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miércoles, 29 de enero de 2020

EL SEÑOR (16)


















La cena está a punto de concluir. El camarero sirve unos diminutos postres en platos gigantescos y recita el proceso de elaboración con una sonrisa beatífica en el rostro. En cuanto se marcha, retomo el monólogo allí donde lo había dejado: «Como iba diciendo, Nuria y yo hemos intentado ser buenas chicas. No resulta nada fácil. El drogadicto tiene que luchar cada día por conseguir su dosis. Nosotras la tenemos al alcance de una pequeña maldad diaria. En resumidas cuentas, necesitamos vuestra ayuda». Paco me observa con los ojos como platos. Mudo, desencajado.

Después de devorar su postre de una sola cucharada, Nuria rebaja la angustia cambiando de tema. Pregunta a mi marido con una sonrisita qué hacían Paco y él semidesnudos en el suelo.

—No cuestiones mi hombría —se revuelve Paco amenazándola con el dedo índice.

—Haya paz, haya paz —interviene Pedro.

Chasqueo los dedos y sirven cuatro whiskies con mucho hielo en vaso bajo. Miro un instante por la ventana. La luna llena se desliza entre jirones de niebla negra.

—Desde que os marchasteis —dice Paco más sereno—, hemos leído algunos manuales sobre técnicas de relajación. Ninguna tan efectiva como el yoga. El calor de agosto explica que no lleváramos camiseta.

Nuria y yo nos echamos a reír. Las dos hemos pensado lo mismo: si nos llegan a decir un mes antes que nuestros maridos serían unos amos de casa perfectos y aportarían paz a nuestras vidas, no lo habríamos creído.

Ellos tampoco creen lo que ven sus ojos mientras observan desde la calle. Nuria pide la cuenta, que asciende a casi quinientos euros. El tique aparece guardado en una cajita negra. Contiene también unos caramelos.

El primer proyectil impacta en la frente del camarero; el segundo rompe el cristal derecho de sus gafas. El restaurante silenciará por motivos obvios la historia de las chicas invisibles que se fueron sin pagar.

miércoles, 22 de enero de 2020

EL SEÑOR (capítulos 11-15)



11

     —Estoy más aburrida que una ostra —comenta Nuria.
     Nuestro pequeño piso de alquiler se ha convertido en un refugio pero también en una cárcel. Desde que hablé con el mayordomo, tenemos cuidado de no llamar la atención. Recuerdo claramente sus palabras: «La invisibilidad es un don, pero también puede destruirte con la facilidad que cae un castillo de naipes». No se refería a él, claro está, un simple sirviente con la preciosa virtud de saber guardar un secreto.
     —Salgamos a pasear —propongo.
     —Pero sin hacer tonterías —advierte Nuria—, que aún no me he quitado de la cabeza lo que te dijo el mayordomo.
     Sebastián entró al servicio del señor cuando el aristócrata aún tomaba una copa de jerez todos los días. Sentado en su querido sillón orejero junto a la chimenea encendida, vaciaba la copa y se le desataba la lengua. En una de esas ocasiones, le contó el motivo por el que no salía nunca. Había gozado de todos los placeres habidos y por haber. Había, incluso, cambiado el curso de la historia reciente. Se sentía exhausto y, al mismo tiempo, culpable de que su poder de volverse invisible le hubiera dominado. Para librarse de la herida luminosa, debía legarla a un mortal capaz de merecerla.
     Me escogió a mí.
     Una mujer sería más prudente.
     La luna llena lame con su luz las aguas del puerto. Lanzo piedras contra una quietud que asusta.
     —¿Te das cuenta de que se nos puede ir la olla como a Michael Jackson con la fama? —interrumpe Nuria el chapoteo.
     —Nada malo sucederá si permanecemos juntas.
     En el fondo, intuyo que cuando a mi amiga se le pase el susto volverá a las andadas. Añora cometer actos impuros.

