miércoles, 3 de junio de 2015

NADA














El chaval entró al aula con el ceño fruncido, se sentó y puso cara de esperar que el tiempo pasara rápido.
—¿Qué tienes para hoy? —pregunté.
—Nada.
Adoptando un tono profesional, comencé la explicación del tema: «En el principio, no había nada sino Dios…». En ese preciso instante, de forma casi milagrosa, el alumno recordó unos deberes que le habían mandado en el colegio.



Más historietas en la página de Academia Nova.


miércoles, 27 de mayo de 2015

JUAN XXIII RESURRECTION

¿Quién no se ha hecho el sueco alguna vez ante la perspectiva de tener que saludar a un viejo conocido? Estos ocasionales olvidos, no se sabe muy bien por qué, abundan entre antiguos compañeros de colegio. Las redes sociales han contribuido a relacionar a quienes no pensaban volver a verse ni en pintura. Este es mi relato para quienes no pudieron o no se atrevieron a desempolvar telarañas.

Un día me topé en facebook con Alfonso López, que curiosamente se llama igual que mi hijo. Estudiamos juntos en el colegio Juan XXIII —en la actualidad Pedro Herrero—. Hubo un amago de tomar café, pero la cosa quedó en el aire. Al cabo del tiempo, coincidí con otros compañeros, y la intención inicial se transformó en una quedada.

Alfonso López y Óscar Crespillo, de forma completamente altruista, se echaron a la espalda la responsabilidad de organizar todo el tinglado. En primer lugar, eligieron una fecha: el 9 de mayo de 2015. Luego montaron un grupo de whatsapp para que todo el mundo se pusiera al día.

A lo largo de varias semanas, intercambiamos mensajes unos con otros para completar el rompecabezas de los recuerdos, tan caprichoso que ilumina solo lo que le conviene. Hubo un instante de tensión por culpa de la dichosa política que estuvo a punto de desbaratar los planes. Estoy seguro de que muchos contuvimos el aliento, como en una repetición del 23F. Por fortuna, se impuso el sentido común. También hubo un compañero que ingresó en el hospital. Fue un placer saludarle en la quedada.

Supe que faltaba poco para la cita cuando la chaqueta de invierno dio paso a la camiseta de manga corta. Típico de Alicante. Óscar Crespillo, que asegura que no obtuvo comisión, hizo una reserva para comer en el restaurante Los Faroles. La gente empezó a confirmar quién asistiría.



La víspera hubo quien confesó estar nervioso. Yo lo estaba. Hacía más de veinticinco años que no veía a mis compañeros de colegio. Pero la emoción dominaba sobre el resto de sentimientos.

El primer mensaje que leí el 9 de mayo fue el de Fernando Paterna, que invitaba a los residentes en el barrio de Carolinas a bajar juntos hasta la Plaza de las Flores. Allí nos habíamos citado para romper el hielo con una birra helada.

Ese sábado, la conocida Plaza del Mercado Central era un hervidero de gente celebrando el tardeo. Sin embargo, entre aquella multitud no resultó difícil localizar al grupo del 74. Solo teníamos que buscar las canas. Los primeros segundos de apretones de manos, abrazos y besos no se pueden expresar con palabras. Hay que vivirlos. Alguien me pasó una cerveza. No tardamos en hablar a gritos como si estuviéramos a la puerta del colegio. Una tamborada rompía los tímpanos.

Algunas chicas vinieron después, provocando un revuelo de admiración a su paso. Mientras aparecían, habíamos ocupado la mesa reservada en el restaurante. Me tocó junto a Vicente Lillo, el fotógrafo del grupo. A su lado se sentaba Alberto Alonso, que decidió incorporarse a última hora. A mi izquierda se colocaron los organizadores.

Para ser franco, la comida me pareció escasa. Curiosamente, nunca me había importado tan poco. Los recuerdos nos tenían tan embelesados que apenas hacíamos otra cosa que beber y hablar. Se mencionó la bofetada de don Antonio a cierto compañero que solo le preguntaba si se había hecho daño al caerse de la tarima. Otros profesores nos marcaron de una forma menos bestia, como José Catalá, Antogonza o Jose Miguel Rodríguez.



