Llegué el jueves al piso de mis suegros, un ático sin ascensor, buscando la soledad. Poner en marcha una casa es parecido a escribir un libro. Capítulo uno: luz y agua. Capítulo dos: ir al supermercado (están pensados para parejas, de modo que compré unas naranjas estupendas en la tienda de un hindú). Capítulo tres: deshacer la maleta. Capítulo cuatro: revisar los aparatos eléctricos y la cocina de gas. Capítulo cinco: barrer y fregar el suelo (tarea que en Alicante no realizo con la misma alegría). Capítulo seis: hacer la cama con siete mantas, pues soy friolero. Capítulo siete: descansar.
No tardé en notar los efectos del aislamiento. Extrañaba el ruido de la vida social, el aullido de la manada. Me refugié en las tareas domésticas para conjurar la melancolía y, al mismo tiempo, experimenté cierta vergüenza de sentirme así habiendo tantos ancianos solos en el mundo. Mientras pensaba en ello, el paseo nocturno del vecino por la terraza común me sobresaltó. Debía ser su costumbre. Nada tranquilizadora, por cierto.
El domingo desperté más tarde de lo habitual. Sin embargo, acudí puntual al baño del Carrefour a hacer aguas mayores porque el inodoro de mis suegros tiene la taza partida, enrobinada y desconchada. Los viajes nos deparan siempre alguna sorpresa. Antes de abandonar el supermercado, miré de reojo a las cajeras por si me decían algo.






















.jpeg)











.jpg)