12

     Resulta alarmante la rapidez con la que el dinero vuela, pero más alarmante es lo poco que hemos tardado Nuria y yo en abandonar la discreción.
     El banco está enfrente de nuestro piso de alquiler. El casero ya nos ha advertido de que le debemos dos meses.
     —Si se lo pidieras a tu marido, Tina, yo creo… —comenta Nuria mientras bajamos en ascensor.
     —Bastantes problemas tiene Pedro como para que, encima, le saque los cuartos. De esta salimos tú y yo solas.
     La puerta del ascensor se abre, pero Nuria ya no está conmigo. Salgo a la calle, cruzo la avenida, me detengo ante la puerta del banco. Un camionero lanza un silbido agudo y, a los cinco segundos, un piropo obsceno hacia mi persona. Me ajusto un poco la minifalda.
     El banco dispone de tres cajas donde la gente puede efectuar sus operaciones, pero en ese momento sólo hay una operativa con la consiguiente cola. El resto del personal debe de estar almorzando. Ojalá Nuria tenga paciencia, pues ya llevo cuarenta minutos esperando a ser atendida.
     —Por favor, pasen por aquí —dice un tipo calvo que acaba de abrir la caja número dos.
     Como una flecha, me planto frente al tipo calvo y pido una barbaridad de dinero con una cartilla falsa. El estúpido dice: «Me temo que, al pertenecer a otra entidad, tiene que ir a la caja de no clientes».
     Nuria entra en juego, pues al tipo le cambia la cara. Puede que incluso se esté meando en los pantalones cuando afirma con un hilo de voz: «Claro, no faltaría más». Y mira asustado a todas partes.
     Yo también me vuelvo invisible destrozando el bolígrafo con cadenita que me tiende para firmar el documento. Las dos salimos con una sonrisa de clientas satisfechas.

13

     Después del golpe al banco, recibo una llamada de Pedro en la que pregunta si me he vuelto loca. Como no comprendo nada, dice que conecte la televisión.
     La chica del telediario relata con voz monocorde el robo. Ha sido perpetrado por una mujer de unos treinta años que, luego, ha desaparecido como por arte de magia. Se cree, por el testimonio de uno de los cajeros de la sucursal, que tenía una cómplice. Misteriosamente, la cámara de seguridad solo ha registrado a una persona.
     —Tu cara es portada en todos los periódicos —reprocha Pedro con tono lúgubre de sepulturero—. No me extrañaría que la policía se os echara encima de un momento a otro.
     —Lo sé y lo siento. Necesitábamos pasta.
     Durante unos instantes, mi marido calla mientras tomo un baño relajante en el jacuzzi de una suite presidencial. Nuria está frente a mí cubierta de espuma, la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.
     —Hay formas cojonudas de hacer las cosas sin llamar tanto la atención —se lamenta.
     —Puede, cariño, pero olvidas un detalle —digo con la ironía de quien empieza a no temer a nada ni a nadie—. Aquí donde nos ves, ya no somos dos mujeres indefensas. Ahora somos invisibles. Tranquilo, no nos pasará nada.
     Tocan a la puerta.
     Decido no despertar a Nuria de su plácido sueño de espuma. Salgo del jacuzzi, me pongo el albornoz, cuelgo el móvil. Entonces caigo en la cuenta de que hemos pedido que no se nos moleste bajo ningún concepto.
     «¿Quién es?», pregunto con un leve temblor de voz. «Una botella de cava obsequio del hotel», recita el supuesto botones. Entreabro la puerta y me asomo conteniendo la respiración.

14

     Nuria y yo, las dos en albornoz, observamos al hombre que ocupa un sillón junto a la chimenea de la suite presidencial.
     —Pido disculpas por el truco del cava, pero nunca creí que lo echaría tanto de menos —dice invitándonos a tomar asiento en nuestro propio sofá.
     Lo hacemos lentamente, sin apartar la mirada del tipo más buscado de España. Hace un instante, ante nuestra estupefacción, se ha quitado una barba postiza con la que emulaba a un hípster. Con mucha educación, Nuria le ha preguntado si el cabello también era sintético.
     —Sé los rumores que circulan por ahí. Es pelo auténtico. Estira, estira si no te lo crees —ha invitado mientras agachaba la cabeza.
     Tanta simpatía me ha escamado, pero no he querido romper el momento mágico en que Nuria comprobaba la solidez capilar de Puigdemont. Tras acabar la inspección, el expresidente de la Generalitat me ha hecho señas por si yo también quería tocar.
     Ahora, para rebajar la tensión de no saber qué demonios quiere de nosotras este político huido a Bélgica desde la declaración de la república catalana, bebemos whisky con hielo. Chivas para más señas. No he encontrado nada de comer.
     Se rasca la coronilla, carraspea y dice: «Tu cara está en todos los periódicos, pero la de ella no». Me encojo de hombros.
     Nuria le anima a continuar llenando su vaso hasta el borde. Reconoce su delicada situación, le echa la culpa a un gobierno represivo y totalitario. En un acceso de euforia se levanta y empieza a cantar Els Segadors.
     Después del numerito, dice: «Alguien de mi absoluta confianza me ha informado de que podéis desaparecer… Yo solo necesito ser investido presidente. Con un rato de invisibilidad, me basta. Ofrezco la vicepresidencia de mi república».
     Nuria me guiña un ojo. Entonces, sonrientes, le arrancamos un mechón cada una. Y desaparecemos en sus narices.

