miércoles, 12 de mayo de 2021

EL MENDIGO
















Tres semanas de lluvia en Alicante son como tres siglos. Por eso, aquel día soleado me sentía un hombre que acaba de salir de un búnker. Más que pasear, mariposeaba aquí y allá con la vista, disfrutando de los mínimos matices de las cosas.
     —¿Puedes dejarme cincuenta céntimos, maravilla de persona? —dijo un mendigo sacándome de mi ensimismamiento.
     Estuve a punto de inventar cualquier excusa, pero, en el último momento, recordé algo. Hurgué en mi mochila, extraje la moneda y se la di.
     —¿Esto qué pollas es? —espetó el mendigo abandonando el peloteo almibarado de antes. Por un orificio practicado en la moneda pasaba el hilo torzal que yo sostenía con el índice y el pulgar de una mano.
     Le invité a una cerveza. Mientras miraba distraídamente un móvil diez veces más grande que el mío, le aconsejé que, en adelante, hablara con propiedad. Se fue pensando que estaba completamente loco.

miércoles, 28 de abril de 2021

LOBO



Al afeitarse la barba de lobo de mar que sobresalía por debajo de su mascarilla, asesinó, sin querer, a una tribu indígena del Amazonas que habitaba entre la pelambrera.

miércoles, 21 de abril de 2021

LA ROMERÍA























Una romería es «un viaje o peregrinación, especialmente la que se hace por devoción a un santuario». También dice la RAE que se trata de «una fiesta popular que con meriendas, bailes… se celebra en el campo inmediato a alguna ermita o santuario el día de la festividad religiosa del lugar».

Hoy se celebra la romería de Santa Faz en Alicante o, más bien, debería celebrarse si no estuviéramos en pandemia. Un acontecimiento que, desde que tengo uso de memoria, ha tendido más hacia la segunda acepción del diccionario. Un reflejo de la alegría del alicantino, de sus ganas de vivir y de su carácter sociable.

La lluvia que cae incesante al otro lado del cristal no habría frenado al peregrino, sea por devoción o por celebración de la vida. Yo mismo he asistido a incontables romerías —primero con mis padres y luego con mi propia familia— pese a las climatologías más adversas.

Mis padres madrugaban para no perderse los rollitos de anís ni la mistela que repartían en la paraeta situada a mitad de camino. Recuerdo el cúmulo de brazos extendidos y manos abiertas sobre el mostrador, la mezcla de sudores, la algarabía.

Más adelante, mi mujer y yo decidimos hacer la caminata al atardecer siempre que no lloviera. Menos gente y la posibilidad nada despreciable de dormir toda la mañana. Además, llevábamos a los niños en el cochecito. Aún sonreímos al evocar aquella vez que, siendo novios, unos gitanos nos timaron con un juego de números escritos en rollitos de papel.

Últimamente, los puestos del mercadillo aledaño a Santa Faz rozan la quincallería. Supongo que me hago viejo. Mis hijos también han dejado atrás las pueriles atracciones de feria. No sé si volveremos a peregrinar juntos hasta el monasterio, pero, afortunadamente, el viaje de la vida continúa.


miércoles, 31 de marzo de 2021

EL LOCO DE LA CALLE














Hace muchos años, tuve una novia que se emocionaba contemplando las palomas. Como el principio de Rebeca (Alfred Hitchcock, 1940), regreso a aquel tiempo solo en sueños. Revivo sus ojos húmedos, un poco avergonzados de dar ese espectáculo. Tristes y alegres a la vez.

La poesía de Jorge Alonso Curiel solo se puede entender desde la emoción y la verdad. Nada de juegos de artificio. Nada de piruetas lingüísticas que solo los poetas comprenden. Nada, nunca, nadie y no son sus palabras preferidas. Para él, el arte es «El loco de la calle» que cantaba El Último de la Fila. O, como decía Pessoa, «vive en la misma calle que la vida».

No hablamos de un escritor en ciernes. Acaba de publicar su tercer poemario tras Es mejor el sueño (Babel Books Inc., 2007) y Reflejos en el cristal cotidiano (Playa de Ákaba, 2016). Ni siquiera se centra exclusivamente en un género, pues la versatilidad constituye una de sus cualidades. Ha escrito novela, cuento, crítica literaria y cinematográfica, artículos periodísticos. Hasta se ha atrevido a adaptar El lazarillo de Tormes al castellano actual.

