miércoles, 25 de junio de 2014

EL AMULETO























Para quienes creemos que el lenguaje oral es un medio limitado de comunicación, para quienes no podemos evitar inventar historias de una experiencia aparentemente insulsa, para nosotros la literatura es un amuleto al que agarrarse cuando las cosas van mal, que es casi siempre.

Emilio Porta sabe que quienes escribimos como respiramos tenemos tendencia a perder el aliento, a soñar con fantasmas reales y a vivir con el agua al cuello. Por eso, quizá, se planteó un día reunir unas recomendaciones para suicidas en forma de ensayo. Pero sabiendo que a nadie le gusta que le digan lo que tiene que hacer, las disfrazó de novela.

El amuleto (Atlantis, 2013) narra la historia de Cimbalé, desde su llegada en patera a España hasta convertirse en un reconocido poeta y un prestigioso profesor de literatura. En el terreno sentimental, la huida del compromiso marca su existencia. Vive una relación abierta con Luna, jugadora de póker profesional. Una carta de Atocha Santos, su primer amor, revolucionará su mundo.

No puedo omitir en esta reseña los correos electrónicos que he intercambiado con Emilio, siempre cercano, siempre dispuesto a dialogar. Lo que me fascina de los suyos es que, de alguna manera, anticipan la fusión de géneros presente en El amuleto, una novela que se lee como un libro de poesía, de narrativa y de ensayo, todo a la vez.

En esa línea de mestizaje, hasta la narración misma avanza por medio de los diálogos de los personajes, los cuales, demasiadas veces, acaban convertidos en simples marionetas para reflejar ideas del autor en lugar de las suyas propias.

Tal vez abusa un poco del recurso, pero, sin duda, la novela se enriquece con la opinión del escritor sobre los más variados temas. La literatura le parece «un camino de conocimiento personal». Al profesor no lo ve «como instructor de credos, sino como impulsor de descubrimientos». Sobre Dios afirma: «Yo, a ese ente no lo conozco. Sólo me puedo encomendar y preguntar al misterio.»

Si además de leer El amuleto, uno se anima a ver alguna de las películas que propone Emilio Porta, este se puede convertir en un viaje inolvidable. Contribuiremos a eliminar barreras. No olvidemos que, en versos de Aute, «toda la vida es cine».



Otros libros de Netwriters reseñados en El Mirador han sido Historias de la puta crisis y Patchwork.

jueves, 19 de junio de 2014

RECOMENDACIONES VERANIEGAS

                                                                                        Estimadas familias,

Algunos alumnos han trabajado mucho y ahora toca… vacaciones. Consideramos importante que el niño se desprenda de la organización robótica que ha sufrido durante el año. El tiempo libre es realmente maravilloso.

Los tutores recomendamos para el verano las siguientes tareas para olvidar los contenidos machacados durante el curso:

Lengua:
-Leer un montón de cómics para partirse de risa.
-Escribirse los pies con historias sin pies ni cabeza.
-Inventar trucos para cascar a los hermanos sin que se quejen.
-Aprender canciones de Heavy Metal.

Matemáticas:
-Pedir dinero para chuches y regatear con la dueña del establecimiento.
-Resolver problemas como este: si pongo 19 petardos en una maceta y sólo encienden 5, ¿echará flores el resto?

Que griten, que corran, que se vuelvan locos… y que os den por saco a vosotros.

FELICES HOGUERAS 2014


Territorial Pissings by Nirvana on Grooveshark

miércoles, 11 de junio de 2014

EL SEÑOR (5)

                                                                                                  Un silencio como de iglesia me recibe tras un duro día de trabajo. Qué placer no tener hijos, aunque Tina no tardará en querer tenerlos. Ni rastro de ella, así que me derrumbo en el sofá a esperarla con una cerveza en la mano.
            
Madre mía, las once de la noche. Puede que Tina no haya querido despertarme. Me dirijo al dormitorio, con cierta inquietud, pero nadie ocupa la cama deshecha.  
            