Tras los cafés, llegaron inevitablemente las primeras despedidas. El resto fuimos a tomar una copa al barrio. Allí me senté con otra gente y vuelta a empezar. Charlé con Toni, la pareja de Eva Ponce. Tienen un campo donde a veces organizan fiestas.

La segunda copa reunió a un grupo ya bastante mermado de supervivientes. Comentábamos alegres lo bien que había salido todo. Creo que las claves fueron respeto y ganas de disfrutar.

Me despedí de mis compañeros con una sonrisa en los labios. No fui de los primeros ni de los últimos en irse. Los más valientes se quedaron hasta las tantas de la noche.

Ha habido en esta experiencia una especie de catarsis, gracias a la cual me he librado de muchos complejos. Siempre fui el raro de clase, y en cierto modo lo sigo siendo. Qué importa. Digan lo que digan, la amistad de la infancia dura para siempre.



miércoles, 20 de mayo de 2015

FESTÍN FAMILIAR



















     Aunque parezca una locura, no tengo pudor en afirmar que deseo fervientemente la llegada de las comidas familiares. Ya sé que la mayoría de mujeres de mi edad odia cocinar para tanta gente, pero a mí me encanta diseñar el menú, llevarlo a cabo, servirlo y observar las reacciones de los invitados. En especial la de mi prima Alicia. Llevo enamorada de ella desde los catorce años.
     No recuerdo bien la fiesta que reunía a toda la familia, pero sí a la perfección el aburrimiento pintado en el rostro de mi prima mientras jugábamos nuestra tercera partida de parchís. Nos habían dejado tiradas en la alfombra de su cuarto. Mi cara también debía ser un poema porque Alicia dijo algo que no se me olvidará jamás: «Les estaría bien empleado si desapareciéramos ahora mismo». Como éramos pequeñas, optamos por escondernos en un armario durante un rato. Las horas pasaron igual de lentas que antes. Se oían conversaciones y risas amortiguadas por la madera. Aún sueño en noches de verano con lo que selló mis labios. Era un beso húmedo. Nadie me besaría jamás así, ni siquiera mi marido. La oscuridad hizo el resto. Desató una mezcla de olores y sabores que, aquella primera vez, dejó satisfecha solo la necesidad de cariño.
     En las siguientes reuniones del clan de los Martínez fuimos cada vez más precisas y menos cautas. De hecho, nos excitaba dejar la puerta entreabierta o emitir gemidos glotones. Nadie se acercó nunca por allí a ver qué pasaba. En una ocasión, cogí un tarro de miel de la nevera y unté los pezones de mi prima. Tuve que taparle la boca para que no acudieran los bomberos. Yo misma apagué el incendio que quemaba entre sus muslos. Sin embargo, lo debí avivar, porque aún espera con impaciencia esos dos o tres encuentros que tenemos al año. Mientras nuestros maridos, padres e hijos beben y beben como los peces en el río, nosotras corremos a poner el lavaplatos o a limpiar la encimera. Se tragan cualquier excusa con tal de librarse del trabajo sucio.
     Si alguna madre o hija se entromete, recurrimos al vil pretexto de que las primas quieren ponerse al día, contarse sus cosas, arreglar el mundo. A nadie le extraña porque siempre nos hemos querido mucho. Lo que no sospechan es de qué manera.

miércoles, 13 de mayo de 2015

DIRECTO AL CORAZÓN
























La magia no se enseña. Tienes que aprenderla solo.

No sé por qué me gusta tanto esta frase. Quizá veo en ella al escritor sentado horas y horas con la única compañía de su fe inquebrantable en forjar historias. Pertenece a El último truco de magia (Edebé, 2015), otra novela juvenil de Maribel Romero Soler que tus padres te robarán a escondidas.

El comienzo es un poco triste. Olivier, un mago en horas bajas, intenta amenizar un cumpleaños con algunos de sus trucos, pero sufre las burlas crueles de los niños. Para colmo de males, la paloma se le muere dentro de la chistera. Esto convence al mago de que debe retirarse a un asilo, pero antes visita el museo. Allí decide demostrarse a sí mismo que aún vale. Al mismo tiempo, una muchacha aparece en una playa de Valencia. Viste un traje blanco largo hasta los pies y no recuerda ni siquiera su nombre. Pronto se hace amiga de Nuria y Tristán, dos adolescentes que se han fugado del instituto. Mientras la joven recupera la memoria, la llaman Paloma.

