miércoles, 22 de enero de 2020

EL SEÑOR (capítulos 11-15)



11

     —Estoy más aburrida que una ostra —comenta Nuria.
     Nuestro pequeño piso de alquiler se ha convertido en un refugio pero también en una cárcel. Desde que hablé con el mayordomo, tenemos cuidado de no llamar la atención. Recuerdo claramente sus palabras: «La invisibilidad es un don, pero también puede destruirte con la facilidad que cae un castillo de naipes». No se refería a él, claro está, un simple sirviente con la preciosa virtud de saber guardar un secreto.
     —Salgamos a pasear —propongo.
     —Pero sin hacer tonterías —advierte Nuria—, que aún no me he quitado de la cabeza lo que te dijo el mayordomo.
     Sebastián entró al servicio del señor cuando el aristócrata aún tomaba una copa de jerez todos los días. Sentado en su querido sillón orejero junto a la chimenea encendida, vaciaba la copa y se le desataba la lengua. En una de esas ocasiones, le contó el motivo por el que no salía nunca. Había gozado de todos los placeres habidos y por haber. Había, incluso, cambiado el curso de la historia reciente. Se sentía exhausto y, al mismo tiempo, culpable de que su poder de volverse invisible le hubiera dominado. Para librarse de la herida luminosa, debía legarla a un mortal capaz de merecerla.
     Me escogió a mí.
     Una mujer sería más prudente.
     La luna llena lame con su luz las aguas del puerto. Lanzo piedras contra una quietud que asusta.
     —¿Te das cuenta de que se nos puede ir la olla como a Michael Jackson con la fama? —interrumpe Nuria el chapoteo.
     —Nada malo sucederá si permanecemos juntas.
     En el fondo, intuyo que cuando a mi amiga se le pase el susto volverá a las andadas. Añora cometer actos impuros.

12

     Resulta alarmante la rapidez con la que el dinero vuela, pero más alarmante es lo poco que hemos tardado Nuria y yo en abandonar la discreción.
     El banco está enfrente de nuestro piso de alquiler. El casero ya nos ha advertido de que le debemos dos meses.
     —Si se lo pidieras a tu marido, Tina, yo creo… —comenta Nuria mientras bajamos en ascensor.
     —Bastantes problemas tiene Pedro como para que, encima, le saque los cuartos. De esta salimos tú y yo solas.
     La puerta del ascensor se abre, pero Nuria ya no está conmigo. Salgo a la calle, cruzo la avenida, me detengo ante la puerta del banco. Un camionero lanza un silbido agudo y, a los cinco segundos, un piropo obsceno hacia mi persona. Me ajusto un poco la minifalda.
     El banco dispone de tres cajas donde la gente puede efectuar sus operaciones, pero en ese momento sólo hay una operativa con la consiguiente cola. El resto del personal debe de estar almorzando. Ojalá Nuria tenga paciencia, pues ya llevo cuarenta minutos esperando a ser atendida.
     —Por favor, pasen por aquí —dice un tipo calvo que acaba de abrir la caja número dos.
     Como una flecha, me planto frente al tipo calvo y pido una barbaridad de dinero con una cartilla falsa. El estúpido dice: «Me temo que, al pertenecer a otra entidad, tiene que ir a la caja de no clientes».
     Nuria entra en juego, pues al tipo le cambia la cara. Puede que incluso se esté meando en los pantalones cuando afirma con un hilo de voz: «Claro, no faltaría más». Y mira asustado a todas partes.
     Yo también me vuelvo invisible destrozando el bolígrafo con cadenita que me tiende para firmar el documento. Las dos salimos con una sonrisa de clientas satisfechas.

