lunes, 17 de junio de 2013

UN VIAJE INESPERADO























El año pasado Woody Allen estrenaba A Roma con amor, una comedia en la que se cuentan cuatro historias independientes con un escenario común: la ciudad de Roma. No podía imaginar entonces y ahora aún no acabo de creer que viajaría a la Ciudad Eterna. Serán pocos días pero intensos.

La satisfacción es doble porque, por primera vez en mi vida, me pierdo las Hogueras de San Juan. Ya sabéis que no les tengo demasiado afecto. Cualquier alicantino me entenderá.

Os dejo con una mujer que me tiene enamorado, la cantante de Limboteque. Hasta pronto.




lunes, 10 de junio de 2013

TUYO























Ya advierte Álvaro de la Riva en el prólogo de Mío y otros relatos que te cagas (Amazon, 2012) que prefiere escribir a mirar las noticias. Y nosotros se lo agradecemos. Si hay algo de lo que estamos hartos es de realidad. Necesitamos fantasía, extravagancia, locura. Todo eso y mucho más encontraremos en su nuevo libro.

Se trata de doce historias breves al estilo de revistas de terror y ciencia ficción como «Creepy», aunque con una variedad temática que hará las delicias de cualquier lector. Una novela corta, «Mío», sirve de remate chupóptero.

Apreciamos el gusto del autor por los finales sorpresa, donde resaltan la contundencia y la sencillez. En ocasiones, todo en el cuento nos lleva a ese final; la historia no podría acabar de otro modo. Así, en «Buen viaje» no nos extraña nada que el protagonista termine con un ataque de nervios, por decirlo de un modo fino. Más de uno se sentirá realizado como persona. Otra veces se produce un giro inesperado, una vuelta de tuerca. Es el caso de la asfixiante «Buenos vecinos».

Habla Cristina Fernández Cubas de la «verosimilitud de lo insensato» para referirse a la norma que debe regir todo buen cuento fantástico. En la mayoría de los relatos de Álvaro de la Riva asistimos a la conjunción admirable entre lo paranoico y lo sabio. Y no sabemos si reír o llorar. O ambas cosas. Es el caso de «Primer aniversario», donde un novio regala a su prometida algo inquietante. O de «Juicio justo», una sátira social de las leyes podridas que defienden a los urdangarines mientras condenan a los inocentes.

También hay sitio para el sentimentalismo gamberro que tan buenos resultados le dio en la novela Parásitos. A dos historias de amor que trascienden la muerte, le sucede «Miserere Mei», la explicación definitiva de por qué fracasamos invariablemente en los concursos literarios: «Yo tenía un cierto nombre y algunas de mis obras, muy bien recibidas por la crítica, bastaban ya por sí solas para justificar un triunfo, aunque fuera a través de la mayor mierda jamás cagada.»

El estilo aparentemente deshilachado de los cuentos no está reñido con cargas de profundidad literaria: «A día de hoy, a menudo me incorporo en mi cama y bajo al suelo, y me agacho hasta poner mi barbilla a la altura adecuada, y entonces dejo que el Hilo de Plata nos conecte de nuevo con aquel momento que quedó impregnado en el papel fotográfico del Universo.»

Lo he pasado cochinamente bien leyendo a Álvaro de la Riva. Lo digo no porque sea un amigo, que lo es. Tampoco para que él diga lo mismo de mí. Lo digo porque sólo una mente enferma es capaz de escribir algo que merezca la pena.




lunes, 3 de junio de 2013

DOS MÁS DOS


















Swinger es una palabra inglesa que significa «desinhibido». Se refiere al comportamiento que acepta la ampliación del horizonte sexual en pareja.

Como pone de manifiesto la película argentina Dos más dos (Diego Kaplan, 2012), una de las prácticas habituales del swinger es el intercambio. Betina y Richard les proponen un ménage a quatre a unos amigos de toda la vida, Diego y Emilia. Diego, el más conservador de los cuatro, se niega en redondo. Realmente te metes en la piel del personaje interpretado por Adrián Suar; sufres con su dilema. Por un lado, su mujer le pide experiencias nuevas; por otro, está profundamente enamorado. Al final cede, descaradamente obligado por el resto. Me recordó a la novela Soy leyenda de Richard Matheson.