Una de las características más llamativas de la obra juvenil de Maribel Romero es que no tiene edad. De hecho, aunque El último truco de magia está recomendada para chavales de segundo de secundaria, cualquier aficionado a la lectura la disfrutará igualmente. Me recuerda a las películas de dibujos actuales, llenas de guiños hacia los adultos. Por ejemplo, esta indirecta sobre la corrupción política: «—¡Qué barbaridad! —exclamó el taxista—. Cada día los ladrones son más sofisticados. Si los políticos fueran así de eficientes, nos irían mejor las cosas».

El gran reto de cualquier escritor consiste en elaborar personajes creíbles. Para lograrlo, emplea trucos como describirlos o que se expresen de una determinada manera. En este sentido, Tristán y Nuria parece que van a salirse del papel de lo auténticos que son. De hecho, la chica lleva tres piercings, cuatro tatuajes, el pelo rojo y las uñas negras. Nada raro en un adolescente de hoy.

Entre los valores que desprende esta novela, aparte de una sana diversión, quisiera destacar uno que me parece fundamental: el trabajo en equipo. Al principio de esta reseña hablaba de la soledad del escritor, pero una historia no estará acabada del todo hasta que un lector de confianza no le dé el visto bueno. Solo me queda añadir que El último truco de magia me ha tenido más picado que las pipas, que he sufrido y reído con sus personajes, que es literatura de calidad directa al corazón.


miércoles, 6 de mayo de 2015

LOS ABANDONADOS



















Paseando una mañana, encuentro un montón de literatura en una vieja maleta. Está rota y tirada en la calle. «Alguien debe de haber organizado una orgía de liberar libros», pienso. Empiezo a revisarlos con la intención de llevarme alguno a casa. Al final, con ayuda de mis hijos, nos los llevamos todos. Un vecino sale apresuradamente de un portal, chocamos y varios libros que transporta en una bolsa de basura caen al suelo, entre ellos una edición preciosa de la Biblia. Juraría que el tipo enrojece de vergüenza mientras farfulla una disculpa. «Yo también sé lo que es vivir frente a una iglesia», digo ayudándole a recogerlos.

miércoles, 29 de abril de 2015

EL SEÑOR (8)














Pedro, mi marido, se ha quedado con cara de gilipollas. No encuentro un término mejor para describirlo.

En cuanto ha entrado por la puerta, Nuria ha pretendido dejarnos a solas para que hablásemos. Sin embargo, yo he preferido que esté presente. Pedro se ha pensado lo peor, pero le he tranquilizado al respecto con una caricia en la mejilla.

Me ha mirado sin comprender nada cuando he llenado un vaso hasta arriba y, a continuación, le he pedido que se lo bebiera.

—Es whisky. Sabes que no bebo —ha dicho.

—Bebes o no hay historia —ha afirmado tajante Nuria.

He comenzado por el principio: el trabajo en casa del señor y las extrañas visitas nocturnas. Luego he explicado de la mejor manera posible el raro poder que me ha transmitido el anciano aristócrata, y la posibilidad que tengo de convertir a otros en invisibles. En este momento, Pedro ha soltado una risotada. Al cabo de un instante, ha añadido:

—Mira, no me cuentes milongas. Soy tu marido. Estoy preparado para lo que sea: te has metido en una secta, sois lesbianas, un tumor. Lo que sea.

Me he sentado en sus rodillas y, tras posar un beso en sus labios, le he arrancado un botón de la chaqueta. Pedro se ha puesto de pie y ha empezado a buscarme frenéticamente. Luego ha zarandeado a Nuria para que le dijera dónde me había escondido. Finalmente, ha gritado mi nombre.

—Calla. Me vas a dejar sorda —le reprocho quedamente—. Además, me has tirado al levantarte con tanta brusquedad.

—Coño, Tina, es que te has vuelto invisible de verdad.

