viernes, 17 de abril de 2015

EN LA RADIO
















El pasado 14 de abril, día en el que curiosamente se conmemora la Segunda República, fui entrevistado en la radio.

La entrevista se realizó de forma distendida —casi no me di cuenta de que era mi primera vez— en el programa Utopía Bohemia de Radio Mutant, la emisora libre de Alicante. Semanas atrás, se había puesto en contacto conmigo Ángel Gas, que junto a Samuel Manzanas pilotan este espacio radiofónico de corte cultural.


Ángel tuvo la gentileza de tomar un café previo a la grabación del programa. En una cafetería del centro de Alicante, hablamos de poesía y relatos. Coincidimos en que ambos géneros cuentan una historia en pocas palabras. La poesía, sentimental. El relato, mundana.

No es cuestión de contarles la entrevista. Será mejor que la escuchen (dura hasta el apagón). Baste decir que repasé mi breve trayectoria, hablé de mi nuevo libro y, lo más importante, me sentí en todo momento entre amigos.




miércoles, 1 de abril de 2015

YA




El hombre ocupado le dijo a la muerte: si has de llevarme que sea ya.




Hasta pronto, mirones.
Felices fiestas.

miércoles, 25 de marzo de 2015

PELUSILLAS




Juro que no había leído a Eduardo Berti cuando le propuse a Esther Planelles escribir PELUSILLAS EN EL OMBLIGO. Hace poco, encontré en un libro del argentino esta hermosa greguería: «Lo peor de la pelusa es que nos atasca la hélice del ombligo». Casualidad o no, puse el grito en el cielo. Y yo que me creía el más original.

Cierta sensación de deja vu me ha acompañado hasta hoy. Podría haber elegido el camino esperado de iniciar una novela, como aconseja el sentido común, pero escogí aquello que realmente me apetecía. Me dediqué a los montaditos literarios. Ya lo intentaba, con más pena que gloria, en un concurso semanal de microrrelatos cuyo nombre no importa. Esther empezó a intentarlo conmigo y, de pronto, éramos adictos a los 140 caracteres. Los jueces nos dieron pocas alegrías, pero alimentaron nuestras ganas de superación.


Luego, en plena crisis económica, la cafetería Suquia ofrecía refugio toda la mañana por un par de euros. Allí creció Pelusillas en el ombligo. Para seleccionar unos cuentos-tapa apetitosos, teníamos en mente a cualquiera del barrio leyéndolos en el autobús o el metro.

El manuscrito quiso trabajar en librerías y le escribimos una carta de recomendación, que afortunadamente cayó en manos de Lastura. Esta joven editorial, pilotada por Lidia López Miguel, aboga por publicar libros a un precio justo. Una sabia manera de lograr que la cultura, de una vez por todas, llegue a la gente.

En una ocasión, me dijo Esther Planelles que «somos el haz y el envés de la misma página». Ella más poética, yo más visceral. Yo en la nubes, ella en la tormenta. Pelusillas en el ombligo verá la luz este otoño. Empieza la cuenta atrás para que ustedes disfruten del picoteo.




miércoles, 18 de marzo de 2015

ENTRE NOSOTROS
























No hay nada como un cuento de terror a la luz de una buena fogata. Así comienza el filme La niebla (John Carpenter, 1980). Un viejo marinero relata a unos niños la historia de un barco que se estrella contra las rocas y se hunde con toda su tripulación. La leyenda dice que, cuando la niebla regrese, los muertos buscarán la hoguera que les hizo encontrar tan trágico destino.
            
Admito que no tengo el don de escribir un buen cuento de miedo. Sin embargo, Charo Cortés posee esa mirada, llamémosla retorcida, que consigue provocar una inquietud creciente en el lector. Lo demuestra en También hay caballos blancos (Chiado, 2014), su primer libro.
            
