Mostrando entradas con la etiqueta Viajes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Viajes. Mostrar todas las entradas

miércoles, 29 de abril de 2026

CONTRASTES






















La Semana Santa es época de contrastes. Los cristianos no comen carne el Viernes Santo como forma de duelo por la muerte de Jesús, pero algunos se ponen morados a dulces típicos de estas fechas. Las torrijas, por ejemplo. La cosa no acaba ahí. En Santa Pola, donde he pasado unos días de vacaciones, se mezclaban las manolas —mantilla negra, peineta, vestido sobrio, zapatos de tacón— con un Mercado Medieval situado en la Plaza de la Glorieta (alrededor del Castillo). La celebración de la vida y la muerte, el recogimiento y el jolgorio, la devoción y el consumismo.

Llegué el jueves al piso de mis suegros, un ático sin ascensor, buscando la soledad. Poner en marcha una casa es parecido a escribir un libro. Capítulo uno: luz y agua. Capítulo dos: ir al supermercado (están pensados para parejas, de modo que compré unas naranjas estupendas en la tienda de un hindú). Capítulo tres: deshacer la maleta. Capítulo cuatro: revisar los aparatos eléctricos y la cocina de gas. Capítulo cinco: barrer y fregar el suelo (tarea que en Alicante no realizo con la misma alegría). Capítulo seis: hacer la cama con siete mantas, pues soy friolero. Capítulo siete: descansar.






















Al día siguiente, subí al Mirador del Faro. Invertí alrededor de tres horas en cubrir unos diez kilómetros. La naturaleza agreste (donde predominan arbustos poco vistosos como el lentisco o la coscoja) me permitía estar a solas con mis pensamientos. Ya no era profesor, ni escritor, ni marido, ni padre, ni amigo. Solo un hombre tratando de detener un instante porque la vida pasa demasiado rápido.

No tardé en notar los efectos del aislamiento. Extrañaba el ruido de la vida social, el aullido de la manada. Me refugié en las tareas domésticas para conjurar la melancolía y, al mismo tiempo, experimenté cierta vergüenza de sentirme así habiendo tantos ancianos solos en el mundo. Mientras pensaba en ello, el paseo nocturno del vecino por la terraza común me sobresaltó. Debía ser su costumbre. Nada tranquilizadora, por cierto.














Luego supe que era vigilante jubilado. Entonces comprendí que las profesiones dejan una huella profunda en cada uno de nosotros y se convierten en una segunda piel imposible de disimular.

El domingo desperté más tarde de lo habitual. Sin embargo, acudí puntual al baño del Carrefour a hacer aguas mayores porque el inodoro de mis suegros tiene la taza partida, enrobinada y desconchada. Los viajes nos deparan siempre alguna sorpresa. Antes de abandonar el supermercado, miré de reojo a las cajeras por si me decían algo. 

Solía comer sin televisión, saboreando un silencio apenas roto por el graznido de alguna gaviota. Mi vista se perdía en los tejados, en el cielo azul que se derramaba a través de la ventana. Y no hacía falta más.

miércoles, 17 de septiembre de 2025

GUARDAMAR






















He pasado las Hogueras de San Juan en Guardamar del Segura, el pueblo de mi madre. El piso de alquiler me fascinó desde el principio. Tenía un par de estanterías con libros de ficción y uno de ellos era la primera parte del Quijote. Comprobé que no se trataba de meros adornos cuando mi hija se leyó una novela de cuyo nombre no logro acordarme. Además, había cinco reproducciones de cuadros en las paredes. Me pregunté quiénes serían los dueños de aquel pequeño paraíso cultural. Lo que habría dado por haberlos conocido.

LEJOS DE MAMÁ

El mejor momento del día era preparar la comida con Clara, pues ambos somos pésimos cocineros. Primero agotamos todas las posibilidades de la cocina italiana: espaguetis carbonara, raviolis, lasaña… Luego nos entregamos con fervor a la religión de los fritos: patatas, huevos, figuritas de pescado… La tortilla precocinada de Mercadona, un clásico, no faltó en nuestro precario menú de supervivencia.
 
LA ANÉCDOTA

Llegamos a la pizzería Trastevere sobre las diez de la noche. Clara pidió una cuatro quesos y yo, un sándwich vegetal. Maldita la hora. Sirvieron su plato, pero el mío se retrasaba más de la cuenta sin que nadie creyera necesario dar explicaciones. La cocina voceó mi comanda y le pregunté extrañado a la camarera por qué no la traían. Me pidió disculpas: se había quemado el pan. Después de cuarenta y cinco minutos de espera, me trajeron el pan raspado a cuchillo. Muy profesionales.

VIDA MONACAL

Durante las horas más calurosas, dedicábamos el tiempo a nuestras grandes pasiones: leer, escribir y pintar. Al principio, pensé que podría aguantar como un valiente sin pergeñar historias: me había negado a viajar con el aparatoso ordenador portátil. Desesperado, al tercer día me compré un cuaderno y lápices.

