martes, 14 de agosto de 2018

BILBAO


















Ramón Mondéjar recuerda sensaciones de aquel viaje a Bilbao, pero pocas certidumbres más allá de que se estaban muriendo. Conoció a Nácar en su blog sobre enfermedades raras. Ella también tenía el suyo sobre música gótica. Era quince años más joven que él, pero a la chica se la traía al pairo. De hecho, solía bromear con la cara que pondrían sus padres si supieran que gastaba sus últimos meses de vida chateando con un cuarentón.
     Durante el viaje en tren, Ramón miraba fotos que ella le había enviado en negros sobres lacrados. Especialmente aquella donde yacía en una tumba con las manos cruzadas sobre el pecho. Y bajo ellas, una rosa negra. Los ojos cerrados.
     La ciudad parecía vivir el principio de la primavera. En pleno julio el termómetro se distraía en la fresca humedad de los tejados oscuros de las casas. Cogió un taxi en la estación. Alguien había olvidado un libro de una tal Mari Carmen Azkona en el asiento trasero. Había quedado en llamar a Nácar en cuanto llegara al hotel y el taxista no le daba conversación, de modo que escogió una página al azar.
     Su habitación daba a la ría. Abrió la ventana, se hizo un ovillo en el alféizar como un gato y contempló emocionado a varios piragüistas patinando sobre el agua. Pensó con ironía que si no le hubiera tocado aquel premio de Haikus, jamás habría tenido el valor de alojarse en un hotel tan caro. El sonido del móvil le sacó del ensimismamiento. Era la voz grave de Nácar. Por un instante, maldijo no poder quedarse toda la tarde con la mano apoyada en la barbilla mientras observaba en silencio.
     Seis meses de relación por internet sumieron a Ramón, de camino a la cita en el Puppy del Guggenheim, en un abismo de incertidumbre. En honor a la verdad, no había sido del todo sincero. No era un enfermo terminal, sino más bien un hipocondríaco solitario que pensaba que había llegado su hora si una mañana no iba al baño. Se preguntó, angustiado, qué ocurriría cuando Nácar lo supiera.
     El paseo al lado de la ría le estaba dando ganas de nadar, nadar lo más rápido posible y alejarse de allí. Cinco minutos para encontrarse con la mujer de sus sueños. Delgada, pálida, sensible, noctívaga. Desechó el pensamiento de que ella le hubiera mentido descaradamente, aunque, siendo gótica, quizá habría exagerado la gravedad de su dolencia.
     El sol se ocultó tras unas nubes como una geisha tras su abanico. En la explanada del Guggenheim, solo había dos turistas japoneses y un chico de unos treinta años apoyado sobre la barandilla del Puppy. Ramón se sentó en la bancada de enfrente. Comprobó en su reloj que aún faltaban dos minutos y se dispuso a esperar resignado.
     Al cabo de un instante, el chico de la barandilla se fue cabizbajo. Ramón lo observó perderse con curiosidad. Uno de los turistas japoneses se acercó a pedirle una fotografía. Luego, en un español muy rudimentario, le dio un pañuelo negro. Tardó un poco en comprender que se le había olvidado a aquel joven. Trató de devolvérselo al japonés para que lo llevara a la policía, pero ya no estaba.
     Nácar no apareció. Su móvil estuvo desconectado el resto del fin de semana. Mientras hacía la maleta para regresar a Alicante, Ramón no supo si guardar el pañuelo o tirarlo a la basura. Entonces se fijó en un detalle que le había pasado inadvertido.
     En la cara interior de la etiqueta, alguien había escrito con bolígrafo una especie de mensaje. En recepción no disponían de una lupa, así que la compró en un supermercado chino. Regresó al cuarto con el corazón interpretando una tamborrada en su pecho.
     Sonrió primero y luego rio a carcajadas por haber sospechado siquiera que aquel chico vestido todo de negro podría ser Nácar. El mensaje decía con claridad «Mi hermana lo siente». Guardó el pañuelo en la maleta por si refrescaba.

     Mientras el tren salía, creyó ver fugazmente a un muchacho de riguroso negro oculto entre la multitud.

Incluido en la antología del VI Certamen literario Bilbao Aste Nagusia.

lunes, 6 de agosto de 2018

LA PRUEBA IRREFUTABLE






















El día siguiente a su fallecimiento se apareció para decirme que no había nada al otro lado.
     —Pero mamá… es imposible. Más de dos mil años de cristianismo no pueden estar equivocados —objeté incrédulo.
     Antes de que yo añadiera una palabra más, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. Luego se fue alejando mientras sonreía. Su voz quedó en el aire como la última nota de un piano.
     —Siento esta pantomima. ¿Has visto? No eres tan ateo como tú pensabas.


martes, 3 de julio de 2018

CRÓNICA DE UNAS VACACIONES ANTICIPADAS



















La eliminación de España en el Mundial de Rusia no ha sido una sorpresa para nadie. Empezamos mal, con un desafortunado cambio de entrenador a última hora. Nunca enderezamos el rumbo y hemos acabado jugando un fútbol sin garra, zombi, de patio de colegio.

