viernes, 22 de mayo de 2020

GERMOFOBIA


Antes de que estallase la crisis sanitaria, Claudia se lavaba las manos del orden de unas cuarenta veces al día. Las tenía enrojecidas y despellejadas de tanto frotar. También usaba guantes para tocar cualquier objeto que hubiera por casa o en el trabajo, pero, ni siquiera con ellos puestos, se sentía segura de dar la mano a nadie. No hablemos de los besos de rigor a un amigo, de una caricia a un perro, de pasar las páginas de un libro. Los gérmenes acechan en cualquier contacto por pequeño que sea. La pandemia la mantiene en un estado de felicidad indescriptible. Ha acogido la recomendación de usar mascarilla con tanto entusiasmo que no se la quita ni para dormir. Ha dejado incluso de saludar. Los vecinos, acostumbrados, no hacen caso de sus extravagancias. El ministro de Sanidad ha declarado hoy que la principal forma de luchar contra el virus es lavarse las manos con frecuencia.

viernes, 15 de mayo de 2020

LA HUELLA



Esta soledad acompañada y este silencio atronador
nos han unido para siempre a todos.

Nadie relatará nuestra encrucijada
en los libros de Historia.

Me alegraré de verte
como solo se alegran
dos paisanos en el extranjero.

Hablaremos sin palabras
de tanto que encontramos
en lo que perdimos.

viernes, 8 de mayo de 2020

UN SOLO LATIDO
















Hace dos meses de este sindiós en el que está metida la humanidad entera por culpa de un insignificante virus. La lectura es clara: somos tan frágiles como nuestros sueños de inmortalidad.
            
Esta fragilidad ha sacado lo mejor y lo peor del ser humano, lejos del buenismo con que los medios de comunicación nos bombardean. Sus programas viven de la lágrima fácil o del optimismo masoquista que genera buenas audiencias.
            
Lo peor de la naturaleza humana aflora en carteles cobardes de corte antisemita que algún vecino anónimo ha dirigido a un sanitario o a una cajera de supermercado. Ni Álex de la Iglesia hubiera imaginado un comportamiento tan mezquino en una comunidad. Tampoco parecen enterarse los nacionalistas de que sus sueños lúbricos de autodeterminación han quedado relegados al psicoanálisis, aunque ellos se empeñen en hacer el ridículo más espantoso con polémicas como la de las 1714 mascarillas.
            
Afortunadamente, por primera vez en mucho tiempo, España rema en la misma dirección, se respira un solo latido, vamos todos a una. Hablo de gente que fabrica mascarillas gratis, que no sale de casa, que regala una llamada de teléfono, que desea feliz semana detrás de un mostrador, que desinfecta las calles, que salva vidas, que vela por nuestra seguridad o que ayuda a un anciano a buscar las llaves en un contenedor de basura. Tenemos espíritu de equipo.
            
Los españoles hemos aplazado nuestras costumbres, nuestras festividades e incluso nuestros afectos porque era necesario. No ha sido asignatura fácil. Los políticos deberían aprender del pueblo que, en tiempos difíciles, hasta los autónomos trabajamos por el bien común.

miércoles, 29 de abril de 2020

CUARENTONA




Cuando vino de la calle, Juan Córdoba se sintió observado por la mujer apoltronada en el sofá de escay. «Quítatelo todo, menos la mascarilla y los guantes», dijo con voz orgásmica de locutora de radio. El hombre la miró atónito, boquiabierto, confuso y acobardado. «¿No me has oído, coño?», gritó perentoriamente. Desvistiéndose, quiso saber si aquello era una especie de juego sexual o una feroz medida higiénica. Nadia Pardo, sonriendo a lo Marlene Dietrich, le obligó a envolver su cuerpo con papel transparente de cocina y a usar doble preservativo. Ella siguió el mismo protocolo de envasado al vacío salvo en los condones y, tras comprobar el hermetismo de las bandejas de carne que había repuesto cientos de veces, chocaron con brutal violencia animalesca. «Perdona, ¿el pollo?», preguntó una clienta de ojos azules embozada en una mascarilla casera.

miércoles, 22 de abril de 2020

SUSPENSE



Aquella mañana me levanté con una alegría inusitada. Mi padre, que llevaba dos semanas ingresado en el hospital de Alicante por una neumonía corriente, estaba a punto de recibir el alta. Disponía de tiempo libre para ir a la piscina.
            
