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miércoles, 13 de mayo de 2026

UN ESCRITOR CON SENSIBILIDAD






















En la Feria del Libro de Elche, se acercó una desconocida y me dijo: «Te compro un libro si eres de izquierdas». Como siempre he odiado las obligaciones, decidí no responder. ¿Qué demonios le importa a quién voto? Si soy del Barça o el Madrid, heterosexual o gay, creyente o ateo solo me incumbe a mí. No ignoro que hay escritores como Rafael Alberti que están indisolublemente unidos a sus ideas políticas, en este caso al Comunismo. Sin embargo, yo soy autónomo en el amplio sentido de la palabra. El único gobierno que me representa es el de las letras.

Esta anécdota refleja la herida de las dos Españas, una fractura que llegó a su máximo enfrentamiento en la Guerra Civil (1936-1939). La novela Pan, fútbol y silencio de Roberto Hurtado (Cuadranta, 2025) retrata la posguerra desde el bando de los perdedores (o, mejor dicho, olvidados). Nadie está a salvo de sospecha en plena represión franquista. Casi se siente el miedo físicamente, casi se oye la voz pudriéndose en las gargantas. Hermanos contra hermanos. Por no hablar de cartillas de racionamiento, pan de mijo y otras miserias que mi madre relataba cuando tenía memoria.

En este marco, el fútbol sirve como válvula de escape. También de excusa para hablar de lo que realmente importa: la dignidad, la culpa o la memoria. Además, el autor establece paralelismos con la vida a través del argot futbolístico. Hacia 1935, un quinceañero llamado Julio Alcolea empieza a jugar en el Elche. Mariano Efesé, una especie de señor Miyagi valenciano, le echa el ojo y decide convertirlo en estrella. Sin embargo, la guerra deja todo en suspenso. Quince años después, Julio vuelve del exilio en busca de su entrenador.

La lectura del libro me ha proporcionado un intenso placer estético y, al mismo tiempo, emociones contenidas. Roberto Hurtado ha alcanzado una madurez literaria que se atisbaba en anteriores trabajos y, en mi humilde opinión, ha cuajado su obra más redonda. La concatenación, una figura retórica muy usada en poesía, logra que te enganches y no puedas dejar de leer. En cuanto a sentimientos, escasean las muestras de cariño en un ejercicio de verosimilitud con la España de los años 50. El autor se revela entonces un maestro en el lenguaje de los silencios, las miradas y los gestos, que comunican a veces más que las propias palabras.

Hay un personaje en Pan, fútbol y silencio que resume el mensaje principal que late en la novela. Se trata de don Álvaro, un médico que atiende sin hacer preguntas. Basado en dos figuras históricas, representa la rectitud moral y la compasión. Recordar duele y sana porque la herida sigue y seguirá abierta, pero «lo que hace un hombre con otro hombre, cuando nadie mira, vale más que cualquier bandera».

miércoles, 18 de febrero de 2026

IDENTIDADES


«Quién no desearía poder ser otro», cantaba Enrique Bunbury en No fue bueno, pero fue lo mejor. En El peligro de estar cuerda, Rosa Montero reflexiona: «¿Quién no ha deseado alguna vez escapar del encierro de la propia vida? Y no porque esa vida no nos guste, sino porque una sola existencia, por muy grande y muy buena que sea, siempre será una especie de cárcel, una mutilación de las otras posibles realidades, de los otros individuos que pudimos ser. ¿Quién no ha deseado alguna vez ser otro? Contenerse dentro de una sola identidad resulta empobrecedor». Ignoro si José Payá Beltrán se ha inspirado en estos fragmentos para elegir el título de su nuevo libro, Vidas posibles (Aguaclara, 2025). Lo único claro es que emplea las herramientas de la literatura para adoptar otras identidades como un agente secreto en misión de espionaje. 

Ha pasado la friolera de catorce años desde La segunda vida de Christopher Marlowe (Instituto de Cultura Juan Gil Albert, 2011), el libro de cuentos que sirvió para conocernos en la Feria del Libro de Alicante —cuando se celebraba en La Explanada—. Por fin, nos regala un nuevo volumen. Él mismo explica que en aquel exploraba la relación entre realidad y fantasía, y en este pretende mostrar su faceta más lírica e íntima.

Ya en aquel encuentro, el escritor me propuso a bocajarro un intercambio de papeles: yo sería el crítico literario y él, el genio que se dedica a escribir en la sombra. Anticipaba —igual que Millás— su preocupación por la identidad, de la cual hay tantos ejemplos en sus novelas.

¿Pero quién es José Payá Beltrán? Seguramente, todos los personajes de Vidas posibles y, al mismo tiempo, ninguno. Un asesino escondido tras los buenos modales; Emiliano Horma, el banquero más importante de España, que visita a su amigo Andrés Guirado; un librero que cuenta historias de clientes raros; el curtido inspector que no puede evitar romper a llorar frente al cadáver de una joven.

El libro no se limita a ser la enésima colección de uno de esos cuentistas que se ríen de la novela como género, sino que recopila la narrativa breve de un autor que abraza cualquier expresión literaria. De este modo, en él se dan la mano microrrelatos, cuentos y novelas cortas. No oculta que algunas historias fueron el germen o capítulos suprimidos de novelas, ni tampoco los numerosos premios que ha recibido a lo largo de su trayectoria.

Cabe destacar una pareja de microrrelatos que son caras de la misma moneda. Si bien «Año sabático» muestra el lado más bromista de José Payá Beltrán, «Glosa a un beso posible» me parece especialmente conmovedor. Ahí el autor se permite la licencia de incluir unos versos propios y otros de la poetisa María Paz Moreno. Los poemas recrean la historia de un no beso entre ellos cuando tenían veinte años.

