lunes, 10 de abril de 2017
LEED MALDITOS
Fiel a su nombre, esta peluquería alicantina tiene, además de revistas, algunos libros para amenizar la espera de sus clientes. ¿Será que tardan lo que no está en los escritos? El Mirador se toma un descanso por Semana Santa.
Hasta la vista, mirones.
miércoles, 29 de marzo de 2017
EL SEÑOR (12)
Resulta alarmante la rapidez con la que el dinero vuela, pero más
alarmante es lo poco que hemos tardado Nuria y yo en abandonar la discreción.
El banco está
enfrente de nuestro piso de alquiler. El casero ya nos ha advertido de que le
debemos dos meses.
—Si se lo pidieras a
tu marido, Tina, yo creo… —comenta Nuria mientras bajamos en ascensor.
—Bastantes problemas
tiene Pedro como para que, encima, le saque los cuartos. De esta salimos tú y
yo solas.
La puerta del
ascensor se abre, pero Nuria ya no está conmigo. Salgo a la calle, cruzo la
avenida, me detengo ante la puerta del banco. Un camionero lanza un silbido
agudo y, a los cinco segundos, un piropo obsceno hacia mi persona. Me ajusto un
poco la minifalda.
El banco dispone de
tres cajas donde la gente puede efectuar sus operaciones, pero en ese momento
sólo hay una operativa con la consiguiente cola. El resto del personal debe de
estar almorzando. Ojalá Nuria tenga paciencia, pues ya llevo cuarenta minutos
esperando a ser atendida.
—Por favor, pasen por
aquí —dice un tipo calvo que acaba de abrir la caja número dos.
Como una flecha, me
planto frente al tipo calvo y pido una barbaridad de dinero con una cartilla
falsa. El estúpido dice: «Me temo que, al pertenecer a otra entidad, tiene que
ir a la caja de no clientes».
Nuria entra en juego,
pues al tipo le cambia la cara. Puede que incluso se esté meando en los
pantalones cuando afirma con un hilo de voz: «Claro, no faltaría más». Y mira
asustado a todas partes.
Yo también me vuelvo invisible
destrozando el bolígrafo con cadenita que me tiende para firmar el documento.
Las dos salimos con una sonrisa de clientas satisfechas.
miércoles, 22 de marzo de 2017
EL HOMBRE TINTERO
Nacido de una madre goma de borrar y de un padre lápiz, el hombre tintero siempre fue la oveja negra de la familia. No poseía ese don de hacer borrón y cuenta que le maravillaba de su madre, incluso cuando de pequeño tintó a la gata de rubio platino. También carecía de esa cualidad etérea de su padre, que se volatilizaba en cuanto olía tempestad.
Resolvía los asuntos a su manera, pues el hombre tintero se dedicaba al mundo de los negocios. Los negocios eran turbios, por supuesto, pero no dejaban mancha en su historial. Si alguien se iba de la lengua, él soltaba a sus perros de presa.
En resumidas cuentas,
la tinta le sonreía.
Sólo le faltaba una
cosa para lograr la felicidad absoluta. Deseaba encontrar a alguien especial
con quien compartir su tinta. El problema es que todas las mujeres que conocía
le instaban a hablar por Facebook, por whatsapp o por correo electrónico. Convenció a una joven gótica para escribirse por carta. Fue recibir la misiva y el hombre
se echó a llorar: escribía cariño con «k», despreciaba acentos, se comía
vocales. Un auténtico desastre virtual.
Algunos amigos, como
el hombre sello, le aconsejaron que usara los máximos emoticonos posibles en
sus mensajes. Así quedaría bien siempre aunque no se comiera un rosco. También le
propuso salir con su prima, la máquina de escribir: una romántica incorregible que
había acabado trabajando de símbolo para ganarse la hoja de papel.
El hombre tintero decidió
poner un anuncio en el periódico: varón de mediana edad busca relación estable
con mujer tinta china o tinta invisible, sin menosprecio para la tintura de
yodo.
Después de varias
llamadas obscenas y una animándole a donar tinta para impresora, consiguió una
cita con una alcaldesa que le pagaba una fuerte suma de dinero por blanquear
capital.