Su aproximación al género que inmortalizara Poe se produce desde el prisma de lo cotidiano. Su lema consiste en que el verdadero horror se halla entre nosotros. En este sentido, no esperen vampiros, fantasmas ni hombres lobo. Un pueblo, una clase de spinning, una cárcel o una balsa a la deriva son algunos de los escenarios donde arrancan sus historias. En algún momento de la narración, la autora desliza lo insólito como una mano etérea que te roza el pelo. Cuando miramos por encima del hombro, la trama ya nos ha enganchado irremisiblemente. Lo imposible se vuelve posible con la naturalidad de un mago sacando un conejo de la chistera. Dejas la realidad a un lado y te sumerges en la fantasía. Quizá el ejemplo más paradigmático sea «Rosa», donde nos convence de que un hombre se puede enamorar de una vaca hasta el punto de olvidarse de todo lo demás, incluida su novia. Hay muchos otros, como «Lo que mejor sé hacer», la historia más erótica que he leído jamás. Ya nunca podré pensar en un masaje tántrico con inocencia.
            
El secreto mejor guardado de los cuentos de Charo Cortés son los finales. Algunos cortan la respiración, como el de «Luna llena», donde los animales herbívoros se rebelan contra los grandes depredadores. Otros sirven una venganza en plato frío para todos los gusanos «con gusanitos entre las piernas».
            
Sería difícil no alabar estos relatos por su brevedad, la diversión que proporcionan, su estilo sencillo de frases cortas donde abunda la conjunción copulativa. Pero es mi deber avisar a la autora de una ejecución algo descuidada, para que evite en el futuro las rimas en el lenguaje y puntúe con mayor precisión.
            
La inquietud no es el único sentimiento que generan los relatos de Charo Cortés. En «El bebé», que cierra el volumen, el personaje nos llena de escalofriante ternura al confesar: «Eres la primera persona a la que le cuento esto». Les voy a confesar también algo: por un instante he llegado a creer que También hay caballos blancos.

miércoles, 11 de marzo de 2015

EL SEÑOR (7)
















Oigo pasos en el piso. Estoy lavándome el pelo en el baño y me asomo al pasillo a ver quién es. Aparentemente no hay nadie en el recibidor. Juraría que alguien intenta pasar desapercibido como un yonqui en una convención de metadona. El sonido de unos botines se aleja dejando gotas de sangre en el parqué.
            
Me coloco una toalla a modo de turbante. Al entrar en la cocina, dos detalles captan mi atención: una fregona apoyada en la pared y mi amiga Nuria con una fea herida en la mano. Su cara refleja miedo.
            
—¿Se puede saber qué carajo te ha ocurrido? —pregunto elevando la voz sin querer.
            
—Solo es un rasguño, Tina.
            
Después de realizar un vendaje más bien cutre, preparo una infusión de frutas del bosque para cada una.
            
—Atravesé el escaparate —relata Nuria— sintiéndome como un fantasma en un castillo encantado. La diferencia residía en que el Corte Inglés se encontraba abarrotado a esas horas. La gente contempló atónita libros cuyas páginas pasaban solas, colchones que se curvaban hacia abajo sin explicación, patatas fritas que eran masticadas ruidosamente por mandíbulas imposibles. Corrió la voz de un poltergeist haciendo de las suyas. Cundió el pánico.
            
—No me extraña —interrumpo el relato.
            
Recojo las tazas y regreso con un par de vasos de whisky.
            
—Un vigilante con sangre fría —prosigue Nuria— trató de detenerme mientras robaba un anillo. No hice caso y sacó su pistola. Abrió fuego.
            
En ese momento llaman al timbre y las dos damos un respingo.
            
—¿Quién? —pregunto por el telefonillo.
            
—Tu marido.

miércoles, 4 de marzo de 2015

ESO




















Estimado fulanito de tal,

Lamento comunicarle que en Ediciones Mangantes no publicamos microrrelatos. No obstante, ponemos a su entera disposición —por un módico precio— nuestro servicio de alargamiento de historias. Merece realmente la pena. Aquí han alargado sus historias autores de la talla de Stephen King. El muy cretino las quería incluso más largas, pero logramos hacerle entrar en razón. Le contaré un secreto. La novela «It» apenas era una narración de cinco líneas. En ella, por insólito que parezca, un payaso se asustaba de un niño cuya madre le había afilado los dientes hasta dejarlos puntiagudos. King pensó que aquello nunca daría miedo.


