jueves, 22 de abril de 2010

MARINERO EN TIERRA























Las luces del puerto (Hera ediciones, 2010) es uno de esos títulos brillantes que todos quisiéramos para un libro nuestro.

Leí esta novela coral en la localidad pesquera de Santa Pola, entre el 19 y el 21 de marzo. Los barcos anclados en el puerto y su penetrante olor a mar me recordaron que la soledad es sólo un accidente geográfico.

Porque leer a José Ángel Ordiz es leer un pedazo de vida y saborear una página suya es como beber un licor fuerte que te calienta el alma.

A este marinero amante de la tierra le delatan sus personajes, que podríamos decir se ajustan a su visión del mundo. Domingo Ramos representa el hedonismo frente a la beatería: «Morir de placer, que la vida se te escape por el pito y no por la boca». Ciro y Tobesco son la prueba de que la amistad exige menos que el amor y, por tanto, es más llevadera. Charo, plantada por Ciro en el altar, es el mejor ejemplo de que la venganza se sirve en plato frío: «—Lo maté —volvió la esposa a saborear cada palabra de la confesión».

Todas estas historias desembocan en una central: la relación entre Cris y Martín. Charo no ve con buenos ojos a este muchacho. Le parece mejor partido un tipo con posibles llamado Berto. Concierta una cita entre ambos. Berto es rechazado y viola a Cris, dejándola embarazada. A pesar de la violación, Martín y Cris capean el temporal con golpes de humor que dan el contrapunto perfecto: «Media teta tuya es mucho más que media teta». El asesinato de Berto en extrañas circunstancias aporta intriga al desenlace.

Si bien el estilo de Ordiz está alejado de florituras, personalmente me despistan un poco las largas acotaciones. Esto no desmerece en absoluto el resultado. Una novela terrenal que, lejos de ser cómica, transmite una actitud desenfadada ante la vida: «Si no te burlas de la vida y de la muerte, ellas se burlan de ti».


sábado, 17 de abril de 2010

FANTASMAS

En no recuerdo qué programa de televisión dedicado a la literatura, aunque sería para recordarlo, entrevistan a un escritor americano: James Elroy.

Se encuentra de promoción por España. Acaba de publicar un ladrillo de 944 páginas.

A la pregunta de si le gustan los libros grandes, responde nuestro amigo Elroy que le encanta lo grande. De hecho, afirma: “Tengo una polla de 18 centímetros”.

A la pregunta de qué escritores lee, afirma que en casa sólo tiene los libros que él ha escrito. ¿Teme acaso encontrar a alguien que escriba mejor? ¿Quizás una mujer?

No voy a leer a Elroy por tres razones: no me gustan los ladrillos, no me gustan las pollas, y, sobre todo, no me gustan los escritores que no leen.

jueves, 8 de abril de 2010

ESAS LUCECITAS

Hace muchos años que la única Procesión a la que asisto en Semana Santa es la del Silencio. No sé si la conoceréis, pero supongo que debe ser parecida en diferentes puntos de la geografía española. Un tambor la encabeza tocando a muerto. Le siguen encapuchados de riguroso negro o combinando negro y morado. Algunos arrastran cadenas como si hubieran escapado de cierta novela de Dickens. Las calles, oscuras como boca de lobo, retroceden en el tiempo a la época de los candelabros. Sólo la luna llena alumbra la escena. Verdaderamente sobrecogedor y fantasmagórico.

Esta vez algo había cambiado. En la mayoría de las calles las farolas continuaban encendidas. La gente, sin duda desinhibida por la luz, charlaba animadamente, incluso a gritos. Y lo más penoso: al paso del Cristo la luz intermitente de un semáforo, primero roja, luego verde, taladraba el encanto nocturno de la escena. ¿Alguien me puede explicar de qué coño sirve un semáforo en una calle donde no circula coche alguno?

Hace muchos años que abandoné la liturgia católica; quien se aburra, que no vaya a procesiones. Pero por favor… esas lucecitas.

miércoles, 31 de marzo de 2010

UNOS DÍAS POR AHÍ

Me marcho unos días a Albacete por Semana Santa.

Una novela que hizo las delicias de un servidor en estas fechas hace algunos años fue Los misterios de Madrid (Seix Barral, 1992). Su protagonista y prototipo del antihéroe, Lorencito Quesada, debe investigar la misteriosa desaparición del Santo Cristo de la Greña.

