Una avalancha de clientes inundó el establecimiento que días, semanas, meses antes había permanecido solitario como iglesia en agosto. El dueño se frotó las manos al tiempo que su mujer recelaba: —No creo que estas rebajas del 100% levanten nuestro negocio. Más bien nos hundirán definitivamente en la miseria. —Tú confía en mí, querida, que nadie ha aguantado tanto tiempo sin gastar.
El verano suele estar repleto de iniciativas culturales de lo más variopintas, la mayoría de las cuales te importa un carajo el resto del año. Sin embargo, en esta época las acoges con alborozo.
La versión de Drácula de 1931, que encarna un sobreactuado Bela Lugosi, me empuja dando un paseo a la Sede Universitaria de Alicante. El público asistente está compuesto, en su mayoría, por jubilados o por estudiantes que acaban de leer la edición crítica de la novela de Bram Stoker. Una madre con peinado a lo Amy Winehouse lleva a su hija a conocer el mito.
Con permiso del conde, siempre me pareció más fascinante el personaje de Rendfield, interpretado por el actor americano Dwight Frye. No sólo a mí me enloquece esa mirada, esa risita demente. Alice Cooper compuso Ballad of Dwight Fry en honor a este actor, que se encasilló en papeles de maníacos.
A diez minutos del clímax, Drácula queda congelado intentando hipnotizar a Van Helsing. La imagen avanza unas cuantas décimas de segundo y se detiene. Así, a cámara lenta, Bela Lugosi está tan cómico que nos da la risa.
En vista de lo que sucede, avisan a un responsable. Manipula el aparato sin suerte. Extrae el deuvedé, lo inserta, busca opciones en el menú. Nadie da crédito a lo que ocurre cuando reinicia el film, ignorando el índice de capítulos. Por suerte, conoce el botón de avance rápido pero lo acciona a una velocidad ridícula. Nos comemos Drácula de nuevo escena por escena.
Es curioso que ninguno de los presentes acuda en auxilio de esa mujer peleada con la tecnología. Me recuerda que los españoles nos lanzamos a la calle a protestar tarde y a destiempo. La mayoría de las ocasiones, cuando ya no hace falta. El deuvedé se vuelve a parar, esta vez un poco más adelante. La apurada auxiliar dice lo que todos esperamos: «Esto no tiene arreglo». Y añade: «Al final el vampiro muere».
El tiempo se había detenido, estancado en sus pezones, atrapado en su lengua que se enredaba con la mía.
Siento decepcionarle, querido lector, no le presento la última novela de La Sonrisa Vertical, pero no me niegue que esta frase destila erotismo, atrapa como insecto en el ámbar. Le hablaré del libro al que pertenece este fragmento enseguida. Antes póngase cómodo en su sillón favorito y disfrute, aunque hágalo con moderación. Puede que haya una «Amantis» al acecho.
Por cierto, ¿tiene mascota? Mejor. Yo me deshice de mi perro hará un par de horas. Sé que suena paranoico, pero me observaba de un modo casi enfermizo, hasta el punto de que llegué a convencerme de que en cualquier momento me devoraría.
Hablando de devorar, usted también habrá oído casos de mujeres jóvenes que se casan con viejos a punto de criar malvas. Aún no están fríos en «El ataúd» mientras ellas compran abrigos de visón. Afortunadamente, algunos deseos se revuelven contra su dueño. Igual que en el famoso relato «La pata de mono» del escritor inglés W. W. Jacobs.
Acabo de regresar, querido lector, de tomar un trago y le encuentro en la misma postura que le dejé, hechizado por ese libro misterioso que no ha soltado en toda la tarde. No quiera saber lo que me ha ocurrido. Aún tengo ese olor a chamuscado metido en la nariz. Se me pasará, espero. Quién sabe lo que cruza por la cabeza de esa gente que nos invade de otros países. Se creen que esto es Jauja, que la vida no es un «Sacrificio» constante.
Perdone, el libro es de una escritora llamada Felisa Moreno. Si no es mucho pedir, estimado lector, le agradecería que sacara la mitad de su cuerpo de las páginas abiertas como fauces. Por supuesto que lo entiendo, no está en condiciones de complacerme. Y se deja engullir hasta desaparecer en estos Cuentos caníbales (Amazon, 2012).
