jueves, 25 de abril de 2013

PITUFOS EN EL INFORMACIÓN























Esta vez sí se publica la reseña de VAREANDO NUBES en el suplemento ARTE Y LETRAS del diario INFORMACIÓN de Alicante. Podéis comprar el periódico o consultar la versión digital. Alicia me ha dicho que escriba esto para contentar a los resentidos del papel.
            
Es hora de dar las gracias, sobre todo a quien firma la reseña, José Payá Beltrán, por no limitarse a escribirla. Por cierto, Pepe, anula el trabajito que les encargué a los personajes de vuestra novela Puzle de sangre. Los del Información han cumplido.
            
Recordad que tanto Vareando nubes como El mirador, ambos editados por Atlantis, siguen a la venta en Casa del Libro, que aún no entiendo cómo. Si lo que os quita el sueño es un autógrafo mío, me comprometo a enviar Vareando nubes a vuestra casa sin gastos de correo, y añadiré un cuento censurado.      

Y sigo escribiendo cuentos, porque quién necesita una historia de trescientas páginas pudiendo leer varias de tres. A mí siempre me gustaron breves.

lunes, 22 de abril de 2013

LO JUSTO






















Cada vez que la famosa estrella de cine, de nombre Belén, desciende a la Administración de Loterías y Apuestas del Estado, los pacientes del frenopático se colocan en fila india para recibir su medicación. La Navidad se cree enfermera de los males endémicos del mundo y, en el mejor de los casos, es una ilusionista que no debe tomarse muy en serio. Por eso, amigo banquero, pasaré por alto que me dejas sin casa porque no puedo pagar la hipoteca. Te voy a robar sólo lo justo para que mi familia pueda comer.


Incluido en la antología Libérate hasta de ti, publicada por editorial Hipálage.




martes, 16 de abril de 2013

LA VENTANA INDISCRETA






















Cuántas veces habrá lamentado no acudir al cine con más frecuencia, y yo me alegro, pues sus ojos son la cámara que nos emociona, nos entretiene y nos hace pensar. Me refiero a Maribel Romero Soler y a su primera novela para adultos publicada en papel, El perfil de los sueños (Ledoria, 2013).

En esta ocasión, la autora se mete en la piel de diferentes personajes a través de un narrador omnisciente. El más cautivador de todos ellos es Amanda, una mujer esclavizada por su papel de esposa y madre en un entorno rural, el pueblo imaginario de Viestre. Vive junto a su marido, Evaristo, sus tres hijos y el abuelo.

Ninguno de estos hombres comprende que Amanda es una mujer aparte de una esposa y madre. Irónicamente, tanto Evaristo como el abuelo se dirigen a ella con la coletilla de «mujer». No aprueban que tenga aficiones que la distraigan de sus labores domésticas. El sexo entre Evaristo y Amanda es más propio de una escena sadomasoquista que de una relación amorosa: «Ella conoce muy bien el significado de esa frase pronunciada en plural».

La llegada a Viestre de Samuel, un novelista que ha abandonado un oficio que no le divierte para dedicarse de lleno a escribir, despertará el corazón aletargado de Amanda, y por ende su cuerpo de joven de apenas veintisiete años.

La ventana cumple un papel socializador en esta novela. A través de ella, Amanda espía los movimientos de su nuevo vecino, pero este la descubre y no le queda más remedio que iniciar una conversación. Samuel también espía a su vecina, quien le pone al corriente de las costumbres del pueblo. Una muy pintoresca es el cementerio de hierba, que no oculta una filosofía en contra de los viejos rituales.

Mención especial merece el uso no pacato del lenguaje, sobre todo en escenas que cobran fuerza por su naturalidad. Me viene a la memoria ahora mismo ese abuelo que se agarra el pito ante la que podría ser su última erección. Admito, eso sí, que me hubiera gustado algo más que un casto beso en la mejilla.

