No soy demasiado amigo de viajes organizados, pero ¿hay algo más bonito que contradecirse? Además, mis padres ya no están para coronar el Aconcagua. Fue fácil convencerles del aire acondicionado natural que posee el País Vasco.
Salvado el primer escollo, el siguiente no se hizo esperar: salíamos a las cuatro y media de la madrugada. Mi mujer y yo ni siquiera nos acostamos, pues hasta esa hora solemos aguantar algunos fines de semana.
El autobús llegó puntual a la estación. Entretanto, un mendigo nos había sacado unas monedas con la historia de siempre. Una vez montado en el vehículo, saqué una pequeña almohada de viaje. Dormí a trompicones. A la hora, paramos veinte minutos en un bar de carretera. Luego recogimos viajeros. Tomamos café. Volvimos a recoger gente. El sueño y la vigilia se mezclaban de forma extraña. Creí ver a mi padre comer una torrija y luego un Miguelito. Probablemente soñaba.
Cambiamos de autocar en Madrid y seguimos dirección Burgos. Hacia las seis de la tarde, nos detuvimos en una estación de servicio. Faltaba poco para el hotel. Cuando salimos de allí, el cielo se oscureció. Grises nubarrones amenazaban tormenta. Mi primera imagen de Bilbao fueron sus tejados húmedos bajo ese cielo plomizo.

El hotel Naval se enclava en el municipio de Sestao junto a unos astilleros. La ventana de nuestra habitación daba a los mismos y un enorme barco en construcción sobresalía entre las naves. No tardaría en cruzarme con obreros comiendo o cenando en la cafetería del vestíbulo.
Mi mujer propuso salir a explorar antes de la cena. De paso, podríamos localizar una boca de metro. Pasado mañana teníamos el día libre y el hotel se halla a doce kilómetros de Bilbao. Dos señoras, con ganas de ayudar, nos indicaron el camino. Debíamos de oler a turistas a kilómetros.
Al día siguiente, desperté con hambre de lobo. Desayunando, pude observar a mis anchas al grupo de viajeros que el azar había reunido. Hordas de jubilados. Una pareja joven. Ningún crío.
Nuestro primer destino fue la playa de Getxo. No me entusiasmó porque soy hombre de costa. Tampoco me pasó por alto la habilidad de nuestra guía acompañante para darse a la fuga, tras una explicación muy pobre sobre el lugar. Esta tónica duró todo el viaje.
Esa misma mañana, cruzamos a Portugalete en el puente transbordador que atraviesa la ría. La publicidad de la agencia decía literalmente que lo haríamos en barca. Pese a la majestuosidad del Puente de Vizcaya, hubiera dado cualquier cosa por navegar.
Trepando por callejones empedrados, cediendo a cómodas escaleras mecánicas, imaginé que en cualquier momento tropezaría con Alicia y Mari Carmen, las amigas de La Nieve. Entonces les habría dicho que viven en una ciudad que conjuga perfectamente lo moderno y lo antiguo.
Como la noche de nuestra llegada había hecho algo de frío, el tiempo libre lo dedicamos a comprar unos pañuelos para el cuello. Mi mujer me regaló una taza para tomar el té. Colecciono una de cada viaje.
Pasé la tarde deseando huir por las calles de Bilbao mientras una excelente guía local desgranaba su historia. La joven iba de negro, como si quisiera aprovechar los rayos de sol al máximo. Dos obras dejan boquiabierto al viajero en el exterior del Guggenheim. Me refiero al Puppy, un perro gigante de flores, y a la araña, también enorme. Esta última representa las dos caras del amor materno, que protege y ahoga a la vez. Sentí una identificación difícil de comprender para quien no sea hijo único.
Acabamos nuestro recorrido frente a una imagen en miniatura de la Virgen de Begoña, conocida en Bilbao como la Amatxu. Curiosamente, no adorna la pared de ninguna iglesia, sino el exterior de un restaurante. Para colmo, la madre de Dios lleva en la mano un vaso de chiquito. No en vano es la patrona de los chiquiteros.
Aquello era una invitación bastante obvia a tomar un pincho en cualquier bar. Así lo hicimos.