Las manos del sueño (Ediciones Vitruvio, 2020) tampoco es un título escogido al azar, sino surgido del poema «Soñé anoche». El poeta sueña con las manos de una mujer que conoció pero ha muerto. Dichas manos resumen perfectamente el libro y su poesía: representan la dificultad de entender nuestra condición humana y el desengaño que nos produce una realidad en la que no encajamos.

Destacaría tres características del poemario que sorprenderán a los lectores: la facilidad de comprensión, la cercanía humana y la sencillez del lenguaje. A estas virtudes, habría que añadirle algunas curiosidades que detallo a continuación. Los poemas se presentan sin título ni rima, emplean el verso libre y ocupan una extensión entre media y breve ―aunque los hay ciertamente brevísimos―. Jorge Alonso Curiel hace suyo un lema propio del cuento: menos es más.

Durante la lectura y relectura de los versos, he sentido latir la franqueza de Gloria Fuertes, el nihilismo de Bukowski o la bonhomía de Antonio Machado: «Aquel en el que me pidan / que puntúe del uno al diez / lo que ha sido el camino de mi vida.» Sin embargo, el autor no se conforma con imitar a sus ídolos. Logra el prodigio de una voz propia.

Los temas que aborda Las manos del sueño son universales y están de rabiosa actualidad. La mujer, el desamor, la violencia de género, las ventajas de la edad y la soledad positiva son solo algunos de ellos. Llama la atención su visión pesimista de las personas especialmente sensibles: «Que ser humano es un desvío, / un gen modificado, / algo por debajo / de lo normal. / Un ser repleto de sensibilidad / no entra en la lógica…» El oficio de escritor tampoco sale muy bien parado: «Abocados al fracaso están los escritores. / No hay salida para ellos / que no sea la desesperación. / No hay recompensas, no hay éxitos, / no hay apenas abrazos. / No hay dinero. / Se trata de una travesía demasiado amarga. (…) Ser escritor es haber hecho muy mal las / cosas en otra vida.»

Un aire de melancolía recorre los poemas de Jorge Alonso Curiel, sobre todo cuando reinventa conceptos. Del amor dice que es un «arma de destrucción masiva». Compara la amistad con «una taza vacía que permanece así cuando tienes sed». Quien no haya sufrido por ellos, que se atreva a rebatirlo. Las manos del sueño refleja bocados de realidad que no escatiman un atisbo de esperanza. Como la vida misma.

miércoles, 24 de marzo de 2021

ANIVERSARIO DEL CAOS
















Estos días se cumple un año de la declaración del Estado de Alarma en nuestro país. Fue exactamente el sábado, 14 de marzo de 2020. Recuerdo aquella semana kafkiana con un sabor agridulce en la boca. Mi padre recibió el alta hospitalaria por una neumonía el miércoles. A la lógica alegría se sumaba un presagio de catástrofe inminente. Dábamos clase en la academia sin mascarilla ni ningún tipo de protección, temerosos de aquel enemigo cobarde que golpeaba amparado en su invisibilidad. El viernes bajamos la persiana del negocio sin fecha de vuelta. Una alumna celebró con estrepitosa alegría las vacaciones. Quién iba a saber entonces que nos aguardaban tres meses de cárcel.

Durante este tiempo, hemos atravesado por todos los estados de ánimo posibles: incredulidad, incertidumbre, hastío, depresión, cólera. Duele especialmente que quienes sufren otras enfermedades no salgan en las noticias, porque aunque no lo creamos han existido y existen muchas dolencias aparte del coronavirus. Un amigo mío, por ejemplo, ha soportado una lista de espera interminable para una operación de próstata.

