En total, cuatro paseos andando.
Durante sus casi dos horas, sentí esa angustia controlada que persigue cualquier aficionado al género. El comienzo —donde Jim (Cilliam Murphy) despierta de un coma en el hospital y, acto seguido, recorre las calles de un Londres fantasma— es sencillamente sublime. Según Robert Kirkman, creador de The Walking Dead, fue una casualidad que su famoso cómic empezase exactamente igual.
La suspensión de la incredulidad, un pacto tácito entre el creador y el espectador por el cual este último acepta temporalmente las reglas del mundo ficticio, cesó cuando Jim, que apenas ha disparado a un niño infectado en una gasolinera, se convierte en una máquina de matar militares y, de paso, rescata a las chicas de sus garras.
Maravillosa la música, que subraya los momentos donde la adrenalina sube. Selena, motivo por el que Jim saca al Rambo que lleva dentro, hace que aceptemos barco como animal de compañía. Para dar suspense, el joven recibe un tiro del Mayor Henry West y el público lo salva de la mala baba de los guionistas (se barajaron dos finales).
Al fin y al cabo, adoramos los happy end aunque no tengan ni pies ni cabeza.