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domingo, 22 de febrero de 2015

EL LARGO ADIÓS
























No sé ustedes, pero a mí hay escritores que no me llegan. No es un problema de vocabulario, porque algunos parece que te restriegan por la cara su dominio de la lengua; ni tampoco de que ignoren la técnica narrativa, porque son capaces de manejar varios narradores al mismo tiempo. Incluso me cautivan sus historias. Pero, indefectiblemente, llego a la última línea con un regusto amargo en la boca. No me han transmitido nada. Sus relatos son tan banales que se los podrían haber ahorrado.

Seamos claros. Los buenos libros no solo brindan placer estético, sino que sacuden hasta la más íntima fibra de nuestro ser. Hallamos en sus páginas los temas universales que preocupan al ser humano. La muerte, quizá el más misterioso de todos, ha inspirado a muchos novelistas de ayer y hoy. Sin embargo, que yo recuerde, nunca había sido abordada como talismán generador de vida, ni mucho menos se le había otorgado el peso que le corresponde en nuestra existencia. No hasta que Maribel Romero Soler escribió El peso de las horas (Autores Premiados, 2014).

Elisa Lalira ha salido de la consulta del doctor Font con el peor diagnóstico posible: le quedan tres meses de vida. Con el arrebato propio de una mujer joven, decide romper los informes del médico y no contárselo a nadie, ni siquiera a su marido. A partir de ese momento, intentará realizar todas aquellas cosas que nunca se habría permitido de estar sana. No le resultará nada fácil dar esquinazo a la «niña obediente, niña honesta, niña buena» que siempre ha sido.

Lo digo de antemano. Los admiradores del realismo sucio —tan presente en los cuentos de Charles Bukowski— se sentirán defraudados. Que nadie espere que Elisa se abandone a los placeres más procaces o intente asesinar a Belén Esteban. Maribel Romero propone, más bien, una serie de rebeldías al alcance de cualquiera. Acompañaremos a la protagonista en sus victorias y fracasos, sintiendo el acero frío de la guadaña cada vez más próximo.

Las salidas de tono de Elisa van desde comprarse un perro hasta la infidelidad, pero simpatizo especialmente con la decisión de dejar su empleo en una asesoría laboral —ojo, empleo fijo— para vivir intensamente las pocas semanas que le quedan. El personaje que le sirve de cómplice no podría ser más jugoso desde el punto de vista literario, ya que no existe a ojos de los demás. Se trata de una alucinación. La joven ve a su doble, y lo bautiza con el nombre de Asile porque hace lo que le viene en gana. No es la primera vez que la escritora introduce elementos fantásticos en sus novelas. Recordemos el cementerio de hierba o el río circular de El perfil de los sueños.

El estilo de Maribel Romero, con predominio de las comas sobre los puntos, tiene a veces un aire a Saramago. Sin embargo, posee rasgos que la hacen inconfundible. Estás deseando acabar un capítulo para leer otro, los párrafos poseen la extensión justa, hay signos de diálogo —no sé qué perra les ha entrado a algunos escritores con eliminarlos—, y por encima de todo usa un lenguaje tan asequible como una alpargata.

Para rematar la faena, el libro se desliza por la senda de la ironía con una finura muy alicantina. Este chiste, por ejemplo, no oculta cierta admiración por la simplicidad masculina: «Si después de mi adiós definitivo me aguardaba una reencarnación, quizá no fuera descabellado nacer hombre, tener la oportunidad de experimentar, dentro de un cuerpo dominado por un pene, cada una de las sensaciones que nos ofrece la vida.»

