miércoles, 14 de diciembre de 2022
INTOCABLE
miércoles, 25 de noviembre de 2020
LA DECISIÓN
Hace la friolera de ocho años que soy voluntario para la Fundación Dasyc. Constituida en Valencia en 1994 como una institución benéfica y sin ánimo de lucro, actualmente, entre otros objetivos, desarrolla proyectos de voluntariado social. El acompañamiento de personas mayores es el campo en el que desarrollo mi labor. No sé muy bien por qué motivo elegí esa franja de edad. Quizá porque mis padres me tuvieron ya cuarentones. Quizá porque José Antonio Beato Herrador me dijo que era donde más falta hacía. Nunca lo sabré.
La Pandemia que todos conocemos me ha impedido realizar las visitas habituales —un día semanal— a mi usuario: José Luis Ruiz Dangla. No siento vergüenza de confesar que lo echo de menos. Han sido ocho años de amistad que han pasado en un suspiro. Recalco la palabra amistad, porque está muy devaluada últimamente. Vivimos en una sociedad donde impera el interés, la zancadilla, la división en lugar del consenso. La propia gestión de esta crisis sanitaria resulta un ejemplo lamentable.
Aunque nunca hemos perdido el contacto telefónico, se añoran las risas en su piso a costa de la esperpéntica actualidad. Llegamos incluso a patentar debates a tres con Nuria, la vecina. Ninguna televisión los habría emitido porque no nos despellejábamos.
Con la llegada del otoño, Dasyc me permitió reanudar las visitas a través de un consentimiento firmado por ambas partes. Siendo yo personal de riesgo por mi profesión y padeciendo José Luis varias dolencias, decidimos de común acuerdo seguir como hasta ahora, es decir, cada uno en su casa. Hasta que pase la tormenta al menos.
Dice Alba Pérez que me queda voluntariado para rato. No veo el día que se acabe esta pesadilla y estrechar la mano de mi amigo.miércoles, 14 de junio de 2017
A CAMBIO DE NADA
Presto atención unos treinta segundos, los que tarda el sacerdote en anunciar que la misa está dedicada a la memoria de José Antonio Beato Herrador, primer voluntario de Dasyc en Alicante. Añade dos o tres palabras de la fundación y, al final, soltando un suspiro reconoce que no tenía ni idea de su existencia.
Ayudar a la gente a cambio de nada podría ser la antesala de la camisa de fuerza y la regadera. No lo discuto. Sin embargo, me permite compartir los problemas reales del mundo, algo que ignoran quienes se dan golpes en el pecho todos los días en misa.
Conocí a José Antonio, que me llamaba cariñosamente su tocayo, en el invierno de 2012. Alba —igual se acuerda— me tomó la matrícula para el carnet de voluntario en medio de un resfriado de los que hacen historia. Pagué la novatada con un señor del que estaba, literalmente, hasta el gorro. No nos llevábamos bien porque me utilizaba sistemáticamente como fuerza motriz para arrastrar su carro de la compra. Triste pero cierto. Entonces apareció un nuevo usuario en mi vida, José Luis. Con él llevo la friolera de cinco años.
No tuve un trato íntimo con José Antonio, ni falta que hace. Hay gente con la que no necesitas entablar amistad para saber que estáis en el mismo barco. Recuerdo como si fuera ayer un día que me llamó por teléfono para hablarme de cierto caso. Su situación de abandono le había puesto al borde del llanto. Así me lo dijo. Estaba hecho de otra pasta, como un Pau Gasol de las personas.
Lo vi por última vez en una conocida librería de Alicante. Me pidió que le firmara un libro para regalárselo a algún compañero. No sé si habrá pelusillas en el lugar donde se encuentra ahora, ni siquiera creo que tenga tiempo de mirarse el ombligo. Él siempre fue, más bien, de dar su mejor sonrisa a cambio de nada.
domingo, 19 de mayo de 2013
VOLUNTARIO
Mayo es el mes de las flores, de la Virgen, del buen tiempo… y se cumple mi primer año como voluntario para una asociación de Alicante llamada Dasyc.
Gracias a mi peculiar trabajo, tengo la fortuna de poseer las mañanas libres. Por eso, elegí pasar un par de horas a la semana con una persona mayor.
Me confiaron a José Luis Ruíz Dangla, un hombre aún relativamente joven. Es parapléjico y vive en un cuarto piso sin ascensor. Algo tan sencillo como salir a la calle, algo tan a la mano de cualquiera es un mundo para él.
Desde el principio, Cruz Roja se comprometió a bajarlo a la calle una vez por semana. Y han fallado más que la escopeta de un guardia. Unas veces por falta de voluntarios, otras porque se había estropeado la silla mecánica, otras por el tiempo (aún no se han enterado de que en Alicante siempre hace bueno). Y cuando venían, apenas disponíamos de dos horas de libertad en silla de ruedas. Casi siempre se demoraban en recogerlo. Si preguntabas por la exasperante impuntualidad, no te respondían. Somos ganado.
A José Luis no le ha quedado otra que rascarse el bolsillo para comprar su propia silla mecánica. Ni Cruz Roja ni la casa que se la ha vendido han previsto mandar a un profesional que nos enseñe a manejar el Terminator. Lo ha tenido que pedir como favor especial. A uno le entran ganas de gritar: eh, capullos, dejad de perder masa encefálica en el gimnasio y venid a hacer algo útil.
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