miércoles, 8 de marzo de 2017
UN GESTO DE SOLIDARIDAD
Las lágrimas son privadas, de sobra lo sé, pero sienta bien compartirlas con un profesional acreditado. Veo a su madre todos los días cuando acompaño a Sergio al colegio. No me la he cruzado nunca, seguro que cambia de acera. Oye misa. Ojalá le ayude. En su lugar, no sé qué haría. Tengo recuerdos vagos de aquella noche. Varios matrimonios sentados en una barraca, el baile de la pólvora como mosquitos desquiciados, un cubata de más. Me tiran de la camiseta. Es un niño al que no conozco, no comprendo qué dice, repite una y otra vez «sólo estábamos jugando». De pronto temo por Sergio. Me levanto, tiro algunos vasos, corro en la dirección que me indica el chiquillo. Es moreno, de ojos azules como ágatas. Al llegar, se ha reunido un corro de curiosos. Estoy a punto de desmayarme, pero empiezo a gritar que dejen paso, que mi hijo está ahí. Nadie se mueve. Sergio viene llorando y me abraza fuerte. Tiembla. Él no le propuso al crío meter el petardo en una lata de refresco. Tampoco fue la esquirla que cortó su cuello. Únicamente le prestó su mecha. Un gesto de solidaridad en un mundo de locos.
Finalista en el IV Concurso de Microrrelatos Fogueres de Sant Joan organizado por la Foguera Port D' Alacant
lunes, 27 de febrero de 2017
EL MURO
Comenzamos una serie de entrevistas muy breves a personajes famosos sobre la actualidad.
Entrevistador: ¿Qué piensa sobre
Cataluña, señor presidente?
Donald Trump: Creo que Cataluña
debería construir un muro. Por supuesto, financiado con dinero español.
martes, 14 de febrero de 2017
LA REGLA
¿En qué se parecen Tania y las hamburguesas? En que son puro plástico.
Viernes por la noche. Una de la madrugada. Tania cruza la avenida de la mano de su decimocuarto novio en un mes. Él le dobla la edad. Se lo puede permitir. Es rico.
Tíos bastante más guapos que él babean, pero se muestra indulgente. Piensa: «Pobres chicos». Sabe que él y sólo él se la va a tirar esa noche y el resto de las noches.
Viernes por la noche. Tres de la madrugada. Tania cruza la avenida de la mano de su decimoquinto novio en un mes. Ella luce un escote abisal. Parece su madre en vez de su amante. Él es casi un niño.
Como si fuera su padre, no le quita el ojo de encima. La acompaña a todas partes. Incluso al baño. Fulmina con la mirada a cualquiera que se atreva a preguntar uno de los grandes enigmas de la humanidad: la hora.
Viernes por la noche. Cinco de la madrugada. Tania cruza la avenida de la mano de su tercer aprendiz en un mes. Esta vez su alumno lleva falda. Son casi de la misma quinta. Apenas las separan trece meses. Ni el mismísimo diablo distinguiría a la joven de la experta.
Están las dos tan buenas y van tan acarameladas que dan un morbazo increíble a todos los tíos que pasan. Cada dos por tres se detienen para darse el pico. La luna ilumina los piercing de sus lenguas.
Antes de separarse se dan los números de teléfono. Por si la joven tiene alguna duda del negocio, es decir, un momento de debilidad. A su edad lo más fácil es enamorarse. Tania sabe lo doloroso que es eso y preferiría evitárselo.
Sábado por la noche. Tania sale sola de marcha. Está tan buena que todos los tíos que pasan por su lado babean. Pero hoy no puede llevarse a nadie. Es la regla.
Cuando vuelve a casa, se contenta con imaginar a todos los infelices que se habrán corrido pensando en ella. La muerte es una presumida.
Tíos bastante más guapos que él babean, pero se muestra indulgente. Piensa: «Pobres chicos». Sabe que él y sólo él se la va a tirar esa noche y el resto de las noches.
Viernes por la noche. Tres de la madrugada. Tania cruza la avenida de la mano de su decimoquinto novio en un mes. Ella luce un escote abisal. Parece su madre en vez de su amante. Él es casi un niño.
Como si fuera su padre, no le quita el ojo de encima. La acompaña a todas partes. Incluso al baño. Fulmina con la mirada a cualquiera que se atreva a preguntar uno de los grandes enigmas de la humanidad: la hora.