Empiezo a buscar una nota en la cocina. Cuando Tina sale así, de repente, no suele descuidar esos detalles. Sin embargo, tampoco hallo ese alivio. Me abro otra cerveza, más por controlar los nervios que por deseo de beber, aunque la garganta se me ha quedado seca. Y entonces me fijo en algo que antes no he visto. Hay pedazos de loza en el suelo.
           
No me parece propio de una mujer dejar basura tirada en el piso de su apartamento, a no ser que la haya requerido alguna emergencia. A su amiga Nuria la considera casi una hermana.
            
Reviso el móvil por si tengo algún mensaje o llamada perdida. Me acojona encontrar uno de Paco, el marido de Nuria, precisamente porque él considera eso mariconadas. Dice que le llame en cuanto pueda.
            
Con la excitación, el móvil se me resbala de las manos y, al agacharme a recogerlo, descubro una mancha enorme en el sofá. La toco y la huelo como un detective. Parece café.
            
—Lo siento, Paco, Nuria no está aquí. Pensé que habría ocurrido alguna desgracia y que Tina…
            
—Deben de andar juntas, jugando al billar en algún garito, riéndose en nuestra cara —se desahoga Paco—. ¿Sabes que la muy zorra ha quemado la cena?
            
—Hazte un huevo frito.

miércoles, 4 de junio de 2014

MEMORIAS DEL LOBO GRIS (y II)




En el restaurante nos recibieron con un cóctel de bienvenida. Lo llaman así porque su sibilino propósito es que la gente no beba demasiado al acabar el ágape y se largue pronto. Hay que dejar claro desde el principio que esto no es una boda. Por fastidiar, tomé un zumo.
           
Pronto nos condujeron al salón donde, sin más demora, comenzamos a devorar los entremeses. Se nos antojaron años, pues un familiar que estaba a punto de llegar nunca llegaba. Al final, cuando el camarero descorchaba la segunda botella de vino, se dio orden de continuar el convite.
            
Entretanto, habían ido llegando los comensales de varias comuniones que se celebraban en el mismo salón que la nuestra, sin un biombo miserable que diera un poco de intimidad a nuestro acto. Pronto el griterío se volvió ensordecedor. Un despistado en alguna parte chilló el típico «que se besen los novios», y una víbora nos propuso una fotografía sin compromiso, como las que, hace años, te vendían en Tabarca. Muchos picamos.



            
Llegó el instante más esperado. Fiel a la costumbre, el restaurante hizo el paripé de cortar el pastel con una espada que luego nos obsequió. Anda tirada por la cocina. Como si fuera una estrella de cine, la mayoría inmortalizamos a Alfonso con nuestros móviles. Sin embargo, un chiquillo de otra comunión se coló en primera fila. No era un fantasma. Tenía cara de estar más aburrido que una ostra. Al percatarse, mi hijo lo echó con cajas destempladas. Después se largó con su amigo Samuel a jugar por ahí.
            
Creyendo que era el postre, hubo quien se llevó a la boca el jabón artesanal que le había regalado mi mujer. Fue el momento elegido por mi suegro, un amigo y yo para coronar la barra. Allí nos preguntaron si pertenecíamos al grupo de precio fijo o de copas sueltas. Qué mezquino me pareció. Contesté que a los segundos. Entonces, a regañadientes, un camarero preparó los cubatas. Creía que íbamos tan doblados que podría meternos una copa de ron Negrita. Pedí otra marca.


            
Los invitados empezaron a despedirse justo después de que estallaran las piñatas. Me había quedado con ganas de tomar otra copa, y un par de colegas me secundaron. Sin embargo, los camareros se afanaban en recoger nuestras mesas y los patriarcas ya habían pagado. Alguien dijo que no había problema, que nos servirían la última, pero debíamos guardar cola entre los invitados de otra comunión. Tuvimos la santa paciencia de esperar nuestro turno. Salimos a la calle a paladear los sorbos de vida que se escapaban a cada paso. Brindé por la alegría, vacié el vaso y seguí a la comitiva que se alejaba hacia los coches con la conciencia tranquila. Dejé a deber aquella ronda.

miércoles, 28 de mayo de 2014

MEMORIAS DEL LOBO GRIS (I)



A las once de la mañana se largaron todos a la iglesia, y me entretuve un rato todavía como un metrosexual antes de salir un viernes. Cuando estuve satisfecho de mi aspecto, cerré las puertas con llave, y empecé a caminar sin prisa.
            