15

     No sé por qué he hecho caso a Nuria. Para que este regreso sea una sorpresa en toda regla, yo le he robado el chupachús a un niño y ella la cartera a un cura. Los cuatro esperábamos el ascensor del piso. Al entrar en la cabina aparentemente ellos solos, han pensado que el ladrón ha sido el otro. Se han enzarzado en una pelea mientras nosotras aguantábamos la risa.
     En la puerta está la chapa con nuestros nombres: Pedro Vargas y Tina Rubio. La nostalgia me cubre con una sábana de la cabeza a los pies como a un fantasma primitivo. Sigo queriéndole y ahora necesito más que nunca su apoyo. Un poder como la invisibilidad requiere de otro no menos importante llamado cotidianidad. Deseo con todas mis fuerzas un poco de rutina después de estas vacaciones de locura.
     Nuria me aprieta el hombro en señal de que sabe lo que pienso.
     —Tal vez deberíamos llamar al timbre y olvidar el puñetero asunto —sugiere con psicología inversa. Logra el efecto contrario.
     —Venga, una última locura.
     Ella atraviesa primero; yo la sigo con un presentimiento extraño. El piso está tranquilo. Quizá demasiado tranquilo para ser las diez de la noche de un sábado. Desde que esto empezó, Pedro teme que Paco se hunda. Por eso se lo ha traído a nuestra casa.
     Observo con asombro el orden y la limpieza del salón. Una barrita de incienso perfuma el aire. En la cocina todos los cacharros de la cena están fregados. Nuria tiene la boca abierta.
     Oímos susurros provenientes de la habitación de matrimonio. Como si dos personas hablaran bajo para no despertar a un supuesto bebé. Nuria me agarra de la camiseta.
     —No vayas —musita.
     —Seguro que duermen —trato de infundirme ánimos.
     La habitación está poblada de sombras, pero se distingue a dos figuras con el torso desnudo en el suelo. Cuando se me escapa «qué coño», ellos encienden la luz y miran asustados a su alrededor.

miércoles, 21 de marzo de 2018

EL SEÑOR (15)
















No sé por qué he hecho caso a Nuria. Para que este regreso sea una sorpresa en toda regla, yo le he robado el chupachús a un niño y ella la cartera a un cura. Los cuatro esperábamos el ascensor del piso. Al entrar en la cabina aparentemente ellos solos, han pensado que el ladrón ha sido el otro. Se han enzarzado en una pelea mientras nosotras aguantábamos la risa.
            
En la puerta está la chapa con nuestros nombres: Pedro Vargas y Tina Rubio. La nostalgia me cubre con una sábana de la cabeza a los pies como a un fantasma primitivo. Sigo queriéndole y ahora necesito más que nunca su apoyo. Un poder como la invisibilidad requiere de otro no menos importante llamado cotidianidad. Deseo con todas mis fuerzas un poco de rutina después de estas vacaciones de locura.
            
Nuria me aprieta el hombro en señal de que sabe lo que pienso.
            
—Tal vez deberíamos llamar al timbre y olvidar el puñetero asunto —sugiere con psicología inversa. Logra el efecto contrario.
            
—Venga, una última locura.
            
Ella atraviesa primero; yo la sigo con un presentimiento extraño. El piso está tranquilo. Quizá demasiado tranquilo para ser las diez de la noche de un sábado. Desde que esto empezó, Pedro teme que Paco se hunda. Por eso se lo ha traído a nuestra casa.
            
Observo con asombro el orden y la limpieza del salón. Una barrita de incienso perfuma el aire. En la cocina todos los cacharros de la cena están fregados. Nuria tiene la boca abierta.
            
Oímos susurros provenientes de la habitación de matrimonio. Como si dos personas hablaran bajo para no despertar a un supuesto bebé. Nuria me agarra de la camiseta.
            
—No vayas —musita.
            
—Seguro que duermen —trato de infundirme ánimos.
            
La habitación está poblada de sombras, pero se distingue a dos figuras con el torso desnudo en el suelo. Cuando se me escapa «qué coño», ellos encienden la luz y miran asustados a su alrededor.

miércoles, 24 de enero de 2018

EL SEÑOR (14)






















Nuria y yo, las dos en albornoz, observamos al hombre que ocupa un sillón junto a la chimenea de la suite presidencial.
            