Preparé la mochila y puse rumbo al Centro Deportivo Municipal Gran Vía. No imaginaba entonces que aquel paseo iba a ser el último durante una larga temporada. Elegí, como siempre, un parque de tierra que divide en dos la Avenida Juan Sanchis Candela. Los árboles derramaban su sombra al ritmo del piar de algún pájaro. El sol jugaba al escondite entre nubes perezosas. Con tres cuartas partes del trecho recorrido, recibí un brevísimo mensaje de mi mujer desde el hospital: «Problemas». El corazón me dio un vuelco. Al vecino de habitación de mi padre le estaban haciendo el test del Coronavirus. Si salía negativo, el médico nos daba el alta. Si salía positivo, veinte días más en cuarentena. Menudo suspense.
            
Reconozco que pensé en suspender la natación por razones de seguridad, pero pudo más la promesa del ejercicio físico. En el vestuario, se respiraba un ambiente de calma chicha. Caras de preocupación, charlas a gritos, miradas perdidas. Hice mis largos dándole vueltas a la cabeza. Iba tan despistado que, al cambiar de calle, un nadador saltó sobre mí. Menos mal que el agua amortiguó el golpe.
            
Alrededor de las tres de la tarde, llamaron del hospital. Reconocí la voz amable de una enfermera que nos había atendido. Me informó del resultado de la prueba. Di las gracias y suspiré. Un par de días más tarde, Pedro Sánchez decretaba el estado de alarma en todo el país. Mi padre gruñe en casa sin valorar que se ha salvado por los pelos.

miércoles, 8 de abril de 2020

EL PERRO

















En la comunidad de vecinos de la urbanización Las Pelusas solo había un perro, el de Carla la transexual. Cuarenta vecinos y un solo perro. El presidente, provisto de mascarilla, trasladó a la propietaria la voluntad de algunos inquilinos de pasear al animal para hacer más tolerable el confinamiento. Carla, en bata de franela, sonrió maliciosamente. Aquel hombre jamás la había saludado y una vez se puso tan nervioso que nunca volvió a compartir ascensor. En las reuniones, le parecía chistoso llamarla Carlos Martínez, aunque hacía años que había actualizado su carnet. El perro ladró dentro como si entendiera. El presidente sudaba copiosamente mientras se retorcía las manos. Creyó oportuno añadir —recalcando el pronombre personal femenino— que pagarían el alquiler que ella fijara. «¿Para qué están las vecinas?», dijo tendiéndole la correa.

miércoles, 1 de abril de 2020

LA VIDA SIGUE IGUAL


 
En sueños,
pedía a mi novia de la adolescencia
que fuéramos amigos. Ella me despedía
con cajas destempladas.
Insistía: son tiempos
en que cada gesto
cuenta, podría ser
el último. Con piedad
cristiana, contestaba: ni
aunque fueras un zombi
te remataría.
Es la primera vez
que me despierto
con esperanza.

miércoles, 25 de marzo de 2020

PRISIONEROS




El equipo de profesores de Academia Nova suele quedar los viernes en la cafetería Nova Pinoso para hacer terapia de grupo. Es más barato y divertido que un psicoanalista. Recuerdo que aquel viernes trece hubo un emocionante acuerdo tácito: no mencionar el Coronavirus. Ha pasado ya una semana desde entonces.
            
Durante estos días de aislamiento, he echado de menos a la gente como cualquier persona. Esta enfermedad, tan silenciosa como las calles de nuestras ciudades, ataca la esencia de lo que somos: seres sociales. Los abrazos, los besos, las caricias, las bromas y las charlas forman parte de nuestro ADN. Lo habíamos olvidado con tanta red social y tanto mensaje de móvil.
            
