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miércoles, 29 de abril de 2026

CONTRASTES






















La Semana Santa es época de contrastes. Los cristianos no comen carne el Viernes Santo como forma de duelo por la muerte de Jesús, pero algunos se ponen morados a dulces típicos de estas fechas. Las torrijas, por ejemplo. La cosa no acaba ahí. En Santa Pola, donde he pasado unos días de vacaciones, se mezclaban las manolas —mantilla negra, peineta, vestido sobrio, zapatos de tacón— con un Mercado Medieval situado en la Plaza de la Glorieta (alrededor del Castillo). La celebración de la vida y la muerte, el recogimiento y el jolgorio, la devoción y el consumismo.

Llegué el jueves al piso de mis suegros, un ático sin ascensor, buscando la soledad. Poner en marcha una casa es parecido a escribir un libro. Capítulo uno: luz y agua. Capítulo dos: ir al supermercado (están pensados para parejas, de modo que compré unas naranjas estupendas en la tienda de un hindú). Capítulo tres: deshacer la maleta. Capítulo cuatro: revisar los aparatos eléctricos y la cocina de gas. Capítulo cinco: barrer y fregar el suelo (tarea que en Alicante no realizo con la misma alegría). Capítulo seis: hacer la cama con siete mantas, pues soy friolero. Capítulo siete: descansar.






















Al día siguiente, subí al Mirador del Faro. Invertí alrededor de tres horas en cubrir unos diez kilómetros. La naturaleza agreste (donde predominan arbustos poco vistosos como el lentisco o la coscoja) me permitía estar a solas con mis pensamientos. Ya no era profesor, ni escritor, ni marido, ni padre, ni amigo. Solo un hombre tratando de detener un instante porque la vida pasa demasiado rápido.

No tardé en notar los efectos del aislamiento. Extrañaba el ruido de la vida social, el aullido de la manada. Me refugié en las tareas domésticas para conjurar la melancolía y, al mismo tiempo, experimenté cierta vergüenza de sentirme así habiendo tantos ancianos solos en el mundo. Mientras pensaba en ello, el paseo nocturno del vecino por la terraza común me sobresaltó. Debía ser su costumbre. Nada tranquilizadora, por cierto.














Luego supe que era vigilante jubilado. Entonces comprendí que las profesiones dejan una huella profunda en cada uno de nosotros y se convierten en una segunda piel imposible de disimular.

El domingo desperté más tarde de lo habitual. Sin embargo, acudí puntual al baño del Carrefour a hacer aguas mayores porque el inodoro de mis suegros tiene la taza partida, enrobinada y desconchada. Los viajes nos deparan siempre alguna sorpresa. Antes de abandonar el supermercado, miré de reojo a las cajeras por si me decían algo. 

Solía comer sin televisión, saboreando un silencio apenas roto por el graznido de alguna gaviota. Mi vista se perdía en los tejados, en el cielo azul que se derramaba a través de la ventana. Y no hacía falta más.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

EL SIGLO DE LAS PRISAS


El otro día, Enrique Bunbury anunciaba nuevo disco para la primavera del año que viene y dejaba catar una canción a sus fans. Lo curioso es que hace tan solo seis meses publicaba Cuentas pendientes, su último álbum hasta la fecha.

Este ritmo frenético parece una metáfora de la vida actual. Como en Tiempos modernos, la mítica película de Charles Chaplin, la humanidad se está robotizando. Si seguimos así, acabaremos perdiendo la razón mientras apretamos tuercas en una cadena de montaje.

Un semáforo en rojo, la cola del pan o escuchar un disco entero son hechos cotidianos que desafían nuestros nervios. Sin poder evitarlo, echamos una ojeada al móvil porque hemos perdido la maravillosa capacidad de saber esperar.

Cierta persona me dijo que, habiendo en Mercadona, para qué iba a tomarse la molestia de cocinar una tortilla de patatas. Con el tiempo y esfuerzo que eso supone.

En el fondo, sabemos que las mejores cosas de la vida —una sincera amistad, un amor profundo— se cuecen a fuego lento. Lo demás se olvida incluso antes de experimentarlo.

miércoles, 17 de septiembre de 2025

GUARDAMAR






















He pasado las Hogueras de San Juan en Guardamar del Segura, el pueblo de mi madre. El piso de alquiler me fascinó desde el principio. Tenía un par de estanterías con libros de ficción y uno de ellos era la primera parte del Quijote. Comprobé que no se trataba de meros adornos cuando mi hija se leyó una novela de cuyo nombre no logro acordarme. Además, había cinco reproducciones de cuadros en las paredes. Me pregunté quiénes serían los dueños de aquel pequeño paraíso cultural. Lo que habría dado por haberlos conocido.

