miércoles, 4 de noviembre de 2026
LA PLAYA DE NINGUNA PARTE
Cuando muere, Eulalia siente la levedad de un globo el día de la Primera Comunión. Observa con extrañeza su cuerpo ajado desde la perspectiva de una telaraña en el techo. Reconoce a sus parientes rodeándola en un silencio roñoso. Flota por la habitación como una mota de polvo suspendida en los débiles rayos de luz que se cuelan por la persiana. Atardece.
Morir ha sido más fácil que una vida dedicada a pensar en el prójimo blanco, en la siguiente misa, en la confesión frecuente de los pecados, en devolver al redil a las ovejas descarriadas y, sobre todo, en las imágenes de santos, vírgenes y papas que adornan las paredes de su casa como estrellas de Hollywood.
Como si Eulalia hubiera invocado a los cenobitas, un túnel sombrío se abre en una pared. Una atracción irresistible la lleva hacia ese lugar, pero antes le suelta una colleja a Manolo por tantas alegrías y tristezas juntos. Su marido nota ese gesto fantasmal y, en lugar de temer, se emociona.
Cruza el túnel hasta alcanzar una luz de cegadora blancura. Ni con Ariel ha conseguido un blanco semejante. Al principio, apenas puede abrir los ojos acostumbrados a la oscuridad. Lentamente, distingue siluetas que murmuran saludos de bienvenida. Finalmente, enfoca con nitidez la cara regordeta de Teresa. Se funden en un abrazo.
Eulalia pasa un momento cerciorándose de que realmente está junto a su hermana. La besa, la pellizca, la contempla hipnotizada.
—Espabila —dice Teresa—. He venido a llevarte con Él.
Cualquier pregunta puede esperar. Las hermanas se ponen en camino por un terreno uniforme y monocolor. Un sol lechoso inunda el paisaje con su luz tamizada por las nubes. Saludan a un conocido acompañado de su inseparable perro. No es el único. Hay cientos de mascotas escoltando a sus dueños. Eulalia no puede evitar un mohín de asco. Incluso le parece vislumbrar a John Silver con el capitán Flint sobre su hombro.
El graznido de las gaviotas y el rumor del oleaje llenan los oídos de promesas. Huele a soledad salada. Eulalia nota la frescura de la arena besando sus pies descalzos.
—Aquí es —anuncia Teresa—. Tengo que irme.
—¿Cómo? De eso nada —protesta agarrándola del brazo con una fuerza impropia de su edad—. Quédate o, al menos, dame una pista de cómo es. Dime si imita el estilo de su Hijo.
Teresa le acaricia el mentón y, después de un elocuente silencio, se marcha. Antes de perderse en la lejanía, se vuelve y grita una advertencia o un consejo. Eulalia lamenta no saber leer los labios.
La playa parece no tener límite; mire donde mire nunca acaba. Cuando se cansa de andar en la más absoluta de las soledades, decide tumbarse en la arena y tomar el sol con los ojos cerrados. Pica. No teme al cáncer de piel; ya está muerta. Ese pensamiento le hace recordar otro que nunca tuvo el valor de admitir. Inspecciona bien todos los flancos. Ni rastro de vida humana. Se santigua. El vestido y el sujetador forman un batiburrillo en el suelo. Comienza a tostarse boca abajo. La eternidad al arrullo de las olas.
Cuando se gira y deja sus pechos al aire, tiene la certeza de que tanto pensar en Dios le ha impedido atender a su propio cuerpo. Siente una paz que ninguna confesión le había proporcionado nunca.
—Vístete —ordena con sequedad una voz masculina que la hace estremecerse de miedo.
Se levanta de un salto y busca su ropa medio cegada por el sol. Resulta un alivio ignorar aún la identidad de la visita. El sujetador no aparece por ninguna parte.
—¿Quieres esto? —pregunta burlonamente la voz.
Eulalia recupera la prenda y se la abrocha sin querer mirar a su interlocutor. La cara le arde. Imagina el aviso de su hermana: no dejes de rezar porque nunca se sabe cuándo vendrá el Hijo del Hombre. Eso es precisamente lo que hace: rezar para no tener enfrente a Dios y, si lo tiene, para que sea indulgente.
Un hombre de baja estatura, casi un enano, la contempla con ojos saltones. Viste traje y corbata. Extrae un ordenador portátil de un maletín negro como su ropa.
—Debería darle vergüenza a su edad hacer porquerías —riñe mientras rellena un formulario digital.
—¿Nombre?
—Eulalia Nieves García.
—¿Edad?
—Sesenta y nueve.
—¿Ocupación?
—Ama de casa.
Eulalia interrumpe para protestar. No entiende por qué necesitan esos datos si ya está muerta y, de paso, pregunta cuándo verá a Dios. El enano casi la fulmina con su mirada de sapo.
—Dios no recibe desde hace varios siglos. Se refugia en viejas películas de los Monty Python.
—Pero mi hermana…
—No querría contárselo para no… Siempre me toca a mí el trabajo sucio mientras ciertas señoras toman el sol desnudas. Bueno, sigamos con el formulario.
El secretario pregunta y teclea como una ametralladora al tiempo que Eulalia se refugia en la lejanía del mar. Le parece distinguir penachos de espuma en medio de la aparente calma. En el cielo, jirones de nubes tapan un instante la prepotencia del sol.
Más tarde, el mar parece una cacerola en plena ebullición. Sopla viento de Levante. Oscuros nubarrones presagian un chaparrón inminente. Eulalia se hinca de rodillas y reza en voz alta.
—¿Qué demonios hace? —pregunta el secretario como si hablara a una demente.
Ella, harta de tanta burocracia inútil, no se acobarda. Sigue orando cada vez más fuerte. Su vestido se hincha por culpa del vendaval. Su cabello parece un pulpo bárbaro, cruel, irracional y atroz.
El secretario adivina sus intenciones y trata de disuadirla en medio de la tormenta. Cuando una manaza surge del agua, se parapeta tras el maletín temblando de pies a cabeza. La zarpa se arroja sobre ellos como un pájaro sobre su presa.
Las olas lamen la orilla con una respiración acompasada. Eulalia abre lentamente los párpados que ha cerrado por instinto. Frente a ella, un cachorro de apenas tres meses. Ladra, juguetea, se enrosca entre sus piernas, lame el delicioso aire salado. Y vuelve a empezar.
Ella se mesa los cabellos, desesperada. Creyó que rezando lograría una audiencia con Dios, sin detenerse a pensar que Él lleva toda la historia de la humanidad escuchando a zumbados.
Pobre ilusa.
Dejando a un lado su repugnancia natural por los animales, coge en brazos al perro. Es suave como la brisa. Pronto alcanza a otros paseantes que también poseen mascota. Extrañamente, la inicial D figura en todas las chapas de identificación.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Entradas populares
-
Boca de Piano la llamaban cada día en los pasillos, pero su padre le dijo que no se dejara enjaular porque su sonrisa era preciosa. Una rare...
-
Óscar introduce la dirección. El GPS dice: “Tuerza a la derecha por la calle Planelles”. Óscar no conoce la calle Planelles y se mete por la...
-
BRUTAL DELICADEZA Con treinta y siete años recién cumplidos, a mi novia le siguen saliendo unos granos horriblemente purulentos. Por eso, ...