En una reciente entrevista Maribel Romero recomendaba El perfil de los sueños
 a todo aquel que quisiera escribir. Quizá porque ya es hora de confiar en nuestros criterios y contestarles a los de siempre: «¡Y a mí qué me importa!». Los sueños hay que perseguirlos hasta el final.

sábado, 6 de abril de 2013

PROTAGONISTA DE UN CUENTO























La pasada Semana Santa anunciaba, pues así me lo había confirmado el crítico literario, que iba a publicarse una reseña de VAREANDO NUBES en el suplemento ARTE Y LETRAS del diario INFORMACIÓN. Por razones misteriosas se ha retrasado hasta finales de abril.

El crítico se ha disculpado, aunque la culpa no sea suya, y no puedo dejar de reseñarlo en estas líneas.

De camino a Albacete, lo que más me preocupaba no era mi pequeño contratiempo, sino que alguien se hubiera tomado la molestia de comprar el diario. Recuerdo el WhatsApp que envié a algunos amigos intentando advertirles: «No lo mires. Me han sustituido por un paso de Semana Santa». Uno de ellos me contestó: «Será cuestión de hacerte costalero». Un primo me aconsejó que cambiara el título del libro, que pasaría a llamarse Vareando Periodistas. Una colega me animó a escribir un cuento.

No me he hecho costalero; antes costolero y que rule. Tampoco es cuestión de marear con el nombre del libro; ya lo hicieron otros, convirtiéndolo en Mareando Nubes, Veraneando Nubes, Bareando Nubes y otras opciones menos correctas ortográficamente. En cuanto a lo de escribir un cuento, casi creo que el cuento me ha escrito a mí.




martes, 26 de marzo de 2013

NUBES EN EL INFORMACIÓN






















El próximo Jueves Santo (vaya fecha para un ateo como yo), se publica una reseña de VAREANDO NUBES en el suplemento ARTE Y LETRAS del diario INFORMACIÓN de Alicante. No hace falta comprar el periódico, no seáis frikis. Basta, si os apetece, con consultar la versión digital. Felices vacaciones y hasta la vista, amigos.

jueves, 21 de marzo de 2013

MENSAJE EN UNA PÁGINA
























Según Pío Baroja, la novela es un «saco donde cabe todo». Barojiano o no, lo cierto es que José Payá Beltrán ha escrito Destilando Fantasmas (Aguaclara, 2007) con ese espíritu, y cosidos a la narración leemos párrafos de hondura filosófica, estudios etimológicos (no perderse el análisis del término “onanismo”, págs. 77-79), fragmentos de la vida del autor…

Poco a poco, y sin advertirlo, el escritor nos sumerge en una trama que apenas da tregua. El universitario Luis Galvañ tropieza con unas palabras subrayadas en el libro que consulta, las cuales forman un extraño mensaje. A partir del momento en que lo comparte con sus compañeros de piso, se inicia un juego adictivo y peligroso que les llevará de un libro a otro, de una pista a otra, en pos de un secreto largamente codiciado.

Uno de esos estudiantes es el propio autor, que narra mediante la técnica del flashback aquellos años en la universidad de Columtown y que, consciente de la inutilidad de toda obra literaria, no pretende otra cosa que desahogarse: «Hay misiones y propósitos destinados irremisiblemente al fracaso. Si la literatura es uno de ellos, estoy marcado, entonces, con la aureola de los derrotados».

Retrata la novela con minuciosidad entomológica el vacío existencial de sus personajes y grita que la vida no sólo está en los libros, pese a rendirles un sentido homenaje. Más de uno recordará la difícil época estudiantil, sobre todo si eligió un país extranjero, y se identificará con las pasiones secretas, que tarde o temprano salen a flote.