ME LLAMAN LOBO

En el transcurso de la semana, intenté quedar con algunos amigos sin demasiado éxito. Llamé a mi prima para tomar un café, pero ya no trabaja en la heladería Las Dunas. Solo me faltó poner un cartel en el tablón de anuncios de la biblioteca. Vivimos en una sociedad hiperocupada donde la tecnología se ha convertido en un sucedáneo de las relaciones sociales. Menos mal que coincidí por la calle con gente del pueblo y, de pie, echamos la charraeta.

RECUERDOS

Dicen que en septiembre van a derribar las casas de pescadores de la playa de La Babilonia. Decenas de familias serán desalojadas en virtud de la aplicación de una Ley de Costas que llega con casi cien años de retraso. El penúltimo atentado contra el tejido cultural alicantino dinamita, de paso, mis recuerdos de infancia.

miércoles, 25 de septiembre de 2024

VALENCIA



Del 20 al 24 de junio, mi hija y yo decidimos escapar a Valencia huyendo de las fiestas incívicas por antonomasia: las Hogueras de San Juan. Tenía reserva en el Moontels, un apartahotel situado en un dédalo de calles junto al Mercado de Ruzafa. Al volver la esquina, la iglesia parroquial de San Valero Obispo y San Vicente Mártir. Nunca entramos. Enfrente, el pub gay Templo. Allí se celebraba otro tipo de misas menos ortodoxo, pero igualmente necesario para el espíritu.

Debíamos pulsar un código numérico que abría la puerta de la calle y de la habitación, pero no funcionaba. Cuánto echaba de menos una llave. En las oficinas de Moontels, me informaron de que no se activaba hasta las dos de la tarde. El reloj marcaba la una. La chica de la limpieza se ofreció amablemente a guardar nuestras maletas mientras tanto. Dimos un paseo por nuestros dominios y, de paso, compramos algo de comida precocinada. La espera valió la pena: la habitación era luminosa, tranquila y acogedora. Justo lo que necesitábamos, aunque hubiera que dormir cama con cama como en el servicio militar. El pequeño balcón ataviado con una mesa y dos sillas iba a convertirse pronto en mi lugar preferido.

Al día siguiente, fuimos caminando hasta los Jardines del Turia. Se trata del mayor parque urbano de España. Mientras lo recorremos, noto el influjo beneficioso de la naturaleza. Clara se ha mimetizado con el entorno y no me extrañaría que, de un momento a otro, se transformase en árbol o abeja. Le cuento que, hace exactamente dieciséis años, paseaba por allí en la barriga de su madre. Siento una punzada de melancolía al recordar a mis padres empeñados en llegar andando hasta la Ciudad de las Artes y las Ciencias. No puedo dejar de admirar el Puente del Reino o de las gárgolas, situado después del parque Gulliver. Mi hija se ha abrasado el culo al lanzarse por uno de los toboganes gigantes.

Esa noche, cenamos en la pizzería Popular. Agotados pero felices de haber sobrevivido a la dura vida del turista. El camarero sería el primero de los muchos argentinos que nos encontramos en Valencia.

Cuando me levanté el sábado, llamé a Moontels porque no sabíamos poner en marcha la vitrocerámica. Habíamos intentado hervir agua para cocinar pasta el día anterior y terminamos usando el microondas. El chico que me atendió fue probando cosas hasta dar en el clavo. Debía pulsar durante diez segundos un botoncito de seguridad que se usaba para la limpieza. Quedé muy aliviado de no ser un perfecto inútil, aunque nunca volvimos a usar la placa de inducción. Por algo estábamos de vacaciones.

Las tardes se convirtieron en nuestro momento de paz. Clara dibujaba o escribía; yo aprovechaba para leer y tomar alguna infusión. Luego salía a pasear por las enormes avenidas; daba igual la que escogieras: en esta ciudad todos los caminos conducen al Turia.

El domingo visitamos el Museo Iluziona, una excusa para hacerse fotos en tres dimensiones. Está ubicado en el entresuelo de la Casa Judía, una edificación residencial de estilo art déco valenciano construida en 1930. Luego nos dejamos caer por Lush, una tienda de cosmética donde al cliente se le cuida con especial mimo. También caracoleamos por el Corte Inglés, no lo voy a negar. Allí me compré un tebeo de Mortadelo y Filemón, quizá tratando de no perder el niño que todos llevamos dentro.