Habría recorrido un tercio de la ruta cuando recibí una llamada de mi mujer. Me pedía que volviera a casa. Alfonso se había olvidado la cruz de madera.
            
Sospecho que las catequistas, auténticas heroínas de la fe, dan la crucecita a los niños una semana antes para que se les olvide el día de la ceremonia. Fijo que apuestan. Quien gana puede elegir clase el curso siguiente. Todos los años llega el típico padre con la lengua fuera para traérsela a su chaval. Alfonso me saludó desde la capilla. Se concentraban al estilo de un equipo de fútbol antes de jugar la final.


                                    
Lograr reunirme con mi mujer no iba a resultar sencillo, pues comandos de familiares me esperaban parapetados en los más oscuros rincones del templo. Algunos de ellos no habían pisado una iglesia jamás. Su venganza consistió en hacerme arenisca la mano, dislocarme el hombro, ungirme de besos. Apenas conseguí zafarme del último, el coro comenzó a tocar uno de sus viejos éxitos.
            
En el banco que me correspondía, recibí un apretón amistoso del padre de una niña que va a la clase de Alfonso. Hemos compartido un año de preparativos, cafés y pellas.
            
Durante la misa hubo padres con la manía de grabarlo todo, como la protagonista de REC (Jaume Balagueró y Paco Plaza, 2007). Aprovechando que los chavales tomaban la comunión, una señora me hizo la pregunta más rara de mi vida. Quería saber si la mujer de mi amigo era actriz de cine. Cuando, obviamente, le dije que no, se disculpó con el argumento de su gran parecido físico. Entretanto, Alfonso había regresado a su sitio con las manos unidas en oración, algo muy apropiado para el hijo de un filólogo.


 
La luz me cegó. Había dejado en el templo a las madres y a las niñas sonándose los mocos. Llevaba de la mano al zagal, que recibía las primeras felicitaciones. Busqué las gafas de sol y me las puse.
          
El cura aguardaba en la puerta. Me acerqué a despedirme —somos viejos conocidos— y mi madre a saludarlo. Con fingida inocencia, la mujer le animó a convertirme. Repliqué que iba a estar jodida la cosa.

miércoles, 21 de mayo de 2014

CANDY



















Nunca pensé que pudiera ocurrirme esto a mí, pero no hay forma de ganar cuando tu mujer y tu hija se alían en la batalla.

Llegó el 16 de mayo, de la correa de un matrimonio gay que se dedica a recoger perros que no quiere nadie. Los tienen en un campo hasta que les encuentran un hogar. Su nombre real es Choni, pero nos pareció oportuno cambiárselo por Candy. Es una perra blanca como la nieva, tranquila y dulce.

Sostengo la teoría de que, por alguna misteriosa razón, Candy nos ha escogido a nosotros. Al principio, de hecho, queríamos un cachorro de bichón maltés, una raza que no pierde pelo. Pronto se nos encendió la luz de que encajaría mejor en casa un perro de la misma especie, aunque algo más mayor. Los chavales están un poco decepcionados, sobre todo mi hija, que afirma que es un rollo. Candy está en periodo de adaptación, y lógicamente echa de menos a sus anteriores dueños. Mi mujer, sin embargo, se muestra encantada con el animal. Apenas ladra, le gusta acurrucarse en un rincón y hacerse un ovillo durante horas.

Mi hijo opina que no nos está costando nada adaptarnos a la nueva situación. Todavía falta que Candy coja confianza. Aún así, no creo que se transforme en una mala bestia. Quizá sea debido a que no hemos adoptado el animal que más nos gusta, sino el que más nos conviene. Su única manía, como ya he explicado, consiste en refugiarse en lugares estrechos. No me extraña, pues ha pasado varios años de su vida encerrada en una jaula y pariendo cachorros que, al instante, le eran arrebatados para que señoras encopetadas los compraran en una tienda.