«Seré turbio pero honrado», dijo zanjando
el asunto. Al cabo de un tiempo, la alcaldesa y él se casaban. Ella iba a
escribir sus memorias en prisión.
Cuento escrito en el taller literario de la biblioteca Carolinas de Alicante. Ejercicio 1: El atributo fantástico
miércoles, 15 de marzo de 2017
EN LA PISCINA
Puede que en otra vida fuera lobo de mar, pues desde hace años nado regularmente en una piscina pública. Es un deporte individualista que me va como anillo al dedo, propio de gente disciplinada pero, a la vez, amante de la libertad que proporciona el agua.
En los vestuarios de la piscina, suelo coincidir con tres pensionistas encantadores a los que casi nunca he dirigido la palabra. Van a clases de natación y han hecho piña. Me fascina su vitalidad, su disposición a reírse del mundo, su inagotable labia. Y, por encima de todo, envidio su compañerismo de colegio. En resumen, de mayor quiero ser como ellos.
Uno de estos improvisados amigos se llama Jose, vive en el barrio de Carolinas y cuenta historias de la Guerra Civil que ponen los pelos de punta. La nostalgia se mezcla con la rabia al revivir la España siniestra y oscura de aquellos años.
Hubo una ocasión en que no tuve más remedio que vencer mi natural timidez y hablar con claridad. Estábamos poniéndonos el bañador en medio de un silencio agradable. Fui a mi taquilla para dejar algo cuando, enmarañada entre la ropa, descubrí una prenda que no era mía. Se trataba de un calzoncillo de los antiguos, enorme y con huevera. Color beige, para ser más exactos. Una pieza de museo.
De la forma más educada, le dije a uno de los señores que aquella reliquia no me pertenecía, con lo cual debía pertenecer por fuerza a alguno de ellos tres. La chanza y el cachondeo no se hicieron esperar. Manuel, el propietario del calzoncillo, se atrincheró en el baño mientras su amigo le interpelaba así: «Madre mía, has perdido el norte, ¿cómo te dejas eso en la taquilla de este hombre?». Al cabo de unos segundos interminables, Manuel recogió su prenda azorado y pidiendo disculpas. Yo le quité hierro al asunto diciendo que a cualquiera puede sucederle.
miércoles, 8 de marzo de 2017
UN GESTO DE SOLIDARIDAD
Las lágrimas son privadas, de sobra lo sé, pero sienta bien compartirlas con un profesional acreditado. Veo a su madre todos los días cuando acompaño a Sergio al colegio. No me la he cruzado nunca, seguro que cambia de acera. Oye misa. Ojalá le ayude. En su lugar, no sé qué haría. Tengo recuerdos vagos de aquella noche. Varios matrimonios sentados en una barraca, el baile de la pólvora como mosquitos desquiciados, un cubata de más. Me tiran de la camiseta. Es un niño al que no conozco, no comprendo qué dice, repite una y otra vez «sólo estábamos jugando». De pronto temo por Sergio. Me levanto, tiro algunos vasos, corro en la dirección que me indica el chiquillo. Es moreno, de ojos azules como ágatas. Al llegar, se ha reunido un corro de curiosos. Estoy a punto de desmayarme, pero empiezo a gritar que dejen paso, que mi hijo está ahí. Nadie se mueve. Sergio viene llorando y me abraza fuerte. Tiembla. Él no le propuso al crío meter el petardo en una lata de refresco. Tampoco fue la esquirla que cortó su cuello. Únicamente le prestó su mecha. Un gesto de solidaridad en un mundo de locos.
Finalista en el IV Concurso de Microrrelatos Fogueres de Sant Joan organizado por la Foguera Port D' Alacant
lunes, 27 de febrero de 2017
EL MURO
Comenzamos una serie de entrevistas muy breves a personajes famosos sobre la actualidad.
Entrevistador: ¿Qué piensa sobre
Cataluña, señor presidente?