LEJOS DE MAMÁ

El mejor momento del día era preparar la comida con Clara, pues ambos somos pésimos cocineros. Primero agotamos todas las posibilidades de la cocina italiana: espaguetis carbonara, raviolis, lasaña… Luego nos entregamos con fervor a la religión de los fritos: patatas, huevos, figuritas de pescado… La tortilla precocinada de Mercadona, un clásico, no faltó en nuestro precario menú de supervivencia.
 
LA ANÉCDOTA

Llegamos a la pizzería Trastevere sobre las diez de la noche. Clara pidió una cuatro quesos y yo, un sándwich vegetal. Maldita la hora. Sirvieron su plato, pero el mío se retrasaba más de la cuenta sin que nadie creyera necesario dar explicaciones. La cocina voceó mi comanda y le pregunté extrañado a la camarera por qué no la traían. Me pidió disculpas: se había quemado el pan. Después de cuarenta y cinco minutos de espera, me trajeron el pan raspado a cuchillo. Muy profesionales.

VIDA MONACAL

Durante las horas más calurosas, dedicábamos el tiempo a nuestras grandes pasiones: leer, escribir y pintar. Al principio, pensé que podría aguantar como un valiente sin pergeñar historias: me había negado a viajar con el aparatoso ordenador portátil. Desesperado, al tercer día me compré un cuaderno y lápices.

ME LLAMAN LOBO

En el transcurso de la semana, intenté quedar con algunos amigos sin demasiado éxito. Llamé a mi prima para tomar un café, pero ya no trabaja en la heladería Las Dunas. Solo me faltó poner un cartel en el tablón de anuncios de la biblioteca. Vivimos en una sociedad hiperocupada donde la tecnología se ha convertido en un sucedáneo de las relaciones sociales. Menos mal que coincidí por la calle con gente del pueblo y, de pie, echamos la charraeta.

RECUERDOS

Dicen que en septiembre van a derribar las casas de pescadores de la playa de La Babilonia. Decenas de familias serán desalojadas en virtud de la aplicación de una Ley de Costas que llega con casi cien años de retraso. El penúltimo atentado contra el tejido cultural alicantino dinamita, de paso, mis recuerdos de infancia.

miércoles, 11 de junio de 2025

UNA FERIA MUY RÁPIDA























Tiene gracia que el Niño de Elche haya inaugurado la Feria del Libro de Alicante 2025. Imagino que la popularidad del músico de flamenco experimental habrá influido en una decisión que, de paso, ha aparcado la eterna rivalidad entre las dos ciudades.

LA ANÉCDOTA

Me acerqué a la caseta de Aliar Ediciones para comprar la novela de una amiga y el librero, aprovechando la presencia de uno de sus autores, intentó que comprara las dos. Me dio mucha pena por el colega, que trató de hacerme una sinopsis rápida de Amalia fósil. Luego comprobé en el folleto que solo disponía de una hora para firmar. Alicante no se merece treinta casetas en apenas cinco días. Menos turisteo y más cultura.

ORGANIZACIÓN

Alicante es «la millor terreta del món», pero también la más calurosa. Roza la estulticia celebrar su Feria del Libro en la plaza Séneca, un páramo de cemento donde no hay árbol alguno en el que cobijarse del sol. Por si este despropósito fuera poco, debería castigarse con la cárcel que los sufridos escritores firmen sus libros en mesas sin carpas. Menos mal que Elena Casero, que tuvo a bien dedicarme Las dos Adelaidas (Sargantana, 2023), está curada de espanto.

EL DATO

David Revert López presentó su poemario Escupiendo Veneno (Editorial Cuadranta, 2025) en El Refugio Arte y Utopías, un bar contracultural. Había más público que en la Feria.

miércoles, 5 de febrero de 2025

19 DÍAS












SEMANA 1

La enfermera me pide colaboración para sostener la pierna de mi suegra en el aire mientras le venda el pie. Lo hago de mil amores, pues, aparte de ayudar, salgo del entumecimiento anímico que provocan los hospitales. Me intriga por qué hay tan pocos enfermeros varones. ¿Nos falta dulzura a los caballeros? ¿Conjugan mejor ellas el verbo cuidar? Al marcharse la joven, le pido la extremidad a mi suegra para hacer pesas.


SEMANA 2

En estos días de esperas hospitalarias, pienso en la inmensa suerte de poder trabajar con mi hijo en la academia. Alfonso está en tercero de Informática y, como no podía ser de otro modo, lo hemos fichado para que sustituya a mi mujer. Me hace gracia ver a dos lobos esteparios compartiendo clases, uno dulcificado por las arrugas y el otro lleno de la insolencia de la juventud. Como dos gotas de agua que convivieran en espacios temporales distintos. Dos hombres que nunca serán amigos, pero que estrechan lazos por una de esas bromas del azar.