Con hilo y aguja, mi amiga acaba de coser el botón. Pedro toca mi cuerpo como si me viera por primera vez.

viernes, 17 de abril de 2015

EN LA RADIO
















El pasado 14 de abril, día en el que curiosamente se conmemora la Segunda República, fui entrevistado en la radio.

La entrevista se realizó de forma distendida —casi no me di cuenta de que era mi primera vez— en el programa Utopía Bohemia de Radio Mutant, la emisora libre de Alicante. Semanas atrás, se había puesto en contacto conmigo Ángel Gas, que junto a Samuel Manzanas pilotan este espacio radiofónico de corte cultural.


Ángel tuvo la gentileza de tomar un café previo a la grabación del programa. En una cafetería del centro de Alicante, hablamos de poesía y relatos. Coincidimos en que ambos géneros cuentan una historia en pocas palabras. La poesía, sentimental. El relato, mundana.

No es cuestión de contarles la entrevista. Será mejor que la escuchen (dura hasta el apagón). Baste decir que repasé mi breve trayectoria, hablé de mi nuevo libro y, lo más importante, me sentí en todo momento entre amigos.




miércoles, 1 de abril de 2015

YA




El hombre ocupado le dijo a la muerte: si has de llevarme que sea ya.




Hasta pronto, mirones.
Felices fiestas.

miércoles, 25 de marzo de 2015

PELUSILLAS




Juro que no había leído a Eduardo Berti cuando le propuse a Esther Planelles escribir PELUSILLAS EN EL OMBLIGO. Hace poco, encontré en un libro del argentino esta hermosa greguería: «Lo peor de la pelusa es que nos atasca la hélice del ombligo». Casualidad o no, puse el grito en el cielo. Y yo que me creía el más original.

Cierta sensación de deja vu me ha acompañado hasta hoy. Podría haber elegido el camino esperado de iniciar una novela, como aconseja el sentido común, pero escogí aquello que realmente me apetecía. Me dediqué a los montaditos literarios. Ya lo intentaba, con más pena que gloria, en un concurso semanal de microrrelatos cuyo nombre no importa. Esther empezó a intentarlo conmigo y, de pronto, éramos adictos a los 140 caracteres. Los jueces nos dieron pocas alegrías, pero alimentaron nuestras ganas de superación.


Luego, en plena crisis económica, la cafetería Suquia ofrecía refugio toda la mañana por un par de euros. Allí creció Pelusillas en el ombligo. Para seleccionar unos cuentos-tapa apetitosos, teníamos en mente a cualquiera del barrio leyéndolos en el autobús o el metro.

El manuscrito quiso trabajar en librerías y le escribimos una carta de recomendación, que afortunadamente cayó en manos de Lastura. Esta joven editorial, pilotada por Lidia López Miguel, aboga por publicar libros a un precio justo. Una sabia manera de lograr que la cultura, de una vez por todas, llegue a la gente.

En una ocasión, me dijo Esther Planelles que «somos el haz y el envés de la misma página». Ella más poética, yo más visceral. Yo en la nubes, ella en la tormenta. Pelusillas en el ombligo verá la luz este otoño. Empieza la cuenta atrás para que ustedes disfruten del picoteo.




miércoles, 18 de marzo de 2015

ENTRE NOSOTROS
























No hay nada como un cuento de terror a la luz de una buena fogata. Así comienza el filme La niebla (John Carpenter, 1980). Un viejo marinero relata a unos niños la historia de un barco que se estrella contra las rocas y se hunde con toda su tripulación. La leyenda dice que, cuando la niebla regrese, los muertos buscarán la hoguera que les hizo encontrar tan trágico destino.
            
Admito que no tengo el don de escribir un buen cuento de miedo. Sin embargo, Charo Cortés posee esa mirada, llamémosla retorcida, que consigue provocar una inquietud creciente en el lector. Lo demuestra en También hay caballos blancos (Chiado, 2014), su primer libro.
            
