
Desde la muerte de Robe y Jorge, han proliferado los homenajes almibarados a unos artistas que no siempre lograron el apoyo popular. En el caso de Robe Iniesta, la hipocresía ha derivado en lo absurdo porque parece que ahora todo el mundo ama a Extremoduro. Solo falta que les dediquen un especial en Operación Triunfo.
Para mí, que he seguido sus carreras de modo intermitente, representan polos opuestos. Robe nunca pretendió la fama y, cuando le llegó, hizo todo lo posible por huir del poeta barriobajero que mezclaba pinceladas de ternura con referencias escatológicas. Al contrario, Jorge Martínez era un macarra, un pendenciero, un vividor, un follador cuyo verbo alambicado asocio con un Asperger de libro. Y le encantaba su papel de niño repelente sin pelos en la lengua.
La disolución de Extremoduro y posterior carrera en solitario de Robe prueban que aborrecía al personaje, pues encorsetaba sus aspiraciones artísticas. Algo similar le pasó al antiguo líder de Héroes del Silencio. Con la serenidad de quien ya no necesita demostrar nada a nadie, el músico de Plasencia se había despojado de la coraza en pro del corazón: «Volvería a hacerlo por amor / Si acaso fuera / Si fuera necesario» (Nada que perder). Jorge, en cambio, no logró mutar con estilo y el personaje fue engullendo a la persona. Aun así, dejó gotas de sensibilidad como hijos bastardos de un bosque fragante y sombrío: «Se tarda poco en enterrar a un hijo… / pero lleva una vida el olvidarlo» (Enamorado de la sangre ajena).
Ambos simbolizan al roquero auténtico, rebelde y visceral. Sus letras lo demuestran. Oficialmente, nunca cantaron juntos. Supongo que un concierto a medias hubiera sido tan intenso que habría provocado la muerte instantánea del público.

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