Maribel Romero escribió una vez: «… si has sido capaz de extraer un mensaje de un libro jamás lo olvidas.» Quizá el mensaje de El peso de las horas es que ningún vaticinio de muerte puede superar a las ganas de seguir viviendo. Que se lo digan a Elisa Lalira.

sábado, 14 de febrero de 2015

DONDE HABITE EL ALZHEIMER























        
     En la cola para pagar del sex-shop me encuentro a Olvido.
     Al principio no la reconozco; han pasado ya seis meses desde que me diera clases de poesía española, un curso gratuito organizado por el Ayuntamiento.
     Ella sí me reconoce, aunque noto en su sonrisa algo artificial, como una parálisis del gesto. El mío debe de ser idéntico.
     Y es que no es para menos. Nos hemos pillado. Nos azoramos. Ella lleva en la mano dos o tres consoladores de diferente tamaño. Yo, una caja de preservativos comestibles.
     Nos damos los habituales ósculos y a ella se le cae uno de los consoladores al suelo. Lo recoge inmediatamente como si fuera una rata y sonríe nerviosamente mientras reprende a su torpe mano con mirada asesina.
     —¿De compras? —digo lo primero que se me ocurre metiendo la pata.
     —Ya ves, la poesía no lo es todo —responde ella agarrándose a la tabla salvavidas de la literatura.
     Se produce un silencio incómodo.
     —Tú también, ¿no? —contraataca la profesora.
     —A mi pareja le gustan —vuelvo a meter la pata.
     Olvido está viuda. Lo comentó enredada entre versos encendidos en más de una ocasión y en más de dos. Señal de que lo había superado. O tal vez no.
     —No te voy a decir aquello de «Juventud, divino tesoro…», pero, jo, qué envidia… dos cuerpos sudorosos, entrelazados… uf, lo pienso y me pongo mala.
     —No te creas, a veces se echa de menos…
     —¡Venga ya!, no me vengas ahora con remilgos.
     —Es cierto, por eso me apunté al curso de poesía. A veces uno siente la necesidad de algo espiritual, trascendente, puro. Y como no soy creyente ni religioso…
     —Yo te cambiaba mi papel en la función ahora mismo.
     —Mi novia es una lolita caprichosa e insaciable. Me roba los minutos de una forma obscena. No tengo tiempo más que para servirla. Es una tortura. La juventud es una tortura.
     —No digas eso. Mi novio es una noche sin dormir y otra y otra, presa de horribles calenturas que apago con fuego. Y encima estoy perdiendo la memoria.
     —¿A qué te refieres?
     —¿Recuerdas el poema de Cernuda? Solía llamarlo chistosamente Donde habite el Alzheimer, en referencia a la paz que persigue el poeta. A mí me ocurre justo lo contrario. Quiero guerra. Necesito guerra. Ya no tengo recuerdos de piel real, sólo una extraña película pornográfica que cada vez me satisface menos.
     —Entonces, ¿por qué esa clase de artilugios que llevas en la mano? —dije ya completamente envalentonado.
     —A veces a falta de pan…
     —… buenas son tortas —completé y soltamos una carcajada.
     Ahora los sex-shop ya no se esconden en las cloacas del deseo ni en el ataúd del vampiro de la Hammer. Ahora son oasis celestiales donde beber el agua de la fantasía en medio del infierno comercial.
     La caja registradora con su única dependienta ya no queda lejos. Nuestras últimas rivales son dos jovencitas cargadas de juguetes. Hablan de ellos como si fueran zanahorias y pepinos. ¡Qué envidia! Quizá se proponen organizar una reunión de amas de casa, quizá una verdulería del amor.
     Tras la erótica compra, nos separamos, no sin antes prometernos un montón de cafés que jamás tomaremos juntos. Probablemente, sea la última vez que nos veamos. Pero recordaremos este encuentro con una sonrisa. Sobre todo después de comprobar que, por hablar distraídamente o por confiar en una dependienta con gafas de culo de vaso, ella disfruta ahora de mis condones comestibles y yo de sus consoladores fosforescentes.