Viernes por la noche. Cinco de la madrugada. Tania cruza la avenida de la mano de su tercer aprendiz en un mes. Esta vez su alumno lleva falda. Son casi de la misma quinta. Apenas las separan trece meses. Ni el mismísimo diablo distinguiría a la joven de la experta.
Están las dos tan buenas y van tan acarameladas que dan un morbazo increíble a todos los tíos que pasan. Cada dos por tres se detienen para darse el pico. La luna ilumina los piercing de sus lenguas.
Antes de separarse se dan los números de teléfono. Por si la joven tiene alguna duda del negocio, es decir, un momento de debilidad. A su edad lo más fácil es enamorarse. Tania sabe lo doloroso que es eso y preferiría evitárselo.
Sábado por la noche. Tania sale sola de marcha. Está tan buena que todos los tíos que pasan por su lado babean. Pero hoy no puede llevarse a nadie. Es la regla.
Cuando vuelve a casa, se contenta con imaginar a todos los infelices que se habrán corrido pensando en ella. La muerte es una presumida.
Inédito de El Mirador
Atlantis, 2009
martes, 7 de febrero de 2017
PALABREJAS Y PALABROTAS
Pillaron
a Luis como vulgarmente se dice con las manos en la masa. Los ojos
desorbitados, las manos ensangrentadas, el cuchillo entre los dientes, una
risilla siniestra. En medio de un charco de sangre yacía el comercial que, con
subterfugios, le había hecho creer que era revisor de la luz para intentar que
cambiara de compañía eléctrica. En las noticias apareció como presunto asesino.
Denunciaron a Marta por corrupción.
Nadie tenía la menor evidencia del asunto, pero al día siguiente los periodistas
ya la acosaban a la puerta de su domicilio. Pocas horas después, los medios de
comunicación se hacían eco de la noticia. La gente la insultaba mientras
recogía a sus hijos del colegio. La alcaldesa estaba imputada.
miércoles, 25 de enero de 2017
MUJERES DE CORBATA EN PECHO
Siempre
me han gustado las bufandas, quizá porque tienen fama de bohemias. Sin embargo,
últimamente he mirado muchos escaparates de corbatas. La culpa es de unas
escritoras reincidentes en esto del cuento, más camaleónicas que David Bowie y
despreocupadas por el qué dirán.
Después de reivindicar en El pintalabios (Visión, 2009) la
feminidad sin caer en el feminismo, han decidido regresar con otro objeto de
uso cotidiano: la corbata. Aunque a algunos hombres nos produzca alergia, es
incuestionable la elegancia de esta prenda de vestir que nunca pasa de moda.
Como la buena literatura.
Rafaela Lillo, Manuela Maciá, Paqui
Pérez Gallego, Maribel Romero Soler y Teresa Rubira Lorén no pertenecen a la rabiosa actualidad de
la prensa del corazón, pero escriben bien. Cojonudamente incluso. Ofrecen en La corbata (Los libros de Balmenhorn,
2016) un puñado de historias con inquietudes muy diversas, con formas de
entender el acto literario tan variadas como la personalidad de sus autoras.
Ahora bien, el rasgo que las hermana es la autenticidad. En este sentido, se
despojan de paja poética —perdón por el término— para centrarse en el hecho
narrativo. Tiran de desnudez, de palabra franca y llana. Tiran de oficio.
La corbata, un pretexto
como otro cualquiera para escribir, aparece en todos los relatos hasta
conformar un total de quince —tres por autora—, si bien no suele ejercer de
protagonista en los mismos. Me viene a la memoria el cuento «Para Valeria»,
donde una abuela escribe un diario para su nieta recién nacida. Me seduce de él
la valentía de la anciana al decidir no ser un estorbo para sus hijos. También
recuerdo el tremendo impacto que me produce la lectura de «El desquite», que
narra la violación de una chica en una fiesta de empresa. La escena del abuso pone
los pelos de punta y, además, no contiene una palabra de más ni de menos. Hay
espacio para corbatas mágicas en «La realidad de lo absurdo», historia de una
pareja joven que firma por escrito unas reglas de convivencia doméstica. La
crisis económica agudiza el ingenio en «El método Corbrac», una fábula
humorística donde un joven se marca un farol para que lo seleccionen en una entrevista
laboral. Remite al clásico infantil «El traje nuevo del emperador». Ninguna
pieza me ha robado tanto el corazón como «Un trabajo escolar». Gira en torno a
un estudiante que debe hacer un trabajo para el instituto sobre famosos que
tengan algún rasgo en común. Elige a personalidades con corbata. El cuento es
una aguda reflexión sobre la verdadera fama.