Antes hablábamos del lirismo de la obra, que conjuga placer estético con hondura humana en pasajes como este: «Después de comer se echó una siesta con la ventana abierta, escuchando la corriente del río. Aunque quiso soñar, no pudo». Paradójicamente, Luis Berbegal, el protagonista de la novela corta «Perdido en el olvido», sueña con viajar hasta un pueblo abandonado a causa de una epidemia de cólera. Podría decirse que Vidas Posibles oscila entre la curiosidad juvenil y el pesimismo adulto porque**

**Nota del periódico 

La reseña se interrumpe en este punto. Fue enviada por la familia a nuestro diario con el deseo de que la publicáramos al cumplirse el primer mes de la desaparición de José Antonio López Rastoll. Según su testimonio, el autor alicantino estaba escribiéndola cuando le llamaron por teléfono de la librería 80 Mundos para exigirle el pago o la devolución inmediata de catorce libros sustraídos del atril de sobremesa de varias presentaciones. Hay gente que dice haberlo visto en Sebastopol, pero la policía sospecha que esto es solo la punta del iceberg.


miércoles, 21 de mayo de 2025

EL VIAJE






















En 2016, Juan Perro publicó El viaje. Se trata de un álbum minimalista grabado con el único acompañamiento de su guitarra acústica. Siguiendo sus huellas, agarré al lobo que llevo dentro y salí a la aventura.

Conocí en el aeropuerto a Cristina Gómez Esquius y a su madre, una pareja tan incompatible como Hitler y Charlot. Había en ella un curioso cambio de roles: la joven mandaba y su compañera desobedecía las órdenes. Me invitaron a acompañarlas en calidad de mirón. Acepté porque quería comprobar si las dos mujeres acababan de los pelos.

En Egipto hicimos tan buena piña con el grupo que volvimos a creer en el ser humano. La loca aventura del taxista griego fue para mear y no echar gota. Ámsterdam nos regaló una sorpresa tan extravagante que me pregunté si irían fumadas. Cristina estuvo a punto de petar en Escocia por culpa de unas maletas extraviadas, pero su madre se las ingenió para cambiar de ropa. Nevó en mis ojos cuando le tiramos a Papá Noel de las barbas.

Cierro el libro ¡Nunca viajes con tu madre! (Aliar ediciones, 2025) con la sensación de haberlas acompañado realmente a todos esos lugares. A medio camino entre una novela autobiográfica escrita en primera persona y una guía sentimental del turista accidentado, explora las complicadas relaciones entre madres e hijas con un envidiable sentido del humor.

Cristina Gómez Esquius ha publicado una obra alejada de la ficción histórica que acostumbra a escribir. Maneja un estilo oral y apresurado, muy correcto ortográficamente, como si quisiera fijar algunos episodios relacionados con sus padres para que no se perdieran en el olvido. Su teatralidad innata convierte las pequeñas tragedias cotidianas en auténticos sainetes. 

Uno saca la conclusión de que no hay que sentarse a esperar que la felicidad caiga del cielo, sino ir en su busca porque «las cosas buenas no duran mucho y las muy buenas aún duran menos».

miércoles, 13 de noviembre de 2024

EL ANIMAL QUE LLEVAS DENTRO






















Cierta amiga me dijo que El antropoide (Candaya, 2021) le había parecido pornográfico. Aquel comentario, sin duda, espoleó mi curiosidad como la mejor de las reseñas. No me entusiasman los saltos mortales lingüísticos de Fernando Parra Nogueras, pero reconozco que su estilo abarrocado es literatura en estado puro. Muy Luis Landero. Eso sin contar la hondura humana que destila cada nueva historia que el autor alicantino nos regala. Por eso, al toparme con la novela dedicada a la biblioteca Azorín por su contribución a la cultura no lo pensé dos veces.

Podríamos caer en la tentación simplista de decir que nos encontramos ante Las edades de Lulú en versión masculina. No obstante, hallo una carga emocional mayor y un lenguaje más poético que en el clásico de Almudena Grandes. Eduardo es un adicto al sexo que se siente culpable de sus inclinaciones. El amor de Cloe, secretaria en el periódico donde trabaja, aplaca sus instintos durante una temporada. Sin embargo, el lobo de la carne solo espera la oportunidad de saltar sobre él y devorarlo.

Como en la canción «Animal» de Luis Eduardo Aute, El antropoide es una defensa del instinto que la sociedad y la cultura domestican siempre que no haga daño a nadie. Ese señor Hyde que todos llevamos dentro y cuya negación suele ser fuente de tanta infelicidad. En tiempos donde la libertad de expresión está cada vez más vigilada por la policía de lo correcto y donde la gente se rasga las vestiduras por cualquier tontería, debo decir que me ha encantado. Ojalá Fernando Parra Nogueras continúe sin reprimir su verbo desnudo. No concebiríamos a Bukowski en plan modoso.

miércoles, 23 de octubre de 2024

SERIE DANIEL VILLENA










Como unos modernos Sherlock Holmes y Watson, Daniel Villena y Alicia Guerrero protagonizan una serie de novelas de J. R. Barat publicadas por la editorial Bruño. Son estudiantes de periodismo, pero los poderes paranormales de Daniel, que le permiten comunicarse con los muertos o con quienes están a punto de morir, les obligan a resolver casos de índole macabra. Daniel vive su don como si fuera una maldición, ya que las visiones y pesadillas le impiden llevar una vida normal. Los cementerios pueblan unos libros que podrían calificarse de detectivescos y góticos: «Siempre he creído que no se necesitan motivos especiales para entrar en un cementerio y darse un buen paseo por sus callejuelas llenas de nichos. Cualquier conflicto de los hombres resulta desde esta perspectiva una verdadera estupidez.»

DEJA EN PAZ A LOS MUERTOS (2013)

Daniel viaja con sus padres y su hermana a un pueblo llamado Gélver para pasar las vacaciones de verano. Allí se le aparecerá el fantasma de un muchacho de su edad, Ángel Rosé, al que dan por desaparecido. Conoce a Alicia.









LA SEPULTURA 142 (2014)

La misteriosa desaparición de Berta Ríos y el asesinato de su novio a causa de una paliza son uno de tantos casos sin resolver en Madrid. Daniel y Alicia buscarán a la chica. El Galeón Fantasma, una tienda de antigüedades, oculta una red de trata de blancas.







LLUEVE SOBRE MI LÁPIDA (2017)

Daniel y Alicia viajan a Atienza para investigar la extraña tumba sin nombre donde están enterradas Inés Molina y su hija. El fantasma de Inés no para de acosar a nuestro detective porque su hija no está con ella. Beatriz, una vecina del pueblo, le echa los tejos al muchacho.