Regresamos a Alicante el Día de la Cremà, algo así como volver a Vietnam después de haber estado en un monasterio. Moontels guardó nuestras maletas porque el tren no salía hasta las cuatro de la tarde. Entretanto, nos fuimos despidiendo en silencio. Cada cual a su modo. Clara se compró un gofre espectacular. Yo jugueteé con la idea de sentarme en el balconcito del hotel a ver pasar las horas y esa luz portentosa que captó Sorolla en sus cuadros.

miércoles, 17 de abril de 2024

SANTA POLA



Hemos perdido la capacidad de no hacer nada y de deleitarnos con la simple observación. Las vacaciones se han convertido en un estresante periodo de maletas, horarios y gente. La señal inequívoca de que no disfrutamos es que, al volver, debemos descansar de las mismas. Por esa razón, un año más he vuelto a pasar unos días completamente solo en Santa Pola. Sobre todo, me atraía el reto de saber si sería capaz de arreglármelas por mí mismo.

Llegué el Jueves Santo a un cuarto piso sin ascensor. Aquel día no solo tuve que conectar la luz y el agua, sino también llené la nevera con más dudas que certezas porque soy un cocinero pésimo. La casa olía como la tumba de Tutankamón. Aquella noche no pegué ojo, pues las delgadas paredes filtraban los sonoros bostezos del vecino.

El viernes estuve tentado de limpiar, pero hacía un sol tan fabuloso que subí caminando hasta el Mirador del Faro. Invertí unas tres horas en cubrir de polvo mis zapatillas nuevas. Coincidí en el sendero con parejas, grupos de amigos, familias y dueños de perros. Muchos hablaban a gritos, incapaces de escuchar los mil y un sonidos de la montaña.

Durante el fin de semana, reuní valor y productos de limpieza para cumplir el juramento que le había hecho a la dueña: adecentar el piso a cambio de mi estancia. Barrí y fregué a discreción. Dejé el cuarto de baño que parecía el reino celestial. Una moscarda se introdujo, sin duda huyendo del fuerte viento, cuando me disponía a salir.

Una de las películas que me acompañaron, Formentera Lady (con el gran José Sacristán), habla de un solitario empedernido que descubre la importancia de los lazos gracias a su nieto. Yo no sabía bien qué hacía apartado de mi familia. Supongo que el amor también es eso: saber alejarse para volver fortalecido.

El lunes vino mi mujer a rescatarme con el coche. Había llenado la nevera de comida para un regimiento sin darme cuenta.

Cuando me disponía a cerrar la llave de paso —situada en el rellano del portal—, descubrí que había aflojado sin querer el contador de la luz de algún vecino. Este lo había devuelto a su estado original y, seguramente, se preguntaría por el gracioso.

domingo, 30 de abril de 2023

GUARDAMAR

Hay adultos que nunca han pasado un día solos en toda su vida. Gracias a mi familia, que ha cuidado de mi madre, he podido pasar la Semana Santa en Guardamar del Segura con la única compañía de mis pensamientos. Quizá sea la última oportunidad que tenga, pues nuestra casa de verano está a punto de cambiar de dueño.


VIERNES SANTO

Después de recoger unos papeles en la inmobiliaria, bajo a la playa de La Babilonia a mojarme los pies. Viento fresco y sol ardiente. Oleaje tan intenso que parece el rugido de un león. Por la noche, la sorpresa que un ateo jamás espera. Todas las Cofradías desfilan por mi calle en la Solemne Procesión del Santo Entierro de Cristo. Decido tomármelo con calma y sacar unas fotografías para mis suegros.














SÁBADO SANTO

Practico senderismo en la pinada. Algunos árboles recuerdan a esqueletos calcinados debido al salitre del mar. Culpan de ello al cambio de vientos y mareas ocasionado por un espigón que fue construido sin su correspondiente estudio del impacto ambiental. Necesita una repoblación urgente, pero esta no se realizará con pinos, sino con arbustos que puedan crecer en entornos desérticos. Es el fin del sueño del ingeniero Mira y el regreso al sistema de duna móvil.




DOMINGO DE RESURRECCIÓN

He oído tambores. Levanto la persiana de mi habitación con los ojos aún velados por el sueño. La Procesión del Encuentro es menos gótica que la de Viernes Santo. Las aleluyas caen de los balcones como confeti. Después de la oscuridad, llega la luz.







LUNES DE PASCUA

El río Segura culebrea verdoso durante mi caminata. El objetivo original de llegar a Rojales se diluye porque me he perdido entre cañaverales. Después de más de una hora disfrutando de un sol y un aire templados, al fin reconozco una bifurcación. Me enorgullece no haber preguntado a otros senderistas que se han cruzado conmigo. Elijo a la primera el sendero que me llevará de vuelta a casa.