Sin embargo, el encierro ha puesto sobre la mesa una vieja carencia de nuestra sociedad: la gente no sabe estar sola. No hablo de los merecidos aplausos que cada tarde, a las ocho, dedicamos a nuestros sanitarios. Me refiero a las series, películas, libros, conciertos y demás pamplinas con las cuales nos agobian indecentemente. Incluso algunos escritores se están dando un baño de ego leyéndonos sus obras en vídeo. Yo y solo yo soy dueño de mi tiempo. El lobo estepario que vive en mí no aguanta esta epidemia de estupidez.
            
La crisis económica nos enseñó a vivir de otra manera. Yo cambié las compras compulsivas por un voluntariado que, a día de hoy, me sigue dando grandes satisfacciones. Espero que este virus nos contagie ganas de pasar tiempo con nuestros semejantes, pero, sobre todo, más autonomía sin caer en actitudes misántropas.

miércoles, 18 de marzo de 2020

PSICOSIS


En el ascensor del hospital, un adolescente lleva mascarilla. Durante el cortísimo trayecto, no oculta su fastidio porque preferiría ir solo. Y eso que tiene la precaución de cogerlo en horas de escasa afluencia. «Tampoco hay que exagerar», comenta un hombre. El adolescente sonríe bajo la tela verde. Las puertas metálicas se abren. Antes de desaparecer por un pasillo, repite en tono agorero: «Hacedme caso, subid solos». Llevo varios días vigilando esa cabina al caer la noche. Si coincido con él a solas, le robo la mascarilla.

miércoles, 4 de marzo de 2020

LAS PERSONAS TÓXICAS
















Mientras esperaban a la profesora, algunos linces analizaron sintácticamente la nota de suicidio de la pizarra.

FINALISTA del concurso Cuenta 140 de El Cultural.

miércoles, 26 de febrero de 2020

LAS HOGUERAS DEL FUTURO




















Las Hogueras de San Juan (Fogueres de Sant Joan) son las fiestas oficiales de mi tierra y se celebran del 19 al 24 de junio. Esto lo sabe cualquier alicantino. Si una máquina de criogenización me despertara en el futuro, daría una vuelta para comprobar el estado de salud de este festejo querido y odiado a partes iguales.
            
Pedalearía a mis anchas por carriles bici debidamente señalizados mientras llego a la única barraca de la ciudad: un auténtico rincón popular situado en el Estadio Rico Pérez. En el centro del campo, una inmensa pira con restos de madera y papel aguardaría las llamas. Habría gente de todas las edades, razas, condiciones y creencias.
            
El Ayuntamiento de 2099, consciente de que tu libertad acaba donde empieza la mía, suprimiría los ruidos innecesarios. Por ejemplo, las famosas despertadas (despertàs) a las ocho de la mañana. El sufrido ciudadano las describe sin mucho cariño: cuatro gatos que lanzan cohetes porque aún no se han acostado y una banda que desafina.
            
De acuerdo con las políticas de igualdad emprendidas por partidos como Podemos, me enorgullecería asistir a la proclamación del Bellezón del Fuego (Belleo del Foc) o de la Belleza del Fuego Transexual. Quizá no sea muy ortodoxo ni tradicional, pero lograría que el resto del mundo nos mirase con respeto por algo más que nuestra playa y nuestro castillo.
            
Los avances en materia de igualdad, ruido y asociación seguramente tardarán muchos años. Solo espero que, igual que el Muro de Berlín, un día caigan todas las alambradas.

miércoles, 12 de febrero de 2020

GRITOS




Cada vez más gente hace el amor a gritos, salvajemente, sobre la encimera de la cocina. ¿O debería decir que folla? Tú levantas algo más que la vista del libro que acabas de empezar a leer, dividido entre la envidia descarada y la sonrisa bribona. Proyectas llamar al timbre porque esas no son horas: mañana trabajas. Entonces recuerdas, muy a tu pesar, que en ese piso no vive nadie. Tampoco puedes despertarla para contarle lo que crees haber oído. Ella te dejó ayer.

miércoles, 29 de enero de 2020

EL SEÑOR (16)


















La cena está a punto de concluir. El camarero sirve unos diminutos postres en platos gigantescos y recita el proceso de elaboración con una sonrisa beatífica en el rostro. En cuanto se marcha, retomo el monólogo allí donde lo había dejado: «Como iba diciendo, Nuria y yo hemos intentado ser buenas chicas. No resulta nada fácil. El drogadicto tiene que luchar cada día por conseguir su dosis. Nosotras la tenemos al alcance de una pequeña maldad diaria. En resumidas cuentas, necesitamos vuestra ayuda». Paco me observa con los ojos como platos. Mudo, desencajado.