Yo no soy amigo de aglomeraciones ni de la necesidad de trascender a toda costa que tienen algunas personas. Prefiero, en lugar de eso, la soledad útil y el rentable olvido para poder crear historias.
Por ello, cuando la editorial me propuso firmar en la Feria del Libro de Madrid lo tomé como algo que no cambiaría mi vida en absoluto. Y así ha sido, en parte.
La soledad presidió el inicio de nuestro fin de semana en Madrid. Una soledad en compañía, primero de las estrellas, luego del amanecer en el tren. Mi mujer optó por escuchar música; yo preferí ver una película con la que me harté a llorar. Algo debió de influir la falta de sueño.
Tras un fugaz vistazo de Atocha, buscamos el hotel y nos instalamos. Faltaba aún un buen rato para la hora de comer, así que decidimos visitar lo que nos saliera al paso. Y nos encontramos cara a cara con una manifestación de ciclistas desnudos. No fue plato de buen gusto contemplar tanto pene famélico, tanta teta esmirriada bregando con el aire.
En la calle Desengaño existe una tienda de fachada de madera donde mi mujer quería arruinarse a toda costa, de modo que nos dirigimos allí por la emblemática Gran Vía. No tardamos en caracolear por el barrio antiguo, y pronto la dejé con una sonrisa de oreja a oreja. Caminando sin prisa, llegué hasta una plaza donde las putas ejercen junto a una comisaría. Al menos, no les falta seguridad. Al doblar una esquina, me echó los tejos un muchacho en bermudas que iba marcando paquete y fumaba con mucho arte. Consulté el mapa. El barrio de Chueca quedaba al lado.
Poco después, nos contábamos estas y otras anécdotas en el único restaurante japonés vegetariano de Madrid.
Después de una siesta reparadora, caímos por la Feria. Sería más exacto decir que fuimos engullidos por una multitud borracha de figuras literarias. Este es uno de sus principales atractivos: que te firme un autógrafo tu escritor favorito. El problema surge cuando los que te gustaría que estuvieran no están. No sé qué me pasó. Pudo ser una crisis de Lucías o un hartazgo de Boris. El caso es que salimos de allí como alma que lleva el diablo, no sin antes reparar en una caseta algo apartada, donde compré la novela Más allá de las estrellas, de Maribel Romero Soler. Me identifiqué tanto con el ojo alucinado de la portada…
La noche nos guió, sin saber muy bien cómo, a la Puerta del Sol, donde los indignados agitaban cualquier objeto metálico en señal de protesta. Me pareció escuchar: «Zapatero readmisión». Tengo el oído fatal, porque en realidad decían: «Los banqueros a prisión».
La Feria ofrecía una imagen más amable aquel domingo, alejada de las aglomeraciones que me hicieron huir el día anterior. Aquello me animó a comprar otro libro antes de asistir a mi propia firma. En el camino nos encontramos a Mari Carmen Azcona, que me dio un abrazo de película, desatando las envidias rencorosas de los paseantes. La jornada no podía haber empezado con mejor pie.
Mari Carmen ya estaba junto a la caseta de Carrasco Libros cuando llegué cargado con la novela Nada es crucial, de Pablo Gutiérrez. Busqué nuestros nombres en el cartel anunciador de firmas, y entonces lo vi. Habían escrito en una libreta cuadriculada PATCHWORK y VAREANDO “NUVES”. Era el colmo de la cutrez.
Al principio me callé como una puta, pero una mujer, que me confundió con el vendedor de la caseta, hizo la observación de que “NUVES” era una falta grave. No se lo discuto, señora, repliqué, pero la falta no es mía. Y le mostré la portada del libro para reforzar mis palabras. Me miró con desprecio y se marchó.
Una vez corregido el despiste, prosiguió la firma sin mayores incidentes destacables. Algunos amigos hicieron el esfuerzo de acercarse hasta la Feria y se lo agradezco mucho. Fue el caso de Conchi Agüero, que me ha arropado en tres actos de promoción de VAREANDO NUBES. Creo que le debo otro cuento. También tuve el placer de conocer en persona a Álvaro de la Riva, yonqui del cine de podridos, y cuya novela Parásitos reseñé para mi blog. Mientras nos fundíamos en un caluroso abrazo se escapó una paradoja: ¡Cuánto tiempo sin vernos!