Antes de regresar a Alicante, visito a una amiga bibliotecaria en su puesto de trabajo. Luego me dirijo, sin decidirlo previamente, a la Casa Museo del ingeniero Mira. Es un placer recorrerla completamente solo. El suelo conserva las baldosas de aquella época. Un hombre de larga barba blanca me observa desde el pasado.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

LOBO EN LA ASTE NAGUSIA

La lluvia nos ha acompañado desde que volvimos de Bilbao como un hada protectora contra el calor lobotomizador del verano. Por eso, regreso sin parar al refresco de esos cuatro días que viajamos al Norte. La primera ropa de abrigo en la maleta, el primer cielo oscuro, la primera vez que recibía un premio literario. El autobús del aeropuerto superó una zona de paneles acústicos que mostró de repente la Ría y el Guggenheim. Habría detenido aquel instante para siempre.
            
Atardecía cuando ocupamos nuestra habitación en el hotel Abando, que se comunicaba mediante puerta corrediza con la de mis hijos. Lujosa pero práctica. Espaciosa a la par que cómoda. Había un sillón junto a la ventana que se convirtió en mi rincón de lectura favorito. Un hervidor de agua eléctrico completó mi felicidad.
            
Salimos a cenar algo por ahí mientras la noche refrescaba a pasos agigantados. La chaqueta de manga larga. El pañuelo al cuello. Alfonso nos condujo a una pizzería siguiendo las indicaciones de su móvil. De vuelta al hotel, Clara titilaba como una estrella en el cielo. Mi mujer, menos friolera, le prestó su rebeca.
            
A la mañana siguiente, salimos en estampida por Bilbao. Ya habíamos catado la ciudad cuatro años antes en un viaje organizado. Mis padres nos acompañaban entonces. Ahora saboreaba la libertad de recorrer sin prisa los alrededores del Guggenheim, de vagar por el dédalo de callejuelas del Casco Antiguo, de beber de las fuentes que tanto escasean en Alicante. Un amigo me mandó un mensaje para quedar, pero le dije que andaba por el Norte para recoger un premio. Repasé mentalmente lo que diría por enésima vez. No me convenció en absoluto.         

Por la tarde, fuimos en metro a Portugalete. Nos esperaba Mari Carmen Azkona vestida con un traje popular vasco. Despistado como soy, ni se me ocurrió preguntarle por su indumentaria. Un mercado medieval había invadido las callejas empedradas de la villa, devolviéndola a un tiempo pretérito. El viento olía intensamente a mar. No tardó en unirse al paseo Alicia Uriarte con su marido, gran fotógrafo por cierto. No tardé en anudarme el pañuelo al cuello para proteger la garganta. No tardaron en comentar «El día infinito», el cuento gracias al cual estaba allí con ellas. Afortunadamente, las críticas fueron constructivas e incluso Alicia se tomó bien que la hubiera convertido en personaje. El tiempo se fue volando como un jugador de cucaña.

Derrotados por el cansancio, aún tuvimos energía aquella noche para estrenar la Semana Grande de Bilbao. Los niños se quedaron en el hotel mientras nos mezclábamos con un hormiguero de gente. Algunos jóvenes llevaban el vaso vacío de plástico al estilo John Wayne. Otros conjuraban el peligro de caer a la Ría trepados a la barandilla. Sin ganas de alcohol, me tomé una infusión de menta en el Abando.
            
El domingo amaneció ligeramente plomizo y la temperatura abrazó un otoño anticipado. Sin hacer caso de un cielo cada vez más turbio, comimos en el ombligo de Bilbao: la Plaza Nueva. Era tal el gentío que el camarero olvidó cobrar los pintxos. Cuando mi mujer se percató, la lluvia y un viento gélido nos encogían bajo los paraguas. Apretamos el paso hasta el hotel.
            
El lunes seguía nublado. Con las maletas en recepción, estiramos un rato las piernas hasta la hora de la entrega de premios. Mi mujer fue engullida por Lush, una tienda de cosmética natural. Clara permaneció conmigo infundiéndome el valor que necesitaba. Tras el paseo, nos recibieron los txistus de Mikel y Patrik Bilbao a la entrada del Abando. La ceremonia contó, entre otras personalidades, con el Alkate Juan Mari Aburto y la Concejala Itziar Urtasun. Esta última me entregó el trofeo en forma de losa bilbaína concedido por la Asociación Plaza Nueva Idazleak. Como no pude leer los tres folios que tenía preparados —es broma—, aprovecho para dedicárselo a mi familia. Mi auténtico premio.
            
En un buen cuento nunca hay que satisfacer del todo la curiosidad del lector. Compramos unas cajas de chocolate para regalo. Una de ellas salió vacía en un acto de justicia poética o, quién sabe, quizá Alfonso se la comiera.

martes, 28 de agosto de 2018

LOBO EN PARÍS: Rue Condorcet



Aún con el olor a pólvora de la noche anterior pegado a la piel, un tren regional (RER) nos condujo al centro de París. Salimos por una boca de metro a la altura del Arco del Triunfo. Me sentí una gota de agua en medio del Océano.