13

     Después del golpe al banco, recibo una llamada de Pedro en la que pregunta si me he vuelto loca. Como no comprendo nada, dice que conecte la televisión.
     La chica del telediario relata con voz monocorde el robo. Ha sido perpetrado por una mujer de unos treinta años que, luego, ha desaparecido como por arte de magia. Se cree, por el testimonio de uno de los cajeros de la sucursal, que tenía una cómplice. Misteriosamente, la cámara de seguridad solo ha registrado a una persona.
     —Tu cara es portada en todos los periódicos —reprocha Pedro con tono lúgubre de sepulturero—. No me extrañaría que la policía se os echara encima de un momento a otro.
     —Lo sé y lo siento. Necesitábamos pasta.
     Durante unos instantes, mi marido calla mientras tomo un baño relajante en el jacuzzi de una suite presidencial. Nuria está frente a mí cubierta de espuma, la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.
     —Hay formas cojonudas de hacer las cosas sin llamar tanto la atención —se lamenta.
     —Puede, cariño, pero olvidas un detalle —digo con la ironía de quien empieza a no temer a nada ni a nadie—. Aquí donde nos ves, ya no somos dos mujeres indefensas. Ahora somos invisibles. Tranquilo, no nos pasará nada.
     Tocan a la puerta.
     Decido no despertar a Nuria de su plácido sueño de espuma. Salgo del jacuzzi, me pongo el albornoz, cuelgo el móvil. Entonces caigo en la cuenta de que hemos pedido que no se nos moleste bajo ningún concepto.
     «¿Quién es?», pregunto con un leve temblor de voz. «Una botella de cava obsequio del hotel», recita el supuesto botones. Entreabro la puerta y me asomo conteniendo la respiración.

14

     Nuria y yo, las dos en albornoz, observamos al hombre que ocupa un sillón junto a la chimenea de la suite presidencial.
     —Pido disculpas por el truco del cava, pero nunca creí que lo echaría tanto de menos —dice invitándonos a tomar asiento en nuestro propio sofá.
     Lo hacemos lentamente, sin apartar la mirada del tipo más buscado de España. Hace un instante, ante nuestra estupefacción, se ha quitado una barba postiza con la que emulaba a un hípster. Con mucha educación, Nuria le ha preguntado si el cabello también era sintético.
     —Sé los rumores que circulan por ahí. Es pelo auténtico. Estira, estira si no te lo crees —ha invitado mientras agachaba la cabeza.
     Tanta simpatía me ha escamado, pero no he querido romper el momento mágico en que Nuria comprobaba la solidez capilar de Puigdemont. Tras acabar la inspección, el expresidente de la Generalitat me ha hecho señas por si yo también quería tocar.
     Ahora, para rebajar la tensión de no saber qué demonios quiere de nosotras este político huido a Bélgica desde la declaración de la república catalana, bebemos whisky con hielo. Chivas para más señas. No he encontrado nada de comer.
     Se rasca la coronilla, carraspea y dice: «Tu cara está en todos los periódicos, pero la de ella no». Me encojo de hombros.
     Nuria le anima a continuar llenando su vaso hasta el borde. Reconoce su delicada situación, le echa la culpa a un gobierno represivo y totalitario. En un acceso de euforia se levanta y empieza a cantar Els Segadors.
     Después del numerito, dice: «Alguien de mi absoluta confianza me ha informado de que podéis desaparecer… Yo solo necesito ser investido presidente. Con un rato de invisibilidad, me basta. Ofrezco la vicepresidencia de mi república».
     Nuria me guiña un ojo. Entonces, sonrientes, le arrancamos un mechón cada una. Y desaparecemos en sus narices.

15

     No sé por qué he hecho caso a Nuria. Para que este regreso sea una sorpresa en toda regla, yo le he robado el chupachús a un niño y ella la cartera a un cura. Los cuatro esperábamos el ascensor del piso. Al entrar en la cabina aparentemente ellos solos, han pensado que el ladrón ha sido el otro. Se han enzarzado en una pelea mientras nosotras aguantábamos la risa.
     En la puerta está la chapa con nuestros nombres: Pedro Vargas y Tina Rubio. La nostalgia me cubre con una sábana de la cabeza a los pies como a un fantasma primitivo. Sigo queriéndole y ahora necesito más que nunca su apoyo. Un poder como la invisibilidad requiere de otro no menos importante llamado cotidianidad. Deseo con todas mis fuerzas un poco de rutina después de estas vacaciones de locura.
     Nuria me aprieta el hombro en señal de que sabe lo que pienso.
     —Tal vez deberíamos llamar al timbre y olvidar el puñetero asunto —sugiere con psicología inversa. Logra el efecto contrario.
     —Venga, una última locura.
     Ella atraviesa primero; yo la sigo con un presentimiento extraño. El piso está tranquilo. Quizá demasiado tranquilo para ser las diez de la noche de un sábado. Desde que esto empezó, Pedro teme que Paco se hunda. Por eso se lo ha traído a nuestra casa.
     Observo con asombro el orden y la limpieza del salón. Una barrita de incienso perfuma el aire. En la cocina todos los cacharros de la cena están fregados. Nuria tiene la boca abierta.
     Oímos susurros provenientes de la habitación de matrimonio. Como si dos personas hablaran bajo para no despertar a un supuesto bebé. Nuria me agarra de la camiseta.
     —No vayas —musita.
     —Seguro que duermen —trato de infundirme ánimos.
     La habitación está poblada de sombras, pero se distingue a dos figuras con el torso desnudo en el suelo. Cuando se me escapa «qué coño», ellos encienden la luz y miran asustados a su alrededor.