SEMANA 3

Me imagino que Dabiz Muñoz, el marido de la Pedroche, abre alguno de sus célebres restaurantes en un hospital. Sería realmente vanguardista que un paciente pudiera comer algo creativo para variar y no la miserable bazofia que ni siquiera Goya se atrevió a retratar en sus «Pinturas negras». Entonces todo el mundo querría estar enfermo. Habría accidentes provocados, contagiadores profesionales, guerra en Urgencias y hasta traiciones entre hermanos. La gente mataría por morirse. Menos mal que la auxiliar no puede leerme el pensamiento cada vez que trae la comidita.


LIBERACIÓN

Hay una regla no escrita en todos los hospitales. Cuando te sientas en el sofá de escay, el médico firma el alta. Ni análisis ni gaitas. Es la prueba de fuego que el paciente debe superar, pues no existe nada más incómodo en este mundo. Ya estamos en casa.


LIBROS QUE ME ACOMPAÑARON

Georges Simenon, El gato (Tusquets, 2004).
Nuria Barrios, Todo arde (Alfaguara, 2020).
Javier Viraje, Con brevedad y alevosía (Nazarí, 2024).

miércoles, 25 de septiembre de 2024

VALENCIA



Del 20 al 24 de junio, mi hija y yo decidimos escapar a Valencia huyendo de las fiestas incívicas por antonomasia: las Hogueras de San Juan. Tenía reserva en el Moontels, un apartahotel situado en un dédalo de calles junto al Mercado de Ruzafa. Al volver la esquina, la iglesia parroquial de San Valero Obispo y San Vicente Mártir. Nunca entramos. Enfrente, el pub gay Templo. Allí se celebraba otro tipo de misas menos ortodoxo, pero igualmente necesario para el espíritu.

Debíamos pulsar un código numérico que abría la puerta de la calle y de la habitación, pero no funcionaba. Cuánto echaba de menos una llave. En las oficinas de Moontels, me informaron de que no se activaba hasta las dos de la tarde. El reloj marcaba la una. La chica de la limpieza se ofreció amablemente a guardar nuestras maletas mientras tanto. Dimos un paseo por nuestros dominios y, de paso, compramos algo de comida precocinada. La espera valió la pena: la habitación era luminosa, tranquila y acogedora. Justo lo que necesitábamos, aunque hubiera que dormir cama con cama como en el servicio militar. El pequeño balcón ataviado con una mesa y dos sillas iba a convertirse pronto en mi lugar preferido.

Al día siguiente, fuimos caminando hasta los Jardines del Turia. Se trata del mayor parque urbano de España. Mientras lo recorremos, noto el influjo beneficioso de la naturaleza. Clara se ha mimetizado con el entorno y no me extrañaría que, de un momento a otro, se transformase en árbol o abeja. Le cuento que, hace exactamente dieciséis años, paseaba por allí en la barriga de su madre. Siento una punzada de melancolía al recordar a mis padres empeñados en llegar andando hasta la Ciudad de las Artes y las Ciencias. No puedo dejar de admirar el Puente del Reino o de las gárgolas, situado después del parque Gulliver. Mi hija se ha abrasado el culo al lanzarse por uno de los toboganes gigantes.

Esa noche, cenamos en la pizzería Popular. Agotados pero felices de haber sobrevivido a la dura vida del turista. El camarero sería el primero de los muchos argentinos que nos encontramos en Valencia.

Cuando me levanté el sábado, llamé a Moontels porque no sabíamos poner en marcha la vitrocerámica. Habíamos intentado hervir agua para cocinar pasta el día anterior y terminamos usando el microondas. El chico que me atendió fue probando cosas hasta dar en el clavo. Debía pulsar durante diez segundos un botoncito de seguridad que se usaba para la limpieza. Quedé muy aliviado de no ser un perfecto inútil, aunque nunca volvimos a usar la placa de inducción. Por algo estábamos de vacaciones.

Las tardes se convirtieron en nuestro momento de paz. Clara dibujaba o escribía; yo aprovechaba para leer y tomar alguna infusión. Luego salía a pasear por las enormes avenidas; daba igual la que escogieras: en esta ciudad todos los caminos conducen al Turia.

El domingo visitamos el Museo Iluziona, una excusa para hacerse fotos en tres dimensiones. Está ubicado en el entresuelo de la Casa Judía, una edificación residencial de estilo art déco valenciano construida en 1930. Luego nos dejamos caer por Lush, una tienda de cosmética donde al cliente se le cuida con especial mimo. También caracoleamos por el Corte Inglés, no lo voy a negar. Allí me compré un tebeo de Mortadelo y Filemón, quizá tratando de no perder el niño que todos llevamos dentro.