Bajamos por la Avenida de los Campos Elíseos y torcimos a la izquierda por Franklin Roosevelt. En la oficina del número 10 recogeríamos la llave de nuestro apartamento. Por desgracia, eso no sería posible hasta las cuatro de la tarde. La costumbre de dejar la habitación a mediodía no debe de conocerse en París. Resolvimos que lo más sensato era buscar la calle del piso. Según la agencia, no andaba lejos. Un par de horas más tarde, seguíamos pululando por aquella ciudad laberíntica con pinta de aparecidos. Preguntamos por la Rue Condorcet en una cafetería y luego en un Kebap. Nunca me he alegrado tanto de llegar a un sitio.

Tras echar algo al estómago, optamos por esperar en una plaza a que mi mujer volviera con la llave. Clara jugaba a plantar semillas en un trozo de tierra y Alfonso se entretenía con unas chapas. Su silencio hablaba a gritos de lo solos e indefensos que nos sentíamos.

El apartamento era un agujero sin luz natural donde el comedor servía de cocina y dormitorio. Allí durmieron los chavales. Nosotros nos instalamos en la habitación de dentro. Agotados pero felices. Echamos una breve siesta antes de salir a recorrer las calles de nuevo. Vagabundeando, descubrimos una callejuela invadida de tiendas a ambos lados. Desembocaba en una escalinata interminable rodeada de jardines. Comenzamos la ascensión. Medio París dejaba pasar la tarde tumbado en el césped. En lo alto del cerro aguardaba la Basílica del Sagrado Corazón de Montmartre. Aquel día habíamos pasado de estar perdidos a contemplar las mejores vistas de la ciudad.


El domingo, con la excusa de comprar el pan, di una vuelta por los alrededores. Una brisa fresca movía los flecos de mi pañuelo. Subí una calle adoquinada mientras el alegre chorro de las alcantarillas se perdía cuesta abajo. Rodeé un parque absorto en la humedad de las fachadas. Cuando regresé, mi hija giraba la manivela de su caja de música. Sonaba «La vie en rose» de Edith Piaf.


Unos minutos después, el metro de París nos había catapultado al museo del Louvre. Estuvimos de acuerdo en visitar las salas dedicadas a Egipto, aunque no vimos más que una momia sin contar a los vigilantes con cara de aburrimiento. La escultura clásica ofrecía bellezones como «La Venus de Milo» o «El beso». La Gioconda me pareció una birria al lado de otras pinturas. Recuerdo a una chica haciéndose selfies en un ataque mal disimulado de amor propio.

Por la tarde, fuimos al cementerio de Père-Lachaise. El verdor de los árboles se mezclaba con el moho de las lápidas y las telarañas de los mausoleos. La vida y la muerte. El graznido de los cuervos era una señal de advertencia. Admiré la grandiosidad de panteones y estatuas. Sin darnos cuenta, llegamos a la tumba de Oscar Wilde. Alfonso trataba de aterrorizar a su hermana con historias de zombis.

Cerramos aquella maratoniana jornada en la catedral de Notre-Dame. La misa era retrasmitida por televisión en el propio templo. Nadábamos en gente de todas las nacionalidades. Cruzamos sus pasillos laterales embriagados por el incienso, empequeñecidos por los rosetones y abrumados por el precio de los rosarios.

Aquella noche, por ser la última, tomé una cerveza con mi mujer en una terraza. Una pareja francesa trató de entablar conversación de la forma más surrealista. Él se esforzaba por hablar castellano; ella sonreía enigmáticamente como la Mona Lisa. Rara vez corregía los errores de su novio. Luego resultó que la chica era de Barcelona. Estábamos tan cansados que nos despedimos enseguida.

Desperté con una mezcla de alegría y tristeza. Volvíamos a casa en el vuelo de las diez de la noche, pero aún quedaba tiempo para llenar las alforjas de recuerdos. Las corrientes del metro aliviaron un poco el calor sofocante que remitía a nuestro primer día en París. La imagen de la Torre Eiffel en el extremo del Campo de Marte nos golpeó la retina. Muchas fotos después, nos situamos en su base. La opción más barata era usar las escaleras hasta el segundo piso y luego bajar en ascensor. Alfonso invitó a helados una vez arriba. Yo compré tazas de café para unos amigos.

Las pizzerías de comida rápida eran cuchitriles donde no podías sentarte, de modo que comimos en un italiano. Al atardecer, subimos a bordo de los típicos bateaux mouches. Navegando por el Sena, sentí envidia de la gente que tomaba el sol o paseaba a la orilla del río. También recordé el libro que estaba releyendo: «Siete puentes sobre el Sena» de María José Aguilar.