Me pregunto si escribiré algún cuento con ella a mis pies, escondida debajo de la mesa del ordenador. Por ahora, intento asimilar que me siga a todas partes, que observe asombrada las tareas cotidianas como si descubriera el mundo.

miércoles, 14 de mayo de 2014

LA LIBERTAD















Fue a casa para que le lavara la ropa y, de paso, soltara algo de pasta, pero su madre dijo: «No, Cataluña, ya eres independiente».

miércoles, 7 de mayo de 2014

LA FIESTA














   
     —Venga, cariño, arriba —dijo la madre subiendo la persiana del dormitorio.
     —¿Qué hora es, mamá? —contestó frotándose los ojos.
     El reloj marcaba las siete de la mañana. A las once era la ceremonia. El tiempo justo para arreglar a la niña.
     —Es tu gran día. ¿Qué más da la hora que sea?
     Adela quería que su hija tomara la Primera Comunión hiciera sol o cayeran chuzos de punta, por imposiciones familiares más que por convencimiento. A Paco le daba lo mismo, así que no se opuso.
     Blanca se dejaba peinar con la mirada perdida en el vacío. Pronto ese vacío se llenó de muñecas a las que estaría abrazando, de casitas que estaría pintando, de consolas a las que estaría jugando si no fuera por esa dichosa fiesta. Su primera cita con Jesús.
     Era guapo ese melenas, pero no entendía el sentido de embutirse horas y horas en un vestido blanco para hacer algo tan simple como comer un trozo de pan. Añoraba sus pantalones vaqueros.
     El ordenador de sus padres estaba encendido. La oportunidad ideal para revolver en sus cosas cuando la pesada de turno se cansara de arrancarle la cabellera como un Sioux.
     Sonó el móvil.
     —Ahora vengo, cariño, no te muevas, ¿vale?
     Blanca tuvo que admitir, tras un breve examen, que su padre no guardaba oscuros secretos entre sus archivos. Ni siquiera pequeños deslices, como alguna foto comprometida de la adolescencia. Sólo informes incomprensibles para la oficina. En cuanto a su madre, todo eran recetas de cocina.
     Hasta que se dio de bruces con algo que la marcaría para siempre.
     Adela regresó con los nervios a flor de piel tras recibir una llamada del restaurante en la que le comunicaban una ligera subida en el precio acordado. Retomó el peinado de su hija con tal violencia que le arrancó un grito estremecedor y varios mechones de pelo.
     —La vas a dejar calva —saludó Paco mientras se repantigaba en el sofá con un periódico.
     —No me hables, no me hables —replicó Adela—. Estoy que echo humo. Mientras tú vives como un rajá, yo tengo que lidiar sola con este infierno.
     Entonces fue cuando Blanca se levantó de la silla, miró a su madre como si fuera a quitarle el peine y dijo:
     —Quiero que me maquilles.
     Pidieron que lo repitiese, aunque la habían oído con claridad cristalina. Era para asegurarse de que estaba loca.
     —Que quiero que me maquilles. Como la niña de la foto.
     —¿Qué foto? ¿Qué dices?
     —La de tu cartera, papá.
     Las mejillas del hombre ardieron. Por la mente de Adela cruzó el fantasma de que su marido fuese un depravado, uno de esos cerdos que se excitan con fotos de chiquillas desnudas.
     Entretanto, Blanca sacó tranquilamente la foto del bolsillo y se la pasó a su madre.
     —¿Ves? Me encanta cómo va maquillada esta niña. Quiero lo mismo.
     —¿Qué clase de broma macabra es ésta? —dijo Adela recuperando la confianza en su marido y perdiéndola definitivamente en los hombres.
     —A mí me gustaría saber quién te ha dado permiso para registrar carteras —la riñó Paco.
     —Te la dejaste abierta…
     —Abierta, ¿eh? ¿El cajón también estaba abierto?
     El silencio fue elocuente.