Lo peor, sin embargo, no es la derrota. Lo peor es el espíritu derrotista que ha regresado a un país que —no hace mucho— ganó una Eurocopa, un Mundial y una Eurocopa. Poco antes del partido ante Rusia, circulaban vídeos en los que se hacía leña del árbol caído con el portero De Gea. Yo mismo me reí con alguno de ellos, pero decidí no compartirlos. Creí que la Selección merecía un poco de fe. La que luego le faltó en el terreno de juego. A lo mejor fui el único que creyó en la victoria. Puede que echaran de menos el aliento de sus paisanos, ese que les sobra a los denostados nacionalistas. Deberíamos aprender de su amor por el terruño, aunque sin pasarnos.

Volver a viejos complejos de inferioridad no es la solución. Qué envidia me dio la grada rusa animando a su equipo en cada uno de los córners que lanzaba, haciendo la ola, soñando.

Éramos mejores que los rusos, pero nunca lo creímos. Ahora se pide regeneración, nuevo míster, la cabeza del portero. Yo pido respeto por los jugadores antes, durante y después de realizar su labor. No los rebajemos de dioses a simples mortales con tanta facilidad. Solo son humanos que, de vez en cuando, tocan el cielo. Feliz verano. Hasta la vista, amig@s.

miércoles, 13 de junio de 2018

NUEVO LIBRO A LA VISTA






















En mis cada vez más frecuentes ratos de soledad, me he planteado a menudo la siguiente disyuntiva: si escribimos porque estamos solos o estamos solos porque escribimos. Yo creo que es un privilegio y una tragedia tener a veces como único amigo el papel, pero no me negarán que existen secretos que jamás nos atreveríamos a confesar a nadie. De ahí nace, supongo, la fabulación. Contamos un cuento para hacer más llevadera una realidad demasiado paranormal, para deshacer el nudo de un complejo, para hablar con un montón de gente a solas o, sencillamente, para probar una vida que no hemos vivido.

Resumiendo, un cuento es la forma más directa de decir te quiero. Por eso he querido dedicar no un relato, sino un libro entero a dos amigos que ya no están. Ambos alicantinos. Ambos heridos por la misma espina de la literatura: una, bibliotecaria; el otro, voluntario y lector empedernido. Nunca se conocieron en vida —al menos que yo sepa—, pero ahora comparten dedicatoria.

Tendrán que leer la obra si quieren desvelar este y otros misterios, pero al menos les dejaré con algunos datos. Lo primero, el título para que vayan familiarizándose con él: Trece rosas negras. Ha apostado por mí una editorial de Murcia llamada Tres Columnas. Le agradezco la oportunidad que me brinda porque supone publicar mi cuarto libro, el tercero de relatos.

Si todo va bien, verá la luz después del verano. Hasta entonces, no me queda otro remedio que ir ahorrando para comprar alguna rosa negra —tan raras como inolvidables— que lucir en la presentación.

miércoles, 6 de junio de 2018

LENGUAJE INCLUSIVO
















Escribiendo su crucigrama semanal, Romero se había atascado en la descripción de «ramera». Si la etiquetaba como «mujer pública», el colectivo feminista caería sobre él alegando que todas las mujeres públicas no son putas. ¿Y qué tal «mujer ligera de cascos»? No, algún grupo animalista podría mosquearse. Ni pensar en escribir «mujer fácil», pues la RAE ya había acabado en la hoguera solo por el adjetivo. Se le ocurrió entonces, iluminado por una súbita mala leche, dejar caer la original «mujer púbica». La editora del periódico le preguntó qué «coño» era aquello.

miércoles, 30 de mayo de 2018

MEMORIAS DEL LOBO BLANCO




Aquella mañana me levanté con la sensación de que terminaba una época y empezaba otra. En realidad, aún faltaba mucho para que mi hija fuera una mujer, pero, a partir de entonces, empezaría a dejar de ser una niña. Ya asomaban sin prisa sus nuevas formas.
            