Hay anécdotas que me dejo en el tintero. No quiero avergonzar a mis hijos si alguna vez leen estas líneas. Aún veo a Alfonso enviando mensajes a su mejor amiga por las calles de París, a Clara ronroneando como un gato ante un trozo de queso, a mi mujer consultando mapas. No me canso de contemplar la ciudad en películas, de oír canciones, de soñar con ella. Cierto no sé qué me ha calado hondo. Y eso que dicen que los franceses son antipáticos.

martes, 21 de agosto de 2018

LOBO EN PARÍS: Disneyland






















Era nuestro primer viaje en familia y había nervios. Siempre los hay cuando sales de casa. Esta vez, sin embargo, la ilusión se palpaba en el ambiente como el aroma a caramelo. En consecuencia, aquella noche nadie se acostó. El sueño de cualquier chaval. No merecía la pena dormir porque el vuelo salía a las seis de la mañana.

Atravesamos la ciudad dormida con el secreto placer del traqueteo de nuestras maletas rodantes. «Que se jodan los de las Hogueras», pensé sin remordimientos. Un petardo brutal dejó muy claro que Alicante había sido tomada como aquel cuento de Cortázar.

Un autobús nos llevó a los cuatro solos al aeropuerto del Altet. Siempre es mejor llegar con antelación a estos sitios, pero la terminal era literalmente un cementerio. Apenas una cafetería abierta. Poco antes, habíamos pasado las maletas por el detector. Clara soportó un breve control antidrogas que disipó cualquier resto de sueño.























Clareaba el día cuando el morro del avión puso rumbo a París. Nada más apropiado que llegar a la Ciudad de la Luz para el desayuno. En el aeropuerto de Orly, tres militares armados con metralletas pasaron por nuestro lado con cara de pocos amigos. Un coche particular nos trasladó al hotel Sequoia de Disneyland.

La noticia de que la habitación no quedaría libre hasta las cuatro de la tarde cayó como un jarro de agua fría. Menos mal que disponíamos de una espaciosa consigna. No todo estaba perdido. Entretanto, daríamos una vuelta por el parque para familiarizarnos con él. El calor y el sueño me hicieron sentir los efectos de una borrachera épica. Mi mujer, en cambio, sonreía como una niña con juguetes nuevos. Ante nosotros se alzaba el castillo de la Bella Durmiente. Tenía coña el asunto.

La moqueta del pasillo me recordó al hotel Overlook, famoso por la película El Resplandor. La habitación, con fantasma o sin él, daba a un bosque partido por un riachuelo.



A la mañana siguiente, el cielo estaba encapotado y un viento gélido encogía el corazón. Lloviznaba. Mi pañuelo al cuello ya no me abandonaría el resto del viaje. Alfonso se marcó para desayunar un plato hasta arriba de salchichas con bacon. 

El frío no nos impidió inaugurar la jornada con un espectacular tiovivo que se hizo corto para una espera tan larga. Luego accedimos al Laberinto de setos del País de las Maravillas. Allí los personajes de Lewis Carrol jugaron con nuestro sentido de la orientación. Poco a poco, el día iba caldeándose. La atracción donde, sin duda, pasé el mejor rato fue Star Wars: la Aventura Continúa. Consiste en una nave de realidad virtual que cumple una misión casi suicida por el espacio. Grité más que una parturienta.

Por la tarde, compré una chaqueta de Pesadilla antes de Navidad en la tienda Disney. Tardaron media hora en darme la llave del único probador en todo el establecimiento. Me entretuve observando el peloteo de la dependienta a una francesa arrugada como una pasa.
























El viernes amaneció fresco pero soleado. Tocaba visitar los Estudios de Walt Disney. Aunque menores en tamaño que el Parque Disneyland, poseen las atracciones más adrenalínicas. Mi mujer subió completamente sola a la Torre del Terror, un ascensor en caída libre que pone los pelos de punta. Nos reunimos de nuevo en el Armagedón. Mientras hacíamos cola, observé a un chico vestido de mujer y maquillado. No estaba solo. Lo acompañaban sus padres y un hermano menor. En aquel instante, sentí orgullo de pertenecer a la raza humana.


A las doce de la noche, echaban fuegos artificiales en el castillo de la Bella Durmiente. Había que reponer fuerzas. Cenamos comida mexicana en un buffet libre donde las costillas se deshacían en la boca. Luego nos dio tiempo a coger el Vuelo de Peter Pan. Volar gracias al simulador es una experiencia onírica.

El cielo de París brilló con los fuegos y las imágenes proyectadas en los muros del castillo. Una mujer me pidió en inglés un hueco para que viera su hija. Había cientos de personas reunidas en aquel lugar, pero intenté dejarle espacio. Mickey Mouse nos despidió camino del hotel. Alfonso y yo bromeamos a costa de su sospechoso nerviosismo.

martes, 30 de mayo de 2017

LOBO EN TÁNGER (y II)

El Riad Dar Mesouda, a pocos minutos de la casa de Chaimae, era un oasis en medio del bullicio de la ciudad. Al ser un ático, la enloquecida circulación sonaba amortiguada. A cambio, debíamos subir y bajar una angosta escalera de caracol. Como buen apartahotel, tenía cocina donde preparar un té para acompañar su correspondiente rato de lectura. No obstante, el baño carecía de secador. Las luces del espejo del mismo tampoco funcionaban, de modo que no habría podido afeitarme si hubiera querido. Aún recuerdo los sofás de la terraza cubierta, donde solíamos charlar hasta altas horas de la madrugada. 