miércoles, 15 de enero de 2020

MARAVILLOSOS LUNES


Nos obcecamos como borregos en que los lunes son el peor día de la semana. Supongo que inaugurar el viaje, abrir el melón justo después del plácido domingo no tiene muy buena prensa. Los alumnos aventajados, los empollones tampoco.
            
La soledad de los lunes es descomunal. Nadie los quiere por razones archiconocidas. En primer lugar, suponen la vuelta a nuestras obligaciones laborales o académicas. Ello implica un estéril madrugón. Segundo, carecen de poesía. Soportan todo el peso de la realidad como un negro presagio que sobrevuela la fragilidad de la existencia. Finalmente, muchos restaurantes cierran por descanso y los cines cobran un ojo de la cara.
            
Ahora que mis fines de semana no transitan con tanta frecuencia los territorios del alcohol, he redescubierto el placer de los lunes. El caos empieza a cobrar forma, a despejarse, a tener sentido. La energía fluye como un río de lava para gritar por los poros de nuestra piel que estamos vivos y que disponemos, una vez más, de siete oportunidades para demostrarlo. Cualquier cosa puede suceder si nos ponemos manos a la obra; nada va a ocurrir por arte de magia.
            
Si odias las uvas en Nochevieja o los helados en verano, tu día favorito podría ser un lunes. Aprovecha el Big Bang de la semana. No pierdas el tiempo lamentándote.

lunes, 23 de diciembre de 2019

FELIZ NAVIDAD















Quim Monzó define la Navidad como «ese día glorioso en el que las familias se reúnen alrededor de una mesa para recordar las razones por las que el resto del año apenas se dicen nada». Precisamente porque la incomunicación campa a sus anchas en nuestra sociedad, deberíamos buscar afinidades con quienes, aparentemente, tenemos poco en común. Al fin y al cabo, todos viajamos en el mismo tren. Es eso o entregarse a la bebida. Feliz Navidad, amig@s. Gracias, Mónica, por la extraordinaria postal.

jueves, 12 de diciembre de 2019

JAKE BLUES ATACA DE NUEVO






















Mi hijo llevaba meses intentando que le diéramos una oportunidad a una vieja película llamada Granujas a todo ritmo (John Landis, 1980). A raíz de la lectura de Peón blanco, dama negra (Ediciones Cívicas), decidí que no podía posponerlo más. Con toda sinceridad, creo que nunca he visto algo tan surrealista en toda mi vida. Jake y Elwood —los Blues Brothers— son el par de gamberros más encantadores del cine y nos hacen reír al ritmo de una banda sonora trepidante.

Pedro de Andrés rinde homenaje a esta comedia clásica desde las primeras líneas de Peón blanco, dama negra. De hecho, su personaje principal lleva tatuado en los nudillos el nombre de Jake. Sin embargo, nos hallamos ante una novela futurista ambientada en Nueva York con ecos de títulos como Blade Runner, Matrix y la saga literaria de Rosa Montero dedicada a la detective Bruna Husky. La simbiosis entre lo antiguo y lo moderno rompe esquemas igual que lo hiciera el Puente Colgante de Portugalete cuando se inauguró en 1893.