Donald Trump: Creo que Cataluña
debería construir un muro. Por supuesto, financiado con dinero español.
martes, 14 de febrero de 2017
LA REGLA
¿En qué se parecen Tania y las hamburguesas? En que son puro plástico.
Viernes por la noche. Una de la madrugada. Tania cruza la avenida de la mano de su decimocuarto novio en un mes. Él le dobla la edad. Se lo puede permitir. Es rico.
Tíos bastante más guapos que él babean, pero se muestra indulgente. Piensa: «Pobres chicos». Sabe que él y sólo él se la va a tirar esa noche y el resto de las noches.
Viernes por la noche. Tres de la madrugada. Tania cruza la avenida de la mano de su decimoquinto novio en un mes. Ella luce un escote abisal. Parece su madre en vez de su amante. Él es casi un niño.
Como si fuera su padre, no le quita el ojo de encima. La acompaña a todas partes. Incluso al baño. Fulmina con la mirada a cualquiera que se atreva a preguntar uno de los grandes enigmas de la humanidad: la hora.
Viernes por la noche. Cinco de la madrugada. Tania cruza la avenida de la mano de su tercer aprendiz en un mes. Esta vez su alumno lleva falda. Son casi de la misma quinta. Apenas las separan trece meses. Ni el mismísimo diablo distinguiría a la joven de la experta.
Están las dos tan buenas y van tan acarameladas que dan un morbazo increíble a todos los tíos que pasan. Cada dos por tres se detienen para darse el pico. La luna ilumina los piercing de sus lenguas.
Antes de separarse se dan los números de teléfono. Por si la joven tiene alguna duda del negocio, es decir, un momento de debilidad. A su edad lo más fácil es enamorarse. Tania sabe lo doloroso que es eso y preferiría evitárselo.
Sábado por la noche. Tania sale sola de marcha. Está tan buena que todos los tíos que pasan por su lado babean. Pero hoy no puede llevarse a nadie. Es la regla.
Cuando vuelve a casa, se contenta con imaginar a todos los infelices que se habrán corrido pensando en ella. La muerte es una presumida.
Tíos bastante más guapos que él babean, pero se muestra indulgente. Piensa: «Pobres chicos». Sabe que él y sólo él se la va a tirar esa noche y el resto de las noches.
Viernes por la noche. Tres de la madrugada. Tania cruza la avenida de la mano de su decimoquinto novio en un mes. Ella luce un escote abisal. Parece su madre en vez de su amante. Él es casi un niño.
Como si fuera su padre, no le quita el ojo de encima. La acompaña a todas partes. Incluso al baño. Fulmina con la mirada a cualquiera que se atreva a preguntar uno de los grandes enigmas de la humanidad: la hora.
Viernes por la noche. Cinco de la madrugada. Tania cruza la avenida de la mano de su tercer aprendiz en un mes. Esta vez su alumno lleva falda. Son casi de la misma quinta. Apenas las separan trece meses. Ni el mismísimo diablo distinguiría a la joven de la experta.
Están las dos tan buenas y van tan acarameladas que dan un morbazo increíble a todos los tíos que pasan. Cada dos por tres se detienen para darse el pico. La luna ilumina los piercing de sus lenguas.
Antes de separarse se dan los números de teléfono. Por si la joven tiene alguna duda del negocio, es decir, un momento de debilidad. A su edad lo más fácil es enamorarse. Tania sabe lo doloroso que es eso y preferiría evitárselo.
Sábado por la noche. Tania sale sola de marcha. Está tan buena que todos los tíos que pasan por su lado babean. Pero hoy no puede llevarse a nadie. Es la regla.
Cuando vuelve a casa, se contenta con imaginar a todos los infelices que se habrán corrido pensando en ella. La muerte es una presumida.
Inédito de El Mirador
Atlantis, 2009
martes, 7 de febrero de 2017
PALABREJAS Y PALABROTAS
Pillaron
a Luis como vulgarmente se dice con las manos en la masa. Los ojos
desorbitados, las manos ensangrentadas, el cuchillo entre los dientes, una
risilla siniestra. En medio de un charco de sangre yacía el comercial que, con
subterfugios, le había hecho creer que era revisor de la luz para intentar que
cambiara de compañía eléctrica. En las noticias apareció como presunto asesino.