Como no había actos programados para aquel viernes, víspera de la boda, se nos ocurrió buscar la playa después de desayunar. El problema es que nos perdimos. Fuimos a parar, no sé muy bien cómo, a una estación de autobuses cochambrosa. Allí los gatos campaban a sus anchas en sabia simbiosis con los viajeros. No quise hacerles fotos, por si eran un animal sagrado. Después de mucho preguntar, alcanzamos nuestro objetivo. Si no hubiera sido por el mar cobalto, habría confundido aquellas dunas interminables con el desierto. Incluso un par de camellos avanzaban por la arena, lentos pero majestuosos. Una hora más tarde, en un centro comercial de la zona, degustamos un plato de cous cous tan exquisito que olvidé el calor horroroso de la jornada.


Por la noche, cenamos en casa de Chaimae. La muchacha llevaba las manos y los pies cubiertos de henna, aparte de un brillo especial en los ojos llamado sueño. También vino Yassir, que se apartó un instante para rezar en la parte en penumbra del salón. Me alegré de que las cuatro compañeras de viaje, alojadas en el piso de la novia, aún no se hubieran despellejado. De regreso al hotel, la empinada escalera de caracol parecía aún más empinada que de costumbre.

El sábado teníamos previsto visitar las Cuevas de Hércules, pues hablan maravillas de ellas. Dejamos transcurrir la mañana entre un zoco y unas galerías situadas en la Rue du Mexique, hipnóticas como una bailarina de la danza del vientre. Allí compré unas babuchas que ni Alí Babá. Para no ser menos, mi mujer había adquirido una chilaba el día anterior con la que estaba preciosa.

Uno de los males endémicos de Tánger es, sin lugar a dudas, la impuntualidad. Solíamos decir para conjurar el mal humor: «Diez minutos más». Nos citaron a las seis de la tarde en el piso de la novia. A eso de las ocho, aún esperábamos que nos llevaran en coche al banquete. 

Era un chalet particular en las afueras. Unos tipos vestidos de pajes tocaban la trompeta cada vez que alguien entraba. Quise seguir a mi mujer escaleras arriba, pero me lo impidieron con amabilidad. Luego me condujeron hasta la habitación donde se iba a celebrar el convite de los hombres. Tres mesas redondas atiborradas de platos, vasos y cubiertos la presidían. Aún no había llegado ningún invitado, de modo que saqué un libro y empecé a leer tranquilamente.


Alrededor de las nueve, el padre de la novia me acompañó. Empezamos a charlar. Había asistido a la presentación de mi primer libro de cuentos. Los invitados fueron presentándose con cuentagotas hasta las doce, según me dijeron porque había partido de fútbol. Entretuvimos la espera picoteando dulces y bebiendo té moruno. Del piso de abajo subía una voz de mujer cantando en árabe una canción interminable.

El banquete empezó a las doce y media. Nadie tenía hambre después de tantos dulces, e incluso el novio —Medhi— devolvió un trozo de ternera de su plato al recipiente de barro. Luego supe que la comida sobrante de la boda no se tira, sino que la familia puede llevársela a casa. La locura se desató en el postre, un helado con forma de casco cubierto de crocanti. Los niños, mudos toda la velada, se dedicaron a pinchar con la cuchara hasta destrozarlo. Me habría unido a ellos con gusto.

El ágape acabó pronto, pero nos invitaron a una fiesta privada en el piso de Chaimae de la que salimos a las cinco de la madrugada. Disculpándose de antemano, le pidieron a Mari Carmen que me reuniera en la cocina con el resto de hombres porque la novia iba a salir sin velo. Allí estuve charlando con Yassir, que me preguntó si no estaba harto de los malditos moros. Yo me sentía un privilegiado por compartir aquello. Decir que armaron escándalo es poco. Los músicos tocaron las trompetas y las mujeres entonaron al unísono el zaghareet, ese grito propio de las tribus del norte de África.

El domingo no ocurrió nada, salvo que me entregué a una bacanal de sueño. Por la tarde, regresé solo a la Plaza 9 de Abril. Deambulé por el mercadillo de la medina, atestado de gente, mientras me quitaba de encima a los vendedores de hachís. Al día siguiente, lamenté no haber pillado. El regreso a la península estuvo plagado de contratiempos que se habrían convertido en pesadilla de no haber sido por las compañeras de viaje. Perdimos el ferry por unos minutos y, en consecuencia, el autobús de Algeciras. Una empleada de Alsa con acento andaluz nos reubicó en el autocar de las once de la noche. Me entraron ganas de besarla.