     Con signos de estar a punto de sufrir un ataque de nervios, Adela suplicó al rajá que hablara con ella. Blanca se negaba a tomar la Primera Comunión si no le consentían su capricho. Era tozuda como una mula. Y, encima, se creía mayor.
     Paco se sentó en el lecho. Acarició su cabeza, que descansaba como una mina sobre la almohada, despeinándosela adrede.
     —No entiendo por qué ella sí y yo no —refunfuñó.
     —Es muy sencillo. Esa niña no va a tomar la Primera Comunión.
     —¿Cómo que no? —le miró incrédula.
     —Es de veras.
     —Pero lleva un vestido idéntico al mío.
     Aún hoy, cuando recuerda aquel día, Paco se pregunta por qué no inventó cualquier cuento. Era el camino más fácil.
     —Blanca, mira la foto con atención, ¿no ves nada raro?
     —Sí, ahora que lo dices, no veo a ninguna mamá. A todas esas niñas las llevan sus papás de la mano. Incluso a la maquillada.
     —¿No las notas un poco… asustadas?
     Todavía se estremece al recordar cómo la pieza que faltaba en el puzle no acababa de encajar en la cabeza de su hija. Y él sudando sangre para no traumatizarla el resto de sus días.
     —No son sus papás.
     —Cállate —intervino Adela—. Prefiero que no tome la Comunión a que se entere de la mierda de mundo en que vive.
     —Quizás debería saberlo para actuar —se defendió el hombre.
     —¿Actuar? —dijo sarcástica.
     Blanca, aburrida de los rodeos de sus padres, mostró el reloj. Eran las once menos cuarto. Ahora los niños asustados eran los mayores.
     —Decía, hija, que no son sus padres.
     —¿Sus primos? —preguntó con ingenuidad.
     —Sus novios. Van a casarse con ellas.
     Paco sintió alivio al soltarlo. Era un perro que le estaba mordiendo desde el día en que contempló la foto. Blanca imitaba la que debía ser su expresión: la de un payaso descorazonado.
     —Pero… ellas son… sólo son…
     —Unas niñas.
     Afortunadamente, Blanca tomó la Comunión, con flor en el pelo y ligeramente maquillada. Parecía feliz, riendo con sus amigos, comiendo pastel, manchando el vestido inmaculado de barro.
     Pensaron que lo había olvidado todo.
     Una tarde salían de unos grandes almacenes. Sus padres le regalaban su primer sujetador.
     Había tres chicas en la parada de autobús. Pretendían demostrar que eran mayores con zapatos de tacón, trajes ceñidos y una gruesa capa de polvos de talco.
     —¿Recuerdas el día que quisiste pintarte? —bromeó Adela, pero enseguida se arrepintió.
     Paco presintió que la niña maquillada de la foto cobraba vida. Gritaba que no quería ser mayor, que hubiera matado por un ratito más con sus muñecas. Y entonces se alegró de haberle contado la verdad.
     Blanca se plantó delante de ellas y dijo:
     —¿Adónde creéis que vais? ¿A una boda?
     Las chicas se miraron extrañadas y, dándole la espalda, siguieron hablando de sus cosas.

Atlantis, 2012

lunes, 28 de abril de 2014

TENDER PUENTES























No debemos esperar siempre a que algo ocurra.
            
Esta frase hace referencia a una de las preocupaciones del ser humano actual: la falta de tiempo. Además, es una invitación a luchar por nuestros sueños. Pertenece a Siete puentes sobre el Sena, el debut literario de María José Aguilar, que tiene el mérito de haber ganado el V Certamen de Novela López-Torrijos organizado por editorial Ledoria.
            
Clara y Javier dirigen una revista especializada en cine y, por si esto fuera poco, son pareja. Al no dedicarse todo el tiempo que deberían, su relación atraviesa un bache. En medio de esta crisis vital, Clara recibe una llamada de su abuela desde el lecho de muerte.
            
