeza. Su poder de convicción no le podía fallar ahora.
     El gordo pensó que aquel tipo estaba loco y le dijo secamente: «¿Qué quieres?».
     El jefe de los empleados respondió: «Decirte una cosa al oído».
     El gordo empezó a darse cuenta de la situación que había generado por culpa de su mal humor, que se debía sobre todo a los complejos de una vida vegetal: de la cama al sofá y del sofá a la cama. Pero era tarde para disculparse.
     Por eso decidió agachar la cabeza para escuchar lo que tenía que decirle aquel loco. La cajera sostenía en las manos lo primero que había pillado para agredirle si no funcionaba: un zapato de tacón. De pronto se habían quedado los tres solos. ¿Habría tenido alguien el detalle de llamar a la policía?
     El jefe de los empleados le hizo la siguiente revelación al oído antes de salir corriendo con la cajera: «Las patatas fritas son de origen vegetal». 
     La policía encontró el suelo de la bocatería lleno de cartones vacíos de patatas fritas y un gordo durmiendo la mona junto a la freidora.

Atlantis, 2009

miércoles, 23 de diciembre de 2020

NAVIDAD DISTÓPICA




Dicen por ahí que esta va a ser la Navidad más triste y solitaria de nuestras vidas. Viendo las terrazas abarrotadas de los bares no puedo evitar sonreír ante semejante afirmación. Despedimos un año donde la auténtica pesadilla han sido las normas. Mascarillas, geles desinfectantes, distancia social, confinamiento domiciliario, cierre perimetral, interminables colas y toque de queda. El mundo se ha convertido en una distopía. Sin embargo, los españoles seguimos dando rienda suelta a lo que nos distingue: la alegría de vivir y que se enteren en Pernambuco. Siempre que hagamos caso de las recomendaciones sanitarias, no veo ningún inconveniente. De hecho, la risa me parece más necesaria que nunca. Una cuestión de salud mental. Os prescribo cero noticias, dosis masivas de cariño y un suplemento vitamínico de locura. Feliz Navidad, mirones.

EL FABULOSO CHRISTMAS ES CORTESÍA DE NEOGÉMINIS.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

BAILAR












 
Bailar es como abrazar en la distancia
a quien no espera ser abrazado,
a quien no teme ser sonreído por la sinuosidad del cuerpo,
a quien no sabe más técnica que la complicidad.
 
Bailar es robar años al espejo
para recuperar un gramo de felicidad perdida,
de cruel diversión infantil.
 
Bailar es memoria de los pasos
que en pareja o solos
hemos aprendido a imitar
con el inconfundible estilo mareado de los patos.
 
Bailar es ritmo, salero, gracia
nacidos de la síntesis del éxtasis.
 
Bailar es una intimidad que se ofrece a los ojos
porque la piel con piel no asusta,
sino imagina.


miércoles, 25 de noviembre de 2020

LA DECISIÓN









Hace la friolera de ocho años que soy voluntario para la Fundación Dasyc. Constituida en Valencia en 1994 como una institución benéfica y sin ánimo de lucro, actualmente, entre otros objetivos, desarrolla proyectos de voluntariado social. El acompañamiento de personas mayores es el campo en el que desarrollo mi labor. No sé muy bien por qué motivo elegí esa franja de edad. Quizá porque mis padres me tuvieron ya cuarentones. Quizá porque José Antonio Beato Herrador me dijo que era donde más falta hacía. Nunca lo sabré.

La Pandemia que todos conocemos me ha impedido realizar las visitas habituales —un día semanal— a mi usuario: José Luis Ruiz Dangla. No siento vergüenza de confesar que lo echo de menos. Han sido ocho años de amistad que han pasado en un suspiro. Recalco la palabra amistad, porque está muy devaluada últimamente. Vivimos en una sociedad donde impera el interés, la zancadilla, la división en lugar del consenso. La propia gestión de esta crisis sanitaria resulta un ejemplo lamentable.

Aunque nunca hemos perdido el contacto telefónico, se añoran las risas en su piso a costa de la esperpéntica actualidad. Llegamos incluso a patentar debates a tres con Nuria, la vecina. Ninguna televisión los habría emitido porque no nos despellejábamos.

Con la llegada del otoño, Dasyc me permitió reanudar las visitas a través de un consentimiento firmado por ambas partes. Siendo yo personal de riesgo por mi profesión y padeciendo José Luis varias dolencias, decidimos de común acuerdo seguir como hasta ahora, es decir, cada uno en su casa. Hasta que pase la tormenta al menos.

Dice Alba Pérez que me queda voluntariado para rato. No veo el día que se acabe esta pesadilla y estrechar la mano de mi amigo.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

EL DINERO

















La lectura del testamento no aclaró al hijo único cómo repartir la herencia entre sus diferentes personalidades.


