
Recuerdos
que son restos
de ensalada de wakame
entre los dientes;
cuando, por fin, extraes
sus infinitos hilos
deshilachados,
te han alimentado
una vida.
Mis amigos dicen que me dedico a vivir del cuento. No he escrito ninguna novela porque me parece un género poco comercial.

Como
siempre, cogí un ejemplar de Trece rosas negras para mostrárselo a la gente. Entonces me abordó una mujer de la
organización para decirme que, según las normas de la Feria, estaba prohibido
ofrecer libros a los transeúntes. Desde la educación y el respeto, no entiendo
cómo podría ofender a alguien por hablarle de mi libro. Quienes carecemos de la
publicidad millonaria de una estrella de fútbol, debemos recurrir al ingenio y
a la labia para darnos a conocer. Como profesional que soy, reaccioné con una
sonrisa. La charla de Sarah Jamet Martínez, mi compañera de firma, ayudó a
relativizar las cosas. Descubrí a una persona especial que tiene una historia
de superación a sus espaldas.
Atardecía
cuando ocupamos nuestra habitación en el hotel Abando, que se comunicaba
mediante puerta corrediza con la de mis hijos. Lujosa pero práctica. Espaciosa
a la par que cómoda. Había un sillón junto a la ventana que se convirtió en mi
rincón de lectura favorito. Un hervidor de agua eléctrico completó mi
felicidad.
A
la mañana siguiente, salimos en estampida por Bilbao. Ya habíamos catado la
ciudad cuatro años antes en un viaje organizado. Mis padres nos acompañaban
entonces. Ahora saboreaba la libertad de recorrer sin prisa los alrededores del
Guggenheim, de vagar por el dédalo de callejuelas del Casco Antiguo, de beber
de las fuentes que tanto escasean en Alicante. Un amigo me mandó un mensaje
para quedar, pero le dije que andaba por el Norte para recoger un premio.
Repasé mentalmente lo que diría por enésima vez. No me convenció en absoluto.
Por
la tarde, fuimos en metro a Portugalete. Nos esperaba Mari Carmen Azkona
vestida con un traje popular vasco. Despistado como soy, ni se me ocurrió
preguntarle por su indumentaria. Un mercado medieval había invadido las
callejas empedradas de la villa, devolviéndola a un tiempo pretérito. El viento
olía intensamente a mar. No tardó en unirse al paseo Alicia Uriarte con su
marido, gran fotógrafo por cierto. No tardé en anudarme el pañuelo al cuello
para proteger la garganta. No tardaron en comentar «El día infinito», el cuento
gracias al cual estaba allí con ellas. Afortunadamente, las críticas fueron
constructivas e incluso Alicia se tomó bien que la hubiera convertido en
personaje. El tiempo se fue volando como un jugador de cucaña.

El
autobús tardaba la friolera de trece minutos y no tuve paciencia de esperar
bajo la lluvia. Llegué puntual a mi cita, pero con los bajos del pantalón
calados. Carmen Juan y Sara Trigueros, las libreras, no parecieron darse cuenta.
El edificio Séneca, con sus techos altos y murales, secaría un poco mi ropa.
Miré alrededor: ni un alma salvo los libros, los libreros y quien escribe estas
líneas.