Denunciaron a Marta por corrupción.
Nadie tenía la menor evidencia del asunto, pero al día siguiente los periodistas
ya la acosaban a la puerta de su domicilio. Pocas horas después, los medios de
comunicación se hacían eco de la noticia. La gente la insultaba mientras
recogía a sus hijos del colegio. La alcaldesa estaba imputada.
miércoles, 25 de enero de 2017
MUJERES DE CORBATA EN PECHO
Siempre
me han gustado las bufandas, quizá porque tienen fama de bohemias. Sin embargo,
últimamente he mirado muchos escaparates de corbatas. La culpa es de unas
escritoras reincidentes en esto del cuento, más camaleónicas que David Bowie y
despreocupadas por el qué dirán.
Después de reivindicar en El pintalabios (Visión, 2009) la
feminidad sin caer en el feminismo, han decidido regresar con otro objeto de
uso cotidiano: la corbata. Aunque a algunos hombres nos produzca alergia, es
incuestionable la elegancia de esta prenda de vestir que nunca pasa de moda.
Como la buena literatura.
Rafaela Lillo, Manuela Maciá, Paqui
Pérez Gallego, Maribel Romero Soler y Teresa Rubira Lorén no pertenecen a la rabiosa actualidad de
la prensa del corazón, pero escriben bien. Cojonudamente incluso. Ofrecen en La corbata (Los libros de Balmenhorn,
2016) un puñado de historias con inquietudes muy diversas, con formas de
entender el acto literario tan variadas como la personalidad de sus autoras.
Ahora bien, el rasgo que las hermana es la autenticidad. En este sentido, se
despojan de paja poética —perdón por el término— para centrarse en el hecho
narrativo. Tiran de desnudez, de palabra franca y llana. Tiran de oficio.
La corbata, un pretexto
como otro cualquiera para escribir, aparece en todos los relatos hasta
conformar un total de quince —tres por autora—, si bien no suele ejercer de
protagonista en los mismos. Me viene a la memoria el cuento «Para Valeria»,
donde una abuela escribe un diario para su nieta recién nacida. Me seduce de él
la valentía de la anciana al decidir no ser un estorbo para sus hijos. También
recuerdo el tremendo impacto que me produce la lectura de «El desquite», que
narra la violación de una chica en una fiesta de empresa. La escena del abuso pone
los pelos de punta y, además, no contiene una palabra de más ni de menos. Hay
espacio para corbatas mágicas en «La realidad de lo absurdo», historia de una
pareja joven que firma por escrito unas reglas de convivencia doméstica. La
crisis económica agudiza el ingenio en «El método Corbrac», una fábula
humorística donde un joven se marca un farol para que lo seleccionen en una entrevista
laboral. Remite al clásico infantil «El traje nuevo del emperador». Ninguna
pieza me ha robado tanto el corazón como «Un trabajo escolar». Gira en torno a
un estudiante que debe hacer un trabajo para el instituto sobre famosos que
tengan algún rasgo en común. Elige a personalidades con corbata. El cuento es
una aguda reflexión sobre la verdadera fama.
Se me ocurren cinco motivos para llevar corbata este invierno: te ríes a carcajada limpia —gracias, Teresa—, te emocionas, te dejas llevar por la magia, te hierve la sangre y te vuelves más independiente. Ojalá los Donald Trump del mundo leyeran estas cosas.
domingo, 15 de enero de 2017
HASTA SIEMPRE
Una biblioteca es una familia tan extraña y disfuncional como cualquier otra, sobre todo si está situada en un pequeño barrio como Carolinas. Allí me ha llevado el vicio de leer durante más años que los que escribo. En tanto tiempo, como no soy una ameba, he entablado amistad con las sacerdotisas de ese templo pagano y con algún que otro sacerdote.
No me arrepiento, aunque ahora duela. Una de esas amigas se ha ido a poco de iniciarse el año, cuando aún brindábamos con champán por una nueva oportunidad de ser felices.