Se me ocurren cinco motivos para llevar corbata este invierno: te ríes a carcajada limpia —gracias, Teresa—, te emocionas, te dejas llevar por la magia, te hierve la sangre y te vuelves más independiente. Ojalá los Donald Trump del mundo leyeran estas cosas.
domingo, 15 de enero de 2017
HASTA SIEMPRE
Una biblioteca es una familia tan extraña y disfuncional como cualquier otra, sobre todo si está situada en un pequeño barrio como Carolinas. Allí me ha llevado el vicio de leer durante más años que los que escribo. En tanto tiempo, como no soy una ameba, he entablado amistad con las sacerdotisas de ese templo pagano y con algún que otro sacerdote.
No me arrepiento, aunque ahora duela. Una de esas amigas se ha ido a poco de iniciarse el año, cuando aún brindábamos con champán por una nueva oportunidad de ser felices.
Era la nueva. Venía a sustituir a unos bibliotecarios estupendos con los que incluso tomaba café de vez en cuando. Los trasladaban como si fuesen curas. Estaba un poco nervioso, la verdad. María Luisa y yo encajamos bastante bien desde el primer momento. Con el paso de los meses, hasta llegué a olvidar a los anteriores. Entonces no había whatsapp.
Me prestó varios libros personales, pero ninguno como El libro del cementerio de Neil Gaiman. Cuenta la historia de un niño cuyos padres mueren a manos de un despiadado asesino. El crío huye al cementerio, donde recibe la protección de los difuntos. Después de esta novela al más puro estilo romántico, buceé en otras obras del autor. Hoy en día es uno de mis escritores favoritos.
Me presentó a Esther Planelles en una reunión de escritores noveles si no me falla demasiado la memoria. Creo que estaba orgullosa de conocer a tantos juntaletras, entre cuentistas y poetas. Nadie podía imaginar por aquel entonces que ese par de chalados acabarían escribiendo un libro juntos. María Luisa leyó el primer borrador de Pelusillas en el ombligo y, aún no me explico cómo, sobrevivió.
Elena y Bienvenido volvieron, una para quedarse y el otro de visita. La nueva empezó a faltar cada vez con más frecuencia. Elena daba noticias con una lealtad más propia de una amiga que de una compañera de trabajo.
Entre la luz y la sombra del vasto océano, salió a la superficie para coger aire en varias ocasiones. Entonces creímos que había regresado, pero se estaba zambullendo entre las corrientes bailarinas.
Santa Claus no se la devolvió a Angelita, un personaje de cierto cuento navideño que no tenía a nadie más. Sin embargo, le hizo un regalo: la suerte de haberla desconocido. Hasta siempre, amiga.
domingo, 8 de enero de 2017
miércoles, 21 de diciembre de 2016
DESIDERATA

Me llamo Angelita García. Tengo 69 años, soy de Alicante y estoy viuda
desde hace una década.
Verá, yo no creía en usted hasta que empezaron con todo eso del
Halloween. Antes, cuando era niña, yo soñaba con los Reyes Magos. Luego me
enteré de que detrás del asunto estaban los padres y me pillé un cabreo de muy
señor mío. Recuerdo que estuve sin hablarles una semana, como se lo cuento. De
joven, mis ilusiones estaban puestas en mi marido. Se llamaba Ventura, pero no
tuvo suerte. Se lo llevó una enfermedad tan larga que cuando falleció me
alegré, mire lo que le digo. Y después del funeral fui al bingo a gastarme los
cuartos en las máquinas tragaperras, pero ni siquiera estas me devolvieron otra
cosa que calderilla. Al menos, disfruté de lo escandalizadas que estaban las
comadres del barrio, cuyos maridos se quedan sordos por no oírlas. A día de
hoy, creo en el presente. Y como la juventud bebe los vientos por lo americano,
se me ha ocurrido que podría escribirle a usted.
No quiero pedirle nada para mí. Tengo una aceptable pensión, una salud
repleta de achaques y un nieto que, de uvas a peras, viene a regalarme un
maravilloso dolor de cabeza.
Yo sé que usted no hace milagros, sino más bien lleva la ilusión a los
más pequeños. Reconozca que los adultos somos niños que esperan algo en el
fondo de unos trajes demasiado grandes, quizá recuperar la inocencia sin perder
esa sana picardía.