Su aproximación al género que inmortalizara Poe se produce desde el prisma de lo cotidiano. Su lema consiste en que el verdadero horror se halla entre nosotros. En este sentido, no esperen vampiros, fantasmas ni hombres lobo. Un pueblo, una clase de spinning, una cárcel o una balsa a la deriva son algunos de los escenarios donde arrancan sus historias. En algún momento de la narración, la autora desliza lo insólito como una mano etérea que te roza el pelo. Cuando miramos por encima del hombro, la trama ya nos ha enganchado irremisiblemente. Lo imposible se vuelve posible con la naturalidad de un mago sacando un conejo de la chistera. Dejas la realidad a un lado y te sumerges en la fantasía. Quizá el ejemplo más paradigmático sea «Rosa», donde nos convence de que un hombre se puede enamorar de una vaca hasta el punto de olvidarse de todo lo demás, incluida su novia. Hay muchos otros, como «Lo que mejor sé hacer», la historia más erótica que he leído jamás. Ya nunca podré pensar en un masaje tántrico con inocencia.
            
El secreto mejor guardado de los cuentos de Charo Cortés son los finales. Algunos cortan la respiración, como el de «Luna llena», donde los animales herbívoros se rebelan contra los grandes depredadores. Otros sirven una venganza en plato frío para todos los gusanos «con gusanitos entre las piernas».
            
Sería difícil no alabar estos relatos por su brevedad, la diversión que proporcionan, su estilo sencillo de frases cortas donde abunda la conjunción copulativa. Pero es mi deber avisar a la autora de una ejecución algo descuidada, para que evite en el futuro las rimas en el lenguaje y puntúe con mayor precisión.
            
La inquietud no es el único sentimiento que generan los relatos de Charo Cortés. En «El bebé», que cierra el volumen, el personaje nos llena de escalofriante ternura al confesar: «Eres la primera persona a la que le cuento esto». Les voy a confesar también algo: por un instante he llegado a creer que También hay caballos blancos.

miércoles, 11 de marzo de 2015

EL SEÑOR (7)
















Oigo pasos en el piso. Estoy lavándome el pelo en el baño y me asomo al pasillo a ver quién es. Aparentemente no hay nadie en el recibidor. Juraría que alguien intenta pasar desapercibido como un yonqui en una convención de metadona. El sonido de unos botines se aleja dejando gotas de sangre en el parqué.
            
Me coloco una toalla a modo de turbante. Al entrar en la cocina, dos detalles captan mi atención: una fregona apoyada en la pared y mi amiga Nuria con una fea herida en la mano. Su cara refleja miedo.
            
—¿Se puede saber qué carajo te ha ocurrido? —pregunto elevando la voz sin querer.
            
—Solo es un rasguño, Tina.
            
Después de realizar un vendaje más bien cutre, preparo una infusión de frutas del bosque para cada una.
            
—Atravesé el escaparate —relata Nuria— sintiéndome como un fantasma en un castillo encantado. La diferencia residía en que el Corte Inglés se encontraba abarrotado a esas horas. La gente contempló atónita libros cuyas páginas pasaban solas, colchones que se curvaban hacia abajo sin explicación, patatas fritas que eran masticadas ruidosamente por mandíbulas imposibles. Corrió la voz de un poltergeist haciendo de las suyas. Cundió el pánico.
            
—No me extraña —interrumpo el relato.
            
Recojo las tazas y regreso con un par de vasos de whisky.
            
—Un vigilante con sangre fría —prosigue Nuria— trató de detenerme mientras robaba un anillo. No hice caso y sacó su pistola. Abrió fuego.
            
En ese momento llaman al timbre y las dos damos un respingo.
            
—¿Quién? —pregunto por el telefonillo.
            
—Tu marido.

miércoles, 4 de marzo de 2015

ESO




















Estimado fulanito de tal,

Lamento comunicarle que en Ediciones Mangantes no publicamos microrrelatos. No obstante, ponemos a su entera disposición —por un módico precio— nuestro servicio de alargamiento de historias. Merece realmente la pena. Aquí han alargado sus historias autores de la talla de Stephen King. El muy cretino las quería incluso más largas, pero logramos hacerle entrar en razón. Le contaré un secreto. La novela «It» apenas era una narración de cinco líneas. En ella, por insólito que parezca, un payaso se asustaba de un niño cuya madre le había afilado los dientes hasta dejarlos puntiagudos. King pensó que aquello nunca daría miedo.