LA NOCHE DE LAS GÁRGOLAS (2018)

Daniel y Alicia viajan a Londres para ayudar a una desconocida llamada Katherine Waldenfeigh. Curiosamente, la mujer lleva años muerta. Su marido vive solo en una mansión decorada con gárgolas. Es la primera vez que la vida de Alicia corre peligro desde que Daniel recibiera un disparo en el vientre durante su estancia en Gélver.





LA CRIPTA NEGRA (2021)

Daniel Villena viaja con su profesor Samuel Lahoz a las pirámides de Teotihuacán en México para investigar el extraño suicidio de un joven que se lanza desde una azotea. Valeria, la ayudante del conductor, se enamora perdidamente de nuestro protagonista.

miércoles, 20 de marzo de 2024

CONTRA EL OLVIDO


Paseaba con Carmen una tarde de verano cuando se acercó una mujer a saludarla. Deduje por la conversación que eran viejas amigas del pueblo. En Guardamar, darle al palique en medio de la calle es casi una religión. Tras despedirse efusivamente, le pregunté a mi madre, muerto de curiosidad, quién era. Me dijo que no se acordaba y nos entró la risa.

El olvido es un tema tabú que, a diferencia de Carles Puigdemont, no abre informativo alguno ni copa la primera plana de ningún periódico. Da igual la etiqueta que le colguemos: Alzheimer, deterioro cognitivo, desmemoria o ido de la olla. Enfermos y familiares se enfrentan prácticamente solos —debido a la deshumanización de algunos neurólogos y las trabas a la Ley de Dependencia— a situaciones traumáticas que los superan. La novela Las dos Adelaidas (Sargantana, 2023) de Elena Casero reivindica una enfermedad sobre la que pesa el más vergonzoso silencio, pero, sobre todo, el papel callado del cuidador.

Su argumento es sencillo. Una joven de veinticinco años tiene que hacerse cargo de su madre enferma mientras su hermana, que vive en Australia, se limita a seguir los acontecimientos por teléfono. Las fotografías antiguas y un diario escrito en la juventud ayudan a la anciana a rescatar la historia de las mujeres de la familia y, de paso, retrasa la inevitable pérdida de memoria. Elena Casero rinde homenaje a todas aquellas esposas y madres del siglo pasado condenadas a ser una sombra del esposo, a realizar las tareas domésticas, a cuidar de los mayores. Un simple cambio de titularidad en el banco por defunción demuestra qué poco han cambiado las cosas y cuánto queda por hacer.

La novela emociona gracias a la acertada elección de una joven narradora en primera persona. Me conmueve su vida truncada, sus sueños aparcados, su escasa sexualidad. Un manual indirecto sobre la vejez que debería ser lectura obligada en los colegios: «Nadie te avisa de que, mientras ella se muere, te has de convertir en su madre».

Como buena valenciana, Elena Casero salpica la historia con pinceladas de humor que sirven para ofrecer un relato verosímil donde las penas se barajan con las alegrías. Me parece descacharrante la escena en la que la anciana, en uno de sus inteligentes desvaríos, le presenta a Adelaida al mismísimo Franco y, además, le suelta cuatro verdades.

Me consta que la autora no es amiga de promocionar excesivamente sus libros, lo cual no significa que no haga presentaciones. Solo prefiere no dar demasiado el coñazo al lector. Esta actitud, digna de elogio en los tiempos actuales, proviene de alguien que ha corregido su obra hasta la saciedad y está segura de su valor. No hay mejor campaña publicitaria que una novela sin faltas de ortografía, ni lugares comunes, ni fallos gramaticales. Y, por si esto fuera poco, no he parado de anotar frases memorables que ojalá se me hubieran ocurrido a mí.

A veces, cuando mi madre me saca de quicio con sus involuntarios olvidos pienso en el consuelo de la literatura, en que se diría que Las dos Adelaidas ha sido escrita para nosotros. Anima a disfrutar de nuestros mayores mientras podamos. Gracias a su sacrificio, hemos logrado lo que ni siquiera ellos se atrevieron a soñar.


HASTA LA VISTA, MIRONES.
FELIZ SEMANA SANTA.

miércoles, 5 de julio de 2023

LA VIDA ES CAMBIO






















Uno de los recuerdos más preciados que tengo de mi hija es que, al recogerla del colegio, debía obsequiarla con un animal invisible. No importaba que fuera real o fantástico. Invariablemente, preguntaba por el camino: «¿Qué me traes hoy?». Unicornios, dragones, lobos, caballitos de mar y un largo etcétera de criaturas inventé ante sus ojos.

Leyendo Folklore (Baker Street, 2022), ópera prima de Aitor Díaz, me he dado cuenta de lo rápido que pasa el tiempo: ella ya es una adolescente de quince años. Sin embargo, conserva ese amor por los animales y la naturaleza que también destila este libro de cuentos —no en vano, algunos suceden en bosques—. Por él desfila una colección de seres mitológicos de la tradición europea y japonesa que hará las delicias de cualquier niño grande. El hombre lobo, la moura, el troll, la bruja o el golem recorren sus páginas.

El cine ha abusado de las metamorfosis en clásicos como Un hombre lobo americano en Londres (John Landis, 1981), de modo que parece lógico que Aitor Díaz no se extienda en prolijas descripciones. También ha tenido el acierto de situar a sus personajes en un marco realista y contemporáneo. Eso hace que empaticemos con sus conflictos porque abordan temas universales como el amor, la pérdida, la soledad y el miedo. Por todo lo dicho anteriormente, los cuentos pertenecen al género fantástico y de terror. Si se me permite la comparación, son unas leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer que sucedieran en la actualidad.

«Animales salvajes», el relato que abre el libro, es un ejemplo de la capacidad del autor para que sus argumentos calen hondo. En un mercado artesanal navideño, las hijas de un matrimonio desaparecen sin dejar rastro. El padre nunca pierde la esperanza de encontrarlas mientras lidia con unos episodios de sonambulismo que le llevan a despertarse en los lugares más insospechados. Literalmente, se te encoge el corazón asistiendo al eterno drama de los desaparecidos.