Pues bien, no me tome por loca si le pido que mi bibliotecaria vuelva
pronto. No sé qué libro elegir si ella no me recomienda alguno, no tengo con
quién hablar de lo pedante que resulta tal autor, no duermo pensando en el tipo
agrio que han traído de repuesto. Unos dicen que le ha tocado la lotería y
tiene barra libre en Cancún. Otros aseguran que, dado el precio de la vivienda,
se ha instalado en una cueva en la Serra Grossa.
Yo sé que tomará en consideración mi desiderata, estimado Santa Claus.
Feliz Navidad.
# dedicado a María Luisa
jueves, 15 de diciembre de 2016
ANIVERSARIO
Se
cumple estos días exactamente un año de la publicación de Pelusillas en el ombligo (Lastura, 2015). Cuando miras un libro
propio con la perspectiva del tiempo, te asalta la duda de si mereció la pena.
Es evidente que se podrían haber escrito mejores historias, pero la perfección
se me antoja imposible a la par que aburridísima.
Siempre recordaré la cara de
incredulidad de mis padres cuando les hablaba del libro. «No pueden haber
cuentos tan cortos —se negaba a creer mi madre como santo Tomás—, déjame ver.»
Tal
vez fue demasiado pretencioso aprovechar los microrrelatos de cierto concurso,
sobre todo porque la mayoría no superaron la dura criba del juez. Sin embargo, queríamos
dar una nueva oportunidad a algunos que nos parecieron injustamente
menospreciados. Curiosamente, los más populares entre el público. Baste uno
como ejemplo: «Soy la caña, dijo en la primera reunión de Alcohólicos Anónimos.»
¿Genialidad? ¿Disparate? Nunca lo sabremos. Si Podemos ha conseguido abrir una brecha en la política española, quizá no sea tan descabellado rebelarse contra los cánones establecidos, intentar por una vez algo que no suene a lo de siempre.
jueves, 8 de diciembre de 2016
EL GORDO

Suelen quedar los viernes a la salida de la fábrica. «¡Qué ganas de que me toque el Gordo!», dice Lidia mientras toma una cerveza acodada en la barra. Belén, apurando el café, se encoge de hombros. Marta pide un nuevo cubata y, mirando con picardía a las dos, replica: «Qué asco, por Dios, a mí que me toque uno delgado».
miércoles, 30 de noviembre de 2016
IGUALDAD
Al pasar por la puerta de Mercadona, mi hija pide ir un momento al servicio. Espero en la calle. Sale con cara de alivio. Dice: «No entiendo por qué hay un baño para chicas y otro para chicos». Llueve en Alicante, algo tan raro que merece un titular en el periódico. Contesto que a mí también me parece una chorrada.
miércoles, 23 de noviembre de 2016
NUEVA NOVA
Si pienso
en mi geografía vital, llego a la conclusión de que he viajado poco y soñado
mucho. La calle de mi infancia, Ricardo Oliver Fo (a punto de perder el nombre
por el tema de la Memoria Histórica), pronto fue sustituida por la de mi adolescencia,
tan solo a un par de manzanas: Plus Ultra. Para quien no lo sepa, la palabra
proviene del latín y significa «más allá». Dio nombre al hidroavión que
realizó por primera vez un vuelo entre España y América en el año 1926. También
es el lema del escudo de España. En la época convulsa de la Universidad, mis
padres decidieron cambiar a la calle Monforte del Cid, no sé si porque
sospechaban mis veleidades literarias o, más bien, porque mi madre quería vivir
frente a una iglesia. Aquí he echado raíces: unas veces volaría el campario con
dinamita, otras agradezco que me despierte para llevar a los chavales al
colegio.
Hace
poco, sin embargo, se ha producido una novedad en este nomadismo —léase con
ironía— que ha sido mi vida. He regresado a la calle de mi adolescencia. No al
mismo número, sería demasiada potra. Nací en el año 74 y, por uno de esos
caprichos del azar, he trasladado mi academia al número 47 de la calle Plus
Ultra.
