La Semana Santa es época de contrastes, incongruencias y paradojas. Los cristianos no comen carne el Viernes Santo como forma de duelo por la muerte de Jesús, pero algunos se ponen morados a dulces típicos de estas fechas. Las torrijas, por ejemplo. La cosa no acaba ahí. En Santa Pola, donde he pasado unos días de vacaciones, se mezclaban las manolas en procesión —mantilla negra, peineta, vestido sobrio, zapatos de tacón— con un Mercado Medieval situado en la Plaza de la Glorieta (alrededor del Castillo). La celebración de la vida y la muerte, el recogimiento y el jolgorio, la devoción y el consumismo.
Llegué el jueves al piso de mis suegros, un ático sin ascensor, buscando la soledad. Poner en marcha una casa es parecido a escribir un libro. Capítulo uno: luz y agua. Capítulo dos: ir al supermercado (están pensados para parejas, de modo que compré unas naranjas estupendas en la tienda de un hindú). Capítulo tres: deshacer la maleta. Capítulo cuatro: revisar los aparatos eléctricos y la cocina de gas. Capítulo cinco: barrer y fregar el suelo (tarea que en Alicante no realizo con la misma alegría). Capítulo seis: hacer la cama con siete mantas, pues soy friolero. Capítulo siete: descansar.

Al día siguiente, subí al Mirador del Faro. Invertí alrededor de tres horas en cubrir unos diez kilómetros. La naturaleza agreste (donde predominan arbustos poco vistosos como el lentisco o la coscoja) me permitía estar a solas con mis pensamientos. Ya no era profesor, ni escritor, ni marido, ni padre, ni amigo. Solo un hombre tratando de detener un instante porque la vida pasa demasiado rápido.
No tardé en notar los efectos del aislamiento. Extrañaba el ruido de la vida social, el aullido de la manada. Me refugié en las tareas domésticas para conjurar la melancolía y, al mismo tiempo, experimenté cierta vergüenza de sentirme así habiendo tantos ancianos solos en el mundo. Mientras pensaba en ello, el paseo nocturno del vecino por la terraza común me sobresaltó. Debía ser su costumbre. Nada tranquilizadora, por cierto.
No tardé en notar los efectos del aislamiento. Extrañaba el ruido de la vida social, el aullido de la manada. Me refugié en las tareas domésticas para conjurar la melancolía y, al mismo tiempo, experimenté cierta vergüenza de sentirme así habiendo tantos ancianos solos en el mundo. Mientras pensaba en ello, el paseo nocturno del vecino por la terraza común me sobresaltó. Debía ser su costumbre. Nada tranquilizadora, por cierto.
Luego supe que era vigilante jubilado. Entonces comprendí que las profesiones dejan una huella profunda en cada uno de nosotros y se convierten en una segunda piel imposible de disimular.
El domingo desperté más tarde de lo habitual. Sin embargo, acudí puntual al baño del Carrefour a hacer aguas mayores porque el inodoro de mis suegros tiene la taza partida, enrobinada y desconchada. Los viajes nos deparan siempre alguna sorpresa. Antes de abandonar el supermercado, miré de reojo a las cajeras por si me decían algo.
Solía comer sin televisión, saboreando un silencio apenas roto por el graznido de alguna gaviota. Mi vista se perdía en los tejados, en el cielo azul que se derramaba a través de la ventana. Y no hacía falta más.


No hay comentarios:
Publicar un comentario