Hasta aquí la narración de los hechos. Sólo me resta desearles a Chaimae y Medhi una larga vida juntos. Si han sobrevivido a una boda de cinco días, estoy convencido de que superarán cualquier cosa.


miércoles, 17 de mayo de 2017

LOBO EN TÁNGER (I)


Moría la tarde en la estación de autobuses de Algeciras. Parapetados tras una isla de maletas y bolsos de viaje, cada cual hablaba por el móvil con sus seres queridos. Después de muchos contratiempos, regresábamos a casa en el autobús de las once de la noche.

Formábamos un grupo de lo más variopinto: las jóvenes Patricia y Naidu tenían una vitalidad contagiosa; las veteranas Cristina y Mari iban siempre a la greña; mi mujer y yo echábamos de menos a los críos. Acabábamos de asistir a la boda de una amiga común en Tánger.


Chaimae, antigua alumna de la academia, le dijo un día a mi mujer que se casaba en su país. Ella respondió que iría si la invitaba. Aquí empezó a gestarse un viaje con aroma a cúrcuma y a té moruno. No era la primera vez que cruzábamos el Estrecho de Gibraltar, rumbo a Marruecos.

El 11 de abril salimos de la estación de Alicante más contentos que unas pascuas. Viajamos toda la noche hasta Algeciras. Allí tomamos el ferry que nos llevaría a Tánger. Dicen que Bunbury escribió la letra de «El extranjero» a bordo de uno de esos barcos que unen España con Marruecos. Al principio de la canción, suenan unas gaviotas idénticas a las que contemplé en el puerto de Algeciras.

El sol de Tánger y la vigilia generaron en mi cabeza una bruma espesa como el humus. Supongo que al resto le ocurría lo mismo. Habíamos quedado con Chaimae en el puerto, pero se retrasaba. Al poco, un coche frenó a nuestro lado. Y luego otro detrás. Eran los hermanos de la novia. Aquello parecía un rescate de película.

Recuerdo que, después de presentarse, Yassir Belkaid preguntó por el viaje. Mari Carmen y yo soltamos un «uf» tan triste que fue acompañado de una alegre carcajada por su parte. Durante el trayecto en coche, me bebía las calles con los ojos. Mientras charlábamos, propuso descansar antes de ir al hotel. No me arrepentí, aunque lo que deseaba era una buena ducha. Fuimos al Hafa Café, un conjunto de terrazas en una colina frente al mar.

No es cualquier sitio. Si hacemos caso a la canción homónima de Luis Eduardo Aute, en una de esas terrazas Mike Jagger le robó la novia al cantautor bajo los efectos del hachís. Nosotros nos limitamos a beber té moruno, quizá el mejor que he probado nunca. Más tarde, Yassir comentó que cuando quisiéramos nos llevaría al hotel. «Ya», contestamos. Miró el reloj significativamente y dijo: «Diez minutos más».

A la mañana siguiente, Jueves Santo en España, establecimos algunas rutinas necesarias para los cinco días de estancia en Tánger. La primera fue desayunar en el Café Le Normandie, a pocos minutos del hotel. Solíamos pedir dos menús que incluían café con leche, varios panes tostados con tomate natural y aceite, bollería variada, mermelada, miel, dos botellas de agua, dos yogures, y en ocasiones un platito de olivas. Todo a un precio irrisorio.

El reto de la jornada era encontrar un teléfono público. Las compañías se aprovechan cuando llamas desde otro país, así que llevábamos los móviles de adorno. Subimos por la Rue Angleterre hasta alcanzar una gasolinera situada en una encrucijada de avenidas. Bajo los soportales de un piso, había cambiado euros por dírhams la tarde anterior. Mientras mi mujer hacía lo propio con su dinero, yo di con ese teléfono. Compramos una tarjeta de prepago por dos o tres euros. Veinte o treinta minutos para decir a la familia que estábamos de puta madre.

La mayoría de las tardes, mi mujer desaparecía para asistir a actos relacionados con la boda. Por ejemplo, la fiesta de la henna. Aunque no lo creas, allí las bodas duran varios días y, por extraño que parezca, los hombres están separados de las mujeres en muchos momentos. Eso me permitía pasear a placer por las calles de Tánger, mezclarme con la gente como uno más. Observar y ser observado. En una de aquellas excursiones, descubrí la Plaza 9 de Abril (también llamada Gran Zoco). Sentados alrededor de la fuente pública de esta plaza o tumbados en los jardines de la Mendoubia, los tangerinos se entregan a una de sus aficiones preferidas: no hacer absolutamente nada, dejar pasar el tiempo. Algo que sacaría de quicio al más templado de los hombres. Anduve un rato curioseando la programación del Cinema Rif, pero pronto crucé la puerta que daba paso a la medina (el barrio antiguo).


Entradas populares

Vistas de página en total