Más historietas en la página de Academia Nova.


domingo, 22 de febrero de 2015

EL LARGO ADIÓS
























No sé ustedes, pero a mí hay escritores que no me llegan. No es un problema de vocabulario, porque algunos parece que te restriegan por la cara su dominio de la lengua; ni tampoco de que ignoren la técnica narrativa, porque son capaces de manejar varios narradores al mismo tiempo. Incluso me cautivan sus historias. Pero, indefectiblemente, llego a la última línea con un regusto amargo en la boca. No me han transmitido nada. Sus relatos son tan banales que se los podrían haber ahorrado.

Seamos claros. Los buenos libros no solo brindan placer estético, sino que sacuden hasta la más íntima fibra de nuestro ser. Hallamos en sus páginas los temas universales que preocupan al ser humano. La muerte, quizá el más misterioso de todos, ha inspirado a muchos novelistas de ayer y hoy. Sin embargo, que yo recuerde, nunca había sido abordada como talismán generador de vida, ni mucho menos se le había otorgado el peso que le corresponde en nuestra existencia. No hasta que Maribel Romero Soler escribió El peso de las horas (Autores Premiados, 2014).

Elisa Lalira ha salido de la consulta del doctor Font con el peor diagnóstico posible: le quedan tres meses de vida. Con el arrebato propio de una mujer joven, decide romper los informes del médico y no contárselo a nadie, ni siquiera a su marido. A partir de ese momento, intentará realizar todas aquellas cosas que nunca se habría permitido de estar sana. No le resultará nada fácil dar esquinazo a la «niña obediente, niña honesta, niña buena» que siempre ha sido.

Lo digo de antemano. Los admiradores del realismo sucio —tan presente en los cuentos de Charles Bukowski— se sentirán defraudados. Que nadie espere que Elisa se abandone a los placeres más procaces o intente asesinar a Belén Esteban. Maribel Romero propone, más bien, una serie de rebeldías al alcance de cualquiera. Acompañaremos a la protagonista en sus victorias y fracasos, sintiendo el acero frío de la guadaña cada vez más próximo.

Las salidas de tono de Elisa van desde comprarse un perro hasta la infidelidad, pero simpatizo especialmente con la decisión de dejar su empleo en una asesoría laboral —ojo, empleo fijo— para vivir intensamente las pocas semanas que le quedan. El personaje que le sirve de cómplice no podría ser más jugoso desde el punto de vista literario, ya que no existe a ojos de los demás. Se trata de una alucinación. La joven ve a su doble, y lo bautiza con el nombre de Asile porque hace lo que le viene en gana. No es la primera vez que la escritora introduce elementos fantásticos en sus novelas. Recordemos el cementerio de hierba o el río circular de El perfil de los sueños.

El estilo de Maribel Romero, con predominio de las comas sobre los puntos, tiene a veces un aire a Saramago. Sin embargo, posee rasgos que la hacen inconfundible. Estás deseando acabar un capítulo para leer otro, los párrafos poseen la extensión justa, hay signos de diálogo —no sé qué perra les ha entrado a algunos escritores con eliminarlos—, y por encima de todo usa un lenguaje tan asequible como una alpargata.

Para rematar la faena, el libro se desliza por la senda de la ironía con una finura muy alicantina. Este chiste, por ejemplo, no oculta cierta admiración por la simplicidad masculina: «Si después de mi adiós definitivo me aguardaba una reencarnación, quizá no fuera descabellado nacer hombre, tener la oportunidad de experimentar, dentro de un cuerpo dominado por un pene, cada una de las sensaciones que nos ofrece la vida.»