—Pido disculpas por el truco del cava, pero nunca creí que lo echaría tanto de menos —dice invitándonos a tomar asiento en nuestro propio sofá.
            
Lo hacemos lentamente, sin apartar la mirada del tipo más buscado de España. Hace un instante, ante nuestra estupefacción, se ha quitado una barba postiza con la que emulaba a un hípster. Con mucha educación, Nuria le ha preguntado si el cabello también era sintético.
            
—Sé los rumores que circulan por ahí. Es pelo auténtico. Estira, estira si no te lo crees —ha invitado mientras agachaba la cabeza.
            
Tanta simpatía me ha escamado, pero no he querido romper el momento mágico en que Nuria comprobaba la solidez capilar de Puigdemont. Tras acabar la inspección, el expresidente de la Generalitat me ha hecho señas por si yo también quería tocar.
            
Ahora, para rebajar la tensión de no saber qué demonios quiere de nosotras este político huido a Bélgica desde la declaración de la república catalana, bebemos whisky con hielo. Chivas para más señas. No he encontrado nada de comer.
            
Se rasca la coronilla, carraspea y dice: «Tu cara está en todos los periódicos, pero la de ella no». Me encojo de hombros.
            
Nuria le anima a continuar llenando su vaso hasta el borde. Reconoce su delicada situación, le echa la culpa a un gobierno represivo y totalitario. En un acceso de euforia se levanta y empieza a cantar Els Segadors.
            
Después del numerito, dice: «Alguien de mi absoluta confianza me ha informado de que podéis desaparecer… Yo solo necesito ser investido presidente. Con un rato de invisibilidad, me basta. Ofrezco la vicepresidencia de mi república».
            
Nuria me guiña un ojo. Entonces, sonrientes, le arrancamos un mechón cada una. Y desaparecemos en sus narices.

miércoles, 17 de enero de 2018

EL SEÑOR (13)




Después del golpe al banco, recibo una llamada de Pedro en la que pregunta si me he vuelto loca. Como no comprendo nada, dice que conecte la televisión.
            
La chica del telediario relata con voz monocorde el robo. Ha sido perpetrado por una mujer de unos treinta años que, luego, ha desaparecido como por arte de magia. Se cree, por el testimonio de uno de los cajeros de la sucursal, que tenía una cómplice. Misteriosamente, la cámara de seguridad solo ha registrado a una persona.
            
—Tu cara es portada en todos los periódicos —reprocha Pedro con tono lúgubre de sepulturero—. No me extrañaría que la policía se os echara encima de un momento a otro.
            
—Lo sé y lo siento. Necesitábamos pasta.
            
Durante unos instantes, mi marido calla mientras tomo un baño relajante en el jacuzzi de una suite presidencial. Nuria está frente a mí cubierta de espuma, la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.
            
—Hay formas cojonudas de hacer las cosas sin llamar tanto la atención —se lamenta.
            
—Puede, cariño, pero olvidas un detalle —digo con la ironía de quien empieza a no temer a nada ni a nadie—. Aquí donde nos ves, ya no somos dos mujeres indefensas. Ahora somos invisibles. Tranquilo, no nos pasará nada.
            
Tocan a la puerta.
            
Decido no despertar a Nuria de su plácido sueño de espuma. Salgo del jacuzzi, me pongo el albornoz, cuelgo el móvil. Entonces caigo en la cuenta de que hemos pedido que no se nos moleste bajo ningún concepto.
            
«¿Quién es?», pregunto con un leve temblor de voz. «Una botella de cava obsequio del hotel», recita el supuesto botones. Entreabro la puerta y me asomo conteniendo la respiración.

miércoles, 29 de marzo de 2017

EL SEÑOR (12)






















Resulta alarmante la rapidez con la que el dinero vuela, pero más alarmante es lo poco que hemos tardado Nuria y yo en abandonar la discreción.

El banco está enfrente de nuestro piso de alquiler. El casero ya nos ha advertido de que le debemos dos meses.

—Si se lo pidieras a tu marido, Tina, yo creo… —comenta Nuria mientras bajamos en ascensor.

—Bastantes problemas tiene Pedro como para que, encima, le saque los cuartos. De esta salimos tú y yo solas.

La puerta del ascensor se abre, pero Nuria ya no está conmigo. Salgo a la calle, cruzo la avenida, me detengo ante la puerta del banco. Un camionero lanza un silbido agudo y, a los cinco segundos, un piropo obsceno hacia mi persona. Me ajusto un poco la minifalda.

El banco dispone de tres cajas donde la gente puede efectuar sus operaciones, pero en ese momento sólo hay una operativa con la consiguiente cola. El resto del personal debe de estar almorzando. Ojalá Nuria tenga paciencia, pues ya llevo cuarenta minutos esperando a ser atendida.

