Nuria y yo, las dos en albornoz, observamos al hombre que ocupa un
sillón junto a la chimenea de la suite presidencial.
—Pido disculpas por
el truco del cava, pero nunca creí que lo echaría tanto de menos —dice
invitándonos a tomar asiento en nuestro propio sofá.
Lo hacemos
lentamente, sin apartar la mirada del tipo más buscado de España. Hace un
instante, ante nuestra estupefacción, se ha quitado una barba postiza con la
que emulaba a un hípster. Con mucha educación, Nuria le ha preguntado si el
cabello también era sintético.
—Sé los rumores que
circulan por ahí. Es pelo auténtico. Estira, estira si no te lo crees —ha
invitado mientras agachaba la cabeza.
Tanta simpatía me ha
escamado, pero no he querido romper el momento mágico en que Nuria comprobaba
la solidez capilar de Puigdemont. Tras acabar la inspección, el expresidente de
la Generalitat me ha hecho señas por si yo también quería tocar.
Ahora, para rebajar
la tensión de no saber qué demonios quiere de nosotras este político huido a Bélgica
desde la declaración de la república catalana, bebemos whisky con hielo. Chivas
para más señas. No he encontrado nada de comer.
Se rasca la
coronilla, carraspea y dice: «Tu cara está en todos los periódicos, pero la de
ella no». Me encojo de hombros.
Nuria le anima a
continuar llenando su vaso hasta el borde. Reconoce su delicada situación, le
echa la culpa a un gobierno represivo y totalitario. En un acceso de euforia se
levanta y empieza a cantar Els Segadors.
Después del numerito,
dice: «Alguien de mi absoluta confianza me ha informado de que podéis
desaparecer… Yo solo necesito ser investido presidente. Con un rato de
invisibilidad, me basta. Ofrezco la vicepresidencia de mi república».
Nuria me guiña un ojo. Entonces, sonrientes, le arrancamos un mechón cada una. Y desaparecemos en sus narices.


