La tropa de Netwriters tampoco se perdió el evento. Aluciné con la generosa simpatía de sus miembros, con el porte aristocrático de Emilio Porta y con el sentido ético de Enrique Gracia, quien tuvo el detalle de incluir mi obra en el blog dedicado a la colección. Los amigos del Trasatlántico demostraron que todos somos un poco lobos en este mundo de redes sociales. Me hubiera encantado comprar un ejemplar de Historias de la puta crisis, pero no tuve previsión de guardar unos eurillos. Quizás en algún momento pueda escribir una reseña.
Mientras los últimos curiosos flirteaban entre las páginas de nuestros libros sin decidirse a comprar, Mari Carmen y yo recogíamos nuestras pertenencias dispuestos a dejar la caseta. Me despedí de una escritora que se hacía fotos con quienes compraban su novela new age. Fabulosa táctica, sobre todo si tenemos en cuenta las perolas que lucía.
Alguien le preguntó a mi mujer si nos apetecía comer con los trasatlánticos en un restaurante. Allí, lejos de nervios y cerca de un vino rosado, dejamos volar un poco al chiquillo que llevamos dentro, desmenuzando las mejores jugadas de una firma tan surrealista como entrañable. Nos tocó una camarera de mente cuadriculada que no hacía más que recordarnos lo que no entraba dentro del menú. Creo que me habría casado con ella, con permiso, claro está, de mi pareja. Y así formaríamos un trío maravilloso: la realidad, la locura y una página en blanco.
Juan despertó aquella mañana con el presentimiento de que algo había cambiado en su interior, pero no le concedió mayor importancia. Se preparó para desayunar, como todos los días, su tazón de leche con colacao. Enchufó la radio a toda potencia, pero no en la emisora de noticias que solía, sino en una cadena musical. Sonaba «Paquito el chocolatero». Se asustó al tararearla. Se asustó mucho, pero no podía evitarlo. Al acabar la melodía, vomitó estrepitosamente en el pasillo. Huyó a la calle. Necesitaba tomar dos o tres bocanadas de aire puro. En su lugar, tuvo que conformarse con el humo de una traca que estalló en sus mismas narices. Y a continuación, las delicadas notas de «El tractor amarillo» en formato banda de música. Un chaval salía cargado de material de una tienda que en su origen había sido de disfraces. Juan sintió que le hervía un sentimiento nunca antes imaginado, una alegría nunca antes saboreada, una necesidad de unirse a la tarea de reventar tímpanos. Suplicó y suplicó, pero el chiquillo dijo que eran suyos, que no pensaba compartirlos. No le dejaba otra opción. Lo agarró del pescuezo y le robó los petardos. Acabó en comisaría, entregándose. Unas horas después, se encontraba de nuevo en la calle. Un poli le había aconsejado que se alejara de aglomeraciones, niños y petardos. En resumen, que se tomara la vida con tranquilidad. Decidió picar algo en una cafetería. Eligió una pequeña, un poco tétrica, con un televisor enorme, apagado. Pidió al camarero cualquier cosa de comer y le trajo coca amb tonyina. En circunstancias normales, se la habría tirado a la cara, pero aquello era una pesadilla, un descenso a los infiernos, el apocalipsis. Nada de lo que estaba viviendo tenía sentido. Y como si fuera un exquisito manjar, la despachó de un solo bocado. El colmo es que le gustó. Lo que le convenció de que estaba atravesando una crisis espiritual al más puro estilo del padre Karras en «El exorcista» fue la necesidad de encender la tele de la cafetería. Nunca le había gustado la caja tonta. Siempre había preferido leer a Kafka o Freud. Eran sus autores favoritos. También le fascinaba el cine. Era un apasionado de Akiro Kurosawa. Pero aquella mañana de junio se hincó de rodillas en el suelo adornado con cabezas de gambas y pidió a voz en grito que un alma caritativa conectara el viejo aparato. —¿Algún canal en especial? —dijo el dueño del establecimiento con algo de retintín. —Pues ahora que lo dice, ¿sería posible ver una buena corrida de toros? —Pues claro que sí, hombre, no faltaría más. Dos hombres vestidos de blanco lo metieron en un coche fúnebre con una sirena en el techo, no porque quisiera ver la tele, sino por intentar torear una