Atlantis, 2012

viernes, 6 de febrero de 2015

CASTELLANO ANTIGUO




—¿Sabes castellano antiguo? —me pregunta un día una alumna toda atribulada. Ha leído un poema de Jorge Manrique y no entiende la palabra «fenescer».
—Fenecer —traduzco—, que significa morir.
—¿Y por qué no dice morir y ya está?
Agarro su móvil entonces, movido por una fuerza desconocida, y le muestro un whatsapp.
—¿Qué pone aquí?
Necesita unos segundos para entenderlo, pero finalmente logra descifrar parte del mensaje.
—¿Y por qué no lo escribes bien y acabamos antes?



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viernes, 30 de enero de 2015

EL PORVENIR
























En literatura no hay nada seguro. Un día disfrutas de tu soledad ganada a pluma y, al siguiente, presentas un libro en un acto público. Por suerte, soy un inadaptado que se adapta bien a todo tipo de medios.

Hubo cierto escritor que dijo que me tomaba mi carrera literaria a la ligera. Cualquiera que me conozca sabe que me apasiona escribir, pero a pequeñas dosis.

Escribo cuentos para adultos porque me divierte. Sin horarios ni imposiciones. A golpe de instinto. Me motiva formar una colección, crear un libro. He reunido en los dos útimos años una veintena de historias a las que sumaré unas cuantas más. Algunas de ellas constituirán, espero, mi tercer libro de relatos después de Vareando nubes y El mirador, ambos publicados en Atlantis.

Un proyecto más avanzado es el libro de microrrelatos escrito a medias con la escritora alicantina Esther Planelles. Después de muchos retoques, a mediados de 2014 decidimos probar suerte en el mercado editorial. Hemos recibido rechazos, por supuesto, pero también hasta cinco ofertas para publicar el manuscrito.

Con más suerte que talento, algunas de mis historias aparecieron el año pasado en las antologías El mejor momento (Letras con Arte), Otoño e invierno (Diversidad Literaria), Bocados sabrosos (Acen) y Sucedió en la Feria (Club de Escritura La Biblioteca).

De un tiempo a esta parte, Óscar Crespillo Pérez ha publicado en la revista Alicante Opinión alguno de mis cuentos y artículos. Le agradezco el boca a oreja. También aparece un fragmento de una de mis reseñas en la segunda edición de Microhistorias para libélulas, de Laura Frost. Nada más. Os espero en El Mirador.

martes, 20 de enero de 2015

UN POCO DE JUEGO




Estas últimas Navidades andaba algo tristón cuando recibí una llamada de mi mujer, y por primera vez desde que tengo memoria no me pedía que comprara algo. Me invitaba a reunirme con ella y unos amigos en un local de Alicante llamado Caníbal. Se iba a celebrar una fiesta benéfica con el reclamo de un karaoke y la actuación de una drag queen. 

Aunque la tos de un catarro se resistía a abandonarme, me planté allí en un tiempo record. Lo primero que vi fue a una mujer imponente controlando el percal desde la puerta. Parecía una perita en maromos. Decidí entrar y que fuera lo que el diablo quisiera.

Besé a mi pareja y saludé a sus colegas. La mesa estaba llena de quintos vacíos, de modo que, para no desentonar, fui a la barra a por uno.

Cuando cerraron la sala, miré a un lado y a otro temeroso de descubrir algún vampiro. Pero no. Un tipo anunció que fuéramos afinando nuestras gargantas, pues enseguida daría comienzo el karaoke. También presentó a Sofea Loren, a quien yo había conocido en la puerta, que lucía un vestido rojo verdaderamente maligno.

La perspectiva de cantar provocó toses bastante sospechosas entre el público. Ni el presentador ni la drag se dejaron conmover, y con una sonrisa maliciosa sacaron el primer papelito de la noche. Era la canción «Piensa en mí» de Luz Casal. Sofea Loren se paseó por el local antes de elegir a su víctima. Exhibía porte, descaro y piernas de escándalo. Nos hacía reír con su humor picante, nunca sarcástico. Me rozó el pelo —como si envidiara mi melena de vagabundo—. Entonces volvió al escenario, me miró directamente a los ojos y sacó a mi mujer.

