miércoles, 20 de octubre de 2021

NACIONALIDADES






















En la terraza de un restaurante caro, la extranjera de la mesa contigua dijo: «Disculpe, no hable tan alto. Me está dejando sorda». Eché mano de la paciencia con que se le explica a un niño algo que debería saber: «Claro, soy español». Y no contento con ello, encendí un petardo porque también soy valenciano. Ella estaba horrorizada, de modo que, como buen alicantino, la invité a un chupito de cantueso que me arrojó a la cara sin miramientos antes de largarse. Entonces mi mujer volvió del baño.

miércoles, 6 de octubre de 2021

ROPA VIEJA



















Cómo cuesta
tirar la ropa vieja,
tan holgada
que nos hace sentir cómodos.
Qué fácil, en cambio,
desconfiar,
perder la fe
en las personas.
Tienes razón: fallan.
Los zapatos
también aprietan y no por eso
caminamos
descalzos.

miércoles, 22 de septiembre de 2021

DUELO AL SOL


Al doblar la esquina, vi al hombre detenerse en el extremo opuesto de la acera. Hice lo propio. La soledad de la calle era tan llamativa que no parecía verano, sino un apocalipsis. Avanzamos unos pasos hasta situarnos el uno frente al otro. Se quitó el sombrero muy lentamente para que pudiera apreciar sus ojos provocadores. Ni un atisbo de inseguridad. Transcurrieron unos instantes en los que apenas sucedió nada, salvo que el viento desordenaba mi flequillo como una mano sobre la frente. Tragué saliva y el tipo sonrió mostrando un diente de oro. Acaricié con la punta de los dedos mi muñeca derecha. Fue más rápido que yo por escaso margen. En apenas una fracción de segundo, desenfundó su mascarilla de lunares, se la puso y cruzó al otro lado. La cosa no acabó ahí. Manteniendo la distancia de seguridad de dos metros, me preguntó por dónde caía la Feria de Albacete. Le dije que iba en aquella dirección. Empezamos a caminar juntos y, claro, rompió el silencio para hacer otra pregunta. Y otra. Y otra más. Cuando alcanzamos la Puerta de Hierros, no nos sorprendió encontrarla cerrada. Le invité a una cerveza y un plato de gambitas. Dijo que había perdido el sabor y la confianza en los políticos. En ese orden. No supe si reír o llorar.

miércoles, 15 de septiembre de 2021

MI PADRE FUE TERMINATOR

















Mi padre fue Terminator: un organismo cibernético venido del pasado para protegerme. Cuando la depresión puso nidos en su sesera pensé que, en realidad, echaba de menos su tiempo. Le tocó vivir la Posguerra, las tardes de toros, las canciones de Machín y desvivirse en un sinfín de oficios. Ahora comprendo su sorda tristeza irreversible. Ya no funciona como un reloj, sino como un capricho de Goya. Todos los días amanecen crepúsculo y me mira empequeñecido, huérfano, en el desguace. Lo único que queda de aquel gran hombre soy yo.


miércoles, 25 de agosto de 2021

ENTRE PASOTAS Y FANÁTICOS

















La vacuna corre alegremente por mis venas y aún no me he convertido en zombi. Sería un buen comienzo para un cuento de terror si no fuera porque andamos más necesitados que nunca de comedia.

Entre junio y julio pasé, igual que miles de alicantinos, por los malogrados estudios cinematográficos de Ciudad de la Luz. Mis sentimientos oscilaban entre el nerviosismo y la ilusión después de tan larga espera. He de decir que el personal sanitario me atendió de maravilla, que apenas sentí el pinchazo y que, por suerte, los efectos secundarios fueron soportables. Solo tengo una queja: la palabra «vacunódromos». Que no somos caballos, oiga.

Desde entonces, no ha cambiado un ápice mi conducta. Sigo llevando mascarilla tanto al aire libre como en interiores. Sencillamente, me parece más cómodo que andarse quitando y poniendo el dichoso trozo de tela. A juzgar por lo que observo en la calle, mucha gente —incluso joven— también ha desobedecido la norma que exime de llevar cubrebocas siempre que se pueda mantener la distancia social.