Regresamos a Alicante el Día de la Cremà, algo así como volver a Vietnam después de haber estado en un monasterio. Moontels guardó nuestras maletas porque el tren no salía hasta las cuatro de la tarde. Entretanto, nos fuimos despidiendo en silencio. Cada cual a su modo. Clara se compró un gofre espectacular. Yo jugueteé con la idea de sentarme en el balconcito del hotel a ver pasar las horas y esa luz portentosa que captó Sorolla en sus cuadros.

miércoles, 29 de mayo de 2024

MEJILLONES


No dejéis volar vuestra mente calenturienta cuando os diga que mi padre adoraba los mejillones al vapor. Eran un delirio que rozaba la obsesión. Al quejarme de que todos los domingos comíamos el mismo aperitivo, compraba bígaros o almejas un par de semanas para disimular. Luego volvía a su eterna costumbre. Me pregunto qué tendrían aquellos moluscos bivalvos para gustarle tanto. Quizá fuera su sabor o que le traían algún recuerdo de infancia. He pasado de aborrecerlos a echarlos de menos.

miércoles, 17 de abril de 2024

SANTA POLA



Hemos perdido la capacidad de no hacer nada y de deleitarnos con la simple observación. Las vacaciones se han convertido en un estresante periodo de maletas, horarios y gente. La señal inequívoca de que no disfrutamos es que, al volver, debemos descansar de las mismas. Por esa razón, un año más he vuelto a pasar unos días completamente solo en Santa Pola. Sobre todo, me atraía el reto de saber si sería capaz de arreglármelas por mí mismo.

Llegué el Jueves Santo a un cuarto piso sin ascensor. Aquel día no solo tuve que conectar la luz y el agua, sino también llené la nevera con más dudas que certezas porque soy un cocinero pésimo. La casa olía como la tumba de Tutankamón. Aquella noche no pegué ojo, pues las delgadas paredes filtraban los sonoros bostezos del vecino.

El viernes estuve tentado de limpiar, pero hacía un sol tan fabuloso que subí caminando hasta el Mirador del Faro. Invertí unas tres horas en cubrir de polvo mis zapatillas nuevas. Coincidí en el sendero con parejas, grupos de amigos, familias y dueños de perros. Muchos hablaban a gritos, incapaces de escuchar los mil y un sonidos de la montaña.

Durante el fin de semana, reuní valor y productos de limpieza para cumplir el juramento que le había hecho a la dueña: adecentar el piso a cambio de mi estancia. Barrí y fregué a discreción. Dejé el cuarto de baño que parecía el reino celestial. Una moscarda se introdujo, sin duda huyendo del fuerte viento, cuando me disponía a salir.

Una de las películas que me acompañaron, Formentera Lady (con el gran José Sacristán), habla de un solitario empedernido que descubre la importancia de los lazos gracias a su nieto. Yo no sabía bien qué hacía apartado de mi familia. Supongo que el amor también es eso: saber alejarse para volver fortalecido.

El lunes vino mi mujer a rescatarme con el coche. Había llenado la nevera de comida para un regimiento sin darme cuenta.

Cuando me disponía a cerrar la llave de paso —situada en el rellano del portal—, descubrí que había aflojado sin querer el contador de la luz de algún vecino. Este lo había devuelto a su estado original y, seguramente, se preguntaría por el gracioso.

miércoles, 13 de marzo de 2024

SANTOS



Mi padre no era muy religioso, pero, por contentar a mi madre, que es una auténtica talibana, iba a la iglesia los domingos y se confesaba una vez al año. Lo recuerdo hecho un pasmarote en la última fila del templo, al lado de la puerta por la que siempre entraba el último y salía el primero, mirando al frente sin ver, con la imaginación distraída en otra parte. Ambos sabíamos, sin comentarlo jamás entre nosotros, que no creía en toda aquella parafernalia.

miércoles, 6 de marzo de 2024

SALDOS ARIAS




Mi padre trabajaba en una humilde tienda de ropa llamada Saldos Arias. Recuerdo que era un edificio ubicado en la calle Mayor de Alicante. Nunca pasaba nada, salvo que una vez fueron a comprar chandals algunos jugadores de los Globetrotters. Ahora han rehabilitado el inmueble y es la sede del restaurante Fondillón, que pertenece al hotel de cinco estrellas Hospes Amérigo. Cuando paso por allí, me entran ganas de hacerles cosquillas a esos camareros tan estirados.

miércoles, 31 de enero de 2024

EL CUATRO





















En Alicante, la línea cuatro o autobús del cementerio atraviesa toda la ciudad. Es una experiencia realmente agotadora. Parece una película de nuestra vida proyectada a cámara lenta. Por si fuera poco, la mayoría de sus usuarios pertenece a la tercera edad. Así pues, el cóctel explosivo está asegurado.