Felices vacaciones y no comáis demasiadas torrijas.

viernes, 26 de marzo de 2010

CELDA 211: Un mal lugar para vivir

Un hombre se abre las venas en un calabozo. Así comienza Celda 211, la última película de Daniel Monzón, basada en la novela homónima de Francisco Pérez Gandul. Con esta metáfora de la soledad se nos revuelven las entrañas.

Paradójicamente, la gente suele calificar la cárcel como un buen lugar para vivir. Pregunte a cualquiera. Hombre, si comparamos el actual sistema penitenciario con las torturas medievales, seguro que es un lecho de rosas. Pero, ¿por qué largometrajes como el que nos ocupa u otros como Horas de Luz (2004) nos hablan de lo contrario? Quizás porque algo huele mal.

La violencia de determinados funcionarios, uno de ellos magistralmente interpretado por Antonio Resines, el desamparo médico o el escaso contacto con los familiares son algunos de los problemas que se denuncian en Celda 211.

Desgraciadamente, seguimos pensando que los barrotes separan a los buenos de los malos. La virtud de esta película es que rompe ese esquema. A través de Juan, un funcionario que entra a trabajar precisamente el día en que se declara un motín en la cárcel, nos damos cuenta de que los presos se rigen por valores como la valentía o el consenso, que tanto faltan en nuestra sociedad y en nuestros políticos.

El líder de este motín es el temido Malamadre, interpretado por un soberbio Luis Tosar. Desde el principio, siente debilidad hacia Juan, que, abandonado a su suerte por otros funcionarios, finge ser un homicida recién llegado a la cárcel. Capaz de la mayor brutalidad por conservar el liderazgo, Malamadre alberga sentimientos que se materializan en un abrazo a ese compañero que lo pierde todo.

jueves, 25 de marzo de 2010

QUÉ GRANDE ERES, CABRONA

¡Mira que ganar una novela histórica, con la grima que me dan!
Ayer por la noche seguí el PREMIO AZORÍN DE NOVELA 2010. Nuestra amiga bloguera y coautora de El pintalabios, Maribel Romero, concurría a él con la novela El peso de las horas. Esta ilicitana era una de las diez finalistas. Y se clasificó en segundo lugar, a un voto de la ganadora. Como lo oyen.
Sólo un pequeña reflexión sobre el evento, que tuvo lugar en el hotel Meliá de Alicante. ¿No es un poco cruel tener a los escritores toda la noche esperando? ¿Es que no tenemos bastante con una Eurovisión? Son como críos...
Al final ganó Begoña Aranguren con la obra El amor del rey. Seguro que nadie le ha dicho: qué grande eres, cabrona. Eso está reservado al segundo puesto. Enhorabuena, Maribel. Por cierto, ahora que sólo te espera la publicación del libro e interminables colas para que lo firmes, ¿cuándo tomamos un café?



miércoles, 17 de marzo de 2010

CRÓNICA DE LA ONCE


Me quedo con la cara de felicidad de Antonio, ese niño grande que se sienta a mi lado.

Unas veinte o treinta personas reían cuando llegué a la sala multiusos alrededor de las once de la mañana. Antonio, el encargado de la biblioteca, me invitó a pasar como a un amigo de toda la vida. Luego siguió leyendo noticias absurdas que suceden en el mundo, como si este fuera una novela de Gabriel García Márquez.

Del realismo mágico pasamos al instante que temía, como todo buen tímido que se precie. El de hablar. La gente guardó silencio, incluso sentí alguna mirada clavada en mí. Entonces, solté aquello de que era miope y que no podía ver a los que se sentaban al fondo. Antonio, siempre atento, comentó que había ido a parar al sitio adecuado. Risas.

Existen tres razones por las que quería estar en la ONCE. La primera, porque mi libro se llama El Mirador; la segunda, porque soy miope; y la tercera es evidente: soy un escritor no-vel. Este hubiera sido un comienzo genial, pero no se me ocurrió.

El primer relato que leí fue El fin. Me parece que gustó, que conectaba con el público. Luego Antonio se lanzó con Mi querido nieto. Un gran lector este hombre, hasta a mí me emocionó. Entre cuento y cuento, narramos una pequeña anécdota: cuando Antonio y yo nos conocimos, no sabíamos que éramos vecinos. Es más, vivimos enfrente el uno del otro. Ironías de la incomunicación. El tiempo se nos echaba encima y había que terminar. Opté por leer Un chico difícil, y creo que aguantaron la respiración hasta el final.