En la segunda parte de la película se produce una curiosa inversión de papeles. La pareja conservadora se relaja mientras un swinger de la pareja abierta comienza a sentir unos celos atroces. El cóctel puede ser explosivo.

Nos encontramos ante una comedia ligera de cascos, donde dominan los diálogos ingeniosos y la sensualidad de las actrices, donde la dicción y las expresiones propias de la lengua argentina no restan.

Personalmente, disfruté mucho de la historia, quizá porque en el fondo todos fantaseamos y quienes digan lo contrario mienten. No conozco la clave para matar el aburrimiento en pareja, pero es mejor no inspirarse en las escenas de cama del cine español.





domingo, 26 de mayo de 2013

ADIÓS















—Se ha ido uno de los grandes —informa la locutora de manera grandilocuente.
Lloro sobre el mantel porque acabo de pagar con un billete de cincuenta la factura del restaurante. No celebro más cumpleaños.

domingo, 19 de mayo de 2013

VOLUNTARIO


















Mayo es el mes de las flores, de la Virgen, del buen tiempo… y se cumple mi primer año como voluntario para una asociación de Alicante llamada Dasyc.

Gracias a mi peculiar trabajo, tengo la fortuna de poseer las mañanas libres. Por eso, elegí pasar un par de horas a la semana con una persona mayor.

Me confiaron a José Luis Ruíz Dangla, un hombre aún relativamente joven. Es parapléjico y vive en un cuarto piso sin ascensor. Algo tan sencillo como salir a la calle, algo tan a la mano de cualquiera es un mundo para él.

Desde el principio, Cruz Roja se comprometió a bajarlo a la calle una vez por semana. Y han fallado más que la escopeta de un guardia. Unas veces por falta de voluntarios, otras porque se había estropeado la silla mecánica, otras por el tiempo (aún no se han enterado de que en Alicante siempre hace bueno). Y cuando venían, apenas disponíamos de dos horas de libertad en silla de ruedas. Casi siempre se demoraban en recogerlo. Si preguntabas por la exasperante impuntualidad, no te respondían. Somos ganado.

A José Luis no le ha quedado otra que rascarse el bolsillo para comprar su propia silla mecánica. Ni Cruz Roja ni la casa que se la ha vendido han previsto mandar a un profesional que nos enseñe a manejar el Terminator. Lo ha tenido que pedir como favor especial. A uno le entran ganas de gritar: eh, capullos, dejad de perder masa encefálica en el gimnasio y venid a hacer algo útil.

José Luis y yo tenemos dos cosas en común, aparentemente contradictorias. Somos ateos y nos gustan los temas paranormales. Estos asuntos nos han proporcionado muchas charlas, muchos cafés, muchas risas. Y por supuesto, una opinión de Cruz Roja. Valoramos el esfuerzo individual de sus voluntarios, empañado por una nefasta organización de sus recursos. Ahora vas y te afilias.

domingo, 5 de mayo de 2013

PASTILLEROS

















La mañana que mi madre llegó con la noticia, pensé que había bebido demasiado vino de consagrar. «Que Dios me perdone por jurar en vano, pero juro que es cierto», insistía mientras la observaba incrédulo.
     