No sabemos cuánto habrá de realidad o ficción en Destilando Fantasmas. Lo que parece claro es que José Payá Beltrán ha escrito un mensaje en la página de nuestro facebook o nuestro twitter. Dice, citando al agente Mulder, que «la verdad está ahí fuera».


sábado, 16 de marzo de 2013

TE QUIERO, TÍO

 
     La última vez que a Carlos se le ocurrió estrechar lazos con su padre, no fueron a pescar como siempre.
     Fueron al cine.
     Carlos estaba harto de que sus aficiones no se tuvieran en cuenta a la hora de escoger la actividad a compartir. A él lo que le apasionaba era el cine. En los últimos años podían contarse con los dedos cortados de una mano las veces que padre e hijo habían quedado a pasar la tarde, y siempre le tocaba ver un partido de fútbol o salir a pescar. Pero ya estaba bien. Aquel abuso se iba a terminar. Se lo expuso de manera sucinta:
     —Papá, es gratis.
     —De acuerdo, hijo.
     La semana anterior, la mujer de Carlos había ganado un par de entradas por la compra de productos de cosmética. En realidad, por ese precio le podían haber regalado perfectamente un viaje a la luna.
     El primer escollo estaba salvado. El segundo acababa de empezar. Había que elegir película. El vestíbulo del cine estaba atiborrado de palomitas humanas, una de esas raras especies que se forman por mutación. Mastican ruidosamente, y jamás se enteran de la película. Un sudor frío recorrió la espina dorsal de Carlos cuando su padre hizo el siguiente comentario:
     —¿Es que esta gente no cena en su casa?
     —Deja en paz a la gente y dime qué quieres ver.
     El veterano en miles de batallas, surcada la frente por arrugas más profundas que el infierno, no tuvo más remedio que reconocer que un miserable folleto con la programación de quince salas le estaba venciendo.
     —¿Es que en este cine no echan películas de Pajares y Esteso?
     Carlos supo entonces que se había equivocado al arrastrarle al cine, que había sido un capricho infantil, pero ya era tarde para echarse atrás. Tendría que decidir él por los dos.
     —Aquí hay una película interesante. Una comedia.
     —Ni hablar.
     —Pongámonos a la cola, y mientras tanto decidimos.
     La cola, en otros tiempos eterna, se disolvió rápidamente y la cajera les taladró con la mirada. Carlos y su padre no se ponían de acuerdo.
     —¿Es de maricas?
     —Trata sobre la amistad entre hombres.
     —No sé, no sé…
     —Otro día vemos una de Pajares y Esteso, que hay prisa.
     Carlos, sin saberlo, estaba vengándose por todos los partidos de fútbol y las tardes de pesca. Necesitaba salirse con la suya. Su padre cedió a regañadientes.
     —Porque tenemos entradas gratis, que si no… Dos butacas, señorita.
     —¿Para qué película? —dijo la cajera aún más fastidiada ante la visión de aquellos vales.
     —«Te quiero, tío» —anunció satisfecho Carlos.
     —¿No será de maricas? —repitió angustiado el hombre, ya dentro de la sala de proyección.
     Aquella era la película ideal para ver con un padre de cincuenta, pero no con uno de setenta. Lamentablemente, los padres no se eligen. Carlos suspiró. Su mente voló, con treinta años largos, a otra sala de cine con un hombre más joven que le abrazaba a la luz de la oscuridad. Tenía seis años. Era el estreno de «Superman».
     Se espabiló gracias a un antropófago de las palomitas. Sin querer, Carlos había echado una cabezada. Demasiadas emociones. En la gran pantalla, dos tipos en plena cogorza renegaban de las mujeres. Al reparar en la butaca vacía, no se angustió, pues su padre toma cierto medicamento que dispara las aguas menores. Empezó a inquietarse al cabo de un cuarto de hora.
     Salió al vestíbulo desierto con aire de niño perdido. Carlos interrogó a una azafata extranjera. No recordaba haberle visto acompañado, y menos por un viejo testarudo. Registró los aseos. Incordió en todas las salas de proyección. Se lo había tragado la tierra.
     Estaba a punto de abandonar el edificio, amasando rabia por la posible huida de su padre al sofá de casa, prometiéndose que no le perdonaría jamás, cuando su mirada descendió por unas escaleras que antes no estaban allí. Sería, con toda probabilidad, un almacén subterráneo.
     Oyó gemidos y temió la existencia de una secta satánica que operaba en los sótanos de los cines. ¿Quién se iba a enterar de sus misas negras, de sus sacrificios sangrientos, de sus orgías sin fin? Sintió más curiosidad que prudencia. A medio tramo de escalera, escuchó con atención. Lo que allá abajo se estaba cociendo era una barbaridad. Y a juzgar por las risas, de las gordas.
     Carlos empujó la pesada puerta, que más bien parecía el portón de una mazmorra. La gente allí reunida no se refocilaba por los suelos enmoquetados ni usaba prendas sadomasoquistas. Reconoció al instante la película y a su padre sentado en primera fila. Era «Yo hice a Roque tercero». Un acomodador le condujo, linterna en mano, hasta su asiento.
     —¿Ya te has despertado? —dijo a modo de disculpa—. Pensé que un terremoto no te afectaría. Estabas roncando, te lo aseguro.
     —Podrías haber avisado —reprochó Carlos.
     —Volvía del baño, cuando reparé en las escaleras que tú has recorrido hasta encontrarme. Creí que no te despertarías. Y ahora calla, déjame ver la película.
     —Promete que no volverás a abandonarme.
     —¿Cómo?
     —Lo que has oído.
     —Yo no te he abandonado.
     —Peor que eso. Lo has hecho sin que me diera cuenta.
     —¿Es que no vas a dejarme en paz nunca? Quiero ver la maldita película. Haces una montaña de un grano de arena.
     —Soy tu hijo, ¿recuerdas?
     —Muy bien. Tú lo has querido. No te dejaré ni a sol ni a sombra. ¿Estás contento?
     —Promételo.
     —Lo prometo.
     Carlos abrazó a su padre, y no pudo evitar primero una sonrisa, luego una carcajada. No era por la película. Era que por fin, después de tanto esfuerzo, estaban haciendo algo juntos. Aunque fuera lo de siempre.
     —¿A que la mía era mejor que la tuya? —preguntó a la salida del cine, orgulloso de su elección.
     —No lo sabremos nunca —respondió Carlos.
     —Otro día volvemos, no te preocupes.
     Ahora Carlos no puede quitarse de encima a su padre. Desde que descubrió la filmoteca, y sobre todo los descuentos para jubilados, se ha aficionado tanto al cine español que no quiere saber nada de pescar. La semana que viene proyectan un ciclo sobre Joselito. Ya ha adquirido un bono por diez películas.
     A las puertas del cine, presume ante su hijo:
     —Ahora no dirás que no hacemos nada juntos, y encima lo que a ti te gusta.