Aquel viernes debía resolver unos papeles sobre la transmisión de una sepultura, de modo que subí resignado al autobús. Una vecina del barrio me atrapó en su monólogo: imposible avanzar o retroceder en aquella lata de sardinas. Comprendí con horror que me quedaba una hora de monosílabos adormecidos.

En la avenida Aguilera, a la altura del teatro Arniches, montó un caballero con ganas de gresca. Llevaba esperando una eternidad y estaba convencido de que habían suprimido un coche. El conductor se revolvió como si le hubiera picado una avispa. «Llame a la empresa y no me toque las narices», fue lo más bonito que le dijo. Aproveché la coyuntura para huir cobardemente de la vecina.

Los ánimos estaban crispados. Alguien se atrevió a reprochar al caballero que sus gritos le habían herido los tímpanos. El hombre escupió que se pusiera tapones. No era otra que mi vecina. Una abuela dijo: «Éramos pocos y parió la abuela».

Reinaba un espeso silencio cuando se abrieron las puertas en el Centro de Especialidades Babel. El cuatro quedó semivacío. Llegamos al cementerio dos únicas personas: el caballero y yo. El hombre se incorporó por fin a su puesto de trabajo y me sonrió a través de la ventanilla con cara de circunstancias.

miércoles, 22 de noviembre de 2023

CALLE SAN PEDRO, 25






















Hace poco robaron en la casa de al lado para meter a una familia de okupas que llevaba varios días rondando la finca. Entonces me alegré de haber vendido el piso de Guardamar, pues, con el paso del tiempo, podría haber corrido la misma suerte.

Desde la muerte de mi padre, íbamos cada vez menos. Como sabíamos que este sería el último verano, convocamos una reunión familiar urgente para informar a mis hijos de que pasarían una semana en el pueblo. Las protestas no les sirvieron de nada.

Entre el 13 y el 20 de julio, disfrutamos de unas merecidas vacaciones en la casa donde vivieron Angelita y su marido Juan. Mi tío era un lobo solitario que, durante su tiempo libre, practicaba el ciclismo y la pesca. Por cierto, murió cuando su bicicleta fue arrollada por un camión. Mi tía le sobrevivió muchos años en el transcurso de los cuales nunca faltamos a nuestra cita veraniega con los aires de Guardamar, que, según decía henchida de orgullo, sanan cualquier dolencia.

Mi ánimo, en permanente estado de despedida, se me antojaba una metáfora de la desmemoria de mi madre. El último desfile multicolor, las últimas brazadas en el mar, los últimos paseos por la pinada, los últimos encuentros con amigos y familiares. Hubo una fiesta en la calle para celebrar la Virgen del Carmen que sirvió para ahuyentar la melancolía. Las vecinas sacaron una mesa repleta de viandas. Rosarito, Carmen la de Barcelona, su marido, la Bisba… Los guardamarencos, atraídos por la alegría, se paraban a hablar sobre lo humano y lo divino. El tiempo, por fin, se había detenido en un instante eterno.

Todos desempeñamos nuestro papel durante aquella semana. Mi hijo cocinó. De lo contrario, habríamos muerto de hambre. Mi hija escuchaba: es una buena psicóloga. Yo empecé a empaquetar una vida entera en cajas de cartón, pero abandoné a su suerte la reliquia de la televisión. No la quieren ni en un museo.

Un mes después, el 23 de agosto de 2023, firmamos la escritura ante notario. Hacía un calor sofocante. Como si fuera un capricho del destino, la compradora, mi prima, se llama igual que la vendedora: Carmen Rastoll. Antes de abandonar la notaría, mi madre le preguntó con desparpajo por el piercing que adorna su nariz.

La inmobiliaria Albamar ha realizado la venta. No solo son familia, sino además grandes profesionales y mejores personas. El largo y tortuoso proceso burocrático ha sido, gracias a ellos, un viaje más amable.

miércoles, 23 de agosto de 2023

VAYA PAPELETA














Me parece increíble que el señor Pedro Sánchez haya convocado elecciones en pleno mes de julio. En lugar de democracia, yo calificaría nuestro sistema político de dictadura encubierta. Engañados por estos encantadores de serpientes, los españoles hemos obedecido sin rechistar. Si al menos hubiera servido de algo, pero el horizonte de una repetición electoral planea sobre nuestras cabezas como una bandada de buitres hambrientos.

En mi casa, ya estamos curados de espanto. Por eso, hemos organizado un protocolo. La primera en votar es mi madre. Pese a su memoria de trapo, no alberga dudas. Sin embargo, debo estar pendiente porque la última vez agarró peligrosamente la papeleta de Podemos.

