
Llevamos más de dos horas encerrados en un ascensor, sin saber qué ocurre fuera, por qué nadie responde.
Al principio, mantuvimos una prudente distancia. Ahora no solo nos tuteamos, sino que hemos escuchado con atención la historia del otro. Ella, la mujer de ojos verdes, ha admitido el calvario de infidelidades que soportó durante más de diez años. Yo, mis flirteos con la botella para superar las calabazas de una compañera de trabajo. «He llegado a pedir ayuda a una bruja para que realice un filtro de amor», comento avergonzado. «Yo también he acudido a Madame Ruth para que le salgan almorranas», bromea ella. La risa da paso al asombro. Le pido que repita ese nombre. Madame Ruth. Resulta una curiosa coincidencia ser clientes de la misma mujer, pero no le concedo mayor importancia.
Después de cuatro horas, tengo la boca seca como el esparto y los puños doloridos de tantos golpes. Nada. El mundo parece haberse olvidado de nuestra existencia. «Creo que ya sé de qué va este rollo. La bruja. Dame un beso en los labios», urge ella. Unos ojos así de irresistibles, una boca tan insinuante… El operario dice ¡ah! y nosotros, ¡oh!
