Vareando nubes
Atlantis, 2012

sábado, 9 de marzo de 2013

MIEDO


















—Te dije que no viéramos esa peli de terror, que iba a darte miedo.
—Papá, eres tú el que has venido a mi cama.
—Ya, hijo, pero tú me has llamado.
—Yo no, mi amigo invisible.


martes, 26 de febrero de 2013

CRÍTICO LOCO























Un amigo me dijo en una ocasión que, para él, la vida tenía banda sonora. Estoy de acuerdo.

De mi época universitaria recuerdo el tostón que suponía aguantar no ya a los escritores sino a sus críticos. Leíamos tanta crítica literaria que no me daba tiempo a saborear las obras originales. Llegué incluso a desengancharme de la lectura como diversión.

Hubo un profesor de la carrera, uno solo, que me enseñó a amar el cine y el teatro en relación con los libros. Era un oasis. Ya no recuerdo la letra, pero no he olvidado la música de su asignatura.

Con los años, la lectura de un libro de cuentos o una novela me ha evocado una determinada canción o el fragmento de una película. Y lo he utilizado en mis críticas literarias, escritas con más empeño que sabiduría. Algunas de las más leídas del 2012 han sido El anticristo, Pequeños detalles y Canalla sentimental. También brillaron El cruel adiós y Enredados.