Tenías razón Alicia: un oasis de cariño en pleno desierto.
Set list completo:
El fin
Mi querido nieto
Los reyes godos
La visita
Noche de fútbol
Un chico difícil
Gracias a mi fotógrafo particular por acompañarme en esta aventura.

martes, 9 de marzo de 2010

EL MIRADOR EN LA ONCE

Paradójico, lo sé. Chistes aparte, juro que estas personas tienen una sensibilidad especial. Antonio, el responsable del taller, se dio cuenta enseguida de que soy un gamberro.

El martes, 16 de marzo de 2010 estaré a las 11,00 de la mañana en la ONCE de Alicante (Avda. Aguilera, 43). Allí intentaré que pasemos un rato agradable repasando algunos relatos de mi primer libro. Prometo seleccionar los más picantes y atrevidos.
Estáis invitados/as.

jueves, 4 de marzo de 2010

ADAGIO EN EL PRINCIPAL

25 de febrero de 2010. Asisto a un concierto de Mónica Naranjo en el Teatro Principal de Alicante. Presenta su gira Adagio, una revisión de sus temas más famosos en versión clásica.

Qué bonito es estar en el teatro y poder tocar con los ojos a un artista. Ojalá todos los conciertos fueran así. En recintos pequeños.

Se alza el telón, toma asiento la orquesta de cámara y se prueban los instrumentos. Parece unos de esos conciertos de Navidad. De pronto, hace su aparición el director de orquesta, un melenas con el cabello por la cintura. Música, maestro.

Suenan los primeros acordes de Europa y aparece la Naranjo ataviada con un vestido ceñido de color rojo. El público alicantino aplaude a rabiar, completamente entregado. Parece el final del concierto y sólo es la primera canción.

Van sucediéndose las canciones, pero Mónica no abre la boca ni para saludar, muy en su papel de diva. Eso sí, al finalizar cada tema, da las gracias con una gran sonrisa enmarcada en un rostro hierático.

Tras la canción Siempre fuiste mío, toma el micrófono y dirige al público unas palabras que saben a poco. Explica que cuando le propuso a la compañía hacer un disco clásico, pensaron que se había vuelto loca. Un niño, de la mano de su padre, le lleva un ramo de flores.

Suena Amor y lujo, la última canción. Larga ovación del público alicantino. Mónica le suelta al melenas: "¡Qué grande eres, cabrón!". Fin de la película muda.

martes, 2 de marzo de 2010

DIAMANTES EN LA BASURA

Se cumple un año de la publicación de mi primer libro de relatos, y en todo este tiempo no he podido olvidar a Rodrigo del Lago, que contribuyó a disipar las dudas que todo escritor novel tiene en sus comienzos.

Que conste que escribir sobre Narraciones Carpetovetónicas (Ediciones Ochenteras, 2008) no responde a ninguna obligación por mi parte. Si el libro fuese un rollo, lo diría sin pestañear. No es ese el caso.

Desde el principio, me atrajo el coraje de una publicación en solitario al margen de las férreas normas establecidas por las sosas editoriales y, sobre todo, ese arrebato un poco onanista de dedicárselo a sí mismo. Pese a ello, convendría evitar algunos descuidos ortográficos como el “así mismo” (pág. 137) o el “tan bien” (pág. 49).

Casi me caigo de culo al penetrar en el mundo de este autor. Menos mal que dejé a un lado todos los prejuicios. A esa particular verborrea que se gasta, muy del gusto de escritores como Eduardo Mendoza, se une esa violencia inocente de las películas de Charlot y de los tebeos de Ibáñez. Tan inocente como necesaria en una sociedad cada vez más hipócrita. Como Tío la Vara, el mítico personaje creado por José Mota, Rodrigo del Lago da mamporros a diestro y siniestro a una humanidad que discrimina al débil y al distinto. Saca auténticos diamantes de la basura. Me viene a la cabeza Rodolfo, el ser más patético que haya sido descrito jamás y que en manos de este escritor se convierte en alguien luminoso.