FINALISTA en el Concurso Cuenta 140 de El Cultural.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

EL BÚNKER











El 21 de diciembre de 2012 no fue el fin del mundo. Ahora soy dueña de un búnker con la capacidad de un campo de fútbol y no sé qué carajo hacer con él.
     Os preguntaréis cómo. El vecino del chalet contiguo me visitó un día con su ropa militar ceñida y un brillo de fusil de asalto en la mirada. «Nos conocemos hace tiempo, Rebeca», empezó mientras la taza de té temblaba al ritmo de mis rodillas. Terminó: «Si yerro, me volaré los sesos y el búnker es tuyo».
     Traté de disuadir a Miguel con la quimera de venderlo todo y huir a cualquier parte juntos. Solo se avino a esperar el apocalipsis conmigo.

miércoles, 21 de octubre de 2020

EL HEROICO VIAJE



Este octubre, se cumplen trece años del mítico concierto que dieron Héroes del Silencio en el Circuito Ricardo Tormo de Cheste (Valencia). Fui uno de los afortunados espectadores.

El 14 de febrero de 2007, la banda anunciaba oficialmente su regreso a los escenarios para celebrar una gira de despedida con diez únicos conciertos multitudinarios. Nunca los había visto tocar en directo desde que se separaran en 1996. No tardé en conseguir entradas en el Estadio de la Romareda de Zaragoza que, más adelante, cuando salió el concierto de Valencia, hube de revender. Una completa locura.

El 27 de octubre del mismo año, despertaba en la cama de un céntrico hostal de Valencia con la sensación de estar viviendo un sueño. Mi mujer, más práctica, me advirtió de que el sueño podía convertirse en pesadilla si no nos desplazábamos pronto a Cheste. Después de desayunar, cogimos un autobús que enlazaba con el pueblo. Era alrededor de mediodía cuando llegamos al recinto, donde iniciamos una tediosa espera que duró hasta las nueve de la noche. Bocadillos de cualquier cosa, calor pegajoso, aseos sin intimidad, frío al caer la tarde, soledad en medio del gentío. No recuerdo de qué hablamos ni cómo soportamos aquel tiempo muerto. Supongo que la ilusión hacía milagros en dos jóvenes treintañeros. No solo por el concierto: íbamos a ser padres de Clara en abril del año siguiente.

Cuando la desesperación hacía mella en los rostros, las hipnóticas guitarras acústicas de «El estanque» abrieron el concierto. Lo vimos trepados a una grada más tambaleante que una tabla de surf. Enrique Bunbury era una bola de billar en la lejanía, pero su engolada voz caldeaba la fría noche valenciana. Mi futura hija se chupaba el pulgar en el vientre materno. El grupo desgranó, una a una, sus viejas canciones como si fueran éxitos recientes. Sus crípticas letras seguían indescifrables como algunas decisiones ilógicas de juventud. Con el himno «En los brazos de la fiebre» despidieron una etapa de nuestras vidas, quizá no la mejor pero sí la más intensa.

A la mañana siguiente, agujetas en el alma y una noticia que nos puso los pelos de punta: más de dos mil personas se quedaron sin ver el concierto por culpa del monumental atasco —de hasta diecisiete kilómetros— que colapsó los accesos.

miércoles, 14 de octubre de 2020

CARANTOÑAS

















Cuando era pequeño, vivía en un sinvivir. La vecina del tercero derecha acechaba por la mirilla mis subidas y bajadas para hacerme carantoñas. «Pero qué guapo es este novio que me he echado», decía. Yo corría a esconderme bajo las faldas de mi madre, pero la señora Eulalia conseguía eludir el cerco amoroso, y aprisionaba mis mofletes con sus dedos sarmentosos y sus uñas largas y negras.
     A veces, nos pedía que esperásemos un momento mientras ella iba en busca de algún caramelo podrido. Yo tiraba del brazo de mi madre hasta que me mandaba estarme quieto. Visto que no obtendría ayuda, me limitaba a esperar aguantando el olor a guiso de aquella cueva fétida que era el piso de la señora Eulalia.
     Durante las comidas —pues entonces no había televisión—, mi padre solía preguntar en tono irónico por mis relaciones con el vecindario. Mi madre solía reprenderlo, aunque no me consolaba. Y describía a la vieja siempre con tres únicas palabras: «Está tan sola». Como si bastasen para disculpar la tortura de un pobre niño.
     Crecí soñando con el maravilloso día en que esa mujer se mudara lejos de mi vista. Sin embargo, nunca lo hizo.
     Gané fama de solitario, de no querer bajar a la calle a jugar con mis amigos. Cualquiera se arriesgaba. Sin la presencia de mi madre, la señora Eulalia daba rienda suelta a su instinto maternal reprimido. Y aquellos besos de ametralladora aún resuenan en mis oídos.
     Conforme mi rostro perdía tersura, ella me abordaba con menos frecuencia y sin la efusividad de antes. Parecía que llevara ajo contra los vampiros alrededor del cuello.
     Se lo dije a mi madre, como apropiándome de una hazaña que solo correspondía al tiempo. Ella sonrió de una manera triste. Enigmática. Nunca supe si por la pérdida irremediable de su niño o porque compadecía a aquella pobre mujer.
     Hoy me he acordado de ella. La vecina, con su lunar peludo en la barbilla, ha invadido últimamente el rostro aún hermoso de mi madre. El mío lo invadirá también algún día. En el piso de Eulalia vive ahora un matrimonio con un niño que no sabe lo que le espera.

Tres Columnas, 2018

miércoles, 7 de octubre de 2020

LA JUVENTUD















Dilapidó su juventud desde la guardería, deseando que su madre llegase alguna vez a recogerlo.

FINALISTA en el concurso Cuenta 140 de El Cultural.

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