Reinventarse ha sido el verbo más conjugado. No ha quedado otro remedio que echar mano de imaginación para conjurar la pesadilla. El primer cambio ha sido el atuendo: las incómodas mascarillas. Algunos hombres hemos aprovechado —muy ladinamente— para descuidar la barba como robinsones. No quiero imaginar las piernas de las mujeres. El segundo, la vida social. En mayor o menor medida, andamos desentrenados con las relaciones humanas. Los encuentros después de cada ola podrían calificarse de escaramuzas donde, más que dialogar, se ha monologado o escuchado al otro monologar. Por último, hemos descubierto nuevas formas de celebrar la vida sin recurrir al teléfono móvil: mi hijo, la cocina; mi mujer, la costura; mi hija, una serie de anime llamada The Promised Neverland que vemos juntos; yo, el senderismo.

Las vacunas suenan cada vez más cerca con su picotazo de mosquito cargado de pros y contras. Hasta los negacionistas hacen cola. Con ellas tal vez recuperemos algunas de nuestras viejas costumbres: viajar, asistir a un concierto, ver una película en el cine y, por supuesto, las ruidosas fiestas de tracas, petardos y cohetes que tanto se estilan en Alicante. Hasta lo odioso se echa de menos.

miércoles, 10 de marzo de 2021

VARIACIONES DE UN ENCUENTRO












No has pegado ojo. Hoy vas a reunirte con tu primer amor en treinta años. Estuvo muy simpática el día que hablasteis por teléfono, tanto que igual monta una escena con carácter retroactivo en el solitario café donde habéis quedado. Solía ser celosa. Dejas el móvil en casa; evitas así la tentación de enseñarle fotos familiares. Ella se ha convertido en una solterona. Mientras suplicas la aprobación del espejo, tu antigua novia admite que nunca se rio tanto como contigo. Por esa causa, jamás te tomó en serio. Llegas a la cita con casi una hora de retraso. Ella frunce el ceño, los labios, las palabras que pronuncia. Cuando dice adiós, lees entre líneas que la olvides. Sucede lo inimaginable: sonríe, se alegra de corazón, te abraza. Pasáis una tarde macanuda.


miércoles, 24 de febrero de 2021

TRIPLE SALTO MORTAL




La gran pasión de mi padre era la pesca. Madrugones, calles todavía oscuras, dos copas de cantueso, la sensación de moverse entre el sueño y la vigilia, la brisa del mar en la cara, permanecer en silencio. Ahora ha perdido la afición y yo, que iba por acompañarle, también. La ilusión, sin embargo, se ha reproducido como un eco en su nieto. Y, claro, nos ha vuelto a entrar el gusanillo a todos.

Algo así le ocurre a José Payá Beltrán con las historias de S. S. Van Dine. Su amor por ellas contagia, inspira y sugiere que quien no se obsesiona no es humano. Seguidor acérrimo —no solo del escritor estadounidense, sino también de la novela de misterio en general—, el autor ha publicado Un crimen otoñal (Grupo Terra Trivium, 2020), otra obra inclasificable. Un triple salto mortal literario. ¿Nos encontramos, entonces, ante una edición crítica o frente a una novela?

Fijándonos en su brumosa portada, el libro es una insolente edición crítica a cargo de José Payá Beltrán que introduce Un crimen otoñal, la decimotercera novela policiaca escrita por S. S. Van Dine (alias de Willard Huntington Wright) y protagonizada por el detective Philo Vance.

Cualquiera que haya leído una edición crítica —no hace falta haber estudiado Filología Hispánica— sabe que es un estudio necesario para entender el sentido de la obra al tiempo que una lectura aburridísima. Un auténtico peñazo. Un verdadero tostón. ¿Por qué? Quizá porque la erudición por la erudición agota. Consciente de ello, el autor ha salpicado la suya de curiosidades. Para empezar, incluye cotilleos. Uno de los más jugosos rememora la desesperada carta que escribe a la editorial española que ha publicado la última novela de Van Dine que le queda por leer. No tiene desperdicio. Más adelante, con su habitual sentido del humor, se burla de las notas a pie de página o las reglas para escribir novelas policiacas. Incluso se ríe de sí mismo en un fragmento glorioso: «Hay quien elige el fútbol o los sellos: yo elegí los enigmas de Van Dine y el lenguaje pomposo y redundante de Philo Vance. Admitámoslo: existen vicios peores y, desde luego, más secretos y más vergonzantes.» Finalmente, repasa las mejores novelas de misterio de la primera mitad del siglo XX y sus correspondientes adaptaciones cinematográficas. Los libros de Van Dine son ejemplos paradigmáticos de la llamada novela-problema, un subgénero policiaco despojado de todo lo literario para conformar una especie de crucigrama o jeroglífico.