La academia ha estado durante la friolera de diecisiete años en el tercer piso de la calle Monforte del Cid. Yo vivo entre el segundo y el tercero. No puedo negar que ha sido muy cómodo subir a trabajar. No había posibilidad de llegar tarde. Ahora bien, reconozco que necesitaba separar espacios. Por las noches, cuando todos los chavales se habían largado, la academia se convertía en el refugio del escritor. En medio de esa soledad buscada, de repente me asaltaba la angustia de que una historia con tal o cual alumno se hubiera quedado pendiente. Lo peor de todo era la certeza de que jamás resolvería el nudo con un buen desenlace. Ese enano de mi memoria se habría convertido en un hombre o una mujer. Y me podría pegar una hostia o dar un beso, quién sabe.
La nueva
Academia Nova es un sueño hecho realidad. Mi mejor cuento sin duda. Sencilla,
práctica y coqueta. Aún quedan detalles pendientes de resolver, por supuesto,
pero a la gente le encanta. Hasta mi perra, Candy, ha encontrado un hueco para
ella en su corazón. Tiene forma de patio. Allí roe las horas en compañía de un
hueso imaginario. Espera que mi mujer y yo terminemos de dar clase.
miércoles, 16 de noviembre de 2016
UNA IDEA ORIGINAL
No había tenido una sola idea original en toda su vida.
De crío pensó que no le pasaría nada si metía los dedos en el enchufe. De mayor pensó que no le pasaría nada si tocaba las tetas de Ana. De anciano pensó que no le pasaría nada si se quitaba aquellos goteros y se marchaba tan campante de aquel hospital.
Pero sí pasó. De crío recibió una sonora bofetada de su pobre madre. De mayor recibió una sonora bofetada de su novia. De anciano recibió una sonora bofetada de su hijo. En aquellos momentos decisivos, supo que les importaba, pero, al mismo tiempo, hubiera deseado algo más sutil y menos doloroso.
No había tenido una sola idea original en toda su vida hasta que tuvo una. Pensó que no quería morirse en aquel manicomio sin haber probado todas aquellas cosas de nuevo.
Al primer descuido, se tragó todas las pastillas de aspirina de su mesita de noche blanca. Todos pensaron que tenía tendencias suicidas, pero nadie tuvo la idea original de considerarle una especie de iluminado. Alguien que viaja a través del tiempo al corazón de su más tierna infancia sin necesidad de peyote con el objetivo de rendirle un digno homenaje.
Al segundo descuido, alquiló una puta. La pillaron saliendo de su dormitorio. Nadie de la familia se explica muy bien cómo la pagó porque no tenía monedero ni tarjetas de crédito. A ninguno se le ocurrió pensar que la muchacha no era una pelandrusca, sino una alumna de la facultad que compartía piso con otras dos... chicas, se financiaba sus estudios y, de cuando en cuando, aceptaba ese tipo de trabajitos. Por eso no tuvo reparos en cobrar por sus servicios un diente de oro de su difunta esposa. El viejo pensó que era el mejor homenaje que le podía hacer. Ella tenía el raro don de ser la más beata en la iglesia y la mayor puta en la cama. Solía decir que la mujer devota no tenía por qué ser una castrada.
Al tercer descuido, secuestró a la enfermera tailandesa que le tomaba la temperatura rectal. Como en las películas pidió un vehículo para huir del edificio con la rehén, pero a diferencia de las películas consiguió, por mediación de su familia, que le dejaran marchar.
Podría haber ido a cualquier parte, pero no hubiera llegado muy lejos. La enfermera tailandesa le miraba con una mezcla de compasión infinita y sagrado temor por las limitaciones de su improvisada mordaza. Igual que la puta. Pero ambas sabían que no les haría nada.
Soltó a la chica y se fue directo a casa.
Después de tanta exhibición, a su familia no le costó comprender que un hombre sano no puede acabar sus días en un hospital. Y menos en un asilo.
Nunca más tuvo una idea original.
Durante meses se mantuvo al margen. Pensó que le pasaría algo terrible si cogía a su nieta en brazos. Se equivocó de nuevo. La niña se abalanzó sobre él y le dio un sonoro beso.