No soy el único que, como digo, hace lo que le parece más oportuno en una situación excepcional. Para eso vivimos en democracia. Sin embargo, he sigo testigo este verano de comportamientos verdaderamente insólitos. Casi diría que aterradores. Están los dos extremos: los pasotas y los fanáticos. En el primer grupo cabría ese personaje que viaja en autobús con la mascarilla bajada. Porque sí. Porque él o ella lo vale. No le teme a nada ni a nadie. Su egoísmo no tiene límites. Qué quieren que les diga: me gustaría gritarle, pero permanezco mudo. Seguro que tú no te habrías callado. El segundo grupo lo formaría quien vive con miedo: deportistas embozados que obligan a sus pulmones a un ejercicio de masoquismo, gente que nunca sale de casa, que apenas se relaciona, que ni siquiera besa a su pareja. Pronto serán los nuevos Hare Krishna.

Seguramente, nos quedarán cicatrices psicológicas. Hay quien pedirá un certificado de vacunación para dar un abrazo; otros, en cambio, buscamos a nuestros semejantes para no perder el tesoro de la ternura.                                                                                  

jueves, 8 de julio de 2021

UN POCO DE TU CARIÑO











Me puse patas arriba como el perro, dejé la lengua colgandera y añadí al surrealista cuadro los ojos lastimeros que había ensayado tantas horas en el espejo. Ni por esas. Todas las cucamonas y arrumacos de mi hija fueron otra vez para ese detestable animal.


HASTA LA VISTA, MIRONES. 
FELIZ VERANO.

jueves, 24 de junio de 2021

HAIKUS DE SAN JUAN



Deslumbrantes son
las fragantes hogueras.
Brillan tus ojos.
 
Carmen Martínez Mateos
 
Abro los ojos
La noche ha eclosionado
Vibran las ascuas
 
Purificación Gázquez Rodríguez
 
El día más largo
solsticio de verano
besó mis labios.
 
Rosa García Oliver
 
Arde la luna
en lluvia de ceniza:
late lo nuevo.
 
David Revert López
 
Llamas ascienden…
¡San Juan borró lo malo!
Y ella sonríe.
 
Jorge Moya Olcina
 
Las Fallas arden
en nuestro corazón. 
Fallecen solas.

miércoles, 16 de junio de 2021

FAQUIR
















El hombre había reunido un corro a su alrededor. Vestía unos vaqueros desgastados y rotos, una camisa de seda y un pañuelo al cuello como Antonio Gala. Se descalzó con insufrible parsimonia. Sentado en posición de loto, pidió al público máximo silencio. Estuvo varios minutos con los ojos cerrados para concentrarse. Un inoportuno tono de móvil fue el pistoletazo de salida. La alfombra de vidrios cortantes crujió acariciando sus pies níveos. Contuvimos el aliento. Al primer gesto de dolor, una madre cegó a su hija para que no viera la sangre que abunda en los videojuegos. Alguien llamó a una ambulancia. El artista aún tuvo redaños de decir mientras intentaba detener la hemorragia con su pañuelo: «Lo siento, damas y caballeros, en realidad soy escritor. Estoy firmando libros en la caseta número 13. Creí que la editorial se encargaría de mi promoción».

miércoles, 2 de junio de 2021

UNA FERIA DE MUERTE


















La Feria del Libro de Alicante 2021 estuvo cargada de polémica a raíz de unas desafortunadas palabras del concejal de cultura Antonio Manresa en las que achacaba la ausencia de autores locales a la desidia de los propios autores.

Las reacciones no se hicieron esperar. Por un lado, el novelista Fernando Parra Nogueras redactó un manifiesto en defensa de los escritores alicantinos (firmado, entre otros, por un servidor). Por otro, la librería 80 Mundos organizó una Feria del Libro alternativa bautizada con el nombre de Stanb(r)ook week.