Lala le pide a su nieta que solucione algo del pasado que dejó sin concluir. La clave para comenzar la búsqueda se encuentra en una caja escondida en el desván. En su interior, Clara hallará un poema arrancado de un libro, una postal amorosa y una fotografía antigua. Suficientes elementos para que la periodista decida viajar a París a desentrañar el pasado de su abuela y, de paso, aclare su presente.
            
Al tiempo que Clara desenreda la historia de amor que vivió su abuela en el exilio francés, se reencuentra con sentimientos que creía dormidos en la persona de Étienne, encargado de una editorial artesana de peculiares características: «No se trataba de un negocio creado para ganar dinero, sino para defender sus ideales y alzar libres sus voces, algo que no era demasiado fácil el año de la puesta en marcha de la editorial, en 1948».
            
Es raro que una novela inspire valores como no descuidar a quienes nos importan o cuidar de nuestros ancianos, auténticas bibliotecas de la memoria viva. Además, mantiene la intriga hasta el final sobre por qué Lala y Blas no pudieron ser felices juntos, un rasgo del género detectivesco.
            
El lenguaje claro y sencillo se entrega en pequeñas dosis, lo cual hace de Siete puentes sobre el Sena una novela fácil de leer. Algunas repeticiones de palabras, no obstante, se podrían haber resuelto con sinónimos.

El público sensible hallará en la obra de María José Aguilar una historia de amor que desafía al tiempo, y que anima a tender puentes para que las cosas sucedan antes que pretender que se hagan solas.

martes, 15 de abril de 2014

DE NOCHE
















—¿No le da vergüenza salir de costalero con gafas de sol? —preguntó la anciana.
El joven respondió:
—La procesión va por dentro, señora.





Feliz Semana Santa 2014. Nos leemos a la vuelta.

lunes, 7 de abril de 2014

EL SEÑOR (4)

















—No lo puedo creer —dice Nuria.
            
—Al menos no has salido corriendo.
            
Supe que algo extraño ocurría cuando vertí el café en el sofá. No sólo disfruté de la desobediencia, sino que también me hice invisible. Al principio, ignoré el extraordinario suceso porque seguía viéndome, pero al entrar al baño quedé petrificada por la ausencia de mi propia imagen.
            
Decidí no perder la calma. Al fin y al cabo, no todos los días puede una decir con toda la razón que no está para nadie.
            
Recuperé la consistencia también por casualidad, al prepararme una nueva taza de café. Me dirigía al sofá manchado cuando el cristal del televisor me ofreció, por una vez, algo interesante. Qué alivio.
            
Luego até cabos. Me acordé del señor susurrando en sueños, de su extraña desaparición. Quizá nos esperara en algún lugar. Un mosquito se posó en mi pierna con desparpajo. No lo maté.
            
Picar a Nuria resultó sencillo. Siempre fue más lanzada que yo. Susurré en su oído, y le mostré que podíamos desaparecer en un segundo realizando cualquier maldad cotidiana. Ya había efectuado otras pruebas, como cortar una corbata de Pedro. Para recuperar la masa corporal, compré una nueva por internet.
            
Cuando nos acordamos de la puñetera sartén en el fuego, ya es demasiado tarde. Cruzamos la avenida. Un olor y un humo escandalosos llenan el apartamento de Nuria. Se preocupa bastante porque su marido odia las sorpresas.
            
Me pide que me marche. En el espejo de la entrada ya no se refleja la mujer que acaba de quemar la cena.          

—Tina, esto es la caña —suelta Nuria a mi lado.

martes, 1 de abril de 2014

ALL YOU NEED IS DOG



















Le contó al médico de cabecera que, cuando llegaba el invierno, se deprimía bastante, y este le recomendó, sin mirarle a los ojos, que adoptara un perro. Meses después, otro paciente le vino con el mismo cuento. Estaba a punto de aconsejarle lo de siempre cuando vislumbró por el rabillo del ojo las patas sobre su escritorio y la lengua fuera. Apestaba a alcohol.