Después de devorar su postre de una sola cucharada, Nuria rebaja la angustia cambiando de tema. Pregunta a mi marido con una sonrisita qué hacían Paco y él semidesnudos en el suelo.

—No cuestiones mi hombría —se revuelve Paco amenazándola con el dedo índice.

—Haya paz, haya paz —interviene Pedro.

Chasqueo los dedos y sirven cuatro whiskies con mucho hielo en vaso bajo. Miro un instante por la ventana. La luna llena se desliza entre jirones de niebla negra.

—Desde que os marchasteis —dice Paco más sereno—, hemos leído algunos manuales sobre técnicas de relajación. Ninguna tan efectiva como el yoga. El calor de agosto explica que no lleváramos camiseta.

Nuria y yo nos echamos a reír. Las dos hemos pensado lo mismo: si nos llegan a decir un mes antes que nuestros maridos serían unos amos de casa perfectos y aportarían paz a nuestras vidas, no lo habríamos creído.

Ellos tampoco creen lo que ven sus ojos mientras observan desde la calle. Nuria pide la cuenta, que asciende a casi quinientos euros. El tique aparece guardado en una cajita negra. Contiene también unos caramelos.

El primer proyectil impacta en la frente del camarero; el segundo rompe el cristal derecho de sus gafas. El restaurante silenciará por motivos obvios la historia de las chicas invisibles que se fueron sin pagar.

miércoles, 22 de enero de 2020

EL SEÑOR (capítulos 11-15)



11

     —Estoy más aburrida que una ostra —comenta Nuria.
     Nuestro pequeño piso de alquiler se ha convertido en un refugio pero también en una cárcel. Desde que hablé con el mayordomo, tenemos cuidado de no llamar la atención. Recuerdo claramente sus palabras: «La invisibilidad es un don, pero también puede destruirte con la facilidad que cae un castillo de naipes». No se refería a él, claro está, un simple sirviente con la preciosa virtud de saber guardar un secreto.
     —Salgamos a pasear —propongo.
     —Pero sin hacer tonterías —advierte Nuria—, que aún no me he quitado de la cabeza lo que te dijo el mayordomo.
     Sebastián entró al servicio del señor cuando el aristócrata aún tomaba una copa de jerez todos los días. Sentado en su querido sillón orejero junto a la chimenea encendida, vaciaba la copa y se le desataba la lengua. En una de esas ocasiones, le contó el motivo por el que no salía nunca. Había gozado de todos los placeres habidos y por haber. Había, incluso, cambiado el curso de la historia reciente. Se sentía exhausto y, al mismo tiempo, culpable de que su poder de volverse invisible le hubiera dominado. Para librarse de la herida luminosa, debía legarla a un mortal capaz de merecerla.
     Me escogió a mí.
     Una mujer sería más prudente.
     La luna llena lame con su luz las aguas del puerto. Lanzo piedras contra una quietud que asusta.
     —¿Te das cuenta de que se nos puede ir la olla como a Michael Jackson con la fama? —interrumpe Nuria el chapoteo.
     —Nada malo sucederá si permanecemos juntas.
     En el fondo, intuyo que cuando a mi amiga se le pase el susto volverá a las andadas. Añora cometer actos impuros.