croqueta de jamón. Durante el trayecto en ambulancia, Juan supo que aquello no era una crisis espiritual. Se parecía más bien a una evolución de sufrido capullo a descarada mariposa. Aquellas fueron las mejores Hogueras de su vida. Al día siguiente, Juan volvió a presenciar una corrida de toros, esta vez en directo, como invitado especial en el palco de honor, escoltado ni más ni menos que por el Alcalde y el Presidente de la Comisión Gestora. Él ya no era él. Era ella. Saludaba con la mano. Sonreía. Se asaba de calor bajo el pañuelo blanco de puntilla de bolillo. Ahogaba todos los poros de su piel con un espeso maquillaje. Sufría los rigores de la felicidad dentro de ese corpiño de terciopelo negro. Los toreros lanzaban orejas al público y cogió una, pero era de un señor con bigote y hubo trifulca. La noche de la Cremà lloró como una magdalena porque se quemaba el monumento tras un año de indecibles esfuerzos. La opinión pública se pregunta cómo es posible que sucedan estas cosas. Una chica ha aparecido maniatada y amordazada en el maletero de su coche. Según ha declarado, un señor aparentemente amable la obligó a desnudarse y a introducirse en el portaequipajes. Este señor, que se halla en paradero desconocido, se hizo pasar por Bellea del foc toda la jornada sin que nadie se diera cuenta. Ni siquiera sus propias Damas de honor, que mantienen que el sueño y el cansancio tras cinco días de fiesta las inhabilitó para ejercicios detectivescos. El médico que ha realizado el chequeo a la auténtica Bellea afirma que se encuentra bien de salud, aunque los daños psicológicos son irreversibles.
El mundo no es un lugar en el que vivamos aislados unos de otros.
No es mala filosofía la de Mari Carmen Azkona para el tiempo tan individualista que nos ha tocado vivir, donde la amistad está tan devaluada que se ha convertido en todo un artículo de lujo.
Diría de Patchwork (Atlantis-Netwriters), el debut literario de nuestra amiga de La Nieve, que es una red de pesca donde la insolidaridad no tiene cabida. Temas como la caprichosa naturaleza, la prostitución, el suicidio o la eutanasia están presentes en su obra. En este último parece dejar claros sus principios: «No sucumbo ante la muerte… apuesto por la vida».
En plena supremacía de la novela, Mari Carmen Azkona publica un libro donde los géneros se mezclan con tanta alevosía que a más de un editor le habrá dado un jamacuco. Microrrelato, relato y poesía conviven en Patchwork al estilo de lo que imaginó John Lennon.
Más allá de clichés y tendencias, de un uso indiscutiblemente bello del lenguaje, Mari Carmen busca «entre sus recuerdos, cada anochecer, una historia para evitar la muerte». Es innegable el poder salvador de la literatura: ese espejo donde comprendernos mejor.
Nunca olvidaré esa escena de la película Patch Adams (Tom Shadyac, 1998) en la que Robin Williams invita a unos futuros ginecólogos a penetrar a través de una puerta en forma de ustedes ya saben. Muchos genios malgastan su talento regodeándose en los males del hombre. Mari Carmen Azkona, en cambio, se niega a ser «un fantasma que se arrastra por finales injustos». He ahí su genialidad.
No dejen de enredarse en Patchwork. Soñar es la mejor forma de empezar a cambiar las cosas.
Acabo de volver de la Feria del Libro de Madrid hace unas horas, y recibo la sorpresa de Ssil, que dedica a VAREANDO NUBES una estupenda reseña en el blog Lo que quiera leer hoy.
Como bien dice, intento no dejarme atrapar por la realidad ni por las malas noticias, sino que procuro sacar partido de ella mirando por un agujerito.
Por otro lado, televisión española se cuela en la Feria de Madrid y deja testimonio de que no me callo ni debajo de las piedras. Comprobadlo si no me creéis.
Si no pudiste acudir a la presentación oficial de VAREANDO NUBES, ni a la lectura de cuentos en la ONCE, ni a la firma de libros en el Mercado Central de Alicante, ni a la charla en Libros 28… aún te queda una oportunidad de conocerme en persona y estrecharme entre tus brazos. Mientras tú me abrazas, yo te firmo un libro que luego no tendrás más remedio que comprar. Lo siento, majo, el editor me obliga.