Incluido en la antología Otoño e invierno, publicada por Diversidad literaria.

lunes, 24 de marzo de 2014

CIEN TACOS























Pese a los avances de la medicina, es raro encontrar a alguien que viva cien años. En alguna aldea gallega, donde todavía no han echado raíces los restaurantes de comida basura, aún resisten centenarios arrugados como pasas, entre los que predominan mujeres. Y en un pueblo de Albacete vivía hasta hace poco Remigio, el abuelo de mi mujer.

El verano pasado estuve presente en su cien cumpleaños, que celebró con sus hijos, nietos y bisnietos. No le hacía demasiada gracia ser el más viejo del pueblo, y eso que parece mejor llegar que quedarse por el camino. Antes de ponerme ciego de mojitos, capté en su mirada cierta vitalidad, como el rescoldo que en cualquier momento puede avivar la llama. No en vano conoció, directa o indirectamente, la primera y la segunda Guerra Mundial, el holocausto nazi, la Guerra Civil Española, el asesinato de John Lennon, e incluso la disolución de Mecano.

Con la llegada del nuevo año, las noticias sobre su estado de salud no eran demasiado esperanzadoras. Me cuentan que por las noches prefería mantenerse en vela, quizá porque en los hospitales se madruga mucho y te despiertan en lo mejor del sueño.

Toto, el héroe de Cinema Paradiso (Giussepe Tornatore, 1988), se emocionaba ante una recopilación de besos censurados que le había dejado su amigo Alfredo. De esa forma quiero recordar a Remigio, sorprendido de que el largometraje de la vida sea tan corto. Con infinitas ganas, a pesar de todo, de seguir viviendo.



Cien gaviotas by Duncan Dhu on Grooveshark

domingo, 16 de marzo de 2014

domingo, 9 de marzo de 2014

MAGIA


















—Diga la palabra mágica.
—Por favor.
—Lo siento. Es «Seguridad Social».
Y tardaron tres horas más en hacerle una prueba.

sábado, 1 de marzo de 2014

NIEVE CÁLIDA























Julián contempla a la mendiga en que se ha convertido Macarena, su primer amor, y se siente «mareado, aturdido, como si acabara de despertar de una pesadilla y al abrir los ojos los monstruos siguieran allí, como el dinosaurio de Monterroso». Con esta metáfora sobre el paso del tiempo comienza La Nieve en el Almendro (El Desván de la Memoria, 2013).
            
Felisa Moreno ha firmado una novela de personajes atormentados que se resignan a su destino. Julián es un gordo cuarentón que regenta un bar en Madrid. Un hecho de su adolescencia marcará el resto de su vida: se enamora de Macarena, la madre de su mejor amigo. Años más tarde, se casa con la mujer equivocada y tiene dos hijas consentidas. Salva, camarero aprendiz de escritor, le propone una noche escribir una novela sobre esa época. A partir de ese momento, jefe y empleado se convierten en cómplices.
            
Retazos de amor y sexo, la novela dentro de la novela, sustituye el narrador omnisciente por la primera persona, superando en interés a la historia principal. Julián nos cuenta su pubertad, marcada por la pobreza, el acoso en el colegio y la indiferencia de su familia, en especial de su madre. También retrata la década de finales de los setenta en España, un tiempo gris dominado por el miedo al infierno, la reciente muerte del general Franco y el comienzo de la Transición, que culminaría en la Carta Magna de 1978.
            
Consciente del morbo que genera la adolescencia de Julián, la escritora dosifica sabiamente presente y pasado, dejando para el final el último capítulo de Retazos, que explotará en manos del lector como bomba de relojería, dando sentido a la obra.

En la segunda parte de la novela, Julián encara su presente desde la primera persona. Librará una batalla contra sí mismo para superar el peso del recuerdo y la culpa: «Me casé con ella por su físico, por su gran parecido con Macarena. A los pocos meses vi mi equivocación y que la vida a su lado sería un infierno. Sin embargo, lo acepté como un castigo justo por lo que le ocurrió a mi amigo Carlos aquella tarde de otoño».
            