Maribel Romero escribió una vez: «… si has sido capaz de extraer un mensaje de un libro jamás lo olvidas.» Quizá el mensaje de El peso de las horas es que ningún vaticinio de muerte puede superar a las ganas de seguir viviendo. Que se lo digan a Elisa Lalira.

sábado, 14 de febrero de 2015

DONDE HABITE EL ALZHEIMER























        
     En la cola para pagar del sex-shop me encuentro a Olvido.
     Al principio no la reconozco; han pasado ya seis meses desde que me diera clases de poesía española, un curso gratuito organizado por el Ayuntamiento.
     Ella sí me reconoce, aunque noto en su sonrisa algo artificial, como una parálisis del gesto. El mío debe de ser idéntico.
     Y es que no es para menos. Nos hemos pillado. Nos azoramos. Ella lleva en la mano dos o tres consoladores de diferente tamaño. Yo, una caja de preservativos comestibles.
     Nos damos los habituales ósculos y a ella se le cae uno de los consoladores al suelo. Lo recoge inmediatamente como si fuera una rata y sonríe nerviosamente mientras reprende a su torpe mano con mirada asesina.
     —¿De compras? —digo lo primero que se me ocurre metiendo la pata.
     —Ya ves, la poesía no lo es todo —responde ella agarrándose a la tabla salvavidas de la literatura.
     Se produce un silencio incómodo.
     —Tú también, ¿no? —contraataca la profesora.
     —A mi pareja le gustan —vuelvo a meter la pata.
     Olvido está viuda. Lo comentó enredada entre versos encendidos en más de una ocasión y en más de dos. Señal de que lo había superado. O tal vez no.
     —No te voy a decir aquello de «Juventud, divino tesoro…», pero, jo, qué envidia… dos cuerpos sudorosos, entrelazados… uf, lo pienso y me pongo mala.
     —No te creas, a veces se echa de menos…
     —¡Venga ya!, no me vengas ahora con remilgos.
     —Es cierto, por eso me apunté al curso de poesía. A veces uno siente la necesidad de algo espiritual, trascendente, puro. Y como no soy creyente ni religioso…
     —Yo te cambiaba mi papel en la función ahora mismo.
     —Mi novia es una lolita caprichosa e insaciable. Me roba los minutos de una forma obscena. No tengo tiempo más que para servirla. Es una tortura. La juventud es una tortura.
     —No digas eso. Mi novio es una noche sin dormir y otra y otra, presa de horribles calenturas que apago con fuego. Y encima estoy perdiendo la memoria.
     —¿A qué te refieres?
     —¿Recuerdas el poema de Cernuda? Solía llamarlo chistosamente Donde habite el Alzheimer, en referencia a la paz que persigue el poeta. A mí me ocurre justo lo contrario. Quiero guerra. Necesito guerra. Ya no tengo recuerdos de piel real, sólo una extraña película pornográfica que cada vez me satisface menos.
     —Entonces, ¿por qué esa clase de artilugios que llevas en la mano? —dije ya completamente envalentonado.
     —A veces a falta de pan…
     —… buenas son tortas —completé y soltamos una carcajada.
     Ahora los sex-shop ya no se esconden en las cloacas del deseo ni en el ataúd del vampiro de la Hammer. Ahora son oasis celestiales donde beber el agua de la fantasía en medio del infierno comercial.
     La caja registradora con su única dependienta ya no queda lejos. Nuestras últimas rivales son dos jovencitas cargadas de juguetes. Hablan de ellos como si fueran zanahorias y pepinos. ¡Qué envidia! Quizá se proponen organizar una reunión de amas de casa, quizá una verdulería del amor.
     Tras la erótica compra, nos separamos, no sin antes prometernos un montón de cafés que jamás tomaremos juntos. Probablemente, sea la última vez que nos veamos. Pero recordaremos este encuentro con una sonrisa. Sobre todo después de comprobar que, por hablar distraídamente o por confiar en una dependienta con gafas de culo de vaso, ella disfruta ahora de mis condones comestibles y yo de sus consoladores fosforescentes.


Atlantis, 2012

viernes, 6 de febrero de 2015

CASTELLANO ANTIGUO




—¿Sabes castellano antiguo? —me pregunta un día una alumna toda atribulada. Ha leído un poema de Jorge Manrique y no entiende la palabra «fenescer».
—Fenecer —traduzco—, que significa morir.
—¿Y por qué no dice morir y ya está?
Agarro su móvil entonces, movido por una fuerza desconocida, y le muestro un whatsapp.
—¿Qué pone aquí?
Necesita unos segundos para entenderlo, pero finalmente logra descifrar parte del mensaje.
—¿Y por qué no lo escribes bien y acabamos antes?