Atlantis, 2009
miércoles, 9 de noviembre de 2016
TRUMP
En sus primeras palabras ante miles de simpatizantes estuvo a punto de decir «ha sido trampa, una vil y sucia maniobra del partido demócrata para alejarme del poder, voy a denunciar el fraude electoral», pero en el último segundo vio por el rabillo del ojo el abrigo de su esposa, valorado en más de doce mil dólares, y reaccionó diciéndose: «What the fuck, I’ve won!». Entonces se permitió el lujo de ser conciliador en su discurso. Ya tendría tiempo de aplastar a esas cucarachas de inmigrantes y mujeres.
domingo, 30 de octubre de 2016
ALETEO NOCTURNO
En el pueblo circulan leyendas que ponen los pelos de punta. A pesar de los consejos de su madre, Clotilde es una joven deseosa de experimentar sensaciones nuevas. Se dirige a la ventana, la abre de par en par, respira el aroma a jazmín de la noche. Luego, ya acostada en el lecho, retira su camisón hasta dejar un hombro al aire. No contenta con el reclamo, decide ofrecer medio pecho a la supuesta criatura que dejó completamente desangrada a su infeliz prima. Desde pequeñas, fueron rivales en todo. Así de coqueta la vence el sueño.
Un aleteo poderoso alcanza con parsimonia de caracol el alféizar de la ventana, pero Clotilde despierta muerta de frío y corre a clausurar el cuarto. Ni siquiera presta atención al rostro pegado al cristal. Una mueca cruel dibujan sus labios cetrinos.
—Prima… —susurran esos labios sin vida.
Clotilde ya ronca como una mala bestia cuando dos colmillos relucen a la luz de la luna, reculan y un batir de alas se bate en retirada.
Clotilde ya ronca como una mala bestia cuando dos colmillos relucen a la luz de la luna, reculan y un batir de alas se bate en retirada.
Más historias escalofriantes en el blog de Charo Cortés.
sábado, 22 de octubre de 2016
EL SEÑOR (11)
—Estoy más aburrida que una ostra —comenta Nuria.
Nuestro pequeño piso de alquiler se ha convertido en
un refugio pero también en una cárcel. Desde que hablé con el mayordomo,
tenemos cuidado de no llamar la atención. Recuerdo claramente sus palabras: «La
invisibilidad es un don, pero también puede destruirte con la facilidad que cae un
castillo de naipes». No se refería a él, claro está, un simple sirviente con la
preciosa virtud de saber guardar un secreto.
—Salgamos a pasear —propongo.
—Pero sin hacer tonterías —advierte Nuria—, que aún
no me he quitado de la cabeza lo que te dijo el mayordomo.
Sebastián entró al servicio del señor cuando el
aristócrata aún tomaba una copa de jerez todos los días. Sentado en su querido
sillón orejero junto a la chimenea encendida, vaciaba la copa y se le desataba
la lengua. En una de esas ocasiones, le contó el motivo por el que no salía
nunca. Había gozado de todos los placeres habidos y por haber. Había, incluso,
cambiado el curso de la historia reciente. Se sentía exhausto y, al mismo
tiempo, culpable de que su poder de volverse invisible le hubiera dominado. Para
librarse de la herida luminosa, debía legarla a un mortal capaz de merecerla.
Me escogió a mí.
Una mujer sería más prudente.
La luna llena lame
con su luz las aguas del puerto. Lanzo piedras contra una quietud que asusta.
—¿Te das cuenta de
que se nos puede ir la olla como a Michael Jackson con la fama? —interrumpe
Nuria el chapoteo.
—Nada malo sucederá
si permanecemos juntas.
En el fondo, intuyo que cuando a mi amiga se le pase el susto volverá a las andadas. Añora cometer actos impuros.
miércoles, 12 de octubre de 2016
EL SEÑOR (capítulos 6-10)

6
Mientras Nuria decide ir a robar al Corte Inglés —vaya ocurrencia—, yo opto por darle a la invisibilidad un fin más provechoso. Nos ha desvelado el ruido de la ducha a las ocho de la mañana. La amiga que alojó anoche a este par de pájaras es conserje en un edificio oficial.
Al tomar conciencia de mis, llamémoslos así, poderes, creo que una responsabilidad nueva me llama a ejercer de cicerone. Usted, lector, será el visitante privilegiado de este museo del hombre.
Camino sin prisa, disfrutando del paseo por la ciudad. No hace ni frío ni calor, sino un clima benigno que no presagia nada bueno. Al principio, esquivo a los transeúntes como una persona normal. Cuando caigo en la estupidez de mi acto, me echo a reír. Más de uno se gira con temor hacia el vacío, y acelera la marcha.
Entro en el edificio donde, en unos minutos, comenzará la rueda de prensa. No cabe un alfiler en el salón. El hombre de la barba rala comparece ante los medios para hablar de las medidas que su gobierno va a tomar, a partir de ahora, para atajar los casos de corrupción.