El juego se repitió varias veces a lo largo de la velada, pero me libré de cantar. La que sí cantó fue Sofea Loren —Pedro Azorín en la vida real—, interpretando, entre otros, un tema llamado «La tacones». Si hubiera salido Bunbury, me arranco.


domingo, 11 de enero de 2015

SUFIJOS



















Me dice mi hija que soy un bromero en vez de un bromista. Por esa regla de tres, podría no ser cuentista sino cuentero. Tal vez no sea optimista, sino el mundo muy pesimero: nada excepto el amor merece tomarse demasiado en serio.

FELIZ 2015

martes, 23 de diciembre de 2014

SUDOR
















—Siempre te sudaron las manos —dijo mientras su vida pendía de un hilo en aquel barranco.
—No te voy a soltar, José Carlos María de Todos los Santos. Eres el padre de mis hijos.
—Siempre fuiste fría en la cama, chismosa, peluda, bizca y paticorta.
—Aguanta, la ayuda está en camino.
—Te he puesto los cuernos con tu mejor amiga, con el cura, con el pobre de la iglesia y con el perro.
—No te esfuerces, José Carlos María, esta Navidad te comes las uvas como todos los años.



FELIZ NAVIDAD, CRÁPULAS DEL MUNDO. 
HASTA LA VISTA.




domingo, 14 de diciembre de 2014

DE MUERTE
























Llevaba bastante tiempo detrás de la novela Puzle de sangre, que se publicó en formato digital primero y este año ha visto una versión en papel gracias a editorial Aguaclara. No había podido leerla por falta de libro electrónico. Ahora que por fin he pasado sus páginas con los dedos, me regalan un ebook por Navidad. Ya escribía Hermann Hessee en El lobo estepario: «Usted ha de acostumbrarse a la vida y ha de aprender a reír».

Mi curiosidad era lógica. No todos los días asiste uno al fenómeno de una novela escrita a dos bandas, quizá porque estamos acostumbrados a imaginar al escritor solo frente al papel en blanco. José Payá Beltrán y Mario Martínez Gomis se han atrevido a desafiar las convenciones del oficio, e incluso a desafiarse, con las únicas armas del ingenio y la complicidad.

Todo nace a partir de un relato de José Payá llamado «La cita», incluido en su libro La segunda vida de Christopher Marlowe (Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 2011). Narra el encuentro de dos asesinos atrapados en un callejón sin salida: han matado a dos hombres y no tienen ni una maldita pala a mano para enterrarlos. Los asesinos usan los nombres falsos de sus víctimas, pero a partir de ahora los conoceremos por los apodos de el Socio y el Sabio.

Este relato se convierte en faro de una novela que va escribiéndose sobre la marcha. Según afirman sus creadores, uno mandaba un capítulo al otro y le mataba los personajes. El compadre hacía lo mismo. Así se gestó este divertimento, a caballo entre la falta de pretensiones y la pura chiripa, que algunos consideran una mezcla de Torrente y Tarantino.

Como dos caras de la misma moneda, el Sabio representa al matón chapucero a quien llegas a coger cariño. El Socio encarna al asesino profesional, frío y calculador incluso frente a una hembra como Estrella Esperanza: «Advertí el asombro en el rostro de la cubana: los ojos alzados y el ceño fruncido, las aletas de la nariz dilatadas, los ojos verdes fijos en el abultamiento alargado que había aparecido en mi bolsillo (…) —No creas que me alegro de verte —dije—, es que llevo pistola».

Una serie de personajes fallecen alrededor de el Socio y el Sabio. En estricto orden de defunción, las primeras víctimas son Jaime Barceló y Alfonso Abellán. Como dato significativo, se trata de los trasuntos literarios de José Payá y Mario Martínez, que en un gesto de humildad asesinan literalmente cualquier rastro de soberbia por su parte. A continuación, el Socio expira a manos de Susana Francés, quien ha contratado sus servicios como asesino a sueldo para liquidar a su marido. He aquí el toque Tarantino, porque uno se ríe con cosas que no tienen ninguna gracia. Al terminar la lectura, contabilizo la nada despreciable cifra de once asesinatos y un suicidio.