La extensión de los relatos, largos en su mayoría, augura la acometida de empresas de mayor calibre. De hecho, «Alma» se puede calificar sin ambages de novela corta policíaca. Aunque parezca un tópico, uno siente el deseo de proseguir leyendo las aventuras de Víctor y Alma, la pizpireta detective bruja. Podrían dar para una serie de libros como la que tiene por protagonista a Daniel Villena, el joven estudiante de periodismo dotado de un sexto sentido que nace de la pluma de Juan Ramón Barat.

Antes decíamos que el tiempo vuela. Los seres humanos atravesamos sucesivas versiones de nosotros mismos a lo largo de la existencia. La transformación, por tanto, es un hecho consustancial a la vida. Leer Folklore supone aceptar —incluso promover— el cambio. No conozco mejor aliado contra el espejismo de las cremas antiedad.

Puesto que nada dura eternamente, debemos tomar decisiones por mucho que nos fastidie. En cuentos como «Moura» o «El puente», la disyuntiva entre amor y dinero o entre sacrificio y egoísmo se abre a debate en esta sociedad capitalista. ¿Cuál será tu elección? Antes disfruta el viaje de la mano de Aitor Díaz. Un cuentista nato.


HASTA LA VISTA, MIRONES.
¡FELIZ VERANO!

miércoles, 25 de enero de 2023

EN LA PIEL DEL OTRO

















He decidido no ver la final entre Argentina y Francia porque el horario me parece tan lamentable como los derechos pisoteados en el Mundial de Catar. La algarabía de la afición llega, tamizada por las paredes, a la soledad de mi despacho. Creo que andan por la tanda de penaltis. Cierro las páginas de la novela que acabo de terminar y salgo a dar un paseo. En la calle se ha desatado el apocalipsis. Unos siete mil aficionados —leo el dato después en el periódico— celebran la victoria de la Albiceleste en el centro de Alicante. Los cláxones de los coches, los cánticos, la complicidad bobalicona me obligan a elegir las callejuelas más lóbregas. Voy pensando en esos pobres infelices que festejan sin saber que mañana perderán su trabajo, recaerán en el vicio de las redes sociales o les atropellará un patinete eléctrico. La semilla ya ha sido plantada. El engranaje del destino está dispuesto para echar a rodar. No pretendo ser agorero, sino poner al lector en situación. Los seres humanos no somos entes aislados e independientes, sino bolas que se golpean unas a otras en un eterno movimiento de causa y efecto. Todo esto me pasa por la cabeza tras leer Los hilos invisibles (Grupo Terra Trivium, 2022), la última novela de José Payá Beltrán.

Se trata de un libro peculiar. ¿Cuál del autor no lo es? Desde Puzle de sangre (Aguaclara, 2014), cada novela ha supuesto un reto literario de mayor envergadura, una locura que me río yo de la de don Quijote. También ha abordado el tema de la identidad desde diferentes prismas. En la propia Identidad (Grupo Terra Trivium, 2019), nos presenta una obra sin autor ni portada. Pocos escritores serían capaces de un ataque al ego de estas características. En Un crimen otoñal (Grupo Tierra Trivium, 2020), José Payá se convierte en un estudioso que elabora una edición crítica de una novela incompleta de S. S. Van Dine. Los hilos invisibles se me antoja menos experimental que las anteriores, pero igualmente apasionante. Un hombre intercambia su cédula de identificación con la de un cadáver. A partir de entonces, vivirá la vida del otro.

Decía antes que la novela me parece menos experimental, no que no lo sea. Su rareza consiste en contar la misma historia dos veces. El público puede optar por leer la versión digamos ortodoxa (Los hilos invisibles) o una menos canónica (Séver La / Al revés). La única diferencia entre ambas radica en el ordenamiento de los capítulos.

Ambientada en la Posguerra española, comienza de un modo muy cinematográfico. Incluso diría que tarantinesco. Algunos camaradas del partido comunista exiliado en Francia están cayendo como moscas, tanto a un lado como al otro de la frontera. Los altos mandos deducen que hay un traidor entre sus filas. Un prisionero torturado hasta la extenuación escupe un nombre. Casi cincuenta años después, se produce un crimen tan violento como inexplicable en la localidad de Apis. La causa y el efecto que he mencionado arriba.

¿Qué significan entonces esos hilos invisibles del título? Seguramente que el azar o la casualidad mueve el mundo. También podrían aludir a la mágica coincidencia que hace que una obra literaria aborde ese problema que tanto nos preocupa en cierto momento. El lector siente un consuelo difícil de expresar con palabras. Por algo se dice que el libro es el mejor amigo del hombre.

Todas las novelas de José Payá Beltrán están muy bien escritas. No lo digo en el sentido estricto de cuidar la palabra, sino, sobre todo, por la claridad de su prosa. De esto se desprende que la literatura no solo consiste en usar bellas metáforas, magníficos símiles y graciosas personificaciones. Hay que hacerse entender. Aun así, encontramos fragmentos inspiradísimos: «El frescor me arañó los brazos desnudos, sobre los que se dibujaban los trazos cómicos de la piel de gallina». La fina ironía tampoco falta: «Tras esa muestra de cariño fue invitado a pasar una temporada, a pan y mantel, con buenas vistas, en la prisión provincial de Cuenca». Los guiños a clásicos se insertan con naturalidad: «Se sintió ridículo, boca arriba, pataleando para deshacerse de la bicicleta que se le había enredado en las piernas, bregando con el cuerpo rabioso que pretendía matarlo». Por no hablar de la maestría en el uso de las elipsis temporales, tan necesarias para contar ni más ni menos que lo imprescindible.

El más difícil todavía para un artista consiste en proporcionar todos los datos al público para que saque sus propias conclusiones. Novelas como Otra vuelta de tuerca de Henry James o la película Dictado de Antonio Chavarrías son buen ejemplo de ello. José Payá Beltrán deja algún cabo suelto, alguna pregunta sin resolver en Los hilos invisibles. ¿Alguien se atreve a despejar la incógnita?

miércoles, 31 de marzo de 2021

EL LOCO DE LA CALLE














Hace muchos años, tuve una novia que se emocionaba contemplando las palomas. Como el principio de Rebeca (Alfred Hitchcock, 1940), regreso a aquel tiempo solo en sueños. Revivo sus ojos húmedos, un poco avergonzados de dar ese espectáculo. Tristes y alegres a la vez.