Después de desayunar, entré en la ropa como el buzo que se introduce en la escafandra. Obligado por la etiqueta. Al menos, mi etiqueta me permitía vestir de negro, llevar la camisa por fuera o prescindir de corbata. Consulté mi reloj: era el momento de mirarme por enésima vez en el espejo antes de acudir a la iglesia.
            
Solo comulgaban siete niños aquel trece de mayo, una fecha que quizá espantase a más de un supersticioso. El templo estaba adornado de forma sencilla. Los murmullos bajaron de tono cuando el cura subió al púlpito con una camiseta de corazones. De esa guisa, animó a largarse a quienes no tuvieran ánimo para aguantar la ceremonia. Muchos resistimos por comprobar si celebraba misa en manga corta.



















Mi madre, con orgullo de abuela, leyó la primera lectura. Esta vez tuvo cuidado de no torcerse el tobillo al bajar los escalones desde el púlpito. Meses atrás, había protagonizado una aparatosa caída que le habría valido un premio en Vídeos de primera.
            
Observé a algunos familiares en los primeros bancos. Imagino que deseaban mostrar su cariño y, por supuesto, no perderse ningún detalle de la ceremonia. Clara parecía un ángel del disimulo. Una seriedad impostada maquillaba sus ganas infinitas de reír sin ningún motivo concreto. El principio de la edad adulta. Al comulgar, probablemente pensó que habría estado mejor un trozo de queso.
            
Una vez acabada la parte religiosa, debíamos hacer tiempo hasta el banquete. Hubo invitados que pasaron por casa y otros que desaparecieron misteriosamente hasta la comida. Cada cual según le apeteciera, que para eso vivimos en democracia.




El restaurante disponía de un jardín interior para juegos y de varios salones reformados. En uno de ellos, nuestro convite tenía lugar con la calma de un día de verano. Un biombo nos separaba de otra Comunión que, por el escándalo, parecía sacada de una canción de Raphael.
             
La mesa de los amigos estaba curiosamente en las antípodas de la de los padres. Allí nos juntamos algunos profesores, entre ellos dos maestros de mi hija. Tuvieron el detalle de regalarnos su presencia y su buen rollo. Pedimos las habituales bebidas en estos casos. El camarero trajo una cubitera para el vino. La necesitaríamos.
            
El servicio se atascó en el tercer plato del aperitivo, pero apenas nos dimos cuenta. Tan entretenidos estábamos comentando el enésimo fracaso de España en Eurovisión. Algunos invitados se confundieron al tomar la dirección del baño. Era perversamente divertido verlos meterse en el aseo de trabajadores, situado tras unas cortinas. El nuestro se hallaba en un estrecho pasillo a la sombra de una celosía. Un cartel sobre la taza del váter aconsejaba: «Reogamos que tiren de la cadena».




Niños y ancianos comenzaron a impacientarse. Los primeros pidieron salir al patio con urgencia de presidiarios; los segundos ordenaron con cajas destempladas que pusiéramos un petardo en el culo a los camareros. Por fortuna, la comida aparecía de vez en cuando para rebajar los ánimos. Me pareció sabrosa pero poco abundante. Imaginé a los de Albacete asaltando alguna máquina de bocadillos.      

Fue pedirme una copa y llegaron las inevitables despedidas. Un goteo constante que me llenó de nostalgia por aquellos familiares que no volvería a ver en años y de alivio por haber cumplido. Algunos dijeron: «La próxima, la boda». Yo me froté las manos pensando que, para entonces, casi nadie se casaría. En ese instante, mi hija pasó por mi lado riéndose con esa claridad tan cristalina suya.


miércoles, 23 de mayo de 2018

ANDANADAS DE HOSTIAS






















Dos bandas rivales se reúnen bajo una carpa situada en el centro de un estadio de fútbol desierto. Sus jefes, Pazos (Manuel Manquiña) y Fátima do Espíritu Santo (María de Medeiros), se enzarzan en una pelea dialéctica que no conduce a ninguna parte. Por culpa de una simple mosca, estalla una sangrienta masacre. Supongo que les sonará. Es una de las secuencias míticas de la película Airbag (Juanma Bajo Ulloa, 1997). Hay una tarantiniana escena de la novela Un elenco de perros (Playa de Ákaba, 2018) donde los personajes también se lían a tiros en el Madrid de los años cincuenta. Así reparte —y no precisamente papeles— el último libro de José Payá Beltrán, un homenaje no disimulado al teatro. Pero empecemos por el principio.