Los siguientes de la lista son mis suegros. Mientras tomamos una cerveza en un bar situado frente al colegio, mi mujer lleva en silla de ruedas a sus padres. Primero uno; luego otro. Hay gente que no ejerce su derecho por dejadez o pereza, pero yo, desde que me invitan a cañas, estoy más motivado que el oso Yogui con una cesta de comida.

Mi mujer y yo votamos sin ningún protocolo. Deseo a la mesa que la jornada pase rápido, lo cual arranca el agradecimiento o el gruñido —no lo recuerdo bien— de alguno de sus componentes.

Escucho a Alberto Núñez Feijóo prometer que cambiará la ley para prohibir las urnas en verano. Se ve presidente. También el otro candidato. Se aliarán con el diablo antes que firmar un acuerdo entre izquierda y derecha para la gobernabilidad de España. Luego pedimos a nuestros estudiantes que trabajen en equipo.

miércoles, 31 de mayo de 2023

CAMINANTES




Para todo aquel que no lo sepa, la Romería de la Santa Faz es una peregrinación que realizamos los alicantinos al monasterio del mismo nombre el segundo jueves después de Semana Santa. Los motivos pueden ser religiosos o no. De hecho, existen muchos alicientes para darse una caminata de cinco kilómetros. Entre ellos, el mercadillo donde no falta la típica caña de azúcar.

Trescientas cincuenta mil personas se reunieron este año en una pedanía de poco más de setecientos habitantes. Lo sé porque estuve allí con mi madre. Soportamos con estoicismo una cola de una hora para entrar al templo. El buen tiempo y el fin de las restricciones de la Pandemia han contribuido a un record de afluencia.

Mi plan original era no asistir, pero mis padres me inculcaron la tradición desde niño. Luego he peregrinado con mi mujer y mis hijos. Lo llevo en la sangre como una droga.

Evidentemente, los ochenta y ocho años de mi madre nos obligaron a coger el autobús. Nada de exhibiciones físicas. Durante la cola, nos protegimos del sol. Una anciana que iba delante no lo hizo y pagó las consecuencias con un golpe de calor.

El despliegue policial y sanitario —propio de un concierto de los Rolling Stones— facilitó ese baño de multitudes que añorábamos sin saberlo, esa explosión de alegría fuera de toda lógica. Al volver a casa, calenté la comida hecha por mi hijo. Luego abandoné el reloj en cualquier rincón y sentí el dulce cansancio del caminante.

miércoles, 24 de mayo de 2023

UNA FERIA SIN ALMA
















La Feria del Libro de Alicante está al borde de la extremaunción. Su edición de 2023 así lo demuestra. Quizá no interesa a un Luis Barcala más preocupado por la campaña electoral, pero no solo de Hogueras ni de playa vive la millor terreta del món. Una parte de la ciudadanía desea ganarle tiempo al tiempo con un buen libro entre las manos.

Mi pequeño ritual de todos los años consiste en ir una vez solo y otra acompañado. El miércoles por la mañana acudo a la Plaza Séneca con esa libertad que da el no depender de nadie. Al primer vistazo, se me cae el alma a los pies. Calvas entre las casetas. Ambiente de tanatorio. Gente insuficiente para camuflarse.

Inicio la visita, pues, parapetado tras un programa. Evito metódicamente las firmas de autores, hipersensibilizado por quienes no saben hacer la o con un canuto y, a pesar de ello, escriben libros como churros. Todos conocemos algún caso.

Constato que apenas hay libros en los mostradores salvo las novedades editoriales. ¿Por qué llevo una lista de títulos en el móvil de hace uno o dos años si sé que ya pertenecen al Pleistoceno? Un simpático editor dispara a bocajarro si me gusta leer. Intenta entablar una charla que derive en una posible compra, pero esas obviedades mejor callárselas. Nadie en su sano juicio le pregunta a un asistente a un concierto si le gusta la música. Un poco más allá, un puesto del Ministerio de Defensa. Lo que faltaba para sentirse cohibido. Señor, sí señor.

El sábado amenaza tormenta. Un grupo baila zumba, pero no entiendo su relación con el mundo del libro. A lo mejor los escritores somos una panda de zumbados. Tomo un vermú en compañía de un amigo mientras el cielo se derrama.                           

domingo, 30 de abril de 2023

GUARDAMAR

Hay adultos que nunca han pasado un día solos en toda su vida. Gracias a mi familia, que ha cuidado de mi madre, he podido pasar la Semana Santa en Guardamar del Segura con la única compañía de mis pensamientos. Quizá sea la última oportunidad que tenga, pues nuestra casa de verano está a punto de cambiar de dueño.