La poesía de Jorge Alonso Curiel solo se puede entender desde la emoción y la verdad. Nada de juegos de artificio. Nada de piruetas lingüísticas que solo los poetas comprenden. Nada, nunca, nadie y no son sus palabras preferidas. Para él, el arte es «El loco de la calle» que cantaba El Último de la Fila. O, como decía Pessoa, «vive en la misma calle que la vida».

No hablamos de un escritor en ciernes. Acaba de publicar su tercer poemario tras Es mejor el sueño (Babel Books Inc., 2007) y Reflejos en el cristal cotidiano (Playa de Ákaba, 2016). Ni siquiera se centra exclusivamente en un género, pues la versatilidad constituye una de sus cualidades. Ha escrito novela, cuento, crítica literaria y cinematográfica, artículos periodísticos. Hasta se ha atrevido a adaptar El lazarillo de Tormes al castellano actual.

Las manos del sueño (Ediciones Vitruvio, 2020) tampoco es un título escogido al azar, sino surgido del poema «Soñé anoche». El poeta sueña con las manos de una mujer que conoció pero ha muerto. Dichas manos resumen perfectamente el libro y su poesía: representan la dificultad de entender nuestra condición humana y el desengaño que nos produce una realidad en la que no encajamos.

Destacaría tres características del poemario que sorprenderán a los lectores: la facilidad de comprensión, la cercanía humana y la sencillez del lenguaje. A estas virtudes, habría que añadirle algunas curiosidades que detallo a continuación. Los poemas se presentan sin título ni rima, emplean el verso libre y ocupan una extensión entre media y breve ―aunque los hay ciertamente brevísimos―. Jorge Alonso Curiel hace suyo un lema propio del cuento: menos es más.

Durante la lectura y relectura de los versos, he sentido latir la franqueza de Gloria Fuertes, el nihilismo de Bukowski o la bonhomía de Antonio Machado: «Aquel en el que me pidan / que puntúe del uno al diez / lo que ha sido el camino de mi vida.» Sin embargo, el autor no se conforma con imitar a sus ídolos. Logra el prodigio de una voz propia.

Los temas que aborda Las manos del sueño son universales y están de rabiosa actualidad. La mujer, el desamor, la violencia de género, las ventajas de la edad y la soledad positiva son solo algunos de ellos. Llama la atención su visión pesimista de las personas especialmente sensibles: «Que ser humano es un desvío, / un gen modificado, / algo por debajo / de lo normal. / Un ser repleto de sensibilidad / no entra en la lógica…» El oficio de escritor tampoco sale muy bien parado: «Abocados al fracaso están los escritores. / No hay salida para ellos / que no sea la desesperación. / No hay recompensas, no hay éxitos, / no hay apenas abrazos. / No hay dinero. / Se trata de una travesía demasiado amarga. (…) Ser escritor es haber hecho muy mal las / cosas en otra vida.»

Un aire de melancolía recorre los poemas de Jorge Alonso Curiel, sobre todo cuando reinventa conceptos. Del amor dice que es un «arma de destrucción masiva». Compara la amistad con «una taza vacía que permanece así cuando tienes sed». Quien no haya sufrido por ellos, que se atreva a rebatirlo. Las manos del sueño refleja bocados de realidad que no escatiman un atisbo de esperanza. Como la vida misma.

miércoles, 24 de febrero de 2021

TRIPLE SALTO MORTAL




La gran pasión de mi padre era la pesca. Madrugones, calles todavía oscuras, dos copas de cantueso, la sensación de moverse entre el sueño y la vigilia, la brisa del mar en la cara, permanecer en silencio. Ahora ha perdido la afición y yo, que iba por acompañarle, también. La ilusión, sin embargo, se ha reproducido como un eco en su nieto. Y, claro, nos ha vuelto a entrar el gusanillo a todos.

Algo así le ocurre a José Payá Beltrán con las historias de S. S. Van Dine. Su amor por ellas contagia, inspira y sugiere que quien no se obsesiona no es humano. Seguidor acérrimo —no solo del escritor estadounidense, sino también de la novela de misterio en general—, el autor ha publicado Un crimen otoñal (Grupo Terra Trivium, 2020), otra obra inclasificable. Un triple salto mortal literario. ¿Nos encontramos, entonces, ante una edición crítica o frente a una novela?

Fijándonos en su brumosa portada, el libro es una insolente edición crítica a cargo de José Payá Beltrán que introduce Un crimen otoñal, la decimotercera novela policiaca escrita por S. S. Van Dine (alias de Willard Huntington Wright) y protagonizada por el detective Philo Vance.

Cualquiera que haya leído una edición crítica —no hace falta haber estudiado Filología Hispánica— sabe que es un estudio necesario para entender el sentido de la obra al tiempo que una lectura aburridísima. Un auténtico peñazo. Un verdadero tostón. ¿Por qué? Quizá porque la erudición por la erudición agota. Consciente de ello, el autor ha salpicado la suya de curiosidades. Para empezar, incluye cotilleos. Uno de los más jugosos rememora la desesperada carta que escribe a la editorial española que ha publicado la última novela de Van Dine que le queda por leer. No tiene desperdicio. Más adelante, con su habitual sentido del humor, se burla de las notas a pie de página o las reglas para escribir novelas policiacas. Incluso se ríe de sí mismo en un fragmento glorioso: «Hay quien elige el fútbol o los sellos: yo elegí los enigmas de Van Dine y el lenguaje pomposo y redundante de Philo Vance. Admitámoslo: existen vicios peores y, desde luego, más secretos y más vergonzantes.» Finalmente, repasa las mejores novelas de misterio de la primera mitad del siglo XX y sus correspondientes adaptaciones cinematográficas. Los libros de Van Dine son ejemplos paradigmáticos de la llamada novela-problema, un subgénero policiaco despojado de todo lo literario para conformar una especie de crucigrama o jeroglífico.