     No obstante, le di un voto de confianza y esperé hasta la misa de tarde. Era lo menos que podía hacer. «Ven, compruébalo tú mismo, condenado Santo Tomás», dijo agarrando la manga de mi cazadora y arrastrándome a la puerta de la iglesia sin ocultar un ápice su satisfacción.
     Allí solía hacer su agosto un pobre de barba frondosa y uñas negras. Me froté los ojos. No estaba. En su lugar, había un cobrador. Se sentaba en una austera silla plegable y resolvía crucigramas. De su cintura colgaba una riñonera. La entrada valía seis euros.
     Una gitana se negó a pagar alegando que aquello no era una casa de citas, sino la casa de Dios. Y la casa del Padre estaba abierta a todo el mundo sin distinción económica, de raza o condición. El tipo se encogió de hombros y extendió la mano dando a entender que no haría la vista gorda.
     La explicación del párroco en la homilía, donde la gente se encaramó a las pilas de agua bendita, nos dejó helados. La falta de financiación a la que se enfrentaba la Iglesia, ninguneada por el presidente del gobierno, era el motivo por el cual se veía obligada a cobrar a sus feligreses.
     Pese a no tratarse de una cantidad excesiva, muchos sucumbieron a la nueva ley, frecuentando menos el templo o simplemente poniendo pies en polvorosa a otras religiones gratuitas. Pero mi madre no se dejó arredrar. «Tiempos peores para la cristiandad fueron los de la Guerra Civil o el Circo Romano», solía repetir para animarse.
     Dicen que los caminos del Señor son inescrutables. Ella y otra catequista se entregaron a la tarea de especular con otra fuente de ingresos. Y la hallaron. Más en el infierno que en el cielo, pero el diablo fue una vez ángel. Ciertos contactos en la diócesis les facilitaron una audiencia con el obispo. Las mujeres fueron francas: ahora que el Estado había cortado el grifo, sin sangre nueva aquello se iba al carajo. Expusieron su plan.
     En contra de lo previsto, la ola imperante de ateísmo favoreció el despunte de la religión. Extraños seres con el pelo en forma de cresta, con el cuello adornado de pinchos, con la mirada extraviada acudían a comulgar. De hecho, por primera vez en décadas, la iglesia estaba rebosante de jóvenes alegres de ser cristianos. Las sagradas formas se redujeron a la mínima expresión. Ahora eran diminutas. Conservaron su mística redondez, pero adquirieron la sensualidad, la provocación de una cara, de un trébol, de una estrella.
     La prensa no tardó en hacerse eco. Hubo quienes se escandalizaron por lo que consideraban una grave falta de respeto. Se rumorea incluso que una pava entró en éxtasis al comulgar. Luego resultó que era ingravidez por falta de comida.
     Un día no pude más y abordé a mi madre en su piso.
     —¡¿Os habéis vuelto locos?! —grité como un energúmeno.
     —No sé a qué te refieres.
     —No te hagas la sueca. He descubierto un pequeño arsenal en tu crema para las arrugas.
     —Son ilusiones ópticas, una perfecta imitación aprobada por el Vaticano.
     —Pero cuando los chavales se den cuenta…
     —¿Crees que son tontos? Lo que ocurre es que agradecen que se introduzca un cambio. Es su naturaleza. Y pronto habrá más novedades.
     —Tú lo has dicho. No son tontos. Si no les hace efecto, no se tragarán ni una sagrada forma con forma de pastilla. Y entonces, adiós jóvenes.
     —Bueno, por una razonable cantidad, les organizamos algunos botellones en el salón parroquial, y luego el dueño de un microbús que perdió a un hijo en accidente los devuelve a casa. Los padres están encantados.
     —¿Botellones? —la miré horrorizado.
     —Las cosas cambian, hijo. Incluso el Papa ha reconsiderado su postura, y tras muchos siglos de retraso, nos vamos a poner las pilas.
     La expresión «ponerse las pilas», dicha por una señora de setenta años, no dejaba de tener su gracia. No pude menos que sonreír. Pese a ello, me aterraba aquel cuento de Navidad que se estaba desarrollando ante mis ojos, sobre todo porque temía que se desvaneciera como un castillo de naipes.
     Ella notó que buscaba el gato encerrado. Con la intención mal encubierta de que visitara el templo, me dio un recado antes de zanjar nuestra discusión:
     —Tú dile a ese blando de don José María que no sea tan quejica con las chupas de cuero tachonadas, las cadenas roqueras, las botas militares. Es preciso estar a la moda. Conectar con los troncos. Que traigan a sus pibas.
     Una beata me abordó en plena calle para quejarse de las novedades en la eucaristía y, de paso, cotillear sobre mi madre.
     —La noto un poco rara últimamente, ¿qué le ocurre?
     —¿Por qué lo dice?
     —Ya no habla de enfermos, ya no escucha misa diaria, ya no reza. Y cuando se le pregunta, gruñe que la dejen en paz, que está buscando ovejas. No quiero imaginar qué clase de compañías...
     —Es una edad difícil. Demasiadas pastillas, ¿sabe?