A poco que uno investigue, averiguará que Van Dine escribió solo doce novelas con el detective Philo Vance como protagonista. ¿Por qué se silenció la decimotercera entrega? ¿Cómo consiguió José Payá Beltrán un ejemplar de la obra? ¿Qué sentido tiene publicar un libro del que apenas se conservan treinta páginas?

Quizá la clave para resolver el enigma sea la identidad literaria, un tema que el escritor biarense ha abordado en una trilogía de novelas: Puzzle de sangre (Aguaclara, 2014), Identidad (Grupo Tierra Trivium, 2019) y la que nos ocupa. En la primera, la identidad se diluye por ser una novela escrita a medias con Mario Martínez Gomis. En la segunda, la identidad se esconde en el anonimato. De hecho, la portada carece de autor, así como de datos biográficos o sinopsis. Por no tener, no tiene ni fotografía. En la tercera, la identidad desaparece.

Solo existe, querido lector, una certeza a estas alturas. Nada es lo que parece en Un crimen otoñal. Como los buenos magos, José Payá Beltrán desvelará sus trucos al acabar la función. El espectador envidioso mascullará que a cualquiera se le habría ocurrido, pero quienes no hayan perdido del todo la curiosidad infantil quedarán sencillamente boquiabiertos. Absolutamente estupefactos. Se lo garantizo.

miércoles, 17 de febrero de 2021

ROMANCINISMO

















Flores con burbujas para mi mujer
 en San Valentín.
Una máquina de coser
soledades para mí.
El gorro de chef
para un cocinero de postín.
La niña buena ve
otra historia para no dormir.
La naturalidad 
es tan romántica.


miércoles, 10 de febrero de 2021

EL VERDE












Su abuela le explicó con dulzura, para que dejara de temblar, que aquel espectáculo de color se llamaba árbol.


GANADOR en el Concurso Cuenta 140 de El Cultural.

miércoles, 27 de enero de 2021

DUARTE EN LA MEMORIA



Siempre he sido un enamorado del cine. Una tarde de mi infancia, echaron en televisión Tras la pista de la pantera rosa (Blake Edwards, 1982). Me disgustó el hecho de que apenas apareciera el inspector Clouseau. Ignoraba entonces que el actor que lo encarnaba había fallecido dos años antes y que la cinta tenía un mero afán recaudatorio disfrazado de homenaje póstumo. Lo interesante era su forma narrativa: una famosa reportera entrevista a todos los que guardan relación con Clouseau, desde el inspector jefe Charles Dreyfus hasta el mayordomo Cato. Cuando empecé a leer La primera semana del inspector Duarte (Click ediciones, 2020) supe, en pocas líneas, que me encontraba ante la misma manera de contar.

En la tercera parte de una saga que José Payá Beltrán inició con La última semana del inspector Duarte en 2015, el protagonista lleva muerto una década. Un periodista —que guasonamente se llama Pepe— está haciendo un reportaje sobre el primer caso en el que Daniel Duarte se vio envuelto. A partir de entrevistas a personajes variopintos, el lector viaja hasta el convulso 23 de febrero de 1981, cuando el hallazgo de un cadáver en Apis, mientras España contenía el aliento, obliga a desplazarse hasta la localidad a un detective aún novato.

Estamos ante una novela corta de ambiente rural que se desarrolla en el imaginario Apis (guarda cierto parecido linguístico con Apiés, un barrio de 83 habitantes situado a 10 kilómetros de Huesca). Evoca Biar, el pueblo natal del autor. Ambas comparten un majestuoso castillo y la foto de cubierta es una vista de dicha localidad.