La literatura se enriquece de otras indisciplinas artísticas. A día de hoy, les digo a mis profesores de entonces: un libro que no se escribe desde la emoción no merece la pena leerlo, y una crítica que no transmite emociones, además de conocimientos, no merece la pena escribirla.



martes, 19 de febrero de 2013

LOS PUNTOS SOBRE LAS ÍES

 #Dedicado a Liuva

     Rosa encendió la luz del cuarto de baño. Eran las siete de la mañana. Una voz familiar le advirtió del peligro.
     «Escapa ahora que puedes. Vete lejos. A un lugar concurrido. Él está a punto de despertarse. Y entonces ya sabes lo que va a ocurrir.»
     «¿Adónde? No hay escapatoria. Él me encontraría aunque me escondiera en los confines de la tierra.»
     «Pues vuelve a la cama. Sigue durmiendo. Tómate un frasco entero de pastillas.»
     «Lo siento, tengo que trabajar.»
     Lentamente, Rosa se fue desnudando para darse una ducha. El agua estaba un poco fría y eso la reconfortaba.
     Cuando se quitó el albornoz para vestirse, no pudo evitar que su barbilla descendiera y su vista se posara en la cicatriz.
     El pecho fantasma la saludó entonces con su habitual tono de burla:
     «Hace un día espléndido para ir a la playa, ¿no crees?»
     «Quizás el domingo.»
     «¡Venga ya! No me hagas reír. El verano pasado no te pusiste el bañador ni una sola vez.»
     «Los médicos dijeron…»
     «No dijeron un carajo. Estás curada y tú lo sabes.»
     «Era demasiado pronto.»
     «Me temo que siempre va a ser demasiado pronto para ti, querida.»
     «Bueno, bueno, no me atosigues. Necesito pensarlo.»
     «No hay nada que pensar. No te estoy pidiendo que hagas topless. Sólo un par de capuzones.»
     «Seguiremos esta conversación en otro momento. Ahora tengo que vestirme urgentemente. Se me hace tarde.»
     El pecho fantasma no la dejó vestirse en paz, sino que le regaló el oído con la segunda cinta rayada del día:
     «No soporto ese sujetador de relleno. Me tiene frito.»
     «Yo tampoco, pero es estético.»
     «¿A quién coño le importa la estética? ¿Es que nunca has visto un pase de modelos? Desfila una joven esquelética con una hoja de parra cubriéndole sus partes pudendas, y a eso lo llaman creatividad.»
     «¿No querrás que alguien note…?»
     «Dilo. Anda. No te cortes.»
     «No pienso decirlo.»
     «Yo lo diré por ti. Que alguien note que estás horriblemente mutilada.»
     «¿Y qué? ¿Algún problema?»
     «Me preocupo por ti. Eso es todo.»
     «Mira, te conozco de sobra. Yo te importo un comino. Lo que pasa es que el sujetador te impide decir lo que te da la gana. Y a los bocazas como tú eso les revienta.»
     Dicho esto, Rosa se abrochó el cierre del sujetador y el pecho fantasma se puso a rezongar como un marido despechado.
     «Así está mejor. Calladito estás más guapo.»
     A la mañana siguiente, ella no esperó a que él iniciara su infantil retahíla de quejas y reproches. En cuanto abrió la boca, le puso los puntos sobre las íes.
     «No pienso ir a la playa ni quemar el sujetador de relleno. Al menos, hasta que no llegue tu sustituto de silicona. Va siendo hora de que busques otra tonta a la que fastidiar.»
     Durante unos instantes, la callada por respuesta. Una mosca zumbona se posó encima de un grifo que goteaba sin descanso. Rosa no pudo evitar que, antes de enmudecer dos o tres días, el pecho fantasma le escupiera:
     «Puta.»