Nuestro Jake Blues es un drogadicto que mata el tiempo en el Under, un garito de mala muerte. Dawn (amanecer en inglés) aparece así descrita: «una diosa de ébano que se abría paso como un rompehielos entre la gente». Tras una espectacular persecución de la policía, se refugian en La Hermandad del Templo Blanco. Su líder lo necesita para salvar el mundo.

Como buena obra de ciencia ficción, los avances tecnológicos salpican la trama. No hablo de coches voladores, sino del implante neuronal o placa en la sien que sustituye a los obsoletos móviles. Da vértigo pensar en un teléfono incorporado a nuestro cuerpo o incluso en trascender la muerte mediante la transferencia de nuestra conciencia a un robot. No se trata de los desvaríos de un loco. Existe un movimiento cultural e intelectual llamado transhumanismo que tiene por objetivo transformar la condición humana mediante el uso de tecnologías.

El lenguaje narrativo brilla por su precisión y calidad poética. Pedro de Andrés describe un disparo como un trueno que restalla en el callejón, habla de la esclerótica para referirse al blanco de los ojos o hace que un policía se coloque a horcajadas sobre su víctima en lugar de encima. Los diálogos, en cambio, reproducen un habla popular rica en frases hechas y tacos. Los capítulos cortos en que se divide la novela, sobre todo en la segunda y tercera parte, resultan felizmente adictivos.

La ciencia ficción sirve a menudo para hablar de realidades incómodas que preocupan en la actualidad. Los últimos brotes de radicalismo en España reciben una lección apabullante de mestizaje: «… hay que ser demasiado estúpido para no entender que la mezcla mejora las especies. El racismo es un atraso, un atavismo que obstaculiza el perfeccionamiento de la evolución».

No me entusiasma el transhumanismo. Sin embargo, he sentido mía la angustia existencial de Jake, la tensión sexual con Dawn y la libertad del mundo onírico. Peón blanco, dama negra consolida a Pedro de Andrés como un narrador independiente que sabe introducir un mensaje de esperanza en los sueños de sus lectores.

viernes, 29 de noviembre de 2019

SILENCIOSA COMPAÑÍA



Recuerdos
que son restos
de ensalada de wakame
entre los dientes;
cuando, por fin, extraes
sus infinitos hilos deshilachados,
te han alimentado
una vida.

jueves, 14 de noviembre de 2019

EN EL TEATRO WAGNER

El Club de Lectura Té con Tagore me invitó en octubre a leer El reino de los suelos, finalista del V Concurso de Microrrelatos para residentes en la Comunidad Valenciana.
            
El acto tuvo lugar en el vestíbulo del teatro Wagner de Aspe. Me desplacé en autobús, animado por asistir a una velada literaria y por conocer la localidad alicantina. El recibidor del teatro estaba presidido por un busto de Alfredo Kraus. Completaban el mismo una mesa de conferencias y medio centenar de butacas rojas. Tomé asiento en una de ellas cuando apenas faltaban diez minutos.

Se acercó a saludarme Nieves García, escritora y representante del Club de Lectura. Luego siguió derrochando simpatía entre los presentes. Al rato, dio comienzo la ceremonia. Nombraron a los finalistas y quien quiso salió a leer su microrrelato. El aire se llenó de palabras. Cuando me tocó, no perdí la oportunidad de dedicárselo a mi hijo.

La lectura de los tres premiados fue el colofón del acto, cuyo epílogo consistió en la típica foto de familia. Después pasamos a tomar un tentempié a la entrada del teatro. Tuve la suerte de charlar distendidamente con otros escritores sobre lo humano y lo divino. Incluso recibí alguna felicitación por mi historia. Larga vida al género breve.

jueves, 7 de noviembre de 2019

EL REINO DE LOS SUELOS


Primero fue: «Niño, no cojas cosas del suelo». Guardaba en los bolsillos restos de naufragios como un Cousteau de ciudad, pipas para comérselas luego y alguna materia pringosa en descomposición. Luego empezó a profesionalizarse: tatuajes, pegatinas, juguetes, un billete premiado con cinco euros. Eran las típicas bagatelas que no hacen daño a nadie y cambié de estrategia: «Niño, pide permiso». Cuando encontró a su padre, desaparecido desde que fue a comprar tabaco una Nochebuena, no me quedó más remedio que aceptarlo. El chico poseía un don. Ahora que él ha vuelto a largarse, le digo: «Hijo, coge lo que valga la pena».