—Por favor, pasen por aquí —dice un tipo calvo que acaba de abrir la caja número dos.

Como una flecha, me planto frente al tipo calvo y pido una barbaridad de dinero con una cartilla falsa. El estúpido dice: «Me temo que, al pertenecer a otra entidad, tiene que ir a la caja de no clientes».

Nuria entra en juego, pues al tipo le cambia la cara. Puede que incluso se esté meando en los pantalones cuando afirma con un hilo de voz: «Claro, no faltaría más». Y mira asustado a todas partes.

Yo también me vuelvo invisible destrozando el bolígrafo con cadenita que me tiende para firmar el documento. Las dos salimos con una sonrisa de clientas satisfechas.

sábado, 22 de octubre de 2016

EL SEÑOR (11)
























—Estoy más aburrida que una ostra —comenta Nuria.

Nuestro pequeño piso de alquiler se ha convertido en un refugio pero también en una cárcel. Desde que hablé con el mayordomo, tenemos cuidado de no llamar la atención. Recuerdo claramente sus palabras: «La invisibilidad es un don, pero también puede destruirte con la facilidad que cae un castillo de naipes». No se refería a él, claro está, un simple sirviente con la preciosa virtud de saber guardar un secreto.

—Salgamos a pasear —propongo.

—Pero sin hacer tonterías —advierte Nuria—, que aún no me he quitado de la cabeza lo que te dijo el mayordomo.

Sebastián entró al servicio del señor cuando el aristócrata aún tomaba una copa de jerez todos los días. Sentado en su querido sillón orejero junto a la chimenea encendida, vaciaba la copa y se le desataba la lengua. En una de esas ocasiones, le contó el motivo por el que no salía nunca. Había gozado de todos los placeres habidos y por haber. Había, incluso, cambiado el curso de la historia reciente. Se sentía exhausto y, al mismo tiempo, culpable de que su poder de volverse invisible le hubiera dominado. Para librarse de la herida luminosa, debía legarla a un mortal capaz de merecerla.

Me escogió a mí.

Una mujer sería más prudente.

La luna llena lame con su luz las aguas del puerto. Lanzo piedras contra una quietud que asusta.

—¿Te das cuenta de que se nos puede ir la olla como a Michael Jackson con la fama? —interrumpe Nuria el chapoteo.

—Nada malo sucederá si permanecemos juntas.
            
En el fondo, intuyo que cuando a mi amiga se le pase el susto volverá a las andadas. Añora cometer actos impuros.

miércoles, 12 de octubre de 2016

EL SEÑOR (capítulos 6-10)



6

     Mientras Nuria decide ir a robar al Corte Inglés —vaya ocurrencia—, yo opto por darle a la invisibilidad un fin más provechoso. Nos ha desvelado el ruido de la ducha a las ocho de la mañana. La amiga que alojó anoche a este par de pájaras es conserje en un edificio oficial.
     Al tomar conciencia de mis, llamémoslos así, poderes, creo que una responsabilidad nueva me llama a ejercer de cicerone. Usted, lector, será el visitante privilegiado de este museo del hombre.
     Camino sin prisa, disfrutando del paseo por la ciudad. No hace ni frío ni calor, sino un clima benigno que no presagia nada bueno. Al principio, esquivo a los transeúntes como una persona normal. Cuando caigo en la estupidez de mi acto, me echo a reír. Más de uno se gira con temor hacia el vacío, y acelera la marcha.
     Entro en el edificio donde, en unos minutos, comenzará la rueda de prensa. No cabe un alfiler en el salón. El hombre de la barba rala comparece ante los medios para hablar de las medidas que su gobierno va a tomar, a partir de ahora, para atajar los casos de corrupción.
     Cuando anuncia la tercera norma, tan tibia como las dos anteriores, se queda congelado en la frase «habrá tolerancia…». Con un gesto de dolor infinito en la cara, acierta a decir aún «… cero». Los fotógrafos inmortalizan lo que podría resultar, con suerte, un infarto en directo.
     Aflojo un poco la presión en los testículos, no sea que se desmaye sin terminar su discurso. Mira a todas partes asustado. Suda copiosamente. La vicepresidenta le ofrece un vaso de agua.
     Después de beber, dice lo que le he susurrado al oído que diga. Lo repite varias veces para que no exista ningún género de duda.
     —La única medida efectiva contra la corrupción es que, de aquí en adelante, una mujer asuma el gobierno.