Su pluma es capaz de convencerte de que el humo deja en el aire un poético carajo, de que un estudiante vende sus chuletas a precio de oro, de que la gente confunde a un feligrés barbudo con un peligroso talibán. Es un artista del malabarismo, del más difícil todavía. Y sale indemne de sus piruetas. Todo ello aderezado con el espíritu nostálgico que palpita en el libro. Se mitifica la España de los ochenta, cuna de las mirindas, Naranjito, Paco Martínez Soria, Espinete; marcada por alguna serie extranjera como la mítica Fama o Corrupción en Miami; devoradora de películas de la talla de Regreso al Futuro, La Guerra de las Galaxias, Grease…

A partir de hoy, guardaré este libro en la vitrina de mi corazón, ésa que dedico a los escritores míticos. Los únicos que han logrado que suelte la carcajada. Dos frases me devolverán siempre la sonrisa: “¡Tía, dime quién es tu ginecólogo para que le chupe el dedo!” y “…una insaciable putarraca desquiciada”.

HISTORIAS PARA NO DORMIR

Junio de 2009. Álvaro de la Riva publica Descuentos Increíbles en la editorial Atlantis. Seis meses después, en plenas Navidades, el libro cae en mis manos.

De entrada, me ha servido para soportar mejor estas fechas mortalmente aburridas. Y es que, empleando un símil con el genial Chicho Ibáñez Serrador, nos encontramos ante historias que no te dejan conciliar el sueño.

Quien tampoco descansa en paz es Chanquete, el entrañable personaje de la serie de televisión Verano Azul, o al menos eso cuenta Rodrigo del Lago en su novela Chanquete Resurrection (Atlantis, 2006), una de las parodias más memorables que recuerdo.

Rodrigo del Lago, Álvaro de la Riva y un servidor nacimos en la década de los setenta y, por tanto, crecimos con esta mítica serie. De ahí que me tome la libertad de bautizarnos como “Generación Chanquete”. Una hornada de literatos que carecía del despiporre de la playstation, pero que ya disfrutaba de las mieles de la caja tonta.

Y eso se palpa: no somos gente seria. Tampoco hemos tragado ningún diccionario. Más bien tragamos demasiadas series estúpidas: Kung Fu, El Coche Fantástico, Luz de Luna…

Afortunadamente, aún escribimos con un mínimo de corrección. Nuestros profesores fueron los últimos que se preocuparon de inculcarnos las reglas gramaticales y ortográficas.

Vampiros, brujas, fantasmas, seres de otra dimensión… Y dice la editorial en la contraportada que estos relatos producen diversión. ¡Lo que provocan son escalofríos! Unos deliciosos escalofríos. He aquí algunas piezas que hielan la sangre: Quirófano (el amor posee un lado tenebroso, envidiablemente metaforizado en este cuento, que no debería cruzarse alegremente), El renuente (el amor es más poderoso que la muerte e incluso la sobrevive), Naufragio (el único relato puramente humorístico del libro, aunque en mi opinión esconde una realidad aterradora. ¿Qué será del castellano de aquí a unos años? ¿Cómo serán los futuros escritores?), El chico junto a las vías (relato sobrenatural que describe a la perfección la felicidad del auténtico solitario y su incertidumbre ante el futuro: los edificios que le tapan el atardecer), Yo Maru (el relato más terrorífico que jamás haya leído, aderezado con un final francamente de cinco tenedores. Esta historia de odio entre madre e hijo recuerda al mejor Lovecraft), Némesis (un relato de venganza, muy al estilo del “Hop-Frog” de Poe, esta vez con un ermitaño como protagonista).

Después de tanto monstruo, la conclusión a la que llega Álvaro de la Riva, como cualquier mortal, es que ellas pueden llegar a ser las criaturas más crueles. Déjense engatusar por este escritor novel.

miércoles, 24 de febrero de 2010

BOCAS LLENAS DE PECES ROJOS

Este libro de Rafael González Gosálbez es un compendio acertado de relatos en torno al escritor y su oficio. Me quedo con "El lugar de las estrellas", una historia de amor entre un hombre maduro y una adolescente que acaba con un romántico asesinato. Recuerda a "Pierrot de la caverna" (El cobrador, RBA, 2009) del brasileño Rubem Fonseca, aunque este último lleva su historia al límite y un poco más allá.

jueves, 18 de febrero de 2010

CHUCK LOEB O EL PLACER DE IR SOLO

Gané una entrada doble para un concierto de jazz y, como suele suceder en estos casos, todo el mundo tenía mejores cosas que hacer. No crean que aquello me amilanó. Al contrario, tras un duro día con mis hijos, agradecí al cielo la soledad con que me recompensaba.