Finalista en el V Concurso Autonómico de Microrrelatos Té con Tagore.

jueves, 24 de octubre de 2019

ANIVERSARIO DE LETRAS



El otro día cierto político español era tildado de «zascandil» por un locutor de radio. Me recordó, inevitablemente, a mi profesora de historia en el colegio. Durante una reunión en su casa alrededor de un café, dijo que yo, de niño, era un auténtico «gaznápiro». Imaginen qué vergüenza para un escritor ignorar el significado de aquella palabra frente a su maestra. Encima con mi familia delante. Luego supe que me estaba llamando despistado. Y sonreí por la sutilidad y elegancia del insulto. Con esta anécdota inconveniente, celebro diez años en el mundo de la literatura. Todo mi cariño para Amelia Abad.

jueves, 17 de octubre de 2019

TRECE ROSAS EN MURCIA



La Feria del Libro de Murcia era un tren a vapor que por su chimenea expulsaba el humo de los sueños. Eso pensé mientras me dirigía a la caseta de editorial Tres Columnas. Estaba nervioso pero tranquilo. Los nervios naturales de cualquier encuentro con el público; la tranquilidad de que no hace falta demostrar nada a nadie.
            
Cuando llegué al puesto, agradecí la protección de una sombra benefactora. No en vano aquel día se alcanzaron temperaturas superiores a treinta grados. Saludé al editor y a algunos compañeros de letras. Una televisión local entrevistaba a una joven poeta de la casa.

Como siempre, cogí un ejemplar de Trece rosas negras para mostrárselo a la gente. Entonces me abordó una mujer de la organización para decirme que, según las normas de la Feria, estaba prohibido ofrecer libros a los transeúntes. Desde la educación y el respeto, no entiendo cómo podría ofender a alguien por hablarle de mi libro. Quienes carecemos de la publicidad millonaria de una estrella de fútbol, debemos recurrir al ingenio y a la labia para darnos a conocer. Como profesional que soy, reaccioné con una sonrisa. La charla de Sarah Jamet Martínez, mi compañera de firma, ayudó a relativizar las cosas. Descubrí a una persona especial que tiene una historia de superación a sus espaldas.

Monté en el autobús de Alicante pensando en todo lo que había sucedido aquel sábado. Gracias al mapa digital, encontré la Feria solo en una ciudad desconocida. También recibí el cariño espontáneo de quienes quisieron un libro de cuentos firmado por su autor. Hubo quien me preguntó por qué el título de Trece rosas negras si no alude a las jóvenes fusiladas por la dictadura franquista tras la Guerra Civil ni tiene trece cuentos. Tendrás que leerlo para averiguarlo.

miércoles, 2 de octubre de 2019

FIRMA EN LA FERIA DE MURCIA


















Hace un año que Trece rosas negras está en la calle. Lo más curioso que me ha ocurrido en este tiempo es que, un buen día, cierta persona me anunció que estaba componiendo una canción inspirada en uno de los relatos: «Hotel Sur». Mi amigo no canta profesionalmente ni tengo noticias de que la haya acabado, pero el hecho de haber inspirado un sentimiento en alguien me parece un logro valioso. Solo espero de todo corazón que no sea un rap. Nos vemos en la Feria de Murcia si quieres.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

LOBO EN LA ASTE NAGUSIA

La lluvia nos ha acompañado desde que volvimos de Bilbao como un hada protectora contra el calor lobotomizador del verano. Por eso, regreso sin parar al refresco de esos cuatro días que viajamos al Norte. La primera ropa de abrigo en la maleta, el primer cielo oscuro, la primera vez que recibía un premio literario. El autobús del aeropuerto superó una zona de paneles acústicos que mostró de repente la Ría y el Guggenheim. Habría detenido aquel instante para siempre.
            