Con este poso reivindicativo flotando en el aire, asistí acompañado de unos amigos a la Feria del Libro de Alicante. La oficial. No fui esta vez en calidad de firmante, sino en virtud del lector vicioso que soy. El ambiente ferial era gélido para un sábado. No hablo de temperatura, porque hacía calor. Ni una triste musiquilla amenizando la velada. Ni un mísero payasete dando caramelos. Ni un pedillo rompiendo la monotonía. Los pobres autores que firmaban a esas horas tenían hasta telarañas. Litros de gel hidroalcohólico, eso sí. Rayas en el suelo marcando la distancia de inseguridad.

Observé también la ausencia de El Corte Inglés, la FNAC o la librería Pynchon de Alicante. Preocupado ante la no tan descabellada idea de hallarme en un cementerio, me acerqué a una caseta murciana a preguntar. Allí confirmé mis sospechas. Como no soy religioso, acepté la invitación de echar unas risas que me supieron a cerveza rubia.

Me llevé firmado Mortales de Antonio J. Ruiz Munuera, un libro de relatos que intenta desmitificar la muerte a través de la ironía. Después de lo visto aquella tarde, cada uno elige su forma de vivir. Conocemos de sobra el final del cuento.

miércoles, 26 de mayo de 2021

TRECE ROSAS EN ANDARES DE ESCRITOR











Cómo pasa el tiempo. Casi tres años hace ya que publiqué Trece rosas negras (Tres Columnas, 2018). No he parado de leer, escribir y saborear los sencillos placeres de la vida desde entonces. Me gusta detenerme en la literatura de otros, disfrutar y aprender. Detesto la sobreexposición pública; tengo alma de lobo.

El escritor Jorge Alonso Curiel ha tenido la inmensa amabilidad de dedicarle una reseña que habla por sí sola. Destaco algunas frases:

«Escribir es saber elegir»

«Tiene muy presente que al lector nunca hay que aburrirle, que siempre hay que tratarle con respeto, y así su literatura se mueve como pez en el agua en las distancias cortas, (…) consiguiendo hacer las delicias de los lectores inteligentes…»

«Existe una tendencia y un gusto por situarse dentro del género fantástico, (…) pero en su literatura hay mucho más, ya que lo “extraordinario” abarca otros terrenos. Se reconocen (…) una inquietud, una turbiedad y un extrañamiento que recuerdan el surrealismo buñueliano y la literatura del absurdo…»

«Escritor en mayúsculas, escritor lento pero seguro, que no tiene prisa por publicar…»


Si queréis leer la reseña completa, podéis hacerlo en Andares de escritor. Solo me queda agradecer a Jorge Alonso Curiel tanta generosidad. De corazón.


miércoles, 12 de mayo de 2021

EL MENDIGO



Tres semanas de lluvia en Alicante son como tres siglos. Por eso, aquel día soleado me sentía un hombre que acaba de salir de un búnker. Más que pasear, mariposeaba aquí y allá con la vista, disfrutando de los mínimos matices de las cosas.
     —¿Puedes dejarme cincuenta céntimos, maravilla de persona? —dijo un mendigo sacándome de mi ensimismamiento.
     Estuve a punto de inventar cualquier excusa, pero, en el último momento, recordé algo. Hurgué en mi mochila, extraje la moneda y se la di.
     —¿Esto qué pollas es? —espetó el mendigo abandonando el peloteo almibarado de antes. Por un orificio practicado en la moneda pasaba el hilo torzal que yo sostenía con el índice y el pulgar de una mano.
     Le invité a chatos. Mientras se atusaba la barba con algunas gotas del precioso líquido, le aconsejé que, en adelante, hablara con propiedad. Se fue haciendo eses, diciendo que era un tío grande y me dejó sin un euro en el bolsillo.

miércoles, 28 de abril de 2021

LOBO



Al afeitarse la barba de lobo de mar que sobresalía por debajo de su mascarilla, asesinó, sin querer, a una tribu indígena del Amazonas que habitaba entre la pelambrera.

miércoles, 21 de abril de 2021

LA ROMERÍA























Una romería es «un viaje o peregrinación, especialmente la que se hace por devoción a un santuario». También dice la RAE que se trata de «una fiesta popular que con meriendas, bailes… se celebra en el campo inmediato a alguna ermita o santuario el día de la festividad religiosa del lugar».