7

     Oigo pasos en el piso. Estoy lavándome el pelo en el baño y me asomo al pasillo a ver quién es. Aparentemente no hay nadie en el recibidor. Juraría que alguien intenta pasar desapercibido como un yonqui en una convención de metadona. El sonido de unos botines se aleja dejando gotas de sangre en el parqué.
     Me coloco una toalla a modo de turbante. Al entrar en la cocina, dos detalles captan mi atención: una fregona apoyada en la pared y mi amiga Nuria con una fea herida en la mano. Su cara refleja miedo.
     —¿Se puede saber qué carajo te ha ocurrido? —pregunto elevando la voz sin querer.
     —Solo es un rasguño, Tina.
     Después de realizar un vendaje más bien cutre, preparo una infusión de frutas del bosque para cada una.
     —Atravesé el escaparate —relata Nuria— sintiéndome como un fantasma en un castillo encantado. La diferencia residía en que el Corte Inglés se encontraba abarrotado a esas horas. La gente contempló atónita libros cuyas páginas pasaban solas, colchones que se curvaban hacia abajo sin explicación, patatas fritas que eran masticadas ruidosamente por mandíbulas imposibles. Corrió la voz de un poltergeist haciendo de las suyas. Cundió el pánico.
     —No me extraña —interrumpo el relato.
     Recojo las tazas y regreso con un par de vasos de whisky.
     —Un vigilante con sangre fría —prosigue Nuria— trató de detenerme mientras robaba un anillo. No hice caso y sacó su pistola. Abrió fuego.
     En ese momento llaman al timbre y las dos damos un respingo.
     —¿Quién? —pregunto por el telefonillo.
     —Tu marido.

8

     Pedro, mi marido, se ha quedado con cara de gilipollas. No encuentro un término mejor para describirlo.
     En cuanto ha entrado por la puerta, Nuria ha pretendido dejarnos a solas para que hablásemos. Sin embargo, yo he preferido que esté presente. Pedro se ha pensado lo peor, pero le he tranquilizado al respecto con una caricia en la mejilla.
     Me ha mirado sin comprender nada cuando he llenado un vaso hasta arriba y, a continuación, le he pedido que se lo bebiera.
     —Es whisky. Sabes que no bebo —ha dicho.
     —Bebes o no hay historia —ha afirmado tajante Nuria.
     He comenzado por el principio: el trabajo en casa del señor y las extrañas visitas nocturnas. Luego he explicado de la mejor manera posible el raro poder que me ha transmitido el anciano aristócrata, y la posibilidad que tengo de convertir a otros en invisibles. En este momento, Pedro ha soltado una risotada. Al cabo de un instante, ha añadido:
     —Mira, no me cuentes milongas. Soy tu marido. Estoy preparado para lo que sea: te has metido en una secta, sois lesbianas, un tumor. Lo que sea.
     Me he sentado en sus rodillas y, tras posar un beso en sus labios, le he arrancado un botón de la chaqueta. Pedro se ha puesto de pie y ha empezado a buscarme frenéticamente. Luego ha zarandeado a Nuria para que le dijera dónde me había escondido. Finalmente, ha gritado mi nombre.
     —Calla. Me vas a dejar sorda —le reprocho quedamente—. Además, me has tirado al levantarte con tanta brusquedad.
     —Coño, Tina, es que te has vuelto invisible de verdad.
     Con hilo y aguja, mi amiga acaba de coser el botón. Pedro toca mi cuerpo como si me viera por primera vez.

9

     —No lo entiendo.
     Tina me ha pedido que le explique a Paco la situación, pero suavizando todo lo posible. Por el salón de su casa parece que haya pasado un ciclón. El desorden es palmario. Nuria solía tener la vivienda tan impecable que ha convertido a este hombre en un drogadicto de ella. En cuanto a su aspecto físico, la cosa no pinta mejor. Barba de varios días, manchurrones de comida en la camisa, olor a alcohol en el aliento.
     Le he dicho —intentando sonar convincente— que las chicas han decidido tomarse unas vacaciones porque a Tina le ha tocado un pellizco en la lotería.
     —No lo entiendo —ha repetido—. Uno se pasa la vida trabajando como un burro para que, al mínimo descuido, se larguen por ahí a gastarse un dinero que también es nuestro.
     —Bueno…
     —Quería decir tuyo, perdona.
     Le pongo la mano en el hombro, tratando de infundirle los ánimos que he perdido. Tina ha fracasado en el intento de convertirme en humo, de lo cual se deduce que los tíos lo tenemos chungo para ser invisibles. Quizá me pesan demasiado las pelotas.
     —Las dos han prometido —afirmo inspirado— que, a la vuelta, nos invitan a un restaurante caro.
     —¿Y dónde han ido? —se interesa súbitamente.
     —Marruecos.
     Pide que me quede un rato y vemos la tele. No puedo negarle un poco de compañía. Al cabo de un instante, posa su cabeza en mi hombro y se abraza. El cabrón duerme como un niño.