Atardecía cuando ocupamos nuestra habitación en el hotel Abando, que se comunicaba mediante puerta corrediza con la de mis hijos. Lujosa pero práctica. Espaciosa a la par que cómoda. Había un sillón junto a la ventana que se convirtió en mi rincón de lectura favorito. Un hervidor de agua eléctrico completó mi felicidad.
            
Salimos a cenar algo por ahí mientras la noche refrescaba a pasos agigantados. La chaqueta de manga larga. El pañuelo al cuello. Alfonso nos condujo a una pizzería siguiendo las indicaciones de su móvil. De vuelta al hotel, Clara titilaba como una estrella en el cielo. Mi mujer, menos friolera, le prestó su rebeca.
            
A la mañana siguiente, salimos en estampida por Bilbao. Ya habíamos catado la ciudad cuatro años antes en un viaje organizado. Mis padres nos acompañaban entonces. Ahora saboreaba la libertad de recorrer sin prisa los alrededores del Guggenheim, de vagar por el dédalo de callejuelas del Casco Antiguo, de beber de las fuentes que tanto escasean en Alicante. Un amigo me mandó un mensaje para quedar, pero le dije que andaba por el Norte para recoger un premio. Repasé mentalmente lo que diría por enésima vez. No me convenció en absoluto.         

Por la tarde, fuimos en metro a Portugalete. Nos esperaba Mari Carmen Azkona vestida con un traje popular vasco. Despistado como soy, ni se me ocurrió preguntarle por su indumentaria. Un mercado medieval había invadido las callejas empedradas de la villa, devolviéndola a un tiempo pretérito. El viento olía intensamente a mar. No tardó en unirse al paseo Alicia Uriarte con su marido, gran fotógrafo por cierto. No tardé en anudarme el pañuelo al cuello para proteger la garganta. No tardaron en comentar «El día infinito», el cuento gracias al cual estaba allí con ellas. Afortunadamente, las críticas fueron constructivas e incluso Alicia se tomó bien que la hubiera convertido en personaje. El tiempo se fue volando como un jugador de cucaña.

Derrotados por el cansancio, aún tuvimos energía aquella noche para estrenar la Semana Grande de Bilbao. Los niños se quedaron en el hotel mientras nos mezclábamos con un hormiguero de gente. Algunos jóvenes llevaban el vaso vacío de plástico al estilo John Wayne. Otros conjuraban el peligro de caer a la Ría trepados a la barandilla. Sin ganas de alcohol, me tomé una infusión de menta en el Abando.
            
El domingo amaneció ligeramente plomizo y la temperatura abrazó un otoño anticipado. Sin hacer caso de un cielo cada vez más turbio, comimos en el ombligo de Bilbao: la Plaza Nueva. Era tal el gentío que el camarero olvidó cobrar los pintxos. Cuando mi mujer se percató, la lluvia y un viento gélido nos encogían bajo los paraguas. Apretamos el paso hasta el hotel.
            
El lunes seguía nublado. Con las maletas en recepción, estiramos un rato las piernas hasta la hora de la entrega de premios. Mi mujer fue engullida por Lush, una tienda de cosmética natural. Clara permaneció conmigo infundiéndome el valor que necesitaba. Tras el paseo, nos recibieron los txistus de Mikel y Patrik Bilbao a la entrada del Abando. La ceremonia contó, entre otras personalidades, con el Alkate Juan Mari Aburto y la Concejala Itziar Urtasun. Esta última me entregó el trofeo en forma de losa bilbaína concedido por la Asociación Plaza Nueva Idazleak. Como no pude leer los tres folios que tenía preparados —es broma—, aprovecho para dedicárselo a mi familia. Mi auténtico premio.
            
En un buen cuento nunca hay que satisfacer del todo la curiosidad del lector. Compramos unas cajas de chocolate para regalo. Una de ellas salió vacía en un acto de justicia poética o, quién sabe, quizá Alfonso se la comiera.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

EL BALONCESTO ESPAÑOL HACE HISTORIA














Cuando España ganó el Mundial de Baloncesto de Japón en 2006, mi hijo apenas contaba dos años. Pasaba unas vacaciones en Peñíscola con mi familia y disfruté el encuentro en una pantalla gigante que habían habilitado en el vestíbulo del hotel. Han transcurrido trece años de aquella gesta que hoy se repite en China para convertirnos en Bicampeones del Mundo.
            