Hoy se celebra la romería de Santa Faz en Alicante o, más bien, debería celebrarse si no estuviéramos en pandemia. Un acontecimiento que, desde que tengo uso de memoria, ha tendido más hacia la segunda acepción del diccionario. Un reflejo de la alegría del alicantino, de sus ganas de vivir y de su carácter sociable.

La lluvia que cae incesante al otro lado del cristal no habría frenado al peregrino, sea por devoción o por celebración de la vida. Yo mismo he asistido a incontables romerías —primero con mis padres y luego con mi propia familia— pese a las climatologías más adversas.

Mis padres madrugaban para no perderse los rollitos de anís ni la mistela que repartían en la paraeta situada a mitad de camino. Recuerdo el cúmulo de brazos extendidos y manos abiertas sobre el mostrador, la mezcla de sudores, la algarabía.

Más adelante, mi mujer y yo decidimos hacer la caminata al atardecer siempre que no lloviera. Menos gente y la posibilidad nada despreciable de dormir toda la mañana. Además, llevábamos a los niños en el cochecito. Aún sonreímos al evocar aquella vez que, siendo novios, unos gitanos nos timaron con un juego de números escritos en rollitos de papel.

Últimamente, los puestos del mercadillo aledaño a Santa Faz rozan la quincallería. Supongo que me hago viejo. Mis hijos también han dejado atrás las pueriles atracciones de feria. No sé si volveremos a peregrinar juntos hasta el monasterio, pero, afortunadamente, el viaje de la vida continúa.


miércoles, 31 de marzo de 2021

EL LOCO DE LA CALLE














Hace muchos años, tuve una novia que se emocionaba contemplando las palomas. Como el principio de Rebeca (Alfred Hitchcock, 1940), regreso a aquel tiempo solo en sueños. Revivo sus ojos húmedos, un poco avergonzados de dar ese espectáculo. Tristes y alegres a la vez.

La poesía de Jorge Alonso Curiel solo se puede entender desde la emoción y la verdad. Nada de juegos de artificio. Nada de piruetas lingüísticas que solo los poetas comprenden. Nada, nunca, nadie y no son sus palabras preferidas. Para él, el arte es «El loco de la calle» que cantaba El Último de la Fila. O, como decía Pessoa, «vive en la misma calle que la vida».

No hablamos de un escritor en ciernes. Acaba de publicar su tercer poemario tras Es mejor el sueño (Babel Books Inc., 2007) y Reflejos en el cristal cotidiano (Playa de Ákaba, 2016). Ni siquiera se centra exclusivamente en un género, pues la versatilidad constituye una de sus cualidades. Ha escrito novela, cuento, crítica literaria y cinematográfica, artículos periodísticos. Hasta se ha atrevido a adaptar El lazarillo de Tormes al castellano actual.

Las manos del sueño (Ediciones Vitruvio, 2020) tampoco es un título escogido al azar, sino surgido del poema «Soñé anoche». El poeta sueña con las manos de una mujer que conoció pero ha muerto. Dichas manos resumen perfectamente el libro y su poesía: representan la dificultad de entender nuestra condición humana y el desengaño que nos produce una realidad en la que no encajamos.

Destacaría tres características del poemario que sorprenderán a los lectores: la facilidad de comprensión, la cercanía humana y la sencillez del lenguaje. A estas virtudes, habría que añadirle algunas curiosidades que detallo a continuación. Los poemas se presentan sin título ni rima, emplean el verso libre y ocupan una extensión entre media y breve ―aunque los hay ciertamente brevísimos―. Jorge Alonso Curiel hace suyo un lema propio del cuento: menos es más.