Atlantis, 2012

martes, 12 de febrero de 2013

ADICCIONES


Mi mujer está enganchada al programa americano Mi extraña adicción (canal Xplora). En él se desgranan testimonios de personas que se comen las cosas más impensables, desde papel de váter, como lo oyen, a detergente o las cenizas de un ser querido.

Entre mis múltiples adicciones, escribir la peor de ellas, hay una que me da especial reparo admitir: estoy enganchado a las ofertas. El otro día fui al cine por cuatro euros. Era lunes y hacía frío, pero me dio igual. Conocí a otros chiflados como yo, bolsas de comida en mano, y eso lejos de consolarme me ofreció la imagen exacta de la realidad en que vivimos.

Me decanté por la comedia romántica El lado bueno de las cosas (David Russell, 2012). Un tipo sale de un sanatorio mental, donde ha sido recluido por arremeter salvajemente contra el amante de su mujer. Lo más increíble, o no tanto, es que se aferra a la posibilidad remota de volver con ella.

Uno puede optar por quedarse en casa, lamentando no tener dinero para comprarse un viaje a Cancún, o bien dejarse arrastrar por esta extraña adicción a las ofertas. La inmoralidad es para pensársela, aunque hay que echarle sangre fría, y los españoles tenemos la sangre hirviendo.



jueves, 24 de enero de 2013

HISTORIAS DE LA PUTA CRISIS























El fin del mundo no fue en diciembre de 2012. Seguimos aquí, leyendo historias para superar la cuesta de enero, que se presenta especialmente resbaladiza.

Esther Requena es una maestra en el arte de levantar el ánimo, lo cual tiene mérito cuando se trata un tema del que todos andamos un poco hasta los urdangarines (el chiste es del humorista alicantino Rubén Padilla).

Lo primero que llama la atención en Historias de la puta crisis (Atlantis & Netwriters, 2012) es que se trata de relatos engarzados, al estilo de Las mil y una noches, por la misma temática y los mismos personajes. Entre ellos, destaca Charo (cuarentona en paro indefinido), Bea (argentina que domina el arte de la labia), Laura (que se enamora siempre de hombres casados), Simón el Muermo (coladito por Charo desde la adolescencia) y Carmen (pintora enferma de cáncer). El último cuento del libro unifica y da sentido al resto.

El segundo detalle que me parece interesante destacar es el lenguaje empleado por la autora, deliberadamente conversacional y con un punto de emoción, el más idóneo para hablar de una crisis que afecta a amigos, familiares, vecinos. Incluso a nosotros mismos. Porque Charo, «alter ego» de Esther Requena, narra en primera persona sus bretes para sobrevivir, que nos divierten como una película de Charlot. Esa es la magia de la literatura.

La crisis, además, nos vuelve un poco pícaros: aprovechamos la complicidad que surge con un cobrador de la luz, compartimos piso con una amiga para ahorrar dinero, ligamos pidiendo «las tres últimas nóminas, la declaración de la renta y un recibo de luz».

Espero que cuando acaben las ofertas y las sonrisas hipócritas, algunos hayamos aprendido la lección. Entonces saldremos a la calle a charlar con gente como Esther Requena o Enrique Gracia (no olvidemos sus geniales ilustraciones), cultivando en lo posible ese lema de La Bola de Cristal: «Solo no puedes, con amigos sí».

martes, 15 de enero de 2013

A RAS DE SUELO


















2012 ha sido el año de la publicación de Vareando nubes, mi segundo libro de relatos, cuyo prólogo firmaba la escritora Maribel Romero.

La diferencia principal con respecto al anterior trabajo es que no me pilló de nuevas el hecho de tener que hablar en público. Aún así, mis previsiones se desbordaron. Presenté el libro en el Café Garbí de Alicante. Regresé a la ONCE para leer un cuento pajillero que desató la polémica. Firmé algunos ejemplares en el Mercado Central de Alicante y en la LXXI Feria del Libro de Madrid, donde Mari Carmen Azkona me contuvo para no estrangular al librero. Y por si esto fuera poco, di charlas en una librería de San Vicente y una biblioteca de Murcia, acompañado en ambas ocasiones por escritores y amigos de los que nunca más volví a saber.