El dramaturgo Antonio Gil Valdés lleva veinte años en la cárcel de Carabanchel. La muerte de Franco le empuja a coger de nuevo lápiz y papel para narrar los hechos que desencadenaron su entrada en prisión. Uno de sus primeros —y dolorosos— recuerdos es para la hermosa Claudia Salcedo, una actriz sin escrúpulos que maneja a los hombres a su antojo. Dos matones al servicio de don Antonio Hidalgo, el amante de Claudia, irrumpen en la pensión del comediógrafo y le convencen a guantazo limpio para que la actriz actúe en su próxima obra. Sus males no acaban ahí: Gil apenas tiene dinero y, para colmo, ha perdido la inspiración. Su suerte parece cambiar cuando recibe la tentadora propuesta de unirse a una conjura de autores teatrales contra el dictador.

Podría contarles más de este Lazarillo de Tormes llamado Gil, pero seguramente ya se habrán enamorado de él. Rezaba el título de una canción de Morcheeba: «Everybody loves a loser». Solo añadiré que perdedor no implica tarugo. Al contrario. En un ejercicio de metaliteratura, él mismo explica que va a alternar el uso de la primera y la tercera persona en su novela, esta última para narrar aquello que no vivió personalmente. De esa forma, el lector posee toda la información para encajar las piezas y los personajes solo una visión parcial de la realidad.

Apelo a mi amistad con el escritor para que no se tome a mal lo que voy a decir: Un elenco de perros me parece una gamberrada muy bien escrita. Uno siente el regocijo secreto de la buena literatura en pasajes como «Secó la taza de café de un trago» o «La puerta se abrió antes de que llegásemos, y una herida luminosa procedente del interior dibujó el sendero que nos permitió llegar hasta la casa, como un camino de baldosas doradas». Además de placer estético, la novela destila un humor fino y, a la vez, disparatado que llega a su punto más álgido cuando Gil tunea el discurso que pronuncia el Caudillo en la inauguración del Valle de los Caídos. Una maravillosa barbaridad.

El asiduo lector de José Payá —un servidor lo es— no se sentirá defraudado con Un elenco de perros. Encontrará en el gusto por los mensajes subliminales guiños a otras novelas del autor como, por ejemplo, Destilando Fantasmas. También hallará referencias veladas a dramaturgos de la talla de Alfonso Paso o Antonio Buero Vallejo, citas de Saramago e, incluso, un amor por el mamporro propio de Mortadelo y Filemón. Porque seamos serios: la risa es el arma más poderosa que existe, ha existido y existirá. 

miércoles, 16 de mayo de 2018

EL CLUB DE LOS IMPOSIBLES


Todo negocio que se precie los tiene. Pagan tarde y mal. Son el club de los imposibles. Aquí van algunos rasgos que los delatan. Primero: Has confeccionado con dedicación un ramillete de normas que, por fortuna, tus clientes respetan. En dichas normas se estipula un plazo razonable para abonar el recibo. Los imposibles nunca pagan en el plazo señalado, sino tres pueblos más allá. ¿Por qué? Porque ellos lo valen. Da lo mismo que les repitas cada mes que deben atenerse a las normas. Ellos son unos fuera de la ley que pagan cuando les da la gana. Segundo: Visto lo visto, no te queda otro remedio que suspenderles el servicio con un aséptico mensaje de móvil. No creas que perderán el culo para pagarte. Ni mucho menos. Los imposibles tienen un código de honor por el que se rigen férreamente. Tercero: Si los pillas de buen rollo, te dirán como perdonando tu miserable vida que pagarán la semana que viene. Lo harán la siguiente. Da gracias. Cuarto: Si los pillas con la vena literaria, te pedirán disculpas aplicándose los adjetivos más crueles del vocabulario mientras aseguran, por la gloria de su madre, que ahora mismo saldarán su deuda. No aparecerán hasta dos semanas después cuando estabas a punto de darte a la bebida. Quinto: Cada temporada, revisas concienzudamente las normas para comprobar si están en castellano. Lo están, pero ellos saben latín. Sexto: Si aparecen con un billete de doscientos euros en la cartera, despiértate. Estás teniendo una pesadilla. Séptimo: Disfruta de la vida.

domingo, 6 de mayo de 2018

INTERCAMBIO






















El último mensaje del SETI enviado al espacio exterior («¿Hay alguien ahí, aunque sea Chiquito?») ha sido respondido desde el planeta GJ273b en varios idiomas: «Cobarde, pecador de la pradera… urge intercambio por uno de nuestros prófugos. Huyó primero a Cataluña. Ahora se esconde en Bruselas.»