10

     Por supuesto, no estamos de viaje en Marruecos. Hemos alquilado un piso en otra ciudad mientras aclaramos las ideas. Pedro no me agobia con demasiadas llamadas, pero sé que lo está pasando mal. Por un lado, vela por un Paco cada vez más inquieto y desorientado. Por otro, acude al trabajo con toda la normalidad que las circunstancias permiten.
     Nuria, en cambio, ha pasado de ser la típica ama de casa que pide permiso para echar un polvo a convertirse en una devoradora de hombres sin complejos. Utiliza la invisibilidad para salir de casa de sus amantes en los momentos más inoportunos. Nunca la han pillado hasta ahora.
     Ya no he vuelto a meter mano en política, pues desde que hay una presidenta del gobierno la corrupción no ha aumentado pero tampoco ha sido eliminada por completo. En cambio, he meditado largamente cuál debe ser mi siguiente paso.
     Esta tarde, he visitado al mayordomo del señor. Nunca pensé que volvería a poner los pies en esa casa. Contra todo pronóstico, se ha mostrado de lo más amable. Incluso se ha disculpado por haberme despedido. Mientras tomábamos el té en una salita, un carrillón me ha sobresaltado al dar las cinco en punto.
     No me he atrevido a contarle lo que pasa.
     Él ha lamentado tener tanto tiempo libre. No deja de ser curioso. Según el testamento del señor, seguirá cobrando sus honorarios mientras viva con la única condición de mantener el hogar habitable.
     Antes de que el crepúsculo ahogara el último rayo de sol, el mayordomo ha hecho una pregunta reveladora:
     —¿No tienes a veces la sensación de que, aunque lo puedes todo, no puedes hacer nada?
     Me he vuelto hacia él y, por primera vez, lo he mirado a los ojos.

sábado, 27 de febrero de 2016

EL SEÑOR (10)















Por supuesto, no estamos de viaje en Marruecos. Hemos alquilado un piso en otra ciudad mientras aclaramos las ideas. Pedro no me agobia con demasiadas llamadas, pero sé que lo está pasando mal. Por un lado, vela por un Paco cada vez más inquieto y desorientado. Por otro, acude al trabajo con toda la normalidad que las circunstancias permiten.

Nuria, en cambio, ha pasado de ser la típica ama de casa que pide permiso para echar un polvo a convertirse en una devoradora de hombres sin complejos. Utiliza la invisibilidad para salir de casa de sus amantes en los momentos más inoportunos. Nunca la han pillado hasta ahora.

Ya no he vuelto a meter mano en política, pues desde que hay una presidenta del gobierno la corrupción no ha aumentado pero tampoco ha sido eliminada por completo. En cambio, he meditado largamente cuál debe ser mi siguiente paso.

Esta tarde, he visitado al mayordomo del señor. Nunca pensé que volvería a poner los pies en esa casa. Contra todo pronóstico, se ha mostrado de lo más amable. Incluso se ha disculpado por haberme despedido. Mientras tomábamos el té en una salita, un carrillón me ha sobresaltado al dar las cinco en punto.

No me he atrevido a contarle lo que pasa.

Él ha lamentado tener tanto tiempo libre. No deja de ser curioso. Según el testamento del señor, seguirá cobrando sus honorarios mientras viva con la única condición de mantener el hogar habitable.

Antes de que el crepúsculo ahogara el último rayo de sol, el mayordomo ha hecho una pregunta reveladora:

—¿No tienes a veces la sensación de que, aunque lo puedes todo, no puedes hacer nada?

Me he vuelto hacia él y, por primera vez, lo he mirado a los ojos.

jueves, 8 de octubre de 2015

EL SEÑOR (9)



















—No lo entiendo.

Tina me ha pedido que le explique a Paco la situación, pero suavizando todo lo posible. Por el salón de su casa parece que haya pasado un ciclón. El desorden es palmario. Nuria solía tener la vivienda tan impecable que ha convertido a este hombre en un drogadicto de ella. En cuanto a su aspecto físico, la cosa no pinta mejor. Barba de varios días, manchurrones de comida en la camisa, olor a alcohol en el aliento.