FELIZ DÍA DE LA MADRE
Lo podéis escuchar en la voz del poeta David Revert


jueves, 25 de abril de 2013

PITUFOS EN EL INFORMACIÓN























Esta vez sí se publica la reseña de VAREANDO NUBES en el suplemento ARTE Y LETRAS del diario INFORMACIÓN de Alicante. Podéis comprar el periódico o consultar la versión digital. Alicia me ha dicho que escriba esto para contentar a los resentidos del papel.
            
Es hora de dar las gracias, sobre todo a quien firma la reseña, José Payá Beltrán, por no limitarse a escribirla. Por cierto, Pepe, anula el trabajito que les encargué a los personajes de vuestra novela Puzle de sangre. Los del Información han cumplido.
            
Recordad que tanto Vareando nubes como El mirador, ambos editados por Atlantis, siguen a la venta en Casa del Libro, que aún no entiendo cómo. Si lo que os quita el sueño es un autógrafo mío, me comprometo a enviar Vareando nubes a vuestra casa sin gastos de correo, y añadiré un cuento censurado.      

Y sigo escribiendo cuentos, porque quién necesita una historia de trescientas páginas pudiendo leer varias de tres. A mí siempre me gustaron breves.

lunes, 22 de abril de 2013

LO JUSTO






















Cada vez que la famosa estrella de cine, de nombre Belén, desciende a la Administración de Loterías y Apuestas del Estado, los pacientes del frenopático se colocan en fila india para recibir su medicación. La Navidad se cree enfermera de los males endémicos del mundo y, en el mejor de los casos, es una ilusionista que no debe tomarse muy en serio. Por eso, amigo banquero, pasaré por alto que me dejas sin casa porque no puedo pagar la hipoteca. Te voy a robar sólo lo justo para que mi familia pueda comer.


Incluido en la antología Libérate hasta de ti, publicada por editorial Hipálage.




martes, 16 de abril de 2013

LA VENTANA INDISCRETA






















Cuántas veces habrá lamentado no acudir al cine con más frecuencia, y yo me alegro, pues sus ojos son la cámara que nos emociona, nos entretiene y nos hace pensar. Me refiero a Maribel Romero Soler y a su primera novela para adultos publicada en papel, El perfil de los sueños (Ledoria, 2013).

En esta ocasión, la autora se mete en la piel de diferentes personajes a través de un narrador omnisciente. El más cautivador de todos ellos es Amanda, una mujer esclavizada por su papel de esposa y madre en un entorno rural, el pueblo imaginario de Viestre. Vive junto a su marido, Evaristo, sus tres hijos y el abuelo.

Ninguno de estos hombres comprende que Amanda es una mujer aparte de una esposa y madre. Irónicamente, tanto Evaristo como el abuelo se dirigen a ella con la coletilla de «mujer». No aprueban que tenga aficiones que la distraigan de sus labores domésticas. El sexo entre Evaristo y Amanda es más propio de una escena sadomasoquista que de una relación amorosa: «Ella conoce muy bien el significado de esa frase pronunciada en plural».

La llegada a Viestre de Samuel, un novelista que ha abandonado un oficio que no le divierte para dedicarse de lleno a escribir, despertará el corazón aletargado de Amanda, y por ende su cuerpo de joven de apenas veintisiete años.

La ventana cumple un papel socializador en esta novela. A través de ella, Amanda espía los movimientos de su nuevo vecino, pero este la descubre y no le queda más remedio que iniciar una conversación. Samuel también espía a su vecina, quien le pone al corriente de las costumbres del pueblo. Una muy pintoresca es el cementerio de hierba, que no oculta una filosofía en contra de los viejos rituales.

Mención especial merece el uso no pacato del lenguaje, sobre todo en escenas que cobran fuerza por su naturalidad. Me viene a la memoria ahora mismo ese abuelo que se agarra el pito ante la que podría ser su última erección. Admito, eso sí, que me hubiera gustado algo más que un casto beso en la mejilla.

