miércoles, 30 de septiembre de 2026

EL PARAÍSO DE LOS VENCEJOS



Mi padre creía que Guardamar del Segura era el paraíso. Yo estaba convencido de que exageraba, pero ahora soy capaz de apreciar las virtudes del pueblo donde pasé tantos veranos.

En primer lugar, el silencio. Su belleza sutil me permite descansar de la ciudad y su bullicio incansable, de las llamadas intempestivas de mi madre, del infierno en la tierra que son las actuales Hogueras de San Juan.

En segundo lugar, la naturaleza. La umbría pinada evoca un misterio antiguo, pero, sobre todo, regula junto al mar mediterráneo la temperatura de otro verano apocalíptico al que nos abocan el cambio climático y la política urbanística de Alicante.

En tercer lugar, la disponibilidad de su gente. No necesitas intercambiar veintisiete mensajes de móvil. Si quieres quedar con alguien, basta con salir a la calle.

El viaje hasta el pueblo no fue en Costa Azul. Ahora la empresa de autobuses se llama Avanza, pero su avance, por lo visto, no incluye aire acondicionado durante el trayecto. Mi hija y yo llegamos al borde de la lipotimia al piso de la calle Cartagena, el mismo que el año pasado.



Esa misma noche, un sábado 20 de junio, salí a pasear por las calles desiertas del pueblo. Aparte de las clásicas heladerías, había algún garito abierto en la calle del Chollo y poco más. En otro tiempo, quizá me hubiera aburrido de aquella paz tan maravillosa.

A la mañana siguiente, bajé a la playa de la Babilonia. Dos días más tarde, me acompañó Clara. Por el camino, pudimos observar a grupos de patos procedentes del Parque Reina Sofía cruzando la carretera y adentrándose en la pinada. No debe ser fácil contener a unas aves cuyas alas tienden a volar como la imaginación. El viento de levante tampoco me impidió convertirme en pez cual chiquillo. Entretanto, mi hija salvaba abejas de morir ahogadas.

Los chalets de la Babilonia siguen soñando lo imposible: esperan una resolución del Tribunal Constitucional que podría indultarlos por su valor etnológico.




El verano no empieza realmente hasta que uno no ha cenado en el restaurante Verona de Guardamar. Clara pidió una pizza cuatro quesos mientras yo me decantaba por una Diábola. La masa, que enseguida se vuelve chiclosa en las franquicias de comida rápida, invitaba a soñar con las hojas crujientes del otoño. A riesgo de parecer unos peseteros, el postre nos lo tomamos en otro clásico de la noche guardamarenca: el puesto de crepes Gri Gri. Con la panza a punto de reventar, dimos un garbeo por la playa Centro. Allí se celebraba la Nit Màgica, un espectáculo donde la comisión festera Els Milotxes invita a danzar alrededor de una fogata como en un aquelarre. No me habría extrañado ver al diablo disfrazado de macho cabrío bajo la luna creciente.

Desde el balcón, solía observar a los vencejos bajo el cielo azul del atardecer. Su vuelo es limpio y práctico como la casa que me ha alquilado la inmobiliaria Albamar. La gente seguramente preferirá apartamentos en urbanizaciones con piscina, pero, para alguien de gustos sencillos como yo, la paz que se respira en un hogar habitado y con una pequeña biblioteca no tiene precio.


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