VIERNES SANTO

Después de recoger unos papeles en la inmobiliaria, bajo a la playa de La Babilonia a mojarme los pies. Viento fresco y sol ardiente. Oleaje tan intenso que parece el rugido de un león. Por la noche, la sorpresa que un ateo jamás espera. Todas las Cofradías desfilan por mi calle en la Solemne Procesión del Santo Entierro de Cristo. Decido tomármelo con calma y sacar unas fotografías para mis suegros.














SÁBADO SANTO

Practico senderismo en la pinada. Algunos árboles recuerdan a esqueletos calcinados debido al salitre del mar. Culpan de ello al cambio de vientos y mareas ocasionado por un espigón que fue construido sin su correspondiente estudio del impacto ambiental. Necesita una repoblación urgente, pero esta no se realizará con pinos, sino con arbustos que puedan crecer en entornos desérticos. Es el fin del sueño del ingeniero Mira y el regreso al sistema de duna móvil.




DOMINGO DE RESURRECCIÓN

He oído tambores. Levanto la persiana de mi habitación con los ojos aún velados por el sueño. La Procesión del Encuentro es menos gótica que la de Viernes Santo. Las aleluyas caen de los balcones como confeti. Después de la oscuridad, llega la luz.







LUNES DE PASCUA

El río Segura culebrea verdoso durante mi caminata. El objetivo original de llegar a Rojales se diluye porque me he perdido entre cañaverales. Después de más de una hora disfrutando de un sol y un aire templados, al fin reconozco una bifurcación. Me enorgullece no haber preguntado a otros senderistas que se han cruzado conmigo. Elijo a la primera el sendero que me llevará de vuelta a casa.




Antes de regresar a Alicante, visito a una amiga bibliotecaria en su puesto de trabajo. Luego me dirijo, sin decidirlo previamente, a la Casa Museo del ingeniero Mira. Es un placer recorrerla completamente solo. El suelo conserva las baldosas de aquella época. Un hombre de larga barba blanca me observa desde el pasado.

miércoles, 22 de febrero de 2023

INTERNADOS




Hoy no es un sábado cualquiera. Mi hija y yo acabamos de ver el último episodio de la serie El internado (2007-2010).

Me embarga un sentimiento entre la emoción y el alivio. Atrás quedan las situaciones más inverosímiles que podáis imaginar, fuente de innumerables risas en familia. No echaré de menos a Paula y Evelyn —interpretadas por Carlota García y Denisse Peña respectivamente—, convertidas por los guionistas en unas niñas tan bobas e inocentonas que parece que les falta un hervor. Todo en aras de la comicidad más facilona. También nos hemos quedado patidifusos ante Camilo, un profesor de latín que se pasea por el bosque con un ochenta por ciento de su cuerpo quemado. Fermín, apodado el Napias por el tamaño de su tabique nasal, tiene más vidas que un gato. La lista de despropósitos no acaba ahí. Iván Noiret (Yon González) sufre alzhéimer con apenas diecisiete años como efecto secundario de un medicamento. Menos mal que su historia de amor con Julia (Blanca Suárez) posee más autenticidad que la serie entera.

Mención especial merece Amparo Baró en el papel de Jacinta, la gobernanta del internado. Ya nos deslumbró en su paso por Siete vidas, donde hizo tándem con el gran Javier Cámara. Tampoco es manco Luis Merlo como Héctor de la Vega, pero su salida en la quinta temporada y posterior regreso para el último capítulo nos deja indiferentes.

Uno se pregunta si hacía falta ensañarse tanto con Roque, interpretado por Daniel Retuerta, a quien el público jamás perdonó que traicionase a la pandilla. Nunca pudo enderezar su carrera de actor. Me parece muy valiente ser el malo, el cobarde, el apestado.

Compartir tiempo con Clara ha sido un regalo. Tenemos una tendencia natural hacia el misterio y el terror. La comedia ya la ponemos nosotros.

miércoles, 30 de noviembre de 2022

UNA MAÑANA EN EL ARNICHES


No hay nada que asuste más a un escritor que un acto social. Uno acaba acostumbrándose al hecho de que escribir tiene una faceta pública, pero eso no significa que le guste. Tampoco lo odia. Simplemente, no encaja en el mundo del espectáculo y las bambalinas. La verdadera naturaleza del artista es la soledad.

Mi amigo Lorenzo llevaba una temporada insistiendo para que fuera a contar mi experiencia al colegio Carlos Arniches de Alicante. La charla tendría lugar en el aula de sexto de primaria. Los alumnos también me entrevistarían para un programa de radio. Sugerí que quizá convendría llamar a alguien dedicado a la literatura infantil y juvenil. Nadie recogió el guante.