En una reciente entrevista Maribel Romero recomendaba El perfil de los sueños
 a todo aquel que quisiera escribir. Quizá porque ya es hora de confiar en nuestros criterios y contestarles a los de siempre: «¡Y a mí qué me importa!». Los sueños hay que perseguirlos hasta el final.

sábado, 6 de abril de 2013

PROTAGONISTA DE UN CUENTO























La pasada Semana Santa anunciaba, pues así me lo había confirmado el crítico literario, que iba a publicarse una reseña de VAREANDO NUBES en el suplemento ARTE Y LETRAS del diario INFORMACIÓN. Por razones misteriosas se ha retrasado hasta finales de abril.

El crítico se ha disculpado, aunque la culpa no sea suya, y no puedo dejar de reseñarlo en estas líneas.

De camino a Albacete, lo que más me preocupaba no era mi pequeño contratiempo, sino que alguien se hubiera tomado la molestia de comprar el diario. Recuerdo el WhatsApp que envié a algunos amigos intentando advertirles: «No lo mires. Me han sustituido por un paso de Semana Santa». Uno de ellos me contestó: «Será cuestión de hacerte costalero». Un primo me aconsejó que cambiara el título del libro, que pasaría a llamarse Vareando Periodistas. Una colega me animó a escribir un cuento.

No me he hecho costalero; antes costolero y que rule. Tampoco es cuestión de marear con el nombre del libro; ya lo hicieron otros, convirtiéndolo en Mareando Nubes, Veraneando Nubes, Bareando Nubes y otras opciones menos correctas ortográficamente. En cuanto a lo de escribir un cuento, casi creo que el cuento me ha escrito a mí.




martes, 26 de marzo de 2013

NUBES EN EL INFORMACIÓN






















El próximo Jueves Santo (vaya fecha para un ateo como yo), se publica una reseña de VAREANDO NUBES en el suplemento ARTE Y LETRAS del diario INFORMACIÓN de Alicante. No hace falta comprar el periódico, no seáis frikis. Basta, si os apetece, con consultar la versión digital. Felices vacaciones y hasta la vista, amigos.

jueves, 21 de marzo de 2013

MENSAJE EN UNA PÁGINA
























Según Pío Baroja, la novela es un «saco donde cabe todo». Barojiano o no, lo cierto es que José Payá Beltrán ha escrito Destilando Fantasmas (Aguaclara, 2007) con ese espíritu, y cosidos a la narración leemos párrafos de hondura filosófica, estudios etimológicos (no perderse el análisis del término “onanismo”, págs. 77-79), fragmentos de la vida del autor…

Poco a poco, y sin advertirlo, el escritor nos sumerge en una trama que apenas da tregua. El universitario Luis Galvañ tropieza con unas palabras subrayadas en el libro que consulta, las cuales forman un extraño mensaje. A partir del momento en que lo comparte con sus compañeros de piso, se inicia un juego adictivo y peligroso que les llevará de un libro a otro, de una pista a otra, en pos de un secreto largamente codiciado.

Uno de esos estudiantes es el propio autor, que narra mediante la técnica del flashback aquellos años en la universidad de Columtown y que, consciente de la inutilidad de toda obra literaria, no pretende otra cosa que desahogarse: «Hay misiones y propósitos destinados irremisiblemente al fracaso. Si la literatura es uno de ellos, estoy marcado, entonces, con la aureola de los derrotados».

Retrata la novela con minuciosidad entomológica el vacío existencial de sus personajes y grita que la vida no sólo está en los libros, pese a rendirles un sentido homenaje. Más de uno recordará la difícil época estudiantil, sobre todo si eligió un país extranjero, y se identificará con las pasiones secretas, que tarde o temprano salen a flote.

No sabemos cuánto habrá de realidad o ficción en Destilando Fantasmas. Lo que parece claro es que José Payá Beltrán ha escrito un mensaje en la página de nuestro facebook o nuestro twitter. Dice, citando al agente Mulder, que «la verdad está ahí fuera».