Los actores han cambiado. El entrenador ya no es Pepu Hernández sino Sergio Scariolo. Solo quedan en plantilla Marc Gasol y Rudy Fernández. Sin embargo, la diferencia fundamental es otra. Aquel grupo de 2006 jugaba un baloncesto de dioses. Sus cómodas victorias de treinta puntos no eran de este planeta. El grupo de 2019, en cambio, ha logrado triunfos más ajustados y, en ese vía crucis deportivo, se han convertido en humanos. De ese sufrimiento, ha surgido una lección de vida: jamás rendirse, nunca tirar la toalla.
            
Pocos apostaban por España. De hecho, ni siquiera partía como favorita en las quinielas. Durante la primera fase de grupos, la selección dio muestras de una fragilidad alarmante. Parecía aún en gira de preparación. Algún periodista llegó a escribir que acabaría siendo la gran decepción del Mundial. El partido ante Italia fue el gran revulsivo que Ricky, Marc, Llull, Claver y Rudy necesitaban para carburar al máximo. Luego vinieron los Serbios, una auténtica apisonadora que acabó probando un poco de su propia medicina. Vencimos a Polonia y llegamos a la semifinal con Australia. Esta fue la verdadera final del torneo. Necesitamos dos prórrogas titánicas para doblegar a un equipo que siempre fue por delante en el marcador.
            
Argentina cayó con honor ante una España superlativa en la final del 15 de septiembre de 2019. La clave, el esfuerzo colectivo. Ahora que nadie duda de nuestra hazaña, Marc Gasol se permite un tirón de orejas: «Si algún día perdemos, a ver si también apoyáis».

jueves, 12 de septiembre de 2019

DEL REVÉS

                                                                            A Mari Carmen Azkona 


Al otro lado del espejo, la Feria se veía de un modo muy distinto. La gente no quedaba en el Pincho, frente a la Puerta de Hierros. Se encaramaba al mástil blanco como uno de los hermanos Pinzones oteando el horizonte en busca de su cita. La noria giraba a una velocidad tan vertiginosa que los estómagos echaban hasta la última papilla, menos el de la adolescente. Las berenjenas de Almagro olían a Galán de noche. Don Quijote y Sancho habían abandonado la Diputación; paseaban mecidos por una peculiar plática: el Caballero de la Triste Figura le reprochaba amablemente a su escudero que no eran gigantes, sino atracciones. Alicia llevaba un rato sin decidirse a traspasar la bruñida superficie cuando recibió un mensaje en un espejo mucho más brillante, rectangular y solitario. La niña y la mujer mantuvieron un tira y afloja interminable. Pasó de estar enganchada al móvil. Salió a la calle y se dijo que la vida también puede ser maravillosa.

miércoles, 28 de agosto de 2019

EL DÍA INFINITO


En el hotel Abando de Bilbao —donde un mes antes Mari Carmen Azkona recibía el Gargantúa—, recogí el pasado 19 de agosto el premio Plaza Nueva Idazleak por el relato «El día infinito». Debido a que tiene cierta extensión, podéis leerlo con más comodidad en la antología Inventa Bilbao (Rubric, 2019).
            
En su lugar, hablaré brevemente de su génesis. El único requisito del concurso era que el cuento se desarrollara en Bilbao. Decidí que la acción transcurriera en el desaparecido Parque de Atracciones de Artxanda, para lo cual me empapé de toda la información disponible en internet. Nunca me había documentado para escribir una historia y me ha parecido una experiencia fascinante.

El cine y la música dejan su huella indeleble en «El día infinito». Hay un homenaje no explícito a una antigua película de terror llamada El Carnaval de las almas (Herk Harvey, 1962). Explícito es el homenaje a la música de la Movida, a esa libertad creativa que se echa de menos en estos tiempos tan políticamente correctos.

Como siempre, mi mujer fue mi lectora cero y la única persona con quien compartí el relato. Poco inclinada a las alabanzas innecesarias o a hacer leña del árbol caído, creo recordar que lo despachó en dos palabras: «Está correcto».

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