Le he dicho —intentando sonar convincente— que las chicas han decidido tomarse unas vacaciones porque a Tina le ha tocado un pellizco en la lotería.

—No lo entiendo —ha repetido—. Uno se pasa la vida trabajando como un burro para que, al mínimo descuido, se larguen por ahí a gastarse un dinero que también es nuestro.

—Bueno…

—Quería decir tuyo, perdona.

Le pongo la mano en el hombro, tratando de infundirle los ánimos que he perdido. Tina ha fracasado en el intento de convertirme en humo, de lo cual se deduce que los tíos lo tenemos chungo para ser invisibles. Quizá me pesan demasiado las pelotas.

—Las dos han prometido —afirmo inspirado— que, a la vuelta, nos invitan a un restaurante caro.

—¿Y dónde han ido? —se interesa súbitamente.

—Marruecos.

Pide que me quede un rato y vemos la tele. No puedo negarle un poco de compañía. Al cabo de un instante, posa su cabeza en mi hombro y se abraza. El cabrón duerme como un niño.

miércoles, 29 de abril de 2015

EL SEÑOR (8)














Pedro, mi marido, se ha quedado con cara de gilipollas. No encuentro un término mejor para describirlo.

En cuanto ha entrado por la puerta, Nuria ha pretendido dejarnos a solas para que hablásemos. Sin embargo, yo he preferido que esté presente. Pedro se ha pensado lo peor, pero le he tranquilizado al respecto con una caricia en la mejilla.

Me ha mirado sin comprender nada cuando he llenado un vaso hasta arriba y, a continuación, le he pedido que se lo bebiera.

—Es whisky. Sabes que no bebo —ha dicho.

—Bebes o no hay historia —ha afirmado tajante Nuria.

He comenzado por el principio: el trabajo en casa del señor y las extrañas visitas nocturnas. Luego he explicado de la mejor manera posible el raro poder que me ha transmitido el anciano aristócrata, y la posibilidad que tengo de convertir a otros en invisibles. En este momento, Pedro ha soltado una risotada. Al cabo de un instante, ha añadido:

—Mira, no me cuentes milongas. Soy tu marido. Estoy preparado para lo que sea: te has metido en una secta, sois lesbianas, un tumor. Lo que sea.

Me he sentado en sus rodillas y, tras posar un beso en sus labios, le he arrancado un botón de la chaqueta. Pedro se ha puesto de pie y ha empezado a buscarme frenéticamente. Luego ha zarandeado a Nuria para que le dijera dónde me había escondido. Finalmente, ha gritado mi nombre.

—Calla. Me vas a dejar sorda —le reprocho quedamente—. Además, me has tirado al levantarte con tanta brusquedad.

—Coño, Tina, es que te has vuelto invisible de verdad.

Con hilo y aguja, mi amiga acaba de coser el botón. Pedro toca mi cuerpo como si me viera por primera vez.

miércoles, 11 de marzo de 2015

EL SEÑOR (7)
















Oigo pasos en el piso. Estoy lavándome el pelo en el baño y me asomo al pasillo a ver quién es. Aparentemente no hay nadie en el recibidor. Juraría que alguien intenta pasar desapercibido como un yonqui en una convención de metadona. El sonido de unos botines se aleja dejando gotas de sangre en el parqué.
            
Me coloco una toalla a modo de turbante. Al entrar en la cocina, dos detalles captan mi atención: una fregona apoyada en la pared y mi amiga Nuria con una fea herida en la mano. Su cara refleja miedo.
            
—¿Se puede saber qué carajo te ha ocurrido? —pregunto elevando la voz sin querer.
            
—Solo es un rasguño, Tina.
            
Después de realizar un vendaje más bien cutre, preparo una infusión de frutas del bosque para cada una.
            
—Atravesé el escaparate —relata Nuria— sintiéndome como un fantasma en un castillo encantado. La diferencia residía en que el Corte Inglés se encontraba abarrotado a esas horas. La gente contempló atónita libros cuyas páginas pasaban solas, colchones que se curvaban hacia abajo sin explicación, patatas fritas que eran masticadas ruidosamente por mandíbulas imposibles. Corrió la voz de un poltergeist haciendo de las suyas. Cundió el pánico.
            
—No me extraña —interrumpo el relato.
            
Recojo las tazas y regreso con un par de vasos de whisky.
            
—Un vigilante con sangre fría —prosigue Nuria— trató de detenerme mientras robaba un anillo. No hice caso y sacó su pistola. Abrió fuego.
            
En ese momento llaman al timbre y las dos damos un respingo.
            
—¿Quién? —pregunto por el telefonillo.
            
—Tu marido.

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