Era la nueva. Venía a sustituir a unos bibliotecarios estupendos con los que incluso tomaba café de vez en cuando. Los trasladaban como si fuesen curas. Estaba un poco nervioso, la verdad. María Luisa y yo encajamos bastante bien desde el primer momento. Con el paso de los meses, hasta llegué a olvidar a los anteriores. Entonces no había whatsapp.
Me prestó varios libros personales, pero ninguno como El libro del cementerio de Neil Gaiman. Cuenta la historia de un niño cuyos padres mueren a manos de un despiadado asesino. El crío huye al cementerio, donde recibe la protección de los difuntos. Después de esta novela al más puro estilo romántico, buceé en otras obras del autor. Hoy en día es uno de mis escritores favoritos.
Me presentó a Esther Planelles en una reunión de escritores noveles si no me falla demasiado la memoria. Creo que estaba orgullosa de conocer a tantos juntaletras, entre cuentistas y poetas. Nadie podía imaginar por aquel entonces que ese par de chalados acabarían escribiendo un libro juntos. María Luisa leyó el primer borrador de Pelusillas en el ombligo y, aún no me explico cómo, sobrevivió.
Elena y Bienvenido volvieron, una para quedarse y el otro de visita. La nueva empezó a faltar cada vez con más frecuencia. Elena daba noticias con una lealtad más propia de una amiga que de una compañera de trabajo.
Entre la luz y la sombra del vasto océano, salió a la superficie para coger aire en varias ocasiones. Entonces creímos que había regresado, pero se estaba zambullendo entre las corrientes bailarinas.
Santa Claus no se la devolvió a Angelita, un personaje de cierto cuento navideño que no tenía a nadie más. Sin embargo, le hizo un regalo: la suerte de haberla desconocido. Hasta siempre, amiga.
domingo, 8 de enero de 2017
miércoles, 21 de diciembre de 2016
DESIDERATA

Me llamo Angelita García. Tengo 69 años, soy de Alicante y estoy viuda
desde hace una década.
Verá, yo no creía en usted hasta que empezaron con todo eso del
Halloween. Antes, cuando era niña, yo soñaba con los Reyes Magos. Luego me
enteré de que detrás del asunto estaban los padres y me pillé un cabreo de muy
señor mío. Recuerdo que estuve sin hablarles una semana, como se lo cuento. De
joven, mis ilusiones estaban puestas en mi marido. Se llamaba Ventura, pero no
tuvo suerte. Se lo llevó una enfermedad tan larga que cuando falleció me
alegré, mire lo que le digo. Y después del funeral fui al bingo a gastarme los
cuartos en las máquinas tragaperras, pero ni siquiera estas me devolvieron otra
cosa que calderilla. Al menos, disfruté de lo escandalizadas que estaban las
comadres del barrio, cuyos maridos se quedan sordos por no oírlas. A día de
hoy, creo en el presente. Y como la juventud bebe los vientos por lo americano,
se me ha ocurrido que podría escribirle a usted.
No quiero pedirle nada para mí. Tengo una aceptable pensión, una salud
repleta de achaques y un nieto que, de uvas a peras, viene a regalarme un
maravilloso dolor de cabeza.
Yo sé que usted no hace milagros, sino más bien lleva la ilusión a los
más pequeños. Reconozca que los adultos somos niños que esperan algo en el
fondo de unos trajes demasiado grandes, quizá recuperar la inocencia sin perder
esa sana picardía.
Pues bien, no me tome por loca si le pido que mi bibliotecaria vuelva
pronto. No sé qué libro elegir si ella no me recomienda alguno, no tengo con
quién hablar de lo pedante que resulta tal autor, no duermo pensando en el tipo
agrio que han traído de repuesto. Unos dicen que le ha tocado la lotería y
tiene barra libre en Cancún. Otros aseguran que, dado el precio de la vivienda,
se ha instalado en una cueva en la Serra Grossa.
Yo sé que tomará en consideración mi desiderata, estimado Santa Claus.
Feliz Navidad.