sábado, 16 de marzo de 2013

TE QUIERO, TÍO

 
     La última vez que a Carlos se le ocurrió estrechar lazos con su padre, no fueron a pescar como siempre.
     Fueron al cine.
     Carlos estaba harto de que sus aficiones no se tuvieran en cuenta a la hora de escoger la actividad a compartir. A él lo que le apasionaba era el cine. En los últimos años podían contarse con los dedos cortados de una mano las veces que padre e hijo habían quedado a pasar la tarde, y siempre le tocaba ver un partido de fútbol o salir a pescar. Pero ya estaba bien. Aquel abuso se iba a terminar. Se lo expuso de manera sucinta:
     —Papá, es gratis.
     —De acuerdo, hijo.
     La semana anterior, la mujer de Carlos había ganado un par de entradas por la compra de productos de cosmética. En realidad, por ese precio le podían haber regalado perfectamente un viaje a la luna.
     El primer escollo estaba salvado. El segundo acababa de empezar. Había que elegir película. El vestíbulo del cine estaba atiborrado de palomitas humanas, una de esas raras especies que se forman por mutación. Mastican ruidosamente, y jamás se enteran de la película. Un sudor frío recorrió la espina dorsal de Carlos cuando su padre hizo el siguiente comentario:
     —¿Es que esta gente no cena en su casa?
     —Deja en paz a la gente y dime qué quieres ver.
     El veterano en miles de batallas, surcada la frente por arrugas más profundas que el infierno, no tuvo más remedio que reconocer que un miserable folleto con la programación de quince salas le estaba venciendo.
     —¿Es que en este cine no echan películas de Pajares y Esteso?
     Carlos supo entonces que se había equivocado al arrastrarle al cine, que había sido un capricho infantil, pero ya era tarde para echarse atrás. Tendría que decidir él por los dos.
     —Aquí hay una película interesante. Una comedia.
     —Ni hablar.
     —Pongámonos a la cola, y mientras tanto decidimos.
     La cola, en otros tiempos eterna, se disolvió rápidamente y la cajera les taladró con la mirada. Carlos y su padre no se ponían de acuerdo.
     —¿Es de maricas?
     —Trata sobre la amistad entre hombres.
     —No sé, no sé…
     —Otro día vemos una de Pajares y Esteso, que hay prisa.
     Carlos, sin saberlo, estaba vengándose por todos los partidos de fútbol y las tardes de pesca. Necesitaba salirse con la suya. Su padre cedió a regañadientes.
     —Porque tenemos entradas gratis, que si no… Dos butacas, señorita.
     —¿Para qué película? —dijo la cajera aún más fastidiada ante la visión de aquellos vales.
     —«Te quiero, tío» —anunció satisfecho Carlos.
     —¿No será de maricas? —repitió angustiado el hombre, ya dentro de la sala de proyección.
     Aquella era la película ideal para ver con un padre de cincuenta, pero no con uno de setenta. Lamentablemente, los padres no se eligen. Carlos suspiró. Su mente voló, con treinta años largos, a otra sala de cine con un hombre más joven que le abrazaba a la luz de la oscuridad. Tenía seis años. Era el estreno de «Superman».
     Se espabiló gracias a un antropófago de las palomitas. Sin querer, Carlos había echado una cabezada. Demasiadas emociones. En la gran pantalla, dos tipos en plena cogorza renegaban de las mujeres. Al reparar en la butaca vacía, no se angustió, pues su padre toma cierto medicamento que dispara las aguas menores. Empezó a inquietarse al cabo de un cuarto de hora.
     Salió al vestíbulo desierto con aire de niño perdido. Carlos interrogó a una azafata extranjera. No recordaba haberle visto acompañado, y menos por un viejo testarudo. Registró los aseos. Incordió en todas las salas de proyección. Se lo había tragado la tierra.
     Estaba a punto de abandonar el edificio, amasando rabia por la posible huida de su padre al sofá de casa, prometiéndose que no le perdonaría jamás, cuando su mirada descendió por unas escaleras que antes no estaban allí. Sería, con toda probabilidad, un almacén subterráneo.
     Oyó gemidos y temió la existencia de una secta satánica que operaba en los sótanos de los cines. ¿Quién se iba a enterar de sus misas negras, de sus sacrificios sangrientos, de sus orgías sin fin? Sintió más curiosidad que prudencia. A medio tramo de escalera, escuchó con atención. Lo que allá abajo se estaba cociendo era una barbaridad. Y a juzgar por las risas, de las gordas.
     Carlos empujó la pesada puerta, que más bien parecía el portón de una mazmorra. La gente allí reunida no se refocilaba por los suelos enmoquetados ni usaba prendas sadomasoquistas. Reconoció al instante la película y a su padre sentado en primera fila. Era «Yo hice a Roque tercero». Un acomodador le condujo, linterna en mano, hasta su asiento.
     —¿Ya te has despertado? —dijo a modo de disculpa—. Pensé que un terremoto no te afectaría. Estabas roncando, te lo aseguro.
     —Podrías haber avisado —reprochó Carlos.
     —Volvía del baño, cuando reparé en las escaleras que tú has recorrido hasta encontrarme. Creí que no te despertarías. Y ahora calla, déjame ver la película.
     —Promete que no volverás a abandonarme.
     —¿Cómo?
     —Lo que has oído.
     —Yo no te he abandonado.
     —Peor que eso. Lo has hecho sin que me diera cuenta.
     —¿Es que no vas a dejarme en paz nunca? Quiero ver la maldita película. Haces una montaña de un grano de arena.
     —Soy tu hijo, ¿recuerdas?
     —Muy bien. Tú lo has querido. No te dejaré ni a sol ni a sombra. ¿Estás contento?
     —Promételo.
     —Lo prometo.
     Carlos abrazó a su padre, y no pudo evitar primero una sonrisa, luego una carcajada. No era por la película. Era que por fin, después de tanto esfuerzo, estaban haciendo algo juntos. Aunque fuera lo de siempre.
     —¿A que la mía era mejor que la tuya? —preguntó a la salida del cine, orgulloso de su elección.
     —No lo sabremos nunca —respondió Carlos.
     —Otro día volvemos, no te preocupes.
     Ahora Carlos no puede quitarse de encima a su padre. Desde que descubrió la filmoteca, y sobre todo los descuentos para jubilados, se ha aficionado tanto al cine español que no quiere saber nada de pescar. La semana que viene proyectan un ciclo sobre Joselito. Ya ha adquirido un bono por diez películas.
     A las puertas del cine, presume ante su hijo:
     —Ahora no dirás que no hacemos nada juntos, y encima lo que a ti te gusta.