A poco que uno investigue, averiguará que Van Dine escribió solo doce novelas con el detective Philo Vance como protagonista. ¿Por qué se silenció la decimotercera entrega? ¿Cómo consiguió José Payá Beltrán un ejemplar de la obra? ¿Qué sentido tiene publicar un libro del que apenas se conservan treinta páginas?

Quizá la clave para resolver el enigma sea la identidad literaria, un tema que el escritor biarense ha abordado en una trilogía de novelas: Puzzle de sangre (Aguaclara, 2014), Identidad (Grupo Tierra Trivium, 2019) y la que nos ocupa. En la primera, la identidad se diluye por ser una novela escrita a medias con Mario Martínez Gomis. En la segunda, la identidad se esconde en el anonimato. De hecho, la portada carece de autor, así como de datos biográficos o sinopsis. Por no tener, no tiene ni fotografía. En la tercera, la identidad desaparece.

Solo existe, querido lector, una certeza a estas alturas. Nada es lo que parece en Un crimen otoñal. Como los buenos magos, José Payá Beltrán desvelará sus trucos al acabar la función. El espectador envidioso mascullará que a cualquiera se le habría ocurrido, pero quienes no hayan perdido del todo la curiosidad infantil quedarán sencillamente boquiabiertos. Absolutamente estupefactos. Se lo garantizo.

miércoles, 27 de enero de 2021

DUARTE EN LA MEMORIA



Siempre he sido un enamorado del cine. Una tarde de mi infancia, echaron en televisión Tras la pista de la pantera rosa (Blake Edwards, 1982). Me disgustó el hecho de que apenas apareciera el inspector Clouseau. Ignoraba entonces que el actor que lo encarnaba había fallecido dos años antes y que la cinta tenía un mero afán recaudatorio disfrazado de homenaje póstumo. Lo interesante era su forma narrativa: una famosa reportera entrevista a todos los que guardan relación con Clouseau, desde el inspector jefe Charles Dreyfus hasta el mayordomo Cato. Cuando empecé a leer La primera semana del inspector Duarte (Click ediciones, 2020) supe, en pocas líneas, que me encontraba ante la misma manera de contar.

En la tercera parte de una saga que José Payá Beltrán inició con La última semana del inspector Duarte en 2015, el protagonista lleva muerto una década. Un periodista —que guasonamente se llama Pepe— está haciendo un reportaje sobre el primer caso en el que Daniel Duarte se vio envuelto. A partir de entrevistas a personajes variopintos, el lector viaja hasta el convulso 23 de febrero de 1981, cuando el hallazgo de un cadáver en Apis, mientras España contenía el aliento, obliga a desplazarse hasta la localidad a un detective aún novato.

Estamos ante una novela corta de ambiente rural que se desarrolla en el imaginario Apis (guarda cierto parecido linguístico con Apiés, un barrio de 83 habitantes situado a 10 kilómetros de Huesca). Evoca Biar, el pueblo natal del autor. Ambas comparten un majestuoso castillo y la foto de cubierta es una vista de dicha localidad.

Un doble contexto histórico rodea a este thriller policiaco: por un lado, el intento fallido de golpe de Estado del 23F, cuando el teniente coronel de la guardia civil Antonio Tejero Molina irrumpió pegando tiros en el Congreso de los Diputados. Por otro lado, las heridas sin cicatrizar de la Guerra Civil en la década de los 80. Se personifican en el odio y el rencor que siente Carlos el Comadrón (facha) por Ángel el Raposo (rojo). Este resentimiento lleva a Carlos a cometer un acto de venganza. Curiosamente, Ángel estuvo un año preso en la cárcel de Alicante. Un paralelismo significativo con la figura del poeta Miguel Hernández.

La memoria es la gran protagonista del libro. El escritor no solo reconstruye un caso del desaparecido inspector a través de los recuerdos de su gente. También denuncia que quienes olvidan la historia están condenados a repetirla. No nos pase como a Jacinto el Jueves, que no recuerda el discurso del Rey ni las noticias. Solo las películas de risa que echaron en televisión para amenizar la espera: La princesa y el pirata (1944) con Bob Hope y El asombro de Brooklyn (1946) con Danny Kaye.

El humor de la novela se basa, principalmente, en los divertidos contrastes entre el campo y la ciudad. Varios entrevistados, por ejemplo, se extrañan de que el periodista pida Bitter Kas, una bebida casi desconocida en el campo. Los apodos también son fuente de hilaridad: Sebastián el Pinchamierdas, Paco el Rata, Pepe el Botifarra, Manolo el Polvos, Pepito Casca, Vicente el Rojo… Otros elementos rurales que provocan una sonrisa son el vicio de los ancianos de andarse por las ramas, la machacona hospitalidad o el lenguaje popular.

Confiesa José Payá Beltrán sin tirarle demasiado de la lengua que esta novela la escribió como un divertimento, un descanso del guerrero después de afrontar otro proyecto más exigente. No resta valor ni mérito a una historia que denota el amor —que no idealización— por el pueblo, pues no esconde defectos como los celos y las envidias. No decepciona en absoluto la ausencia del protagonista principal. Al contrario, está vivo en la memoria de quienes le conocieron. Esto conecta con el tema de la identidad, uno de los más recurrentes en la obra del autor. En definitiva, La primera semana del inspector Duarte ha mantenido a este lector en suspense hasta la última línea, incluso le ha hecho soltar alguna carcajada. Eso es impagable en los tiempos inciertos que vivimos.

miércoles, 26 de agosto de 2020

UNA EXTRAÑA NORMALIDAD






















Requisitos para ser una persona normal (Leticia Dolera, 2015) es una película española que cuestiona el concepto de normalidad desde un punto de vista humorístico. Nos educan —o debería decir programan— de acuerdo a unos determinados parámetros para lograr la felicidad: tener un trabajo, un piso, una familia y vida social. Sin embargo, nada más extraño que una persona completamente normal.

Algo similar le ocurre a Candela Freire, la protagonista absoluta de Dime la verdad (Amazon, 2020). Su vida familiar no encaja dentro de lo políticamente correcto. Está fuera del sistema por un triste infortunio. Su marido desapareció en una misión humanitaria cinco años atrás y acaba de ser declarada viuda por un abogado. No obstante, sospecha que sigue vivo. Con esta intrigante premisa, Maribel Romero Soler regresa a la novela para adultos que tan buenos resultados le dio en El peso de las horas, Finalista del XXXIV Premio Azorín de Novela.