12

     Resulta alarmante la rapidez con la que el dinero vuela, pero más alarmante es lo poco que hemos tardado Nuria y yo en abandonar la discreción.
     El banco está enfrente de nuestro piso de alquiler. El casero ya nos ha advertido de que le debemos dos meses.
     —Si se lo pidieras a tu marido, Tina, yo creo… —comenta Nuria mientras bajamos en ascensor.
     —Bastantes problemas tiene Pedro como para que, encima, le saque los cuartos. De esta salimos tú y yo solas.
     La puerta del ascensor se abre, pero Nuria ya no está conmigo. Salgo a la calle, cruzo la avenida, me detengo ante la puerta del banco. Un camionero lanza un silbido agudo y, a los cinco segundos, un piropo obsceno hacia mi persona. Me ajusto un poco la minifalda.
     El banco dispone de tres cajas donde la gente puede efectuar sus operaciones, pero en ese momento sólo hay una operativa con la consiguiente cola. El resto del personal debe de estar almorzando. Ojalá Nuria tenga paciencia, pues ya llevo cuarenta minutos esperando a ser atendida.
     —Por favor, pasen por aquí —dice un tipo calvo que acaba de abrir la caja número dos.
     Como una flecha, me planto frente al tipo calvo y pido una barbaridad de dinero con una cartilla falsa. El estúpido dice: «Me temo que, al pertenecer a otra entidad, tiene que ir a la caja de no clientes».
     Nuria entra en juego, pues al tipo le cambia la cara. Puede que incluso se esté meando en los pantalones cuando afirma con un hilo de voz: «Claro, no faltaría más». Y mira asustado a todas partes.
     Yo también me vuelvo invisible destrozando el bolígrafo con cadenita que me tiende para firmar el documento. Las dos salimos con una sonrisa de clientas satisfechas.

13

     Después del golpe al banco, recibo una llamada de Pedro en la que pregunta si me he vuelto loca. Como no comprendo nada, dice que conecte la televisión.
     La chica del telediario relata con voz monocorde el robo. Ha sido perpetrado por una mujer de unos treinta años que, luego, ha desaparecido como por arte de magia. Se cree, por el testimonio de uno de los cajeros de la sucursal, que tenía una cómplice. Misteriosamente, la cámara de seguridad solo ha registrado a una persona.
     —Tu cara es portada en todos los periódicos —reprocha Pedro con tono lúgubre de sepulturero—. No me extrañaría que la policía se os echara encima de un momento a otro.
     —Lo sé y lo siento. Necesitábamos pasta.
     Durante unos instantes, mi marido calla mientras tomo un baño relajante en el jacuzzi de una suite presidencial. Nuria está frente a mí cubierta de espuma, la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.
     —Hay formas cojonudas de hacer las cosas sin llamar tanto la atención —se lamenta.
     —Puede, cariño, pero olvidas un detalle —digo con la ironía de quien empieza a no temer a nada ni a nadie—. Aquí donde nos ves, ya no somos dos mujeres indefensas. Ahora somos invisibles. Tranquilo, no nos pasará nada.
     Tocan a la puerta.
     Decido no despertar a Nuria de su plácido sueño de espuma. Salgo del jacuzzi, me pongo el albornoz, cuelgo el móvil. Entonces caigo en la cuenta de que hemos pedido que no se nos moleste bajo ningún concepto.
     «¿Quién es?», pregunto con un leve temblor de voz. «Una botella de cava obsequio del hotel», recita el supuesto botones. Entreabro la puerta y me asomo conteniendo la respiración.

14

     Nuria y yo, las dos en albornoz, observamos al hombre que ocupa un sillón junto a la chimenea de la suite presidencial.
     —Pido disculpas por el truco del cava, pero nunca creí que lo echaría tanto de menos —dice invitándonos a tomar asiento en nuestro propio sofá.
     Lo hacemos lentamente, sin apartar la mirada del tipo más buscado de España. Hace un instante, ante nuestra estupefacción, se ha quitado una barba postiza con la que emulaba a un hípster. Con mucha educación, Nuria le ha preguntado si el cabello también era sintético.
     —Sé los rumores que circulan por ahí. Es pelo auténtico. Estira, estira si no te lo crees —ha invitado mientras agachaba la cabeza.
     Tanta simpatía me ha escamado, pero no he querido romper el momento mágico en que Nuria comprobaba la solidez capilar de Puigdemont. Tras acabar la inspección, el expresidente de la Generalitat me ha hecho señas por si yo también quería tocar.
     Ahora, para rebajar la tensión de no saber qué demonios quiere de nosotras este político huido a Bélgica desde la declaración de la república catalana, bebemos whisky con hielo. Chivas para más señas. No he encontrado nada de comer.
     Se rasca la coronilla, carraspea y dice: «Tu cara está en todos los periódicos, pero la de ella no». Me encojo de hombros.
     Nuria le anima a continuar llenando su vaso hasta el borde. Reconoce su delicada situación, le echa la culpa a un gobierno represivo y totalitario. En un acceso de euforia se levanta y empieza a cantar Els Segadors.
     Después del numerito, dice: «Alguien de mi absoluta confianza me ha informado de que podéis desaparecer… Yo solo necesito ser investido presidente. Con un rato de invisibilidad, me basta. Ofrezco la vicepresidencia de mi república».
     Nuria me guiña un ojo. Entonces, sonrientes, le arrancamos un mechón cada una. Y desaparecemos en sus narices.