Vareando nubes
Atlantis, 2012

sábado, 9 de marzo de 2013

MIEDO


















—Te dije que no viéramos esa peli de terror, que iba a darte miedo.
—Papá, eres tú el que has venido a mi cama.
—Ya, hijo, pero tú me has llamado.
—Yo no, mi amigo invisible.


martes, 26 de febrero de 2013

CRÍTICO LOCO























Un amigo me dijo en una ocasión que, para él, la vida tenía banda sonora. Estoy de acuerdo.

De mi época universitaria recuerdo el tostón que suponía aguantar no ya a los escritores sino a sus críticos. Leíamos tanta crítica literaria que no me daba tiempo a saborear las obras originales. Llegué incluso a desengancharme de la lectura como diversión.

Hubo un profesor de la carrera, uno solo, que me enseñó a amar el cine y el teatro en relación con los libros. Era un oasis. Ya no recuerdo la letra, pero no he olvidado la música de su asignatura.

Con los años, la lectura de un libro de cuentos o una novela me ha evocado una determinada canción o el fragmento de una película. Y lo he utilizado en mis críticas literarias, escritas con más empeño que sabiduría. Algunas de las más leídas del 2012 han sido El anticristo, Pequeños detalles y Canalla sentimental. También brillaron El cruel adiós y Enredados.

La literatura se enriquece de otras indisciplinas artísticas. A día de hoy, les digo a mis profesores de entonces: un libro que no se escribe desde la emoción no merece la pena leerlo, y una crítica que no transmite emociones, además de conocimientos, no merece la pena escribirla.