Un doble contexto histórico rodea a este thriller policiaco: por un lado, el intento fallido de golpe de Estado del 23F, cuando el teniente coronel de la guardia civil Antonio Tejero Molina irrumpió pegando tiros en el Congreso de los Diputados. Por otro lado, las heridas sin cicatrizar de la Guerra Civil en la década de los 80. Se personifican en el odio y el rencor que siente Carlos el Comadrón (facha) por Ángel el Raposo (rojo). Este resentimiento lleva a Carlos a cometer un acto de venganza. Curiosamente, Ángel estuvo un año preso en la cárcel de Alicante. Un paralelismo significativo con la figura del poeta Miguel Hernández.

La memoria es la gran protagonista del libro. El escritor no solo reconstruye un caso del desaparecido inspector a través de los recuerdos de su gente. También denuncia que quienes olvidan la historia están condenados a repetirla. No nos pase como a Jacinto el Jueves, que no recuerda el discurso del Rey ni las noticias. Solo las películas de risa que echaron en televisión para amenizar la espera: La princesa y el pirata (1944) con Bob Hope y El asombro de Brooklyn (1946) con Danny Kaye.

El humor de la novela se basa, principalmente, en los divertidos contrastes entre el campo y la ciudad. Varios entrevistados, por ejemplo, se extrañan de que el periodista pida Bitter Kas, una bebida casi desconocida en el campo. Los apodos también son fuente de hilaridad: Sebastián el Pinchamierdas, Paco el Rata, Pepe el Botifarra, Manolo el Polvos, Pepito Casca, Vicente el Rojo… Otros elementos rurales que provocan una sonrisa son el vicio de los ancianos de andarse por las ramas, la machacona hospitalidad o el lenguaje popular.

Confiesa José Payá Beltrán sin tirarle demasiado de la lengua que esta novela la escribió como un divertimento, un descanso del guerrero después de afrontar otro proyecto más exigente. No resta valor ni mérito a una historia que denota el amor —que no idealización— por el pueblo, pues no esconde defectos como los celos y las envidias. No decepciona en absoluto la ausencia del protagonista principal. Al contrario, está vivo en la memoria de quienes le conocieron. Esto conecta con el tema de la identidad, uno de los más recurrentes en la obra del autor. En definitiva, La primera semana del inspector Duarte ha mantenido a este lector en suspense hasta la última línea, incluso le ha hecho soltar alguna carcajada. Eso es impagable en los tiempos inciertos que vivimos.

miércoles, 20 de enero de 2021

LA HERBORISTERÍA



















La dueña de la herboristería se llamaba Amparo. Tristán le habría pedido su sonrisa como bálsamo para sus dolencias, en especial la soledad de un cuarentón recién divorciado. Pidió, en cambio, las hierbas de siempre para las migrañas. Mientras la joven lo atendía, hablaron un poco. Al acabar, ella preguntó si quería algo más.
     Tristán dijo que llevaba tiempo dándole vueltas a un asunto. En su opinión, había dos formas de inmunizarse: el contagio o la vacuna. Él siempre había sido una persona impaciente, de modo que esperaba que no se ofendiese por lo que iba a rogarle.
     Amparo lo miró de hito en hito. «¿Estarás de broma?», preguntó. Su seriedad no dejaba lugar a dudas. Como el aforo de la tienda era de un solo cliente, en cuestión de minutos se había formado una asombrosa cola. Él le tendió un documento en el que la eximía de cualquier culpa y donde figuraba su número de móvil. Luego salió.
     Unos meses después, Amparo se notó unas décimas de fiebre y pérdida del gusto. Supuso que era un simple resfriado, pero la prueba confirmó que tenía el coronavirus. Mientras pasaba la enfermedad en su casa, se acordó de la absurda petición de Tristán.
     «No creas que estoy enamorado de ti ni nada de eso», decía el hombre en su cabeza. «Solo estoy harto de esperar una vacuna que no sé cuándo me tocará ni si será efectiva.»
     Tristán subió en el ascensor hasta el cuarto piso. Ella abrió la puerta en batín, despeinada y sin mascarilla.