Más historietas en la página de Academia Nova.

viernes, 30 de enero de 2015

EL PORVENIR
























En literatura no hay nada seguro. Un día disfrutas de tu soledad ganada a pluma y, al siguiente, presentas un libro en un acto público. Por suerte, soy un inadaptado que se adapta bien a todo tipo de medios.

Hubo cierto escritor que dijo que me tomaba mi carrera literaria a la ligera. Cualquiera que me conozca sabe que me apasiona escribir, pero a pequeñas dosis.

Escribo cuentos para adultos porque me divierte. Sin horarios ni imposiciones. A golpe de instinto. Me motiva formar una colección, crear un libro. He reunido en los dos útimos años una veintena de historias a las que sumaré unas cuantas más. Algunas de ellas constituirán, espero, mi tercer libro de relatos después de Vareando nubes y El mirador, ambos publicados en Atlantis.

Un proyecto más avanzado es el libro de microrrelatos escrito a medias con la escritora alicantina Esther Planelles. Después de muchos retoques, a mediados de 2014 decidimos probar suerte en el mercado editorial. Hemos recibido rechazos, por supuesto, pero también hasta cinco ofertas para publicar el manuscrito.

Con más suerte que talento, algunas de mis historias aparecieron el año pasado en las antologías El mejor momento (Letras con Arte), Otoño e invierno (Diversidad Literaria), Bocados sabrosos (Acen) y Sucedió en la Feria (Club de Escritura La Biblioteca).

De un tiempo a esta parte, Óscar Crespillo Pérez ha publicado en la revista Alicante Opinión alguno de mis cuentos y artículos. Le agradezco el boca a oreja. También aparece un fragmento de una de mis reseñas en la segunda edición de Microhistorias para libélulas, de Laura Frost. Nada más. Os espero en El Mirador.

martes, 20 de enero de 2015

UN POCO DE JUEGO




Estas últimas Navidades andaba algo tristón cuando recibí una llamada de mi mujer, y por primera vez desde que tengo memoria no me pedía que comprara algo. Me invitaba a reunirme con ella y unos amigos en un local de Alicante llamado Caníbal. Se iba a celebrar una fiesta benéfica con el reclamo de un karaoke y la actuación de una drag queen. 

Aunque la tos de un catarro se resistía a abandonarme, me planté allí en un tiempo record. Lo primero que vi fue a una mujer imponente controlando el percal desde la puerta. Parecía una perita en maromos. Decidí entrar y que fuera lo que el diablo quisiera.

Besé a mi pareja y saludé a sus colegas. La mesa estaba llena de quintos vacíos, de modo que, para no desentonar, fui a la barra a por uno.

Cuando cerraron la sala, miré a un lado y a otro temeroso de descubrir algún vampiro. Pero no. Un tipo anunció que fuéramos afinando nuestras gargantas, pues enseguida daría comienzo el karaoke. También presentó a Sofea Loren, a quien yo había conocido en la puerta, que lucía un vestido rojo verdaderamente maligno.

La perspectiva de cantar provocó toses bastante sospechosas entre el público. Ni el presentador ni la drag se dejaron conmover, y con una sonrisa maliciosa sacaron el primer papelito de la noche. Era la canción «Piensa en mí» de Luz Casal. Sofea Loren se paseó por el local antes de elegir a su víctima. Exhibía porte, descaro y piernas de escándalo. Nos hacía reír con su humor picante, nunca sarcástico. Me rozó el pelo —como si envidiara mi melena de vagabundo—. Entonces volvió al escenario, me miró directamente a los ojos y sacó a mi mujer.

El juego se repitió varias veces a lo largo de la velada, pero me libré de cantar. La que sí cantó fue Sofea Loren —Pedro Azorín en la vida real—, interpretando, entre otros, un tema llamado «La tacones». Si hubiera salido Bunbury, me arranco.


domingo, 11 de enero de 2015

SUFIJOS



















Me dice mi hija que soy un bromero en vez de un bromista. Por esa regla de tres, podría no ser cuentista sino cuentero. Tal vez no sea optimista, sino el mundo muy pesimero: nada excepto el amor merece tomarse demasiado en serio.

FELIZ 2015

Entradas populares

Vistas de página en total