Poco antes de llegar al Palacio de Congresos de Alicante, ya había decidido mi estrategia: preguntar a las parejas que iban llegando si tenían entrada. Parecía un revendedor. Eso debió de pensar la señora que acompañaba a un veinteañero, o que era acompañada por él. Lo digo porque me sometió a un interrogatorio en tercer grado. Cuando le aclaré que era víctima de una invitación doble, pero sin doblez, se tranquilizó y agarró la entrada.

El auditorio era cuco. Me senté donde me dio la gana, no sin observar con preocupación que entre las calvas y las canas de los allí presentes, se encontraba una niña de unos ocho años.

¿A que no adivinan quién se sentó a mi lado? La mujer a la que había regalado una entrada. Quizás por educación, quizás por gratitud, se estrelló prácticamente contra mí. El chico parecía molesto.

De pronto, entró una tromba de gente y, aprovechado la ausencia de mi protectora, me atreví a bromear con el veinteañero. Dije que, seguramente, eran fans de Chuck Loeb. A lo que contestó sin cortarse un pelo: “Tío, cómo vienes solo”.

No respondí. Sólo me alejé un par de asientos, como reafirmándome. Puede que el joven estuviera rabioso, no por haber tenido que aflojar la pasta, sino por no haber dicho a tiempo que no. Igual era fan de Metallica y la vieja, con malas artes, lo había convencido para que la acompañara. Nunca lo sabré.

El jazz no es lo mío: a la tercera canción desconecté. Sin embargo, Chuck me pareció un tipo entrañable y un virtuoso de la guitarra. Al acabar el concierto, busqué angustiado a la niña. Dormía plácidamente. La que se había ahorcado era la madre.

domingo, 14 de febrero de 2010

LA CARRETERA

He visto llorar con esta película a tíos más grandes que un armario ropero y bostezar a otros como marmotas.

Yo no lloré porque me había leído el libro de Cormac McCarthy, que si no me cargo una caja de clínex. Aquí viene la primera pega: traslación literal de la palabra impresa a las imágenes que vemos en pantalla.
Y claro, me emociono. ¿Cómo no me voy a emocionar si tengo hijos? Pero no me dejo arrastrar. Y eso es como irse de putas cuando estás enamorado.

Me enamoré de aquella novela de apenas ciento cincuenta páginas. Su parquedad en descripciones, sus silencios más elocuentes que cualquier palabra. Su intensidad, su terror me cautivaron. ¡Su terror! Precisamente lo que le falta a la cinta de John Hillcoat. Quizás demasiados flashbacks para recordar un pasado que no volverá, una madre que da la espalda a su familia. La interpretación de Viggo Mortensen soberbia, la atmósfera gris ceniza escalofriante; pero no te cagas por las bragas (perdón por ser tan explícito). Sólo hay un momento: cuando descubren la despensa de hamburguesas humanas de los caníbales.

Me queda el consuelo de eso tan manido de que donde se ponga una madre... Pues bien, un padre también haría cualquier cosa por su hijo. Como ver los dibujos animados de ahora. Eso sí es apocalíptico.

viernes, 12 de febrero de 2010

HOMENAJE A LAS PALABRAS

A todos los que nos dedicamos a escribir, creo que este tema poco conocido de la Orquesta Mondragón (Tómatelo con calma, 2000) nos viene como anillo al dedo.





PALABRAS
Misterio del valor de las palabras
Palabras infinitas como estrellas
Palabrotas bellas
Que pegan hostias
Palabrejas rotas

Palabras siempre nuevas pero eternas
Palabras laberinto y crucigrama
Palabras en pijama
Montones de palabras en pelotas

Escríbeme, escríbeme una carta
Que me parta el corazón
O, llámame, llámame entre sueños
Que los sueños sueños son

Palabras malgastadas por el uso
Palabras en poder del enemigo
Yo sólo digo
Que no me sacaréis ni una palabra

Palabras con sonido sin sentido
Palabras de matar hechas añicos
Palas y picos
Buscando entre la tierra las palabras...

Letra: P. Varona

lunes, 1 de febrero de 2010

CON SABOR A CHIRIMOYA























Me da vergüenza confesarlo. Antes de ir a la presentación del libro, busqué alguna fotografía de las autoras de El pintalabios (Visión, 2009). No tardé en encontrar una en el ciberespacio, y pensé: a ver lo que me van a contar estas venerables ancianitas.