Incluido en esta antología de PAE (Plataforma de Adictos a la Escritura) que homenajea al gran Chiquito de la Calzada.

miércoles, 25 de abril de 2018

LITROS DE ALCOHOL




Conozco a una madre que, hace unos años, prohibió a su hija que fuera con sus amigas a la Romería de la Santa Faz de Alicante. Imagino el cabreo de la chavala, los portazos, los gritos y, sin embargo, entiendo las razones de la madre. No es precisamente la llama de la fe lo que arrastra a cientos de adolescentes en procesión cada mes de abril, sino el macrobotellón que se celebra en la playa de San Juan.

Ahora, vecinos y padres de San Juan, han elaborado un manifiesto para concienciar a la sociedad alicantina del problema y tratar de solucionarlo. Su título es bastante elocuente: «Por una Santa Faz sin alcohol en menores». El escrito propone una campaña de concienciación local, ofrece actividades deportivas y lúdicas alternativas en la playa de San Juan y, lógicamente, exige medidas contra el consumo de alcohol en la calle.

Como alicantino y profesor de academia, siento que no se debe hacer la vista gorda ni mirar para otro lado. Es una grave irresponsabilidad permanecer impasibles. Empecemos atajando el consumo indiscriminado de alcohol durante las Hogueras de San Juan. No solo en la calle, sino especialmente en muchas barracas donde las botellas se arraciman sobre las mesas esperando a sus dueños que, totalmente pedo, echan el bailecito de turno. Un espectáculo lamentable. Recordemos también que nuestros hijos no se educan en los colegios sino, principalmente, en casa. Ellos harán lo que nos vean hacer a nosotros. Una obviedad que casi siempre se pasa por alto. Y, por último, una pequeña broma: si realmente queremos una Santa Faz libre de alcohol, ¿por qué este año se regalaron cinco mil «cañas» más a los romeros en la plaza del Ayuntamiento y en San Nicolás? Demasiadas veces acaban olvidadas en cualquier parte después de la romería.

Una canción de Ramoncín describía una merluza de esta forma: «Litros de alcohol corren por mis venas…». A día de hoy, el bebedor no tiene ni la mitad de problemas que el fumador. Las bodas, las despedidas de soltero, los conciertos, las cenas con los amigos y, en definitiva, cualquier acto social aparece regado con el preciado líquido. Tampoco creo que haya que esconderse para tomar una cerveza o un cubata. Más bien al contrario. Opino que la bebida debe normalizarse y, por supuesto, convertirla en un placer que se pierde cuando se abusa.


miércoles, 28 de marzo de 2018

LA MANCHA TIENE ALGO




"... Y por Castilla veo un árbol / y parece que veo alguien de mi familia". (Gloria Fuertes) 
Feliz Semana Santa, amig@s. 

miércoles, 21 de marzo de 2018

EL SEÑOR (15)
















No sé por qué he hecho caso a Nuria. Para que este regreso sea una sorpresa en toda regla, yo le he robado el chupachús a un niño y ella la cartera a un cura. Los cuatro esperábamos el ascensor del piso. Al entrar en la cabina aparentemente ellos solos, han pensado que el ladrón ha sido el otro. Se han enzarzado en una pelea mientras nosotras aguantábamos la risa.
            
En la puerta está la chapa con nuestros nombres: Pedro Vargas y Tina Rubio. La nostalgia me cubre con una sábana de la cabeza a los pies como a un fantasma primitivo. Sigo queriéndole y ahora necesito más que nunca su apoyo. Un poder como la invisibilidad requiere de otro no menos importante llamado cotidianidad. Deseo con todas mis fuerzas un poco de rutina después de estas vacaciones de locura.
            
Nuria me aprieta el hombro en señal de que sabe lo que pienso.
            
—Tal vez deberíamos llamar al timbre y olvidar el puñetero asunto —sugiere con psicología inversa. Logra el efecto contrario.
            
—Venga, una última locura.
            
Ella atraviesa primero; yo la sigo con un presentimiento extraño. El piso está tranquilo. Quizá demasiado tranquilo para ser las diez de la noche de un sábado. Desde que esto empezó, Pedro teme que Paco se hunda. Por eso se lo ha traído a nuestra casa.
            
Observo con asombro el orden y la limpieza del salón. Una barrita de incienso perfuma el aire. En la cocina todos los cacharros de la cena están fregados. Nuria tiene la boca abierta.
            
Oímos susurros provenientes de la habitación de matrimonio. Como si dos personas hablaran bajo para no despertar a un supuesto bebé. Nuria me agarra de la camiseta.
            
—No vayas —musita.
            
—Seguro que duermen —trato de infundirme ánimos.
            
La habitación está poblada de sombras, pero se distingue a dos figuras con el torso desnudo en el suelo. Cuando se me escapa «qué coño», ellos encienden la luz y miran asustados a su alrededor.

Entradas populares

Páginas vistas en total