Hablar sobre el oficio literario es como hablar de un primo de Cuenca con el que convivo las veinticuatro horas y que se llama igual que yo. La clase bebía mis palabras. No se considera un elegido, sino alguien a quien le cuesta horrores cada cuento que escribe. Durante su turno, los chavales me acribillaron a preguntas. Uno del fondo pidió que leyera algún microrrelato de dos líneas, pertenecientes a Pelusillas en el ombligo (Lastura, 2015). Prometí enviárselos a Lorenzo. Varias chicas quisieron saber mi edad, un asunto de trascendental importancia.

Acuciados por la falta de tiempo, nos trasladamos a la sala de ordenadores. Mientras se subsanaban unas dificultades técnicas, saludé a mi querida Pilar. Ha sido maestra de mis hijos en el colegio. Luego, micrófono en mano, respondí a las cuestiones que plantearon dos alumnos con tanta profesionalidad que les auguro un prometedor futuro en la radio.

Fue un encuentro divertido y enriquecedor. Al llegar a casa, me pregunté por qué no escribo para jóvenes. Supongo que porque los adultos andamos más necesitados de cuentos.


miércoles, 28 de septiembre de 2022

CALLANDO BOCAS

















Nadie esperaba —ni afición, ni rivales— que España se proclamase campeona del Eurobasket 2022. Las razones son obvias. Se trata de un equipo en transición entre los Júniors de Oro (Juan Carlos Navarro, Pau Gasol, Felipe Reyes…) y los héroes de las Ventanas (Alberto Díaz, Quino Colom, Jaime Fernández, Xabi López-Arostegui, Darío Brizuela, Jaime Pradilla…). El propio entrenador, Sergio Scariolo, avisaba en rueda de prensa de que carecíamos del talento de otros campeonatos.

Nunca figuramos entre los favoritos al podio, seguramente porque no disponíamos de estrellas como Giannis Antetokounmpo (Grecia), Nikola Jokic (Serbia), Lauri Markkanen (Finlandia) o Luka Doncic (Eslovenia). Esa circunstancia jugó a nuestro favor, aunque no creo que haya bastado para ganar.

Los partidos amistosos fueron cualquier cosa menos brillantes: tres derrotas y una victoria por la mínima. No extraña que el mundo del baloncesto vaticinara que caeríamos en Octavos. Algunos periodistas, en clara referencia a los siete debutantes, llegaron a escribir que el equipo tenía la ele o que era la España del chupete.

Lindezas aparte, la Selección ha demostrado que ningún listillo tiene derecho a decir adónde puedes llegar. La falta de ego y el trabajo en equipo han sido las claves del triunfo. Nadie ha destacado sobre nadie. Ni siquiera Lorenzo Brown, el hombre tranquilo en la cancha. Cada pieza ha sido decisiva en el tablero de ajedrez. Willy en la pintura, Juancho desde el triple, Garuba poniendo tapones estratosféricos y Rudy traspasando límites en memoria de su padre.

Ojalá en el país de las autonomías, de la desunión, de la descalificación siguiéramos el ejemplo de estos jugadores. Va más allá del deporte.


miércoles, 25 de mayo de 2022

DE OTRO PLANETA














Llevaba arrastrando un dolor lacerante en el hombro derecho desde hacía varios meses. Me habían dolido incluso los abrazos en el funeral de mi padre. Entré a clase de Body Balance como un kamikaze y sin avisar al monitor. Podría haberme costado muy caro, pero Oliver, al observar las extrañas contorsiones que realizaba, tuvo la decencia de preguntarme en cuanto acabamos la sesión. Le conté la eterna historia de listas de espera en la Seguridad Social.

Soñaba con volver a nadar. Eso le dije a Óscar Valdivia, el fisioterapeuta que empezó a tratarme en la Clínica Campos de Alicante de una capsulitis. Iba recomendado por Oliver, a cuyas clases dejé de asistir. En su lugar, acudía a la llamada «Escuela del hombro» en el Centro de Salud Lo Morant. Por desgracia, no sirvió de mucho. La profesional que trabaja allí no me movilizó el hombro ni una sola vez. No lo consideraría oportuno. Sin embargo, era vital para recuperar un funcionamiento óptimo. Menos mal que Óscar cumplió su cometido de forma intachable. Siempre con una palabra de ánimo, con una sonrisa bajo la mascarilla. Es de otro planeta.

Seis meses después, puede decirse que soy un «hombro» nuevo. El día que recibo el alta charlamos sobre la guerra como viejos amigos. También negocio los ejercicios que haré en casa y me recomienda visitar el gimnasio para no recaer en la lesión. Atrás han quedado noches sin dormir por las molestias y el atrofiamiento de la articulación: llegué al extremo de no poder peinarme.

Aún no he logrado alcanzar la forma física de antes, pero describir una brazada sin sentir dolor me parece un milagro. Ingreso en la piscina lleno de ganas de beberme el mundo.


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