Bueno, miento, con David Revert me he tomado alguna cerveza desde aquella tarde en Libros 28. Aún me sonrío cuando recuerdo la admirable teatralidad con que leyó el cuento «Jugar al escondite». Hasta a mí, que lo había releído tantas veces, me hizo gracia.

Mi hijo canta aquello de primero cagón, segundo campeón… En 2012, al quedar finalista de algún premio o sencillamente donar un relato, me colé en las siguientes antologías: Cachitos de amor (Acen), Conseguir los sueños (Hipálage), A este lado del espejo (QVE) y Microcrímenes (Falsaria).

En 2013 espero dedicar mis noches a cocinar, a fuego lento, el libro que cierre la trilogía que comenzó allá por 2009 El Mirador. También continuaré recopilando los microrrelatos que conformarán una obra al alimón con la escritora alicantina Esther Planelles.

Ahora me viene a la memoria que en Vareando nubes no ha habido sólo sonrisas. No dejo de preguntarme si la maldita ficción de un cuento puede convertirse en realidad, alcanzando a amigas bibliotecarias. Tampoco dejo de pensar en que se me escapó algo de mala leche. También mucho cariño. Cuando las nubes están a ras de suelo, la ficción se parece peligrosamente a la realidad.



jueves, 3 de enero de 2013

ILUSIONES


















Al final del espectáculo, la titiritera nos lanzó pulgas. Los padres nos reíamos cómplices en el engaño. ¿Qué te ocurre, Clara? A la pobre no le había caído ninguna. Desde que ha empezado a picarle la cabeza, no cesa de repetir: «Papá, me cayeron todas».




¡Feliz 2013!

miércoles, 19 de diciembre de 2012

LUNES




El calor juega en el parque —dijo Clara refiriéndose a aquel octubre de sol y moscas. O tal vez a que era lunes, estaba enferma y en el parque no había un solo niño con el que jugar.





Feliz Navidad y hasta la vista.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

SI TÚ ME DICES VEN























Quien no se haya enamorado alguna vez de la profesora de naturales o de la compañera de instituto, que tire la primera piedra. Sin embargo, pocas veces ese primer amor resiste el paso del tiempo. Si lo hace, quizá esté condenado a convertirse en el amor disfrazado de amistad que tan bien retrata Manuela Maciá en Eternamente Helena (Juan Gil-Albert, 2009).

Dice el escritor Germán Sánchez Espeso que «lo terrible de los deseos de la infancia es que casi siempre se cumplen». En la novela que nos ocupa, el joven Cirilo se enamora de Helena como un besugo. Cuando ella se fija en Ricardo, el único amigo de Cirilo, este se conforma con fingir una amistad que lo deja «solo, completamente solo ante aquel amor viejo y nunca gastado».

Además de su obcecado silencio amoroso, Cirilo calla a todo el mundo su vocación literaria. Al principio, cede al deber de convertirse en un abogado de provecho. No tardará en alumbrar en secreto su primer libro de poemas, que envía a la editorial de Octavio Escudero bajo el seudónimo de Daniel. 

Ojalá existieran más editores como Octavio, que la autora define como un «enamorado de la poesía». La literatura dejaría de ser un negocio de churros para hacer justicia a tanto genio en la clandestinidad.

Me he sentido hechizado por el lenguaje que Manuela Maciá despliega en esta novela, ansioso por conocer el final y, al mismo tiempo, retrasándolo al máximo. Uno llega a simpatizar con el personaje de Cirilo, que representa al soñador que habita en nosotros, y acaba odiando al personaje de Helena por estar o por querer estar tan ciega. Ni las vírgenes merecen tanta devoción.


jueves, 6 de diciembre de 2012

RAS



















«España es una e indivisible…» ¡Ras! El president se limpió el culo con su parte favorita de la Carta Magna.

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