miércoles, 28 de octubre de 2026

DE PROFESIÓN, OFENDIDO













El escritor valenciano Juan Ramón Barat escribe en uno de sus libros de la serie Daniel Villena: «Siempre he creído que no se necesitan motivos especiales para entrar en un cementerio y darse un buen paseo por sus callejuelas llenas de nichos. Cualquier conflicto de los hombres resulta desde esta perspectiva una verdadera estupidez».

Hoy en día, sin embargo, existe una epidemia de la piel fina. Una hipersensibilidad que impide nombrar a las cosas por su nombre. Un buenrollismo que prohíbe hablar de según qué temas —ya saben: los que realmente importan—. Había más libertad en los ochenta que ahora.

Ofenderse por cualquier tontería, como digo, se ha convertido en una profesión. Si una de tus cualidades es la sinceridad, estás jodido. Serás poco menos que un lobo estepario.

El grupo Hombres G —que, por cierto, nunca ha sido santo de mi devoción— estrenaba hace poco la canción «Gilipollas». Los componentes han denunciado presiones para cambiar la palabra por un pitido. Va a resultar que la banda liderada por David Summers son los nuevos Extremoduro. Qué mojigata se ha vuelto la sociedad española y eso que, de momento, gobierna la izquierda.

La censura en el lenguaje podría abocarnos, si no lo ha hecho ya, a una dictadura por lo bajini, a una distopía en la que solo se hablara con eufemismos. La canción «Sufre, mamón» se convertiría en «Sufre, mala persona». La novela «Las brujas» se rebautizaría como «Mujeres que experimentan con hierbas».

Mirar con lupa las propias palabras —te llames Rosalía o Pepe— se me antoja la más terrible de las soledades. Un recado a quien se haya molestado por este artículo: no lo siento.

Publicado en la sección Cartas de los Lectores del diario Información (25/10/2026).

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