Nadie podrá negar que esta novela es más negra que las uñas de un presidiario, pero enseguida advertimos que en ella no hay asesinato que resolver por parte de un avezado detective. Más bien ahonda en la psicología de los personajes, en sus motivaciones humanas. Por ejemplo, el Sabio quiere a Alfonso Abellán muerto porque en el examen de acceso a la universidad para mayores de veinticinco años le preguntó la fecha exacta de elaboración de la Carta Magna. Suena muy bestia, pero ¿qué alumno no ha querido cargarse alguna vez a un profesor y viceversa?

Uno muy leído diría que es una obra esperpéntica. Yo prefiero calificarla de bestial como una historieta de Mortadelo y Filemón. Al igual que en los tebeos, el lenguaje es un personaje más. El uso de argot —«jaco» para referirse a heroína— o tacos —joputas— aporta verosimilitud al Sabio y a sus colegas del trullo.

Resulta sorprendente el tono uniforme logrado por los dos autores, de modo que no distingues cuándo escribe cada uno. Quizá no me he identificado con algunos referentes culturales, como cuando dicen de cierto personaje que es «más sospechoso que Islero, en lo referente a haberse cargado a Manolete». Cuestión de edad y de gustos. Si me preguntan qué me ha parecido Puzle de sangre, diré: de muerte. Si quieren saber qué he aprendido de estos dos pájaros: antes la muerte que fallecer de aburrimiento.

jueves, 4 de diciembre de 2014

LA CARRETERA

















     El niño se había quedado impresionado.
     No sólo porque era veinticuatro de diciembre y los obreros seguían trabajando a las diez de la mañana para terminar la carretera, sino principalmente por ese material de luto que utilizaban.
     Él creía en los Reyes Magos, desde luego, pero jamás había visto una cantidad tan grande en manos de tan poca gente. Así que dejó a un lado su timidez y se puso a observar descaradamente a uno de los obreros, un sudamericano.
     El hombre estaba muy moreno y tenía cara de pocos amigos. Sin dejar de extender el alquitrán con una escoba, le preguntó con ironía:
     —¿Qué pasa, muchacho? ¿Te has perdido? ¿Buscas a tu papá?
     —No, señor —respondió.
     —Entonces, ¿qué quieres? Tengo mucho trabajo. El patrón dice que o acabamos esta carretera o nos quedamos sin día de Navidad.
     —Toma —dijo el niño tendiéndole su osito de peluche.
     —Te lo agradezco mucho, pero...
     —Es mi juguete preferido.
     —¿Qué pasa, niño? ¿Me ves cara de necesitar limosna o qué? —dijo enfadándose el obrero.
     —Acépteselo —intervino un hombre de mediana edad que pasaba por allí—. No todo el mundo hace un regalo así, y menos en Navidad.
     —Es que no lo comprendo —se defendió el obrero.
     —No hace falta comprenderlo.
     Y el obrero se quedó con el peluche.
     A la mañana siguiente, la madre vio al niño un tanto aburrido y le preguntó por el osito de peluche.
     Éste respondió que se lo había regalado a un señor que estaba haciendo una carretera. Una gigantesca carretera de carbón.
     —¿De carbón? —se extrañó la madre.
     —Deben de haber sido muy malos para recibir tantísimo carbón —añadió el crío pensativo.

Publicado en la revista Alicante Opinión.

Vareando Nubes

Atlantis, 2012

miércoles, 26 de noviembre de 2014

BALLENAS
























A veces un artista, de tanto golpear como una polilla en un tarro de cristal, firma una obra maestra. Cervantes escribió El Quijote, John Carpenter filmó Están vivos, y El Columpio Asesino compuso Diamantes (Mushroom Pillow, 2011).

Hay una coplilla de Diamantes que repito como una especie de mantra cada vez que escribo: «Sé que no lo hice bien, ahora sé que mal es lo mejor que lo puedo hacer». El Columpio Asesino parece haber seguido esta máxima a pies juntillas en su nuevo álbum. Ballenas muertas en San Sebastián (Mushroom Pillow, 2014) no sólo se aleja de lo que podría ser la segunda parte de Diamantes, sino que rompe el molde. En este sentido, la banda mantiene un estilo molesto y rudo que cabalga entre el rock y el punk, sin olvidar la música electrónica.