La descripción de la desnudez de Macarena, de donde saca título La Nieve en el Almendro, me parece un bello homenaje al cuerpo de la mujer, un canto a la vida, a la altura de un poema de Luis Eduardo Aute. Para lograr el equilibrio, a la historia le sobran desgracias gratuitas y le falta una pizca de humor. La vida ya resulta demasiado dura para añadir más leña al fuego.
            
En cualquier caso, Felisa Moreno ha armado una novela impecable, que apela a resolver aquello que no nos deja vivir del pasado para enfrentar con dignidad el presente. A mí me ha cautivado.


Imán De Mujer by Luis Eduardo Aute on Grooveshark

sábado, 22 de febrero de 2014

ZAPATONES


















El mejor momento del día es cuando me quito la nariz frente al espejo de caballeros. A continuación me calzo las deportivas, y guardo la peluca y los zapatones en la maleta. Luego empiezo a desmaquillarme, lentamente. Hoy los niños han estado especialmente traviesos, y los padres, vaya cuajo, no se alteran. Uno de los pelones me ha dado un beso y aún me late en la mejilla.


Incluido en la antología El Mejor Momento, un libro editado por Letras con Arte.

viernes, 14 de febrero de 2014

ALEVOSÍA




     Va a ser una noche muy larga, cariño, mientras tú no piensas ni un solo momento en mí. Yo intentaré no pensar demasiado en ti. Voy a distraer mi cerebro de toda esa bazofia que vomitan los telediarios y que me mantiene alerta, en tensión. 
     Lo tengo todo medido.
     Para empezar, acumularé víveres en la mesa del salón: un termo con café bien cargado para conjurar al sueño, una tableta de chocolate para la frustración, las uñas para el desasosiego. No hará ni dos horas que te marchaste y sólo me quedan los muñones.
     En una noche como ésta no debe faltar un compañero fiel de los ancianos y los niños: el orinal. Evita los intermedios innecesarios. Instantes que pueden aprovechar los ojos para fijarse en tu cama vacía. La nostalgia de tu niñez me invadiría; el temor a que te roben, a que te peguen, a que te den un navajazo.
     Otro aliado es un colirio que borre de la mirada las horas y horas de frenesí danzante junto a la ventana; tú también lo necesitarás en cuanto aparques la moto, te quites el casco y entres en el portal. Es la clave si quieres superar con éxito el escáner de la abuela. Ya sabes que los domingos comemos en su casa y es el ojo de Dios. A la mínima señal de resaca, procede a ahogarnos en té de ortigas. Para colmo, nos obliga a escuchar una grabación de Monseñor Escrivá de Balaguer. 
     Tu madre siempre tuvo una capacidad increíble para el sueño. Y yo, para inventar pesadillas. Por eso, ella duerme a pierna suelta y yo no. Con un ojo en la ventana y otro en mi afición, presiono las teclas que proporcionan felicidad sin límites. Me dejo hipnotizar por un relato que no llega jamás al clímax. Sus personajes tienen gancho, su trama es absorbente, su veracidad roza lo inaudito. 
     A veces me gustaría ser un padre normal, un padre que pasa de las salidas de su hija. Quizás exagero un poco con lo del generador de emergencia. Sería una pesadilla quedarse a oscuras lleno de oscuros pensamientos. Esos amigotes tuyos adeptos al viejo conde, afiliados a un velatorio eterno, enemigos del color me torturarían hasta el amanecer. Si Bécquer levantara la cabeza, comprendería mis desvelos: los poetas que adora la gente joven se parecen a Marilyn Manson.
     Te escribo esta carta, hija, para que cuando regreses al alba de tus correrías nocturnas me dejes un ratito más. No es que no te quiera, ni mucho menos, pero tendrás que perdonarme por no echarte la bronca: es que estoy mortalmente enganchado a tu consola.


Este relato, que ahora os presento con leves cambios, apareció en la revista Tirano Banderas en 2010.

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