Apenas mis pies aterrizaron en la moqueta como exiliados de la soledad del asfalto exterior, una señorita dijo por megafonía:
—Estimados clientes, les informamos de que FNAC Alicante cerrará sus puertas a las 21 horas. Disponen de treinta minutos para realizar sus compras. Gracias.
«Treinta minutos son una eternidad», me dije. Y seguí paseando mi tarde ociosa por la vastedad de la tienda. Nadie compraba. Todos miraban. Era una diversión absurda. Me pregunté: «¿Por qué abrirán los domingos? ¿No es una tortura para sus trabajadores? ¿No es un gasto de luz innecesario?». Imaginé a lo que dedicarían esos empleados el precioso tiempo que malgastaban. Calculé que el índice de natalidad no aumentaría gran cosa si tenemos en cuenta los métodos barrera, pero el índice de felicidad se duplicaría. Los lunes nos despertaríamos en estado de gracia: ellos por haber descansado, nosotros por no haber perdido el tiempo. Menos insultos al volante, menos atropellos a la dignidad humana. Acabaríamos con las caras agrias, con los derrames de bilis retenida. Sólo con un día libre. Sospeché la razón de que los dependientes nunca estén en sus puestos. Se rebelan contra el domingo laboral encerrándose en el baño. Llaman a sus parejas, a sus amigos, a quien sea, y les dan cuenta de tamaña injusticia.
—Estimados clientes, les recordamos que FNAC Alicante cerrará sus puertas a las 21 horas. Quedan quince minutos para realizar sus compras. Gracias.
Aquel aviso me devolvió a la cuenta atrás. No es que me importara ser taladrado como un queso gruyer, sólo era un tanto molesto. Recordé entonces el disco de un artista independiente. Un loco. Un cantante catalán que afirma que su única ambición en la vida es el humor. Lo más terrible para una tarde de domingo. Todo el mundo sabe que las tardes de domingo no tienen humor.
Recorrí las avenidas de discos envalentonado por esta hazaña: comprar un disco de humor en una tarde sin gracia. Pronto supe que mi tarea se vería lastrada por dos factores: la soledad y el tiempo.
A pesar de que mi corazón está al lado del obrero explotado, mi alma maldijo a aquellos haraganes de uniforme que cobran un plus dominical por no atender peticiones raras que, sin duda, dilatarían su salida inminente del tajo, de la agotadora jornada laboral.
Me tragué el orgullo y comencé a escarbar como una maruja histérica en rebajas. Busqué en la sección Cantautores, en la sección Variedad Francesa… Aquel hombre iba cobrando simpatía a mis ojos, no porque cantara en catalán, ni siquiera porque fuera humorista. Simplemente, no existía. No existía un apartado para los autores minoritarios. Era un inmigrante que huía en patera de la falta de imaginación de los discos más vendidos. Tratar de salvarlo era un acto de justicia.
Otra cosa me preocupaba. El sonsonete machacón de mi cabeza. Era como si me hubiera tragado a la señorita del megáfono. Traté de vomitarla, pero me había poseído como si yo fuera una pieza más de su engranaje, del gran reloj del mundo. La cuenta atrás se fue acelerando.
—Estimados clientes, les recordamos que FNAC Alicante cerrará sus puertas a las 21 horas. Quedan diez minutos para realizar sus compras. Gracias.
La velada amenaza al paseante dominguero de que le conviene largarse, tras llenarle la cabeza de pájaros publicitarios, tuvo en mí el efecto contrario. Experimenté un desamparo como no sentía desde crío. Quería comprar a toda costa. No mañana ni pasado mañana. Ahora. Susurraban en mi oído las sirenas que si muriese sin escuchar ese disco, grabado con instrumentos inventados, iría derechito al purgatorio del Festival de Eurovisión, o peor aún, al infierno de La Canción del Verano, donde los acordes de «Paquito el chocolatero» o «El chiringuito» se disputarían mi trompa de Eustaquio.
—Estimados clientes, les recordamos que FNAC Alicante cerrará sus puertas a las 21 horas. Quedan cinco minutos para realizar sus compras. Gracias.
Sólo un veterano como yo, curtido en mil rebajas, soportaba la presión de los segundos como sanguijuelas clavadas en la espalda. Todos o casi todos los clientes habían desistido. Algunos sin comprar ni una miserable agenda, secretamente frustrados, acumulando una rabia que se desataría en orgías navideñas.
Una señora encontró el disco por mí. Se lo pedí sibilinamente. El envoltorio de plástico estaba destripado; la funda del compacto, rajada. Sin darle tiempo siquiera a decir un «oiga», volé con mi ejemplar en la mano, tropecé y caí.
—Esta caja está cerrada, caballero, mañana le atenderemos con gusto.
—Pero… si aún faltan treinta segundos —reclamé mostrando mi reloj con la esfera rota. El golpe había sido brutal.
—Lo siento.
Un guardia jurado me acompañó a la salida, tras asegurarse de que dejaba el disco en el lugar correspondiente. Eran las nueve y tres minutos de la noche.
Enfilé hacia el bar más próximo, donde maldije mi suerte con varios litros de cerveza. Si no fuera miembro de la SGAE, os aseguro que me lo descargaba.
Vareando nubes
Atlantis, 2012