Cuando anuncia la tercera norma, tan tibia como las dos anteriores, se queda congelado en la frase «habrá tolerancia…». Con un gesto de dolor infinito en la cara, acierta a decir aún «… cero». Los fotógrafos inmortalizan lo que podría resultar, con suerte, un infarto en directo.
Aflojo un poco la presión en los testículos, no sea que se desmaye sin terminar su discurso. Mira a todas partes asustado. Suda copiosamente. La vicepresidenta le ofrece un vaso de agua.
Después de beber, dice lo que le he susurrado al oído que diga. Lo repite varias veces para que no exista ningún género de duda.
—La única medida efectiva contra la corrupción es que, de aquí en adelante, una mujer asuma el gobierno.
7
Oigo pasos en el piso. Estoy lavándome el pelo en el baño y me asomo al pasillo a ver quién es. Aparentemente no hay nadie en el recibidor. Juraría que alguien intenta pasar desapercibido como un yonqui en una convención de metadona. El sonido de unos botines se aleja dejando gotas de sangre en el parqué.
Me coloco una toalla a modo de turbante. Al entrar en la cocina, dos detalles captan mi atención: una fregona apoyada en la pared y mi amiga Nuria con una fea herida en la mano. Su cara refleja miedo.
—¿Se puede saber qué carajo te ha ocurrido? —pregunto elevando la voz sin querer.
—Solo es un rasguño, Tina.
Después de realizar un vendaje más bien cutre, preparo una infusión de frutas del bosque para cada una.
—Atravesé el escaparate —relata Nuria— sintiéndome como un fantasma en un castillo encantado. La diferencia residía en que el Corte Inglés se encontraba abarrotado a esas horas. La gente contempló atónita libros cuyas páginas pasaban solas, colchones que se curvaban hacia abajo sin explicación, patatas fritas que eran masticadas ruidosamente por mandíbulas imposibles. Corrió la voz de un poltergeist haciendo de las suyas. Cundió el pánico.
—No me extraña —interrumpo el relato.
Recojo las tazas y regreso con un par de vasos de whisky.
—Un vigilante con sangre fría —prosigue Nuria— trató de detenerme mientras robaba un anillo. No hice caso y sacó su pistola. Abrió fuego.
En ese momento llaman al timbre y las dos damos un respingo.
—¿Quién? —pregunto por el telefonillo.
—Tu marido.
8
Pedro, mi marido, se ha quedado con cara de gilipollas. No encuentro un término mejor para describirlo.
En cuanto ha entrado por la puerta, Nuria ha pretendido dejarnos a solas para que hablásemos. Sin embargo, yo he preferido que esté presente. Pedro se ha pensado lo peor, pero le he tranquilizado al respecto con una caricia en la mejilla.
Me ha mirado sin comprender nada cuando he llenado un vaso hasta arriba y, a continuación, le he pedido que se lo bebiera.
—Es whisky. Sabes que no bebo —ha dicho.
—Bebes o no hay historia —ha afirmado tajante Nuria.
He comenzado por el principio: el trabajo en casa del señor y las extrañas visitas nocturnas. Luego he explicado de la mejor manera posible el raro poder que me ha transmitido el anciano aristócrata, y la posibilidad que tengo de convertir a otros en invisibles. En este momento, Pedro ha soltado una risotada. Al cabo de un instante, ha añadido:
—Mira, no me cuentes milongas. Soy tu marido. Estoy preparado para lo que sea: te has metido en una secta, sois lesbianas, un tumor. Lo que sea.
Me he sentado en sus rodillas y, tras posar un beso en sus labios, le he arrancado un botón de la chaqueta. Pedro se ha puesto de pie y ha empezado a buscarme frenéticamente. Luego ha zarandeado a Nuria para que le dijera dónde me había escondido. Finalmente, ha gritado mi nombre.
—Calla. Me vas a dejar sorda —le reprocho quedamente—. Además, me has tirado al levantarte con tanta brusquedad.
—Coño, Tina, es que te has vuelto invisible de verdad.
Con hilo y aguja, mi amiga acaba de coser el botón. Pedro toca mi cuerpo como si me viera por primera vez.
9
—No lo entiendo.
Tina me ha pedido que le explique a Paco la situación, pero suavizando todo lo posible. Por el salón de su casa parece que haya pasado un ciclón. El desorden es palmario. Nuria solía tener la vivienda tan impecable que ha convertido a este hombre en un drogadicto de ella. En cuanto a su aspecto físico, la cosa no pinta mejor. Barba de varios días, manchurrones de comida en la camisa, olor a alcohol en el aliento.