Durante la lectura y relectura de los versos, he sentido latir la franqueza de Gloria Fuertes, el nihilismo de Bukowski o la bonhomía de Antonio Machado: «Aquel en el que me pidan / que puntúe del uno al diez / lo que ha sido el camino de mi vida.» Sin embargo, el autor no se conforma con imitar a sus ídolos. Logra el prodigio de una voz propia.

Los temas que aborda Las manos del sueño son universales y están de rabiosa actualidad. La mujer, el desamor, la violencia de género, las ventajas de la edad y la soledad positiva son solo algunos de ellos. Llama la atención su visión pesimista de las personas especialmente sensibles: «Que ser humano es un desvío, / un gen modificado, / algo por debajo / de lo normal. / Un ser repleto de sensibilidad / no entra en la lógica…» El oficio de escritor tampoco sale muy bien parado: «Abocados al fracaso están los escritores. / No hay salida para ellos / que no sea la desesperación. / No hay recompensas, no hay éxitos, / no hay apenas abrazos. / No hay dinero. / Se trata de una travesía demasiado amarga. (…) Ser escritor es haber hecho muy mal las / cosas en otra vida.»

Un aire de melancolía recorre los poemas de Jorge Alonso Curiel, sobre todo cuando reinventa conceptos. Del amor dice que es un «arma de destrucción masiva». Compara la amistad con «una taza vacía que permanece así cuando tienes sed». Quien no haya sufrido por ellos, que se atreva a rebatirlo. Las manos del sueño refleja bocados de realidad que no escatiman un atisbo de esperanza. Como la vida misma.

miércoles, 24 de marzo de 2021

ANIVERSARIO DEL CAOS
















Estos días se cumple un año de la declaración del Estado de Alarma en nuestro país. Fue exactamente el sábado, 14 de marzo de 2020. Recuerdo aquella semana kafkiana con un sabor agridulce en la boca. Mi padre recibió el alta hospitalaria por una neumonía el miércoles. A la lógica alegría se sumaba un presagio de catástrofe inminente. Dábamos clase en la academia sin mascarilla ni ningún tipo de protección, temerosos de aquel enemigo cobarde que golpeaba amparado en su invisibilidad. El viernes bajamos la persiana del negocio sin fecha de vuelta. Una alumna celebró con estrepitosa alegría las vacaciones. Quién iba a saber entonces que nos aguardaban tres meses de cárcel.

Durante este tiempo, hemos atravesado por todos los estados de ánimo posibles: incredulidad, incertidumbre, hastío, depresión, cólera. Duele especialmente que quienes sufren otras enfermedades no salgan en las noticias, porque aunque no lo creamos han existido y existen muchas dolencias aparte del coronavirus. Un amigo mío, por ejemplo, ha soportado una lista de espera interminable para una operación de próstata.

Reinventarse ha sido el verbo más conjugado. No ha quedado otro remedio que echar mano de imaginación para conjurar la pesadilla. El primer cambio ha sido el atuendo: las incómodas mascarillas. Algunos hombres hemos aprovechado —muy ladinamente— para descuidar la barba como robinsones. No quiero imaginar las piernas de las mujeres. El segundo, la vida social. En mayor o menor medida, andamos desentrenados con las relaciones humanas. Los encuentros después de cada ola podrían calificarse de escaramuzas donde, más que dialogar, se ha monologado o escuchado al otro monologar. Por último, hemos descubierto nuevas formas de celebrar la vida sin recurrir al teléfono móvil: mi hijo, la cocina; mi mujer, la costura; mi hija, una serie de anime llamada The Promised Neverland que vemos juntos; yo, el senderismo.

Las vacunas suenan cada vez más cerca con su picotazo de mosquito cargado de pros y contras. Hasta los negacionistas hacen cola. Con ellas tal vez recuperemos algunas de nuestras viejas costumbres: viajar, asistir a un concierto, ver una película en el cine y, por supuesto, las ruidosas fiestas de tracas, petardos y cohetes que tanto se estilan en Alicante. Hasta lo odioso se echa de menos.

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