# dedicado a María Luisa
jueves, 15 de diciembre de 2016
ANIVERSARIO
Se
cumple estos días exactamente un año de la publicación de Pelusillas en el ombligo (Lastura, 2015). Cuando miras un libro
propio con la perspectiva del tiempo, te asalta la duda de si mereció la pena.
Es evidente que se podrían haber escrito mejores historias, pero la perfección
se me antoja imposible a la par que aburridísima.
Siempre recordaré la cara de
incredulidad de mis padres cuando les hablaba del libro. «No pueden haber
cuentos tan cortos —se negaba a creer mi madre como santo Tomás—, déjame ver.»
Tal
vez fue demasiado pretencioso aprovechar los microrrelatos de cierto concurso,
sobre todo porque la mayoría no superaron la dura criba del juez. Sin embargo, queríamos
dar una nueva oportunidad a algunos que nos parecieron injustamente
menospreciados. Curiosamente, los más populares entre el público. Baste uno
como ejemplo: «Soy la caña, dijo en la primera reunión de Alcohólicos Anónimos.»
¿Genialidad? ¿Disparate? Nunca lo sabremos. Si Podemos ha conseguido abrir una brecha en la política española, quizá no sea tan descabellado rebelarse contra los cánones establecidos, intentar por una vez algo que no suene a lo de siempre.
jueves, 8 de diciembre de 2016
EL GORDO

Suelen quedar los viernes a la salida de la fábrica. «¡Qué ganas de que me toque el Gordo!», dice Lidia mientras toma una cerveza acodada en la barra. Belén, apurando el café, se encoge de hombros. Marta pide un nuevo cubata y, mirando con picardía a las dos, replica: «Qué asco, por Dios, a mí que me toque uno delgado».
miércoles, 30 de noviembre de 2016
IGUALDAD
Al pasar por la puerta de Mercadona, mi hija pide ir un momento al servicio. Espero en la calle. Sale con cara de alivio. Dice: «No entiendo por qué hay un baño para chicas y otro para chicos». Llueve en Alicante, algo tan raro que merece un titular en el periódico. Contesto que a mí también me parece una chorrada.
miércoles, 23 de noviembre de 2016
NUEVA NOVA
Si pienso
en mi geografía vital, llego a la conclusión de que he viajado poco y soñado
mucho. La calle de mi infancia, Ricardo Oliver Fo (a punto de perder el nombre
por el tema de la Memoria Histórica), pronto fue sustituida por la de mi adolescencia,
tan solo a un par de manzanas: Plus Ultra. Para quien no lo sepa, la palabra
proviene del latín y significa «más allá». Dio nombre al hidroavión que
realizó por primera vez un vuelo entre España y América en el año 1926. También
es el lema del escudo de España. En la época convulsa de la Universidad, mis
padres decidieron cambiar a la calle Monforte del Cid, no sé si porque
sospechaban mis veleidades literarias o, más bien, porque mi madre quería vivir
frente a una iglesia. Aquí he echado raíces: unas veces volaría el campario con
dinamita, otras agradezco que me despierte para llevar a los chavales al
colegio.
Hace
poco, sin embargo, se ha producido una novedad en este nomadismo —léase con
ironía— que ha sido mi vida. He regresado a la calle de mi adolescencia. No al
mismo número, sería demasiada potra. Nací en el año 74 y, por uno de esos
caprichos del azar, he trasladado mi academia al número 47 de la calle Plus
Ultra.
La academia ha estado durante la friolera de diecisiete años en el tercer piso de la calle Monforte del Cid. Yo vivo entre el segundo y el tercero. No puedo negar que ha sido muy cómodo subir a trabajar. No había posibilidad de llegar tarde. Ahora bien, reconozco que necesitaba separar espacios. Por las noches, cuando todos los chavales se habían largado, la academia se convertía en el refugio del escritor. En medio de esa soledad buscada, de repente me asaltaba la angustia de que una historia con tal o cual alumno se hubiera quedado pendiente. Lo peor de todo era la certeza de que jamás resolvería el nudo con un buen desenlace. Ese enano de mi memoria se habría convertido en un hombre o una mujer. Y me podría pegar una hostia o dar un beso, quién sabe.