¡Joder con las escritoras!

Ya en la librería comprendí que estaban dispuestas a comerse 80 mundos o los que les echaran, convenciendo con un discurso espontáneo y nada pedante. La lectura prometía. Recogí mi autógrafo y escapé a casa en busca de soledad.

Decir que el nexo de unión del libro es brillante, es poco. El pintalabios sintetiza como pocos objetos la coquetería femenina, pero sobre todo es un aglutinador de temas que giran alrededor de los sentimientos humanos, no exclusivamente femeninos. Venganza, frenesí, celos, interés, desengaño… Por fortuna, las autoras eluden el sentimentalismo de telenovela.

Ya en el cuento que abre el libro, “El arco iris del amor”, aparece el tópico del pintalabios como fetiche sexual. Un objeto que puede hacer perder la cabeza a más de uno, y en este caso enloquece a un señor que ve en los labios de su mujer a todas las mujeres del mundo. Quizás se critique al primate en permanente estado de excitación que todo hombre lleva dentro. En todo caso, la imaginación se revela como la llave para alcanzar la felicidad.

No sé por qué hay ciertos temas que emocionan especialmente; quizás porque cada vez más personas se solidarizan con un asunto siempre candente como es la transexualidad. En “Desde el otro lado del espejo” se retrata a un muchacho que, en el fondo, se siente muchacha. Sin concesiones, el relato nos presenta el sin futuro al que se enfrenta este personaje y termina con un gesto muy femenino: el de callar. La herida sigue abierta.

El tema de la represión sexual ha sido, es y será objeto de debate en una España que hasta hace pocos años era un hervidero de curas y sotanas. En “Padre, yo me acuso…” es una monja la que se ve en la tesitura de elegir entre Dios y la carne. Un simple pintalabios es el desencadenante de todo. Es digna de elogio la elegancia con que la autora expresa el onanismo de la protagonista: “Tal era su frenesí y su entrega nocturna”.

Todos los cuentos han logrado entretener a este lector, y le han librado de pensar en la crisis. Porque la única crisis que no debemos permitirnos es la crisis de ideas. El estilo de los relatos me ha parecido sobrio, alejado de esas florituras que provocan que el lector se pierda. A ello contribuye la utilización de la palabra justa en el momento adecuado. Muchos autores noveles y no tanto deberían aprender que para contar una buena historia sólo hace falta imaginación y un pintalabios. A ser posible, rojo carmesí.

sábado, 23 de enero de 2010

BOAT BEAM: MÚSICA OPTIMISTA

Josephine, Alisha y Aurora cantan como los ángeles, pero no son Los Ángeles de Charlie. Son las Boat Beam, un grupo madrileño de pop con toques de música clásica. La viola, el piano o el chelo se funden con la guitarra.

Boat Beam significa literalmente Buque-viga. Puede que esto no nos diga nada, pues es una teoría naval, pero Beam tiene otro significado (brillar de alegría) que se acerca más a la esencia del grupo.

Su único disco hasta la fecha se llama Puzzle Shapes (Origami records, 2009). El tema que abre el álbum, The Rain Pauly, recuerda al Scarborough Fair de Simon y Garfunkel, aunque algo más movidito.

viernes, 15 de enero de 2010

ZOMBIELAND

¡¡¡Disfruté como un chino comiendo arroz!!!

A pesar de sus lugares comunes, como que la chica guapa acabe bebiendo los vientos por el chico tímido, es un fantástico producto de entretenimiento y una gran película de sangre y vísceras.

Decir que Woody Harrelson borda el papel de paleto es sólo una de las virtudes de la cinta, pues los actores están bastante inspirados. Jesse Einsberg consigue que te metas en la piel de un adolescente, el típico solitario, que ha conseguido sobrevivir a un mundo apocalíptico usando la cobardía. Me encanta cuando dice que, desde que son todos zombis, echa de menos a la gente.

Evidentemente, el puntazo de la película es la aparición estelar de Bill Murray interpretándose a sí mismo. La escena de su muerte, pese a que el espectador se lo ve venir, no le resta un ápice de genialidad.

Como colofón, Wichita está de muerte y eso en una peli de zombis es condición indispensable para gozar de un buen banquete.

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