miércoles, 30 de diciembre de 2020

LA VIDA VEGETAL

















El tipo de la camisa fucsia dijo en un perfecto castellano lo que quería: una ensalada y una botellita de agua.
     La cajera, una muchacha tiernita pero bien aleccionada, le preguntó si quería patatas fritas haciéndose la sorda.
     El tipo de la camisa fucsia, que llevaba tres meses haciendo dieta vegetal para librarse de 120 kilos, la tomó con la chica de tal forma que ésta empezó a disminuir de tamaño y cuando tocó fondo en el suelo de la bocatería, prorrumpió en sonoros sollozos.
     El jefe de los empleados salió del cuarto de baño de fumarse un porro y se encontró con un tipo al borde de la histeria y una cajera llorando. La otra cajera lo estaría buscando por la cocina o simplemente se habría puesto a cubierto. Algunos clientes se habían largado y otros se habían quedado de piedra.
     El tipo de la camisa fucsia decía a grito pelado: «¿Tú crees que yo puedo comer patatas fritas, hija de la gran puta? Para que te enteres, ¡¡¡¡¡estoy gooooooooooooooooordo!!!!!».
     La cajera, sin dejar de llorar, intentaba disculparse por el malentendido, pero lo único que conseguía era exasperar más al gordo. Parecía uno de esos toros descontrolados de San Fermín. No sabía dónde corneaba.
     Por eso el jefe de los empleados no se lo pensó dos veces y se dirigió hacia él decidido. Tenía una ventaja, la de pillarle por la espalda, pero era preciso actuar deprisa. Le tocó el hombro.
     El gordo giró primero la cabeza y luego el resto del cuerpo. Ante él temblaba el jefe de los empleados con su mejor y más falsa sonrisa. Le hacía señales para que agachara la cabeza. Su poder de convicción no le podía fallar ahora.
     El gordo pensó que aquel tipo estaba loco y le dijo secamente: «¿Qué quieres?».
     El jefe de los empleados respondió: «Decirte una cosa al oído».
     El gordo empezó a darse cuenta de la situación que había generado por culpa de su mal humor, que se debía sobre todo a los complejos de una vida vegetal: de la cama al sofá y del sofá a la cama. Pero era tarde para disculparse.
     Por eso decidió agachar la cabeza para escuchar lo que tenía que decirle aquel loco. La cajera sostenía en las manos lo primero que había pillado para agredirle si no funcionaba: un zapato de tacón. De pronto se habían quedado los tres solos. ¿Habría tenido alguien el detalle de llamar a la policía?
     El jefe de los empleados le hizo la siguiente revelación al oído antes de salir corriendo con la cajera: «Las patatas fritas son de origen vegetal». 
     La policía encontró el suelo de la bocatería lleno de cartones vacíos de patatas fritas y un gordo durmiendo la mona junto a la freidora.

Atlantis, 2009

miércoles, 23 de diciembre de 2020

NAVIDAD DISTÓPICA




Dicen por ahí que esta va a ser la Navidad más triste y solitaria de nuestras vidas. Viendo las terrazas abarrotadas de los bares no puedo evitar sonreír ante semejante afirmación. Despedimos un año donde la auténtica pesadilla han sido las normas. Mascarillas, geles desinfectantes, distancia social, confinamiento domiciliario, cierre perimetral, interminables colas y toque de queda. El mundo se ha convertido en una distopía. Sin embargo, los españoles seguimos dando rienda suelta a lo que nos distingue: la alegría de vivir y que se enteren en Pernambuco. Siempre que hagamos caso de las recomendaciones sanitarias, no veo ningún inconveniente. De hecho, la risa me parece más necesaria que nunca. Una cuestión de salud mental. Os prescribo cero noticias, dosis masivas de cariño y un suplemento vitamínico de locura. Feliz Navidad, mirones.

EL FABULOSO CHRISTMAS ES CORTESÍA DE NEOGÉMINIS.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

BAILAR












 
Bailar es como abrazar en la distancia
a quien no espera ser abrazado,
a quien no teme ser sonreído por la sinuosidad del cuerpo,
a quien no sabe más técnica que la complicidad.
 
Bailar es robar años al espejo
para recuperar un gramo de felicidad perdida,
de cruel diversión infantil.
 
Bailar es memoria de los pasos
que en pareja o solos
hemos aprendido a imitar
con el inconfundible estilo mareado de los patos.
 
Bailar es ritmo, salero, gracia
nacidos de la síntesis del éxtasis.
 
Bailar es una intimidad que se ofrece a los ojos
porque la piel con piel no asusta,
sino imagina.


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