Confiesan que la inspiración para este trabajo viene de la crisis de valores de la época actual. Hartos quizá de desayunar todos los días con los casos de políticos corruptos o sacerdotes pederastas, grabaron en una casa antigua, sin cobertura ni internet, de un pueblo de la montaña navarra donde convivieron durante tres meses.

El mayor problema del álbum es precisamente que su aguijón se vuelve contra sí mismo. Demasiada oscuridad y escasa luz. La denuncia de un sistema corrupto en canciones como «Babel» o «Ballenas muertas en San Sebastián» se queda solo en la denuncia. No va más allá. No aporta un rayo de esperanza. También saben a poco ocho cortes y una introducción. La primera mitad concentra el mejor repertorio, como la tétrica «Escalofrío» o la inesperadamente optimista «A la espalda del mar». La segunda contiene los temas más flojos, como «Entre cactus y azulejos», la canción hablada que cierra el disco.
            
Me sigue pareciendo un acierto repartir las canciones entre Cristina Martínez y Álvaro Arizaleta. Me encandila aún el retraso de los estribillos, que explotan como un orgasmo al final de la canción. Pero Ballenas resulta un disco inestable con algún destello de brillantez.

lunes, 17 de noviembre de 2014

EL SEÑOR (6)

















Mientras Nuria decide ir a robar al Corte Inglés —vaya ocurrencia—, yo opto por darle a la invisibilidad un fin más provechoso. Nos ha desvelado el ruido de la ducha a las ocho de la mañana. La amiga que alojó anoche a este par de pájaras es conserje en un edificio oficial.
            
Al tomar conciencia de mis, llamémoslos así, poderes, creo que una responsabilidad nueva me llama a ejercer de cicerone. Usted, lector, será el visitante privilegiado de este museo del hombre.
            
Camino sin prisa, disfrutando del paseo por la ciudad. No hace ni frío ni calor, sino un clima benigno que no presagia nada bueno. Al principio, esquivo a los transeúntes como una persona normal. Cuando caigo en la estupidez de mi acto, me echo a reír. Más de uno se gira con temor hacia el vacío, y acelera la marcha.
            
Entro en el edificio donde, en unos minutos, comenzará la rueda de prensa. No cabe un alfiler en el salón. El hombre de la barba rala comparece ante los medios para hablar de las medidas que su gobierno va a tomar, a partir de ahora, para atajar los casos de corrupción.
            
Cuando anuncia la tercera norma, tan tibia como las dos anteriores, se queda congelado en la frase «habrá tolerancia…». Con un gesto de dolor infinito en la cara, acierta a decir aún «… cero». Los fotógrafos inmortalizan lo que podría resultar, con suerte, un infarto en directo.
            
Aflojo un poco la presión en los testículos, no sea que se desmaye sin terminar su discurso. Mira a todas partes asustado. Suda copiosamente. La vicepresidenta le ofrece un vaso de agua.
            
Después de beber, dice lo que le he susurrado al oído que diga. Lo repite varias veces para que no exista ningún género de duda.
            
—La única medida efectiva contra la corrupción es que, de aquí en adelante, una mujer asuma el gobierno.

domingo, 9 de noviembre de 2014

LA URNA



















     Acababa de visitar el cuerpo incorrupto de la monja. Un pobre me dio los buenos días en el vestíbulo de la iglesia, y busqué unas monedillas que tintinearan en su vaso. Entonces noté la falta en el bolsillo.
     Regresé al interior y pregunté al párroco. Se encogió de hombros. Fui a interrogar a una beata que se santiguaba frente a la urna de cristal, y me dijo que guardara silencio. Observé que miraba fijamente un punto. Las manos de la monja cruzadas sobre el pecho. Mi cartera debajo.
     Al susto siguió la perplejidad, y luego la cólera.
     En este país, pensé, no se libra ni Dios.



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