Estaré en la caseta nº41 de la Feria del Libro de Madrid (situada en el Parque del Retiro) el próximo domingo 10 de junio entre las 11:30 y las 14:00 horas.
Me acompañará la escritora y amiga Mari Carmen Azcona, autora del libro PATCHWORK, con quien jugaré al Twister. A ver quién es capaz de desenredarnos luego.
Sigo vareando mis nubes allá donde la crisis de sonrisas no llega. Si te gustan los relatos con sutil ironía (al estilo de Quim Monzó), estaré encantado de charlar contigo el viernes 1 de junio a las 20 horas, en la biblioteca de San Javier (Murcia). Por si aún no lo tienes claro, me acompañará el escritor Panchi Caballero, autor del apasionante thriller policíaco El tren de los muertos, que tuve la suerte de presentar el pasado mes de marzo.
Después de la presentación oficial de VAREANDO NUBES y su paso por la ONCE de Alicante, me parecía lógico probar suerte en una librería. Huyendo de la impersonalidad de las grandes superficies, opté por LIBROS 28, situada en el corazón de San Vicente del Raspeig, cuya dueña, Rosa, es un encanto.
Me sentí muy a gusto desde el principio. A ello contribuyó el hecho de asistir acompañado de mi primo, David Revert López, que me dedicó una presentación emocionante e ingeniosa. Además, su inspirada lectura de “Jugar al escondite” y “El encanto” hizo que más que una velada literaria fuese una reunión de amigos que echan unas risas y charlan de literatura.
No se perdieron el acto la cuentacuentos Raquel López ni Conchi Agüero, a quien dedico un relato erótico en el libro. Cuando ya abandonábamos la tienda, Rosa le preguntó tímidamente a Conchi si ella era la mujer de la dedicatoria. Nuestras risas nos delataron.
Una semana antes, me desplazaba hasta Cartagena para presentar, en nombre de Atlantis, la novela romántica Entre bahías. Su autora, Lola Gutiérrez, me pareció una mujer tenaz y luchadora, aunque un tanto fría en el trato, como si reservara su amor para otra persona.
Durante la presentación en el Casino de la ciudad costera, hubo numerosos gestos de cariño del público hacia la escritora, que con un par de cojones dedicó el libro a su hermana, enferma de cáncer. Aunque la realidad te regale demasiados finales tristes, en la narrativa de Lola Gutiérrez el happy end está asegurado.
Un mes antes, firmaba en el Mercado Central de Alicante mientras el despiadado sol alicantino nos hacía la puñeta. Quizá piensen que es un chiste, pero así anunciaban mi libro por el megáfono: Veraneando nubes.
No fue fácil charlar con la siempre activa Maribel Romero Soler, mi prologuista, a quien literalmente acosaban para dedicar ejemplares de sus libros o hacerse fotos con sus fans. Otros compañeros de mesa fueron Ana Pomares, Joaquín Collado o Carmina Seva. Algunos se tomaron un Kit Kat eterno. Otros sudamos la camiseta. Descubrí que Carmina Seva firmaba más ejemplares de sus poemas que cualquier mortal, y no pude evitar ofrecerme como negro para su próximo libro.
David Revert López me dedicó una presentación en Libros 28 emocionante e ingeniosa. Ello, y una lectura muy inspirada de un par de cuentos, hizo que más que una velada literaria fuese una reunión de amigos que echan unas risas y charlan de literatura.
Sigo vareando mis nubes allá donde la crisis de sonrisas no llega. Si te gustan los relatos con final sorprendente (al estilo de Roald Dahl), estaré encantado de charlar contigo el sábado 19 de mayo a las 19 horas, en Libros 28. Por si aún no lo tienes claro, me acompañará el poeta David Revert López, cuyo blog es indispensable para engañar la realidad con el anzuelo de la ironía.