Me gustaría comentar a continuación algunas rarezas que alejan este libro de lo convencional. En primer lugar, un número de páginas insólito en la obra de Maribel Romero —casi cuatrocientas— donde el narrador omnisciente no resta cercanía ni autenticidad a unos personajes que parecen tener vida propia más allá de la página. En segundo término, la novela pertenece al género del suspense o thriller. También podría catalogarse de obra romántica con tintes eróticos por su descripción audaz y desinhibida de escenas sexuales como la del banco, entre otras. Nada que envidiar a la adictiva prosa de Jordi Sierra i Fabra. Finalmente, una grata sorpresa: la acción principal sucede en Alicante y no en la ciudad de nacimiento de su autora. De hecho, Candela tiene un piso en la emblemática Explanada.

El capítulo ocho da un giro radical al planteamiento previo. Estalla el nudo y, de paso, ofrece una clase magistral de cómo enganchar a los lectores mediante una dosificación precisa de la información.

Una atmósfera de cierto pesimismo impregna la novela, pero la escritora ilicitana pone en boca de sus personajes oportunas bromas que rebajan la tensión y el drama. El lenguaje opta por la llaneza y un uso pragmático que no deja lugar a florituras ni a aspavientos poéticos. De todas maneras, siempre surgen bellos pasajes: «Lo que nos hace verdaderamente humanos es nuestro afán de torcer las líneas rectas.» También aparece la jerga propia del derecho con palabras tan curiosas como «fedatario». Esto otorga verosimilitud a la narración.

Maribel Romero se ha hecho mayor literariamente hablando. No solo por la extensión de Dime la verdad, sino, sobre todo, por la profundidad de temas que aborda, entre los que destaca la búsqueda de lo auténtico o el feminismo bien entendido. Me atrevería a decir, huyendo de esa normalidad hecha para conformistas, que sus libros forman parte de mi familia cultural. Una lectura que enseña a querernos un poco más.

jueves, 12 de diciembre de 2019

JAKE BLUES ATACA DE NUEVO






















Mi hijo llevaba meses intentando que le diéramos una oportunidad a una vieja película llamada Granujas a todo ritmo (John Landis, 1980). A raíz de la lectura de Peón blanco, dama negra (Ediciones Cívicas), decidí que no podía posponerlo más. Con toda sinceridad, creo que nunca he visto algo tan surrealista en toda mi vida. Jake y Elwood —los Blues Brothers— son el par de gamberros más encantadores del cine y nos hacen reír al ritmo de una banda sonora trepidante.

Pedro de Andrés rinde homenaje a esta comedia clásica desde las primeras líneas de Peón blanco, dama negra. De hecho, su personaje principal lleva tatuado en los nudillos el nombre de Jake. Sin embargo, nos hallamos ante una novela futurista ambientada en Nueva York con ecos de títulos como Blade Runner, Matrix y la saga literaria de Rosa Montero dedicada a la detective Bruna Husky. La simbiosis entre lo antiguo y lo moderno rompe esquemas igual que lo hiciera el Puente Colgante de Portugalete cuando se inauguró en 1893.

Nuestro Jake Blues es un drogadicto que mata el tiempo en el Under, un garito de mala muerte. Dawn (amanecer en inglés) aparece así descrita: «una diosa de ébano que se abría paso como un rompehielos entre la gente». Tras una espectacular persecución de la policía, se refugian en La Hermandad del Templo Blanco. Su líder lo necesita para salvar el mundo.

Como buena obra de ciencia ficción, los avances tecnológicos salpican la trama. No hablo de coches voladores, sino del implante neuronal o placa en la sien que sustituye a los obsoletos móviles. Da vértigo pensar en un teléfono incorporado a nuestro cuerpo o incluso en trascender la muerte mediante la transferencia de nuestra conciencia a un robot. No se trata de los desvaríos de un loco. Existe un movimiento cultural e intelectual llamado transhumanismo que tiene por objetivo transformar la condición humana mediante el uso de tecnologías.

El lenguaje narrativo brilla por su precisión y calidad poética. Pedro de Andrés describe un disparo como un trueno que restalla en el callejón, habla de la esclerótica para referirse al blanco de los ojos o hace que un policía se coloque a horcajadas sobre su víctima en lugar de encima. Los diálogos, en cambio, reproducen un habla popular rica en frases hechas y tacos. Los capítulos cortos en que se divide la novela, sobre todo en la segunda y tercera parte, resultan felizmente adictivos.

La ciencia ficción sirve a menudo para hablar de realidades incómodas que preocupan en la actualidad. Los últimos brotes de radicalismo en España reciben una lección apabullante de mestizaje: «… hay que ser demasiado estúpido para no entender que la mezcla mejora las especies. El racismo es un atraso, un atavismo que obstaculiza el perfeccionamiento de la evolución».

No me entusiasma el transhumanismo. Sin embargo, he sentido mía la angustia existencial de Jake, la tensión sexual con Dawn y la libertad del mundo onírico. Peón blanco, dama negra consolida a Pedro de Andrés como un narrador independiente que sabe introducir un mensaje de esperanza en los sueños de sus lectores.

miércoles, 10 de abril de 2019

NADIE CONOCE A NADIE























En un acto promocional de mi último libro, me hicieron la siguiente pregunta: ¿Quién es en realidad José Antonio López Rastoll? Habría sido más fácil decir de corrido la tetralogía de George A. Romero dedicada a los muertos vivientes. No recuerdo qué contesté ni viene al caso. Ignoro si José Payá Beltrán ha tramado Identidad (Grupo Tierra Trivium, 2019) en venganza a los entrevistadores que seguro le han formulado la dichosa pregunta, para burlarse de los críticos literarios o, sencillamente, preso de la fiebre creadora que llevó a Freddy Mercury a escribir Bohemian Rhapsody o a Marta Sanz a romper moldes con Clavícula. No me cabe duda de que ha hecho lo que le ha venido en gana y, solo por eso, merece un aplauso.