martes, 19 de febrero de 2013

LOS PUNTOS SOBRE LAS ÍES

 #Dedicado a Liuva

     Rosa encendió la luz del cuarto de baño. Eran las siete de la mañana. Una voz familiar le advirtió del peligro.
     «Escapa ahora que puedes. Vete lejos. A un lugar concurrido. Él está a punto de despertarse. Y entonces ya sabes lo que va a ocurrir.»
     «¿Adónde? No hay escapatoria. Él me encontraría aunque me escondiera en los confines de la tierra.»
     «Pues vuelve a la cama. Sigue durmiendo. Tómate un frasco entero de pastillas.»
     «Lo siento, tengo que trabajar.»
     Lentamente, Rosa se fue desnudando para darse una ducha. El agua estaba un poco fría y eso la reconfortaba.
     Cuando se quitó el albornoz para vestirse, no pudo evitar que su barbilla descendiera y su vista se posara en la cicatriz.
     El pecho fantasma la saludó entonces con su habitual tono de burla:
     «Hace un día espléndido para ir a la playa, ¿no crees?»
     «Quizás el domingo.»
     «¡Venga ya! No me hagas reír. El verano pasado no te pusiste el bañador ni una sola vez.»
     «Los médicos dijeron…»
     «No dijeron un carajo. Estás curada y tú lo sabes.»
     «Era demasiado pronto.»
     «Me temo que siempre va a ser demasiado pronto para ti, querida.»
     «Bueno, bueno, no me atosigues. Necesito pensarlo.»
     «No hay nada que pensar. No te estoy pidiendo que hagas topless. Sólo un par de capuzones.»
     «Seguiremos esta conversación en otro momento. Ahora tengo que vestirme urgentemente. Se me hace tarde.»
     El pecho fantasma no la dejó vestirse en paz, sino que le regaló el oído con la segunda cinta rayada del día:
     «No soporto ese sujetador de relleno. Me tiene frito.»
     «Yo tampoco, pero es estético.»
     «¿A quién coño le importa la estética? ¿Es que nunca has visto un pase de modelos? Desfila una joven esquelética con una hoja de parra cubriéndole sus partes pudendas, y a eso lo llaman creatividad.»
     «¿No querrás que alguien note…?»
     «Dilo. Anda. No te cortes.»
     «No pienso decirlo.»
     «Yo lo diré por ti. Que alguien note que estás horriblemente mutilada.»
     «¿Y qué? ¿Algún problema?»
     «Me preocupo por ti. Eso es todo.»
     «Mira, te conozco de sobra. Yo te importo un comino. Lo que pasa es que el sujetador te impide decir lo que te da la gana. Y a los bocazas como tú eso les revienta.»
     Dicho esto, Rosa se abrochó el cierre del sujetador y el pecho fantasma se puso a rezongar como un marido despechado.
     «Así está mejor. Calladito estás más guapo.»
     A la mañana siguiente, ella no esperó a que él iniciara su infantil retahíla de quejas y reproches. En cuanto abrió la boca, le puso los puntos sobre las íes.
     «No pienso ir a la playa ni quemar el sujetador de relleno. Al menos, hasta que no llegue tu sustituto de silicona. Va siendo hora de que busques otra tonta a la que fastidiar.»
     Durante unos instantes, la callada por respuesta. Una mosca zumbona se posó encima de un grifo que goteaba sin descanso. Rosa no pudo evitar que, antes de enmudecer dos o tres días, el pecho fantasma le escupiera:
     «Puta.»


Atlantis, 2012

martes, 12 de febrero de 2013

ADICCIONES


Mi mujer está enganchada al programa americano Mi extraña adicción (canal Xplora). En él se desgranan testimonios de personas que se comen las cosas más impensables, desde papel de váter, como lo oyen, a detergente o las cenizas de un ser querido.

Entre mis múltiples adicciones, escribir la peor de ellas, hay una que me da especial reparo admitir: estoy enganchado a las ofertas. El otro día fui al cine por cuatro euros. Era lunes y hacía frío, pero me dio igual. Conocí a otros chiflados como yo, bolsas de comida en mano, y eso lejos de consolarme me ofreció la imagen exacta de la realidad en que vivimos.

Me decanté por la comedia romántica El lado bueno de las cosas (David Russell, 2012). Un tipo sale de un sanatorio mental, donde ha sido recluido por arremeter salvajemente contra el amante de su mujer. Lo más increíble, o no tanto, es que se aferra a la posibilidad remota de volver con ella.

Uno puede optar por quedarse en casa, lamentando no tener dinero para comprarse un viaje a Cancún, o bien dejarse arrastrar por esta extraña adicción a las ofertas. La inmoralidad es para pensársela, aunque hay que echarle sangre fría, y los españoles tenemos la sangre hirviendo.



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