Apenas mis pies aterrizaron en la moqueta como exiliados de la soledad del asfalto exterior, una señorita dijo por megafonía: —Estimados clientes, les informamos de que FNAC Alicante cerrará sus puertas a las 21 horas. Disponen de treinta minutos para realizar sus compras. Gracias. «Treinta minutos son una eternidad», me dije. Y seguí paseando mi tarde ociosa por la vastedad de la tienda. Nadie compraba. Todos miraban. Era una diversión absurda. Me pregunté: «¿Por qué abrirán los domingos? ¿No es una tortura para sus trabajadores? ¿No es un gasto de luz innecesario?». Imaginé a lo que dedicarían esos empleados el precioso tiempo que malgastaban. Calculé que el índice de natalidad no aumentaría gran cosa si tenemos en cuenta los métodos barrera, pero el índice de felicidad se duplicaría. Los lunes nos despertaríamos en estado de gracia: ellos por haber descansado, nosotros por no haber perdido el tiempo. Menos insultos al volante, menos atropellos a la dignidad humana. Acabaríamos con las caras agrias, con los derrames de bilis retenida. Sólo con un día libre. Sospeché la razón de que los dependientes nunca estén en sus puestos. Se rebelan contra el domingo laboral encerrándose en el baño. Llaman a sus parejas, a sus amigos, a quien sea, y les dan cuenta de tamaña injusticia. —Estimados clientes, les recordamos que FNAC Alicante cerrará sus puertas a las 21 horas. Quedan quince minutos para realizar sus compras. Gracias. Aquel aviso me devolvió a la cuenta atrás. No es que me importara ser taladrado como un queso gruyer, sólo era un tanto molesto. Recordé entonces el disco de un artista independiente. Un loco. Un cantante catalán que afirma que su única ambición en la vida es el humor. Lo más terrible para una tarde de domingo. Todo el mundo sabe que las tardes de domingo no tienen humor. Recorrí las avenidas de discos envalentonado por esta hazaña: comprar un disco de humor en una tarde sin gracia. Pronto supe que mi tarea se vería lastrada por dos factores: la soledad y el tiempo. A pesar de que mi corazón está al lado del obrero explotado, mi alma maldijo a aquellos haraganes de uniforme que cobran un plus dominical por no atender peticiones raras que, sin duda, dilatarían su salida inminente del tajo, de la agotadora jornada laboral. Me tragué el orgullo y comencé a escarbar como una maruja histérica en rebajas. Busqué en la sección Cantautores, en la sección Variedad Francesa… Aquel hombre iba cobrando simpatía a mis ojos, no porque cantara en catalán, ni siquiera porque fuera humorista. Simplemente, no existía. No existía un apartado para los autores minoritarios. Era un inmigrante que huía en patera de la falta de imaginación de los discos más vendidos. Tratar de salvarlo era un acto de justicia. Otra cosa me preocupaba. El sonsonete machacón de mi cabeza. Era como si me hubiera tragado a la señorita del megáfono. Traté de vomitarla, pero me había poseído como si yo fuera una pieza más de su engranaje, del gran reloj del mundo. La cuenta atrás se fue acelerando. —Estimados clientes, les recordamos que FNAC Alicante cerrará sus puertas a las 21 horas. Quedan diez minutos para realizar sus compras. Gracias. La velada amenaza al paseante dominguero de que le conviene largarse, tras llenarle la cabeza de pájaros publicitarios, tuvo en mí el efecto contrario. Experimenté un desamparo como no sentía desde crío. Quería comprar a toda costa. No mañana ni pasado mañana. Ahora. Susurraban en mi oído las sirenas que si muriese sin escuchar ese disco, grabado con instrumentos inventados, iría derechito al purgatorio del Festival de Eurovisión, o peor aún, al infierno de La Canción del Verano, donde los acordes de «Paquito el chocolatero» o «El chiringuito» se disputarían mi trompa de Eustaquio. —Estimados clientes, les recordamos que FNAC Alicante cerrará sus puertas a las 21 horas. Quedan cinco minutos para realizar sus compras. Gracias. Sólo un veterano como yo, curtido en mil rebajas, soportaba la presión de los segundos como sanguijuelas clavadas en la espalda. Todos o casi todos los clientes habían desistido. Algunos sin comprar ni una miserable agenda, secretamente frustrados, acumulando una rabia que se desataría en orgías navideñas. Una señora encontró el disco por mí. Se lo pedí sibilinamente. El envoltorio de plástico estaba destripado; la funda del compacto, rajada. Sin darle tiempo siquiera a decir un «oiga», volé con mi ejemplar en la mano, tropecé y caí. —Esta caja está cerrada, caballero, mañana le atenderemos con gusto. —Pero… si aún faltan treinta segundos —reclamé mostrando mi reloj con la esfera rota. El golpe había sido brutal. —Lo siento. Un guardia jurado me acompañó a la salida, tras asegurarse de que dejaba el disco en el lugar correspondiente. Eran las nueve y tres minutos de la noche. Enfilé hacia el bar más próximo, donde maldije mi suerte con varios litros de cerveza. Si no fuera miembro de la SGAE, os aseguro que me lo descargaba. Vareando nubes Atlantis, 2012
En la última escena de Abierto hasta el amanecer (Robert Rodríguez, 1995) Juliette Lewis le pregunta a George Clooney si puede acompañarlo a un lugar llamado El Rey, y este le responde: «Quizá sea un cabrón, pero no soy un puto cabrón».