Le he dicho —intentando sonar convincente— que las chicas han decidido tomarse unas vacaciones porque a Tina le ha tocado un pellizco en la lotería.
—No lo entiendo —ha repetido—. Uno se pasa la vida trabajando como un burro para que, al mínimo descuido, se larguen por ahí a gastarse un dinero que también es nuestro.
—Bueno…
—Quería decir tuyo, perdona.
Le pongo la mano en el hombro, tratando de infundirle los ánimos que he perdido. Tina ha fracasado en el intento de convertirme en humo, de lo cual se deduce que los tíos lo tenemos chungo para ser invisibles. Quizá me pesan demasiado las pelotas.
—Las dos han prometido —afirmo inspirado— que, a la vuelta, nos invitan a un restaurante caro.
—¿Y dónde han ido? —se interesa súbitamente.
—Marruecos.
Pide que me quede un rato y vemos la tele. No puedo negarle un poco de compañía. Al cabo de un instante, posa su cabeza en mi hombro y se abraza. El cabrón duerme como un niño.
Le pongo la mano en el hombro, tratando de infundirle los ánimos que he perdido. Tina ha fracasado en el intento de convertirme en humo, de lo cual se deduce que los tíos lo tenemos chungo para ser invisibles. Quizá me pesan demasiado las pelotas.
—Las dos han prometido —afirmo inspirado— que, a la vuelta, nos invitan a un restaurante caro.
—¿Y dónde han ido? —se interesa súbitamente.
—Marruecos.
Pide que me quede un rato y vemos la tele. No puedo negarle un poco de compañía. Al cabo de un instante, posa su cabeza en mi hombro y se abraza. El cabrón duerme como un niño.
10
Por supuesto, no estamos de viaje en Marruecos. Hemos alquilado un piso en otra ciudad mientras aclaramos las ideas. Pedro no me agobia con demasiadas llamadas, pero sé que lo está pasando mal. Por un lado, vela por un Paco cada vez más inquieto y desorientado. Por otro, acude al trabajo con toda la normalidad que las circunstancias permiten.
Nuria, en cambio, ha pasado de ser la típica ama de casa que pide permiso para echar un polvo a convertirse en una devoradora de hombres sin complejos. Utiliza la invisibilidad para salir de casa de sus amantes en los momentos más inoportunos. Nunca la han pillado hasta ahora.
Ya no he vuelto a meter mano en política, pues desde que hay una presidenta del gobierno la corrupción no ha aumentado pero tampoco ha sido eliminada por completo. En cambio, he meditado largamente cuál debe ser mi siguiente paso.
Esta tarde, he visitado al mayordomo del señor. Nunca pensé que volvería a poner los pies en esa casa. Contra todo pronóstico, se ha mostrado de lo más amable. Incluso se ha disculpado por haberme despedido. Mientras tomábamos el té en una salita, un carrillón me ha sobresaltado al dar las cinco en punto.
No me he atrevido a contarle lo que pasa.
Él ha lamentado tener tanto tiempo libre. No deja de ser curioso. Según el testamento del señor, seguirá cobrando sus honorarios mientras viva con la única condición de mantener el hogar habitable.
Antes de que el crepúsculo ahogara el último rayo de sol, el mayordomo ha hecho una pregunta reveladora:
—¿No tienes a veces la sensación de que, aunque lo puedes todo, no puedes hacer nada?
Me he vuelto hacia él y, por primera vez, lo he mirado a los ojos.
No me he atrevido a contarle lo que pasa.
Él ha lamentado tener tanto tiempo libre. No deja de ser curioso. Según el testamento del señor, seguirá cobrando sus honorarios mientras viva con la única condición de mantener el hogar habitable.
Antes de que el crepúsculo ahogara el último rayo de sol, el mayordomo ha hecho una pregunta reveladora:
—¿No tienes a veces la sensación de que, aunque lo puedes todo, no puedes hacer nada?
Me he vuelto hacia él y, por primera vez, lo he mirado a los ojos.
miércoles, 5 de octubre de 2016
PIZZA CUATRO QUESOS
¿Cuál es el queso favorito de Pedro Sánchez? Camembert hoy podría ser president. ¿Y el de Rajoy? El emmental, querido Bárcenas. Pablo Iglesias no come queso porque es vegano. En cuanto a Rivera, está entre el azul y el de bola.
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