15

     No sé por qué he hecho caso a Nuria. Para que este regreso sea una sorpresa en toda regla, yo le he robado el chupachús a un niño y ella la cartera a un cura. Los cuatro esperábamos el ascensor del piso. Al entrar en la cabina aparentemente ellos solos, han pensado que el ladrón ha sido el otro. Se han enzarzado en una pelea mientras nosotras aguantábamos la risa.
     En la puerta está la chapa con nuestros nombres: Pedro Vargas y Tina Rubio. La nostalgia me cubre con una sábana de la cabeza a los pies como a un fantasma primitivo. Sigo queriéndole y ahora necesito más que nunca su apoyo. Un poder como la invisibilidad requiere de otro no menos importante llamado cotidianidad. Deseo con todas mis fuerzas un poco de rutina después de estas vacaciones de locura.
     Nuria me aprieta el hombro en señal de que sabe lo que pienso.
     —Tal vez deberíamos llamar al timbre y olvidar el puñetero asunto —sugiere con psicología inversa. Logra el efecto contrario.
     —Venga, una última locura.
     Ella atraviesa primero; yo la sigo con un presentimiento extraño. El piso está tranquilo. Quizá demasiado tranquilo para ser las diez de la noche de un sábado. Desde que esto empezó, Pedro teme que Paco se hunda. Por eso se lo ha traído a nuestra casa.
     Observo con asombro el orden y la limpieza del salón. Una barrita de incienso perfuma el aire. En la cocina todos los cacharros de la cena están fregados. Nuria tiene la boca abierta.
     Oímos susurros provenientes de la habitación de matrimonio. Como si dos personas hablaran bajo para no despertar a un supuesto bebé. Nuria me agarra de la camiseta.
     —No vayas —musita.
     —Seguro que duermen —trato de infundirme ánimos.
     La habitación está poblada de sombras, pero se distingue a dos figuras con el torso desnudo en el suelo. Cuando se me escapa «qué coño», ellos encienden la luz y miran asustados a su alrededor.

miércoles, 15 de enero de 2020

MARAVILLOSOS LUNES


Nos obcecamos como borregos en que los lunes son el peor día de la semana. Supongo que inaugurar el viaje, abrir el melón justo después del plácido domingo no tiene muy buena prensa. Los alumnos aventajados, los empollones tampoco.
            
La soledad de los lunes es descomunal. Nadie los quiere por razones archiconocidas. En primer lugar, suponen la vuelta a nuestras obligaciones laborales o académicas. Ello implica un estéril madrugón. Segundo, carecen de poesía. Soportan todo el peso de la realidad como un negro presagio que sobrevuela la fragilidad de la existencia. Finalmente, muchos restaurantes cierran por descanso y los cines cobran un ojo de la cara.
            
Ahora que mis fines de semana no transitan con tanta frecuencia los territorios del alcohol, he redescubierto el placer de los lunes. El caos empieza a cobrar forma, a despejarse, a tener sentido. La energía fluye como un río de lava para gritar por los poros de nuestra piel que estamos vivos y que disponemos, una vez más, de siete oportunidades para demostrarlo. Cualquier cosa puede suceder si nos ponemos manos a la obra; nada va a ocurrir por arte de magia.
            
Si odias las uvas en Nochevieja o los helados en verano, tu día favorito podría ser un lunes. Aprovecha el Big Bang de la semana. No pierdas el tiempo lamentándote.

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