El mundo del cine y la literatura está lleno de canallas simpáticos, y cuanto más dura parece la piel más tierno es el fondo. Es el caso de Daniel, alter ego y travieso protagonista de Parásitos (Amazon, 2013), la novela de Álvaro de la Riva que las editoriales convencionales no se atreven a publicar. Pero no es el único canalla, ya que Burt Deenah, su jefe, y la atractiva Linda Hart esconden sus sentimientos tras las máscaras que se han confeccionado para no sufrir.
Si a estos personajes parasitarios le unimos una trama de ciencia ficción con desparrames cómicos nos hallamos ante una novela ciertamente curiosa.
Todo empieza con la aparición de tres seres encapuchados que podrían ser extraterrestres. Desgraciadamente, no hablan ni una palabra. Daniel, antiguo empleado de la embajada de Estados Unidos, es requerido por su viejo jefe, Burt Deenah, para que se comunique con los supuestos alienígenas. El método que utiliza Daniel no resulta muy ortodoxo pero sí francamente divertido: sólo borracho como una cuba puede entender lo que dicen los seres.
Desde este instante, la hilaridad de la narración se alterna con frases de alta calidad literaria: «El mundo de los sentimientos es como la gabardina del contrabandista de un callejón: está lleno de bolsillos ocultos, donde se guardan los objetos más sorprendentes e inesperados». Y con alusiones cinematográficas al género de terror y ciencia ficción: «Pensé racionalmente que este ejemplar, en todo igual a Juan, era al fin y al cabo como un niño, y como decía aquella película, ¿quién puede matar a un niño?».
Pero ahí no acaba todo: Parásitos contiene una historia de amor ante la cual Ingrid Bergman y Humphrey Bogart se quitarían el sombrero. Porque engancha como el abrazo que están a punto de darse Linda y Daniel.
Si una novela consigue que rías, es recomendable. Pero si, además, logra hacerte llorar… entonces se convierte en imprescindible. Ustedes deciden si continúan alentando el aburrido panorama literario español o se pasan al lado oscuro. Álvaro de la Riva es un escritor irrepetible.
El pasado mes de marzo me dejé ver más de lo que suele ser habitual en un tipo escurridizo como yo. Ya sabéis: el lobo tira al monte. Nada menos que cuatro presentaciones ocuparon mi tiempo, tres para Atlantis y una de mi último libro.
El tren de los muertos, de Panchi Caballero, fue la primera parada de este viaje apasionante que es la literatura. La presentación tuvo lugar el 23 de marzo en el salón de actos del Museo de San Javier (Murcia). Parecía que Lady Gaga hubiera convocado una rueda de prensa. Tal era el gentío, entre público, fotógrafos y medios de comunicación. Nadie quería perderse la intervención de Panchi, que se metió al auditorio en el bolsillo sin discursos, con cuatro palabras sentidas. Por mi parte, creo que lo mejor de esta novela policíaca son sus protagonistas, unos jubilados con unas ganas de vivir a prueba de bombas. Ya era hora que un escritor rescatara del olvido a nuestros mayores.
Juicios paralelos, de Luis Pérez Puig, nos llevó al día siguiente a la localidad valenciana de Carcaixent. Esta presentación fue muy especial no sólo por el marco en el que se llevó a cabo, el misterioso Auditorio de las Dominicas, sino sobre todo por la cercanía que demostraron Luis y su familia hacia nosotros. Estas buenas vibraciones quedaron reflejadas en el acto, donde, ante más de un centenar de personas, Luis sacó a relucir esa gracia inherente que tienen los valencianos. En mi opinión, una novela perfectamente ensamblada que se lee sin aliento porque destila autenticidad por los cuatro costados.