¿Pero qué es Identidad ? ¿Una novela? ¿Un libro de relatos? ¿Una obra filosófica? ¿Un manual de crítica literaria? Ninguna de esas cosas y todas a la vez. Un editor —a través de un falso prólogo— recibe el manuscrito más extraño de su vida. Se titula «Identidad», no viene firmado y adjunta una dirección. Después de consultar a su equipo de lectores profesionales, decide publicar el libro. Pero antes tendrá que encontrar al misterioso autor.

Lo que comienza como una novela, oculta en su interior —a la manera de las muñecas rusas o las capas de una cebolla— un libro de relatos que gira alrededor del tema de la identidad. Las cinco partes del libro se dividen, a su vez, en tres secciones bien diferenciadas: crítica literaria que espolea la creatividad, cuento a modo de ejemplo como en El conde Lucanor (Don Juan Manuel, 1335) y, finalmente, comentario del relato. Un mecanismo de relojería no tan perfecto como parece, pues Payá rompe las expectativas del lector con continuas sorpresas: notas a pie de página en las que —al estilo de El Follonero (personaje que popularizó Jordi Évole en el programa de televisión Buenafuente)— critica su propio libro, referencias al cine, cuentos dentro de cuentos… Si están pensando que solo falta un chiste, abran la página dedicada habitualmente a las citas.

Esta original propuesta —cuya portada le habría gustado a Payá que fuera aún más radical y rompedora— no debe asustar al sufrido lector que busca libros fáciles de digerir. Tiene la virtud de poder leerse como un libro de relatos estándar. Sin embargo, recomiendo una lectura completa para saborear al máximo un divertimento inteligente, singular y atrevido.

Sin ánimo de convertir estas líneas en una guía de lectura, ofrezco modestamente la lista de cuentos oficiales que componen el volumen y el tema que tratan. LA CARRETERA aborda la identidad cambiante (somos el fruto de nuestra experiencia). LA SEGUNDA VIDA DE CHRISTOPHER MARLOWE, la identidad social (somos el trabajo que desempeñamos). MR. SMITH, la identidad como meta (somos aquello que deseamos alcanzar). LA HUMEDAD DEL FUEGO, la identidad narrativa (somos lo que narramos a los demás). LAS APARIENCIAS, la identidad personal (nadie es totalmente normal ni tampoco anómalo).

No acaban las sorpresas. Payá se plagia a sí mismo. Los dos primeros cuentos ya fueron publicados en su libro La segunda vida de Christopher Marlowe y otros relatos (Juan Gil-Albert, 2011). El tercero recupera a Luis Galvañ, entre otros personajes que ya aparecieron en su novela Destilando fantasmas (Aguaclara, 2007). Sin desmerecer ninguna, quizá «Mr. Smith» sea mi pieza favorita. Su mensaje equivale a estos versos del cantante Manolo García: «Como el lindo gatito fracasamos invariablemente / para diversión del personal / que nos mira de reojo. / Y como el Coyote, nunca llegamos a la hora, / ni al lugar, ni en el momento preciso.» 


La identidad no es simple, sino que posee tantas capas como una cebolla. Todas ellas conforman nuestra personalidad. Tampoco permanece inalterable a lo largo del tiempo. Posiblemente, yo no sea la misma persona que empezó a leer Identidad hace unas semanas. Me importan menos las identidades, quién escribió esto u lo otro, quién tiene fama y quién no. José Payá Beltrán ha escrito una obra que, a partir de ahora, pertenece a los lectores.

jueves, 28 de febrero de 2019

TÓCALA OTRA VEZ, SAM






















Puede que no les suene el nombre de Manuel Cado. Sin embargo, quizá a él sí le suena alguno de ustedes. La observación es una herramienta fundamental de su trabajo que ahora, afortunadamente, también aprovecha en su labor literaria. La capacidad de escuchar también. Acaba de publicar una ópera prima que aúna esas dos cualidades. Se llama El ocaso de Valeria (Letra Minúscula, 2018).

Circunscrita al género negro o policíaco, la novela da vida a un inspector de homicidios prejubilado que mata las horas empinando el codo y paseando por la alicantina playa del Postiguet. Todo cambia cuando le buscan para investigar el asesinato de Luis Belmonte, un pez gordo al que muchos querían muerto.

Paradójicamente, el inspector Samuel Mir es Manuel Cado y no es Manuel Cado. Escritor y personaje coinciden en que ambos son hábiles observadores y atentos oyentes. Ahí acaban las semejanzas. Samuel, apodado Sam, responde al cliché de tipo duro que Rick (Humphrey Bogart) popularizó en Casablanca (Michael Curtiz, 1942). Nos encontramos ante un sabueso, una máquina de atrapar criminales. Calavera, visceral, siempre de un humor de perros. Odia a los ciclistas por una buena razón y eso le hace incurrir en alguna situación hilarante.

Los personajes femeninos caminan por la delgada línea que separa el amor y el odio, la traición y la lealtad. Su compañera, Blanca Garrido, recibe el puteo indiscriminado del solitario inspector. Valeria Rodes, su amante, utiliza la sensualidad como arma para lograr sus propósitos. Una auténtica femme fatale que no tiene nada que envidiar a la Conchita que inmortalizó Pierre Louÿs en La mujer y el pelele (Reino de Cordelia, 2013): «… el resto somos como esos bañistas que se desenvuelven con torpeza en el mar, mientras ella lo hace como un delfín, con un comportamiento extraño y encantador a la vez, y no me puedo imaginar que un ser así sufra.»

Dos rasgos aparentemente contrarios conviven en el libro: la frialdad y la cercanía. Por un lado, Manuel Cado adopta un estilo seco, cortante, pulido que encaja a la perfección con una novela policíaca. Los diálogos parecen lascas en la piedra. Por otro, sitúa la acción en lugares concretos de la ciudad de Alicante como San Francisco —más conocida por «la calle de las setas»—, el centro de ocio Panoramis o el hospital Perpetuo Socorro. Esto hace que el lector levantino se sienta como en casa.

Sin ánimo de moralizar, El ocaso de Valeria me parece un homenaje a la amistad, al compañerismo entre profesionales. Gustará a cualquiera que busque una buena historia llena de personajes memorables. Desde aquí le digo a Manuel Cado: «Tócala otra vez, Sam.»

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