La nueva
Academia Nova es un sueño hecho realidad. Mi mejor cuento sin duda. Sencilla,
práctica y coqueta. Aún quedan detalles pendientes de resolver, por supuesto,
pero a la gente le encanta. Hasta mi perra, Candy, ha encontrado un hueco para
ella en su corazón. Tiene forma de patio. Allí roe las horas en compañía de un
hueso imaginario. Espera que mi mujer y yo terminemos de dar clase.
miércoles, 16 de noviembre de 2016
UNA IDEA ORIGINAL
No había tenido una sola idea original en toda su vida.
De crío pensó que no le pasaría nada si metía los dedos en el enchufe. De mayor pensó que no le pasaría nada si tocaba las tetas de Ana. De anciano pensó que no le pasaría nada si se quitaba aquellos goteros y se marchaba tan campante de aquel hospital.
Pero sí pasó. De crío recibió una sonora bofetada de su pobre madre. De mayor recibió una sonora bofetada de su novia. De anciano recibió una sonora bofetada de su hijo. En aquellos momentos decisivos, supo que les importaba, pero, al mismo tiempo, hubiera deseado algo más sutil y menos doloroso.
No había tenido una sola idea original en toda su vida hasta que tuvo una. Pensó que no quería morirse en aquel manicomio sin haber probado todas aquellas cosas de nuevo.
Al primer descuido, se tragó todas las pastillas de aspirina de su mesita de noche blanca. Todos pensaron que tenía tendencias suicidas, pero nadie tuvo la idea original de considerarle una especie de iluminado. Alguien que viaja a través del tiempo al corazón de su más tierna infancia sin necesidad de peyote con el objetivo de rendirle un digno homenaje.
Al segundo descuido, alquiló una puta. La pillaron saliendo de su dormitorio. Nadie de la familia se explica muy bien cómo la pagó porque no tenía monedero ni tarjetas de crédito. A ninguno se le ocurrió pensar que la muchacha no era una pelandrusca, sino una alumna de la facultad que compartía piso con otras dos... chicas, se financiaba sus estudios y, de cuando en cuando, aceptaba ese tipo de trabajitos. Por eso no tuvo reparos en cobrar por sus servicios un diente de oro de su difunta esposa. El viejo pensó que era el mejor homenaje que le podía hacer. Ella tenía el raro don de ser la más beata en la iglesia y la mayor puta en la cama. Solía decir que la mujer devota no tenía por qué ser una castrada.
Al tercer descuido, secuestró a la enfermera tailandesa que le tomaba la temperatura rectal. Como en las películas pidió un vehículo para huir del edificio con la rehén, pero a diferencia de las películas consiguió, por mediación de su familia, que le dejaran marchar.
Podría haber ido a cualquier parte, pero no hubiera llegado muy lejos. La enfermera tailandesa le miraba con una mezcla de compasión infinita y sagrado temor por las limitaciones de su improvisada mordaza. Igual que la puta. Pero ambas sabían que no les haría nada.
Soltó a la chica y se fue directo a casa.
Después de tanta exhibición, a su familia no le costó comprender que un hombre sano no puede acabar sus días en un hospital. Y menos en un asilo.
Nunca más tuvo una idea original.
Durante meses se mantuvo al margen. Pensó que le pasaría algo terrible si cogía a su nieta en brazos. Se equivocó de nuevo. La niña se abalanzó sobre él y le dio un sonoro beso.
Atlantis, 2009
miércoles, 9 de noviembre de 2016
TRUMP
En sus primeras palabras ante miles de simpatizantes estuvo a punto de decir «ha sido trampa, una vil y sucia maniobra del partido demócrata para alejarme del poder, voy a denunciar el fraude electoral», pero en el último segundo vio por el rabillo del ojo el abrigo de su esposa, valorado en más de doce mil dólares, y reaccionó diciéndose: «What the fuck, I’ve won!». Entonces se permitió el lujo de ser conciliador en su discurso. Ya tendría tiempo de aplastar a esas cucarachas de inmigrantes y mujeres.
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