El 27 de marzo presenté VAREANDO NUBES en la Once de Alicante. De todo lo que ocurrió allí me quedo con los aplausos que arrancó "Ojos de pez", el relato protagonizado por John, un adolescente ciego con un lenguaje superior a los chavales de su edad y un optimismo incombustible. También me enteré de que existen revistas porno en braille, dato que no conocía. “Cachivaches”, “La redacción” o “Cadáver revive” fueron cuentos también muy celebrados, lo cual demuestra que no existen géneros pequeños ni grandes, escritores noveles o consagrados, sólo historias que consiguen emocionar. Gracias, como siempre, a Antonio Díaz Palao.
Después de tanto ir de aquí para allá me preguntaba sin cesar: ¿Dónde estás Beckie Lou? No, no me había vuelto loco. Es la última novela de Salva Correcher, que presentamos en el Kaf Café de Valencia el 30 de marzo. Coincidí con el autor en aquellas palabras de Gabriel Miró: «La literatura te puede llegar a dar tanto que pedirle dinero resultaría obsceno». Es el sueño imposible lo que atrae.
¿Puede haber algo más asombroso que ver a esa pareja de abueletes cogida de la mano como si fuese el primer día de su enamoramiento? Adrià Pérez Martí demuestra en Ver por ti (Atlantis, 2012) que lo más alucinante radica en el interior de las personas.
Partamos de la premisa de que todo está dicho en literatura. Sólo nos queda a los escritores ahondar en los sentimientos sin descuidar, por supuesto, el buen uso del lenguaje. Así, en el primer relato, de los cuatro que componen este libro, y que le da nombre, una anciana cuenta a un joven la historia de la enfermedad de su marido y de su propia ceguera. Sobrecoge la impotencia de la señora por no poder atender a su esposo. El desenlace aparentemente fantástico es, en realidad, una metáfora: quien se empeña en velar por el prójimo, acaba sobreponiéndose a sus propios problemas.
De todos los sentimientos humanos, el más intenso es el miedo. Y no existe peor miedo que la soledad ni peor angustia que el temor a lo desconocido. Soledad como la que siente el tipo que llama a horas intempestivas para pedir auxilio a quien una vez fue su amigo. ¿Serías capaz de negarle tu ayuda?
Los relatos de Adrià Pérez Martí se viven con el corazón en un puño, y cuando uno llega al final de la lectura siente alivio por haber dejado atrás todas las sombras que nos torturan, y que parecen reclamar esa luz irrepetible que habita en el corazón de cada uno.
La vuelta de vacaciones me ha deparado gratas sorpresas, pues varias personas se han animado a darme su opinión sobre VAREANDO NUBES, ya sea a través del correo electrónico, el blog o de viva voz. En general, hay una buena aceptación de los relatos. Incluso, tengo amigos que me dicen cuáles son sus favoritos. Entre ellos, “La abuela”, “Jugar al escondite” o “Bodas de plata” están calando hondo, por poner sólo algunos ejemplos.
Una de las últimas opiniones, la que Alicia Uriarte publica en el foro literario La Nieve, describe mi escritura como «vital y trascendente», revelándome aspectos de los que no soy plenamente consciente. Tendría que salir de mi cuerpo para serlo. Gracias a Alicia y a los que como Alicia dibujan la sombra alargada de mis relatos, puedo reconocerme. Y revivirme.
Pero mi suerte no acaba aquí. Con motivo del Día Internacional del Libro, el sábado 21 de abril estaré firmando VAREANDO NUBES en el Mercado Central de Alicante, de 11 a 13 horas.
En una ocasión Maribel Romero Soler me dijo que algún día estaría firmando libros como ella. Lo que no esperaba es ¡estar firmando libros con ella y otros autores de la provincia! Y todo gracias a la editorial alicantina ECU. Y, por supuesto, a Atlantis.
Si te quedaste sin tu ejemplar de VAREANDO NUBES, recuerda que, por el Día Internacional del Libro, estará a un 10% de descuento. Que nadie te quite los sueños.
“Ha de hacerse cargo del humorismo de la vida, del humor patibulario de esta vida… Usted ha de acostumbrarse a la vida y ha de aprender a reír”. Hermann Hesse: El Lobo Estepario